Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 11
Bella
— ¡¿Qué?! —Edward no dejaba de verme, mejor dicho de comerme con los ojos—. ¿Me veo mal?
Giré sobre mis talones buscándome un defecto.
— No sé qué demonios haces, pero luces siempre perfecta —exhaló con una risa tonta— me gusta cómo te quedan esos jeans, te ves… —retuvo su labio inferior entre sus dientes en un gesto lascivo— vámonos, antes de que me quiera quedar y si anoche lograste sacarme de tu habitación no creo que ahora puedas.
Menee la cabeza.
Quería animarme y creer que no había sido un error echarlo anoche de mi cama.
Le sonreí al mismo tiempo que acaricié su mejilla y disfrutaba del cosquilleo que provocaba su barba.
Él estaba acostumbrado a las mujeres al tronido de dedos, así que solo le hice ver que no era igual a ellas. La duda era: ¿Cuánto podré soportar sin que le ruegue que me haga suya?
Sus labios me hicieron salir de mis pensamientos, gemí; empezaba a disfrutar la forma en qué sus manos callosas me acunaban el rostro cada vez que me besaba apasionado.
— Vámonos preciosa —su voz ronca me erizó la piel.
¿Qué me pasaba con él?
Sin pensar en más, me dejé guiar por su mano hacia afuera de casa. Los copos de nieve caían en forma de llovizna ligera, era hermoso el paisaje en color blanco.
— ¿Aún así saldremos? —Pregunté al ver las condiciones del tiempo.
Edward ajustó su gorro azul en su cabeza.
— La nieve es la parte divertida, ¿estás lista?
No estaba del todo lista, era la persona más friolenta de este mundo, quizá por eso amaba el calor y las playas en verano.
Solté un grito cuando me cargó llevándome en brazos hasta la camioneta. Él mismo se encargó de poner el cinturón de seguridad, era demasiado tierno en ese tremendo cuerpo de rudo.
Apenas salimos al asfalto cubierto de nieve y los neumáticos se barrieron sobre la carretera.
— ¡Edward! —Exclamé al clavar mis uñas en el asiento— nos mataremos.
— Tranquila, disfruta el viaje.
Sus dedos acariciaron mi mejilla y por primera vez quería pedirle que no me tocara y se centrara en el volante porque terminaríamos hechos papilla y entre fierros viejos.
Edward
Bella estaba asustada.
Mi chica valiente y de carácter explosivo parecía querer saltar fuera de la camioneta conforme avanzábamos en el camino.
Ella no tenía idea que conocía estas calles como la palma de mi mano y que tenía la suficiente experiencia para maniobrar un coche bajo cualquier inclemencia del tiempo.
Para que se tranquilizara puse música: It's Beginning To Look A Lot Like Christmas empezó a reproducirse a volumen bajo e inundó la cabina.
Por el rabillo del ojo la vi sonreír y tararear la canción de Michael Buble.
No era tan Grinch como creí. Ella era cálida y muy amigable, pero se veía tan solitaria y reservada.
Di un volantazo. Lo hizo a propósito para darle adrenalina a nuestro trayecto, ella gritó angustiada cuando alargué mi brazo evitando que se hiciera daño.
— ¡Estás loco!
Sonreí antes de acelerar y retomar de nuevo el camino.
Bella no dejó de admirar el paisaje; no podía ocultar que le gustaba ver la nieve. Lo más esperado fue cuando llegamos cincuenta minutos después al lugar donde trabajaba y su boca se mantuvo abierta.
La ayudé a bajar y nos encaminamos.
El viejo Harry nos recibió sonriente.
— Edward, no pensé que vendrías hoy —murmuró— escuché que estabas recién casado.
¡Demonios!
Restregué los dedos en mi frente. La comunidad del pueblo de Forks eran los menos reservados.
Harry era bocón por naturaleza y no se callaría.
— Buenos días, viejo —saludé, dándole un fuerte apretón, advirtiéndole con la mirada que guardara silencio—. Ella es, Bella.
El hombre andrajoso me ignoró y agitó la mano hacia Bella sonriéndole con sus escasos dientes.
Era un borracho de primera que había perdido la mayoría de los dientes en caídas que había sufrido. No obstante, si le quitamos ese defecto era bueno y muy noble.
— Un gusto, señora Cullen. Me dijo mi hermana Sue, que estaba de encargo, felicidades.
Me quedé sin reacción hasta que sentí que los dedos de Bella se apretaron en los míos. Miré sus ojos, haría mil preguntas, lo sabía.
Aún así no desmintió sino que sonrió ampliamente hacia Harry.
— ¿Así que estoy embarazada? —murmuró para mí— ese es el nuevo chisme del pueblo, ¿no? Según ellos cuánto tiempo tendré, ¿una semana?
— Pudiste decir la verdad —pronuncié con presunción.
— Bah, no andaré desmintiendo chismes.
Reí con la labios apretados y tiré de su mano. Caminamos hacia el tractor; la llevaría hasta internarnos en el corazón del bosque.
— Wow… es increíble —articuló Bella frotando sus manos en busca de calor y también maravillada con el paisaje blancuzco—. ¿Qué es lo que realmente haces?
— Soy leñador —la miré de soslayo, estaba riéndose— así me llamas, ¿no?
— Tú empezaste —se quejó—, y yo solo busqué desquitarme.
Puse los ojos en blanco.
—Trabajo para una compañía que se encarga de remover algunos árboles del camino. También me toca alinear algunos árboles que fueron talados —le expliqué—. Se hace con este tipo de maquinaría.
— Suena divertido —seguía observando emocionada hacia el exterior, parecía una niña—. ¿Es peligroso?
— Todo depende de cuanta experiencia tengas. ¿Quieres que te enseñe?
Bella me miró; su labio estaba apresado entre sus dientes.
— Me encantaría.
— Ven aquí.
Necesitaba tocarla. Fácilmente tiré de su cuerpo acomodándola entre mis piernas, cubrí sus manos con las mías y empecé a maniobrar las palancas del tractor.
— ¿Te gusta? —pregunté en su oído al ver que sus ojos se abrían al ver que la máquina levantaba el tallo de un árbol con facilidad.
— Es genial, Edward y muy desestresante.
Sonreí. Bella la estaba pasando bien.
Al menos mi intención es que ella disfrutara del día conmigo y conociera un poco de mí, esos eran mis planes… hasta que terminamos besándonos sin control en la cabina del tractor y con los vidrios empañados,
Ella a horcajadas sobre mí, frotándose.
¿En qué momento nos despojamos de nuestros abrigos? Era la gran duda.
Me aclaré la garganta y sin dejar de apretar su cintura con mis manos apoyé mi frente en la suya.
Nuestras respiraciones seguían irregulares.
— Esperemos un poco.
— ¿Cuánto tiempo? —inquirí deseoso.
Encogió sus hombros.
— No lo sé, solo veamos qué sucede.
Acunando su rostro empecé a repartir besos en su frente y mejillas. La amaba con toda mi alma, descubrí desde que era muy niño y sentía la necesidad de demostrarle qué tan importante era para mí.
Hacerle saber lo emocionado que estaba porque me hubiera dado el sí.
Le mostraría mi mundo, la haría partícipe y estaba casi convencido que ella no querrá irse. El único contratiempo era que solo tenía siete semanas para demostrarlo.
Estaba listo… que empezara el reto.
Edward tiene siete semanas para enamorarla, ¿quieren saber cómo lo hará?
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