Los personajes de VA pertenecen a R. Mead


I.

— ¡Belikov!— La voz gruesa de una mujer llegó a través de los jardines de la Corte. — Mira Alberta. Dimitri se ha dignado a aparecer. ¿Dónde has estado?

— Belikov— saludó la aludida, que caminaba junto a Celeste, una guardiana joven de la academia.

— Guardiana Petrov— saludé con cortesía. Le ofrecí una sonrisa a ambas. Estaban las dos vestidas de manera informal, lo que era un gran contraste con su apariencia habitual — Celeste, ¿Han logrado sacarte de St. Vladimir?

— He decidido salir por un rato―dijo, encogiéndose de hombros. ― Es por una causa noble. Estamos aquí por tu alumna, de hecho. ¿También tú? Nadie mencionó que vendrías.

— Mi alumna— miré a Alberta inmediatamente. No podían estar hablando de otra persona. Lógicamente lo sabía, pero no quería comenzar a formar falsas esperanzas. — ¿Rose?

— Si. Hoy el consejo estará considerando darle un puesto en el plantel de instructores para los Moroi que están entrenándose.

— ¿Maestra de los Moroi?― Era una burla para sus habilidades. Rose había sido por lejos de los mejores novatos que alguna vez había visto. Era rebelde y revoltosa, sí, pero había aprendido disciplina, era comprometida, leal y particularmente letal. Ponerla a adiestrar a los Moroi era un desperdicio que el Consejo de guardianes no podía permitirse. ¿Qué era lo que había pasado en la academia para que la transfirieran y, además, la relegaran del campo?

Alberta pareció seguir el hilo de mis pensamientos.

— La expulsaron de St. Vladimir, Dimitri. Estoy bastante segura de que esa información ha llegado a ti de una u otra manera. Ella no tenía el historial más favorecedor: sacó a un Moroi real de la academia en dos ocasiones, el ataque a Zeklos, y... Tiene suerte de que la hayan dejado graduarse en otro lugar. Sé que no es lo ideal. Sé que es un desperdicio de sus habilidades. Pero es lo mejor que hemos podido conseguir para ella luego de que...

— ¿Luego de qué?— pregunté, impaciente. Rose había sido una incógnita para mí por meses, y ahora que la información estaba disponible las personas que podían dármela solo seguían girando en torno a evasiones. Los vacíos en la historia me alteraban. Esa historia que llevaba incompleta por tanto tiempo. No creía que Rose hubiera hecho algo que mereciera ese castigo. Ella... Sí, ella tendía a ir al límite de las normas, pero esto parecía demasiado. — No entiendo lo que está pasando.

Vi a Alberta y a Celeste intercambiar una mirada cómplice. Odiaba estar fuera del caso, principalmente si el tema en cuestión era Rose. — Ella ha pasado por mucho los últimos meses. Y ha pasado algo. — dijo por fin, como si eso respondiera alguna de mis dudas.

― ¿Está ella bien?

―Ella está bien. Está aquí, de hecho.

— ¿Aquí?— Estaba seguro de que mi voz había salido débil, casi inaudible, pero ambas mujeres asintieron con la cabeza. Mi corazón comenzó a latir ante la perspectiva de volver a verla, pero entonces recordé el trato con Tasha. En un par de semanas, nuestro plazo acabaría, y ella dejaría de utilizar en mi contra la relación que había tenido con Rose en la academia. Rose ya era mayor de edad, y ya no era mi estudiante. Nada de lo que hiciéramos de ahora en adelante podría ser utilizado en nuestra contra. — ¿En la Corte?

— Creo que sería buena idea que Dimitri hablara a su favor.— dijo Celeste, antes de volverse hacia mí. — Fuiste su mentor, después de todo. ¿Quién mejor que tú para decirles a esos idiotas burócratas que merece ese puesto? — Me sorprendieron las palabras de Celeste por muchos motivos. En primer lugar, seguía preguntándome qué tan malo había sido el suceso en la academia como para que Rose necesitara que alguien más diera fe de su compromiso. Pero era el fervor de Celeste, cuya única interacción con Rose que recordaba había sido en la sala de guardianes de la academia luego del incidente con Alto en las pruebas de campo, donde estaba regañándola y poniendo en duda la profesionalidad que ahora defendía, lo que más llamó mi atención. ¿Cuándo Rose y Celeste se habían hecho tan cercanas?

— Por supuesto— dije sin dudarlo. Yo, simplemente, estaba haciendo lo que era correcto. Tasha no podía tener eso en mi contra. Si Rose necesitaba ayuda, si su futuro estaba en juego, no podía dar un paso atrás y permitir que cayera. Era ese mismo futuro el que deseaba preservar y la razón por la que me había marchado después de todo. — Iré a hablar con los guardianes. Pero sería bueno que alguien me dijera lo que está ocurriendo. Realmente estoy confundido.

Claro que iría a hablar con los guardianes, y a explicarles por qué estaban cometiendo el error de sus vidas al desperdiciar un talento como el de ella en los campos de adiestramiento. Ella estaba destinada a ser una guardiana, a proteger a los Moroi, no a enseñar los movimientos más básicos de lucha a un par de muchachos que apenas podían mantener el equilibrio en un solo pie.

— Eso sería de mucha ayuda— estuvo de acuerdo Alberta. Parecía tensa, como si la decisión que hoy iban a tomar en el consejo la afectara directamente. Y comprendía, porque me sentía de la misma manera. Sin saber lo que había sucedido, yo sólo entendía que no podía permitir que Rose no tuviera un lugar entre nosotros. — Estamos yendo allí ahora mismo. Tendremos una conversación privada con el director de operaciones de guardianes en la Corte. El quiso hacer de esto algo íntimo y discreto, lo más informal posible. Sabes cómo son los Moroi; no necesitamos hacer de esto algo grande. Croft está considerando darle el trabajo; de hecho él ya ha hablado con ella por teléfono para ofrecérselo. Pero primero tiene que convencer a los miembros del Consejo de guardianes y a algunos Moroi que están poniendo obstáculos en su camino. Y sobre el otro asunto... es cierto, debes saber.

Celeste se nos había adelantado, justo después de darle una mirada conocedora a Alberta. — No la juzgues― me dijo la mujer.

¿Juzgar a Rose por meterse en problemas? Casi me río. Era injusto, quise decirle. Sería como juzgar a un gato por cazar o al invierno por ser frío.

— Solo dime qué ocurrió, Alberta. He intentado averiguar, pero los guardianes con los que me he contactado me han dicho siempre que el caso de Rose estaba siendo tratado con mucha discreción. No tienes idea de los escenarios atroces que han pasado por mi mente. Y he perdido su rastro después de que dejara Santa Mónica...

— Tuvo un bebé, Dimitri— me interrumpió, mirando directamente a mis ojos. Nos habíamos detenido en medio del jardín de la Corte. Sus palabras no sólo lograron calmar mis reclamos, también inhibieron mi capacidad para formular respuesta alguna. Lo que acaba de decir...Bueno, lo que acababa de decir no tenía ningún sentido. Si era posible, estaba más confundido que antes. ¿Roza teniendo un bebé? No. Seguramente me había perdido algo en medio de la explicación de Alberta. Estaba interpretando mal sus palabras.

— ¿Quién ha tenido un bebé?

— Rose. Rose tuvo un bebé hace tres semanas— me explicó con tranquilidad.

No. No.

No era eso lo que estaba pasando.

―No lo supimos por mucho tiempo. Lo ocultó de todos. Cuando te fuiste ella comenzó a apartarse de sus amigos, su vida social se volvió casi inexistente. Antes del toque de queda estaba encerrada en su habitación, llegaba a tiempo a sus clases, sus notas mejoraron notablemente. Nadie pasó desapercibido esto, pero era un cambio favorable, así que nadie se acercó a hablar. Sin embargo no era feliz. No lo era, pero tardamos en darnos cuenta de eso. Es... me siento mal, porque esos niños son mi responsabilidad por todo el tiempo que pasen bajo esa academia, y yo simplemente no vi lo que estaba pasando con ella.

— ¿A qué te refieres? — pregunté cuando mi capacidad de hablar regresó. Estaba procesando lentamente toda la información que Alberta me estaba dando, pero era como si ninguna de sus palabras cobrara sentido aún. Necesitaba parar y recapitular, pero también necesitaba saber más.

— Celeste estaba haciendo guardia en la zona de las residencias femeninas. Una de las novicias acababa de entrar a los cuartos de baño comunes y Celeste la oyó gritar. La halló inconsciente en una de las duchas... ya tenía veintidós semanas cuando eso pasó— Con cada palabra de Alberta mi corazón se estrujaba un poco más. ― Tienes que entender, no se trata solo de que ella guardara esta información para si misma. No estaba en un buen lugar... emocionalmente, y psíquicamente.

Por supuesto que no lo estaba, quise decirle. Tenía miedo. Por supuesto que tenía miedo. Podía imaginar su temor, podía sentirlo. El temor de que la descubrieran a medida que su embarazo avanzaba. El terror y la incertidumbre al descubrirlo. La soledad al ocultar su vientre hinchado bajo ropa holgada. Por supuesto que estaba asustada, pensé otra vez.

La empatía apenas podía hacerme consciente del hecho de que ella, mi Roza, había estado con alguien más y ahora era madre del bebé de otro hombre.

— Celeste no tuvo más opción que llevarla a la enfermería. La doctora estaba obligada a informarlo. Y desde allí todo fue un caos. La directora Kirova insistía en que debía ser expulsada. Me vi en la obligación de llamar a Janine. Y luego de repente apareció el padre de Rose en escena para hacer que Rose fuera trasladada en lugar de expulsada. Así acabó en Santa Mónica.

Santa Mónica no era el mejor lugar del mundo para graduarse, pero era mejor que no graduarse en absoluto. Y existían tantos lugares malos en los que una chica joven como ella podía llegar a acabar. Roza era letal, pero en el mundo, allí afuera, había otros tipos de monstruos que no se derrotaban con estacas ni con espadas. Allí afuera era difícil encontrar un lugar en el mundo, sobrevivir, sin tener que recurrir a medida extremas. Santa Mónica estaba bien.

— No volví a verla por algún tiempo, aunque me mantuve en contacto con la jefa de novatos de Santa Mónica. Ella dijo que lo estaba haciendo bien en sus clases, pero que era evidente que le estaba costando adaptarse. Pienso que fue difícil estar lejos de la gente que conocía con un bebé en camino y los prejuicios de los Moroi. Pero se graduó con la mejor calificación de Santa Mónica en combate y sus notas académicas fueron bastante mejor de lo que esperábamos. No lo he comprobado, pero creo que ni siquiera en St. Vladimir tuvimos novatos egresados con esa nota. Hizo sus pruebas con treinta y un semanas de gestación. Los calificadores estaban sorprendidos. Estuve allí junto con Janine, y puedo asegurarte de que les dio un buen espectáculo a esos pobres ancianos de Santa Mónica. Creo que eso es algo con lo que contamos. Esperemos que el consejo lo tenga en cuenta...

Pasé la sorpresa inicial, y no pude evitar sentirme orgulloso de ella. Incluso con todas las trabas con las que se encontró en el camino, ella había logrado graduarse con el puntaje más alto. Pero ambos ―Alberta y yo― sabíamos que los prejuicios de los Moroi pesaban mucho más que los hechos a la hora de decidir si una joven madre dhampir podría o no ejercer como guardiana.

— Rose fue madre— Estaba probando las palabras, y Alberta lo sabía, por eso no se molestó en volver a contarme la historia. Ella había sido madre, y la parte racional de mi cerebro me decía que debía sentir algún tipo de emoción negativa, como traición o decepción. Pero esa parte fue rápidamente enterrada. No tenía derecho a sentir el primero, y ciertamente no había motivos para el segundo. — ¿Conservó al bebé? ¿Con ella?

Sabía la respuesta antes de que Alberta confirmara mis sospechas. Estaba en la esencia de Rose. Podía cometer errores ―y lo hacía a menudo― pero nunca huía de ellos. — Fue una niña, Anna. Janine pidió un tiempo fuera para quedarse con Rose luego de que terminó la academia, y permaneció con ella hasta unos días después del parto. Creo que esta experiencia las ha unido. Y le ha permitido a Janine redimirse a través de su nieta.

— Anna— No podía decir qué estaba pasando conmigo, me sentía como suspendido en el aire. Quería estar enojado, frustrado, triste... y lo estaba, pero no con ella y no por los motivos evidentes. Tal vez parcialmente. Pero conmigo... dioses, estaba enojado conmigo.

Y entonces, un detalle que no estaba teniendo en cuenta relució en mi mente. — ¿Y el padre? ¿No las ha ayudado?

La parte más egoísta de mi, que aún anhelaba mi segunda oportunidad con ella, quería que Alberta respondiera que no, que él no estaba cerca, que no quería tener nada que ver con Rose ni su hija. Podría ser Adrian Ivashkov, pero dudaba que aquel mujeriego Moroi tuviera tan poca decencia y abandonara a la madre de su bebé. O tal vez si lo fuera... pero lo había visto mirar a Rose, de esa misma forma en que lo hacía yo mismo.

— No ha querido decirle a nadie sobre él, pero tengo mis sospechas. Y no, no creo que sea Ivashkov. Son buenos amigos ahora, pero eso es todo. — Me sonrió, mientras se ponía en marcha nuevamente, dejándome atrás.

El edificio de los guardianes era arquitectónicamente similar a la Corte propiamente dicha, al menos exteriormente. La entrada llevaba a un pasillo estrecho y largo, con habitaciones a cada lado de él. Nuestro destino estaba al final del camino. Pude verla incluso antes de estar a mitad del mismo. Ella a mí no.

Estaba hablando con Celeste, ambas sentadas en unas sillas negras distribuidas contra la pared a la izquierda de la oficina de Hans Croft. La guardiana tenía un brazo rodeando sus hombros, como si fueran amigas de toda la vida. Llevaba su cabello recogido sobre su lado derecho, cayendo sobre el estampado floreado de su blusa. De perfil podía ver que estaba sonriendo, pero era una sonrisa cansada y nerviosa.

Y aún estaba sonriendo cuando miró hacia un lado y sus ojos se encontraron con los míos. En ese momento Celeste se levantó porque fue llamada a la oficina del jefe de los guardianes, pero yo no la estaba mirando. Mis ojos seguían analizando su rostro, y en él vi la misma expresión de dolor de aquella tarde en el campus de la academia, minutos antes de marcharme. Podía recordarlo como si hubiera sido ayer.

El viento nos golpeaba con violencia aquel día. Una fuerte tormenta estaba avecinándose y los arboles más frágiles del campus se doblegaban bajo su fuerza. Tasha se había marchado con Lissa y Christian, porque su sobrino había sugerido que debido a nuestra relación mentor-estudiante Rose y yo querríamos tener unos momentos para despedirnos. Ella estaba con los brazos alrededor de su cuerpo, como si estuviera tratando de mantenerse entera, y yo sabía que no tenía nada que ver con el frío.

— ¿Me harás saber a través de Alberta que llegaste a salvo?— susurró, aún sin soltarse. No estaba llorando esta vez, pero sabía que estaba luchando contra las lágrimas. Y sabía, por las marcas bajo sus ojos que ya había llorado antes de llegar allí.

— Me aseguraré que seas la primera en saberlo— asentí con la cabeza, tratando de guardar en mi memoria toda su imagen, para acudir a ella cuando la necesitara desesperadamente en los próximos meses. — Y tú... ¿Te portarás bien y harás caso a todo lo que Alberta te pida?

— Seré una buena chica— dijo, mostrando sus manos para que viera que no estaba haciendo promesas falsas.

— ¿Y cuidarás de ti?— Ella asintió, y en ese momento pude ver una lágrima deslizándose por sus mejillas. — No es una despedida, Roza. Nos volveremos a ver pronto.

— No puedes prometer eso. Las cosas pueden cambiar mucho en un par de meses. Tú puedes encontrar a alguien más en ese tiempo, tú puedes aprender a amar a Tasha...

— Yo no amo a Tasha, yo no la voy a amar nunca. No estoy aceptando su oferta inicial, sólo voy a ser su guardián. Y nunca va a haber nadie más, lo juro— Me miró a los ojos, pero no pude interpretar lo que había allí. Me creía, no lo hacía. Se rendía o esperaría. No lo sabía. Pero entonces me dio una sonrisa pequeña, una que no llegaba a sus ojos.

— Pue... ¿puedo abrazarte?— preguntó con timidez e incertidumbre.

— No pensaba irme sin un abrazo— susurré de regreso. Sus pequeños y fuertes brazos se arrojaron si perder tiempo alrededor de mi torso y mis propios brazos reaccionaron rápidamente. No había nadie cerca, así que mantuve su cuerpo entre mis brazos más tiempo del que cualquiera hubiera considerado apropiado. Pero no era suficiente. Absorbí el aroma de su cabello una vez más, respiré profundamente para prepararme, y luego la solté. — Nos vemos pronto, ¿De acuerdo?

— Adiós, Camarada.

— Hasta luego, Roza.

Ese había sido nuestro último contacto. Mientras me alejaba ella permanecía allí, bajo la lluvia impulsada por el viento. Varias horas después, cuando nuestro avión volaba por encima de los bosques de Montana, podría haber jurado que una diminuta figura poco nítida permanecía allí arropada por la tormenta.

Allí, en medio de la sala de espera de la oficina de Croft, volvía a estar frente a ella. Ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta de que Alberta se había movido, hasta que ya no la vimos en la habitación. Rose estaba aún sentada, como si hubiera olvidado cómo proceder, cómo hacer que su cuerpo respondiera. Así que me acerqué, quedándome unos segundos parado frente a ella para admirar toda su persona antes de doblar mis rodillas para estar a su altura.

— Hola, Roza— susurré después de algún tiempo. Podía oírla respirar con fuerza. Su cuerpo estaba tenso. Sonreí, porque verla de nuevo me hacía feliz. Pero sabía cuál era su preocupación. — ¿No estás contenta de verme, Rose?— Ella asintió, pero todavía no sonreía, ni hablaba. Deslicé el reverso de mis manos por su mejilla, y ella tembló ligeramente ante mi tacto— Está bien, yo no estoy aquí para juzgarte, Roza. Ahora lo importante es que ellos allí dentro se convenzan de estar haciendo lo correcto al tomarte. Esos guardianes no tienen idea de lo mucho que pierden si te dejan ir. Vamos a centrarnos en eso ahora mismo.

— No sabía que estabas en la Corte— dijo finalmente. — Me... me dijeron que estabas de viaje con Tasha. Que vivían fuera...

— No sabía que te encontraría aquí tampoco. No supe mucho de ti, hasta esta misma tarde. Perdí tu rastro hace tanto tiempo.

Asintió, pero no dijo nada más. ―Rose, puedes hablar conmigo como siempre, ¿sabes? Como dije, no tengo nada que reprochar o juzgar, si eso es lo que temes. Sé que has sido madre, Alberta me lo dijo. — Bajó su mirada, pero coloqué una mano bajo su mejilla, obligándola con suavidad a mirarme. — ¿Cómo estás? Alberta me dijo que diste a luz a tu hija hace tres semanas. ¿Ambas están bien?

No eran las preguntas que un hombre haría a su amada después de que le dijeran que ella había tenido un hijo con alguien más. Pero mi naturaleza protectora hacia ella era intuitiva, y sobre todo genuina. Ella asintió. En sus ojos había una mezcla ambivalente de culpa y orgullo. Quizás no fuera un padre, pero creía poder entender su confusión, y podía comprender sus sentimientos. La idea de una pequeña criatura que había nacido de Rose seguía siendo una idea tan abstracta, tan loca y absurda, pero algo en ella se sentía bien. Correcto. Incluso si me dolía admitirlo.

— También supe que terminaste tus estudios en Santa Mónica. Por encima de la clase— sonreí. Ahora era yo el que no podía evitar sentirse orgulloso. — Fue hace qué ¿dos? ¿Tres meses? ¿Cuánto tenías entonces?

— Treinta semanas― susurró. Se la veía confundida e incómoda.

— ¿Pateaste el trasero de algunos guardianes con un vientre de siete meses?— ella asintió, sonriendo por primera vez. Pero tan pronto como apareció aquella primera luz se fue. Ella no sentía que podía hablar conmigo, confiar en mí, y eso se sentía tan mal. — Debiste estar muy asustada, tan lejos de casa. Pero ya ha pasado, ahora estoy aquí, y no voy a mantenernos lejos otra vez.

Tardó mucho tiempo en reconocer mis palabras, pero cuando lo hicieron pareció sorprendida, y aún más confundida que antes. Recordaba haberle dicho muchas veces antes de marcharme que la amaba y nunca dejaría de amarla, pero en sus ojos nunca había habido señal de creer en mis palabras. En ese momento me pregunté si se había pasado los meses pensando realmente que sólo le había mentido para llevarla a la cama. ¿Era ese el motivo por el que había buscado el amor en alguien más? ¿Amó a esa persona que le falló dejándola sola con su bebé? ¿Aún lo amaba? ¿Podía esperar que siguiera amándome, incluso después de que la hubiera abandonado hace nueve meses tras prometerle que siempre estaría allí con ella?

— Pero tuve un bebé— susurró, como si aquello lo cambiara todo entre nosotros. Y quizás debería haberlo hecho. No lo sabía, porque la cordura se había desvanecido apenas mis ojos se posaron sobre ella. Quizás el hecho de que ella se hubiera convertido en una madre en el último mes debería haber sido la razón que me hiciera ver que nuestra relación no estaba destinada a ser. Pero no era así. Lo único que entendía era que cuando estábamos lejos uno del otro no éramos nosotros mismos, hacíamos cosas que no debíamos, nos adentrábamos en un universo de locura descontrolada. Ella era mi equilibrio y yo el suyo. O eso esperaba.

— Lo sé. ¿Anna, verdad? Me gustaría conocerla, si estás de acuerdo. — la atrapé con la guardia baja otra vez. Ella asintió, sin embargo. Y luego me miró como si no pudiera comprenderme. — ¿Dónde está ahora?

— Con Mía Rinaldi, es su niñera.

— ¿Y cómo es ella?— Sabía que tenía que traerla a mí, y esa pregunta era una ruta segura para hacerla hablar.

— Es... es increíble— respondió, y en su mirada pude ver que ella ya no estaba allí conmigo. Era como si el pensamiento de su hija la transportara a otro lado, a la imagen mental de la niña, incapaz de escapar de ella— Es perfecta.

―Como su madre―dije.

Ella negó con la cabeza, sonriendo de verdad esta vez. ―No, ella es demasiado tranquila para ser algo remotamente cercano a mí. Ni podrías decir que es mía―se encogió de hombros. ―Apenas llora. Realmente solo se queja cuando tiene hambre.

―Más parecida a ti de lo que crees, entonces. ―Otra sonrisa. ―Dime más.

Ella me observo con curiosidad por un momento, y casi podía oír a su desconcertada mente preguntarse por qué deseaba saber todo eso. Luego de unos cuantos segundo por fin continuó. ―Bueno, es muy asustadiza. Como de todo. Ruidos fuertes, luces, personas nuevas. Aunque le gusta dormir junto a la ventana cuando llueve. Es muy curiosa también, aunque mi madre dice que todos los bebés lo son mientras van descubriendo el mundo.

— Suena increíble— estuve de acuerdo, tratando de recoger los trozos de información que ella y Alberta me habían dado hasta el momento para construir una imagen en mi cabeza. Pero era todo tan repentino que, por más que lo intentara, nada podía concebirse en mi mente. Y en el fondo, tampoco quería crear esa idea hermosa que había surgido de Roza... de Roza y de alguien más. Estaba triste, por supuesto, por cientos de razones: la idea de alguien más tocándola, la idea de alguien más dándole algo que la hacía tan feliz a pesar de las circunstancias, algo que yo jamás podría tener con ella. — Increíble.

Y luego se produjo un silencio, pesado y evidente. Y me di cuenta de que era la primera vez desde que la había conocido que algo como eso nos ocurría. El silencio nunca había sido incomodo entre nosotros, nunca antes necesitamos llenar el vacío con palabras inútiles, porque nuestro entendimiento de uno y el otro siempre fue más allá del lenguaje verbal. Pero en ese momento, no sólo era molesto, era abrumador. Una enorme tristeza me invadió al darme cuenta de eso, porque pese a las ilusiones que había estado albergando los últimos meses sobre nuestro reencuentro, ante la esperanza de que el tiempo y la distancia no desgastarían nuestro amor, tuve que reconocer que algo había cambiado, algo que era más profundo y menos evidente que la nueva persona que ocupaba el centro de su vida.

Y ella también lo sabía.

— No sé... no sé que se supone que deba decir— confesó por fin, y yo sólo pude asentir. Algo se había roto, y estaba preocupada ―como yo― de que no pudiéramos repararlo a tiempo. — Lo siento... lo siento.

— Yo lo siento, Roza— susurré, tratando que aquellas simples palabras transmitieran a ella toda la verdad. Y la verdad era que no estaba enojado, más que conmigo mismo; y que la idea de ella con alguien más era perturbadora, pero no tanto como la idea de que quién fuera esa persona, ahora compartía con ella algo hermoso e inalcanzable, como la creación de un hijo. Y que entendía, como ella misma había llegado a esa comprensión segundos antes, que algo había cambiado entre ambos, que eso me asustaba, pero que todavía quería intentarlo. Porque ante todos los cambios de nuestras vidas, era mi amor por ella lo que aún seguía intacto, como hace meses, y tan fuerte como el día que nos unimos en la cabaña del bosque. — Yo... Roza...

Pero en ese momento la puerta de oficina de Croft se abrió, y tuve que ponerme de pie. Alberta salió primero, y luego Celeste, y finalmente Hans. El guardián hizo una seña silenciosa con su cabeza para que entrara, y con una última mirada a Rose atravesé el umbral de la oficina dejándola atrás.