Aquí estoy de nuevo. Mejor tarde que nunca, como se suele decir...

Me prometí a mi misma hace mucho tiempo que escribiría una historia nueva Red/Green y aquí estoy. Siento que estoy muy oxidada en esto de escribir fanfics (y eso que actualmente sigo escribiendo, aunque no fanfics) pero me ha hecho ilusión poderlo acabar a tiempo. ¡Espero que lo disfrutéis si os gusta el ship!

¡Por cierto! (Que se me olvidaba). Esta historia está ubicada después del viaje de ambos a Alola. Cronológicamente, pasó todo como en los juegos: ambos eran amigos desde pequeños, se separaron cuando se convirtieron en entrenadores rivales, Red venció a Green y le arrebató el título de campeón, éste siguió odiando al moreno y Red decidió entonces alejarse de todo al MT. Silver. Tras unos años allí regresó y finalmente viajó con Green a Alola tras reconciliarse con él. Esta historia transcurre tras todo esto. Ahora deben tener más o menos unos 16 años ambos.

#No Beta we die like Raticate


"Tienes que venir. Ya".

Ésas fueron las cuatro únicas palabras que Green le dedicó cuando Red descolgó el Poké-Gear y se lo colocó contra la oreja. Confundido y un tanto molesto, por qué no, Red esperó inmóvil unos minutos más a que su mejor amigo le diera una buena explicación a por qué debía apresurarse tanto, pero el silencio al otro lado de la línea le hizo presagiar que Green podría muy bien haber colgado indiscriminadamente tras su imperiosa orden. Suspirando, Red se apartó el dispositivo del oído y contempló su pantalla. Casi se sintió consolado en cuanto vio que, en efecto, la llamada se había cortado hacía varios segundos, pero su consternación sustituyó esa pequeña satisfacción en cuanto Red empezó a pensar en el motivo que Green podría tener para pedirle de aquella manera apresurada que le buscara.

Ésa era otra. ¿Dónde se suponía que tenía que buscar Red a Green? La respuesta más lógica era en su casa, pero su amigo tampoco le había dado datos concretos acerca de su ubicación. Tampoco de su situación. ¿Le habría atacado un pokémon salvaje y estaría luchando por su vida o por contra se habría encontrado con un pequeño Spinarak en su jardín y estaría esperando a que Red apareciera para apartarlo? No, aquello no era un ejemplo vacío; había sucedido en una ocasión anterior. Al llegar al jardín de Green, Red se había encontrado con que su amigo se abrazaba con fuerza a su hermana —visiblemente igual de aterrada que él— sentados ambos en lo alto de una mesa de jardín. A pocos metros de ellos, un Spinarak más bien pequeño se divertía llenando de telarañas el huerto de bayas de los propietarios de la edificación. Las pokéball de Green habían yacido en aquella ocasión en el interior de su bolsa, dentro del edificio, y habían sido inaccesibles para ellos sin tener que pasar por delante de la gigantesca araña verde.

Red había cogido una rama para mover al pokémon y en cuestión de minutos el asunto había quedado zanjado. Pese a lo contrariado que se sintió en aquella ocasión al llegar a casa de Green y comprobar cuán poco había valido su esfuerzo de correr hacia allí como si la vida le fuera en ello (Green le había llamado alarmado alegando que un pokémon enorme y salvaje había allanado su casa y estaba a punto de devorarle a él y a Daisy), Red se había sentido mejor al ver la expresión de satisfacción de su amigo tras el salvamento in extremis. Algo en la sonrisa del muchacho o en su expresión fanfarrona cuando se creía mejor que Red en algo le hacía siempre regresar hacia él.

Aquella ocasión, no fue distinta. Pese a saber que quizá Green le estaría necesitando únicamente para que le ayudara a rascarse la espalda, Red se vistió con brío y salió de su casa corriendo, olvidando tras de sí el famoso Poké-Gear al que, sinceramente, no prestaba demasiada atención. Aquella especie de elemento de comunicación resultaba totalmente inútil para un chico mudo como él, pero por algún motivo y tras su largo periodo de abstracción en el Mt. Silver, Green prácticamente le había obligado a comprarse el mejor del mercado y a tenerlo siempre encima. Red había medio-cumplido la primera parte (quererlo de color rojo le había costado 150 poké-dólares más de los que había estado dispuesto a gastarse), pero con la segunda experimentaba un poco más de dificultad. Siempre dejaba el aparato olvidado en alguna mochila, en algún bolsillo de alguna chaqueta o en algún calcetín en el cesto de la ropa sucia. Y cuando sonaba se pasaba largos minutos intentando encontrarlo.

Por suerte para él, Green era perfectamente consciente de ello y siempre llamaba cinco veces antes de darse por vencido. Por suerte para él, Green era el único que tenía su número y el único que le llamaba.

Cuando finalmente Red llegó a la casa de Green —sudoroso y con la cara enrojecida a causa de la carrera—, se sintió ligeramente perdido al no encontrar a su amigo en su propia puerta, el lugar en el que normalmente le esperaba antes de criticar su falta de puntualidad. En aquellos momentos Red solía fruncir el ceño e indicarle a Green mediante lenguaje de signos que había corrido todo lo que había podido. Su amigo, quien tras su gran discusión y posterior viaje a Alola había decidido aprender el mismo lenguaje para comunicarse con Red, solía sonreír entonces e indicarle que lo sabía y que únicamente quería tomarle el pelo. En aquella ocasión, no obstante, no parecía haber ningún Green con ganas de criticarle y tampoco ninguna conversación mediante gestos. No había nada. Red decidió entonces golpear la puerta de entrada con los nudillos —algo que estaba aprendiendo a hacer, pues él era más de abrir la puerta y entrar, gesto que había marcado la mayoría de sus viajes—, pero su preocupación aumentó cuando tampoco esos golpes provocaron movimiento alguno.

¿Se habría comido el Spinarak a Green? ¿Los pokémon tipo bicho comían humanos?

Más preguntas pesimistas se amontonaron en la cabeza de Red durante aquellos largos minutos hasta que finalmente una voz le sacó de sus cavilaciones. Red se giró hacia la derecha y vio allí, procedente del garaje, a un Green despeinado y vestido con ropa informal y mal planchada que le saludaba con la mano y una sonrisa en el rostro. Pese a todo, Red tuvo que morderse la lengua al notar que incluso con aquellas pintas y dejadez, Green lucía muy atractivo.

—¡Estoy aquí! ¡Gracias por venir! —le indicó Green en cuanto llegó a su altura.

Red siguió frunciendo su ceño.

—¿No hay quejas por la puntualidad hoy? —le preguntó, haciendo uso de su lenguaje de signos.

Su amigo interpretó correctamente sus palabras y se echó a reír con alegría.

—No, no, hoy no. Anda, ven conmigo, tengo algo que enseñarte.

El Campeón siguió a Green hacia el garaje y se agachó para pasar por debajo de la puerta metálica horizontal que se encontraba medio abierta. Una vez en el interior de aquella habitación, se sorprendió por todo lo que encontró en ella. El garaje de Green era un habitáculo grande lleno de estanterías metálicas que a su vez contenían cajas de cartón debidamente etiquetadas pero abiertas y revueltas. Red estaba seguro de que en algún momento ese garaje habría servido como taller para reparar pokéballs, pues había un escritorio lleno de papeles y piezas perdidas, pero parecía que hacía mucho tiempo que nadie le daba ese uso. Green se dirigió hacia el fondo de la habitación, lugar en el que había un grupo de cajas amontonadas en el suelo, y se agachó para coger de una de ellas un pequeño aparato redondo de plástico y lleno de polvo. Curiosamente a Red le resultó familiar.

—He estado ordenando un poco ésto —le indicó a Red. Éste estuvo a punto de llevarle la contraria —pues el estado de la habitación indicaba que hacía mucho que nadie ordenaba nada allí—, pero se mantuvo en silencio por el bien de su relación. Con expresión curiosa, esperó a que Green siguiera explicándose—. Y mira qué he encontrado. Ni siquiera recordaba que lo tenía. Es uno de los poké-juegos más antiguos que recuerdo. Para ser sinceros del todo, pensaba que era de Blue. Quizá debí quedármelo yo por equivocación —le explicó, contemplando el objeto con tal adoración que incluso Red empezó a sentirse un poco celoso.

—¿Qué es? —le preguntó finalmente con gestos, viendo que Green no parecía por la labor de explicarse.

—¿No lo recuerdas? —El muchacho de pelo castaño pareció sorprendido. Contempló a Red con los ojos muy abiertos y seguidamente bajó la mirada hacia la pieza de plástico, abochornado. El muchacho de cabello negro no fue capaz de entender por qué, pero simplemente siguió esperando a que el otro se explicara—. Es un "Azarmigo" —le dijo como toda explicación, consiguiendo empezar a poner nervioso a Red. Green colocó el "azarmigo" en el suelo y a continuación le sacó el polvo de encima con una mano, dejando ver a Red que aquello que había creído que solo era una palangana de color rojo contenía en realidad varios dibujos. El entrenador campeón no tardó en reconocerlos: eran tipos de pokémon. Algunos de ellos estaban lo suficientemente mancillados por el tiempo como para no resultar reconocibles por su color, pero otros eran perfectamente claros.

Red se arrodilló, poniéndose a la altura de su amigo, y siguió contemplando con interés el juego. Le resultaba conocido, pero no era capaz de recordar para qué servía.

—Servía para hacer amigos —reconoció Green, con un poco de vergüenza. Red le contempló en silencio durante unos minutos. Sabía que el entrenador de Eevee era bueno relacionándose con los demás. Era sociable, extrovertido y no temía hablar con desconocidos. Fue por ello por lo que le sorprendió saber que Green guardaba con semejante cuidado algo que le encajaba tan poco. Un "azarmigo" sonaba como algo que usaría él, no Green—. Había un manual de instrucciones… —musitó el muchacho de cabello claro, completamente ajeno a los pensamientos de Red. Rebuscó algo a su alrededor y finalmente encontró una caja de cartón de colores degradados que contenía en su interior un pequeño manual de hojas amarillentas. Abrió la página del medio, la que parecía haber sido usada en más ocasiones, y se lo enseñó a Red—. Se formaba un círculo alrededor del juego y cada niño pulsaba el botón del medio para que la máquina iluminara un tipo de poder en concreto. En aquella época todavía no habían descubierto los movimientos tipo hada…

Red parpadeó, confuso, y miró el "azarmigo" con interés. Era cierto. En los tipos que había dibujados faltaba el rosa de los pokémon tipo hada.

—Cada tipo de poder confería una acción a realizar. Por ejemplo, si te salía el azul del agua… —empezó a decir Green. Seguidamente se calló para buscar en la lista del manual qué instrucciones debí seguir si a alguien le salía el color azul. Soltó un pequeño grito de emoción cuando lo encontró—. ¡Aquí está! «Dale la mano durante diez segundos a la persona que se encuentre a tu derecha». Y tenías que cumplirlo. —Green levantó la mirada del manual y le dedicó a Red una sonrisa joven, casi de niño. Red creyó ver en él al pequeño que había sido su amigo mucho tiempo atrás, antes incluso de que ambos empezaran a formarse como entrenadores pokémon. Aquella visión le resultó preciosa—. Al principio era algo incómodo, pero pronto empezabas a reírte con la cara de todos los que te miraban y con la persona a la que le dabas la mano. Al final del juego todo el mundo terminaba siendo amigo de los demás.

—No parece el tipo de juego que a ti te pudiera gustar jugar —se atrevió a indicarle a Green.

Éste perdió su sonrisa y pareció meditarlo un momento hasta que asintió.

—Quizá no.

A Red le dio la sensación de que Green ocultaba algo, pero no quiso indagar más en el tema. Sea como fuere, Green le interrumpió con ánimos renovados y esa energía tan propia de él que contrastaba tanto con el modo calmado de ver el mundo del propio Red.

—¿Quieres jugar? ¡Podríamos probar a jugar una ronda! A ver qué tal nos va y para recordar viejos tiempos.

Antes de que Red tuviera tiempo de indicarle que el aparato seguramente no tendría pilas ya, Green lo puso en funcionamiento, demostrando que ya tenía planeado jugar con Red antes de que él llegara. No demasiado seguro de lo que podría suceder con ese juego para críos pero confiando en que Green sería feliz con el resultado, Red tomó asiento delante de su amigo y ambos dejaron el "Azarmigo" entre ellos, de modo que les fuera sencillo colocar la mano en el interruptor del centro en cuanto fuera su turno. Red preguntó quién empezaba, pero Green ni siquiera le respondió antes de pulsar el botón central. La máquina, con las luces con poca intensidad a causa de su antigüedad, empezó a emitir sonidos suaves y a pasearse entre las opciones. El proceso duró muchos segundos, segundos que al entrenador de rojo le parecieron eternos, hasta que finalmente la luz se detuvo justo cuando Red empezaba a plantearse que no funcionara. Intentando adivinar qué tipo sería, Red se inclinó hacia delante para verlo mejor. Su cabeza chocó con suavidad contra la de Green, quien había hecho lo mismo para comprobar su resultado. Ambos se apartaron con timidez, pero sin decir nada al respecto.

—¿Qué ha tocado? —le preguntó.

—Tierra… —Green no parecía del todo contento con su resultado, pero lo disimuló buscando en el manual qué era lo que implicaba aquel color. Se rió solo antes de leerlo en voz alta—: «Desvélale al jugador de tu derecha cuál es tu pokémon favorito». Ésa es fácil, ¿no? —preguntó Green, mirando a Red a los ojos con una sonrisa. El de cabello claro respondió en cuanto Red tuvo claro que mencionaría a su querido Eevee—. Pidgeot.

Red sintió que perdía el equilibrio. Su expresión lo dijo todo.

—¿Qué? ¿Creías que diría "Eevee"? —preguntó Green, sonriente. Red asintió con efusividad—. Sí, adoro a mi Eevee y no lo cambiaría por nada del mundo. Es mi pequeño amigo. Mi compañero más fiel. Pero no vayamos a compararlo físicamente con la majestuosidad de Pidgeot. ¿Has visto qué pelo largo más cuidado que tiene mi Pokémon? Y como despliega las alas cuando quiere mimos… —empezó a canturrear, eufórico. Red intentó recuperarse de la impresión y asintió, no demasiado convencido. Estaba de acuerdo en que Pidgeot era un pokémon elegante y bello, pero si hubiera respondido él, sin duda habría mencionado a Pikachu antes que a cualquier otro.

Aquella era otra de las cosas que les hacía tan distintos cuando combatían. Red era pasional. Green era práctico.

—Venga, tu turno.

Red asintió y pulsó el botón del centro del "Azarmigo". Nuevamente la luz empezó a dar vueltas, aunque para horror de Red se pareció apagar dos o tres veces antes de terminar sobre el panel del tipo volador. Red levantó entonces la cabeza y posó su atención en Green, a la espera de que éste leyera qué era lo que significaba el vuelo. El muchacho asintió, tomó el manual y leyó en voz alta:

—«Cambio de sitio. Este tipo sirve para que los participantes se sienten en otro orden y así puedan conocerse más entre sí». —Red se sintió decepcionado al instante y Green no tardó en notar que sus hombros se habían hundido.

—Lo siento… —comentó, apenado—. Supongo que ésto no es tan divertido cuando somos dos, ¿verdad?

Red contempló con atención a Green. Parecía entristecido. Pese a no haber querido formar parte del juego al principio, el entrenador de rojo había descubierto que el "Azarmigo" parecía poner de muy buen humor a su compañero. Verle de aquella manera tras una única ronda de juego hizo que sintiera lástima por el Green que había puesto tantas ganas en su primera lanzada. Esperando poderle reconfortar, Red se levantó apoyando su peso en sus rodillas y seguidamente le pidió a Green que le imitara. Éste no entendió qué era lo que sucedía hasta que Red ocupó el asiento que anteriormente había ocupado Green. Estaban haciendo un cambio de lugares. La alegría volvió al rostro del rubio y con ella también la fanfarronería.

—¡Parece que la suerte está de mi lado de momento! No te ha tocado nada bueno. Qué mala suerte tienes siempre —le picó. Red aguantó con gusto la crítica y asintió antes de permitir que Green pulsara el botón de nuevo. La luz se detuvo en ese momento en el tipo fuego. Green contempló a Red como si estuviera esperando a que éste le dijera qué significaba eso y el entrenador de rojo necesitó todavía unos segundos para entender que el manual había quedado a su lado tras el cambio de posiciones. Alargó la mano hacia él y se lo tendió a Green para que fuera éste quien siguiera leyendo—: «Dale un beso en la mejilla… al jugador que esté delante de ti».

Las mejillas de Green adquirieron de pronto un intenso tono carmín. Red también se sonrojó, aunque en su caso su pensamiento fue dirigido a las instrucciones del juego. Se preguntó qué tipo de juego obligaría a alguien a besar la mejilla de otro y llegó a la evidente respuesta de que, en efecto, un juego de niños. Un juego inocente que solo pretendía que un grupo pequeño de niños se lo pasaran bien durante un buen rato. Red alzó la mirada para contemplar a Green (quien a su vez le contemplaba avergonzado) y le indicó con gestos que no era necesario que lo hiciera, que podía volver a pulsar de nuevo. Green, cabezota como nadie, negó con la cabeza.

—No, voy a hacerlo. Así es el juego. Y esto es una chiquillada —le dijo a Red, con la voz temblorosa.

El entrenador de rojo asintió y cerró los ojos, esperando el contacto. Éste tardó tanto en producirse que Red creyó que nunca llegaría. Sorprendentemente para él, pronto empezó a sentir una respiración ajena sobre sus labios, provocando cosquillas en ellos, y su corazón se aceleró al pensar que Green le besaría en ellos. Esperanzado e impaciente, nervioso también como ninguno, Red abrió los ojos y buscó la presencia de Green cerca de él. Le vio inclinado sobre sí, también con los ojos cerrados y temblando de pies a cabeza. Su fanfarrón amigo parecía no tener demasiado claro cómo se besaba en la mejilla. Aquello le produjo a Red una sensación agradable. Primero porque, como él, se ponía nervioso por algo tan simple que a cualquiera le hubiera parecido ridículo. En segundo lugar porque quizá aquello significara que para él, Red era tan especial como Green lo era para él.

Adelantándose a Green, Red decidió finalmente depositar un beso en la mejilla de su compañero, muy cerca de la comisura de sus labios. Green pegó un bote en su lugar y le contempló, medio asustado medio avergonzado.

Red fingió sacarle importancia antes de pulsar de nuevo el botón del juego. Para su sorpresa, la luz se detuvo en ese momento en el botón de Dragón. Adelantándose a un Green que todavía no había salido aun de su estupor, Red se inclinó hacia el manual y leyó que el jugador que hubiera conseguido el tipo Dragón debía confesarle a los otros jugadores un pequeño secreto. Cuando Red posó su mirada en Green, descubrió que éste se encontraba en esos momentos leyendo la misma parte del manual con los ojos muy abiertos, visiblemente asustado y nervioso. Red chasqueó los dedos para conseguir su atención y seguidamente empezó a hablar con gestos.

—Siento mucho haberte arrebatado el título de Campeón —empezó. Green le entendió a la primera y abrió la boca, dispuesto a protestar sobre algo que había pasado tantos años atrás y que les había valido años de no hablarse, con Green haciéndose cargo del gimnasio de ciudad Verde y con Red viviendo alejado de todo el mundo en el Mt. Silver. Red no le permitió ni que empezara. Su mirada se volvió intensa, casi fiera. Y no bastó mucho más para conseguir acallar a Green (por una vez)—. Siento mucho tantos combates sin clemencia, la muerte de tu Raticate y mi inmadurez al no ser capaz de ver lo que te ocurría. Siento mucho todos esos años que nos pasamos sin hablar. Me alejé de ti porque necesitaba pensar.

Con el corazón compungido, Red intentó detenerle.

—Ya está bien, es un secreto, no veinticinco. Vuelve a sentarte y cállate, no es tu turno de-

Red prosiguió pese a la interrupción verbal.

—Siento mucho no haberme disculpado cuando regresé y también no haberte dicho en realidad por qué quería ir a Alola contigo. Siento mucho haberme pasado tantos años a tu lado callado sin revelarte lo que de verdad pasaba por mi cabeza. Quiero decírtelo, pero antes tengo que hacerte una pregunta. ¿Por qué te pone tan nervioso tener que pensar en besarme?

La cara de Green competía en color con la chaqueta de Red en aquellos momentos.

—¡Pues naturalmente porque somos dos personas creciditas que no pueden ir haciéndose arrumacos con sus amigos! —intentó justificarlo. La mirada de Red se intensificó.

—Eso no es una razón. Justamente porque somos mayores podemos…

—¡Hemos terminado esta pregunta! ¡Debemos seguir jugando! —le interrumpió de nuevo Green, visiblemente nervioso, acalorado y fuera de lugar. Casi con lágrimas con los ojos a causa de la vergüenza, Green pulsó de nuevo el botón central del "Azarmigo". La luz se detuvo en el color azul del tipo agua y ninguno de los dos necesitó consultar el manual de instrucciones para saber lo que aquello significaba. Green hizo el amago de volver a pulsar, pero Red no se lo permitió: tomó su mano y la sostuvo entre las suyas, obligándole así a mirarlo. Green intentó empezar a contar en alto cuántos segundos faltaban para que pudieran soltarse las manos, pero sus palabras murieron en sus labios cuando vio la intensidad con la que Red le miraba.

Parecía que el entrenador de rojo estuviera combatiendo. Estaba lleno de determinación. Ésa era la fuerza con la que había derrotado a todos los miembros del antiguo Alto Mando.

—Me pone nervioso… porque tú me pones nervioso. Siempre me has puesto nervioso —reconoció Green, sintiendo que sus manos temblaban a causa de la confesión arrancada a la fuerza. Red le dedicó una pequeña sonrisa suave. Abrió la boca para responderle, pero tarde fue consciente de que no tenía la capacidad de hablar. Frunció el ceño y por primera vez se arrepintió de ser el único mudo en aquella habitación. Soltó las manos de Green y con cuidado respondió aquello que había querido decir de manera verbal.

—¿Puede ser que siempre nos hayamos gustado mutuamente y nunca nos hayamos atrevido a decírselo al otro?

Green asintió con rapidez y efusividad. Red lo hizo de modo calmado y controlado. Alargó la mano hacia Green y atrajo su cabeza hacia sí, plantando sus labios sobre los del rubio. En aquella ocasión, fue un beso real. En aquella ocasión, careció de la dulzura con la que anteriormente le había besado al mejilla. Green sintió que sus nervios amenazaban con hacerle explotar, pero a la vez se sintió bien. Correcto. Como debería haberse sentido siempre. Red sonrió sobre sus labios cuando terminó el beso y seguidamente volvió a atacarle, aumentando aun más la fuerza con la que lo hacía. Mientras disfrutaba de tener por fin a Green entre sus brazos, Red se sorprendió pensando en que el "Azarmigo" era capaz de hacer que los niños se hicieran amigos, pero también que los adultos ganaran en sinceridad y valentía.

—¡Me he comprado un juego nuevo! —exclamó a pleno pulmón Blue en cuanto consiguió plantarse delante del grupo de niños que se encontraban en esos momentos desayunando juntos aprovechando un breve descanso de la excursión escolar.

Green, en aquel momento un mero renacuajo de ocho años, alzó la mirada para encontrarse con Blue, una niña a quien nunca había acabado de entender demasiado. Mientras la contemplaba preguntándose si debería o no hacerle caso, la niña procedió a explicar de qué iba su nuevo juego y sorprendentemente todos quienes la rodeaban se entusiasmaron, puede que quizá más por el funcionamiento a pilas del mismo que por sus posibles instrucciones. Animada por la atención que estaba recibiendo, Blue no tardó en empezar a invitar a otros niños que se encontraban en aquella excursión a participar, niños de otras clases y otros cursos. Niños a los que Green ni siquiera habría mirado dos veces de no haber sido porque de pronto éstos pretendían jugar a algo con ellos.

En otro momento, Green no hubiera participado. En aquel sintió que la presión de sus compañeros, quienes sí querían hacerlo, le obligaba. Resignado y suspirando como un anciano amargado, tomó asiento en el círculo que los demás empezaron a formar a su alrededor y torció el gesto cuando descubrió que a su derecha se había sentado un niño de pelo negro completamente desconocido. Green ni siquiera se esforzó por parecer amable. Creyó que eso terminaría pronto.

—¡Las instrucciones son fáciles! Uno pulsa el botón del centro y tiene que hacer lo que dicen las instrucciones. ¡Es un juego para hacer amigos! —exclamó la niña propietaria del juego, encantada por la atención y el éxito del mismo.

Un niño con el pelo verde no tardó en arrebatarle a Blue el manual de la mano y pasárselo a otro con gafas, de quien dijo leía muy bien. Éste no parecía tener demasiadas ganas de ser la persona que tuviera que pronunciar en alto palabras que seguramente serían complicadas, pero aun así decidió aceptar para evitar que los demás se le echaran encima. Una vez repartido el manual, a todos los niños les entró de pronto la timidez por saber quién sería el primero en pulsar. Blue destacó por encima de ellos admitiendo que si el juego era suyo, debía ser ella la primera en jugar.

Eso enfadó a Green.

—¡No es justo! ¡Tu puedes jugar siempre que quieras porque el juego es tuyo! —la acusó. Sabía que como argumento era bastante flojo, pero en su defensa se encontraba en una edad en la que siempre necesitaba ser el centro de atención de sus amigos. Su sonrisa se amplió cuando los niños que tenía a su alrededor le dieron la razón—. ¡Ya empiezo yo! —añadió, más feliz aun. No le hacía feliz empezar. Le hacía feliz ser él quien recibiera todas las miradas de los niños. Seguramente a Blue no le gustara tanto y con el tiempo y su amistad, Green se encargaría de disculparse por ello, igual que lo haría con Red por sus constantes burlas hacia él durante su etapa como entrenadores. Pero aun faltaba mucho para ello.

Al pulsar el botón del "Azarmigo", una luz potente de color blanco empezó a girar de modo tentativo entre todas las etiquetas de brillantes colores que había en el aparato. Green descubrió que desconocía dos o tres de ellas. Todavía no le habían enseñado que existían pokémon de dragón, de acero o de tipo siniestro. Su sorpresa al ver esos dibujos nuevos para él murió cuando la luz se detuvo en el tipo agua.

Al principio, Green se sintió decepcionado. Hasta el momento de tipo agua sólo conocía a Magikarp y le parecía un pokémon que dejaba bastante que desear. Por fuerza, lo que fuera que le hubiera tocado tenía que ser malo. Perdiendo la paciencia y con el ceño fruncido, su atención (y la de todos los niños) se dirigió al pequeño de gafas que tenía el manual en sus manos. Éste tardó todavía unos minutos más es encontrar la sección de los significados de los colores y leer las indicaciones.

—«Dale la mano durante diez segundos a la persona que se encuentre a tu derecha».

—¡Vaya tontería! —gritó Green, chulesco, alzando el mentón. Dirigió su mirada hacia su amigo Brutus y le tendió la mano—. ¡Toma! ¡Acabemos rápido!

Brutus no le dio la mano. De hecho, se quedó en silencio, sorprendido. No muchos niños lo entendieron, pero otros sí fruncieron los ceños contemplando a Green con confusión. Al sentirse observado de modo tan poco agradable, Green se cruzó de brazos y les contempló a todos con desagrado—. ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Es que no funciona así el juego?

—Brutus está a tu izquierda —le indicó Blue finalmente con voz aun sorprendida.

Green alzó ambas cejas y dejó caer sus brazos a su lado. Sorprendido, se giró hacia el otro lado y vio allí al niño raro de pelo negro de quien ya se había olvidado. El niño le contemplaba fijamente y tenía la mano alzada en su dirección. A Green al principio le pareció absurdo y desagradable y no tardó en intentar poner una excusa para evitar llevar a cabo aquello que él consideraba un castigo.

—Ésta ha sido de prueba. ¡Volveré a pulsar!

Blue apartó el aparato de Green lo más rápido que pudo y le impidió pulsar. Green la contempló con sorpresa y más aun cuando todos los niños a su alrededor empezaron a echarle en cara que tenía que cumplir con su reto. Indignado, Green se giró hacia su derecha y vio al niño raro todavía con la mano tendida en su dirección. El brazo le temblaba un poco, señal de que empezaba a cansársele, pero seguía apuntando insistentemente en su dirección para que Green le tomara la mano. Finalmente y resignado, el rubio tomó asiento de nuevo y aceptó estrechar la mano del niño raro. Todos los demás a su alrededor empezaron a contar.

—Uno, dos, tres…

Iban demasiado lentos para el gusto de Green. Nervioso, paseó su mirada de Brutus (maldito traidior) a Blue pasando por el de gafas que tenía el manual y el niño de pelo verde que se lo había dado. Finalmente, cuando sus ojos llegaron a Red, vio en los del otro niño una decisión que le dejó completamente congelado en su sitio. Hipnotizado.

—Cinco, seis, siete…"Tienes que venir. Ya".

Ésas fueron las cuatro únicas palabras que Green le dedicó cuando Red descolgó el Poké-Gear y se lo colocó contra la oreja. Confundido y un tanto molesto, por qué no, Red esperó inmóvil unos minutos más a que su mejor amigo le diera una buena explicación a por qué debía apresurarse tanto, pero el silencio al otro lado de la línea le hizo presagiar que Green podría muy bien haber colgado indiscriminadamente tras su imperiosa orden. Suspirando, Red se apartó el dispositivo del oído y contempló su pantalla. Casi se sintió consolado en cuanto vio que, en efecto, la llamada se había cortado hacía varios segundos, pero su consternación sustituyó esa pequeña satisfacción en cuanto Red empezó a pensar en el motivo que Green podría tener para pedirle de aquella manera apresurada que le buscara.

Ésa era otra. ¿Dónde se suponía que tenía que buscar Red a Green? La respuesta más lógica era en su casa, pero su amigo tampoco le había dado datos concretos acerca de su ubicación. Tampoco de su situación. ¿Le habría atacado un pokémon salvaje y estaría luchando por su vida o por contra se habría encontrado con un pequeño Spinarak en su jardín y estaría esperando a que Red apareciera para apartarlo? No, aquello no era un ejemplo vacío; había sucedido en una ocasión anterior. Al llegar al jardín de Green, Red se había encontrado con que su amigo se abrazaba con fuerza a su hermana —visiblemente igual de aterrada que él— sentados ambos en lo alto de una mesa de jardín. A pocos metros de ellos, un Spinarak más bien pequeño se divertía llenando de telarañas el huerto de bayas de los propietarios de la edificación. Las pokéball de Green habían yacido en aquella ocasión en el interior de su bolsa, dentro del edificio, y habían sido inaccesibles para ellos sin tener que pasar por delante de la gigantesca araña verde.

Red había cogido una rama para mover al pokémon y en cuestión de minutos el asunto había quedado zanjado. Pese a lo contrariado que se sintió en aquella ocasión al llegar a casa de Green y comprobar cuán poco había valido su esfuerzo de correr hacia allí como si la vida le fuera en ello (Green le había llamado alarmado alegando que un pokémon enorme y salvaje había allanado su casa y estaba a punto de devorarle a él y a Daisy), Red se había sentido mejor al ver la expresión de satisfacción de su amigo tras el salvamento in extremis. Algo en la sonrisa del muchacho o en su expresión fanfarrona cuando se creía mejor que Red en algo le hacía siempre regresar hacia él.

Aquella ocasión, no fue distinta. Pese a saber que quizá Green le estaría necesitando únicamente para que le ayudara a rascarse la espalda, Red se vistió con brío y salió de su casa corriendo, olvidando tras de sí el famoso Poké-Gear al que, sinceramente, no prestaba demasiada atención. Aquella especie de elemento de comunicación resultaba totalmente inútil para un chico mudo como él, pero por algún motivo y tras su largo periodo de abstracción en el Mt. Silver, Green prácticamente le había obligado a comprarse el mejor del mercado y a tenerlo siempre encima. Red había medio-cumplido la primera parte (quererlo de color rojo le había costado 150 poké-dólares más de los que había estado dispuesto a gastarse), pero con la segunda experimentaba un poco más de dificultad. Siempre dejaba el aparato olvidado en alguna mochila, en algún bolsillo de alguna chaqueta o en algún calcetín en el cesto de la ropa sucia. Y cuando sonaba se pasaba largos minutos intentando encontrarlo.

Por suerte para él, Green era perfectamente consciente de ello y siempre llamaba cinco veces antes de darse por vencido. Por suerte para él, Green era el único que tenía su número y el único que le llamaba.

Cuando finalmente Red llegó a la casa de Green —sudoroso y con la cara enrojecida a causa de la carrera—, se sintió ligeramente perdido al no encontrar a su amigo en su propia puerta, el lugar en el que normalmente le esperaba antes de criticar su falta de puntualidad. En aquellos momentos Red solía fruncir el ceño e indicarle a Green mediante lenguaje de signos que había corrido todo lo que había podido. Su amigo, quien tras su gran discusión y posterior viaje a Alola había decidido aprender el mismo lenguaje para comunicarse con Red, solía sonreír entonces e indicarle que lo sabía y que únicamente quería tomarle el pelo. En aquella ocasión, no obstante, no parecía haber ningún Green con ganas de criticarle y tampoco ninguna conversación mediante gestos. No había nada. Red decidió entonces golpear la puerta de entrada con los nudillos —algo que estaba aprendiendo a hacer, pues él era más de abrir la puerta y entrar, gesto que había marcado la mayoría de sus viajes—, pero su preocupación aumentó cuando tampoco esos golpes provocaron movimiento alguno.

¿Se habría comido el Spinarak a Green? ¿Los pokémon tipo bicho comían humanos?

Más preguntas pesimistas se amontonaron en la cabeza de Red durante aquellos largos minutos hasta que finalmente una voz le sacó de sus cavilaciones. Red se giró hacia la derecha y vio allí, procedente del garaje, a un Green despeinado y vestido con ropa informal y mal planchada que le saludaba con la mano y una sonrisa en el rostro. Pese a todo, Red tuvo que morderse la lengua al notar que incluso con aquellas pintas y dejadez, Green lucía muy atractivo.

—¡Estoy aquí! ¡Gracias por venir! —le indicó Green en cuanto llegó a su altura.

Red siguió frunciendo su ceño.

—¿No hay quejas por la puntualidad hoy? —le preguntó, haciendo uso de su lenguaje de signos.

Su amigo interpretó correctamente sus palabras y se echó a reír con alegría.

—No, no, hoy no. Anda, ven conmigo, tengo algo que enseñarte.

El Campeón siguió a Green hacia el garaje y se agachó para pasar por debajo de la puerta metálica horizontal que se encontraba medio abierta. Una vez en el interior de aquella habitación, se sorprendió por todo lo que encontró en ella. El garaje de Green era un habitáculo grande lleno de estanterías metálicas que a su vez contenían cajas de cartón debidamente etiquetadas pero abiertas y revueltas. Red estaba seguro de que en algún momento ese garaje habría servido como taller para reparar pokéballs, pues había un escritorio lleno de papeles y piezas perdidas, pero parecía que hacía mucho tiempo que nadie le daba ese uso. Green se dirigió hacia el fondo de la habitación, lugar en el que había un grupo de cajas amontonadas en el suelo, y se agachó para coger de una de ellas un pequeño aparato redondo de plástico y lleno de polvo. Curiosamente a Red le resultó familiar.

—He estado ordenando un poco ésto —le indicó a Red. Éste estuvo a punto de llevarle la contraria —pues el estado de la habitación indicaba que hacía mucho que nadie ordenaba nada allí—, pero se mantuvo en silencio por el bien de su relación. Con expresión curiosa, esperó a que Green siguiera explicándose—. Y mira qué he encontrado. Ni siquiera recordaba que lo tenía. Es uno de los poké-juegos más antiguos que recuerdo. Para ser sinceros del todo, pensaba que era de Blue. Quizá debí quedármelo yo por equivocación —le explicó, contemplando el objeto con tal adoración que incluso Red empezó a sentirse un poco celoso.

—¿Qué es? —le preguntó finalmente con gestos, viendo que Green no parecía por la labor de explicarse.

—¿No lo recuerdas? —El muchacho de pelo castaño pareció sorprendido. Contempló a Red con los ojos muy abiertos y seguidamente bajó la mirada hacia la pieza de plástico, abochornado. El muchacho de cabello negro no fue capaz de entender por qué, pero simplemente siguió esperando a que el otro se explicara—. Es un "Azarmigo" —le dijo como toda explicación, consiguiendo empezar a poner nervioso a Red. Green colocó el "azarmigo" en el suelo y a continuación le sacó el polvo de encima con una mano, dejando ver a Red que aquello que había creído que solo era una palangana de color rojo contenía en realidad varios dibujos. El entrenador campeón no tardó en reconocerlos: eran tipos de pokémon. Algunos de ellos estaban lo suficientemente mancillados por el tiempo como para no resultar reconocibles por su color, pero otros eran perfectamente claros.

Red se arrodilló, poniéndose a la altura de su amigo, y siguió contemplando con interés el juego. Le resultaba conocido, pero no era capaz de recordar para qué servía.

—Servía para hacer amigos —reconoció Green, con un poco de vergüenza. Red le contempló en silencio durante unos minutos. Sabía que el entrenador de Eevee era bueno relacionándose con los demás. Era sociable, extrovertido y no temía hablar con desconocidos. Fue por ello por lo que le sorprendió saber que Green guardaba con semejante cuidado algo que le encajaba tan poco. Un "azarmigo" sonaba como algo que usaría él, no Green—. Había un manual de instrucciones… —musitó el muchacho de cabello claro, completamente ajeno a los pensamientos de Red. Rebuscó algo a su alrededor y finalmente encontró una caja de cartón de colores degradados que contenía en su interior un pequeño manual de hojas amarillentas. Abrió la página del medio, la que parecía haber sido usada en más ocasiones, y se lo enseñó a Red—. Se formaba un círculo alrededor del juego y cada niño pulsaba el botón del medio para que la máquina iluminara un tipo de poder en concreto. En aquella época todavía no habían descubierto los movimientos tipo hada…

Red parpadeó, confuso, y miró el "azarmigo" con interés. Era cierto. En los tipos que había dibujados faltaba el rosa de los pokémon tipo hada.

—Cada tipo de poder confería una acción a realizar. Por ejemplo, si te salía el azul del agua… —empezó a decir Green. Seguidamente se calló para buscar en la lista del manual qué instrucciones debí seguir si a alguien le salía el color azul. Soltó un pequeño grito de emoción cuando lo encontró—. ¡Aquí está! «Dale la mano durante diez segundos a la persona que se encuentre a tu derecha». Y tenías que cumplirlo. —Green levantó la mirada del manual y le dedicó a Red una sonrisa joven, casi de niño. Red creyó ver en él al pequeño que había sido su amigo mucho tiempo atrás, antes incluso de que ambos empezaran a formarse como entrenadores pokémon. Aquella visión le resultó preciosa—. Al principio era algo incómodo, pero pronto empezabas a reírte con la cara de todos los que te miraban y con la persona a la que le dabas la mano. Al final del juego todo el mundo terminaba siendo amigo de los demás.

—No parece el tipo de juego que a ti te pudiera gustar jugar —se atrevió a indicarle a Green.

Éste perdió su sonrisa y pareció meditarlo un momento hasta que asintió.

—Quizá no.

A Red le dio la sensación de que Green ocultaba algo, pero no quiso indagar más en el tema. Sea como fuere, Green le interrumpió con ánimos renovados y esa energía tan propia de él que contrastaba tanto con el modo calmado de ver el mundo del propio Red.

—¿Quieres jugar? ¡Podríamos probar a jugar una ronda! A ver qué tal nos va y para recordar viejos tiempos.

Antes de que Red tuviera tiempo de indicarle que el aparato seguramente no tendría pilas ya, Green lo puso en funcionamiento, demostrando que ya tenía planeado jugar con Red antes de que él llegara. No demasiado seguro de lo que podría suceder con ese juego para críos pero confiando en que Green sería feliz con el resultado, Red tomó asiento delante de su amigo y ambos dejaron el "Azarmigo" entre ellos, de modo que les fuera sencillo colocar la mano en el interruptor del centro en cuanto fuera su turno. Red preguntó quién empezaba, pero Green ni siquiera le respondió antes de pulsar el botón central. La máquina, con las luces con poca intensidad a causa de su antigüedad, empezó a emitir sonidos suaves y a pasearse entre las opciones. El proceso duró muchos segundos, segundos que al entrenador de rojo le parecieron eternos, hasta que finalmente la luz se detuvo justo cuando Red empezaba a plantearse que no funcionara. Intentando adivinar qué tipo sería, Red se inclinó hacia delante para verlo mejor. Su cabeza chocó con suavidad contra la de Green, quien había hecho lo mismo para comprobar su resultado. Ambos se apartaron con timidez, pero sin decir nada al respecto.

—¿Qué ha tocado? —le preguntó.

—Tierra… —Green no parecía del todo contento con su resultado, pero lo disimuló buscando en el manual qué era lo que implicaba aquel color. Se rió solo antes de leerlo en voz alta—: «Desvélale al jugador de tu derecha cuál es tu pokémon favorito». Ésa es fácil, ¿no? —preguntó Green, mirando a Red a los ojos con una sonrisa. El de cabello claro respondió en cuanto Red tuvo claro que mencionaría a su querido Eevee—. Pidgeot.

Red sintió que perdía el equilibrio. Su expresión lo dijo todo.

—¿Qué? ¿Creías que diría "Eevee"? —preguntó Green, sonriente. Red asintió con efusividad—. Sí, adoro a mi Eevee y no lo cambiaría por nada del mundo. Es mi pequeño amigo. Mi compañero más fiel. Pero no vayamos a compararlo físicamente con la majestuosidad de Pidgeot. ¿Has visto qué pelo largo más cuidado que tiene mi Pokémon? Y como despliega las alas cuando quiere mimos… —empezó a canturrear, eufórico. Red intentó recuperarse de la impresión y asintió, no demasiado convencido. Estaba de acuerdo en que Pidgeot era un pokémon elegante y bello, pero si hubiera respondido él, sin duda habría mencionado a Pikachu antes que a cualquier otro.

Aquella era otra de las cosas que les hacía tan distintos cuando combatían. Red era pasional. Green era práctico.

—Venga, tu turno.

Red asintió y pulsó el botón del centro del "Azarmigo". Nuevamente la luz empezó a dar vueltas, aunque para horror de Red se pareció apagar dos o tres veces antes de terminar sobre el panel del tipo volador. Red levantó entonces la cabeza y posó su atención en Green, a la espera de que éste leyera qué era lo que significaba el vuelo. El muchacho asintió, tomó el manual y leyó en voz alta:

—«Cambio de sitio. Este tipo sirve para que los participantes se sienten en otro orden y así puedan conocerse más entre sí». —Red se sintió decepcionado al instante y Green no tardó en notar que sus hombros se habían hundido.

—Lo siento… —comentó, apenado—. Supongo que ésto no es tan divertido cuando somos dos, ¿verdad?

Red contempló con atención a Green. Parecía entristecido. Pese a no haber querido formar parte del juego al principio, el entrenador de rojo había descubierto que el "Azarmigo" parecía poner de muy buen humor a su compañero. Verle de aquella manera tras una única ronda de juego hizo que sintiera lástima por el Green que había puesto tantas ganas en su primera lanzada. Esperando poderle reconfortar, Red se levantó apoyando su peso en sus rodillas y seguidamente le pidió a Green que le imitara. Éste no entendió qué era lo que sucedía hasta que Red ocupó el asiento que anteriormente había ocupado Green. Estaban haciendo un cambio de lugares. La alegría volvió al rostro del rubio y con ella también la fanfarronería.

—¡Parece que la suerte está de mi lado de momento! No te ha tocado nada bueno. Qué mala suerte tienes siempre —le picó. Red aguantó con gusto la crítica y asintió antes de permitir que Green pulsara el botón de nuevo. La luz se detuvo en ese momento en el tipo fuego. Green contempló a Red como si estuviera esperando a que éste le dijera qué significaba eso y el entrenador de rojo necesitó todavía unos segundos para entender que el manual había quedado a su lado tras el cambio de posiciones. Alargó la mano hacia él y se lo tendió a Green para que fuera éste quien siguiera leyendo—: «Dale un beso en la mejilla… al jugador que esté delante de ti».

Las mejillas de Green adquirieron de pronto un intenso tono carmín. Red también se sonrojó, aunque en su caso su pensamiento fue dirigido a las instrucciones del juego. Se preguntó qué tipo de juego obligaría a alguien a besar la mejilla de otro y llegó a la evidente respuesta de que, en efecto, un juego de niños. Un juego inocente que solo pretendía que un grupo pequeño de niños se lo pasaran bien durante un buen rato. Red alzó la mirada para contemplar a Green (quien a su vez le contemplaba avergonzado) y le indicó con gestos que no era necesario que lo hiciera, que podía volver a pulsar de nuevo. Green, cabezota como nadie, negó con la cabeza.

—No, voy a hacerlo. Así es el juego. Y esto es una chiquillada —le dijo a Red, con la voz temblorosa.

El entrenador de rojo asintió y cerró los ojos, esperando el contacto. Éste tardó tanto en producirse que Red creyó que nunca llegaría. Sorprendentemente para él, pronto empezó a sentir una respiración ajena sobre sus labios, provocando cosquillas en ellos, y su corazón se aceleró al pensar que Green le besaría en ellos. Esperanzado e impaciente, nervioso también como ninguno, Red abrió los ojos y buscó la presencia de Green cerca de él. Le vio inclinado sobre sí, también con los ojos cerrados y temblando de pies a cabeza. Su fanfarrón amigo parecía no tener demasiado claro cómo se besaba en la mejilla. Aquello le produjo a Red una sensación agradable. Primero porque, como él, se ponía nervioso por algo tan simple que a cualquiera le hubiera parecido ridículo. En segundo lugar porque quizá aquello significara que para él, Red era tan especial como Green lo era para él.

Adelantándose a Green, Red decidió finalmente depositar un beso en la mejilla de su compañero, muy cerca de la comisura de sus labios. Green pegó un bote en su lugar y le contempló, medio asustado medio avergonzado.

Red fingió sacarle importancia antes de pulsar de nuevo el botón del juego. Para su sorpresa, la luz se detuvo en ese momento en el botón de Dragón. Adelantándose a un Green que todavía no había salido aun de su estupor, Red se inclinó hacia el manual y leyó que el jugador que hubiera conseguido el tipo Dragón debía confesarle a los otros jugadores un pequeño secreto. Cuando Red posó su mirada en Green, descubrió que éste se encontraba en esos momentos leyendo la misma parte del manual con los ojos muy abiertos, visiblemente asustado y nervioso. Red chasqueó los dedos para conseguir su atención y seguidamente empezó a hablar con gestos.

—Siento mucho haberte arrebatado el título de Campeón —empezó. Green le entendió a la primera y abrió la boca, dispuesto a protestar sobre algo que había pasado tantos años atrás y que les había valido años de no hablarse, con Green haciéndose cargo del gimnasio de ciudad Verde y con Red viviendo alejado de todo el mundo en el Mt. Silver. Red no le permitió ni que empezara. Su mirada se volvió intensa, casi fiera. Y no bastó mucho más para conseguir acallar a Green (por una vez)—. Siento mucho tantos combates sin clemencia, la muerte de tu Raticate y mi inmadurez al no ser capaz de ver lo que te ocurría. Siento mucho todos esos años que nos pasamos sin hablar. Me alejé de ti porque necesitaba pensar.

Con el corazón compungido, Red intentó detenerle.

—Ya está bien, es un secreto, no veinticinco. Vuelve a sentarte y cállate, no es tu turno de-

Red prosiguió pese a la interrupción verbal.

—Siento mucho no haberme disculpado cuando regresé y también no haberte dicho en realidad por qué quería ir a Alola contigo. Siento mucho haberme pasado tantos años a tu lado callado sin revelarte lo que de verdad pasaba por mi cabeza. Quiero decírtelo, pero antes tengo que hacerte una pregunta. ¿Por qué te pone tan nervioso tener que pensar en besarme?

La cara de Green competía en color con la chaqueta de Red en aquellos momentos.

—¡Pues naturalmente porque somos dos personas creciditas que no pueden ir haciéndose arrumacos con sus amigos! —intentó justificarlo. La mirada de Red se intensificó.

—Eso no es una razón. Justamente porque somos mayores podemos…

—¡Hemos terminado esta pregunta! ¡Debemos seguir jugando! —le interrumpió de nuevo Green, visiblemente nervioso, acalorado y fuera de lugar. Casi con lágrimas con los ojos a causa de la vergüenza, Green pulsó de nuevo el botón central del "Azarmigo". La luz se detuvo en el color azul del tipo agua y ninguno de los dos necesitó consultar el manual de instrucciones para saber lo que aquello significaba. Green hizo el amago de volver a pulsar, pero Red no se lo permitió: tomó su mano y la sostuvo entre las suyas, obligándole así a mirarlo. Green intentó empezar a contar en alto cuántos segundos faltaban para que pudieran soltarse las manos, pero sus palabras murieron en sus labios cuando vio la intensidad con la que Red le miraba.

Parecía que el entrenador de rojo estuviera combatiendo. Estaba lleno de determinación. Ésa era la fuerza con la que había derrotado a todos los miembros del antiguo Alto Mando.

—Me pone nervioso… porque tú me pones nervioso. Siempre me has puesto nervioso —reconoció Green, sintiendo que sus manos temblaban a causa de la confesión arrancada a la fuerza. Red le dedicó una pequeña sonrisa suave. Abrió la boca para responderle, pero tarde fue consciente de que no tenía la capacidad de hablar. Frunció el ceño y por primera vez se arrepintió de ser el único mudo en aquella habitación. Soltó las manos de Green y con cuidado respondió aquello que había querido decir de manera verbal.

—¿Puede ser que siempre nos hayamos gustado mutuamente y nunca nos hayamos atrevido a decírselo al otro?

Green asintió con rapidez y efusividad. Red lo hizo de modo calmado y controlado. Alargó la mano hacia Green y atrajo su cabeza hacia sí, plantando sus labios sobre los del rubio. En aquella ocasión, fue un beso real. En aquella ocasión, careció de la dulzura con la que anteriormente le había besado al mejilla. Green sintió que sus nervios amenazaban con hacerle explotar, pero a la vez se sintió bien. Correcto. Como debería haberse sentido siempre. Red sonrió sobre sus labios cuando terminó el beso y seguidamente volvió a atacarle, aumentando aun más la fuerza con la que lo hacía. Mientras disfrutaba de tener por fin a Green entre sus brazos, Red se sorprendió pensando en que el "Azarmigo" era capaz de hacer que los niños se hicieran amigos, pero también que los adultos ganaran en sinceridad y valentía.

—¡Me he comprado un juego nuevo! —exclamó a pleno pulmón Blue en cuanto consiguió plantarse delante del grupo de niños que se encontraban en esos momentos desayunando juntos aprovechando un breve descanso de la excursión escolar.

Green, en aquel momento un mero renacuajo de ocho años, alzó la mirada para encontrarse con Blue, una niña a quien nunca había acabado de entender demasiado. Mientras la contemplaba preguntándose si debería o no hacerle caso, la niña procedió a explicar de qué iba su nuevo juego y sorprendentemente todos quienes la rodeaban se entusiasmaron, puede que quizá más por el funcionamiento a pilas del mismo que por sus posibles instrucciones. Animada por la atención que estaba recibiendo, Blue no tardó en empezar a invitar a otros niños que se encontraban en aquella excursión a participar, niños de otras clases y otros cursos. Niños a los que Green ni siquiera habría mirado dos veces de no haber sido porque de pronto éstos pretendían jugar a algo con ellos.

En otro momento, Green no hubiera participado. En aquel sintió que la presión de sus compañeros, quienes sí querían hacerlo, le obligaba. Resignado y suspirando como un anciano amargado, tomó asiento en el círculo que los demás empezaron a formar a su alrededor y torció el gesto cuando descubrió que a su derecha se había sentado un niño de pelo negro completamente desconocido. Green ni siquiera se esforzó por parecer amable. Creyó que eso terminaría pronto.

—¡Las instrucciones son fáciles! Uno pulsa el botón del centro y tiene que hacer lo que dicen las instrucciones. ¡Es un juego para hacer amigos! —exclamó la niña propietaria del juego, encantada por la atención y el éxito del mismo.

Un niño con el pelo verde no tardó en arrebatarle a Blue el manual de la mano y pasárselo a otro con gafas, de quien dijo leía muy bien. Éste no parecía tener demasiadas ganas de ser la persona que tuviera que pronunciar en alto palabras que seguramente serían complicadas, pero aun así decidió aceptar para evitar que los demás se le echaran encima. Una vez repartido el manual, a todos los niños les entró de pronto la timidez por saber quién sería el primero en pulsar. Blue destacó por encima de ellos admitiendo que si el juego era suyo, debía ser ella la primera en jugar.

Eso enfadó a Green.

—¡No es justo! ¡Tu puedes jugar siempre que quieras porque el juego es tuyo! —la acusó. Sabía que como argumento era bastante flojo, pero en su defensa se encontraba en una edad en la que siempre necesitaba ser el centro de atención de sus amigos. Su sonrisa se amplió cuando los niños que tenía a su alrededor le dieron la razón—. ¡Ya empiezo yo! —añadió, más feliz aun. No le hacía feliz empezar. Le hacía feliz ser él quien recibiera todas las miradas de los niños. Seguramente a Blue no le gustara tanto y con el tiempo y su amistad, Green se encargaría de disculparse por ello, igual que lo haría con Red por sus constantes burlas hacia él durante su etapa como entrenadores. Pero aun faltaba mucho para ello.

Al pulsar el botón del "Azarmigo", una luz potente de color blanco empezó a girar de modo tentativo entre todas las etiquetas de brillantes colores que había en el aparato. Green descubrió que desconocía dos o tres de ellas. Todavía no le habían enseñado que existían pokémon de dragón, de acero o de tipo siniestro. Su sorpresa al ver esos dibujos nuevos para él murió cuando la luz se detuvo en el tipo agua.

Al principio, Green se sintió decepcionado. Hasta el momento de tipo agua sólo conocía a Magikarp y le parecía un pokémon que dejaba bastante que desear. Por fuerza, lo que fuera que le hubiera tocado tenía que ser malo. Perdiendo la paciencia y con el ceño fruncido, su atención (y la de todos los niños) se dirigió al pequeño de gafas que tenía el manual en sus manos. Éste tardó todavía unos minutos más es encontrar la sección de los significados de los colores y leer las indicaciones.

—«Dale la mano durante diez segundos a la persona que se encuentre a tu derecha».

—¡Vaya tontería! —gritó Green, chulesco, alzando el mentón. Dirigió su mirada hacia su amigo Brutus y le tendió la mano—. ¡Toma! ¡Acabemos rápido!

Brutus no le dio la mano. De hecho, se quedó en silencio, sorprendido. No muchos niños lo entendieron, pero otros sí fruncieron los ceños contemplando a Green con confusión. Al sentirse observado de modo tan poco agradable, Green se cruzó de brazos y les contempló a todos con desagrado—. ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Es que no funciona así el juego?

—Brutus está a tu izquierda —le indicó Blue finalmente con voz aun sorprendida.

Green alzó ambas cejas y dejó caer sus brazos a su lado. Sorprendido, se giró hacia el otro lado y vio allí al niño raro de pelo negro de quien ya se había olvidado. El niño le contemplaba fijamente y tenía la mano alzada en su dirección. A Green al principio le pareció absurdo y desagradable y no tardó en intentar poner una excusa para evitar llevar a cabo aquello que él consideraba un castigo.

—Ésta ha sido de prueba. ¡Volveré a pulsar!

Blue apartó el aparato de Green lo más rápido que pudo y le impidió pulsar. Green la contempló con sorpresa y más aun cuando todos los niños a su alrededor empezaron a echarle en cara que tenía que cumplir con su reto. Indignado, Green se giró hacia su derecha y vio al niño raro todavía con la mano tendida en su dirección. El brazo le temblaba un poco, señal de que empezaba a cansársele, pero seguía apuntando insistentemente en su dirección para que Green le tomara la mano. Finalmente y resignado, el rubio tomó asiento de nuevo y aceptó estrechar la mano del niño raro. Todos los demás a su alrededor empezaron a contar.

—Uno, dos, tres…

Iban demasiado lentos para el gusto de Green. Nervioso, paseó su mirada de Brutus (maldito traidior) a Blue pasando por el de gafas que tenía el manual y el niño de pelo verde que se lo había dado. Finalmente, cuando sus ojos llegaron a Red, vio en los del otro niño una decisión que le dejó completamente congelado en su sitio. Hipnotizado.

—Cinco, seis, siete…

Green perdió el sentido del paso del tiempo mientras contemplaba aquella mirada tan inteligente y cautivadora. Pronto sus mejillas empezaron a teñirse de rojo y se sintió profundamente avergonzado. Red le estrechaba la mano con fuerza y Green la sentía muy caliente, pero también cómoda. Casi no podía creérselo —suficientes veces se había burlado de su hermana por decir lo mismo que él iba a decir en ese momento—, pero empezó incluso a sentir un cosquilleo de mariposas en el estómago.

—Nueve… ¡y diez!

Green se soltó con rapidez y violencia del niño y todos descubrieron entonces que su rostro lucía como el de un tomate. Divertidos, todos ellos empezaron a reírse con fuerzas, pero pronto perdieron el interés en Green en pro de decidir quién sería el siguiente que jugaría a aquello. No había pasado ni un turno cuando el niño rubio se levantó, enfadado y todavía con la cara como un tomate, y les interrumpió.

—¡Este juego es un asco! —exclamó, antes de darse media vuelta para marcharse. El niño raro que se sentaba a su derecha le tomó de la mano y con un movimiento hábil tiró de él para sentarle de nuevo. Nadie dijo nada al respecto y casi pareció que nadie hubiera oído las quejas de Green, pues todos siguieron jugando entre risas. Red y Green fueron los únicos que parecieron no hacerlo. Red estaba demasiado ocupado mirando fijamente el rostro de Green como si buscara un lápiz de color en él. Green estaba demasiado ocupado fingiendo que no se daba cuenta de ello y que su mano no echaba en falta a la del desconocido.

—Soy Red, por cierto —le susurró.

Green pegó un brinco a causa del nerviosismo y del enfado.

—¡Cállate!

Green perdió el sentido del paso del tiempo mientras contemplaba aquella mirada tan inteligente y cautivadora. Pronto sus mejillas empezaron a teñirse de rojo y se sintió profundamente avergonzado. Red le estrechaba la mano con fuerza y Green la sentía muy caliente, pero también cómoda. Casi no podía creérselo —suficientes veces se había burlado de su hermana por decir lo mismo que él iba a decir en ese momento—, pero empezó incluso a sentir un cosquilleo de mariposas en el estómago.

—Nueve… ¡y diez!

Green se soltó con rapidez y violencia del niño y todos descubrieron entonces que su rostro lucía como el de un tomate. Divertidos, todos ellos empezaron a reírse con fuerzas, pero pronto perdieron el interés en Green en pro de decidir quién sería el siguiente que jugaría a aquello. No había pasado ni un turno cuando el niño rubio se levantó, enfadado y todavía con la cara como un tomate, y les interrumpió.

—¡Este juego es un asco! —exclamó, antes de darse media vuelta para marcharse. El niño raro que se sentaba a su derecha le tomó de la mano y con un movimiento hábil tiró de él para sentarle de nuevo. Nadie dijo nada al respecto y casi pareció que nadie hubiera oído las quejas de Green, pues todos siguieron jugando entre risas. Red y Green fueron los únicos que parecieron no hacerlo. Red estaba demasiado ocupado mirando fijamente el rostro de Green como si buscara un lápiz de color en él. Green estaba demasiado ocupado fingiendo que no se daba cuenta de ello y que su mano no echaba en falta a la del desconocido.

—Soy Red, por cierto —le susurró.

Green pegó un brinco a causa del nerviosismo y del enfado.

—¡Cállate!