Salto de Fe
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Capítulo cuatro: el encuentro.
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Mientras un nuevo calambre la atravesaba desde la parte baja de su espalda diluyendose entre sus omoplatos, Hinatsuru pensó que no había descripción alguna para dar sobre lo doloroso que era una contracción. Dolía tanto que pensó con seriedad que se desmayaría allí, entre los brazos de su marido. Aoi le había dicho que a esa altura del parto no podía darle nada demasiado fuerte, tras reprenderla por no mencionar sus dolores a lo largo del festejo.
Si bien había tenido molestias durante la ceremonia, sabía que muchas veces las mujeres podían estar días con esos pequeños espasmos antes de realmente ponerse de parto. No pensó que ella misma sería de aquellas madres que parían rápidamente, mucho menos siendo primeriza.
Uzui estaba detrás de ella, acariciando su espalda baja entre contracciones. Si bien en un día común y corriente afirmaría sin lugar a dudas que estaba muy enamorada de su marido y la vida que llevaban, en ese instante quería enterrar un puñal en su pecho.
¿Cómo se había dejado convencer de que tener un hijo era una buena idea? Lloró, dolía como el infierno. Le quemaba. La rompía por dentro
— Escuchame, Hinatsuru. — La sanadora llamó su atención. — Estás en tiempo para comenzar a pujar ¿De acuerdo? Debes ayudar a tu cuerpo, yo te indicaré cuándo.
La más joven del grupo instruyó a Uzui para que ayudara a la parturienta a llegar hasta la tela atada a una de las vigas del techo, para que se ayudara de ella durante el proceso. La habían denominado "tela de parto"; y aunque la mayoría de las mujeres prefirieron dar a luz recostadas era más sencillo hacerlo de pie o acuclilladas asiéndose de la tela.
El problema radicaba en que a ellas podían faltarles fuerzas, y en consecuencia caerse. Allí entraba Uzui en escena sosteniendo fuertemente el cuerpo menudo de su mujer; aunque siempre con un tacto gentil.
— Hinatsuru, amor — Le hablaba dulcemente. — Sé que duele…
—¡No, no sabes! — Lloró, y luego de su exabrupto se volvió hacía su marido para pedir disculpas. — Yo, ay, jamás algo me había dolido tanto.
Makio se acercó a ella con un rostro decidido, dejando a una temblorosa Suna en un rincón de la habitación de partos. La mujer de mechones claros le tomó el rostro con ternura y luego, sin dar ningún tipo de advertencia; la abofeteó.
—Eres una mujer, una ninja entre todas las cosas. — Le recordó. — Sí que has pasado dolores peores, parir es algo natural y vas a sobrevivir al dolor como tu madre antes de tí.
Uzui la reprendió por golpear a la más joven, pero ella negó con la cabeza.
—Ella tiene razón, Uzui.
Como si eso hubiere sido todo lo que necesitaba, se soltó de su marido y cerro los pocos metros que la separaban de la tela. Aoi sacó a las otras mujeres de la habitación. Makio estaba nerviosa y Suma lloraba, como una embazada primeriza ver otro parto probablemente la llenaría de más miedos. Con destreza desinfectó sus manos y revisó a la mujer.
—Descansarán entre contracciones, cuando empiecen pujas con todas tus fuerzas.
Aoi había cambiado sus ropas nupciales por su uniforme de siempre, cubierto con el delantal. Cada vez que una mujer se ponía de parto ella rezaba por esa vida, para que llegase a salvo a manos de su madre. Había perdido dos muchachas dando a luz, y eso le había arrancado una parte de su corazón. Sin embargo, el caso era ampliamente diferente y Hinatsuru pintaba ser de esas mujeres que parían sin rodeos dolorosos.
Hinatsuru se tensó jalando de la tela, gritando de dolor mientras pujaba. Afuera, sus compañeras de vida se tomaban de las manos. Ella soltó un gemido tras la intensa contracción y luego soltó el aire contenido. La determinación en su rostro anunció que todo terminaría pronto. Tras dos empujones más, ella cayó al suelo arrodillada. El impacto fue suave, con Tengen sosteniendo su peso.
—Hinatsuru, puedo sentir la cabeza ¡Un poco más y tendrás a tu bebé en brazos! —Reconfortó la sanadora.
Como una premonición, bastó otro par de contracciones dolorosas para que finalmente expulsara a su hijo del vientre. Tengen la recibió cuando su mujer, exhausta, se desplomó contra él. Él limpió su frente susurrando palabras halagadoras. Levantaron la vista para observar como Kiyo limpiaba al bebé que Aoi cargaba, dándoles la espalda. Cuando la sanadora se giró, les presentó el cuerpito amoratado y pegajoso de su recién nacido.
—Es una niña. — Declaró, sonriente.
Uzui extendió los brazos, pero ella lo miró con fiereza.
—Es su madre quién se ganó el derecho de ser la primera en cargarla. — Amenazó, y la mencionada se rió.
—Akane es un nombre precioso.
Aoi acomodó con ternura a la criatura de oscuros mechones entre los trémulos brazos de la mujer ninja. Ella acogió aquella menuda bolita de mantas y cálida piel con los ojos llenos de lágrimas que se derramaron apenas la niña soltó un potente gritito.
Kiyo abrió las puertas corredizas y al tiempo que la bebé empezaba su primer llanto, soltó, eufóricamente un "¡Es una niña!" Suna y Makio se abrazaron mientras la primera rompía en llanto. Ambas ingresaron a la habitación a trompicones y muy emocionadas. Aoi apenas acababa de acomodar a Hinatsusu en la cama cuando las mujeres la alcanzaron. Casi terminó en el suelo, empujada por sus intentos de llegar rápidamente a su amiga. Bufó, pero la sonrisa la consumió. Ciertamente era una imagen muy tierna.
Dio intimidad a la pareja poliamorosa, recogiendo las sábanas sucias y la tela empapada de transpiración, sangre y los fluidos del parto. Silenciosamente y comportándose como el personaje secundario que era en ese instante, abandonó el recinto.
Era tarde de madrugada cuando Sumi pidió la primera guardia para cuidar del bebé
y la madre. Estaba excitada con el nacimiento y era la más descansada de todos, de modo que accedió, mas le recordó que por cualquier eventualidad la despertara sin miramientos. La muchachita asintió energética, y trás recitar los síntomas que podían significar que algo malo pasa, Aoi se retiró.
Debería tomar un baño, pensó. Mas no tenía energía para un baño con todas las letras. Se dirigió al baño dónde una cubeta de agua caliente la esperaba. Asumió que era una sobrante del preparado para limpiar a la madre, de modo que la empleó para limpiarse brevemente empleando una toalla mojada. Luego, vestida sólo con un suave pijama y cubierta por la oscuridad de la noche llegó a la puerta de su habitación.
Respiró hondo, en parte frustrada porque su noche de bodas no era lo que esperaría. Al adentrarse en la ennegrecida habitación la tenue luz de la luna que se abría paso a través de la ventana le regaló una silueta que ya conocía.
Los mechones azulados brillaban con un tono casi platinado.
—No debiste esperarme despierto. — Regañó a pesar de estar feliz por ello.
—Los gritos de Hinatsuru no me habrían dejado dormir de todos modos.
Caminó hasta la ventana y se acomodó del otro lado de la misma, enfrentada a su reciente marido. Aoi estiró la mano, dejándola caer sobre la masculina.
—Dar a luz duele muchísimo, Inosuke. — Advirtió.
—Ya lo sé. — Masculló.
El silencio los invadió y ella podía sentir que cedía al sueño incluso sentada. El día había sido exigente, y el parto tan tarde había consumido toda su energía. Sí, había imaginado de manera muy diferente su noche de bodas. Pero cuando Inosuke giró su mano para acunar la suya, pensó que estaba bien.
Adormecida por la calma y la penumbra apenas sintió cuando su marido la recogía del suelo y la llevaba a su futón. Estaba casi del todo dormida cuando reconoció el peso de Inosuke acomodarse detrás de ella antes de cubrirlos con las colchas. Nunca habían hablado sobre dónde o cómo dormirían una vez que se casaran, pero el calor del cuerpo masculino y sus brazos cobijando su cuerpo no le dejaron avanzar en ese pensamiento.
Ni ningún otro.
Relajada, se durmió casi tan pronto como llegó al futón. Era lo suficientemente amplio para darles sitio a ambos sin incomodarse. Inosuke se estiró. Dudó sobre cómo acomodarse en un principio ya que nunca había dormido con nadie. Hundió su rostro en el cabello de su esposa; olía a perfume y sudor. Era agradable de forma extraña. Suspiró y abrazó a Aoi con el brazo libre que no soportaba el peso de su cabeza.
Aoi dormía pacíficamente, pero Inosuke demoró en dormirse invadido por el cuerpo tibio de la muchacha que se apoyaba contra el suyo. Trago fuertemente cuando ella dejó su cuerpo pegarse al de su esposo y apoyó su trasero contra su entrepierna. De no haber estaba profundamente dormida, él habría creído que quizá buscaba provocarle. Ni falta hacia, bufó. Volvió a abrazarla y esperó el sueño.
Las primeras luces del alba apenas amenazaban con salir cuando la sanadora sintió suaves besos en su cuello. La somnolencia le permitió removerse sin estar del todo consciente, pero los dientes en su piel blanquecina la sacudieron hasta lanzarla a pleno al mundo de los vivos. Rápidamente se giró, aún aprisionada por el agarre de Inosuke, y lo encontró sonriendo socarronamente con aquella escasa iluminación. Sin embargo, algo se movió en lo hondo de su estómago.
Había algo malo con ella, pero esa sonrisa engreída había que ese algo migrara más abajo hasta instalarse en su vientre bajo. Las cortinas ondulaban suavemente, el aire fresco ingresaba sin tapujos y así de consciente de su entorno se sentía. Sonrojada hasta las orejas estiró su dedos contra su quijada, dónde depositó un beso prolongado. Eso era todo lo que Inosuke necesitaba para saber que ella era receptiva a su tacto.
Decidida a no sólo dejarse llevar, dado que ambos habían llegado a ese futón sin haber tenido sexo antes, fue ella quien se acercó besando su boca y acariciando su cabello suelto con las manos. La tela del delgado pijama que vestía no hacía nada para separarla de la piel de su pareja, que parecía arder contra la suya. Inosuke profundizó el beso, jugando con sus labios, mordiendo y succionando el labio inferior. En eso tenían experiencia sobrada.
Dado que todo lo que ella le había permitido luego del breve encuentro tras la boda de sus amigos eran besos, él mismo había desarrollado el hábito de besarla con ahínco. No era exagerado decir que Aoi disfrutaba del contacto, tampoco lo era decir que las manos del cazador temblaban en busca de más contacto.
Los besos eran su terreno cómodo y conocido. Las lenguas se habían incorporado hacia un tiempo, pero aún conservaban la novedad en las sensaciones que provocaban. Parecían nunca saciarse del otro. La mano femenina apretaba sus mechones, la otra se detenía entre sus pechos. Ansioso del tacto de sus dedos se irguió sobre ella, dejándola con la espalda apoyada en el futón. Aoi lanzó un suave gemido al encontrarse con su mirada verdosa. Se miraron a los ojos por un instante, sin mediar palabras.
Súbitamente la intimidad los golpeó. Inosuke imitó a su esposa y buscó sus labios. Él subió las manos desde sus caderas anchas hacia su espalda. Le estorbaba la ropa, quería la piel de Aoi contra la suya. Era un ansia que contenía hacia mucho tiempo. No estaba acostumbrado a contenerse, pero lo había hecho porque ella así lo había querido.
Ceder en cosas que no quería porque ella lo pedía le había hecho darse cuenta en un principio que ella era diferente.
Él quería complacerla.
No se lo diría ni aunque lo amenazaren de muerte, pero sí había hecho caso a algunos de los consejos del antiguo pilar del viento. Uno de ellos era darse tiempo para acariciarla. Por eso mismo todavía llevaba puesta la ropa.
Ella lo enloquece, puesto que ha decido acariciarlo tanto como sus manos pequeñas alcanzan. Es Aoi hundiendo sus dedos en su espalda, mientras la besa. Es ella mordiendo la base de su mandíbula y apretando su cintura. Se comportan como aquella noche; todo está permitido mientras no retiren sus prendas. Acepta el acuerdo tácito.
Sus propias manos la toman, le enloquece su olor y la voz empequeñecida en su intento de no llamar la atención sobre ellos.
Migra de sus labios enrojecidos a su cuello, dónde lame y besa antes de bajar a su escote. Vuelve a subir, aunque su masculinidad le pida que le arranque hasta la última hebra de tela. Se acomoda sobre ella sosteniendo su propio peso. Se reclina sobre ella con los codos apoyados a cada lado y ella lo recibe abriendo sus piernas sin retraso.
Aoi no finge timidez, sabe más o menos a dónde van de su encuentro anterior. Además, sólo lo quiere más cerca. Inosuke no lleva nada más allá de su hakama, y lo agradece. Eso significa que mientras él se empuja contra ella, Aoi puede deslizar ambas manos por la espalda de su marido. No los ve, pero puede sentir los músculos ondulantes bajo la piel de Hashibira. Pocas cosas la encienden como aferrarse a esos hombros amplios mientras él se aprieta contra ella.
Le besa el cuello y empuja de nuevo. Aoi gime, esta vez sin moderar su tono en lo absoluto. Ahora sólo están ellos dos.
La sanadora lo besa de nuevo, pero trata de levantarse. Inosuke no entiende nada en lo absoluto, pero accede a arrodillarse entre las piernas de ella que antes lo envolvían. Aoi girá su dedo índice en el aire, pero no parece entender. Sonrojada, se explica.
—Yo… uh, quiero ir arriba un rato. — Le informa, moviéndose para darle espacio.
—Yo tengo que ir arriba. — Confuso, necesita aclararlo.
Aoi no agrega nada más, pero lo empuja apoyando una mano en su hombro. Él se deja caer, incómodo pero curioso. Además, ella había dicho que sólo sería un rato. Pensó que a lo mejor ella quería explorar, y finalmente se relajó un poco. Habían mandado las colchas hacia un costado descuidadamente, de modo que la muchacha no necesitó más que juntar coraje.
Con cautela, y procurando no intimidarse por el miembro erguido de Inosuke, se acomodó a horcajadas sobre él. Avergonzada se dejó caer, recostandose sobre él. Al principio sólo le besó el cuello pero después decidió que quería más de la fricción de antes, pero mejor orientada para su placer. Había leído que ir arriba podía ser más gozoso para la mujer y quería intentarlo. Con pudor imitó la postura de Inosuke y puso sus codos a cada lado de su cabeza a modo de apoyo. Luego, abriendo las piernas de una manera poco fina, comenzó el vaivén.
Era extraño al comienzo, pero luego de unos ajustes de ángulo lo sintió.
Y era agradable. De modo que continuó friccionando contra él, con su pene duro chocando contra sus genitales cubiertos. Inosuke lo disfrutaba tanto como ella, aferrándose a la caderas para marcar un ritmo que le fuera más a él. Sus ritmos eran diferentes. Aoi necesitaba ir lento, y así acabó siendo aunque para compensarlo Inosuke levantaba las caderas en busca de más profundidad.
La muchacha apoyó la cabeza en el futón e Inosuke podía sentirla respirar desordenadamente en su oído. Era excitante y abrumadoramente caliente verla perder los estribos mientras se frotaba contra él. Ella parecía estar al borde del éxtasis y él pretendía empujarla a él, de modo que le desmontó los botones del pijama, exhibiendo un hombro lechoso.
Aoi lo besa de nuevo y no puede evitar pensar que esta vez nadie va a venir, no van a interrumpirlos. Y mientras le besa los hombros casi puede escuchar la voz de Uzui en su cabeza "no te avergüences a tí mismo". No, no debería estar pensando en Tengen mientras desnudaba a su esposa; maldición. Qué anticlimático.
—No, no, quédate quieto. — Le ruega, mientras continua golpeando una pelvis contra otra.
Por su tono de voz, mandón y excitado, acata el pedido. Pero a cambio le aprieta las nalgas y le sube el pijama. Aoi lanza otro sonido agradable, y quiere escuchar más de eso. Más de ella. Levantada la falda accede a sus muslos llenos, las nalgas redondas y abultadas son terreno libre para sus manos. Las acaricia, las toma entre sus palmas y las aprieta. Dios, cómo amaba lo mullido y tierno del cuerpo de Aoi. Deseaba hundirse en ella, no entendía cómo ella misma no podía apreciar lo sensual de sus curvas regordetas.
Él la jaló del cabello suavemente para poder besarla con pasión, acariciando su lengua con la suya y mordisqueando mutuamente sus labios. Aoi ralentizó el vaivén. Inosuke podía sentirse a sí mismo a punto de acabar, con ella frotándose con él. Su miembro apretado entre ambos, Inosuke agradeció silenciosamente que ella bajara el ritmo o hubiese eyaculado antes de empezar.
Pensó que quizá ella estaría cansada, llevaba un buen rato haciendo fuerza contra él en búsqueda de una fricción más honda. Pero ella apretó su hombro para mantenerlo en su lugar, quieto como ella necesitaba, y se sentó nuevamente contra él. Lo miró, y poniéndose colorada de la vergüenza tomó los bordes de su pijama. Desde el futón, Inosuke entendió. Se sentó tambien, con ella arrodillada. Le quitó los bordes del camisón, ambos con las respiraciones agitadas, y volvió a fijar sus ojos en ella.
—Levanta los brazos, Aoi. — Pidió, su voz sonaba mucho más profunda de lo normal.
Aoi tomó otra respiración y dócilmente hizo lo que él le pedía. La sensación de su camisón ser retirado era difícil de poner en palabras. Por un lado, estaba excitada y necesitada de mayor contacto. Por otra, tímida y vulnerable. Resistió la necesidad de taparse los pechos, pero no pudo con la abrumadora sensación de exposición y empujó de nuevo a su marido al futón, pegando su torso al suyo.
—Déjame verte. —Le gruñó.
Le parecía un poco tarde para avergonzarse cuando poco antes se apretaba contra él tan lujuriosamente.
—No. — Negó.
Inosuke no era un hombre paciente, le tomó todo de sí no gritarselo. Él no tenía ese sentido del pudor sobre su cuerpo que tan tonto le parecía. Pero intentó distraerla de su propia desnudez hasta que se acostumbrara a ella. Le besó el hueco detrás de sus orejas, pasó sus menos por su cintura dibujando la línea de sus vértebras y levantó con su mano la otra pierna de ella para obligarla a arrodillarse como antes.
Él aún conservaba la hakama, pero podía sentir el calor que emanaba de los genitales femeninos contra su miembro incluso a través de la tela residual. La movió como antes ella se movía, Aoi poco a poco superó esa sensación y cedió al placer de la fricción.
Inosuke sólo quería arrancarse la ropa y encontrar entre sus piernas la satisfacción, pero se había propuesto primero hacer que ella lo hiciera. Atento a sus movimientos, decidió que requería mayor exploración. Pero para eso la necesitaba caliente y dispuesta. Acudió a lo que ya había aprendido de ella: los besos en el cuello, la lengua contra el lóbulo de su oreja, las manos apretando sus caderas y cintura, bajando hasta ahuecar sus nalgas.
Aoi se derritió entre sus manos, era increíble cómo él lograba sacarla de su eje. Inosuke comenzó a embestir contra ella desde abajo, y si su abultado hakama ya le hacía saber lo excitado que estaba el empuje la hacía temblar. Su vientre bajo parecía cosquillear, y el interior de su vagina palpitaba por él. Hervía, bullía y se aceleraba.
Cuando menos lo esperaba, él la giró. Descuidada, pequeña y casi ingrávida entre sus brazos, él se levantó sobre ella como el hombre necesitado que era. Se mordió los labios, su marido había inmovilizado sus brazos sobre su cabeza y la observó desnuda.
—Eres deliciosa, no entiendo por qué te averguenzas. — Su voz ronca por el deseó la hizo estremecer. — Voy a saborearte, tú disfruta y dime qué disfrutas.
Sus palabras impactaron luego en su cerebro obnubilado por su atractiva belleza indomable, él la soltó y luego comenzó a besar el valle de sus senos. Masajeó suavemente uno y llevó la boca al pezón rosado del otro. A ella parecía gustarle, de modo que agregó su lengua; si funcionaba al besarla allí también, supuso. Y acertó. Ella no soltó ni un sonido, pero la respiración la delataba.
—Despacio, Inosuke. — advirtió, cuando él empezaba a succionarlo.
Haciéndole caso a sus comentarios y respuestas físicas, alternó entre un pecho y otro. Se deleitó con su tacto suave y mullido, como toda ella. La apretó suavemente, aunque una parte primitiva de él le instaba a hacerlo más fuerte. Sus senos regordetes, como toda ella, hacían que deseara más y más fundirse en ella y con ella. Sintió los dedos temblorosos de ella en su hakama, la detuvo. No, aún había algo que quería hacer antes de que ella lo desnudara. Dudaba de poder contenerse si la tenía piel a piel, sin miramientos.
—¿Uh… Inosuke? — Apenada, retiró los dedos como si quemaran.
—Quiero probarte. — Informó.
Si bien lo había declarado, su rostro determinado parecía esperar un asentimiento.
—¿Qué quieres decir? — preguntó, con la cabeza nublada.
—Quiero saber a qué sabes.
Él no esperó otra respuesta, estaba seguro de que se inhibiría y no le permitiría acercarse a su anatomía. Ella protestó, empujándolo lejos de su vulva, pero Inosuke hizo oídos sordos por primera vez esa noche. Se merecía un premio por la paciencia, maldita sea. Le dio una lamida tentativa y Aoi cubrió su rostro con sus manos presa de la vergüenza.
Una cosa era apretarse uno contra otro y una muy diferente que él la lamiera ahí. Pero una vez que Inosuke se instaló entre sus piernas, presionando sus caderas contra el futón, se dio por vencida. Era incómodo al principio, pero luego reflexionó: debería ser tan libre como lo era él. Inosuke no se incomodaba por andar desnudo, ni por la desnudez de ella. Era libre de descubrir el sexo sin tabúes.
¿Querría que lo lamiera allí también? Negó con la cabeza. No, no podía. La mera idea la escandalizaba.
Y casi por casualidad, Inosuke encontró lo que buscaba. Una lamida profunda, explorando el sabor a penas salado de ella y dio con el pequeño manojo de nervios que Uzui había mencionado. Aoi tembló, y decidió que a lo mejor podría darle una oportunidad al consejo del ex pilar. Le dio otro lametón, ella respondió tensandose.
Oh, sí. Sonrió maliciosamente, y apretando las nalgas de su esposa la empujó contra su boca. Ella gimió. Ya no era sólo la lengua lamiendo, sino empujando, girando, succionandola. Lanzó un sonido caliente pero bajo. Inosuke quería escuchar más de eso. La tocó para corroborar que estaba tan mojada como necesitaba, introduciendo uno de sus dedos en ella. Caliente, húmeda e irregular. Así la describiría. Mas Aoi se arqueó ante el contacto de sus dedos y volvió a emitir un comando.
—¡Sólo… sigue! —Ordenó, aunque sonaba como un ruego.
Inosuke volvió a introducir un dedo e imitó el movimiento pendular de la cópula. Su mujer se retorcía entre el toque de su boca y sus dedos. Le jaló el cabello, lloriqueó y luego pudo sentir su interior tensarse y relajarse para terminar incluso más lubricada. Cuando la tensión se diluyo, Aoi se sentía laxa sobre el futón, liberando su cabello de su férreo agarre.
Inosuke pensó un segundo, la húmedad. Le limpió la boca y parte del rostro con el brazo para la vergüenza de su esposa. Sí, estaba seguro. Ella había acabado en su boca, y sabía deliciosa.
Aoi se cubrió la boca, pero le sostuvo la mirada. Entonces volvió sus dedos a lals ataduras de la hakama.
—¿Acabaste, no?— Otra vez esa sonrisa autosuficiente.
Ella deseó no darle la razón, negarle; pero su cuerpo había hablado por sí mismo y no iba a negarle su propio placer.
—Una delicia. —Agregó y soltó el nudo faltante.
Aoi miró hacia otro lado cuando él desenrredó su fundoshi. Si bien habían empezado con la penumbra, el sol ya casi salía del todo y podía apreciar más que sólo contornos. Escuchó el ruido de la tela ser arrojada al otro lado de la habitación y chocar contra algo, probablemente la pared opuesta a la que observaba en aquel momento. Inosuke le tomó el rostro sin fuerza y la instó a besarlo. Ella accedió. Aún con los estremecimientos residuales de su orgasmo, sensible en todas partes, permitió a Inosuke guiar su mano hasta el pene erecto.
Era extraño, firme pero no duro como imaginó. Empezó a ir desde la punta hasta la base y viceversa.
—¿No te hago daño? — preguntó, ejerciendo algo más de presión.
—Se siente muy bien, hazlo así. — Indicó.
Contrario a ella, Inosuke fue muy detallado y ejemplificativo en cuánto a cómo quería ser tocado. Aoi jugó con la punta como él indicó y efectivamente parecía mucho más sensible que todo lo demás. Entonces se le ocurrió, escandalizada pero decidida, dio una pequeña lamida a la punta; Inosuke la apartó.
—¡Lo siento, lo siento mucho! ¿Fue muy raro?
Disculpándose reiterativamente, se detuvo cuándo Inosuke, de rodillas sobre ella y cubriéndose la cara con una mano, le hizo un gesto para que parase con la otra mano.
—Se sintió bien, pero lo dejaremos para otro momento. — Sugirió.
—No quería incomodarte, Inosuke.
—No me incomodaste, pero si me la chupas no voy a aguantar nada. — Se lamentó. — Me tienes demasiado cachondo.
Ella se sintió repentinamente empoderada por ese comentario, como si esa información la hiciera una reina. Después de todo tenía a Inosuke Hashibira, cazador de demonios conocido por su físico perfecto y rostro angelical, temblando por una simple lamida. Había pensado que sabría horrible, pero no era así. Era carne, después de todo, se reprendió.
El sol aclaraba y eso le permitió tener una vista de la anatomía completa de él. Si bien ya lo había visto desnudo, eso había sido en un contexto dónde él estaba herido y ella de servicio. Pero era muy diferente. Su pene parecía saludarla desde su sitio, erguido y rosado. Ella se sentó para volver a tomarlo en sus manos; retiró suavemente la piel de su prepucio e Inosuke lanzó un gruñido sensual.
No era excesivamente largo, pero tenía un ancho más bien importante. Las venas que lo surcaban coronaban la piel ligeramente más oscura de la piel excedente. Rosado en la punta, recordó que él no quería que lo lamierda. Bueno, a él poco le había importado su réplica…
—No, Aoi.
Como si supiera lo que pensaba, volvió a acomodarse sobre ella y abriéndole las piernas con delicadeza se acomodó contra su entrada. Luego volvió a mirarla, poniendo su peso para embestirla. Pareció pensarlo mejor y volvió a besarla mientras empujaba suavemente su pene jugando con su vulva. Aoi entendió que se estaba humedeciendo en sus fluidos.
¿Cuándo Inosuke había pasado de ser un muchachito inmaduro a contener sus impulsos para tomarla como un hombre de verdad haría? No tenía experiencia con nadie más y concluyó que no la necesitaba mientras colocaba sus manos en los hombros que tanto la enloquecía.
—Sólo hazlo, Inosuke. Ya me tienes aquí, lista para tí.
Él asintió viéndose como un niño por primera vez en toda la noche. La acomodó boca abajo y tiró de sus caderas para obligarla a poner su peso en las rodillas. Estaba por penetrarla cuando ella se sentó de nuevo en el futón, señalando con él dedo, enojada.
—¡No vas a tomarme como a una perra!— Procurando calmarse, Aoi peinó su cabello.
Este le caía hasta rozar la corona rosada de sus pezones, se le hizo agua la boca. No, no.
—Así es como se hace, Aoi. — Molesto por la interrupción, volvió a intentar ponerla sobre sus rodillas.
—¡No! Yo quiero verte. —reconoció.
Joder, él sólo quería acoplarse con Aoi. Que fuera como ella quisiera. Aceptando, él tomó sus muslos y los colocó sobre sus caderas. El empuje fue lento, tan delicadamente como pudo. Ella se sentía inefable, indescriptible. Era como si aprisionara del modo más perfecto posible. A sabiendas de que la lastimaría, decidió dar una última embestida para hundirse del todo en ella.
Cuando lo hizo no encontró ninguna señal de dolor en el rostro de ella, ni parecía tensarse de incomodidad. Se extrañó. Todos le habían advertido que la primera vez de una mujer era dolorosa, más Aoi no parecía sufrir ningún dolor. Iba a preguntarle, pero sus instintos lo consumieron cuando ella se movió en búsqueda de contacto.
A la mierda todo, y todos.
Lo que siguió fueron embestidas más toscas y descuidadas, fuertes y llenas de gemidos roncos. Las manos exploraron libremente toda su piel. Aoi descubrió que le agradaba apretarle el trasero mientras él la penetraba. Parecía entender el mensaje de "más y más" cuando osadamente le dio una nalgada.
Inosuke subió esas hermosas piernas a sus hombros y Aoi dió un grito de sorpresa. Con ella sostenida por él, y sus dedos robustos aferrándose a su cadera sabía que más tarde se le formarían hematomas. Aoi gimió, se sentía muy bien.
Inosuke la llenaba, al principio había sido muy torpe y rudo. Hasta que lograron dar con el son de la canción del apareamiento hasta alcanzar el punto en que todo era muy agradable. Pero en esa instancia, con Inosuke llenando su palpitante vagina sentía que estaba al borde de acabar otra vez. Se lo hizo saber, tomándolo de las muñecas.
Inosuke se reclinó sobre ella para besarla, abusando de su flexibilidad. La posición mutó hasta que ella bajó sus piernas para rodear las caderas masculinas mientras Inosuke le besaba y lamía los pechos. Se abrazó a él mientras sentía cómo todo su ser se convulsionaba deliciosamente. Fue más breve, pero más fuerte que el primero. Pudo ver a su marido morderse la boca.
—Estás tan mojada, maldita sea. Quiero llenarte. — Confesó. —Te voy a acabar dentro, hasta que gotees.
No sabía si era una amenaza o una promesa, pero la idea de él eyaculando en su interior la excitó muchísimo. Imaginarlo la ponía muy caliente, aunque la avergonzara responder cualquier cosa a esa declaración. Pero valientemente, lo hizo.
—Entonces hazlo. Acaba.
Su esposo se abandonó a su sensual abrazo, la embistió con la intensidad que había contenido y dejó que la espiral de pasión lo consumiera hasta ser nada más que un cuerpo tendido sobre el de su esposa. Aoi lo recibió, recogiendo su cuerpo lánguido entre sus brazos cuando él halló su placer culminante.
Con la cabeza entre los pechos de ella, y sus manos acariciándole el cabello, Inosuke sentía que podía morir feliz.
Al menos en algo Uzui había tenido razón; había sido una buena idea masturbarse hasta el cansancio antes de llegar a esa instancia. Entonces una idea que había abandonado su tren de pensamiento volvió a él.
—Oye, Aoi.—La llamó, sonando de nuevo como un niño tímido.
—¿Si?
Ella buscó la colcha que descansaba a un lado del futón para cubrirlo del aire frío.
—No te dolió.
—Sí, no me dolió; lo hiciste muy bien.
Aoi pensó que su lado más infantil necesitaba reconocimiento por haber sido paciente y no haberse comido un dulce a la primera oportunidad. Pero él parecía incluso más frustrado.
—¿Entonces ya habías dormido con alguien más? — Algo nació dentro de él.
¿Enojo, ira o celos?
—¿De qué hablas? ¡Claro que no, idiota!
—Pero debería dolerte la primera vez. — Apuntó.
Aoi suspiró.
—No es cierto, fue incómodo al principio porque nunca lo había hecho; pero si estás, uh, lubricada correctamente no debería doler.
Inosuke frunció los labios, reflexionando, y luego su gesto se torció en esa sonrisa de sabelotodo.
—Es decir, Inosuke te complació cómo tiene que ser.
Aoi se acomodó en la cama para a dormir, con Inosuke volver siguiéndola. Lo cierto es que una vez que el calor del momento se diluyó, volvía a sentirse apenada por su estado de desnudez y todo lo que está hecho.
—Sí, Inosuke. - Sonrió tiernamente. - Me ha complacido.
Las caricias, se recordó. Volvió a abrazar a su esposa y depositó un beso en su frente.
—Cuidarte, y complacerte. - La besó.
Aoi se sentó derretida por la ternura, agradecida por despertar al lado de Inosuke.
—Y amarme, no te olvides.
—Y amarnos.
