Capítulo 6
El día de la fiesta
Había llegado el gran día.
Eran aproximadamente las seis de la mañana cuando los primeros rayos del sol daban la bienvenida a aquel viernes tan esperado por muchos y tan definitivo para otros.
Oscar abrió los ojos en su habitación del cuartel, la cual estaba al lado de su despacho. La tarde anterior había decidido no ir a su casa para evitar que su familia la atormente con los preparativos del gran evento preparado en su honor.
Para ella la situación era simple: debía ir. Su padre había dado una orden y había que acatarla, sin embargo, Oscar siempre se caracterizó por obedecer a su padre a su manera, y si bien había decidido presentarse en ese lugar, el general Jarjayes no tenía idea de lo que su hija planeaba hacer.
Aquella mañana, Oscar había amanecido de muy mal humor, no solo por tener que enfrentarse a aquel evento, sino también porque estaba furiosa con André como no lo había estado en años. La última vez que lo detestó tanto fue un día en el que terminaron agarrándose a golpes porque él no había querido jugar con ella tomando como pretexto que prefería que fueran a nadar, cuando ambos tenían entre seis y siete años.
Habían pasado más de veinte años desde entonces, sin embargo, ella sentía la misma indignación que había sentido aquel día.
André no solo le había dicho que la amaba, también se lo había demostrado de mil maneras. Únicamente por eso, ella trataba de contener la rabia que le provocaba que él crea que ella sería capaz de presentarse en una fiesta para buscar esposo, y permitir que la cortejen hombres que solo buscaban incrementar su fortuna y asegurar su posición social.
De todas las personas que conocía, creyó que André sería el último en pensar que ella se prestaría a algo así, por el contrario, creyó que reiría a carcajadas de solo imaginarlo.
Tampoco le perdonaba las lágrimas que había derramado hasta quedarse dormida, recordando la frialdad con la que la había tratado, pero el día comenzaba, y habían muchas actividades que la Compañía B debía realizar para garantizar la seguridad de París en aquellos convulsionados tiempos, y aquellas actividades eran su prioridad.
Mientras tanto, a tan solo unos metros de la habitación de Óscar, los soldados de la Guardia Nacional se alistaban para empezar un nuevo día.
A diferencia de días previos, André estaba resignado a lo inevitable. Su alma estaba rota, pero se aferraba con todas sus fuerzas a las decisiones que había tomado para sí mismo, y por principio, en los siguientes días, presentaría su baja voluntaria del ejército y se iría muy lejos para empezar de nuevo.
Durante la noche, decidió que dejaría de lado cualquier resentimiento que tuviera hacia la mujer que amaba. Ella no tenía la culpa de no corresponder a su amor, y sin duda, siempre fue la más leal y la mejor de las amigas, a pesar de su carácter indomable.
En ese momento, todo lo que deseaba André era que Oscar pueda atesorar en algún rincón de su corazón todos aquellos momentos que habían compartido, y que lo recuerde con el mismo cariño con el que él trataría de recordarla. Dudaba de su capacidad para poder dejar de amarla, pero si eso nunca sucedía no importaba, sería una manera de llevarla consigo hacia donde se dirigiera en el futuro.
Solo le quedaba atravesar una última dificultad, y ésta estaba relacionada con el compromiso que había adquirido con el general Jarjayes, un compromiso por el cual debía acompañar a Oscar a su fiesta.
Había decidido hacerlo, pero solo hasta la puerta del recinto, ya que sabía que no sería capaz de presenciar todo ese espectáculo. Aún así, estaba seguro de que su corazón se partiría en dos en el instante en el que su antigua amiga se adentrara en aquel salón abarrotado de nobles dispuestos a casarse con ella.
Minutos más tarde, ya en el comedor, todos desayunaban cuando la comandante de la Guardia Nacional ingresaba al lugar.
- Buenos días caballeros... - dijo Oscar, con la voz firme que la caracterizaba.
- ¡Buenos días comandante! - dijeron los guardias nacionales al unísono.
De pronto, las miradas de André y Oscar se encontraron y él se sintió atravesado por su ira.
- Oye André... - murmuró Alain, quien estaba sentado a su lado - ¿Qué le has hecho a la comandante? ...
- ¿Eh?...
- Creí entender que llegaste a tiempo para ayudar a su padre, sin embargo, te ha fulminado con su mirada... ¿no lo viste? - preguntó Alain.
- No le he hecho nada... - le respondió André muy serio - ... Seguramente viste mal... - concluyó, tratando de minimizar el hecho aún habiendo percibido lo mismo que él, sin embargo, no le dio importancia al asunto, ya que su mente estaba concentrada en sus planes futuros y en terminar el día con algo de dignidad.
- No lo sé André, tengo algo de experiencia con las mujeres y esa mirada es una clara señal de que algo le has hecho... Aunque... - Alain se detuvo, pensativo.
- Aunque que... - preguntó André.
- Aunque ese tipo de enojo solo lo he visto en las mujeres con las que me he involucrado, sentimentalmente quiero decir... - respondió Alain.
- No hay nada entre nosotros.. - respondió André de inmediato, de forma cortante.
- Ya lo sé, ya lo sé... - dijo Alain tratando de calmarlo.. - No buscaba molestarte, solo te dije lo que vi.
...
Al mismo tiempo, en su mansión de Versalles, Fersen se preparaba para partir hacia España.
- Hans, hoy se celebrará la fiesta para Lady Oscar... - le mencionó su hermana Sophía, mientras pensaba con tristeza que Oscar hubiese sido la mujer ideal para su hermano.
- Lo sé Sophía.. - dijo él pensativo.. - ¿Te enteraste que el primero en proponerle matrimonio fue Gerodelle? - le dijo él sonriendo.
- ¿Gerodelle? ¡¿Gerodelle le propuso matrimonio a Oscar?! - exclamó ella.
- Así es hermana, y evidentemente ella lo rechazó.. jaja - le dijo él, riendo.
- No seas malo hermano... - respondió ella y bajó la mirada, pensativa y melancólica - ... "Así que Floriane ama a Oscar... Nunca lo hubiera imaginado..."
De repente, una mucama de la casa ingresó al recinto donde ambos hermanos se encontraban.
- Conde Fersen, su maleta ya se encuentra lista y el carruaje lo espera en la puerta - le dijo la muchacha.
- Gracias Martine - respondió él, y pensó - "Oscar..., hubiese sido más sencillo para mi corresponder a tus sentimientos... Sin embargo, mi corazón le pertenece a María Antonieta desde que tengo dieciocho años, y le pertenecerá hasta el día de mi muerte..." - luego se acercó a la ventana y observó al Marqués de Lafayette, quien ya lo esperaba dentro del carruaje - "Mi querida amiga... ¡Espero que encuentres la felicidad que buscas!"
- Hermano, ¿debes partir ya? - preguntó Sophia con voz triste.
- Si, en un momento. Ya esta aquí el Marqués de Lafayette. - respondió él, y volteó hacia su hermana. - Sophia, ¿y qué dices de ti? No querrás quedarte soltera como tu hermano...
- Quien sabe... - respondió ella, pero de repente, sus pensamientos la llevaron a otro lugar - ... Le escribiré a Floriane... debe sentirse muy mal después del rechazo de Oscar.
- ¿Floriane? ¿Te refieres al conde Victor Clement Floriane de Gerodelle?... Ten cuidado Sophia. - le dijo Fersen a su hermana - ... No quiero que tú también sufras por un amor imposible.
Sophia se sorprendió por las palabras de su hermano... ¿Acaso había sido tan evidente su interés por Gerodelle?
- Regreso en unos días... - le dijo él, besándola en la frente.
- Cuídate mucho hermano - respondió ella.
Luego de unos minutos, observando desde su ventana como su hermano subía a su carruaje, Sophia recordó su advertencia. Ella no sabía lo que era sufrir por amor, y tampoco quería averiguarlo.
...
Mientras la compañía B, liderada por Oscar, patrullaba las agitadas calles de París, en la mansión Jaryajes la madre de Oscar, la nana y las sirvientas estaban extasiadas contemplando el bello vestido de seda color perla que luciría la heredera de la familia esa noche. Estaba adornado con piedras preciosas y tenía finos bordados. El traje de André, responsable de escoltarla al baile, también lucía espectacular, y hasta el carruaje que los llevaría estaba adornado majestuosamente para la ocasión.
El padre de Oscar seguía recuperándose de su operación, y por indicación del doctor, los miembros de la casa evitaban darle muchas noticias sobre lo que estaba sucediendo fuera de su alcoba para no exaltarlo.
En el palacio de Versalles, las damas de la corte aún no se resignaban a perder a Oscar para siempre, mientras que, por otra parte, había gran expectativa y nerviosismo entre los caballeros invitados al evento.
Al duque de Germain no se le había ocurrido una mejor idea que organizar una apuesta para determinar cuál sería el caballero elegido, y elevadas sumas de dinero se habían puesto en juego. Sin embargo, el único objetivo del duque era ridiculizar a Óscar para vengarse de ella por haberle arrebatado el movimiento de su mano derecha, cuando perdió un duelo contra ella cuando aún se desempeñaba como comandante de la Guardia Real.
Uno de los candidatos favoritos a ser elegido por la heredera de los Jarjayes era el conde Gerodelle, quien a pesar de haber sido rechazado inicialmente, seguía siendo uno de los caballeros más elegantes y distinguidos de todo Versalles.
...
Algunas horas más tarde y muy ajena a todo lo que sucedía en su casa y en el palacio, Oscar revisaba algunos papeles en su despacho del cuartel general. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde y los soldados se encontraban descansando en las barracas.
- Alain, ¿qué está haciendo Oscar? - le preguntó André a su compañero, quien acababa de regresar de hablar con ella.
- La vi muy entretenida revisando los reportes de la situación de París y sus alrededores, y me pareció ver también que estaba armando el plan de guardias para el siguiente mes. - respondió Alain.
- ¿Para el siguiente mes? - dijo André, bastante confundido de que ella esté haciendo planes a futuro para la Compañía B, cuando se supone que se retiraría del ejército para casarse.
- Así es amigo... - respondió Alain - ... Por cierto, has pedido un permiso especial para salir hoy por la tarde ¿cierto?
- Si Alain, mi ex patrón me ha pedido que le ayude con un asunto. - le dijo André - Ya he coordinado mi salida con el coronel Dagout . Le presenté una carta que me envió el mismo general Jarjayes para que me permita retirarme.
André se levantó de la silla donde se encontraba sentado, y acomodó su uniforme preparándose para salir mientras pensaba en lo que tendría que enfrentar a partir de ese momento.
- Debo irme Alain. - le dijo a su compañero - Nos vemos mañana.
- Pues... buena suerte André... - le dijo Alain.
André lo miró y le sonrió resignado.
- "Más que buena suerte, necesitaré de toda mi fortaleza para hacer lo que debo hacer... " - pensó, dirigiéndose a la oficina de su comandante. Probablemente, esa sería la última vez que recorrería ese camino para verla.
Luego de unos pocos minutos, André respiró hondo y tocó la puerta del despacho de Oscar.
- Adelante... - dijo ella del otro lado.
André ingresó a la oficina, y al estar adentro cerró la puerta. Ahí estaba ella, redactando un informe. Se veía tan relajada que cualquiera hubiese pensado que para ella ese era un día como cualquier otro.
- Oscar, vamos. Ya casi es hora. - le dijo él, sin embargo, ella no quitó la vista del informe que venía preparando.
- Aún es temprano... - le respondió ella - Además...
- No es temprano... - interrumpió André, tratando de apurarla - Debes llegar a la mansión para vestirte.
- Escucha... No tienes que acompañarme.. - le dijo ella con voz serena. Ese era un asunto que quería resolver por sí misma y sin involucrar a nadie más, sin embargo, André pensó que ella lo hacía por compasión, ya que Oscar conocía perfectamente sus sentimientos hacia ella.
- Le prometí al patrón que te acompañaría. - le dijo él, bajando la mirada. Sin embargo, su respuesta resignada alteró repentinamente la calma de Oscar, y la indignación que había sentido hacia él esa mañana volvió a invadirla por completo.
- ¡No! ¡No necesito compañía! - le gritó ella, visiblemente enojada y con mirada iracunda.
André la miró asustado ante su reacción, y se quedó paralizado. Muy pocas veces lo había tratado así, y sabía que en esos casos solo había dos opciones: responderle o quedarse callado, pero, en ese contexto, la primera opción estaba totalmente descartada.
Oscar se levantó de su asiento, y se dirigió a la salida. Tomó la manecilla de la puerta, y André se hizo a un lado para dejarla salir, sin saber que más hacer.
Ya casi en el pasillo y de espaldas a André, Oscar se detuvo ante la mirada expectante de aquel hombre que le había declarado su amor unas semanas antes.
- André... - le dijo más tranquila, sonriendo y con voz casi amigable - ... No creas que voy a casarme tan fácilmente...
Luego cerró la puerta y caminó hacia la salida. André quedó absorto ante sus palabras, al punto que no pudo procesar de inmediato lo que ella le acababa de decir.
...
Una hora más tarde, André ingresaba a la mansión Jarjayes. Le había tomado un tiempo recuperarse del impacto de las últimas palabras que le dirigió Oscar antes de retirarse, pero no quería hacerse falsas ilusiones.
- ¡André! - le gritó su abuela alterada, y se acercó a él junto con todas las doncellas de la casa. - ¿¡Dónde está la señorita?!
- No lo sé abuela... - le dijo él, aún algo absorto por toda la situación.
- ¡¿Pero... cómo que no lo sabes?! Ya son más de las cinco y ella no aparece... - replicó la anciana, y por un momento, temió que su nieto la hubiese secuestrado para que no pueda dirigirse a aquella fiesta.
La nana lo tomó del brazo y se lo llevó hacia un lado.
- ¡André! Debes decirme inmediatamente qué es lo que sabes, donde está Lady Oscar, ¿tú te la llevaste? - preguntó la abuela.
- ¡¿Qué?! ¿Cómo se te ocurre pensar algo así abuela? - le dijo él, visiblemente ofendido. - Bueno, no te voy a mentir. La última vez que la vi, hace aproximadamente una hora, me dijo que no se casaría tan fácilmente.
- ¡¿Qué?! - dijo la abuela, desplomándose por un mareo y siendo sostenida rápidamente por su nieto.
Ayudado por las doncellas, André hizo que su abuela se sentara en uno de los sillones de la casa.
- André, por favor, vístete con el traje que está en tu habitación. Debes estar listo para cuando llegue la señorita... - mencionó la abuela, al borde del colapso nervioso. Ella también conocía muy bien el carácter rebelde de su niña Oscar, y sabía que era capaz de todo, sin embargo, tenía la esperanza de que llegue a tiempo para ir a su fiesta.
- Está bien, está bien... - le dijo André para tratar de tranquilizarla - Beatrice, por favor, ¿puedes traer las pastillas para la presión de mi abuela? - le dijo a una de las doncellas.
- Claro que sí. - respondió ella, y se retiró de inmediato hacia la habitación del ama de llaves.
- Mirelle, por favor, cuida a mi abuela mientras me visto. - le pidió a una segunda doncella de la casa.
- No me despegaré de ella, André. Quédate tranquilo.. - le dijo la joven.
...
Mientras tanto, cerca del río, Oscar observaba la puesta de sol mientras reía pensando en el alboroto que estaría armándose en su casa para esas horas.
- "Espero que mi nana tenga cerca sus pastillas para la presión... " - pensó, mientras comía una manzana y hacía tiempo hasta que llegue la hora de la fiesta.
...
En su habitación en la mansión Jarjayes, y ya vestido con el elegante traje que habían preparado para él, André seguía sin entender lo que estaba pasando, a pesar de que estaba todo muy claro: Oscar no pensaba ir a esa fiesta a dejarse cortejar por nadie, tal como él lo había pensado originalmente.
- "Dios mío, será posible... " - pensó él, suplicando al cielo que fuera verdad que ella no deseaba casarse.
André caminaba en círculos mientras recreaba una y otra vez la escena en el despacho de Oscar... "¿Habré escuchado bien?", se preguntaba a sí mismo. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que, en su desesperación, había olvidado por completo cuál era la forma de pensar de aquella mujer a la que él conocía mejor que nadie.
- Oscar... - dijo él, mientras sentía que el alma le regresaba al cuerpo .- ... "Pero ... ¿Qué me pasó?... ¿Cómo pude creer que serías capaz de asistir a un evento así?" - pensó él, sorprendido de sí mismo.
Tratando de ocultar su felicidad, salió de su habitación, y en la sala encontró a la madre de Oscar, quien lucía realmente preocupada.
- André... - dijo ella, acercándose a él.
- Madame Jarjayes... - respondió él, algo nervioso por no saber que decirle.
- André, tú que conoces a mi hija mejor que nadie ... ¿Crees que realmente sea capaz de dejar plantados a todos en esa fiesta?... - le preguntó ella angustiada.
- Madame Jarjayes, de corazón le digo que en verdad no lo sé. Ella no me ha dicho mucho al respecto, solo me expresó su deseo de no querer casarse - le dijo.
Georgette juntó sus manos y miró al cielo.
- Señor, mi hija nos va a matar a todos, principalmente a su padre... - luego volteó hacia una de las doncellas - ... Mirelle, por favor, vigila la puerta de la habitación de mi marido. Que a nadie se le ocurra decirle lo que está pasando.
- Enseguida, Madame Jarjayes. - respondió la joven.
...
Eran casi las ocho de la noche. Georgette de Jarjayes, André, su abuela, y dos de las doncellas que atendían la casa, esperaban a Oscar en el recibidor, sin embargo, casi habían perdido la esperanza de que aparezca por la mansión .
- ¿Qué hacemos? - preguntó Madame Jarjayes.
- ¿Por qué no enviamos a un mensajero a la fiesta, para saber lo que está pasando? - dijo la nana.
- No creo que sea buena idea abuela, nos pondríamos en evidencia... - mencionó André - ... Démosle media hora más. Yo la esperaré aquí... Ya la hemos esperado por tres horas, media hora más no hará ninguna diferencia ... Mientras tanto, vayan a descansar.
- Marion, André tiene razón... - mencionó Georgette, resignada, y dirigiéndose a la nana de Oscar - ... Es evidente que mi hija no piensa aparecer por aquí, al menos no para prepararse para ir a la fiesta...
Luego, hizo una larga pausa.
- Su padre y yo la hemos presionado demasiado, la hemos forzado hasta el límite... - mencionó Georgette, con gran culpa - ... Hemos sido muy ingenuos al pensar que una mujer como Oscar, que ha vivido como vivió, se prestaría de buena gana a algo tan tradicional como una fiesta como esa... pero... solo deseábamos su felicidad...
Marion y André la observaron en silencio, sintiendo compasión por su dolor de madre.
Resignada, Georgette se levantó del sillón donde estaba sentada y se acercó a André, quien se encontraba de pie cerca de la chimenea.
- André, si en media hora no sabemos nada de mi hija, por favor, envía a un mensajero a casa del general Boullie para ver lo que está sucediendo, y si no hay noticias, tendrás que ir a disculparla con el anfitrión hasta que mi marido y yo podamos hacerlo.
- Así lo haré Madame Jarjayes. - respondió él.
...
Mientras tanto, el salón principal de la mansión del General Boullie ya se encontraba abarrotado por los caballeros que esperaban ansiosos la llegada de la heredera de los Jarjayes.
- ¡Sean bienvenidos! - decía entusiasmado el anfitrión del evento, contento de haber reunido en su casa a tan distinguidos caballeros.
Junto a una pequeña mesa, y con una copa de vino en la mano, Gerodelle escuchaba con tristeza los comentarios de los nobles que se encontraban a su alrededor.
- Estoy ansioso por ver a Oscar Francois recibiéndonos como mujer... - decía uno de ellos, con una enorme sonrisa.
- Sorprendentemente, muchos hombres han venido a verla hasta Versalles... ¡Habrá mucha competencia!. - decía otro.
El conde Victor Clement Floriane de Gerodelle estaba abrumado por tener que compartir a Óscar con el resto de los caballeros que se encontraban en la fiesta. A ninguno de ellos lo consideraba a la altura de la que había sido su comandante. Para él, nadie la merecía, ni siquiera él, pero la amaba, y aunque sería difícil, estaba dispuesto a soportar el trago amargo de verla bailando y conversando con otros hombres solo para tener la oportunidad de demostrarle que sus sentimientos hacia ella eran verdaderos.
De pronto, el salón fue invadido por un silencio absoluto, y Gerodelle levantó la mirada dirigiendo sus ojos hacia la puerta, al igual que el resto de los invitados.
Ante la sorpresa de los presentes, Óscar se había presentado a la fiesta vistiendo su uniforme militar.
Mientras el General Boullie acomodaba sus lentes al no dar crédito de lo que veía con sus propios ojos, los jóvenes caballeros se acercaron a ella para recibirla a pesar de su atuendo. Se veía tan hermosa como siempre, a pesar de vestir su uniforme de comandante de la Guardia Nacional.
- Que baile tan extraño es este... - les dijo a todos muy sonriente.
Luego miró el salón de derecha a izquierda, como buscando a alguien, pero solo se estaba burlando de ellos.
- No veo a ninguna dama soltera por aquí. - concluyó Oscar riendo.
Desde su lugar, el rostro de Gerodelle se iluminó, y alzó su copa sonriendo ante lo que estaba ocurriendo.
- Muy propio de la comandante.. - murmuró él, riendo también.
Oscar cambió su expresión nuevamente y se inclinó respetuosamente ante todos los invitados, como un caballero más.
- Con su permiso... - les dijo en tono amable - Debí venir al lugar equivocado.
Luego, se retiró del lugar ante la mirada estupefacta de todos los presentes.
Tal como lo había augurado desde un inicio el general Boullie, no se dejaría de hablar de aquella fiesta durante mucho tiempo.
Ese día sería recordado en la historia de los bailes como el día en el que Oscar Francois, una de las damas más bellas de toda Europa, tuvo la osadía de rechazar, de una sola vez, a todos los solteros nobles de Francia.
Solo alguien como ella se atrevería a hacer una cosa semejante.
FIN DEL CAPÍTULO
