Salto de Fe

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Disclaimer: Kimetsu no Yaiba no me pertenece, bienvendios a mi momento creativo.

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Capítulo V: Auge y caída.

Lo buscaba con los ojos por la habitación llena de gente. Lo buscaba casi inconscientemente, pero lo hacía. Lo encontraba cada tanto; bebiendo entre los otros dos pilares, riñendo a Inosuke, sirviéndose más comida mientras se burlaba de podía evitarlo, pero se sentía ridícula al hacerlo. Se justificó a sí misma diciéndose que la charla con sus amigas había removido algo en ella que con cuidado había evitado destapar.

Reconoció sus sentimientos eventualmente, y comprendió sin tapujos por qué las manos de Shinazugawa sobre su hombro parecía quemarla hasta dejarle una marca indeleble. Tan imborrable como invisible. Aún podía percibir el calor residual de su tacto que la había acompañado y aguijoneado por días y sus noches. Sobre todo sus noches.

Nezuko procuró divertirse, y había encontrado en la escena de baile de Aoi y Naho para reír a carcajada suelta. Y volvió a buscarlo con los ojos, sólo que esta vez lo encontró mirándola. Valiente, con su corazón dando tumbos en su pecho, le sostuvo la mirada. Sin timidez, aunque el arrebol de la mañana se instalara en sus mejillas.

Apartó la mirada un segundo, buscando determinación, y en un arranque de arrojo que más tarde llamaría estúpido volvió a mirarlo. Él seguía allí, manteniendo el contacto visual. Kamado levanto sus cejas significativamente y luego le dio una ligera inclinación de su cabeza señalando las puertas del pasillo. El se mostró sorprendido ante el gesto por un instante, pero luego asintió.

Todo pasó completamente inadvertido por el resto de los invitados.

Nezuko derramó un poco de sake en su manga para tener una razón para excusarse con Hinatsuru, con quien estaba conversando hasta ese momento, y se retiró justo por dónde había señalado con anticipación. Avanzó hasta el final del pasillo, encendiendo una lampara en medio del camino. Abrió la última puerta que llevaba al jardín y una vez allí no se detuvo, sino que siguió hasta el borde del patio hasta las glicinas que lo cercaban. Estaba a una buena distancia del bullicio, y esperaba tener una cierta privacidad antes de saltar.

Tuvo que esperar un tiempo considerable antes de verlo salir por la puerta que daba al patio. Él la encontró rápidamente, aunque estaba parcialmente oculta entre los árboles. Mientras se acercaba a ella Nezuko casi podía sentir sus pálpitos en las sienes. Algo se instaló en el fondo de su estómago y entre menor era la distancia entre ellos la sensación de nerviosismo crecía. Tenerlo de pie frente a ella en la brisa suave de la noche, ocultos por la penumbra y las glícinas era algo que nunca pensó tener el valor para hacer. Sin embargo, lo hizo.

Dio un paso al frente y Shinazugawa estuvo a punto de retroceder, pero se mantuvo dónde estaba. Nezuko apretó las mangas húmedas de su kimono y soltó el aire que contenía. Él la observaba desde su altura, con los ojos fijos en ella: ilegible.

— Me gustas. — Soltó sin pensar, y más tarde agregó con suma vergüenza por su arrebato: — Me he enamorado de ti, quería hacértelo saber. Yo… no sé cómo ha sucedido, pero lo cierto es que lo ha hecho.

Sanemi sintió que se atragantaba. Había salido detrás de ella porque pensaba que le pediría alguna tontería, como que le ayudara a dar una sorpresa a los novios, no que la joven se le declararía entre las glicinas. El viento y los pétalos desprendiéndose y bailando a su alrededor no ayudaban en nada. Lucía preciosa, como siempre.

Tomó aire.

—No puedo corresponder tus sentimientos. —Contestó.

Nezuko sintió que algo en ella se quebraba, aunque se había preparado mentalmente para ser rechazada. Nada podía entibiar un rechazo tan contundente. Ella apretó los labios tratando que no se le notara en el rostro el dolor de un corazón agrietado.

—Lo entiendo, ¿puedo preguntar por qué no lo considerarías?

Su orgullo necesitaba una explicación, aunque fuera una tontería. Ningún motivo por fundado que fuere lograría calmar lo que bramaba dentro de ella ¿Era ese su ego agonizante?

—No te veo de ese modo. — Mintió.

El ambiente entre ellos pareció vibrar, casi como si la tensión entre ellos hiciera espesa la escena. Nezuko asió sus mangas con más fuerzas, romperse frente a él no era una opción. Se había prometido que si era rechazada no derramaría lágrimas.

—¿De qué modo…?

¿…me ves? Quiso completar, pero temió que le fallara la voz de modo que lo hizo pasar como un titubeo.

—Eres una niña.

—Tengo dieciséis.

—Una niña. — Enfatizó. —Lo lamento, Nezuko.

Sanemi realizó una pequeña inclinación a modo de despedida y volvió por dónde había venido cargando con él algo nuevo. Su lado más racional estaba enturbiado por el desosiego; nunca había pretendido enamorar a la menor de los Kamado ni llegó a concebir que tan siquiera tuviera una posibilidad de llegar a hacerlo de habérselo propuesto. Era consciente de su apariencia poco amigable, su poca habilidad social y en especial, afectiva.

Por eso ver a la pequeña, suave, guapa y delicada Nezuko decirle que lo amaba lo había sacado de su centro. No era posible.

Su lado más elemental estaba extasiado. Y era el que debía ser contenido.

Como había dicho, era una niña. Bueno, más bien, era una joven inexperta e impresionable. No podía simplemente tomar lo que se le ofrecía, eso no era correcto. Si ella había desarrollado sentimientos por él era la conclusión de un afecto platónico y los pensamientos hormonados de la adolescencia. No podía simplemente aceptar su enamoramiento y arrastrarla a su espiral personal de miseria.

Sí que la veía de ese modo, pero hasta él sabía que era un hijo de puta por ello. Sí, era una jovencita de dieciséis años. Y él no tenía intenciones de aprovecharse de su enamoramiento, aunque no atinara a discernir qué parte de él la había deslumbrado.

Cuando se volvió sobre su hombro para mirarla la encontró dónde la había dejado mirando a la nada. Entró a la finca de las mariposas; había hecho lo más desinteresado que había podido: porque cuando ella dio un paso hacia adelante estuvo a punto de besarla.

Sí, era un reverendo hijo de puta.

El sonido distante de la puerta cerrándose la trajo de nuevo a la realidad. Nezuko respiró profundamente para mantener la calma unos intantes, pero cada respiración sólo lograba hundirla más. Hasta que se quebró y las lágrimas corrieron con entera libertad por su rostro. Se cubrió con las mangas húmedas de alcohol y se sintió hueca.

Era como si un vació dentro de su pecho luchara por absorber el resto, le dolía físicamente. El llanto se llevó consigo su respiración acompasada y pronto se encontró hiperventilando. El aire no alcanzaba para sus sollozos, jadeos y mandar oxigeno a sus pulmones. Pensando en que cualquiera podría verla en ese estado, o peor, su hermano podía olerla se internó más allá de los primeros arboles. Oculta completamente por la forma y aroma de las glicinas se sentó entre las rugosas raíces de una de ellas y se acurrucó en la búsqueda de calma.

Había saltado al vacío, sospechando que sería así.

Y lo había hecho de todos modos.

Entre antes espabiles, antes te recompondrás. Necesitabas una respuesta, se reconfortó. Le tomó bastante tiempo poder dejar de llorar, pero luego no supo cómo regresar a la fiesta. Física y emocionalmente extenuada, se recostó contra el tronco. Encontró un poco de confort en el olor de las flores que pendían sobre ella, algunas desflorándose en sus caídas. Las observó un instante y antes de que se diera cuenta, se había dormido.

La luz del sol dándole en la cara la despertó. Por la claridad del día había dormido a la intemperie, y era quizá medía mañana. Se levantó, rezando para poder volver a su habitación y fingir que había pasado allí la noche. No tuvo tal suerte, al pisar la galería de la finca la puerta se abrió de golpe y Tanjiro le dio la bienvenida.

—¿No te cambiaste aún, Nezuko?

—Oh, no… no lo hice. — Le sonrió. — Ahora mismo haré eso.

—Debías estar exhausta anoche para quedarte dormida vestida. — Le sonrió.

Y en la intemperie.

—Sí, ayer fue un día exigente.

Feliz de que su hermano no estuviera riñéndola ni haciendo preguntas que no se sentía lista para responder, asintió.

—Te perdiste el nacimiento de Akane. — Le comentó. — Hinatsuru dio a luz mientras dormías. Por cierto ¿Qué hacías aquí afuera?

Mentirle era imposible, Tanjiro lo sabría. De modo que fue sincera a medias.

—Buscaba un poco de privacidad.

Si su hermano había percibido algo extraño en ella no se lo hizo saber. Pero así había sido. Nezuko olía a llanto, tristeza y malestar. Aunque quería preguntarle al respecto nada en su lenguaje corporal le había dado a entender que se hallaba en un estado que la predispusiera a la conversación. Por eso Tanjiro la dejó pasar con la excusa de cambiarse. Algo andaba mal con ella, pero Nezuko tenía derecho a la privacidad. Ya era una adulta, y él no debería abusar de su olfato.

Nezuko atravesó los pasillos casi corriendo, sintiendo como de nuevo las lágrimas pretendían agolparse tras sus párpados hinchados. Deseaba maldecir, pero eso no la ayudaría. Entró a su habitación velozmente sólo para darse de bruces contra alguien. Aoi le frunció la boca al verla, y luego levantó las cejas al observar que mantenía su vestimenta de la noche anterior.

—Dios, dime que no hiciste nada que amerite que tenga una conversación con Tanjiro. — La increpó.

Nezuko se sonrojó hasta las orejas, entendiendo a lo que ella se refería. Y sus párpados se vencieron ya sin poder contener el llanto. Rompió a llorar y su maestra se apresuró a abrazarla completamente sorprendida. Sin embargo, mientras Nezuko lloraba aferrada a su cintura lo comprendió. Nezuko había saltado.

Y nadie la había recibido en el fondo.

La recién casada ciñó el abrazo y las dejó caer suavemente en el suelo, allí, la abrazó con todo su cuerpo. Nezuko pareció empequeñecer en su maternal gesto y ella le permitió descargarse mientras se comprometía a mimarla con besos suaves en la coronilla y palabras tranquilizadoras. Luego de lo que pareció una eternidad, Nezuko logro recomponerse.

Limpiando los torrentes húmedos de sus mejillas le pidió disculpas repetidamente a Aoi. Perdón por llorar. Perdón por preocuparte. Perdón por ensuciar tu delantal. Perdón por desaparecer cuando me necesitabas. Perdón. Perdón. Perdón.

—Estoy furiosa contigo por desaparecer así, estaba tan cansada anoche que me dormí sin pensar en que aún no aparecías. — Reconoció. — Lo siento, debí darme cuenta antes… ay, Nezuko.

La abrazó de nuevo con fuerza y luego la soltó con lentitud. Le limpió las lágrimas con el ruedo de su mandil y le sonrió.

—Puedes llorar, y no importa el delantal. Si quieres llorar, entonces llora. Está bien. — Le sugirió, y luego le tomó las manos.—Anoche nació la bebé de Hinatsuru y el señor Uzui. Es preciosa, pero heredó el extraño color de pelo de su padre.

Nezuko se rió un poco en medio de su episodio lloroso. Aoi intuía que no quería hablar de la razón de su llanto, de modo que procedió a relatar los hechos del parto y nacimiento con el mejor humor que podía.

—Me habría gustado que estés allí, habrías disfrutado de ver un parto rápido y relativamente sencillo.

Nezuko asintió. De los tres partos que había asistido a Aoi dos de ellos habían salido terriblemente mal. Las muchachas del pueblo, ante el fallecimiento de su partera local, habían migrado a la finca ante el miedo de las madres primerizas. Una de ellas había sido insalvable, Aoi lo había dicho antes que nadie y había tenido razón. Enojada había murmurado que era una niña de catorce años, pequeña y menuda, nunca debería haber llegado a gestar tan joven. Pero sus padres la habían dado en matrimonio.

La segunda que salió mal, y la última que había atendido, no había parecido ser un caso perdido ni que la muerte se cerniera sobre ella. La chica había tenido un parto largo pero fructífero, sin embargo, había muerto más tarde de una fiebre incurable. Aoi sospechaba que no había logrado expulsar el resto de lo que llamaban "bolsa del bebé" y eso había derivado en una infección que no pudieron tratar a tiempo. Tampoco había nada por hacer, añadió la sanadora.

—¿Quieres contarme qué pasó? — Aoi tanteó, retrocediendo hasta descansar contra la pared.

Verla tan expuesta y frágil la hacía sentir incómoda, no se sentía capaz de encontrar las palabras para transmitirle calma. La muchacha a su lado lo pensó un instante antes de asentir y recomponer su postura.

—Yo le confese que estaba enamorada de él, y luego me rechazo sin dudarlo. — Nezuko se obligó a tragar el nudo en su garganta — Entonces insistí por un motivo, y me explicó que para él yo era poco más que una niña. Me ve como una niña.

Aoi no era una persona particularmente dada a compartir emociones y hablar de ellas largamente, ni encontrarles demasiadas vueltas a su fuente o causa. Ella tenía un temperamento más práctico y conciso que el de su aprendiz, empática y abierta. De modo que optó por ser lo más transparente posible.

—Bueno, tú apenas si tienes edad para ser considerada una mujer y él lleva bastante tiempo siendo, bueno, un hombre. — Se sonrojó un poco al decirlo. — Te lleva más de seis años, y una vida dura.

—No soy una niña, Aoi. — Nezuko afirmó con frustración.

—Entonces demuéstralo, demuéstraselo. — Instó la mayor. — Sé una mujer: llora un día, luego reponte y has lo que las mujeres en toda regla hacen en estos casos.

La médico se levantó de su lugar y acomodó sus ropas. Nezuko la imitó.

—¿Sabes que hacen las mujeres de verdad? — Ella negó, aún dispersa. — Estudia, crece, asiéntate, mejora y demuéstrale con actos lo que defiendes en palabras ¿Una mujer hecha y derecha? Entonces enfócate en lo tuyo, llora lo que necesites, pero no te olvides que el centro de tu vida eres tú. Tienes la vida por delante, deja que te sorprenda. Y si sigues enamorada en un año, o dos, o lo que te tome, pues lo vuelves a intentar. Y ya.

Aoi estaba con las manos en las caderas, sonrojada pero parecía más firme que nunca mientras llenaba de coraje a su alumna.

—¿O qué? ¿Piensas quedarte llorando en el suelo toda la vida como una cría?

Nezuko negó, deslumbrada por las palabras empoderantes de su maestra. Aoi era dada al amor rudo, escueta y resuelta.

—Te repito, si Sanemi Shinazugawa no sabe lo que vales, entonces es un idiota. Y no se llora por idiotas.

Nezuko volvió a arrojarse hacia su maestra en un abrazo mutuo. Aoi se hundió en ella también, dándole todo el amor que sentía por ella en su corazón, aunque le costara a veces ponerlo en palabras sin sentirse cohibida o torpe.

—Pero si siempre dices que Inosuke es un idiota. — Le recordó, sabiendo que su maestra había tenido un malentendido con él.

—Pues sí, pero ahora es mí idiota. — Se encogió de hombros. — Así como tu eres mi llorona.

—¿Uh, gracias? — Se rió. — Lamento haberme perdido el nacimiento de la bebé.

Nezuko observó una sombra cruzar el semblante de Aoi, lo que la inquietó. Había tenido un instante de preocupación y miedo, su estudiante la conocía lo suficiente para saberlo.

—Habrán otros, pero probablemente el de Suma sea más ruidoso.

—No me sorprendería.

Nezuko observó a su maestra irse, aún con un retazo de lo que había visto antes en su rostro. Definitivamente la sanadora estaba furiosa con ella por no estar ahí para ayudarla después de todo el tiempo que había invertido en ella y su aprendizaje. Se sintió mal. Pero se decidió a seguir su consejo: crecer, mejorar… seguir hacia adelante y dejarse sorprender. Abrió su armario y tomó su uniforme de médico.

Sanemi Shinazugawa era un idiota.

Apretó la boca.

Un completo idiota.

Maldición, volvía a llorar.

Lo poco que quedaba de la fiesta ya había sido lavado, limpiado y puesto en su sitio. Makio era temible pero eficiente y debía reconocerlo. Aoi entró en la estancia y estaba tan impecable que daba gusto sólo verlo. Se dirigió a la cocina y allí encontró a Suma y su compañera preparando el desayuno. Ambas le sonrieron ampliamente al verla, eran enérgicas y amables a su modo.

La cocina estaba repleta de su aura de contento y dicha, Suma prácticamente bailaba entre una cacerola y otra.

—Ven, cariño ¿Qué haces despierta tan temprano? ¡Deberías estar en la cama con tu marido!— Makio exclamó, sugerente. Suma a su lado, se rió.

—Por supuesto, después de todo, anoche no pudieron descansar correctamente.

Aoi procuró ignorar las burlas y pensó en cuán rápido había pasado de ser una adulta dando ánimos a una amiga, a una niña tímida en su propia cocina. Se recompuso, el sexo era una parte sana de una relación y ellas tenían una bastante abierta. No se dejaría cohibir por mujeres experimentas, determinó.

—Oh, hubo tiempo. — Contestó, intentando no morir de vergüenza. —Y habrá tiempo, más adelante.

Makio levantó las cejas en grata sorpresa y le pasó un brazo sobre los hombros con camaradería.

—Bienvenida al mundo de las mujeres casadas. — Le dio un beso en la mejilla. — Y si tienes preguntas… bueno, llevamos bastante tiempo en esto.

La joven sanadora se sintió súbitamente joven frente a ellas, aunque ningún debía superarlos veintitrés años. No podían sacarle más de cuatro o cinco años, especuló. Pero Makio tenía razón, claramente llevaban más tiempo en eso que ella. Lo sopesó un instante; parecían lo suficientemente consideradas para no burlarse de ella y era una oportunidad para evacuar algunas de las ideas que giraban en su cabeza sobre eso que habían surgido antes y durante el amanecer había tratado de aplacar.

Se decidió. Aoi cerró la puerta de la cocina para evitar que alguien interrumpiera. Mortificada se apoyó en ella y las observó antes de aceptar la propuesta, aunque había sido en broma y lo sabía.

—Uh… hay cosas que no están en los libros y yo soy la mayor aquí así que… — Titubeó.

Suma bajó el cuchillo y asintió.

—No tienes a quién preguntar sin que te juzguen.

La ninja de mechones más claros le sonrió con algo parecido a la ternura y la invitó a sentarse. En un instante Suma había depositado entre sus manos un suave té de jazmín que no sabía que necesitaba.

—Bueno ¿entonces sí consumaron?

— Sí.

— ¿Te gustó?

Aoi sintió que se ponía tímida de nuevo, y a pesar de estar completamente segura de que su rostro hervía, asintió.

—¿Qué quieres saber, cariño? — Suma consultó. —Eres médico, sabes de qué va.

—Sé de qué va al sexo en términos reproductivos. —Resguardada en su oficio que le daba confianza, les respondió. — Pero él hizo cosas que yo no sé si deberían…

—Puede ser todo lo vulgar que quieras, Aoi, dulzura.

—Me lamió.

Se hizo el silencio.

—Ajá. — Makio instó a que siguiera con un gesto de su mano.

—…Ahí.

Entonces el rostro de Makio y Suma se iluminó, fue esta última quien retomó el discurso.

—Siéntete dichosa, entonces. La mayoría de las mujeres se mueren antes de que un hombre les haga eso. Después de todo ¿No se sintió bien?

Aoi miró al techo, Dios, estaba absolutamente mortificada, sí.

—¿Cómo puedo, uh, hacerle lo mismo? ¿Puedo?

—Absolutamente, cariño. — Suma respondió, sirviendo otro poco de té. — No hay un solo hombre en esta tierra que no quiera que se la comas.

—Uh…, yo no…

—No uses los dientes, sino la lengua. Puedes succionar, pero depende de su sensibilidad. Las manos ayudan cuando no puedes meterla por completo en la boca. — Makio describió y observó a la chica tomar tonos preocupantes de rojo. —No te avergüences, cariño. Lo que pasa entre tu marido y tú queda entre ustedes, y nadie más. Habla con él, él mejor que nadie sabrá decirte lo que le agrada.

—Yo lo intente, es muy extraño. — Confesó deseando que la tierra la tragara.

—No es lo que diríamos "natural", pues sí, puede ser un poco extraño. Pero créeme, Aoi, en lo que respecta a dar placer al otro es una buena forma. Y no hay reglas en la cama, salvo que ambos deben pasarla bien.

—Sin dientes. — Remarcó Suma a su lado.

Aoi asintió y se abstrajo con su taza de té. Las mujeres a su lado siguieron parloteando, compartiendo algunos datos que no había pedido pero que guardaba por sí las dudas llegara a serle útil. Tardó un tiempo en recomponerse y ayudarles a terminar el desayuno. Suma le besó la mejilla antes de llamar al resto a comer y Aoi pensó que no había estado tan mal.

Luego Inosuke entró en su campo de visión y le dio esa sonrisa socarrona suya que logró el efecto deseado: azorarla. Avergonzada por su tren de pensamiento y todo lo que había conversado con las mujeres de Tengen Uzui procuró disfrazar su pena con un tono mandón.

"Siéntete dichosa" le había dicho Suma. Tenía toda la intención de que así fuera.