Se dice de Allen

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Allen Walker, era conocido como el mejor amante de todo el instituto Black Order.

Y Kanda Yuu no podía hacer más, que apretar los dientes y los puños, cada vez que escuchaba a alguna de las zorras del lugar, comentar lo bien que la había pasado en su cita con el joven de ojos plateados.

Algunos de los alumnos de grados superiores, buscaban la manera de sabotear al peliblanco de más de una forma, cabe destacar a veces tan absurda, que entendía porqué la mayoría del alumnado femenino, y uno que otro rezagado hipócrita, buscaba la compañía del inglés.

Calificaciones promedio, pero un gran talento en todo deporte, lo hacían uno de los más destacables de entre todo el instituto. Su caballerosidad y galantería le ayudaban a ganarse a cualquier profesor. Y cabe decir, que el favoritismo de una que otra profesora.

Desde que Kanda había puesto sus ojos en él, le había quedado claro porqué, a lo largo de su corta vida de diecisiete años, no había caído ante las provocaciones de cuanta chica se había puesto a sus pies.

Ese chico era la prueba contundente, de que era terrible y patéticamente gay. Por él y solo por él.

Y al haberlo comprendido, entendió porque Daisya le había dicho idiota y lo golpeó, cuando se dio cuenta que salía con un chico de otra escuela y él lo criticó.

Olvidando los rencores de su hermano adoptivo...

Le fascinaba la manera en que la luz se reflejaba en ese irritante cabello de anciano. Cómo mientras le daba una paliza al equipo de baloncesto; su cuerpo parecía resplandecer por el sudor, y el maldito sol tenía la fortuna de acariciar su piel, mientras este se movía con gracia y elegancia por la cancha.

Durante natación, no hacía más que comerse con los ojos ese cuerpo marcado por unos músculos no muy voluptuosos. Esas caderas delgadas y piernas torneadas y flexibles.

Estaba jodido por ese imbécil. Y no podía hacer nada, cuando este no rechazaba las invitaciones de las mujeres a la parte de atrás del gimnasio, y demás lugares poco concurridos del instituto.

Se le retorcía el estómago y sentía su sangre arder. Tanta era su frustración, que desde el momento en el que el conejo los presentó por primera vez, no pudo hacer más que insultarlo; aprovechar para usar el sobrenombre más absurdo que se le ocurrió, y recibir la caricia de ese puño en su mandíbula.

Contrario a lo que esperaba, el muy cabrón se atrevió a responderle y, por si fuera poco, dio el primer golpe. Jamás en su vida se había sentido tan ridículo, por haberse emocionado con algo como eso. La pequeña mierda valía su atención.

Indiscutible el hecho de que a pesar de que intentó, muy a su manera, solucionar su primera mala impresión hacia el albino, no logró nada y por el contrario sólo obtuvo más desprecio.

No podía darse el lujo de demostrar su debilidad hacia él, o terminaría siendo la burla eterna del estúpido del conejo. A pesar de que, sin ese factor, de todos modos, este parecía buscar la muerte al molestarlo constantemente.

El resto le valía madre. Ya que sabía que nadie se metería con él si quería seguir con vida. Agregado el hecho de que Lavi era muy amigo de su hermano adoptivo Marie, y visitaba frecuentemente su casa por cortesía del viejo Tiedoll. Justo como aquella tarde que le dijo aquello, que le hizo darse cuenta que no por algo era el asistente de varios profesores.

—¿Sabes, Yuu? Tengo la impresión de que no solo molestas a Allen porque te caiga mal. ¿Acaso tu...?

Fue lo más cerca que Lavi había estado de la muerte.

A pesar de eso no volvió a insistir. Aunque cada que podía, le echaba en cara que Allen había aceptado una nueva invitación a salir. Divirtiéndose de lo lindo cuando lo miraba rechinar los dientes de rabia.

Al principio intentó poner distancia, pero no pudo evitar escuchar las conversaciones de sus compañeras de salón cierta tarde antes del almuerzo.

—¿Dijo que sí? — preguntó emocionada una de ellas. De cabello rojo intenso mientras tomaba de los hombros a la otra. De dos trenzas y anteojos redondos, quien estaba roja hasta el cuello mientras sus manos se retorcían entre sí.

—Si. Aunque no puedo hacerme muchas ilusiones. Escuché de Emilia que salió con una de sus compañeras la semana pasada. — se notaba la tristeza mezclada con un atisbo de esperanza. —Pero no importa, tener un poco de él es mejor que no tener nada.

—Pero Lou Fa...

—Está bien Fou. Además, Allen despide ese aire... ya sabes. — de ser posible la chica se había puesto más roja. —Se que no lo puedo acaparar. Por eso debo aprovechar esta oportunidad.

A partir de ahí, la conversación giró en torno a cómo la chica planeaba decorar el lugar de su cita con Allen. Esa no fue la primera vez, que Kanda experimentó ese sentimiento repulsivo de los celos. Y aunque, de manera no tan discreta, intentó frustrar la famosa cita, no hubo nada que pudiera hacer que no lo llevara a revelar sus verdaderas intenciones.

Por lo que su frustración la calmó golpeando sin piedad a sus compañeros del club de kendo.

Desde ese entonces, Kanda se ganó la fama de demonio, y nadie quería practicar con él durante los entrenamientos. Ni siquiera el instructor Sokalo.

El tiempo pasó, y cada vez se hicieron más constantes las pláticas entre las niñas sobre cómo Allen era el novio perfecto, y demás cosas que le hacían hervir la sangre.

Hasta que escuchó a la repulsiva de Road Kamelot, pregonar como Allen le había dado la mejor noche de su vida.

Fue la gota que derramó el vaso.

Le importaba poco si el brote de habas le odiaba por la eternidad. No dejaría que nadie más volviera a decir que se la pasó en grande con Allen, mientras él ardía en celos e impotencia.

Así que buscó ayuda de la única persona que sabía, no sería una molestia para tratar el asunto.

El desafortunado Jhonny Gill, se vio acorralado por el "demonio" en el vacío salón de ciencias esa tarde.

—K-Kanda. Qué raro verte por...

—No estoy aquí por gusto. — no del todo. — Solo necesito que respondas un par de cosas y me iré. Y si te atreves a decirle a alguien de lo que hablamos aquí, te partiré el cuello.

—No sé nada sobre la cita de Allen. Solo sé que recibió el sobre en su cajón de zapatos esta mañana.

¿Era tan obvio que iba a preguntar sobre el brote de habas? ¿Ya tenía otra cita? Pensando en prioridades, era mejor aclarar de primero la segunda pregunta.

—Eres cercano a él. ¿Al menos sabes el punto de reunión?

—No. Esta vez no presté mucha atención, tuve que...

—¿El estúpido conejo no comentó nada al respecto?

—Kanda, en serio no sé nada... ¿pero te puedo dar un consejo? Si de verdad quieres acercarte a Allen no seas tan agresivo con él. Ha pasado por mucho, y aún hay cosas que son difíciles en su vida.

—No parece ser impedimento para que se revuelque con cualquiera.

—Él no... — ¿Cómo explicar la situación sin acabar muerto en el proceso? Jhonny había jurado guardar el secreto. Pero creía que Kanda podría ser algo bueno en la vida de Allen. —Escucha. ¿Eres primo de Alma Karma, cierto?

¿Que tenía que ver una cosa y la otra? En lugar de responder con palabras, asintió. Dándole una mirada al chico que decía, que debía llegar al punto si no quería ser golpeado.

—Mira, Kanda. Allen es mi mejor amigo. Y créeme cuando te digo que no deberías creer en los rumores que hay por ahí. Pero también hay motivos para que la situación se mantenga por un tiempo más. Además, no soy el único que ha notado la manera en la que lo miras. Y de verdad creo que serías algo bueno en su vida. Así que solo por esta vez te ayudaré. Si lo arruinas no me haré responsable de las consecuencias.

—¿De qué demonios hablas?

—Escucha con atención...

Bueno, al menos Kanda no se desvió del asunto principal.

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-XXX-

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Si era sincero consigo mismo, Allen solo quería amigos.

Al ser transferido de instituto y de país, Allen no creyó que las cosas terminarían así. Pero Mana había decidido, que lo mejor para él era que explorara otros aires, conociera nuevas personas e hiciera nuevas amistades. Amistades normales, según sus palabras.

Así que lo envió con Cross y Neah a mitad de año y lo inscribió en Black Order. Un instituto mixto que garantizaba que conociera chicas, y si tenía suerte, encontraría a alguien que le gustase.

Acababa de colgar una llamada de su padre, recostado en el sillón rememorando los motivos por los que estaba ahí, y todo lo que había pasado desde que llegó; cuando la voz de alguien muy molesto se dejó escuchar.

—Así que te enviaron aquí para enderezarte, ¿no? — había una inconfundible burla en los ojos de Cross mientras lo veía acomodar su mochila para ir a clases. Recargándose en el marco de la puerta y expulsando el humo de su cigarrillo.

—Mana solo quería que cambiara de aires. Es todo.

—Y de paso que te volvieras normal.

—Deja de molestarlo. Tú no eres quien para hablar. — Neah hizo acto de presencia, y alejó a Cross de la puerta, con la excusa de que las tostadas para su desayuno estaban por quemarse. —Allen, ya verás que pronto lo entenderá. Mana solo quiere lo mejor para ti.

—Lo sé. Además, no puedo decir, que realmente no le agradezca mandarme lejos. Lo necesitaba.

—Te lo dije cuando llegaste y te lo vuelvo a decir, siéntete como en casa. Si lo que quieres es tiempo y espacio está bien. Te apoyaremos en todo lo que necesites.

—Gracias, Neah. — después de eso le dejó solo y Allen por fin pudo meditar en la situación.

Sabía que Mana solo necesitaba tiempo para hacerse a la idea y aceptar la realidad. Por el momento, incluso era mejor que lo hubiera enviado lejos. En su antigua escuela nunca tuvo amigos. Y cuando creyó que amaba a alguien, este resultó ser un completo cretino que solo se burló de él.

No era amor de verdad. Allen solo había creído que lo era, porque en realidad no sabía nada del tema, y a decir verdad era la primera vez que alguien le gustaba. Con el engaño de Tyki, no sintió dolor ni tristeza, solo una terrible decepción, que le había llevado a un descubrimiento más importante que lo que él le hizo.

No le gustaban las mujeres y los hombres eran idiotas. Así que Allen, se auto declaró asexual de por vida.

El problema resultó, en que Mana creía que él necesitaba de alguien en su vida para ser feliz, y que era demasiado joven para tomar una decisión tan radical. Él creía que lograría encontrar alguien con quien compartir la vida, y se olvidaría de su absurda decisión apresurada. Mucho mejor si resultaba ser con una mujer decente que cocinara delicioso. O que por lo menos supiera cocinar. Su hijo comía demasiado.

Así que se contactó con su hermano, quien vivía bastante lejos con un amigo. Desconociendo la verdadera relación que estos mantenían. Neah no había querido decirle nada, porque con Mana nunca se podía estar del todo seguro de su reacción.

Y así fue como terminó viviendo en Japón e ingresó al instituto Black Order.

Sin conocer a nadie y con la esperanza de pasar desapercibido. Lamentablemente, sus planes se fueron al caño sin que él se enterara exactamente como.

Allen, de verdad, solamente había querido hacer amigos.

Todo empezó por ayudar a Miranda...

Flash Back

Era su primer día de clases. Caminaba tranquilamente mirando el GPS en su celular, para asegurarse de llegar al lugar correcto a la hora correcta.

Cuando divisó el edificio que correspondía a su nuevo centro de estudios, guardó su teléfono. Y al levantar la vista, se encontró con una escena que lo confundió y asustó a partes iguales.

Una chica se encontraba colgando del paredón que separaba la institución de la calle, tambaleándose precariamente aproximadamente a cinco metros del suelo. Se sostenía con dificultad, y se notaba que sus brazos estaban por ceder. Y de hecho así fue.

La joven estaba por caer al suelo y sufrir una fea lesión. Se preparó para el impacto, cerrando los ojos y soltando un grito ahogado esperando el desastre. Sin embargo, el desastre esperado nunca llegó, y en su lugar unos brazos delgados, pero bastante fuertes la sostuvieron con firmeza.

Abrió los ojos al darse cuenta de que se encontraba a salvo y lo que encontró, fue como la aparición de un ángel o el típico príncipe de brillante armadura.

—¿Te encuentras bien?

Preguntó el joven de blancos cabellos y una belleza singular. La extraña cicatriz en su rostro no opacaba sus facciones, sino que más bien las realzaba. Miranda lo miró embobada por unos instantes antes de responder entre tartamudeos.

—S-si... su-supongo.

Antes de que alguno de los dos dijera algo más, o que las explicaciones de dicho acontecimiento extraño se pudieran hacer como es debido; una voz bastante parecida a la de la chica en sus brazos soltó un grito, que no se sabía si era de felicidad o indignación.

—¡Hija! ¿Por qué me has mentido?

Al escuchar la voz ambos se sobresaltaron y voltearon a ver a la mujer que se encontraba a pocos metros de ellos. A causa de la sorpresa, Allen no atinó a soltar a la desconocida en sus brazos, y en su lugar la sostuvo más fuerte. Curiosamente no era muy pesada, por lo que sostenerla no representaba mayor trabajo.

—¡M-madre, creí que y-ya te habías ido!

—No me cambies de tema, jovencita. Más bien responde: ¿Por qué me mentiste y me dijiste que no tenías novio, además bastante guapo?

—N-no es l-lo que...

Pero la mujer no la escuchó. Y acercándose a Allen lo miró con detenimiento. Se tomó su tiempo para evaluarlo detalladamente. Todo, mientras este seguía sosteniendo a la chica en sus brazos y sin tomarlo en cuenta debido al escrutinio al que se veía expuesto. Después la señora pareció haberse dado por satisfecha y asintió con aprobación.

—Por favor cuida de mi hija. Te espero este viernes para cenar.

No dijo nada más y se fue por la calle dando saltitos de alegría. Allen no supo qué decir exactamente. Sintió un tic nervioso en sus cejas, todavía sin reaccionar mientras seguía sosteniendo a la castaña.

—Esto… ya puedes bajarme. — le llamó la atención la chica.

—¡Oh! Cierto, lo siento.

Cuando estuvo con los pies en tierra firme, y se dio cuenta que el peligro por fin había pasado, la realización de todo lo acontecido la golpeó como una roca pesada en su cabeza. Y haciendo una inclinación exagerada, no paró de pedirle disculpas al joven albino que tenía enfrente. Quien hacía lo posible por que dejara de hacer las reverencias y de pedir disculpas una y otra vez.

La chica casi tocaba el suelo con sus ademanes.

—Por favor cálmate. No son necesarias tantas disculpas.

—Es que no lo entiendes. Si no llegas el viernes, no parará de insistir en que te lleve y será un martirio de nunca acabar. Por favor, sé que no nos conocemos, pero ayúdame. Te lo pido. No quiero que siga insistiendo en que me va a concretar citas a ciegas.

Poco faltaba para que empezara a llorar.

Por un momento, Allen no pudo asimilar lo que le estaba diciendo. Pues no le hallaba mucho sentido a que una madre fuera tan insistente en concretar citas a ciegas para su hija. Pero, pensando un poco, el recuerdo de su padre insistiendo en que conociera gente lo golpeó con fuerza.

—E-espera, tranquilízate. P-para empezar. ¿Cómo te llamas?

—Miranda. — trató de controlarse y estaba buscando con que limpiar su rostro, cuando se dio cuenta que un pañuelo era extendido con elegancia hacia ella. —Miranda Lotto, mucho gusto. ¿Y tú cómo te llamas?

De repente, se hizo presente un ligero sonrojo en el rostro de Miranda que Allen no notó por completo. Todavía pensando en las posibilidades. Hasta que reparó en que la chica esperaba para saber su nombre.

—Allen Walker. Mucho gusto.

Allen nunca pensó que, por querer ser amable, ayudar a alguien y de paso quitarse de encima a su padre, le traería las consecuencias titánicas que le trajo el haber dicho su nombre aquel día.

Y por supuesto, su plan de tener amigos con normalidad, se fue por el drenaje poco después.

Flash Back End.

Esa primera ocasión, Miranda le había agradecido trayéndole una porción exagerada de dangos a su casa. Insistió en dárselos a pesar de que le aseguró, que en parte él también se había quitado a Mana por un tiempo de encima.

Cuando menos se quiso dar cuenta, Miranda le había dicho que después de que se había hecho pasar por su novio aquella tarde, le comunicó y fingió ante su madre tener el corazón roto, por darse cuenta de que lo que "había" entre ellos no funcionaba.

Pero no evitó correr la voz con Tevak al respecto.

La amiga de la castaña, le pidió que le ayudara a quitarse de encima a un latoso que no quería volver a ver más. Fingieron la cita y el resultado fue el esperado. En compensación, le regaló unos cupones de descuento en la tienda de ropa de sus padres.

La tercera vez que se vio obligado a mentir, fue porqué Mei Ling no soportaba seguir siendo el centro de la burla por nunca haber dado su primer beso. En el caso de ella, insistió en darle cien dólares de descuento en un restaurante que tenía bufé, solo para decir ante sus amigas que el galán transferido había sido su primer beso.

Esas chicas tenían como convencerlo cuando Miranda les dijo, de manera "casual", que era de buen diente y que sus platillos favoritos siempre serían los postres. Cosa de la que se dio cuenta durante aquella cena con su familia.

Luego de eso, perdió la cuenta de las veces que se le acercaron para pedirle una cita de manera tímida, y la cantidad de cartas que recibía con una pequeña compensación en especies, comida y en algunas pocas ocasiones con dinero.

Entonces llegó la invitación a cenar de Lou Fa.

En aquella oportunidad, se vio obligado a rechazar de manera cortés los avances de la chica durante la cena. Y de aclararle que la mayoría de las "citas" de las que tanto se hablaba, no las había cumplido realmente, y solo eran para ayudar a las chicas. Y porque honestamente no sabía cómo negarse. Omitiendo el detalle de que le traían comida de lo más exótica y deliciosa.

—Nunca imaginé que esto resultaría en estas dimensiones. — le explicó a la chica con paciencia, dándose cuenta de su desilusión por tales palabras. —No quise ser grosero ni darte falsas esperanzas. Pero por el momento, necesito que esta mentira se mantenga por un tiempo.

—No tienes que disculparte. Pero en serio agradezco que hayas aceptado mi invitación.

Se despidieron con la promesa de que ella guardaría el secreto, y con el acuerdo de que, si le preguntaban, diría que había estado genial.

Se vio obligado a pasar al siguiente nivel, cuando Road le dijo que, en su caso, ella si iba a tener que decir que Allen le había dado la mejor "noche" de su vida.

—¿Por qué dices que es fundamental implicar que hicimos… eso? — preguntó confundido.

—Porque les había dicho a mis amigas que yo ya tengo experiencia. Insistieron en que tenía que comprobar que tan bueno eras, y de paso lucirme si lograba hacer que disfrutaras.

—Deberías buscar otras amistades.

Sin embargo, no se negó. Dejó que dijera lo que se le diera la gana, cuando le entregó cupones de tiempo ilimitado gratis para una dulcería propiedad de su familia. Si, honestamente, pensó que vendió su reputación por dulces. Pero tomando en cuenta el apetito que nunca le dejaba, no le importó demasiado. En especial, cuando aquella mañana salió de la tienda de la familia Kamelot con varias bolsas de postres artesanales, y otras golosinas de tiempo limitado.

Tal vez no era muy sano comer tantos dulces desde temprano, pero eso era lo de menos.

Pensando bien las cosas, ya desconocía hasta qué grado habían llegado los rumores, y que tan odiado era entre la población masculina del instituto. Y también, que se había desviado del objetivo de que Mana dejara de preocuparse por su orientación sentimental. Bueno, al menos Neah se encargó de decirle que estaba conociendo gente y que tuvo una que otra "cita".

Se olvidó por completo del asunto, cuando sintió el sabor de ese delicioso pastel de durazno y crema.

—Allen, espera.

Fue sacado de sus contemplaciones, cuando escuchó la voz de uno de los pocos personajes que no lo odiaba dentro del instituto. Alma Karma. Le agradaba que el chico no le pusiera tanta importancia al qué dirán. Y era bastante buen conversador.

—Alma, que bueno verte. ¿También vas a la escuela?

—Sí, de hecho.

Llegaron hasta el instituto entre una que otra platica. Alma recibió un par de dulces que le ofreció Allen. Se encontraban cambiándose de zapatos, y cada uno estaba por dirigirse a su salón, cuando Alma se dio cuenta que Allen tenía nuevamente un sobre con decoraciones cursis en sus manos. Seguramente otra cita. Y aunque no era conocedor de la verdad tras esos encuentros, molestó un poco al inglés y después se fue caminando alegremente; en completa ignorancia de que esa misma tarde, estaba por ser el señuelo de un muy "elaborado" plan para frustrar ese encuentro.

Allen contempló el sobre y suspiró. Tal vez debería detenerse. Pero a estas alturas no sabía muy bien cómo hacerlo. Guardó la carta y se encaminó a su salón de clases, donde nada novedoso pasó durante todo el día. A la hora del almuerzo y parte de la tarde tampoco hubo mayor cosa interesante o contratiempo. La cita que tenía era hasta el final de las clases, y realmente no se sentía muy entusiasmado ni ansioso porqué llegara el momento.

Caminaba tranquilamente a cumplir con el acuerdo, para saber qué clase de locuras y recompensas estaban por ofrecerle, cuando vio a Alma ir corriendo en su dirección con nerviosismo. Se apresuró a comprobar que estuviera bien cuándo por fin se detuvo frente a él.

—Oye, ¿Qué sucede, Alma?

—Yo… no… — el chico seguía jadeando y sin recordar la excusa a la que se vio obligado a acceder. —Verás…

—¿Te encuentras bien? Respira más lento.

—Ayúdame… está por desmayarse. — dijo con rapidez. Inventando algo completamente diferente a lo que le habían pedido que dijera.

—¿Quién? ¿Qué ocurrió? — echó a correr junto a Alma por el mismo camino que este ya había corrido anteriormente en completo pánico. Temiendo las consecuencias de no cumplir lo que le había pedido su primo.

Allen en realidad no se puso a pensar, que por lo regular la gente nunca "estaba por desmayarse", simplemente se desmayaban y ya. Pero al ver el estado en el que estaba su amigo, lo hizo seguirlo sin preguntar mayor cosa.

Cuando se dio cuenta, estaban atravesando el gimnasio y llegando al área del depósito. Lugar donde se guardaban los balones y demás equipo para los partidos y eventos deportivos.

—Es por ahí, Allen. Corre.

Sin tomar en cuenta el posible peligro al que se exponía, y olvidando que tenía que cumplir una cita en la azotea del instituto, entró al lugar. Cuando Alma vio su tarea cumplida, se fue con la misma velocidad, cerrando la puerta y dejando a Allen en las garras del demonio. Es decir, a completa merced de Kanda Yuu.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, primero se sintió confundido, después traicionado y por último irritado al ver quién se encontraba dentro del lugar.

—De haber sabido que quien estaba por desmayarse eras tú, ni siquiera me hubiese molestado en prestar atención. —dijo, ante la penetrante mirada azul a la que se enfrentó cuando sus ojos se ajustaron a la poca luz del lugar.

—No serías capaz de dejar a alguien en apuros, ¿no es así? —respondió el japonés. Notando que, al perecer el idiota ese había olvidado las instrucciones que le dio, y se inventó lo primero que creyó conveniente. Bueno, al menos consiguió traer a su presa. —Un caballero no ignora a alguien en apuros.

—Me extraña que sepas algo como eso. No eres de los que suelen fijarse en los demás.

Kanda suspiró. Este tipo era de los pocos que le rebatía sin miedo. Era precisamente por eso, que solo se fijaba en lo que hacía él. Y sentía que había llegado el momento de decir la verdad.

—Solo me fijo en lo que me importa. —respondió sin levantar la voz. —Y lo que me importa rara vez es de gusto colectivo. Aunque en esta oportunidad, mi interés tiene la atención de demasiada gente molesta.

—Francamente, no me interesa que tus intereses por fin se hayan vuelto normales. Si me disculpas…

Estaba dispuesto a salir sin más, cuando se dio cuenta que la puerta estaba trabada desde afuera. La sacudió un par de veces y rápidamente entendió que era inútil.

—¿Cuál es la prisa? Esa mugrosa de seguro ya se fue.

—¿Tú qué sabes? Tal vez es la mujer de mi vida.

—¿Cómo todas las anteriores?

—La vida se trata de prueba y error.

—¿Esa es tu forma de buscar a la persona correcta?

—¿Acaso me encerraste para pedir consejos amorosos? Empieza por dejar de ser grosero, y por respetar el espacio personal. — ironizó, dándose cuenta de que de repente Kanda estaba demasiado cerca de él. Puso distancia para sentirse cómodo.

—No necesito de esa clase de basura. Lo único que me interesa, es que la persona que me gusta, deje de aceptar invitaciones de cuanta tipa se lo pida.

—De seguro esa persona es muy popular. Tendrás que hacer tu mejor esfuerzo… — detuvo sus palabras cuando empezó a tener un presentimiento muy particular en su interior.

Kanda lo miraba fijamente, y había algo en él en ese momento que lo estaba poniendo nervioso. Viendo algo muy inquietante en los ojos del pelinegro, retrocedió aún más. Empezó a buscar algo con lo que defenderse si fuera necesario. Con la cara azul de miedo y un poco de temblor en el cuerpo, se atrevió a expresar sus inquietudes.

—Kanda, ¿Por qué me encerraste aquí? ¿Por qué hiciste qué Alma me trajera?

Una sonrisa siniestra se dibujó en las facciones del chico frente a él. Se empezó a acercar más, y con cada movimiento, Allen se alejaba. Temiendo por su integridad en esos momentos.

—Por fin usas un poco ese cerebro que todo el mundo alaba, brote de habas. — respondió sin borrar la sonrisa.

—O-oye… de seguro estás confundido. Podemos hablarlo.

—No soy bueno con esa mierda. Pero en estos momentos, lo que quiero es que entiendas que no soporto más lo que se dice de ti. No voy a permitir que esos rumores continúen. Tampoco que vuelvas a aceptar alguna invitación de esas mentirosas.

—¿Qué le hiciste a Johnny para que hablara? — Allen sabía, que él era el único que estaba enterado la verdad a parte de las involucradas. Su amigo le aseguró su lealtad, y no creía que lo fuera a traicionar… ¿o sí?

—No mucho en realidad. — Kanda había acordado con él qué dirían eso, para que Allen no se sintiera traicionado. Después de todo, arreglar la imagen que tenía frente al peliblanco se veía complicado. Era mejor hacerle creer (por el momento) que seguía siendo el malo. —No lo golpeé, si es lo que te preocupa.

—¿Tan lejos estás dispuesto a llegar? Johnny es inocente.

Kanda se encogió de hombros e intentó llegar de nuevo hasta él. El inglés volvió a irse en la dirección contraria, y a evaluar qué tan alto podía saltar para llegar a la ventana y salir por ahí.

—Creo que no sabes muchas cosas sobre mí. Considero que era lo justo, por saber la verdad detrás de todo este teatro de mierda que has estado montado.

—Decir la verdad ante la escuela, no sería creíble viniendo de ti.

—Me importa un carajo lo que los demás crean.

—¿Entonces tu interés es solo atormentarme? —cuestionó, sin querer admitir que ya comprendía a la perfección sus intenciones.

—Mi interés es que me mires solo a mí.

Esas palabras sonaron tan sinceras, e incluso algo atormentadas, que lo dejaron paralizado por completo. Esa faceta del japonés frente a él era completamente nueva. Solían pelear y Allen creía que lo odiaba. Lo que le estaba diciendo sonó tan espontáneo y contradictorio a sus convicciones, que no supo qué responder.

—No soporto que esas tontas tengan tu atención. Que te den cosas para decir lo que se les da la gana. Que no hagas nada al respecto, y encima, le sigas dando de qué hablar y anhelar al no rechazarlas… ya no pienso quedarme de brazos cruzados.

Sin darse cuenta, mientras le decía todo eso, por fin lo había acorralado contra una de las paredes. Estaba tan cerca, que prácticamente podía ver los matices de los iris de Kanda, sentir su aliento y podía jurar, que oía su corazón martillear en su pecho.

—Yo…

—Me gustas. —Allen se sacudió por completo al escucharlo. —Desde que te vi por primera vez me llamaste la atención. Y cuando me golpeaste luego de insultarte, supe que no eras como cualquiera, y te quise solo para mí.

Alzó su mano y la colocó en su mejilla, acariciando su mentón con el pulgar. Después, usó sus nudillos para acariciar con lentitud todo el contorno de la cicatriz. Viendo con atención cada línea de sus facciones, memorizándolas, apreciándolas. Fascinándose con la suavidad de su piel.

—Kanda, esto… —intentó alejarlo poniendo una mano en su pecho para empujarlo. Grave error.

—¿Alguna de ellas tocó tu rostro? — sus ojos adquirieron un toque peligroso. Con su otra mano sujetó la que intentaba alejarlo, y la acarició como lo hacía con su rostro, sintiendo cada imperfección debido a la extraña cicatriz que cubría gran parte de su brazo. —¿Alguna de ellas tomó tu mano?

Agachó la cabeza; siendo apenas audible su negativa. No pudiendo soportar por más tiempo el fuego en esos ojos azules capaces de devorar su razón.

—¿Alguna de ellas te besó?

Allen sintió el ligero temblor y el calor que desprendía la mano ajena. Algo en su pecho brincó, cuando percibió la ternura con la que era acariciada la cicatriz. La mayoría se alejaba, miraban con curiosidad, pero no preguntaban. Kanda no parecía tener intenciones de ninguna de las dos.

Cerró los ojos y solo pudo negar. Nunca se había sentido así. Sin ser capaz de articular palabra, y a la expectativa de lo que estaba por hacer la otra persona.

—Bien.

Dicho eso Kanda no perdió más el tiempo. Elevó su mentón los escasos centímetros que lo alejaban de su objetivo, y por fin sació sus ansias de probar aquellos labios que lo traían en vela desde que lo conoció.

El primer roce fue suave, tentando terreno, experimentando y disfrutando la suavidad de los labios contrarios. Kanda había alucinado con ese contacto desde hace mucho, que no pudo evitar perderse por completo en la realización; de que definitivamente, su imaginación no le hacía justicia a la realidad.

Allen sintió un cosquilleo recorrerlo con el toque inexperto por parte de Kanda. No es que él supiera exactamente qué hacer; pero en un instante, ese instinto primitivo de todo ser humano ante la necesidad prolongar esa sensación tomó el mando. Haciendo que se pegara más cuerpo de Kanda, llevando sus brazos para rodear su cuello, y así poder sentirlo más cerca. Acarició su cuello con lentitud, logrando que el contrario acelerara el ritmo de sus labios con esa acción.

Poco a poco, fueron descubriendo como hacer las cosas. Llevándolas a otro nivel cuando el pelinegro rodeo con sus brazos la cintura de Allen. Sintiendo a través de la ropa esas curvas que solo había podido ver desde lejos. Sin poder contener sus ganas de estrecharlo más; y acariciar esa espalda firme y tonificada que lo traía loco.

Sintió un ligero estremecimiento y un suspiro que se perdió en sus labios. Quería más, no quería alejarse, pero la falta de aire lo obligó a hacerlo. Con un jadeo se separaron. Allen abrió los ojos y vio en el rostro de Kanda un ligero sonrojo; todavía con los ojos cerrados y una expresión de completa satisfacción. Incluso con una suave sonrisa a pesar de su respiración agitada.

Esa imagen le quitó el aliento.

Cuando por fin abrió sus orbes azules, se perdió en la profundidad de su mirada. Viendo más de lo que le había dicho hace poco. Sabiendo que era capaz de acostumbrarse a esa mirada y a la sensación de esos labios contra los suyos. Pero por lo que había en esos pozos profundos que lo contemplaban con atención y anhelo, sabía que no bastaba con acostumbrarse; y que tenía que corresponder como era debido.

—No sé si me gustas. Antes de esto tenía claro que me desagradabas. Pero ahora…

Kanda no lo dejó continuar y le volvió a besar. Esta vez con más confianza y dejando que su instinto tomara el control por completo. Su corazón volvió a acelerarse. Y se sintió satisfecho, cuando Allen dejó salir un gemido bajo ante la caricia húmeda de su lengua jugando un poco con la suya.

Lamió con deleite su labio inferior para nublarle la razón. Y reafirmar lo que le había dicho con el fervor de su boca. Era mejor usarla de esa manera para expresar lo que sentía. Cuando se volvió a alejar, pudo disfrutar de los ojos nublados del inglés por la intensidad de las sensaciones que le proporcionó. Volvió a sonreír antes de hablar.

—Me asegurare de que te quede todo claro. — se le volvió acercar. Cambiando ligeramente el rumbo de sus besos, para dejar uno muy suave y superficial en la comisura de su boca. —No dejaré que nadie más se te acerque. — descendió hasta su mentón y prolongó un poco más el contacto. —Quiero que seas solo mío.

Siguió bajando hasta recorrer por completo la extensión de su cuello con sus caricias. El albino volvió a temblar al sentir esos besos. Cerró los ojos y de forma inconsciente ladeó un poco la cabeza para darle mejor acceso. Comenzó a respirar con un poco de dificultad cuando Kanda se dio cuenta que no ponía resistencia; adquiriendo más confianza y probando toda la extensión de esa parte de su cuerpo, para recorrerlo de un lado a otro sin pudor.

—Kanda…

Al escuchar eso, no pudo contenerse más y con agilidad empezó a descender hasta llegar a su clavícula, gruñendo cuando la camisa le estorbó para continuar con su recorrido.

Con la interrupción de la prenda, Allen aprovechó para jalar un poco del cabello de Kanda y así volver a perderse en sus labios.

Perdieron la noción del tiempo y el británico olvidó que alguien le esperaba en algún lugar del instituto.

Pronto se volvió a hacer presente la necesidad del aire y se volvieron a separar, pero esta vez, Allen le quería devolver un poco de la atención que había recibido con anterioridad. Por lo que, sin querer quedarse atrás, y sin tener ninguna clase de reparo, repartió varios besos por la mandíbula de Kanda descendiendo hasta su cuello. Probó su manzana de Adán y le dio ligeros mordiscos a la piel sensible en esa zona, logrando obtener varios gruñidos de parte del pelinegro.

No sabía que sus provocaciones y caricias desataron el instinto más salvaje de parte de Kanda. Con una agilidad que desconocía, pero apreciaba, se encargó de quitarle el estorboso suéter del uniforme y de paso sacarle la camisa del pantalón, para empezar a desabotonarla sin dejar de recibir las atenciones en su cuello. Allen no lo notó, hasta que sintió el contacto directo en su piel, sin ninguna prenda que le impidiera sentir esas manos acariciar los contornos de su cintura y vagar ansiosas hasta llegar a su espalda.

Una sensación que nunca antes había experimentado le recorrió el cuerpo al sentir esas caricias. Con el contacto y ese sentimiento que era desconocido para él, se distrajo de los besos que estaba repartiendo por el cuello de Kanda y soltó un jadeo. Maldición, eso no era para tanto… ¿o sí?

Al ver su reacción, Kanda se dio por satisfecho y volvió a atacar el cuello de Allen. Esta vez sin contenerse al ya no existir nada que le estorbara el camino para poder probar los pezones del peliblanco. Su excitación creció con el gemido que dejó salir cuando tuvo uno en su boca. Se deleitó con la sensación de esa piel. No resistió la tentación y lo mordió un poco, para después rodear el contorno con su lengua. Le dio otra mordida para pasar al otro y repetir el proceso; pero esta vez con una mano acariciando el que había soltado hace poco.

Allen miraba el techo del lugar de forma ausente mientras disfrutaba de las sensaciones que lo recorrían gracias a Kanda. Sosteniéndose de sus hombros al sentir la inestabilidad de sus piernas para mantenerlo de pie. Pero procuró mantenerse firme para no distraer al otro de sus acciones. Y sin tomar en cuenta, que sus jadeos eran bastante altos y muy probablemente escandalosos e indecentes. Por fortuna sabía que a esa hora la tarde ya no había nadie por los alrededores.

Cuando el pelinegro se sintió satisfecho volvió a devorar sus labios. Parecía no cansarse de besarlo. Por suerte eso no le molestaba. Porque se dio cuenta que le encantaban sus besos.

Sin sentirse conforme por ser el único que estaba a medio desvestir, hizo lo mismo con la camisa de Kanda. Desabotonó la prenda y no tuvo reparos en acariciar su abdomen, y descubrir que al perecer tenía cosquillas, o había algún punto débil en su espada que lo hizo jadear cuando acaricio sus hombros. Tomándolo como un incentivo, volvió a besar su cuello cuando sintió sus manos descender para tomar su trasero y apretarlo con fuerza.

Nunca se imaginó que ese simple toque lo haría sudar y desear más. Era un terreno ampliamente desconocido para él. Pero no le importaba verse indecente cuando Kanda repitió la acción, y esta vez la prolongó para hacerlo quejarse de gusto.

Sin saber cómo, en un instante sus pantalones fueron removidos con impaciencia. Por un momento sintió temor ante tal acción. Y al ver esa reacción en Allen, Kanda dudó, pero luego se le ocurrió una idea.

—Descuida, no voy a entrar. Pero necesito sentirte.

—¿C-como…?

Sin darle tiempo a reaccionar, Kanda le dio la vuelta. Y pudo escuchar el sonido de su ropa siendo abierta; para después sentir la erección de Kanda entre sus piernas. Hasta ese momento reparó que él también estaba bastante excitado.

El oriental gruño en su oído al estar piel contra piel. Ese gruñido resonó en todo su ser por sentirse la causa de ese sonido.

No pudo evitar gemir con la sensación del pene de Kanda entre sus piernas. Se las arregló para usar su pie y hacer que las cerrara por completo. Logrando que la presión en su miembro fuera más placentera. Soltando un gemido satisfecho con la acción. Allen realmente no se dio cuenta de que también estaba haciendo sonidos similares. Lo sintió moverse de adelante hacia atrás, simulando penetrarlo y rozando su propia erección y sus testículos con el movimiento que realizaba.

Aquella presión que realizaban los muslos de Allen en su pene se sentía gloriosa. No podía evitar alucinar con cómo sería estar en su interior. Y queriendo que disfrutara al máximo, empezó a acariciar con sus manos sus pezones. Aprovechando la posición y que estuvieran todavía algo húmedos debido a como había jugado con ellos anteriormente.

Besó la parte de atrás de su cuello. Pasó su lengua por sus hombros, y mordió ligeramente cuando los sonidos que salían de su boca se hicieron más fuertes con eso. Todo mientras continuaba con sus caricias recorriendo su abdomen. No dejo de moverse y con una mano tomó el pene de Allen, recibiendo como recompensa un grito de placer de su parte. Su voz cebada de placer le encantaba. Inconscientemente, arqueó la espalda, gritando más fuerte mientras empezaba a mover su mano por toda la extensión de esa parte tan sensible y despierta.

La razón se les fue por completo con los sonidos que salían de ambos ante el disfrute de aquello. El albino se acopló a los movimientos del pelinegro, haciendo más intenso el placer. Gimió más fuerte cuando Kanda terminó, manchando la pared y al sentir su estremecimiento y el gruñido de su parte, no pudo evitar correrse inmediatamente después.

Ese orgasmo les dejó la mente en blanco por unos instantes. Los espasmos que recorrían sus cuerpos les hacían revivir todas las sensaciones vividas con satisfacción. Ambos jadeaban, sentían sus corazones martillear y la mente nublada todavía.

Kanda tomó el mentón de Allen y le dio la vuelta para volver a besarlo. Esta vez con más calma, sin prisa y transmitiendo sus sentimientos con ello. Después lo abrazó por la cintura y recargó su cabeza en su hombro. No resistiendo la tentación de dejar un par de besos en este.

Allen seguía con la mente perdida. Pero con la firme convicción de que aquello no le desagradó en lo más mínimo y lo había disfrutado bastante. Una risa escapó de sus labios. Sacudió su cuerpo y con eso obtuvo una mirada interrogante de parte de Kanda.

—¿Esto que nos vuelve, Bakanda?

Omitiendo el apodo, Kanda le dio un ceño fruncido antes de responder.

—Creí que todo había quedado claro.

—Si piensas que con esto ya me tienes, estás equivocado.

El japonés chasqueó la lengua. Intentó volver a besarlo. Pero esta vez Allen rehuyó del contacto y lo miró con una sonrisa de burla en los labios.

—No volveré a caer. Dilo claramente.

Esta vez Kanda gruñó de disgusto. No era bueno con esas cosas. Pero por lo visto, no iba poder volver a besarlo si no lo hacía.

—Me gustas, idiota. Sal conmigo.

Esa forma de decirlo no sonaba a pregunta y era tan característica de él, que no pudo evitar volver a reírse. Y esta vez quien inició el beso fue Allen. Con eso quedó claro que aceptaba los sentimientos de Kanda, y haría lo necesario para corresponderle como debía. Porque a pesar de todo, tenía que reconocer que muy aparte de sus constantes peleas, Kanda era una de las pocas personas que no lo trataba con hipocresía. Su trato, aunque brusco, era genuino.

Además, de mala gana tenía que admitir que, en más de una ocasión, por su mente pasó el pensamiento de que su rostro era atractivo. Y le gustaba la fuerza con la que practicaba Kendo. Y las sensaciones que le había producido eran algo que no quería dejar de sentir.

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-XXX-

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—¿Y qué demonios hacía colgada de la pared?

—Rescatando un gato.

—Que tontería. Bastaba con usar alguna rama o algo por el estilo.

—Ni siquiera me explico cómo logró subir. — comentó Allen con diversión.

Caminaban tranquilamente de regreso a sus casas. Luego de dejar por fin las instalaciones después de que Kanda abrió la puerta de una forma, en la que muy probablemente lo haría un ladrón. Durante el camino Allen le contó cómo había empezado todo y cada detalle de las recompensas que recibió. Por qué lo hizo y el cómo olvidó su objetivo principal al pasar el tiempo.

Todo mientras Kanda lo miraba atentamente. Sin poder creerse que se dejara convencer tan fácil por comida. Y también considerando aprender a cocinar algo más que no fueran fideos. Que, aunque le encantaban, tal vez fueran a aburrir a su novio luego de un tiempo.

Ninguno de los dos tomó en cuenta a la persona que Allen había dejado plantada.

Después de ese día, Kanda se interpuso en cada invitación que le hicieron a Allen. Y dejó en claro, que había algo entre ellos cuando todos se dieron cuenta que pasaban más tiempo juntos. Sin embargo, el inglés no permitió que lo besara en público. No es que le diera vergüenza, pero francamente tampoco quería más rumores. Aunque, por supuesto, eso de cualquier manera no se pudo evitar.

Seguían peleando como siempre. Pero una vez estaban a solas, las discusiones cambiaban de tono para volverse algo más apasionado; lleno de besos, caricias y por supuesto, llevándolos a intimar más profundamente por primera vez. Y aunque también hubo una discusión por quien sería el de abajo, luego de aclarar quién iría primero, eso fue lo más placentero que pudieron experimentar hasta la fecha.

Pasó el tiempo, y con los años los sentimientos entre ellos se hicieron más fuertes. Tuvieron sus roces serios, e incluso dejaban de verse cuando las cosas se ponían realmente malas. Pero siempre volvían a los brazos del otro al darse cuenta, de que no podían vivir alejados demasiado tiempo.

Hasta que decidieron vivir juntos por fin. Aliviando a sus conocidos con ello. Pues a veces era incómodo estar demasiado en la misma habitación con la pareja. Porque si no estaban discutiendo, no podían mantener las manos quietas.

Recordando cómo había empezado su relación, Kanda se dio cuenta que nunca le importo lo que se dijera de ellos. Estar con la persona que amaba, lo hacía olvidar que hubo un tiempo, en el que las mentiras que rodearon a Allen, lo hicieron tomar la decisión de acercarse por fin y tomar lo que consideraba suyo desde que puso sus ojos en él.

Y Allen de vez en cuando lo molestaba con esos tiempos. Para no perder la rutina de ver a su pareja rabiar. Pues lo que se dijera de él tampoco le importaba demasiado. Pero en aquella ocasión, agradeció que esos rumores hicieran que Kanda lo acorralara aquella tarde para declararle sus sentimientos.

Definitivamente, las mentiras pueden ser contraproducentes, y otras veces no.

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Gracias por Leer. By, KNM