Este fic lleva perdido en los confines de mi ordenador desde... vaya usted a saber. Es gracioso, porque ni siquiera recordaba haberlo acabado, y de pronto me acordé de esta idea que había tenido y me llevé la sorpresa.

No es el tipo de cosas que suelo escribir, en el sentido de que rara vez hago que los personajes sean tan atrevidos y descarados (probablemente lo escribiese estando falta de sueño jajaja). Sin embargo, estoy bastante conforme con el resultado y me apetecía compartirlo. Espero que os guste :)


Le lleva un tiempo darse cuenta. En retrospectiva, le resulta vergonzoso haber tardado tanto en captar las señales. La forma en que puede respirar a todo lo que dan sus pulmones, como si siempre hubiese llevado un corsé y de repente se lo arrancasen, dejándolo libre y ligero. El modo en que los nubarrones de su mente se despejan, arrastrados por un vendaval de ojos dorados. Cómo le hormiguea la piel con cada roce y algo se le remueve con cada sonrisa, con cada cumplido.

En resumen: Keiji había tenido sobradas oportunidades para verlo venir. Pero no lo hizo. Así que esa mañana se da de bruces con la realidad que ha estado ignorando en forma de sonrisa deslumbrante y un saludo —«¡Buenos días, Akaashi!»— un poco demasiado alto. Y todo estalla.

Por primera vez no baraja distintas posibilidades en su cabeza, porque cualquier opción que no sea besarlo es simplemente inadmisible. Keiji no tiene mucha práctica con los besos, pero ni toda la experiencia del mundo lo habría preparado para esto. Sus labios se encuentran con la avidez de dos imanes, moviéndose con torpeza al principio hasta que encuentran su ritmo, su sincronía propia, esa que sólo parece existir entre ellos, tanto en la cancha como fuera de ella. No le avergüenza decir que es el primero en ir un paso más lejos, en lamerle el labio, pidiendo probar el interior de su boca. Una sensación dulce y cálida se extiende por sus venas, como chocolate caliente, pero hay algo más: esa cualidad chispeante tan característica de Bokuto, como los caramelos efervescentes; pica y cosquillea sin llegar a hacer daño, y debería ser irritante pero a Keiji sólo lo deja con ganas de más.

No es hasta que pasan unos segundos que se da cuenta de que se están besando. De que no sólo no lo ha rechazado, sino que lo acerca aún más, como si necesitase el contacto para seguir existiendo.

Se atreve a mover las manos. Recorre los músculos trabajados de la espalda y se deleita en la amplitud de los hombros de Bokuto mientras los dedos del rematador hacen el camino inverso, enredándose primero en su cabello, descendiendo a sus hombros, abajo, y luego mucho, mucho más abajo de los hombros. Se le escapa un sonido a medio camino entre un gruñido y un gemido, y eso parece dar alas a Bokuto, que abandona sus labios y le planta un beso en la base del cuello. Uno solo. Es todo lo que hace falta para dinamitar el muro de contención de Keiji. La sensación lo atraviesa como una descarga y se obliga a empujar sus hombros para alejarlo antes de perder el último gramo de autocontrol y convertirse en una masa sollozante.

Bokuto le concede unos centímetros de espacio, aunque a regañadientes, y lo mira con una sonrisa de suficiencia.

No es para menos, supone.

A Bokuto le gusta pincharlo un poco de vez en cuando para sacarle alguna reacción porque «Es que siempre estás muy serio», y ahora tiene al mismísimo Akaashi Keiji, el frío y la sobriedad por excelencia —según muchos—, derretido entre sus brazos.

Keiji frunce el ceño, consciente de las manos que siguen en su trasero y la pierna que se cuela entre las suyas, pero no dice nada. Debería tener más cabeza que eso, enrollarse con su capitán en el vestuario del club, pero la realidad es que, aunque el equipo al completo entrase en tropel y se los encontrase en esa posición tan inequívocamente comprometida, no podría decir que se arrepiente.

Sin embargo, eso no significa que pretenda quedarse así hasta que los pillen.

—Bokuto-sa…

—Koutarou —murmura el rematador. Keiji parpadea, confuso—. Llámame Koutarou —repite.

—Pero Bok…

Keiji —lo mira con seriedad.

El armador traga saliva. Son pocas las ocasiones en que Bokuto se pone genuinamente serio, ¿y tenía que elegir ese momento? ¡Pero vamos a ver! ¿De verdad no había otro, como cuando intento ayudarlo a aprobar sus exámenes? ¿O cuando repasamos las tácticas para un partido? Pero nooo, tenía que ir a pillarlo con la guardia baja, borracho de oxitocina, y dejarlo temblando como una hoja con esa mirada de «Soy-el-As-número-5-de-todo-el-maldito-Japón». Keiji no tiene muy claro cómo lidiar con él cuando se pone así, sin rastro de guasa o petulancia infantil, recordándole por qué es el capitán después de todo.

—Keiji… —susurra muy cerca de sus labios, sacándolo de sus cavilaciones con un estremecimiento.

—¿S-sí? —titubea, girando un poco el rostro. Buen trabajo, Keiji, primero le comes la boca y ahora te entra la vergüenza. Viva la coherencia.

—Me has besado.

—Ya…

—Te gusto —dice; no es una pregunta, pero lo mira insistentemente en busca de una confirmación.

—¿…Puede? —suelta por fin, tras unos angustiosos segundos, la tensión tan densa que podría atragantarse con ella.

A ver, es obvio que tiene que considerar esa posibilidad. Keiji no es de piedra, hay gente que le resulta atractiva, y salta a la vista que Bokuto tiene una constitución imponente y un carisma arrollador. Por agotador que resulte a veces. Está acostumbrado a lidiar con él sin que nadie se lo pida, es algo que va más allá del deber; Keiji sólo quiere, simple y genuinamente, que Bokuto esté bien. Así, sin más. ¿Pero es eso suficiente para explicar por qué de repente y sin venir a cuento se le ha echado encima y…?

El siguiente beso silencia su mente. Como si saltasen los fusibles para protegerlo del cortocircuito. El contacto es delicado, ligero como una pluma, pero basta para estremecerlo de pies a cabeza. Es imposible que sea él quien tiene domesticado a Bokuto, como algunos insinúan, y como él mismo llegó —ingenua y arrogantemente— a pensar. En realidad es al revés. El rematador tiene a Keiji comiendo de la palma de su mano, lo sepa o no. Se alborota y luego se suaviza lo justo para atraer su atención sin saturarlo. Hace que lo persiga sin cuestionárselo.

Entreabre los párpados y el azul acerado de sus ojos choca con el dorado incandescente.

—Me has besado… Koutarou.

Es una fuerza de la naturaleza que podría arrollarlo si se descuidase.

—Ya.

El vacío en la boca de su estómago es tan real que podría tirarse de cabeza.

-.-.-

Unos golpes en la puerta del vestuario los sacan de su ensimismamiento.

—¿Habéis acabado de una vez o tenemos que seguir congelándonos aquí fuera? —les llega la voz de Konoha, junto con varias risitas mal disimuladas.

Keiji tiene la certeza de que le esperan unos meses muy largos de chistes a su costa.

Oh, bueno, se dice, entonces habrá que hacer que valga la pena.