Los personajes de VA pertenecen a R. Mead
I.
Sentado en el asiento del lado de la ventana del vuelo podía apreciar como las nubes iban desapareciendo paulatinamente mientras el avión descendía. El viaje de regreso a la Corte no había sido demasiado largo. Habíamos estado en algunas ciudades cercanas resolviendo problemas de negocio cuando Tasha decidió que quería visitar la Corte.
— Así que he recibido una llamada de Ben Szelsky esta mañana. Trabaja en bienes raíces y me ha comentado sobre un terreno que acaba de entrar al mercado, en los alrededores de Pittsburgh. Si las cosas siguen yendo realmente bien en Filadelfia sería un gran alivio poder transferirnos a Green Tree— expuso con distracción, estudiando algunos folletos de venta de equipamiento para entrenar. Asentí, realmente sin interesarme por nada. En otro momento, si las cosas hubiesen sido diferentes entre nosotros, podría haberla ayudado con agrado e interés, pero la imposición de nuestra relación no me había hecho más que sentir disgusto cada vez que hablaba o comentaba con desenfado cualquier trivialidad. Como si nada hubiera ocurrido. Como si, por su culpa, yo no lo hubiera perdido todo. — Quizás podamos volar de regreso después de las fiestas. Pienso que para entonces él tendrá todo resuelto para nosotros. Pero de no ser así, tendremos que empezar a buscar en otras zonas, quizás incluso salir de Pensilvania. Estaba pensando en algún lugar al norte de Portland o Illinois, creo que en Chicago podríamos... ¿Dimitri? ¿Estás oyéndome?
Durante las primeras semanas, el enojo y el desconsuelo de la pérdida me habían hecho actuar de forma impulsiva, reaccionando siempre con furia a cualquier comentario que ella hiciera, incluso el más inocente de ellos. Pero era su guardián, y con el tiempo el dolor y la traición se habían alojado bien en el fondo, permitiéndome recordar aquello. Por meses me había limitado a acatar aquel rol con inquietante pasividad y una inmutable indiferencia, como si ella fuese cualquier otro cargo que se me hubiera asignado al azar. Todavía daría mi vida para protegerla, y cada vez que hablaba me dirigía a ella con cortesía, porque mi deber aún estaba por encima del rencor. Pero en el fondo, en donde todos mis sentimientos menos racionales residían, todo lo que quería era que una horda de Strigoi nos sorprendiera en uno de nuestros viajes y me liberaran, de alguna forma, de aquella prisión. Lo único que me mantenía cuerdo en esa vida de locura era el conocimiento de que solo quedaban unas semanas. En unas semanas más mi trato con Tasha terminaría, y entonces sería libre de volver a casa. A ella.
— Creo que su juicio para los negocios la guiará por el camino correcto, Lady Ozera— dije con voz práctica, neutral, no saliendo nunca de mi guión. En algún momento pensé que quizás, si intentaba realmente convivir con Tasha y crear un ambiente de pacificidad, las cosas podrían resultar más fáciles para los dos. Eso habría hecho que los meses discurrieran con más prisa, sin duda, y los días podrían haber sido más llevaderos. Pero fingir que no estaba sintiendo lo que sentía no habría, bajo ningún concepto, adormecido mis emociones. En cambio, quizás, me habría resentido mucho más. El dolor sólo tendía a crecer más fuerte en el silencio.
Ser civilizado con ella no era parte de mi plan inicial. No después de aquella noche en la cabaña, nueve meses antes. No después de aquella fatídica conversación. Sus palabras habían entrado por la ventana revolviendo violentamente todos los planes y todas las esperanzas que había tenido. No quería ser cortés, ni amable, pero había aprendido con el tiempo que el desaire la lastimaba mucho más que la ira.
— ¿Realmente, Dimitri? ¿Vas a seguir insistiendo en hacer las cosas tan difíciles para ambos? ¿Cuándo entenderás que te hice un gran favor? — preguntó con incredulidad, como si realmente creyera en sus palabras, como si sus ojos permanecieran ciegos ante la agonía a la que me arrojó sin piedad y en la que me había visto ahogarme cada noche de insomnio o pesadillas. — Sé que aquella tarde prometiste que nunca me amarías. Dijiste que nunca cederías a aquella manía mía. Pero yo esperaba que con el tiempo pudieras abrir los ojos, ver la sinceridad de mis sentimientos, y comprender que todo lo que he hecho fue por ti, por nuestra amistad, por tu futuro. Me preocupa ver que sigues tan resignado a sufrir por aquella efímera fantasía tuya, cuando tienes toda una vida de felicidad tendida ante ti, Dimitri.
Hablaba de amistad. De aquella amistad que no había dudado en traicionar para lograr encadenarme a ella. Hablaba de aquella amistad que dijo que no la detendría de hacer lo correcto si yo no aceptaba su trato.
— Simplemente estoy siendo transparente con mis sentimientos, Lady Ozera. No quiero que piense que el haber aceptado su trato implica que esto, nosotros, será alguna vez algo más que una relación profesional. No quiero generarle falsas expectativas.
—Creí que el tiempo que pasamos juntos habría sido esclarecedor para ti, pero sigues cegado por esa... niña. Insistes en complicar las cosas. Es una pena, Dimka, realmente lo es— susurró, mostrándose herida por mis palabras. — Es sorprendente, como a pesar de la distancia y el tiempo sigue siendo una influencia tan poderosa en ti.
No volvimos a hablar por lo que restó del viaje. Antes de tocar los límites de la Corte ya podía ver los edificios ornamentados, altivos entre los arboles de la cordillera de Pocomo. Los portones de hierro, muy similares a los de las otras instituciones Moroi del mundo, aparecieron ante nosotros cuando manejaba el último tramo hacia la entrada de la ciudadela secreta. Allí, unos pocos guardianes nos recibieron con cortesía natural, y nos abrieron las puertas de regreso al lugar que habría sido mi hogar de no haberse topado Tasha en mis planes.
— Así que hablé con Christian esta mañana. Él y Lissa estarán regresando de su viaje a Europa en unos pocos días. Esperan poder pasar las navidades aquí en la Corte— Estaba tratando de entablar una conversación, que acabaría en una nueva discusión tácita si no tenía cuidado con sus palabras.
Era sorprendente lo mucho más fácil que me era leerla ahora que estábamos enzarzados que cuando éramos amigos. Sabía casi con certeza que no tardaría mucho en comenzar su juego. Sus palabras comenzarían a fluir como el veneno. Primero hablaría de Lissa o de Christian, y de alguna forma la conversación saltaría abruptamente a ella. Cada vez que ella decía su nombre me miraba calculadoramente, analizando mis emociones, y eventualmente llenaba su nombre y su persona de insultos velados que debía acatar pasivamente si no quería que las cosas se complicaran aún más. No sabía si esta conversación era uno de esos casos, pero lo sospechaba. — Christian está consiguiendo un guardián, después de tanta insistencia. Al fin y al cabo es de la realeza, independientemente de la historia de nuestra familia.
Yo no tenía la esperanza de que ella llegara con Vasilisa y su novio. Tasha había comentado tiempo atrás, fingiendo tener una charla casual que no tenía relevancia para ninguno de los dos, que Rose nunca se había graduado al final. Algunas cosas habían pasado, dijo, y ella fue suspendida. No le conté a Tasha que había hecho mi propia investigación preocupado su bienestar, y que descubrí que ella fue transferida a una pequeña y poco reconocida academia en Kansas para que terminara sus estudios y diera sus pruebas. Era todo lo que tenía y era desesperante, pero al menos sabía que no estaba allí afuera, tratando de sobrevivir sola en el mundo humano.
Por muchos meses había tratado de averiguar más, pero quienes se habían encargado de su transferencia también procuraron ser muy reservados al respecto. No conseguí detalles, sólo lo que cualquiera que se propusiera investigar obtendría. Cuáles eran los motivos de su suspensión en St. Vladimir o la razón por la que le permitieron continuar en Santa Mónica me eran desconocidas, así como su actual ubicación.
Sólo esperaba que ella hubiera acabado en un lugar que la hiciera feliz, asignada a algún lugar donde su talento natural fuera bien apreciado, porque si yo estaba soportando aquella situación era sólo porque deseaba que su futuro no se viera destrozado a causa mía.
Dejarla había sido la peor experiencia de mi vida. Jamás olvidaría sus lágrimas, aquella mirada de traición y desesperación, la mañana que le dije que me marchaba para aceptar la oferta de Tasha. Había intentado ser lo más sincero posible, pero no pude decirle las verdaderas razones que me movían a tomar una decisión que nos estaba destruyendo a ambos.
— ¿Fue verdad? Lo que dijiste en la cabaña, sobre lo que sentías por mí, ¿fue real? O sólo lo dijiste para acostarte conmigo. — susurró. Su voz era frágil, rota, y en su mirada entendí que no importase lo que yo le dijese, ella realmente creía que solo había sido algo de diversión para mí. — Sabes qué, no quiero saberlo. No... Prefiero no...
— Te amé. No mentí con respecto a eso, Roza, lo prometo— Creí que aquella verdad la calmaría, pero sólo incrementó sus lágrimas. Quise acercarme a ella y consolarla, pero eso sólo lo haría más difícil para los dos. — Aún te amo, eso no va a cambiar. Entiendo por qué puedes pensar lo contrario ahora mismo, pero espero que nunca dudes de mi amor por ti. Nunca te habría engañado sólo para estar contigo.
— ¿Entonces por qué? ¿Fue por algo que hice?— preguntó después de algún tiempo, y se veía sinceramente preocupada por aquella posibilidad. Negué, pero ella continuó hablando. — Si fue así, lo siento. Lo siento mucho. Lo que sea... no volverá a pasar, pero no tienes que irte... Por favor.
Intenté mantenerme neutral, impávido ante sus palabras, pero supe que mi rostro se había mostrado afectado cuando en sus ojos vi iluminar una pequeña e insegura chispa de esperanza. Y hubiera dado todo por retractarme y decirle que me quedaría a su lado, y contarle toda la verdad. Pero la verdad nos habría destruido a ambos. Y yo no hubiera podido vivir conmigo mismo sabiendo que le había quitado todo por lo que había luchado tan duro, sólo porque era un egoísta que no podía aferrarse a la idea de vivir sin ella. — No has hecho nada malo— dije en cambio, dándole la única seguridad que era capaz de proveerle. Mi propia voz se rompió mientras miraba sus ojos. No me preocupaba, pues no pretendía fingir que la despedida era fácil para mí. — Mírame. Por favor, mírame. Te prometo, tú no has hecho nada malo. Todo ha sido perfecto... tú has sido perfecta. No olvides eso, por favor, no cargues esto sobre ti.
— ¿Por qué me dejas, entonces?— susurró otra vez, y la confusión y el temor de su mirada me hicieron titubear una vez más. — Si no quieres irte... Todo estaba bien ayer, no tiene ningún sentido.
— Yo sé que no. Hago esto por nosotros. No quiero destruir tu futuro, Roza. Eres tan joven y... no soportaría que lo perdieras todo por mi causa. No lo ves ahora, pero si alguien nos descubre eso pasará, y si pasa no quiero que nuestra relación se llene de resentimiento— Ella siguió mirándome, pero ya no podía interpretar su expresión. — No pretendo que me esperes ni nada de eso, nunca te pediría algo así. Si una vez que te gradúes tú... si entonces tú aún me amas, y si puedes perdonarme por lo que voy a hacer, entonces tienes que saber que yo te amo y que nunca voy a dejar de amarte.
Ese día se fue del gimnasio con la mirada esquiva, como si no quisiera que viera las lágrimas que yo mismo había colocado en sus ojos. Sus hombros estaban caídos, se veía derrotada. Su espíritu acababa de ser destrozado frente a mis ojos con mis propias manos.
Pero no fue la última vez que la vi. Varias horas más tarde ella había estado allí, incondicional como siempre, para despedirme y desearme lo mejor en ese viaje destino a una vida sin ella.
— Tal vez deba aprovechar esta visita para tener una charla con mi sobrino acerca de su futuro— comentó Tasha mientras atravesábamos los pasillos de la Corte, hacia la residencia en la que nos instalaríamos temporalmente, hasta que tuviéramos que volver a marcharnos. Sus palabras me arrancaron violentamente de los recuerdos, y ella pudo ver el cambio en mi exterior, porque suspiró pesadamente. — De acuerdo. Ahora mismo tengo que hacer unas llamadas y encargarme de unas cuestiones relacionadas al gimnasio. ¿Qué te parece si vas por ahí a despejar tu mente? ¿O a descansar? ¿Bien?
— Si ya no me necesita, creo que preferiría dar un paseo— acepté cortésmente, retirándome antes de que pudiera decir algo más. A mis espaldas oí el sonido de la puerta de la residencia de Tasha cerrarse, y supe que me había librado de ella. Al menos por un tiempo.
II.
Había estado tratando de averiguar la forma correcta de juntar las piezas de aquel mobiliario cuando sentí el golpe tímido en la puerta de la vivienda.
Habíamos llegado la noche anterior, cargando con nosotros las cajas de la mudanza. Al final de la tarde estábamos todos tan agotados que decidimos dejar los arreglos de la pequeña casita para el día siguiente. Pero al levantarme en la mañana y tropezar con todo el desorden en la sala de estar se me hizo imposible seguir posponiendo el trabajo. Había estado moviendo cosas, desempacando y limpiando por horas. Y ahora solo estaba allí, luchando con el armado de un mueble.
Adrian había organizado todo para que no tuviera que preocuparme por nada más que llegar a mi nuevo hogar. Por muchos meses había estado sola, y prácticamente aislada, y ahora por fin estaba allí. En casa. O algo así.
Aún estaba demasiado incompleta por la ausencia para ser llamada hogar.
— Mía— saludé con alegría cuando vi a la menuda chica Moroi parada frente a mi puerta, con una sonrisa radiante enmarcada por sus risos rubios. Era como una especie de pequeña muñeca impoluta, frágil y gracil. Era gracioso el destino. Meses atrás habíamos estado sólo a pasos de matarnos la una a la otra, pero desde Spokane, desde Mason y desde que ella salvara mi vida, las cosas habían cambiado. Una linda amistad había surgido de tanta muerte y tragedia. — ¡Gracias a Vlad!
— No puedo creer que tenga a Rose Hathaway frente a mis ojos otra vez— dijo, dándome un abrazo que devolví con cariño genuino. — Sabes, estaba sorprendida cuando me llamaste. Nunca, realmente nunca creí que estaríamos en esta situación. Lo juro. Ni siquiera sabía que no estudiabas más en St. Vladimir hasta que Adrian me lo dijo hace dos meses. Lo siento...por cierto. Debió ser duro dejar todo atrás.
— Si, fue una sorpresa para mí también— reconocí mientras cerraba la puerta tras nosotras y nos dirigíamos al sofá de la sala de estar. — Fue... difícil dejar St. Vladimir, pero no tuve elección. Apenas Kirova lo supo inició el proceso de expulsión. Si mi padre no hubiera intervenido... Bueno, quién sabe dónde estaría ahora. ¡Pero vamos! ¿Qué hay de ti? Oí que estás entrenando.
— Ahora mismo estamos organizando una muestra para dar a conocer nuestras capacidades. Por supuestos estamos lejos de poder hacer lo que hacen los guardianes, y por eso necesitamos que ellos se unan a nuestra causa. Hay unos pocos que queremos genuinamente ser algo más que criaturas indefensas escondidos tras las espaldas de un dhampir. Un montón de pequeños grupos clandestinos comenzaron a formarse en las academias de todo el mundo y luego salieron a la luz con tanta sincronía, que los Moroi más tradicionales se percataron que algo grande estaba pasando. Y la reina no tuvo más opción que oírnos, por eso están solicitando guardianes para conformar el plantel de instructores... ¿Y tú, estás en esto?
— Cuando me llamaron desde la Corte para solicitar mi apoyo no lo podía creer— susurré, como si fuera un secreto. Aun tenía problemas para aceptar que después de todo lo que había pasado, al menos como mentora iba a tener un lugar entre los guardianes. — Aún es difícil, ya sabes. Siempre pensé que protegería a Lissa y viajaríamos por el mundo antes de ir a la universidad. Y cuando Kirova me aseguró que mi más reciente error me condenaría para siempre, yo le creí. Pensé que no me dejarían graduarme. Casi no lo hago. Esta no es mi posición ideal, pero tengo prioridades diferentes ahora, y necesito desesperadamente obtener este trabajo.
— ¿Cuándo podré conocerla?— preguntó con una sonrisa, después de algún tiempo. Yo también sonreí, sintiendo esa extraña sensación de orgullo a la que aún me estaba acostumbrando, que emergía de mí con satisfacción cada vez que alguien me hablaba de ella.
— Ahora mismo, está durmiendo en mi cama. Estoy teniendo algunas dificultades para armar aquella cosa— señalé con impaciencia el mueble desarmado a mi derecha. Me puse de pie, señalándole a Mía la dirección de la habitación. — Pero en realidad ninguna de las dos tenemos quejas respecto a eso... la sensación de tenerla cerca durante las noches es lo mejor del mundo, lo juro, y a ella le encanta aferrarse a mi cuerpo. Es como si aún no nos acostumbráramos a estar separas, habiendo estado los últimos meses tan unidas. Y... bueno, solo fuimos nosotras por mucho tiempo― dije, encogiéndome de hombros.
— Sigo sin creerlo. Cuando Adrian me lo dijo pensé que era una especie de broma. Porque habría imaginado a cualquiera en esta posición, pero no a Rose Hathaway. Me alegra, sin embargo, que hayas podido salir bien de esto— me aseguró, mirándome con curiosidad. — Y mientras más hablas, mientras hablas de ella... has cambiado tanto. No creeré nada de esto hasta que no la vea con mis propios ojos. ¡Eres madre!
— Pues, suerte para ti que tendrás ese privilegio ahora mismo— Abrí la puerta de mi habitación tratando de ser silenciosa, pero la expectación de Mía me llenaba de ansiedad. No podía evitarlo. Tenía una mezcla de sensaciones ambivalentes: en algunos días sólo quería esconderla y tenerla para mí, pero en otros, cuando los recuerdos de lo mal que lo habíamos pasado las dos solas mientras ella se alojaba en mi vientre resurgían y la satisfacción de haber salido adelante emergía con ella, lo único que quería era mostrársela al mundo. No era una vergüenza, por mucho que otros hubieran tratado de convencerme de que eso era. Era mi orgullo, y nadie jamás podría quitarme eso.
Llegamos a la habitación, y antes de acercarnos a mi cama Mía llevó las manos a su boca y ahogó un chillido, mirando con los ojos desorbitados al bultito oculto debajo de mantas y rodeado de almohadas. Me reí, mientras la llevaba más allá y nos sentábamos en el borde la cama, retirando las mantas que cubrían su cuerpo pequeño.
Estaba despierta, esperando con una sonrisa somnolienta. A sus tres semanas ella era un pequeño paquete lleno de felicidad y buen humor... casi siempre. Sus ojitos cansados se pusieron en alerta inmediata cuando cayeron en el rostro desconocido, pero después me miraron, y como si reconocieran en mi alguna clase de seguridad invulnerable se tranquilizó y nos ofreció una sonrisa desdentada antes de ahogar un bostezo inoportuno.
Perfecta.
—Hola, amor—suspiré profundamente, ofreciendo mi mano a sus deditos suaves. — Ella es Mía, es una amiga.
—Hola, Anna— saludó la Moroi, con una sonrisa nerviosa. Esa misma que tenían todos cuando conocían a un ser tan indefenso, como si con solo respirar pudieran romperla. Pero no a Anna. Mi Anna era fuerte. — Me han contado tanto de ti. Me moría por conocerte. Tu madre me ha llamado para que tengamos un día lleno de diversión mientras ella resuelve algunas cosas. ¿Qué te parece?
— En ese mueble están todas sus cosas— señalé una cajonera blanca que Adrian insistía que había estado con los muebles de la vivienda, aunque me costaba creer que el mobiliario de bebé estuviera en el contrato de arrendamiento. Él ya había hecho tanto por nosotras, no podía seguir aceptando cosas de su parte. Él había arreglado las cosas con la casa y me había sugerido al consejo de guardianes para que me consideraran como mentora de los Moroi. Nos había salvado a ambas. — En las puertas están sus pañales y productos de limpieza, y en los cajones encontrarás cambios de ropa. Y en la heladera están sus botellones con leche para varias horas, aunque no creo que tarde tanto. También he preparado un bolso por si deciden dar un paseo por los jardines de la corte... y...
— De acuerdo, Rose—ella se rió, interrumpiendo mi divagación. Yo también reí. Estaba nerviosa, porque esa era la primera que me alejaba de ella por tanto tiempo. —Todo estará bien. El día está precioso fuera, así que podemos ir a visitar a Eddie... quien por cierto, me ha dicho que si no es él el primero al que visitas luego de que soluciones las cosas, no te lo perdonará nunca.
— Muchas gracias, Mía— Estaba más que agradecida de haberla encontrado. Cuando Adrian me llamó para decirme que había encontrado una pequeña casita en la zona lindante del edificio central de la Corte y una oferta de trabajo para adiestrar a los Moroi en el combate físico, supe inmediatamente que tenía que encontrar una niñera para Anna. Me mataba la idea de tener que pasar el día fuera y dejarla en manos de alguien más, pero sabía también que tenía que dar ese paso para poder asegurarnos a ambas un hogar y una vida tranquila. Mi padre nos había dado esta casa, y mucho más. Era hora de que lo hiciera por mi cuenta. Me contacté con algunas cuantas mujeres de la zona de la Corte que estaban buscando trabajo, pero cuando del otro lado de la línea me respondió la voz aniñada de Mía supe que ella era mi chica. La única a la que podría confiarle el cuidado de mi bien más preciado. — Me iré ahora, pero cualquier inconveniente me llamas, ¿de acuerdo?
— Por supuesto— aceptó, despidiéndome con la mano. Suspiré como por décima vez en ese día, reprendiendo mi actitud. Era como una niña pequeña siendo dejada en su primer día de escuela, sólo que en esta ocasión era la madre la que no podía dejar de hacer berrinches.
— Nos vemos más tarde, mi vida— dejé un beso sobre su mejilla, suave y fría, y ella a cambió me regaló otra sonrisa cansada.
