Tomó una liga para su cabello y lo recogió en una cola alta, revisó su bolsillo alcanzando las llaves de su auto mientras cruzaba la calle. En el pavimento las ondas de calor reflejaban una temperatura alta propia de los países fronterizos con México a dónde Sarah Connor se había mudado unos cinco años atrás.
Accionó el botón de la alarma de su auto para desactivarla y extendió su mano con la intención de alcanzar la de su hijo, un chico bastante activo e inquieto de diez años que jugaba con una moto de juguete mientras extendía su mano izquierda para alcanzar la de su madre.
Todos decían que Jonh y ella eran muy parecidos, nadie pondría en duda que eran madre e hijo, tenían el mismo gesto cuando sonreían y ese brillo en sus ojos cuando fijaban la atención en algo. Para Sarah, su hijo lo era todo, lo amaba como siendo parte de ella aunque realmente lo hubiera adoptado siendo pequeño.
Luego de algunos meses como camarera, pudo costearse sus estudios y terminar su carrera, hizo su pasantía en una empresa de tecnología que tenía como meta desarrollar una inteligencia artificial y aunque jamás lo lograron, sus avances fueron tan buenos para hacerlos rentables.
— Jonh, no te quedes atrás— indicó la mujer mirando hacia donde estaba.
— No mamá, perdona— respondió el niño tomando su juguete y llevándolo a su bolsillo.
Si le hubieran preguntado a Sarah el por qué decidió criar a un hijo sola, ella respondería, que el destino no había querido que encontrará a un hombre ideal para ella.
Lo cierto es que no solía tratarlos mucho, la conversación más larga con otra persona del género masculino además de su hijo, había sido con un niño pequeño que estaba perdido en un centro comercial y lo ayudó a encontrarse con sus padres, su nombre era Kyle Reese, lo recordaba por alguna razón.
Un agudo rechinar de llantas le advirtió del peligro. Un auto deportivo, un Impala despistando, zigzagueaba violentamente a lo lejos perseguido por una patrulla, Sarah sin pensarlo dos veces se acercó a su hijo tomándolo de la playera jalándolo, el movimiento brusco provocó que su juguete resbalara de su bolsillo y cayera al piso. El niño inconsciente del peligro se había soltado de su madre y volvía sobre sus pasos.
— ¡Jonh no!— Sarah lanzaba un alarido aterrada e impotente.
El chico se agachó y tomó su motocicleta de juguete mientras que el auto en persecución le rozaba por algunos milímetros la espalda. El niño entonces percibía el riesgo dónde se encontraba, la patrulla a la velocidad en la que iba sería incapaz de detenerse o cambiar su dirección, lo impactaría sin que nada pudiera hacer.
Jonh se encogió cubriéndose el rostro en un intento en vano por protegerse, Sarah buscó correr de vuelta y salvar a Jonh a cualquier costo.
Sus movimientos fueron ágiles y rápidos considerando su corporeidad, un hombre vestido con una chamarra de piel color negro saltó sobre el niño, lo tomó en brazos y girando sobre el piso esquivó el auto policial que siguió sin detenerse, poniéndolo a salvó en el último segundo.
Sarah sintió que su corazón se detenía mientras corría hacia ellos, pensó en reprender al niño pero solo pudo abrazarlo cuando miró su rostro asustado lleno de lágrimas.
Aquel hombre que lo había salvado los observaba mientras sacudía el polvo de su chaqueta.
— Muchas gracias— expresó Sarah queriendo decir mucho más.
El tipo de apariencia hosca y ruda esbozó una sonrisa extraña y sin decir una palabra comenzó a alejarse hasta llegar a la otra acera, en esta montaba una motocicleta Harley color rojo que crujía reclamando por su peso.
Jonh al voltear se vio fascinado por el vehículo y el rugir imponente de su motor.
— Gracias señor, hasta luego— gritó el niño entusiasmasdo.
— Hasta la vista...— respondió el motociclista arrancando su vehículo y alzando su pulgar mientras se alejaba dándoles la espalda.
Sarah Connor se vio invadida por aquella extraña inquietud que se siente cuando se piensa que se recuerda a alguien que realidad nunca antes se ha visto o que se está repitiendo de alguna forma un hecho que realmente nunca a ocurrido.
John tomó su mano devolviéndola a la realidad, Sarah le abrazó de nuevo de nuevo y juntos subieron al auto.
Ella se repitió de nuevo, una frase que casi siempre se encontraba rondando su mente, no recordaba dónde la había escuchado pero regía con ella su vida.
El único destino es el que nosotros forjamos.