Notas:
Esta historia forma parte de la tercera edición de las Colaboraciones Artista-Fanficker del Club de Lectura de Fanfiction.
El arte en portada pertenece a mi compañera en esta travesía, Neblina Llameante. ¡No olviden visitar sus redes!
OS inspirado en un prompt suyo con la pareja Mitsuya x Hakkai en el canon actual: Hakkai pensó que a estas alturas de su vida tendría algo más que ofrecer, pero ahora que han vuelto a la vida de pandilleros esta vez liderados por Takemichi, reflexiona si acaso alguna vez será suficiente para Mitsuya.
¡Espero les guste!
Neblina, ha sido un placer colaborar contigo. Gracias por tanto, perdón por tan poco. ¡ailoviu!
Inalcanzable
Para Hakkai, el haber visto al chico que admiraba convertido en su versión más lamentable, fue como recibir un golpe fulminante en los primeros minutos de una pelea. O una de las poderosas patadas de Mikey, sin temor a exagerar.
Recordaba a la perfección que, aquella tarde, tuvo que luchar internamente contra sus ganas de salir del escondite dónde estaba junto a Chifuyu e Inupi, de empujar a Takemichi, y de asegurarse de que Mitsuya se alimentara en el acto. ¿Cómo fue posible que lo dejaran perder tanto peso en tan poco tiempo? Hakkai no pudo encontrar una explicación razonable.
Desde su perspectiva, Mitsuya no era ni la sombra del joven firme y optimista con el que se acostumbró a tratar. El aspecto que tenía dejaba mucho que desear, lo cual despertó su preocupación, la de los chicos y también la de Luna y Mana, esas inocentes niñas con las que Hakkai solía pasar horas de sana diversión. Las ojeras bajo los ojos de Takashi eclipsaban la belleza en el color de los mismos; el vello facial le crecía disparejo, haciéndolo aparentar mayor edad a la que en realidad tenía. En resumen, un desastre total.
El duelo por la muerte de Draken y la urgencia por cumplir una promesa lo estaban consumiendo de a poco. Sin embargo, todo lo anterior se trató de un camino que Mitsuya debía, sí o sí, recorrer por su cuenta para poder seguir adelante. Y cuando la competencia de diseño terminó con él como ganador indiscutible, el respeto que Hakkai le guardaba se elevó a las estrellas. Solo hasta entonces pudo volver a contemplarlo en una sola pieza, portando con orgullo el uniforme de la pandilla que tantas experiencias les dejó a ambos.
Mitsuya fue capaz de resurgir como un ave fénix a pesar de las adversidades. Claro, habían sido su entereza y resiliencia, las cualidades que lo cautivaron desde el principio, parte de las razones por las que Hakkai se enamoró total e irremediablemente de él.
Por desgracia, en medio de la enorme alegría que le provocó el verlo triunfar, surgió una vocecilla que, a partir de ese instante, insistiría en recordarle que él no era más que un espectador de su grandeza. Que ese fue su lugar desde antes, lo era entonces y lo sería para siempre. Hakkai nunca estaría al mismo nivel que Takashi Mitsuya, ni siquiera cerca.
Pasó muy malas noches luego de aceptar aquella idea como una verdad absoluta. Se aisló por un par de días en la soledad de su habitación, ignorando el hecho de que tenía un compromiso con la nueva pandilla que Takemichi estaba armando, que fue por su propia voluntad que se unió y que, en cierta forma, el volver a formar parte de algo lo hacía sentir importante. Continuar en el mundo de las pandillas junto a sus amigos le proporcionaba una pizca de sentido a su insípida existencia.
Menos mal que entre todo ese mar de negatividad y autodesprecio, ganó su parte racional. Cayó en cuenta de que no obtendría nada lamentándose por los rincones de su cuarto, hizo de tripas corazón y se armó de valor para salir a dar la cara al mundo. Era Hakkai Shiba, un adolescente cuya cobardía podía ser proporcional a su altura, pero que estaba cansado de cargar con ella a cuestas. Si tenía a su alcance la oportunidad de hacer algo por las personas que apreciaba, por mínimo que fuera, lo haría y no volvería atrás. Lo sucedido durante la Navidad de hace un par de años le dejó un aprendizaje permanente al cual aferrarse en las peores situaciones.
Fue así como terminó por decidir que lo mejor que podía hacer de momento era apoyar a Takemichi en su intento por salvar a Mikey, pero, sobre todo, se preparó para hacerlo por Mitsuya y por todo lo que él, en su momento, le brindó. No solo por lo ocurrido con Taiju tiempo atrás, sino desde el comienzo. Desde el primer día que fue acogido por él.
No obstante, decirlo siempre fue más sencillo que hacerlo. En cualquier momento del día, los pensamientos intrusivos reaparecían en su mente como una mala canción de moda y lo distraían, le robaban la escasa estabilidad que lograba mantener a diario. Eran estúpidos, Hakkai lo sabía, pero esto no evitaba que los tomara en cuenta. Estaban ahí, empañándole el juicio. Incluso durante las horas en las que iba de visita a casa de Takashi.
—¿En qué piensas, Hakkai?
La cabeza de Luna cubrió la foto de Mitsuya que tenía por fondo de pantalla. Era reciente, tomada a escondidas después del concurso y que ni se veía bien, pero retrataba su magnificencia. Ah, y era un secreto. Su secreto mejor guardado hasta el momento, pues había logrado ocultarla con éxito incluso de la indiscreta Yuzuha.
—¡Hermano, Hakkai tiene otra foto tuya de fondo de pantalla!
Y a su izquierda, la pequeña Mana se encargó de ponerlo en evidencia.
—¿Uh? —Mitsuya se giró a medias. El joven llevaba un buen rato batiendo algunos ingredientes dentro de un recipiente transparente —. ¿Qué sucede ahora?
Un sudor frío recorrió la espalda de Hakkai, sus manos empezaron a temblar mientras trataba de encontrar una salida al aprieto que se le venía encima. ¿Cómo diablos iba a explicar lo de la foto? No había modo. Quedaría como un acosador obsesionado con un chico que solo había sido amable con él, y seguramente pasaría una vergüenza más cuando lo echara de su casa por ser tan intenso. Tendría que olvidarse de él, de su amistad y de las remotas posibilidades de, algún día, poder tomarle la mano y…
—Hora de irme —avisó, levantándose de golpe. Enseguida guardó su celular, ocultando su preciado tesoro personal de los ojos curiosos de las niñas y de Mitsuya, por supuesto.
—¿No vas a quedarte a cenar? —Mana se aferró a su brazo izquierdo, mirándolo con ojos suplicantes por una respuesta afirmativa.
—No, yo… —Desvió la mirada hacia cualquier parte que no fuera el rostro bonito y extrañado de su amigo, ni el afligido de la pequeña—. Tengo que acompañar a Yuzuha a… un lugar.
—¿Qué lugar? —exigió saber Luna, con los brazos cruzados y un gesto de gato curioso. Claramente, no le creía nada y, si ella no lo hacía, resultaba obvio que Mitsuya tampoco lo haría.
—Al centro —mintió de nuevo.
—¿A qué?
—A comprar.
—¿A comprar qué?
—Basta, Luna. Estás siendo entrometida —Mitsuya intervino en su rescate, gracias al cielo—. Si Hakkai tiene que irse, debe hacerlo y punto. No tienes por qué cuestionarlo de esta forma. Ahora ayúdame un poco por acá que la cena casi está lista.
—Voy.
Hakkai vio que el semblante de la menor decayó al ser reprendida por su hermano. Fue un regaño muy leve, pero no pudo evitar sentir una punzada de culpa. Después de todo, Luna solo tenía curiosidad y él le respondió con mentiras mal sacadas de la manga. ¿Qué debería decir para tratar de reparar el daño que creía haber hecho?
—¿De verdad tienes que irte? —le preguntó Mitsuya una vez que Luna ingresó a la cocina y Mana partió rumbo a la sala para buscar un juguete.
—Sí. Lo lamento, Taka-chan. Prometo venir otro día.
Y vaya que sí resentía el tener que partir. Si por él fuera, se instalaría en un rincón con tal de permanecer más tiempo a su lado, haciendo cualquier cosa. Ah, mierda ¡Estaba loco por Mitsuya!
—Has estado actuando raro últimamente, ¿pasa algo?
«Qué no me pasa, más bien. Soy un manojo de nervios y negatividad que se siente diminuto al tenerte cerca», pensó.
—Nada, creo que es el estrés por la escuela y el tema de la pandilla.
—Ya. —El tono que usó el de cabello lila estuvo impregnado de incredulidad—. Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿cierto? —insistió aquel, cruzando los brazos.
Hakkai se sintió como un insecto bajo una lupa. Los ojos de su amigo no se apartaban de él, lo analizaban, y temía que sacará conclusiones que lo dejaran en evidencia. Por ende, cuando el peso de su mirada se volvió insoportable, desvió la suya hacia la puerta y carraspeó.
—Por supuesto —aseguró, sonriendo ansioso. Enseguida simuló ver la hora en su celular—. Oh, mira nada más. ¡Es tardísimo! Yuzuha va a matarme.
—Claro, claro. Ve, nos vemos luego.
Mitsuya se quedó observando hasta que su amigo salió por la puerta. Obviamente, tampoco se tragó el cuento de que iba a salir con Yuzuha, solo que no quiso presionarlo a decir nada más. En el fondo, temía que viejos problemas se estuvieran repitiendo y que Hakkai se lo guardara de nuevo. ¿Es que no le había dado el apoyo suficiente como para que le tuviera más confianza? Diablos, él creía que sí.
—Tu amigo mintió. —Luna asomó la cabeza desde la entrada a la cocina para hablar —. No es justo, tú nos has enseñado que siempre se debe decir la verdad.
—Luna, no sigas con ese tema.
—Está bien —dijo ella, haciendo un mohín inconforme —. Ah, pero que conste que Mana tiene razón, su fondo de pantalla es una foto tuya del concurso.
La menor emitió una risa juguetona antes de desaparecer de su campo de visión, dejándolo ahí, en medio de la estancia y con nuevas mortificaciones invadiendo sus pensamientos.
Usar el mismo uniforme de la extinta ToMan para enfrentar a Mikey fue la decisión más acertada. De esta manera, Mitsuya se ahorró el arduo trabajo de diseñar y confeccionar todos los uniformes desde cero. En cambio, se dedicó a arreglar detalles en los que ya poseían, remendar, poner botones faltantes u otras nimiedades. Para ello, tuvo que ponerse en contacto con cada uno de los integrantes de la pandilla, obligarlos a medirse el atuendo y asegurarse de que les quedara decente todavía, a excepción de los casos en donde sí se requería de uno nuevo.
No le llevó mucho tiempo porque el grupo se conformaba de pocas personas. A estas alturas, ya tenían la fecha encima. No pudieron encontrar a nadie más que se quisiera unir a ellos. Él trataba de no desanimarse, aferrándose a la idea de que los números no ganan batallas.
Al terminar su recorrido obligado, se dio cuenta de que faltaba el uniforme de un integrante por revisar: el de Hakkai. Le pareció extraño, ya que él casi siempre era el primero en cumplir con sus instrucciones. Hizo memoria solo para percatarse de que tenía varios días sin ir a su casa tal como se lo prometió la última vez. Por supuesto que lo había visto durante las reuniones para tomar acuerdos en relación con el siguiente movimiento de la pandilla, pero Hakkai parecía estar más distraído de lo usual. ¿Y así quería hacerle creer que todo iba bien? Pues qué pésimo intento.
Se trepó en su motocicleta para partir rumbo a la casa de los hermanos Shiba. El sol apenas comenzaba a descender, así que asumió que volvería a su hogar antes de que este se ocultara por completo. No le preocupaban sus hermanas porque era el día de descanso de su madre; las pequeñas estarían seguras con ella en casa.
Mientras las ruedas se deslizaban sobre el asfalto, Mitsuya se debatía internamente sobre si sería buena idea pedirle una explicación a Hakkai en relación con la foto suya que este mantenía como fondo de pantalla. Estaba enterado de ello desde antes y no le tomó importancia hasta ahora, sobre todo cuando, según Luna y Mana, ya se trataba de una muy diferente a la que él había visto en el pasado. Que Hakkai lo admiraba no era un secreto, pero ¿eso justificaba que lo pusiera de fondo de pantalla? Sí y no. Habiendo tantas personas en el mundo, a él le parecía absurdo que su amigo eligiera una foto suya para traerla ahí, donde podía verla a toda hora, como si… No. Definitivamente no.
Al llegar al lugar, descendió de su moto con calma. Él no iba a anunciarse a gritos desde la calle, planeaba tocar como cualquier persona normal en el mundo. Sin embargo, la puerta de la vivienda estaba abierta de par en par, dejando a la vista parte del pasillo interior. Bueno, ya no sonaba tan mal el recurrir a alzar la voz para hacer salir a su amigo.
Separó los labios para decir algo hasta que advirtió una cabellera color ocre balancearse con gran ímpetu. Sin lugar a dudas se trataba de Yuzuha, moviéndose cerca de la entrada a una de las habitaciones de la derecha. Mitsuya pronunció el nombre de la chica, pero ella no lo escuchó, parecía estar muy ocupada teniendo una acalorada discusión con una persona a la que no pudo ver desde ahí.
—¡¿Y entonces cuándo, eh? ¡¿Cuando él se enamore de alguien más y tengas que verlo suspirar?!
Mitsuya arqueó una ceja. Una charla entre amigas, seguramente. Lo que le indicaba que no era el mejor momento para interrumpir. Volvería al otro día o le llamaría a Hakkai para quedar. Se dio media vuelta y…
—Yo sabré cuándo hacerlo, Yuzuha. No presiones. Todavía estoy muy lejos de estar a su nivel.
Oh, aquella fue la voz de Hakkai en un tono nervioso. Ladeó la cabeza, ¿Debería escuchar el resto de la conversación?
—Hermano, llevas años tras él, me desespera ver cómo lo miras con tanto anhelo y que no muevas ni un dedo para confesarle lo que sientes.
¿Años? ¿Hakkai estaba enamorado de un chico? Contuvo la respiración y se apoyó contra la pared. La curiosidad pudo más que cualquier cosa, al tiempo que un presentimiento le sacudía el alma.
—¿Y qué? Es mi tiempo el que se pierde, no el tuyo.
—Ah, estupendo. Ahora te vas a poner grosero conmigo, como si yo tuviera la culpa de tus frustraciones. Tienes la solución en la palma de tu mano, Hakkai. ¡Dile a Mitsuya que te gusta, maldita sea!
—¿Por qué no sales y lo gritas a mitad de la calle?
—No hace falta, lo tienes grabado en la frente y el otro es tan ciego que ni así lo nota.
—No hables así de Taka-chan, Yu. Basta.
—Es lo que yo digo. Basta, hermanito. Te la pasas sintiéndote menos que cualquiera, estás con la mente en otro lado y no comes bien desde hace días. ¡Solo díselo! ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Lo peor ya había sucedido, aunque el par de hermanos no tuviera idea de ello.
Takashi se hallaba perplejo. Dejó de oír la discusión cuando su nombre y la palabra gustar fluyeron en una misma oración. Debió haberlo intuido, es decir, siempre estuvo muy claro para el resto del mundo, incluso para sí mismo. No obstante, él prefirió buscar respuestas socialmente aceptables ante las demostraciones de interés de Hakkai. Desde el comienzo lo trató como a un hermano, le permitió entrar a su hogar, convivir con sus hermanas, lo integró a la ToMan como vicecapitán de su división asignada y lo aceptó tal cual.
Y mierda, tal vez sus acciones también se prestaban a diversas interpretaciones. ¿Fue su culpa? ¿Lo ilusionó? ¡¿Lo hizo?! No, no, por supuesto que no. Siempre hacía las cosas de corazón, nunca fue su intención despertar en él otro tipo de sentimientos. Lo apreciaba, sí, de eso ni dudar. La compañía de Hakkai no se sentía invasiva, era reconfortante, cálida, agradable; jamás le había insinuado nada fuera de lugar. Se divertían estando juntos, sobraba química y…
Se apretó el puente de la nariz, el nudo en su garganta amenazaba con explotar para delatar su inoportuna presencia. La primera vez que cometía el error de escuchar conversaciones ajenas y venía a sucederle esto. Maldijo por lo bajo.
—¿De verdad no sabes qué podría ser peor? —El joven al interior retomó el hilo de la conversación—. Perder la amistad de Taka-chan, no volver hablar con él, que me odie por verlo como algo más, que me tenga asco, pero no lo entenderías. Somos muy diferentes, Yuzuha. Tú eres preciosa, inteligente, fuerte, y yo un inepto al que tuviste que proteger por años. No soy más que un cero a la izquierda.
—Hakkai…
—No, déjame terminar —las palabras de su amigo salían entrecortadas por el llanto que Mitsuya no veía caer de sus ojos, solo podía imaginarlo. Y hacerlo le punzaba el pecho —. Takashi Mitsuya no me gusta, esa etapa la sobrepasé cuando ocurrió lo de Taiju y él me apoyó a pesar de mi cobardía. Lo que siento hoy por él es amor, amor y nada más que eso. ¡Amo a Taka-chan!
Fue todo, las piernas de Mitsuya se debilitaron al escuchar una declaración de tal magnitud. La seguridad con la que brotó de la boca de Hakkai no dejaron cabida a la duda.
Se apoyó contra la pared otra vez y se deslizó hasta el suelo.
—Amor es una palabra fuerte, hermano. No deberías tomarla tan a la ligera. Somos jóvenes aún.
—Y es precisamente por esa razón que estoy convencido de que no hay otra mejor para describir mis sentimientos, Yu.
Hubo silencio, Mitsuya quería asomar la cabeza para comprobar lo que ocurría ahí dentro, pero reprimió sus ganas de hacerlo.
—Ven acá.
Fue lo último que escuchó antes de ponerse de pie y escapar para no ser descubierto. Ya había escuchado lo suficiente. El ajuste del uniforme podía esperar para otra ocasión.
El día del enfrentamiento, Mitsuya despertó más temprano de lo acostumbrado, abrazó a su madre antes de que ella se fuera a trabajar y llenó de besos a sus hermanas cuando partieron al colegio. No iba a tratarse de una pelea más y ya, él era consciente del peligro latente que representaba. Manjiro Sano y sus secuaces no estarían esperándolos para jugar a las manitas calientes. A pesar de ello, la decisión estaba tomada, no cambiaría de opinión en el último momento. Draken y Baji lo habrían querido así.
En consecuencia, luchaba por mantenerse optimista, pero en esta ocasión su mente parecía darle preferencia a las ideas realistas. El enfrentamiento podría significar un nuevo comienzo o el final de su existencia.
¿Se sentía conforme con lo que había logrado hasta hoy? Tal vez.
¿Pudo haberlo hecho mejor? Definitivamente, pero nadie diría que no lo intentó.
Si ganaban, retomaría el camino para cumplir su más grande sueño. Si ganaban, trabajaría muy duro para mejorar la calidad de vida de su familia. Si ganaban celebraría a lo grande con todos sus amigos. Si ganaban… aprovecharía para salir con alguien de corazón noble.
Las imágenes de Hakkai jugando con sus hermanas como un niño pequeño se reprodujeron en su cabeza como si de propaganda se tratara. No olvidaba lo que, sin querer, escuchó a Hakkai conversar con Yuzuha respecto a sus sentimientos hacia él. Su amigo habló de amor, de amor romántico, no hermandad ni amistad. Amor, puro y desinteresado.
Sacudió la cabeza, todos los comentarios de sus amigos cobraban sentido en este punto. Baji no bromeaba cuando le decía que Hakkai era como un cachorro, y no en sentido despectivo del término. Draken también mencionó algo al respecto, que era afortunado de tener a Hakkai a su lado. Y si se ponía a hacer memoria, estaba seguro de que lograría recordar incluso comentarios de Mikey. Era tan obvio que prefirió ignorarlo para no tener que pensar en ello, pero ahora le resultaba imposible hacerlo.
«Hakkai te quiere como se quieren los patos», le dijo Mana una noche, luego de que llevara a la cama para arroparla. No tuvo que preguntar el significado porque ella le entregó una hoja con la respuesta escrita, precedida de un dibujo con dos patitos abrazados.
Y listo, de nuevo se hallaba dándole vueltas a la misma cuestión a sabiendas de que la hora de la verdad se acercaba. El tiempo pasaba, obligándolo a enfocarse en la meta que compartía junto al resto de la pandilla.
Una vez que estuvo reunido con ellos, todos se pusieron en marcha para dirigirse al sitio acordado, el lugar donde se decidiría todo.
—Voy a partirle la cabeza pronto, Taka-chan —habló Hakkai, sin apartar la vista de Ran Haitani al otro lado de las vías.
—Oye, oye. Eso es asunto mío, ¿no te parece?
—Te golpeó la cabeza, no voy a perdonarlo nunca.
Negó, reprobando la actitud de su amigo a un costado, aun si por dentro su corazón se había saltado un latido ante su respuesta tan irracional. Hakkai era sorprendente sin siquiera proponérselo, esperaba que pronto se diera cuenta y dejara de menospreciarse.
La batalla comenzó con Takemichi liderando el grupo, los ánimos subían y bajaban conforme los demás iban resolviendo sus asuntos contra viejos contrincantes con los que tenían cuentas pendientes. Mitsuya se mostraba resuelto al tiempo que soltaba los primeros puñetazos, requería calentar el cuerpo para cuando llegaran hasta él el par de idiotas que le debían una. Hakkai se mantuvo cerca cuidando su espalda. Había quienes pretendían llegarles por detrás como solo los malditos cobardes acostumbrarían a hacer. Ninguno de los dos se detuvo a contar la cantidad de derribados que llevaban, de hacerlo perderían tiempo valioso. La adrenalina y la emoción se desbordaba desde lo más recóndito, trayéndoles a colación las memorias de sus días con la primera generación de la ToMan.
Desafortunadamente, había bastado un maldito segundo de distracción para que ambos se perdieran de vista. Entre tantos oponentes, era lógico que aquello sucediera. Sin embargo, Hakkai se enfocó en buscar a Mitsuya, abriéndose paso y derrumbando a quien se interpusiera en su camino. Tenía un objetivo en mente y no descansaría hasta cumplirlo, así se le fuera la vida en el proceso.
Dio un par de pasos y puñetazos certeros más hasta poder divisar la cabellera lila que nunca se cansaría de admirar, pero la sonrisa que comenzó a extender sus labios, rápidamente se borró. Los hermanos Haitani estaban haciendo de las suyas con Takashi, como siempre, golpeándolo entre los dos.
La sangre en sus venas hirvió ante lo que veía, la historia pintaba para repetirse y esta vez frente a sus narices. ¿Seguía siendo un inútil? ¿No era capaz de proteger a las personas que amaba ni siquiera ahora?
Claro que podía, estaba ahí para demostrarlo. Así que no pensó, simplemente actuó permitiendo que sus impulsos tomarán el control de la situación.
—¿Te encuentras bien, Taka-chan? —preguntó, reincorporándose luego de haberle asestado un buen golpe al insoportable Ran—. ¿Haber estado confeccionando ropa todo este tiempo te dejó oxidado?
—Llegas tarde, Hakkai. —Mitsuya respiraba agitado, pero había una sonrisa decorando su rostro y esa era una buena señal.
—Escuché tu voz a lo lejos gritándome "¡Ayúdame!", Taka-chan —bromeó para aligerar el ambiente.
—Yo nunca dije eso, idiota.
Ambos miraron hacia el frente mientras consideraban sus opciones. Una pelea de uno contra uno sería perfecta, pero no podían contar con ello al tratarse de esos dos. Al diablo, darse por vencidos tampoco formaba parte de sus intenciones.
Antes de que comenzaran a enfrentarse a los Haitani en una condición más nivelada, la inseguridad de Hakkai aprovechó para asomarse un momento y susurrarle tonterías. Palabras que no habrían tenido sentido de no ser porque tuvo que escuchar también la historia de cómo Mitsuya llegó a admirar alguna vez a ese par de pesados.
Estaba harto de sentirse así, poca cosa, sin chiste ni esperanza. Harto de ser un espectador. Dejó que sus emociones le dominaran por un rato, intentando arremeter contra sus oponentes, pero nada dio resultados.
—¿Qué pasa? Ven por nosotros, tarado. —Ran lo provocaba mientras corría junto a su hermano.
—¡Malditos… bastardos! —exclamó furioso e impotente. Las venas de su rostro se marcaban como nunca antes. Enseguida se echó a correr de nuevo tras ellos, tenía que darles su merecido a cada uno sin importar qué.
—¡Espera, Hakkai! —gritó Mitsuya, pero fue ignorado. Él no creía que fuera buena idea caer en el juego del par de hermanos. Necesitaban calcular sus movimientos o perderían y todo se iría a la mierda.
Le tomó varios segundos decidirse a seguirlos. Sería peor el resultado si lo dejaba solo a su suerte. Hakkai le preocupaba, era una persona importante para él, se había ganado el lugar a base de lealtad y muchas otras cualidades más. Seguía en su cabeza aquella conversación que escuchó por curiosidad, no era que no tuviera sus sospechas respecto a los verdaderos sentimientos de su compañero de toda la vida, pero escuchar que él lo dijera de viva voz fue completamente distinto. Una confirmación que se quedó adherida a su cerebro.
En el fondo, sabía que en algún momento tendría que tocar el tema con Hakkai, que la conversación no podía aplazarse para siempre por más que quisiera. ¿Cómo podría decirle que escuchó todo tras la puerta cuando hablaba con Yuzuha sin quedar como un chismoso?
Se detuvo por un instante para sacudir la cabeza y mirar hacia todas partes, no era el momento indicado para ponerse a pensar en tal cosa. Estaban en medio de una pelea a muerte contra Mikey y su nueva pandilla, no en un parque de diversiones.
Sin embargo, ¿qué sentía él por Hakkai? ¿Cariño de hermanos, amistad… amor?
—¡No ahora, maldita sea! ¡No justo ahora! —dijo para sí mismo.
Tal vez su conciencia le bombardeaba porque la muerte le respiraba en la nuca, no se trataba de una pelea más. Era La Pelea, la más importante y riesgosa luego de Tenjiku. Quizá no saldrían en una pieza de ahí, quizá era el último día, la última oportunidad para varios de ellos.
Y estaba exagerando como tantas veces se quejó de que Hakkai lo hiciera…
Muy bien. Lo pensaría, se tomaría un tiempo para aclarar sus sentimientos si el destino le sonreía al terminar el enfrentamiento, pero primero debía encontrar a Hakkai y acabar con los Haitani de una buena vez.
Deambuló entre algunos contenedores que parecían bastante sospechosos, demasiado juntos para su gusto.
—¡Maldita sea! ¡¿Dónde estás, Hakkai?! —Paseó la mirada de un lado a otro, no dejaba de sudar y su cuerpo pedía un descanso. Después de todo, sí estaba oxidado.
Apresuró el paso al notar un bulto con el uniforme de la ToMan tirado a unos cuantos metros. Era él.
Las manos le temblaron al llegar y tratar de reanimarlo. Balbuceó palabras que no llegó a entender ni él mismo, en especial luego de percatarse de la sangre fluyendo por la frente de Hakkai. Mierda.
El alma le volvió al cuerpo cuando lo vio abrir los ojos, solo hasta entonces pudo volver a respirar con normalidad. ¿Qué habría hecho si no reaccionaba? Pedir ayuda estando rodeados de enemigos era un sueño imposible de realizar.
No obstante, bajar la guardia tan pronto le costó el caer justo donde los querían a ambos. Su cuerpo se tensó al percibir el movimiento y los pasos de varios integrantes de la Kanto detrás de él. Oficialmente estaban jodidos.
No hubo tiempo de lamentarse, por ello, se puso de pie nuevamente para tratar de hacerse cargo de esos sujetos mientras los Haitani disfrutaban el paisaje de lejos. Dio patadas, puñetazos y lo que hiciera falta, Mitsuya no dejó de repartir golpes a cada individuo que se le acercaba con las mismas intenciones, pero no iba a soportar tanto como le hubiese gustado.
Necesitaba apoyo. Necesitaba a Hakkai a su lado como tantas otras veces, por desgracia este no parecía tener la fuerza para seguir adelante.
—¡¿Cuánto tiempo más vas a seguir dormido?! ¡Arriba, Hakkai! —gritó, echando un ojo hacia él. Se le agotaban las energías que le quedaban para continuar lidiando con tantos tipos.
Rindo se burló de su petición, haciendo alarde de la estúpida costumbre que tenían ambos hermanos de golpear con objetos metálicos directo a la cabeza. Mitsuya odiaba sus juegos sucios, alguien tenía que enseñarles a pelear derecho, como integrantes honorables de una pandilla. Una lección que no sería capaz de darles en su condición, menos con Hakkai descontado en el suelo.
Contra todo pronóstico, este último se levantó completamente repuesto, como si tan solo hubiera tomado una breve siesta para reponer fuerzas. Mitsuya no pudo evitar reír, agradeciendo por dentro que el chico se encontrara bien y que la suerte estuviera de su lado, al menos por un rato.
Hakkai le ayudó a quitarse a los sujetos restantes, ahora sí venía la hora de hacerles frente a esos dos.
—Les daré una paliza en solo cinco minutos —sentenció, preparando sus puños para ello. Su cuerpo pedía revancha y una descarga de adrenalina.
Las circunstancias cambiaron a partir de ahí. Mitsuya no tenía ni la más mínima idea de cómo afrontarían el problema, o más bien, el par de problemas que los observaban con fastidio. Intentar golpear a uno les tomaba tantas complicaciones que el otro aprovechaba para tomarlos por sorpresa. Siempre terminaban siendo víctimas de la poderosa combinación que formaban los Haitani.
Aunque, por otro lado, Hakkai y él se conocían desde muy pequeños. Para este punto sabían las fortalezas y debilidades del otro, habían compartido ya hasta los tragos más amargos de su corta vida. Qué más daba si no eran como los tipos de enfrente, ellos también formaban una combinación bastante prometedora, basada en la confianza y la camaradería. Y tal vez, por un ingrediente más.
El detalle radicaba en que, pese a que estaba consciente de todo lo anterior, no descubría el modo de acabar con ellos.
—Taka-chan. —La voz de Hakkai le obligó a dedicarle una mirada que mezclaba su duda y asombro—. ¿Escucharías mi estrategia, por favor?
Lo siguiente que supo fue que su fiel compañero se había tomado muy en serio el tema, y que tampoco estaba dispuesto a perder por nada del mundo.
Hakkai expuso su punto lo más resumido que pudo, llevándose a Rindo sobre su hombro ni bien vio la oportunidad. Era una pésima estrategia, no hacía falta que nadie lo dijera, pero precisamente por esa razón fue que le pareció que la tasa de éxito sería elevada. Había decidido demostrarle al mundo, a Takashi y a sí mismo, que era un hombre capaz, que el lugar que ocupaba dentro de la pandilla, antes y ahora, se lo ganó con esfuerzo y dedicación.
Dejaría de autodenigrarse, ese era su nuevo propósito. Claro que no iba a ser fácil, pero por algo había que empezar, ¿no?
El mejor ejemplo se lo había dado Takemichi años atrás, cuando el escenario contra Taiju y los Black Dragons parecía desolador.
Hakkai ya no quería dar asco nunca más, usaría la violencia para defender a sus seres queridos y se convertiría en un hombre de provecho. Posiblemente, trazaría su camino con base en sus sentimientos unilaterales hacia Mitsuya. Después de todo, en su interior comenzaba a despertar un interés por el mundo de la moda. ¿Y qué importaba? Estaba eligiendo, nadie tomaba las decisiones importantes por él, ya nadie tenía que soportar dolor en su nombre. Hakkai disfrutaba de una nueva vida, de nuevos amaneceres y noches. El mundo se presentaba cada día con colores distintos. Se sentía vivo.
Se dio gusto soltando patadas y golpes contra su oponente, descargando la furia que su ser contenía desde hacía mucho. Furia e impotencia. Dolor e incertidumbre. No se detuvo ni para dejarlo respirar. El gran Rindo Haitani ya no parecía tan intimidante sin su hermano a un lado. Igual no pretendía confiarse.
A lo mejor no lograban vencer a Mikey y su pandilla tergiversada, a lo mejor su integridad se veía comprometida al final. Incluso podría ocurrir lo peor, pero no le interesaba. Le quedaría el enorme consuelo de saber que cambió, que luchó y que amó. Amó de todas las formas posibles:
A su familia.
A sus amigos.
A Takashi Mitsuya.
Al fin y al cabo, Yuzuha tenía la boca llena de razón. No existía nada de malo con tener un crush unilateral. Podía lidiar con eso, amar a Mitsuya era un verdadero placer.
—¡Esto se acabó, malditos bastardos! —proclamó, asestándole un puñetazo fulminante a Rindo.
Y así fue como ocurrió, el joven de cabello rubio con mechas ya no se levantó del suelo. Hakkai dio un suspiro prolongado, satisfecho con lo que acababa de lograr por su cuenta. Era la primera victoria que saboreaba ahora que sus inseguridades parecían haber perdido voz y voto.
Recordó entonces que todavía quedaba un Haitani del que encargarse. No dudada de la capacidad de Mitsuya para hacerle frente, sino que su preocupación pesaba más que cualquier razonamiento lógico. Por eso se echó a correr en la dirección en la que dejó a su compañero antes, necesitaba estar ahí por si algo llegaba a ocurrir.
Por su parte, Mitsuya acababa de ponerle punto final a su contienda, feliz porque a pesar de todo, tuvo una buena pelea. La emoción por haber resultado vencedor recorría su torrente sanguíneo. Estaba muerto de cansancio, pero aún le quedaba una pizca de energía que le incitaba a moverse de su sitio e ir en busca de Hakkai. No tuvo que andar mucho, pues el joven apareció ante él con el mismo rostro lleno de satisfacción que el suyo.
Ambos respiraban con dificultad, las gotas de sudor surcaban por cada centímetro de sus cuerpos. También se les distinguían rasguños leves, golpes que comenzaban a amoratarse, pero la adrenalina neutralizaba el dolor. Sin embargo, no era lo único que esta hormona provocaba en ellos.
—¿Estás bien, Taka-chan? —Hakkai dejó que su cuerpo reaccionara solo a lo que sus pensamientos requerían saber. En segundos estuvo de pie delante de Mitsuya, tomándolo por los hombros con efusividad, mandando a la mierda el concepto de espacio personal —. ¿Te hizo daño?
—Nada que no pueda soportar —explicó, tratando de regular su respiración—. Por cierto, qué idea tan tonta.
—¡Pero funcionó, Taka-chan! ¡Funcionó de mara…!
Un instante, un parpadeo, y luego la tibieza de unos labios, encajando perfectamente sobre los suyos. Fue tosco, rápido y eficaz. Mitsuya se había impulsado hacia él para besarlo sin previo aviso. Hakkai se quedó petrificado en su lugar, con los ojos abiertos de par en par.
—Pero… ¿Qué? —murmuró.
—Solo bésame, ¿Quieres?
Y como si se hubiese tratado de una orden, su cuerpo se inclinó para buscar aquellos labios que había soñado probar tantas y tantas veces. No fue cuidadoso, él no tenía ni la más remota idea de cómo diablos comenzar con tal acción, menos si sus manos debían tocar al otro o quedarse quietas, pero fue como si ellas tuvieran vida propia. Sus dedos se aferraron a su espalda, su cuello, sus brazos. No existía un punto fijo que le sirviera de ancla a la realidad. Lo besó, usó su lengua y también mordió.
No supo cuánto tiempo permanecieron en ese juego brusco de devorarse mutuamente, hasta que un gemido ahogado escapó de la boca de Mitsuya. Solamente ahí les pareció prudente detenerse, los dos tenían los labios enrojecidos y brillosos, el corazón alocado, el rostro colorado y las pupilas dilatadas. Jadeaban aún más que al terminar sus respectivas batallas.
Mitsuya fue el primero en recuperar la cordura, aclarando su garganta para romper el silencio incómodo que se formó luego de su forma de desfogar tanta adrenalina. En su defensa, cada uno de los factores involucrados se mezclaron para motivarlo a darle rienda suelta a sus ansias. ¡Tan solo era un adolescente con demasiados conflictos encima, carajo!
Y por suerte Hakkai siempre estaba ahí, con sus ojos de cachorro asustadizo, pero dispuesto a seguirlo al mismo infierno de ser necesario. Nunca antes conoció a alguien que lo mirara con tanta devoción, lamentaba haber tardado tanto en aceptar lo evidente.
—Andando, queda mucho por hacer aquí —. Palmeó su hombro antes de encaminar sus pasos apurados hacia el centro del conflicto, fingiendo que todo seguía igual, aunque no fuera así. Las cosas entre ellos tomarían un rumbo muy distinto luego de haber cruzado el límite de la amistad.
Hakkai asintió en automático, sus ojos amenazaban con llenarse de lágrimas y hacerlo quedar como un tonto frente a todo el mundo. Le daba igual, acababa de besarse con el chico que quería, con un amigo valioso. Era completamente normal que las emociones buscarán la manera de desbordarse por cualquier medio posible. No se sentía triste, de hecho, quería llorar de alegría, saltar en un pie, partirle la cara a toda la Kanto Manji él solo, pero sería pecar de estúpido.
Se llevó los dedos al borde de sus labios y sonrió. Ya habría tiempo para afrontar o repetir lo sucedido. Por ahora, debía mantenerse enfocado en derrotar a tantos adversarios como le fuera posible, los cuales seguramente serían varios, ya que sus energías se renovaron gracias a Mitsuya.
Dio grandes zancadas para alcanzarlo. Takashi no disimuló la sonrisa de satisfacción que le provocó el verlo acercarse entusiasmado.
—Hakkai —lo llamó una vez más, deteniéndose a escasos metros de encontrarse con Chifuyu y Akkun—. Cuando esto termine, hablaremos sobre lo que le dijiste a Yuzuha. —Los labios del aludido se separaron ligeramente —. Sí, es justo de lo que estás pensando. Ahora, hay que darnos prisa porque el show apenas empieza.
Y se echó a andar, dejando a Hakkai estupefacto.
De un minuto a otro la situación había dado un giro inesperado. Hakkai tenía el rostro herido por los golpes de su contrincante, pero solo podía sentir el cosquilleo que dejó la cálida mano de Mitsuya sobre su mejilla, así como la humedad en sus labios producto del apasionado beso salado que compartió con él.
El fuego de la esperanza de que sus sentimientos fueran correspondidos, se avivó con el combustible de sus caricias y sus palabras.
¿Quién le había dicho que no soñara tan alto? Ya ni siquiera lo recordaba.
Fin
