Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 12

Bella

Volví a restregar los dedos en mis párpados y una vez me despabilé, enfoqué mi vista en la almohada: era una flor de nochebuena.

La sostuve entre mis dedos y empecé a acariciar mi rostro con los grandes pétalos rojos, mi sonrisa se plasmó en mis labios y sabía el motivo.

Solté un gran suspiro.

Era hermoso despertar con una flor en la cama. De hecho llevaba tres semanas despertando de esta manera y era totalmente reconfortante.

¡Sí! Edward y yo teníamos tres semanas juntos y oficialmente en una relación; nos habíamos convertido en un par de muéganos que no podíamos estar separados por muchas horas.

— El desayuno está listo —anunció Edward con una gran bandeja de comida que dejó en mi regazo después de besar mis labios.

— Me acostumbraré a desayunar en la cama —dije degustando un pequeño trozo de melón— me estás consintiendo mucho y estoy segura que terminarás arrepentido.

Edward exhaló ruidosamente al tiempo que cruzaba los brazos sobre su pecho. Me deleité viendo sus tatuajes aprovechando las mangas cortas de la camiseta de algodón que vestía.

Sin pensar la punta de mi dedo recorrió las oscuras líneas que trazaban su piel. Sucedía siempre que mostraba sus tatuajes y, por muy extraño que resultara aún no pasaba mi lengua por cada uno.

Estaba fallando.

— ¿Te gusta lo que ves? —preguntó muy sobrado de sí mismo.

— En realidad sí —admití sin dejar de arrastrar mis dedos—. ¿Por qué te llenaste el cuerpo de tatuajes?

Su risa fue melódica.

— Tú comes y yo te cuento —ordenó mandón—. El primer tatuaje que me hice fue a los diecisiete años —empezó a contar— fueron los ojos de una chica que me robó el corazón y quise inmortalizar su mirada tierna en mi piel —volteó a verme con una sonrisa juguetona.

Él no estaba hablando de mí, eso no podía ser… ¿o sí?

Se quitó la camiseta por la cabeza dejando el torso desnudo, se giró un poco hacia mí y me mostró orgulloso unos ojos cafés en el centro de su pecho.

Abrí la boca.

Eran mis ojos, míos.

Sin poder creerlo pasé mis dedos por su piel, mis ojos picaron por la imagen tan perfecta. ¿Cómo era posible?

— Edward —mi voz se entrecortó.

— Siempre mantuve la esperanza que un día regresarías, Bella.

— ¿Por qué no me buscaste? Quizá así hubiéramos hablado y…

— Lo hice —me interrumpió— hace años fui a casa de tus padres porque surgió un problema en el sótano de esta casa, solo que tú no estabas, escuché que habías ido a Londres a estudiar un curso de no sé qué.

— En administración —añadí—. Estuve en Londres un par de semanas y fue porque me inscribí a un curso intensivo.

Maldita sea. ¿Por qué tuve que irme?

— Ya no importa, nena —gruñó sujetando fuertemente mi rostro y besando mis labios— ahora te tengo conmigo.

Sin darme cuenta retiró la bandeja del desayuno de mi regazo y tiró de mi cuerpo sentándome a horcajadas sobre él.

Nos besamos. No, mejor dicho: su boca avasalló la mía como en cada beso.

Lentamente sus dedos bajaron los tirantes de mi blusa mientras sus manos empezaban a recorrer mi cuerpo, amasando deliciosamente mi carne.

Gemí. Eché mi cabeza hacia atrás cuando su boca probó mis pechos libres de ropa, mis pezones estaban erectos ante sus succiones y lo que hacía su lengua con ellos.

Aunque no era la primera vez que lo hacía no podía evitar que los vellos de mi cuerpo se erizaran ante su jugosa boca.

No perdió tiempo. Una de sus manos hurgó más allá del elástico de mis bragas llevando sus dedos dentro de mi centro… empezó su faena.

Jadeé al mismo tiempo que me movía al compás de sus dedos, montándolos.

— Correte —gruñó besándome— hazlo en mis dedos.

Miré sus ojos oscurecidos por el deseo; él me tenía donde quería y no supe en qué momento le cedí el control.

— Aah… —exhalé al terminar en sus dedos.

Este hombre me estaba volviendo loca. Lo abracé del cuello y me aferré a él como mi única salvación mientras mi respiración se regulaba.

— ¿Quieres dormir otro rato?

Negué rápidamente.

— ¿Iremos a trabajar hoy? —pregunté.

Estas semanas lo había acompañado cada día y aunque me divertía lo que hacíamos, hoy simplemente no pretendía salir de la cama.

— No, podemos quedarnos aquí, si quieres.

— Quiero quedarme. —Mordí la lengua para no decir que necesitaba su atención y que ya no quería esperar.

Fue en eso que el ruido de una motosierra se escuchó fuertemente seguido de voces y gritos. Salté lejos de Edward y me cobijé con las mantas.

— ¿Qué está pasando? —pregunté alarmada por el escándalo—. Parece que estuviéramos en guerra.

Edward maldijo mientras salía fuera de la cama.

— Lo estamos —murmuró asomándose por la ventana— es el primer sábado de diciembre.

— ¿Y…? —Me enredé en una manta de cuadros y lo seguí para ver cómo algunos vecinos andaban arriba de sus casa y otros tantos en los patios.

— Hoy empieza la carrera por la mejor decoración navideña de nuestras casas, como premio de primer lugar es una televisión de 85 pulgadas.

Volteó a verme al darse cuenta que no decía nada.

— No entiendes, ¿verdad? —puso la punta de su dedo en mi entrecejo y empezó a masajear suavemente de arriba abajo—. Sé que dirás que solo vas y compras la televisión a la tienda o la ordenas en línea y te llega en horas a tu casa. Pero aquí no es así, Bella. Aquí habrá una verdadera guerra de vecinos para ganar esa pantalla.

— Ah… —mi cerebro seguía procesando— ¿tú participas?

— Es solo para familias.

— Eso quiere decir que nunca has participado.

— Cuando éramos niños mis padres participaban. Nunca ganamos nada, ni el tercer lugar.

— ¿Y quieres ganar?

Edward sonrió con un resoplido.

— ¿Qué está pensando esa cabecita?

Bien, nunca había hecho nada arriesgado, bueno, si competir en las olimpiadas de matemáticas era arriesgado, quizás sí, o aprender alemán en meses, podría decir que sí. Pero fuera de eso nada más, a menos que contara estos días junto a Edward.

— La mayoría del pueblo piensan que estamos recién casados —le dije— y nosotros no hemos desmentido nada. Así que podemos aprovechar y competir.

Su sonrisa se extendió ampliamente. Caminó hacia mí y sujetó mi cintura.

— ¿Lo dices en serio?

— Completamente —respondí.

Era la persona más competitiva y si mi jengibre caliente quería esa pantalla, desde luego que pelearía con quien fuera por tener ese televisor.

Lo ganaría o me dejaba de llamar Isabella.


Bella se está enamorando y no lo sabe y apenas han pasado tres semanas. Aquí empieza una competencia muy divertida, chicas. Realmente esta historia es inspirada en mi vecindario que tenemos esta bonita tradición de competir en decoraciones, yo siempre pierdo al igual que Edward, haha.

Viene otra historia navideña "Un regalo perfecto". Quiza la publico hoy mismo.

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