Capítulo 1
Peleas, confusión y amores no correspondidos
Mientras la abuela de André - y nana de Oscar - se alejaba de la zona de visitas del cuartel donde su nieto se encontraba luego de haberse enlistado como un soldado más de la Compañía B de la Guardia Nacional, André la despedía a lo lejos fingiendo compostura, pero había quedado conmocionado ante la noticia que había recibido hacía unos pocos minutos; Oscar había sido pedida en matrimonio por el Conde Victor Clement Floriane de Gerodelle, alguien a quien él conocía muy bien, y eso lo había dejado paralizado.
André sabía perfectamente lo que eso significaba; había escuchado esa frase muchas veces.
Durante su niñez en la casa de los Jarjayes, fue testigo de como una a una las cinco hermanas mayores de Oscar salían de su casa para iniciar su vida matrimonial, y todo partía de aquella frase que por primera vez le había sonado a pesadilla: "La señorita ha sido pedida en matrimonio...", "La señorita ha sido pedida en matrimonio...", repetía en su mente sin cesar, y sin poder procesar aún esa información.
Marion no había estado segura de los sentimientos de su nieto hacia su niña hasta ese día, en el que vio como el rostro del hijo de su hijo iba transformándose a medida que ella hablaba, y aunque él trataba de fingir naturalidad, la abuela notó de inmediato que la noticia lo había afectado.
Ella sabía que ambos eran inseparables, pero nunca sospechó que su nieto podría sentir algo más que amistad por la señorita de la casa hasta que Oscar le comentó que él se había enlistado en la Guardia Nacional.
Y no era cualquier regimiento; era justamente la compañía que la heredera de los Jarjayes comandaba. Además, la abuela sabía que no había sido una idea de su niña llevarlo con ella, ya que el mismo André le comentó que Oscar le había dicho que no era necesario que la acompañe más. Solamente una razón muy poderosa podría llevarlo a tomar una decisión así, porque eso significaba renunciar a todo lo que él estaba acostumbrado, y es que André era un joven que aún sin pertenecer a la nobleza había tenido una vida de privilegios.
La familia Jarjayes se caracterizaba por ser una familia excepcional con las personas que trabajaban en su mansión y en el resto de sus propiedades; todos eran generosos y amables, incluyendo al general, y si bien los empleados sabían que éste último había sido realmente duro al criar a la última de sus hijas y podía llegar a tener un carácter terrible, también sabían que como amo era un hombre generoso.
Pero no era el hecho de haber crecido en la casa de una familia noble lo que diferenciaba a André de otras personas de su misma clase social. En cuanto a su formación intelectual y de etiqueta, no había ninguna diferencia entre la educación que había recibido Oscar y la educación que había recibido André. El nieto de Marion había sido elegido por el mismo General Regnier De Jarjayes como compañero de su hija, y sabiendo que ambos tendrían que frecuentar el Palacio de Versalles, éste había dado instrucciones claras para que ambos aprendan a comportarse de acuerdo a las normas de la corte.
Sin embargo, mas allá de todas aquellas cosas que hacían que André no fuese un plebeyo ordinario, principalmente estaba el hecho de que había crecido al lado de Oscar, y siendo así, ella nunca lo vio diferente de sí misma, y es que su única diferencia era que Óscar era noble y André no.
Desde muy pequeña, a la heredera de los Jarjayes siempre le había parecido inapropiado que su nana intente que su amigo más cercano le llame Lady Oscar y la trate diferente sólo por ser la hija del general y la heredera de la familia. Para ella, ambos eran seres humanos y André particularmente había sido casi el centro de su vida durante su niñez.
¿Cómo podría tratar como a un empleado a la persona con la que se había peleado a golpes cuando era una niña, con la que había jugado a diario y con la que había aprendido los principales valores que en ese momento dirigían su vida?... Eso no era posible.
De la misma manera, André nunca pudo ver en ella a su ama, y jamás se dirigió a Oscar con especial pleitesía a menos que fuese para bromear con ella, por el contrario, él tenía tanta influencia sobre ella que era el único capaz de hacerla cambiar de opinión sobre decisiones que ya había tomado, y esto era debido a la confianza que habían construido durante sus años juntos; todos en la casa Jarjayes, y principalmente el general, sabían que Oscar solamente escuchaba a André.
Aún en el cuartel, y caminando hacia el carruaje que la llevaría de regreso a la mansión, la nana de Óscar pensaba convencida de que algo estaba pasando en el corazón de su nieto.
Por más que lo meditaba llegaba a la misma conclusión, y es que no tenía sentido que su nieto renuncie a comodidades que era imposible que tenga siendo un soldado de la Guardia Nacional, como una amplia habitación, una muy buena alimentación, y tiempo suficiente para leer, que era lo que más le gustaba; contrariamente a eso, la abuela sabía que los guardias franceses se alimentaban mal, y dormían en una litera dentro de un cuarto abarrotado de hombres del más bajo estrato social.
Sólo por un gran amor, alguien podría ser capaz de dar un giro a su vida de manera tan radical, y si eso era cierto, André tenía derecho a saber que era lo que estaba pasando con su niña. Sí; él tenía derecho a saber que ella se casaría pronto.
...
Cuando Marion se perdió en el horizonte, André corrió hacia las barracas absolutamente fuera de sí, sintiendo como si eso que le había contado su abuela no hubiera sido real; todo tenía que haber sido un sueño, no, una pesadilla, pensaba él.
Para su sorpresa, en el pasillo lo esperaban cinco de sus compañeros, los cuales ya estaban enterados del vínculo amo-sirviente entre Oscar y André, y al verlo llegar lo interceptaron con rudeza.
- Oye oye tuerto. Quiero tener una charla contigo. - le dijo el líder del grupo.
- ¿Una Charla? - respondió André, aunque con dificultades podía prestarle atención.
- Escuché que fuiste sirviente de esa mujer comandante... - le dijo el guardia muy enojado, y lo tomó de su uniforme con fuerza. - ¡Hijo de perra! ¡Me pone de los nervios ver a un hombre moviéndole la cola a los nobles! ¡Bastardo! - le gritó.
- Y no solo le mueve la cola. - mencionó un segundo guardia del grupo, echando más leña al fuego. - ¡Este nos espía para informarle a ella todo lo que es verdad y lo que no es! - dijo, y un certero golpe en el estómago dejó a André sin aliento.
- ¿Qué tal si vamos al almacén un rato? ¡eh! - dijo nuevamente el líder del grupo, y los cinco arrastraron a André hacia el almacén número cuatro.
Al llegar, lo arrojaron con violencia sobre los rifles del regimiento que se encontraban apoyados en la pared.
- Te daré una muy buena lección. - le dijo uno de los atacantes.
Inicialmente André no reaccionó ante el cobarde ataque, sin embargo, después de unos segundos fue llenándose de ira, y no solamente por tener que soportar todos esos insultos y agresiones, sino principalmente por la impotencia de saber que estaba a punto de perder para siempre a la mujer que amaba, sin poder hacer nada para evitarlo.
- Que curioso...- le respondió André a su agresor. - Yo también tengo algo molestándome hoy... ¡Aceptaré tu lección con gusto!
- ¿Cómo? - respondió el guardia, sorprendido por la desafiante reacción de su oponente.
A André ya no le importaba nada. Estaba molesto, desesperado, confundido. Todo lo que podía hacer era pelear para sacar todas esas emociones que se agolpaban con indomable furia en su interior, así que tomando uno de los rifles sobre los que había caído, el ex-asistente de Óscar atacó lleno de rabia al guardia que lo había provocado, iniciando así la pelea.
Al ver esa situación, otro de los guardias - testigo de lo que estaba sucediendo - dio la voz de alarma al resto de sus compañeros, los cuales acudieron raudamente hacia el almacén para ver que era lo que estaba pasando.
- ¡Hay una pelea! ¡El tuerto ha iniciado una pelea!... - vociferó.
Oscar, quien se encontraba en su despacho, pudo escuchar la voz de alerta y se levantó de su asiento sobresaltada. Sabía perfectamente que "el tuerto" era el sobrenombre que utilizaban los miembros de la Compañía B para referirse a André, pero también sabía que él no era de las personas que iniciaría una pelea, por lo que algo grave debía haber pasado para que reaccione así.
Mientras tanto, en el almacén cuatro, los miembros de la compañía B eran testigos de la desigual pelea, porque aunque los golpes de André eran certeros y había dejado malheridos a sus oponentes más fuertes, eran demasiados; dos de ellos ya lo habían acorralado, y lo golpeaban cobardemente sin darle la posibilidad de contraatacar o defenderse, todo a la vista del resto de los miembros de la Compañía B, los cuales no se atrevían a meterse.
Luego de pelear todo lo que pudo, André cayó al suelo muy golpeado y casi inconsciente, mientras que los agresores, muy satisfechos de haber cometido una acción tan vil, continuaron insultándolo incluso en ese momento, cuando ya no había forma de que él pudiera defenderse.
Sin embargo, ya dejando el lugar, los cinco cobardes se encontraron frente a frente con Alain De Soisson, quien era el más fuerte y peligroso de todo el regimiento.
- Oye, oye, si quieren pelearse primero tienen que hablar conmigo ¿soy su líder no? - le dijo al que había organizado el brutal ataque contra su amigo.
- Alain, te equivocas. Fue tan rápido que no tuve tiempo de avisarte. Una riña nada más. - le respondió el guardia, bastante nervioso.
- ¡Ah! Así que solo una riña... - le dijo Alain sarcásticamente, y sacó un puñal desde su manga. - En ese caso... ¡menos me gusta que sean cinco contra uno!. - indicó.
Los guardias sabían que Alain era una persona de la que había que temer, y que no estaba jugando.
- ¡No, Alain, espera! ¡No volverá a pasar! ¡Nunca más! - suplicó el guardia, ante el temor de ser atacado por Alain.
- Si tú lo dices... ¡Espero que no olvides que ese tuerto novato es mi amigo de copas! - dijo Alain refiriéndose a André.
- Si, lo recordaré...No te preocupes, lo recordaré. - respondió el guardia, tratando de tranquilizarlo y evitar así quedar mal con él, y luego todos se marcharon.
Alain sabía perfectamente como conoció a André y de qué manera llegó a la compañía B, ya que él mismo lo había recomendado, pero pensaba que había algo qué seguía sin encajar... ¿Por qué André se había enlistado en la Guardia Francesa siendo el sirviente de su nueva comandante? ¿Por qué exponerse así a que lo llamen espía, traidor, y a que lo traten de la manera en la que ya lo estaban tratando?... Simplemente no entendía sus razones.
Luego, y sin darle mucha importancia a lo que había sucedido, Alain se aproximó a él.
- ¡Vaya, te han dado bien esta vez! - le dijo a André, quien permanecía en el piso casi desmayado - ¡Oye, André!¡Levántate! - le ordenó, inclinándose a su lado.
Sin embargo al verlo de cerca, Alain se percató de que André lloraba amargamente, y escuchó las palabras que casi sin fuerza repetía en su desolación: "Oscar... No lo hagas... No te cases... No lo hagas..."
Alain lo miró con tristeza.
- Claro... De eso se trataba... - murmuró Alain para sí mismo.
En ese momento, al fin comprendió las razones por las cuales aquel joven que había conocido en un bar de París cuando parecía estar pasando por uno de los momentos más difíciles de su vida, le había pedido que le ayude a ingresar a la Guardia Nacional tan repentinamente.
Mientras tanto, desde la puerta del almacén, Oscar observaba impactada al malherido André.
Ella había llegado instantes después que Alain amenazara a los abusivos guardias, y alcanzó a escuchar las desesperadas palabras del que había sido su más cercano y querido amigo. Al hacerlo, se sintió abrumada por la tristeza, y no pudo reaccionar; estaba paralizada.
Al notar la presencia de su comandante, Alain pensó que lo mejor sería dejarlos solos, pero antes de irse se dirigió a su casi inconsciente amigo de copas.
- ¿Qué viste en esa mujer vestida de hombre? - le preguntó intrigado, aunque muy probablemente André ya no lo estaba escuchando.
Luego se dirigió a ella:
- Oiga, señorita comandante, será mejor que se encargue de él... Él estaba dispuesto a dar su vida por usted... - le dijo a Oscar, y se acercó a ella para captar cada una de su reacciones, dándose cuenta que su rostro delataba una profunda tristeza.
Unos segundos después, Alain se fue riendo, satisfecho de haber descubierto las razones de su amigo para permanecer ahí, pero también por haber descubierto un rastro de humanidad en los ojos de su comandante, quien no podía disimular el dolor que le producía ver a su amigo de la infancia en ese estado.
Ya solos, Oscar corrió hacia André, se arrodilló junto a él tomando un pañuelo de su bolsillo, secó sus lágrimas y trató de hablarle, aunque no estaba segura de que él estuviese en la capacidad de escucharla.
- André, no puedo cargarte sola. Necesito que te levantes y me ayudes a sacarte de aquí... - le susurró.
Él parecía inconsciente, pero alcanzó a escucharla, y siguiendo sus indicaciones se levantó tambaleante mientras Oscar tomaba su brazo y lo colocaba alrededor de su cuello para ayudarlo a caminar.
Con esfuerzos, ambos se dirigieron a la habitación que se encontraba al lado del despacho de Oscar, y que ella usaba los días en los que se quedaba a dormir en el cuartel.
Al llegar, colocó a André sobre su cama y él cayó totalmente inconsciente, le retiró las botas, lo cubrió con una manta, y salió rápidamente a pedirle a un mensajero que vaya por el doctor. Una vez que lo hizo, volvió a la habitación y observó a André pensativa.
¡Cuanto le dolía verlo así!
Ellos estaban distanciados debido a que él le había confesado sus verdaderos sentimientos hacia ella, y pensando en su bienestar Oscar había decidido alejarse de él para no ocasionarle más dolor, ya que en ese momento creía amar a Fersen.
Sin embargo, eso no significaba que no le importara André, lo quería..., lo quería y mucho. ¿Cómo no querer a una persona por la cual no dudaría en dar su propia vida?... André era la persona más cercana a ella, la persona que había estado a su lado en las buenas y en las malas desde que tenía uso de razón. Sin embargo, nunca creyó sentir ese tipo de amor por él, lo quería como se puede querer al mejor de los amigos, como se puede querer a alguien cuya existencia definía su propia existencia. Él era, sin duda, la persona más significativa de su vida, pero Óscar siempre se había convencido de que sólo sentía amistad por él, al menos hasta hacía unos días, ya que luego de que él le confesó que la amaba, algo había cambiado en su interior.
- "Es mucho más que amistad"... - pensaba Oscar, pero seguía sin saber como definir sus sentimientos hacia él.
Por aquel tiempo, André y Oscar casi no se dirigían la palabra, a pesar de estar cerca físicamente.
Tal como le había dicho el nieto de Marion luego de presentarse ante ella, él era un soldado más dentro de su compañía, y no estaba ahí para acompañarla. Dentro de todo, había decidido respetar el hecho de que ella no quería la compañía de nadie, pero sí estaría ahí para protegerla, pasara lo que pasara, y no le importaba la opinión de Oscar al respecto, ni lo que ella ni nadie pudieran pensar de él.
Por su parte, Oscar había decidido vivir como un hombre, había decidido dejar atrás su pasado y dejar de ser una marioneta de la corte. Quería endurecer su corazón, hacerlo de piedra para no volver a permitirse sentir nada que la hiciera sufrir como mujer, sin embargo, y por más que lo intentaba, no podía permanecer indiferente a todas las muestras de amor de André hacia ella, y la pared que había construido desde el alejamiento de Fersen se estaba desmoronando rápidamente ante las acciones desinteresadas y sacrificadas de su antiguo compañero, acciones que le probaban una y otra vez que su amor era verdadero.
¡Que poco lo había comprendido todos esos años!, pensaba Óscar con tristeza. Más adelante, la misma Oscar se daría cuenta de que no sólo no había podido comprender los sentimientos de André hacia ella durante todo ese tiempo, sino que tampoco se había sabido comprender a sí misma, ni a la profundidad de sus sentimientos hacia él.
- "Como me gustaría alejar de ti este sufrimiento…. " - pensó mirando a aquel apuesto joven con quien había compartido su vida desde los cinco años. - "Si fuese necesario que nunca me case para no volver a verte así, estaría... dispuesta .. a…"
Oscar se detuvo al escuchar sus propios pensamientos...
- "¡Pero qué estoy pensando?… Si no me caso es porque no quiero"...- se dijo a sí misma, pero luego, dejando de lado su dureza, acercó su mano al rostro de André y lo acarició con ternura.
- André, tú no tendrías que estar pasando por todo esto por mi culpa. Perdóname. - le dijo, pero él seguía inconsciente.
De pronto alguien tocó la puerta. Era el doctor y su ayudante.
- Comandante, ¿me mandó llamar? - dijo el doctor.
- Si doctor. Gracias por venir tan rápido. Hubo un incidente interno y uno de los miembros de mi compañía resultó herido. No quiero hacer un escándalo de esto, así que por favor le pido su discreción. - le dijo Oscar.
- No se preocupe Comandante, estoy aquí solamente por el paciente... - respondió el galeno.
El doctor se acercó a la cama y observó a André, el cual se veía muy golpeado.
- Por favor, ¿me ayuda a quitarle la camisa?... Necesito revisarlo.- le dijo el doctor a su ayudante.
Oscar se desconcertó. Al verla con el uniforme militar, el doctor no se había percatado de que ella era una mujer, pero en ese momento las explicaciones salían sobrando por lo que permaneció en la habitación en silencio mientras el ayudante del doctor le retiraba a André la parte superior de su uniforme.
Al verlo así, ella no pudo evitar admirar la perfecta complexión física de su amigo de la infancia, y se quedó sin aliento viendo la fuerte y esbelta figura que él tenía; en ese momento le pareció más masculino y más atractivo que nunca.
Oscar sabía que André tenía un hermoso rostro, que era alto, de buen porte, y que llamaba la atención por su belleza, pero nunca se había detenido a mirarlo como hasta ese instante, ni siquiera cuando se disfrazó del Caballero Negro, el cual también fue un momento en el que su cuerpo reaccionó como reaccionaría el cuerpo de cualquier mujer ante la presencia de un hombre al que desea. Sólo él provocaba en ella ese tipo de sensaciones, pero su mente prefería ignorar todo aquello.
Al lado de su cama, recordó aquellas ocasiones en las que había mirado con rabia a las damas de la corte que se atrevían a hacerle propuestas indecorosas y a mirarlo de forma inapropiada. Siempre las había juzgado duramente, pero ahora era ella la que no podía quitarle la mirada de encima.
Unos minutos después, Oscar volvió a la realidad, aunque aún un poco aturdida.
- Doctor, ¿Cómo se encuentra André? - preguntó.
- Sus heridas no son de gravedad, pero debe descansar un par de días. Descuide. - respondió el médico.
- Muchas gracias doctor. - le dijo Oscar aliviada, mientras el doctor se retiraba junto con su ayudante.
...
Ya había pasado una hora desde que Oscar llevó a André a la habitación donde ella pasaba sus noches de guardia en el cuartel.
No se había despegado de él en todo ese tiempo; lo estaba cuidando tal como lo había hecho siempre, y tal como él la cuidaría a ella en una situación semejante.
De pronto, André abrió los ojos y se desconcertó al ver a su antigua amiga a su lado, y por estar en un lugar que no reconocía.
- Oscar, ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? - dijo él, sobresaltado, tratando de levantarse y bastante confundido.
- ¿Es que no lo recuerdas?... Tuviste un altercado con algunos miembros de la Guardia, quedaste inconsciente y te traje aquí para que te examine el doctor. - le dijo ella con voz serena.
André seguía intentando levantarse de la cama, pero de repente se dio cuenta de que no tenía la camisa puesta, más si varios vendajes.
- Por favor no te levantes, quédate quieto. - le dijo Oscar, preocupada.
- Lamento esto Oscar, no era mi intención ocasionarte problemas. - le dijo André seriamente tratando de disculparse por lo ocurrido. - Será mejor que regrese a las barracas.
- Pero qué dices André. - le dijo ella bajando la mirada, y luego prosiguió. - André, tú no tendrías que estar pasando por todos estos problemas… Sería mejor que…
- Basta Oscar, por favor, no digas nada. - interrumpió André. - Las consecuencias de mis decisiones son responsabilidad mía, y de nadie más.
- Pero André.. - respondió ella, inquieta, pero él sonaba decidido, y ante eso ella no tenía nada más que decir. Lo conocía perfectamente y sabía que si bien su antiguo compañero de juegos podía ser muy tranquilo, cuando tomaba una decisión no había poder humano que lo pudiera hacer cambiar de parecer.
André se levantó sin ningún tipo de pudor, y ella desvió la vista para que su mirada no delate lo mucho que la impresionaba verlo con el torso desnudo. De pronto, mientras se ponía la camisa y el saco, André recordó con desolación la noticia que le había dado su abuela, que Oscar había recibido una propuesta de matrimonio, y hasta ese momento, esta propuesta no había sido rechazada por la familia Jarjayes, por lo que prácticamente ella era ahora una mujer comprometida.
La tenía frente a él y estaban solos... Podía decirle tantas cosas…., pero..., ¿qué podría él reclamarle o decirle? ... Se sentía sin derecho a nada.
Oscar retornó su mirada hacia él y se percató de que algo lo había afectado de repente, pero André trató de fingir que todo estaba bien, y le sonrió para que lo deje irse de ahí, ya que ya no soportaba más estar ante ella sabiendo lo que sabía.
- Oscar, ya me siento mejor. Regresaré a las barracas con los demás, no tienes que preocuparte por mí. - le dijo André.
Luego la miró fijamente con una mirada desolada, y salió de la habitación sin que Oscar pueda pronunciar ni una palabra, sin embargo ella había captado muy bien esa mirada, la cual fue como un cuchillo atravesándole el corazón.
Mientras tanto André, aún confundido por todo lo que estaba pasando, trató de mantenerse calmado para volver a la habitación que compartía con los otros guardias franceses, pero se sentía devastado.
...
Unos minutos más tarde, en las barracas, Alain hablaba con el resto de sus compañeros, quienes en sus literas o reunidos a su alrededor, escuchaban las palabras del líder del escuadrón.
- Caballeros, quiero aclararles algo: André está en este regimiento debido a que yo lo recomendé. Jamás traería aquí ni a un espía ni a un perro de los nobles, y no quiero escuchar una palabra más acerca de esto. - dijo Alain amenazante.
- Estoy de acuerdo. Yo no tengo nada contra él, André siempre ha sido muy amable conmigo y a mí me cae muy bien. - respondió el soldado La Salle.
Muchos de ellos estaban de acuerdo con eso, y respaldaron la orden de Alain. El nieto de Marion siempre había sido bastante agradable, y nunca había tenido problemas con hacer amistad con todo tipo de personas, sin embargo, aún tenía detractores en esa misma habitación, y es que muchos no toleraban que sea tan leal con alguien que pertenecía a la nobleza.
De repente, André entró a las barracas, y al verlo, Alain se dio cuenta de inmediato de que su amigo no estaba en su mejor momento.
- Oye André, he hablado con todos y les he aclarado que el responsable de que estés aquí soy yo. Nadie se atreverá a ponerte un dedo encima. - le indicó frente a toda la compañía.
- Alain, de mi lado todo está olvidado. - respondió André en tono calmado, aunque tenía el corazón tan destrozado que poco le hubiese importado que lo maten ahí mismo.
...
Ya eran las cinco de la tarde, y Oscar no había dejado de pensar en lo sucedido.
Se dirigía a las caballerizas para ir por su caballo y regresar a su casa, sin embargo, no podía sacar de su corazón el gran dolor que la invadía desde que vio a André con lágrimas en los ojos y casi inconsciente suplicarle que no se case, ni su mirada antes de regresar a las barracas.
- "¿Cómo se le puede ocurrir a André que yo podría considerar casarme con Gerodelle?... , si parece que no me conociera... No pienso casarme ni con Gerodelle ni con nadie". - pensaba Oscar, mientras seguía sin entender su propio sufrimiento.
Sufría por él, pero también por ella misma.
Oscar tomó su caballo y salió del cuartel, pero mientras atravesaba la puerta, se percató de que el que había sido su segundo al mando en la Guardia Real la esperaba.
Estaba atardeciendo y ya casi se había ocultado el sol.
- Te acompañaré. - le dijo Victor Clement Floriane de Gerodelle a Oscar, pero de inmediato se dio cuenta de que debía dirigirse a ella de otra forma, ya que sus palabras habían sonado como a una orden. - No, por favor, déjame escoltarte. - pidió finalmente, y ella comenzó a cabalgar junto a él, aunque su mente estaba en otra parte.
Mientras tanto, montado en su caballo, Gerodelle trataba de reunir el valor que necesitaba para dirigirse a ella; él había pedido su mano de manera repentina, y sabía que debía empezar por darle una explicación de esta decisión a Oscar, así que con voz melancólica empezó su discurso:
- Después de que dejaras la Guardia Real descubrí que buscaba escuchar tu fresca voz, ver tu sonrisa, y seguir tus ojos serenos... Entonces, no pude resistirme más y fui a decirle a tu padre que quería casarme contigo... Te amo, con todo mi corazón. - le confesó.
Ella se quedó en silencio sin saber que responderle, porque aunque trataba de concentrarse en lo que él conde le estaba diciendo, no podía pensar en otra cosa que no fuera el sufrimiento de André.
Gerodelle continuó:
- ¡Ah!... Lamento solo tener esas palabras para decirte...- le dijo él, pero ella mantenía su silencio. - Por favor, respóndeme algo... - le insistió Gerodelle en tono suplicante, y al no obtener respuesta suspiró. - El viento sopla a través de mi corazón... - le comentó, y ambos continuaron cabalgando lentamente.
Oscar se sentía triste; todo lo que había pasado con André le había afectado demasiado, y, por otra parte, no estaba preparada para tener esa conversación con Gerodelle: no tenía las fuerzas suficientes pero tampoco sabía qué responder a esa declaración de amor. Se sentía verdaderamente confundida.
De pronto, Gerodelle le susurró algo que ella nunca pensó escuchar de sus labios:
- Si no hubiese nacido noble, lo cual es solo un estorbo, me hubiese convertido en tu sirviente o mozo de establo... - le confesó, en un inconsciente desahogo. Él siempre tuvo celos de la posición que André tenía en la vida de Oscar, y no pudo evitar manifestarlo en ese momento.
La profunda admiración que Víctor Clement sentía por su ex comandante se había transformado en un sincero amor, y no mentía al decir que hubiese deseado tener todo lo que André tuvo como su asistente: la atención de Oscar, su confianza, su cariño, pero principalmente, todo el tiempo y experiencias que habían compartido al ser tan cercanos.
A Gerodelle no le hubiese importado ser su sirviente si eso lo hubiera hecho dueño del amor de su amada, porque para él, su título nobiliario, su estatus y toda su riqueza no valían nada si no podía tenerla a su lado.
Pero ella detuvo su caballo al escucharlo, y dándose cuenta de inmediato de que el conde hacía alusión a André lo miró fijamente; Gerodelle estaba equivocado: lo que él planteaba como un ideal era todo lo contrario.
A diferencia de Víctor Clement, que era un aristócrata, la posición de André era totalmente desventajosa, ya que al ser un plebeyo él no tenía la posibilidad de proponerle matrimonio a una mujer de la nobleza, y de nada le servía haber estado cerca de ella por tanto tiempo, ni ser la persona que más la amaba en el mundo.
Además de eso, Gerodelle no entendía que para ella André no era solo un asistente: él significaba mucho más que eso.
Por un momento, Oscar se molestó con él por la ligereza de sus palabras, y rompió su silencio para hacerle una aclaración:
- Gerodelle, como nobles, ni tú ni yo tenemos derecho a hablar sobre los sirvientes... y disculpa, pero hasta aquí está bien.- le dijo enfáticamente y sin ganas de continuar con aquella conversación.
Luego, Óscar salió a todo galope dejando atrás a su antiguo subordinado, quien se quedó confundido por las últimas palabras de su ex comandante.
Con la mano en el corazón, Gerodelle la vio perderse en el horizonte, y sintió un profundo dolor al ver cómo se alejaba nuevamente de su lado.
...
Unas horas más tarde, André se encontraba en su cama.
Ya era de noche y todos sus compañeros dormían, pero a él lo seguía atormentando la idea de pensar en un posible matrimonio entre Óscar y Gerodelle, luego de enterarse de las pretensiones del conde.
- "Oscar, no quiero que te cases con nadie. Después de todo este tiempo, y de todo lo que ha pasado, no soportaría la idea de perderte"...- pensaba él con lágrimas en los ojos, y lleno de frustración.
Al mismo tiempo, Oscar, también en su cama, pensaba en su propio sufrimiento.
- ¿Qué es lo que me pasa? ¿Por qué me siento tan triste?... - se decía a sí misma, sin poder sacar de sus pensamientos al que había sido siempre su mejor amigo.
- "André,... tú y yo siempre nos hemos cuidado el uno al otro..." - pensó ella - "No puedo creer que ahora yo sea la causa de tu sufrimiento...".
Oscar seguía pensando en él, y aunque sabía que era un deseo irracional, tenía la esperanza de que sus palabras puedan llegar al alma de André, y así poder consolarlo ante el dolor que ella misma le estaba provocando.
- "André,... quisiera que pudiéramos hablar como antes para aclararte que no me pienso casar con nadie… pero... ya no sabría ni por donde empezar… Nos hemos alejado tanto..." - pensaba, pero pronto el sueño la fue venciendo, y cerró los ojos. - Mi querido André, por favor, no sufras más,... no lo soporto... - murmuró finalmente, y cayó en un sueño muy profundo.
...
FIN DEL CAPÍTULO
