Ducha.

El domingo nos recibió con su calidez esa mañana.

Había sido una semana de las más atareada que habíamos tenido. Exámenes, reportes, y un montón de trabajo, de cara al inminente final del año. Nos levantamos un poco dispersos, nos lavamos los dientes como cualquier día, de hecho, creo que Sakura estaba medio dormida aún, cuando abrí las llaves de la ducha, esperando a que el agua alcanzara la temperatura ideal.

—Está listo, querida. Tómate tu tiempo —le dije, dándole una palmadita en la coronilla.

Ella pareció despertar con ese gesto, y con calma se deshizo del pijama. Tanteó el agua entre los vapores mientras yo me deleitaba con la visión de su espalda descubierta, y decidí finalmente darle su espacio.

—Entra conmigo —ronroneó con dulzura.

No pude más que obedecer, incapaz de fingir que no estaba esperando a que me lo propusiera. Ella se adelantó, mientras yo me quitaba la ropa.

Sakura se bañaba con el agua muy caliente, pero eso realmente no me importó mucho una vez que la alcancé. Me recibió con una sonrisa radiante, y atenta puso champú en mi cabello y lo lavó con cuidado, maniobra que yo imité en ella.

Un baño inocente al lado de la mujer amada, una de las tantas formas del paraíso que ella me había mostrado en nuestra vida juntos.

Desde luego, la inocencia de la escena se iba perdiendo un poco más a cada instante que pasaba. Era lo lógico y lo normal, podríamos decir que incluso lo más sano. Todas las ocupaciones y estrés de los días previos nos habían tenido más distanciados de lo que nos hubiera gustado, no habíamos tenido energías para buscarnos al dormir, y nuestro verdadero cansancio era de nuestra ausencia mutua.

El escenario era bello, estimulante y mejoraba a cada momento. Al final, estábamos abrazados bajo el chorro de agua, besándonos como unos adolescentes, besos especiales y necesitados. Su boca era el manjar que había esperado por tanto tiempo, y no podía parar de saborearla.

Sin embargo, un fantasma nos hacía retroceder…

—Son días fértiles, amor… —me advirtió en un susurro, apenas separando sus labios de los míos, cuando sintió "mis ánimos" presionándose contra su abdomen.
—Lo sé… descuida —respondí.

Sonrió y se retiró un poco, seguramente con la idea de que terminaría nuestra interacción por el momento.

Pero yo no quería parar.

Volví a abordar sus labios con la misma intensidad ante su desconcierto. En una situación como en la que estábamos, simplemente la hubiera levantado para que rodeara mis caderas con sus piernas y concretar la unión, pero la situación no nos lo permitiría… tendría que ser creativo… no me importaba a mí llegar a ningún lado… mi recompensa sería verla a ella alcanzar ese cielo que ambos buscábamos.

Sabía lo que debía hacer, así que hice que recargara su espalda contra la pared. Mi rostro fue hacia sus senos, y ella los presionó con sus brazos para que la búsqueda fuera mutua. Ante semejante regalo, degusté ese manjar con lentitud, como quien cata un vino, en el deleite de su sabor y textura, reconocí cada milímetro de su piel, y mi lengua danzó con sus pezones con el vigor de un niño pequeño.

Pero no era lo único que pasaba: mis manos para ese momento hacían otro tanto entre las piernas de mi flor. Mientras acariciaba la suave piel de su sexo, descubri que no era el agua de la ducha la que tenía aquella zona con tan extraordinaria y cálida humedad. Así, mientras mi derecha daba las atenciones que su clítoris suplicaba, el dedo medio y anular de mi izquierda se hicieron paso a su interior, lo que le arrancó una exclamación de sorpresa.

Sus gemidos comenzaron a hacerse más altos cada vez, al igual que los movimientos de sus caderas, suplicantes de más profundidad. Abrazó mi cabeza contra sus pechos, el lugar que no me cansaré de repetir que es el más digno para ser mi lecho de muerte.

—¡Amor…! —me llamó.
—¿Sí, querida?
—Esto… es increíble…
—Puede ser mejor —le susurré, aumentando el ritmo, lo que le provocó un estremecimiento.
—Pero… sería maravilloso si me lo hicieras con… esto —tartamudeó, tomando mi miembro.
—¿Tú lo crees?
—Sí… —dejó escapar un par de gemidos más, lo que evidenciaba lo cerca que estaba de una culminación—. Es… tan gordo y duro… me muero un poco cada que no está dentro de mí…

No respondí, sólo le dediqué una sonrisa mientras veía sus ojos apenas abiertos y sus pupilas dilatadas. Encontré el momentum, e hice el combo final.

Cuando sentí que su interior se revolvía y la oí gritar de éxtasis, caí sobre mis rodillas. Mis labios y mi lengua finiquitaron el trabajo en conjunto con mis manos, y sus lamentos se hicieron más altos aún, sus espasmos incontrolables, y el dulce néctar de su amor inundó mis sentidos.

Su clímax había sido tan intenso, que incluso una lágrima rodó por su mejilla. Al levantarme tuve que abrazarla contra mi pecho, pues daba la impresión de que sus pies no la soportarían por mucho tiempo, y se quedó un rato temblando entre mis brazos.

—No sé cómo logras que sea mejor cada vez —musitó.

Conocía ese tono de voz. Realmente lo había gozado, pero no estaba satisfecha, para ella no habíamos terminado aún. Lo sabía porque ella era igual a mí, le importaba mi placer, y quería que los dos tuviéramos nuestra ración de paraíso.

Vi ese brillo traviezo tan único en ella un momento después, el mismo de quien descubre algo, y supe que estaba cerca de experimentar de primera mano su creatividad.

Fue ella quien comenzó con los besos en esa ocasión. Al ser yo un hombre tan elemental, pensé que me devolvería el favor de forma parecida a la que había usado, esa teoría ganó peso al sentir sus manos alrededor de mi hombría… pero algo entonces se sintió diferente.

Incapaz de ocultar mi curiosidad, miré hacia abajo, donde el masaje ocurría… el aroma a champú me golpeó en la nariz, junto a la desconcertante visión de las manos de Sakura rebosando en dicho fluido mi miembro, mientras ella sonreía maliciosa.

Descubrí entonces lo que iba a pasar.

—Sé gentil conmigo —susurró a mi oído con la voz más seductora que escuché jamás…

Y se dio la vuelta, recargando las manos contra el muro.

—¿Estás segura? —pregunté, sintiendo como mi corazón se aceleraba de pronto.
—Claro… ¿te lo dije, no? Me mata un poco cada vez que no estés dentro de mí… de la forma que sea.

Terminada esa oración, levantó más el trasero, hasta que rozó con mi miembro.

No tenía más que pensar.

La escuché dar un respingo cuando hice el primer contacto. Fui entrando lentamente en ella, ante una resistencia mayor a la normal dado lo diferente de cualquier otro encuentro anterior. Cada centímetro ganado le robaba un estremecimiento a ella, y una sensación nueva y desconocida a mí.

Cuando la unión fue completa, besé su nuca.

—¿Estás bien? —pregunté sobre su hombro.
—Sí… de hecho… estoy de maravilla…
—¿Puedo…?
—Sí, amor, muévete… y hazme sentir bien también a mí.

La obedecí. Primero lentamente, pues seguía sintiendo temor de lastimarla, pero poco a poco me fui perdiendo en las sensaciones… era tan estrecha, aquello era tan lascivo que simplemente no podía dejar de ver lo perverso de nuestra unión. Ambos estábamos de pie, y mientras yo acariciaba sus pechos y mordía su nuca, ella separaba con sus manos esas redondas y perfectas nalgas para facilitarme el acceso, para dejarme penetrarla tan profundo como quisiera.

Simplemente era demasiado.

Sintiendo que mis piernas flaqueaban, aumenté la velocidad. Ella anticipó el final, y se sincronizó conmigo en aquella pecaminosa danza, alcanzando un ritmo perfecto que iba a volverme loco. Comenzó a exclamar los epítetos más escandalosos que la hubiera escuchado decir sobre lo que estábamos haciendo, declaró lo mucho que me amaba y que era su dueño en todo sentido, que su cuerpo me pertenecía, tanto o más que su corazón.

Aquella fue una de las únicas veces que grité en un orgasmo, fue explosivo y prolongado, y me hizo sentir que me vaciaría por completo. Por un momento creí que iba a morir. Fue como nuestra primera vez.

—Tiene sentido… —susurró ella, al recomponer su respiración—. Esta es, en realidad, una nueva primera vez para los dos, ¿no crees?
—Ya lo creo.

La besé con dulzura.

—Creo que necesitamos otro baño… —comentó, y yo le di la razón.
—Aunque hay un pequeñísimo problema…
—¿Y cuál es?
—Se nos terminó el agua caliente.

A pesar de la ducha fría posterior, fue un encuentro memorable y maravilloso.

Ducha.

Fin.