Todos los secretos al final no se pueden mantener para siempre al igual que las mentiras y lo mismo pasó cuando se descubrió a Kyoko.
Fue cuando acompañaba a Thanatos en recoger almas la pequeña volaba en su perro de autómata mientras también sonreía a las personas que sentían afecto por otros, familiares, amigos, amantes y hasta animales cualquier cosa que inspirara en el corazón ese sentimiento tan hondo y hermoso.
Se acercó a una casa donde una familia lloraba destrozada, el hijo menor había muerto recientemente de una grave fiebre y estaban colocándole las monedas.
Era lo que odiaba y entristecía de su trabajo a Kyoko recoger las almas de niños que apenas habían empezado a vivir y dejado atrás a sus seres queridos para lidiar con el dolor para superarlo.
Invisible para los ojos de los mortales se acercó al cuerpo y lo tocó en la frente con delicadeza, al instante apareció el alma del pequeño confundido pero cogió la mano que la pequeña diosa le tendía. Ambos embarcaron el vuelo en el perro de Kyoko, para animarlo convocó almas de perritos, conejos y delfines que revoloteaban su alrededor haciendo reír al pequeño.
Siguió hasta que recogió dos almas más, la imagen era a la vez hermosa y algo perturbadora unos pequeños volaban en el aire riendo y bailando mientras jugaban con animales que brillaban como estrellas alrededor de una niña que montaba un imponente perro de oro.
Kyoko llegó al inframundo con las almas cogió el arnés de Koga (así se llamaba su perro) y guiándola la llevó antes Hades y los jueces, la niña le hizo una reverencia.
—Mi señor le traigo las almas—
Se materializaron al instante los pequeños que estaban sobrecogidos y algo asustados pero Kyoko los calmó, los pequeños fueron enviados a las islas de los Bienaventurados o si querían reencarnarse para una segunda oportunidad.
Después de despedir a los pequeños la diosa se fue a la fragua de su madre.
Hefesto estaba trabajando en el nuevo carro de Hades cuando vio a su pequeña, la diosa dejó lo que hacía y la abrazó si había algo que podía hacer que dejara su trabajo era su hija a la que amaba más que a nada.
Kyoko abrazó gustosa a su madre sintiendo la calidez de ella, a sus ojos su madre era la mujer más hermosa que había visto y los que opinaban lo contrario se equivocaban. Sabía lo que decían de ella y estaba molesta si pudieran ver el mundo a través de sus ojos lo entenderían pero los dioses y demás mortales estaban demasiado centrados en ver lo que creen.
—¿Como ha ido?—
—Bien esta vez no eran muchos—si hubieran guerras o hambrunas habría sido peor.
La pequeña diosa ayudó a su madre en un proyecto, una espada de batalla enorme cuyo pomo se sostenía con ambas manos, adornada de rubíes y la empuñadura con dos cráneos de buitres de plata.
Era hermosa pero Kyoko pudo ver por el tacto que era muy pesada y ostentosa.
—Madre ¿para quién es?—
—Para el dios de la guerra—
¿Ares? ¿su tío? Nunca lo había conocido a ninguno en realidad, su madre apenas hablaba de ellos pero con el tiempo y lo que fue descubriendo por si sola sabía que no la apreciaban y para Kyoko era estúpido. Ella poseía el alma más hermosa y amable que había visto, su madre es dulce pero severa cuando hay que serlo, no podía entender porqué los del Olimpo no la querían.
Un día Kyoko fue al Olimpo de forma discreta por la noche, se sentía culpable pero su curiosidad era más. Así que emprendió el vuelo con Koga hacia el palacio de los dioses.
Cualquiera se habría maravillado dela arquitectura que los centimanos y Hefesto habían echo cada rincón era una obra de arte junto con imágenes de los triunfos de los dioses.
Pero para alguien ciego como Kyoko sólo podía averiguarlo pasando sus manos por las paredes y esculturas sonreía cuando adivinaba el arte de su madre en ellos muy hermoso para ella un artista expresa la belleza de su alma y emociones con sus creaciones.
Continuó admirando los distintos pasillos los jardines y flores hasta que oyó un ruido.
Sus sentidos estaban muy desarrollados en compensación con su falta de vista por lo que pudo escuchar a un grupo de personas charlando, se escondió apresuradamente.
—Bueno mis queridas musas ¿tocamos algo a la luz de la luna de mi hermana?—dijo una voz de hombre mostraba orgullo.
—Oh sí gran Apolo denos el honor—chillo una voz haciendo que Kyoko tuviera que taparse los oídos ¿seguro que era una musa? Si chillaba así como cantaba la fama de las musas entonces no era merecida.
Pero no pudo escuchar más porque oyó unos pasos que iban hacia ella sintiéndose atrapada se le ocurrió una idea.
—Tu niña ¿que haces aquí?—dijo una severa y altiva voz ¿quien era?
—¡Reina Hera! ¿que ocurre?—la voz alterada de Apolo le daba a entender que no le gustaba estar con la reina.
—Estaba dando un paseo cuando vi a esta pequeña espiándoos, bastardo—la voz estaba llena de desprecio hacia Apolo y Kyoko sintió pena.
—Oh bueno a lo mejor quería vernos actuar—
Notó como Hera intentaba agarrarla pero Koga se puso delante de ella protegiéndola.
—¿Como se atreve? Dile a esa bestia de metal que se aparte—la voz enfurecida no estaba acostumbrada a que alguien le llevara la contraria aunque fueran animales o robots.
Kyoko perdiendo la paciencia y sin querer miró a la reina y se estremeció, había oído hablar de la legendaria belleza de la reina del Olimpo quien después de Afrodito era la más hermosa.
Pero a sus ojos pudo ver su alma fea, llena de odio, celos, mezquindad, arrogancia y violencia se arremolinaban en ella con sombras oscuras y ahora viendo la fealdad de la reina se dio cuenta que alguien así de cruel no vaciló en arrojar a su madre del Olimpo.
Eso la enfureció y miró a la reina directamente a los ojos en venganza por lo que le hizo a su madre.
Al principio Hera estaba extrañada por esos ojos espeluznantes pero luego palideció como si todo el icor se hubiera ido de su rostro hasta la planta de sus pies, vio cuan horrible era en verdad y lo fea y aborrecible que era en su interior arremetiendo contra ella. Sin darse cuenta Hera estaba prácticamente huyendo horrorizada mientras se caía unas cuantas veces tropezándose con su propio vestido.
Apolo y las musas estaban sin creérselo, Hera la temible y orgullosa reina que no temblaba ni ante la ira de su esposo ni cuando la encadenó desde el cielo estaba corriendo como si su vida dependiera de ello totalmente aterrada.
Mirando con precaución a la niña aparentemente indefensa se aproximó, ella tenía una mueca de desagrado hacia donde se había ido la reina.
—¿Quien eres?—preguntó el dios del sol sacando su arco y flechas apuntándola.
—No soy nadie, solo quería ver el Olimpo del que tanto oí hablar—
—No puedes estar aquí sin autorización ni invitación tendré que arrestarte por entrar de forma ilegal además no sé lo que le has echo a la reina pero también serás juzgada por ello—dijo Apolo.
—Yo no e echo nada, no sabía que se necesitaba autorización pero pensé que cualquier inmortal podía venir, es el hogar de los dioses, además en cuanto a tu reina no le he echo nada sólo le he mostrado tal como es en realidad—
El dios dorado perdió la paciencia.
—¡Se acabaron las tonterías vendrás con nosotros ante Zeus! ¡Urania, Clio prendedla!—
Las dos asintieron, las musas no sólo eran diosas de las artes y ciencias también eran luchadoras al servicio de Apolo y actuaban como sus guardaespaldas. Se acercaron a la niña cuyo perro extendió sus alas de metal, las plumas se volvieron cuchillas muy afiladas y los ojos del perro se encendieron y de sus afiladas fauces salía humo.
Eso intimidó a las dos musas pero decididas siguieron hasta que la niña extraña se puso entre ellas y el perro y las miró a los ojos.
Las musas gritaron perturbadas, sea lo que sea lo que vieron se fueron chillando, las otras musas estaban atónitas y más vacilantes.
Apolo ya perdiendo la paciencia lanzó ardientes flechas de oro hacía ella pero el perro actuó con rapidez, de sus alas como cuchillas salieron varias plumas que chocaron contra las flechas.
Viendo que seguir disparando no serviría el dios de la luz usó su control para moverse entre la luz hasta aparecer al lado de la niña y la agarro de brazo con fuerza. Pero Kyoko con una furia increíble lo miró a los ojos.
—Los ojos son las ventanas del alma, vamos a ver cómo es la tuya—
Apolo estaba furioso pero la furia dio paso al desconcierto para luego al horror.
Vanidad, mezquino, superficial, cruel, inmaduro, tenía un gran amor por su madre y su gemela cierto y cierto nivel de respeto hacia sus compañeros pero vio su propio odio y desdén injustificados hacía Hefesto y otros, sus celos hacía Orion y el placer que sintió cuando murió. Vio lo bajo que era en realidad y que en realidad era un monstruo horrible y patético un niño malcriado.
Soltando a la niña Apolo, totalmente pálido retrocedió varios pasos. Sudaba y respiraba de forma irregular mientras la niña lo miraba con desprecio.
—¿Desprecias a los demás si te superan en algo o te lo pueden quitar? Además de odiar todo lo que no es estéticamente bonito a tus ojos, pero sepa esto señor Apolo tú puedes ser en el exterior hermoso pero por dentro eres totalmente feo y desagradable y ahora lo sabes—
Apolo sobrecargado con todo lo que vio se llevó las manos a la cabeza no, ese no era él, el era hermoso y brillante y no era lo que vio en los ojos de esa niña aquello tan horrible y patético.
Tan alterado estaba que no se dio cuenta que se tropezaba con su arpa y se enredaba los pies con las cuerdas cayéndose y dándose en la cabeza con un banco.
Se hizo el silencio.
Las musas restantes miraban a su señor, inmóvil y con icor que se acumulaba debajo de su cabeza, con pánico y aterradas miraron a la niña calmada y sin decir más las diosas cargando a Apolo huyeron aterradas.
Kyoko se subió sobre Koga, no tardarían en dar la alarma así que ambos se fueron, mientras regresaban a casa pudo entender porqué su madre no hablaba de los dioses del Olimpo ni de su familia. Después de ver las almas oscuras y llenas de vanidades y horribles lo entendía.
