De Thanatos y Eros

Por LovelyFlower


Notas del autor

: Soy un espejismo, no estoy de vuelta. Solo estoy feliz porque vi Kizuna en el cine y me entraron las ganas de leer y publicar algo.

Por supuesto, Kenyako agridulce.

El título va asociado a la teoría del psicoanálisis. Thanatos como pulsión a la muerte y Eros como pulsión de vida. En algún momento una puede ser más fuerte que la otra, pero siempre coexistirán.


1. El llamado de Thanatos

Caía la noche en Minato.

En lo alto de la Torre de Tokyo apenas se oía el bullicio de la ciudad y lo único que un joven de lacios cabellos oscuros lograba sentir con claridad era su propio pulso golpeteándole la sien. Estaba en el limbo entre la tristeza y la excitación. Por fin el sufrimiento acabaría, por fin dejaría de sentir aquella angustia y las voces internas que le recordaban que a nadie le importaría su ausencia.

Dio dos pasos más hacia el borde del abismo, ya era hora, sería su último dolor. Murmuró sólo una palabra mientras antes de dar el paso final.

—Perdón… —

Cerró los ojos para dejarse llevar cuando un estornudo lo sobresaltó. Abrió los ojos y volteó con brusquedad, para encontrarse de lleno con una chica que lo miraba con curiosidad. Ella le ondeó un saludo con la mano ante la incredulidad de él. Miró hacia el abismo delante suyo y un escalofrío lo recorrió, debió dar un paso hacia atrás.

—Disculpa por asustarte, pero me alegra haber evitado que te lanzaras—

Solo en ese momento tuvo la noción de realidad: ya habría estado muerto si no fuese por el estornudo de la muchacha. Ella le dio una sonrisa cálida antes de volver a hablar.

—Soy Inoue Miyako ¿cuál es tu nombre?—

—¿Acaso importa? –respondió con sorna –A nadie le importa—

—Hey, a mi me importa, por algo te estoy preguntando—

Suspiró y se sentó derrotado, llevándose las manos a la frente con desesperación. La joven se acomodó a su lado y solo en ese momento la observó con detenimiento: Tenía el cabello hasta la cintura, adornado con un cintillo azul que contrastaba con el violeta de sus cabellos. Los ojos dorados se vislumbraban grandes tras unos anteojos redondos. Llevaba uniforme de preparatoria, aunque no supo distinguir de cual.

Ella se acomodó los lentes, antes de volverlo a mirar con gesto curioso –¿De verdad no me dirás tu nombre?—

—Ichijouji Ken –soltó despacio, se sentía agotado, como si de pronto todo a su alrededor fuese pesado y denso.

—Me alegra conocerte, Ichijouji-san. Soy Inoue Miyako, aps, ya te lo había dicho—

La risa femenina fluyó tan natural, que disipó un poco la congoja que atacaba a Ken en ese instante. Aún sentía el pulso acelerado y como algunas gotas de sudor le recorrían el rostro. Sin previo aviso, Miyako se instaló frente a él y con un pañuelo quitó suavemente la humedad. Él ni siquiera tuvo la fuerza para alejarse, simplemente se dejó hacer con la sensación de estar flotando en el limbo.

—¡Hey, mocosos, no deben estar aquí! —el grito de un guardia los sobresaltó y pareció traer de vuelta a Ken a la realidad.

Miyako también se levantó y respondió a todo pulmón —Que aburrido, ¡deje a los jóvenes enamorarse en paz!— Acto seguido tomó la mano de Ken y lo jaló en su dirección, corriendo como quien escapa de un delito flagrante.

—Malditos mocosos, váyanse a su casa, es tarde—escucharon los gritos del hombre mientras seguían corriendo por las escaleras de emergencia. Demoraron un poco en bajar y correr por el parque aledaño hasta estar fuera de vista y oído de los funcionarios de la torre. Sin previo aviso, la risa un tanto perturbada de Ichijouji resonó con fuerza. La lavanda lo miró y pudo descubrir que las lágrimas fluían sin control por el rostro del muchacho. En ese momento dejó salir la risa nerviosa, sin soltar de la mano al peliazul.

Pasaron unos minutos hasta que ambos volvieron a la normalidad, y Ken volvió a entrar en su estado melancólico inicial.

—No debiste interrumpirme —murmuró con la vista en el piso, soltó a Miyako y empuñó las dos manos al costado, temblando levemente.

—No podía dejar que murieras. Si puedo evitar que la gente muera lo voy a hacer—

—No entiendo porque te importa—suspiró él resignado, observándola de reojo —Lo volveré a intentar mañana, no lograrás detenerme—

Por primera vez vio el gesto triste de Miyako, pero ella rápidamente se recompuso —Entonces volveré y haré lo mismo que hoy—

Pestañeó incrédulo, mientras ella se reía, otra vez —Entonces lo intentaré pasado mañana, y el día después de ese…—

—Y yo seguiré viniendo y evitándolo—anunció alzando una mano, gesticulando como si estuviera anunciando algún producto en un infomercial. El peliazul no pudo evitar sonreír, no sabía cuál de los dos estaba más loco, si él por insistir en sus intentos por terminar con su vida o ella por tratar de evitarlo a toda costa pese a ni siquiera conocerlo.

Comenzó a caminar en dirección a su casa, con lentitud. Miyako no lo siguió, pero podía sentir la mirada de ella clavada en su espalda.

—¡Nos vemos mañana, Ken-kun! —soltó a gritos con total naturalidad, como si fuesen amigos de toda la vida. Le ondeó un adiós con la mano y Ken no fue capaz de decir o hacer nada más que seguir su camino.


Gracias por leerme. No me comprometo a actualizar ni concluir la historia. Veremos a donde nos lleva esto sin compromiso alguno.

01/03/2022