Todos los personajes de VA pertenecen a R. Mead
I.
Había imaginado ese día una y otra vez, por meses. Desde el mismo momento en que él se marchó, incluso mientras las dudas asechaban mis pensamientos, la esperanza de que sus palabras y sus promesas fueran verdaderas nunca se fue. Cada noche al acostarme, cuando acariciaba él vientre que crecía en sintonía con los temores, la incertidumbre y la soledad, pensaba que él podía llegar en cualquier momento. Soñaba con que se metiera en la cama mientras yo estaba en ella y se aferrara a mí, que le hablara a mi estomago, que susurrará consuelos y promesas similares a las de aquella noche en la cabaña. Pero siempre despertaba. Despertaba y la fantasía desaparecía, y en medio de la oscuridad y el silencio el resentimiento se avivaba y la desconfianza se hacía mucho mayor.
El transcurso de los meses posteriores a su partida fue un vaivén de sentimientos. El día en que me dijo que se iba sentí enojo, y creí, en lo más profundo de mí, que todo había sido una farsa. Él, su amor, las promesas y la breve relación que habíamos tenido. Todo parte de un ardid para lograr únicamente una cosa. Y luego habló, y dijo que me amaba, que siempre me amaría, y que volvería a mí. Y pensé que no tenía ningún sentido que me mintiera entonces, porque si realmente me hubiese usado para divertirse ni siquiera estaría intentado remendar mi corazón roto.
Así que creí en él. Otra vez. Pero se fue, y al verlo partir, sin siquiera mirar atrás un sólo segundo mientras sentía mi cuerpo desgarrarse por dentro, tratando de que mis brazos sostuvieran entero todo mi ser, me rompí de nuevo. Pero todavía lo amé. Y todavía creía en sus palabras. Y esa noche me dormí con lágrimas en los ojos y la esperanza incierta de que volvería a mí.
Quizás, me dije a mi misma, era lo mejor. Menos riesgos, más tiempo para centrarme en las pruebas, más oportunidades para que él encontrara un nuevo cargo antes de la graduación. Quizás ese tiempo separados nos fortaleciera a ambos, pensé.
Dos días después comenzaron a aparecer las primeras señales. Con el tiempo los mareos y las nauseas de todas las mañanas se volvieron el menor de mis problemas. Las clases de combate comenzaron a producir un desgaste enorme en mi cuerpo, y cuanto más tiempo pasaba, peor era. Por las noches dormía poco, pero irónicamente nunca llegué tan a tiempo a mis clases como durante ese periodo de semanas. En una ocasión me desmayé en mi habitación mientras preparaba las cosas para un baño, y al despertarme tan sólo me moví a mi cama y nunca le hablé a nadie de eso.
Pero la negación a la vez convivía con el conocimiento, e inconscientemente yo me había comenzado a preparar para otra cosa, una vida diferente. La responsabilidad emergió de algún lugar, y sin decirlo nunca en voz alta a nadie o hablarlo conmigo siquiera, en mi mente yo empecé a construir los planes de un futuro que no me incluía sólo a mí. Me esforcé en estudiar y elevar mis notas, quería graduarme, y quería hacerlo lo mejor posible, porque ese pequeño espacio de mí que conocía la verdad sin querer admitirla sabía que necesitaría hacerlo. Me preparé mentalmente para un futuro en el que ya no sería una guardiana, pero también continué haciendo todo lo que debía hacer para convertirme en una. Me aparté de Lissa, no porque quisiera o porque no doliera su ausencia; sino porque sabía que en algún momento tendría que elegir entre ella y ese alguien más que estaba, aunque yo no recociera su presencia explícitamente. Y sabía que Lissa tampoco me elegiría a mí cuando las cosas salieran a la luz y la presión social de los Moroi comenzara a asfixiarla.
Y mientras esto pasaba mi vientre comenzaba a hacerse evidente. Quizás había sido esa mañana cuando me miré al espejo y tenía un pequeño bache que nunca antes había estado allí cuando la duda se convirtió en certeza. Pero esa realización no supuso ningún cambio en mi vida. Al menos no un cambio consciente, porque sin darme cuenta yo seguía haciendo cosas que no tenían sentido alguno. Por entonces, yo seguía cubriendo la verdad con ropa holgada, y cuanto más crecía más se reforzaba mi negación. Era una conducta ambivalente y no me percaté de ella hasta el momento en que Celeste me halló varios meses más tarde en las duchas del sector femenino.
En todo ese tiempo yo seguía imaginando su regreso.
Y más tarde me descubrieron, y fue ahí, sólo en ese instante mientras la directora Kirova me expulsaba de la academia que la realidad se cayó sobre mí con una intensidad que casi me destruye. Por primera vez desde que él se había marchado yo sentí que volvía a vivir, que salía, después de una larga internación, de un mundo atemporal en el que me había encerrado yo misma para protegerme. Pero al regresar el tiempo sí había pasado, y yo tenía bajo mis camisetas una prueba muy evidente de eso. Tenía un bebé en camino y ninguna certeza.
Y Dimitri fue empujado a mis noches en vela, porque durante el día apenas tenía tiempo de sufrir su ausencia. Estaba demasiado ocupada preguntándome cómo solucionaría la lista irreducible de problemas que tenía en mis manos. Y en ese momento, mientras trataba de averiguar cómo haría para graduarme, resignarme a la idea de perderlo todo y volver a empezar a la par que buscaba un trabajo y construía una vida para mí y mi hijo, el rencor se coló en mis momentos vacíos y comenzó a envenenar todos los recuerdos que una vez había atesorado. Y eso me aterró. Porque todavía lo amaba, pero por primera vez desde que lo había conocido también lo odiaba.
Llegó mi padre, y él simplemente sacudió su varita mágica y una bolsa de dinero, y en un instante él arrasó con las preocupaciones que habían estado invadiéndome. Eso, a pasar del alivio que trajo, también insertó en mi nada apacible vida un puñado de nuevas preocupaciones: ¿Siempre dependería de alguien más para arreglar mis errores?
La vida en la nueva academia no fue fácil, porque las personas que me rodeaban no eran personas agradables. Pero por sobre todo, porque las personas de las que me rodeaba no eran las personas que yo necesitaba. Lissa me había perdonado por mis mentiras, y de vez en cuando llamaba para saber de mí y del niño, pero las cosas cambiaron. Y también cambiaron con Christian, con Eddie, con Adrian, con Alberta y con mi madre. Algunos cambios fueron buenos. Algunas cosas, me di cuenta, cambiaron por las circunstancias, pero otras simplemente porque debían cambiar.
Y fue en esas noches de interminable soledad cuando comencé a recurrir nuevamente a mi memoria y a su imagen impertérrita, cuando me di cuenta de que todavía lo amaba. Y quizás lo amaba más que nunca. Él se fue, sí. Y por su culpa yo estaba sufriendo más de lo que nunca admitiría, pero él no lo sabía. Y mientras Lissa seguía alejándose y mi madre volvía a su cargo hasta que yo me graduara, y Adrian intentaba averiguar dónde en el mundo me habían enviado después de St. Vladimir, el recuerdo de Dimitri se convirtió en mi única compañía. Su recuerdo y nuestro hijo, que había dejado de ser ya un conocimiento inconsciente y negado, una noción abstracta, y se había convertido en los cimientos de mi lucha diaria.
Cuando no estaba intentando sobreponerme a las frecuentes adversidades, ignorando a las malas lenguas de Santa Mónica o esforzándome para demostrar a todos que merecía esa segunda oportunidad, me dedicaba a averiguar cuál era aquella fuerza poderosa y sobrenatural que me había convertido en una madre joven. Porque yo podía haber estado en una burbuja de inconsciencia absoluta durante varios meses ―mecanismo de defensa de negación, lo llamaba mi psicóloga― pero nunca había ignorado que mi embarazo era un fenómeno científicamente imposible y sin precedentes.
Tuve un preocupante periodo en el que me encontré a mi misma hablándole a Dimitri. A un Dimitri que no estaba allí. En algunas ocasiones incluso nos peleábamos. Cuando se lo comenté a Adrian mucho tiempo después él estuvo convencido de de que aquel era un síntoma de locura. Pero se sentía tan natural. Se sentía como si no estuviera sola. Y a veces hasta podía imaginar su respuesta. Fue así como decidí dejar de buscar los motivos que nos habían llevado a concebir juntos un bebé. Yo, quizás cansada de quedarme hasta tarde leyendo esos libros de antaño, pude imaginarme a Dimitri convenciéndome de que lo importante no era saber ni el por qué ni el cómo del milagro, sino el milagro mismo. Y el recuerdo de Dimitri y yo, sorpresivamente, estuvimos de acuerdo en eso. Era la primera vez que estábamos de acuerdo en algo tan rápidamente y sin discusión, y habíamos tenido que no estar en absoluto para que eso ocurriera.
Bueno, tal vez Adrian no estaba tan equivocado.
Cuando Anna llegó, varias semanas después de la graduación, yo estaba viviendo con mi madre en una pequeña pero hermosa casa de campo que mi padre había comprado. Durante dos semanas mi madre, Anna y yo nos ajustamos a una tranquila rutina, pero en algún momento las cosas debían volver a su lugar, y eso ocurrió cuando me vi forzada a salir al mundo exterior.
Mi madre tenía que volver a su Moroi. Estuvo fuera tres meses, desde que me había graduado hasta dos semanas después del nacimiento de mi hija. Mi padre había insistido que me quedará con la casa de campo, donde podríamos ambas vivir en paz durante el resto de nuestras vidas con un dinero que pretendía proporcionarnos. Aunque agradecida, rechacé su oferta. Yo sabía que quedarme sola en esa casa, pese a todas las comodidades que tendría, sería un gran error. Necesitaba hacer algo por mí misma, para mí hija, y fue entonces cuando Adrian se contactó conmigo.
Durante todo ese tiempo él no había sabido nada de lo que estaba sucediendo. En la academia los únicos que conocían los detalles eran Lissa, Alberta, Celeste y Kirova. Una vez más las apariencias habían ganado, y las autoridades de St. Vladimir se encargaron de que mi incorregible desvergüenza no saliera a la luz. Él estaba sorprendido, tanto como yo al enterarme de que estaba saliendo secretamente con una mujer humana, alquimista. Me ayudó a encontrar la casa en la que ahora vivía con Anna, a contactarme con las niñeras de la Corte, a encontrar una oferta de trabajo que se ajustará a mis tiempos y todavía nos permitiera a mi bebé y a mí vivir cómodamente. Mi padre todavía se involucró, sin poder persuadirlo de lo contrario, y pagó por lo que, había descubierto más tarde, eran varios años de adelanto del alquiler de la casa de la Corte.
La casa no era parte la Corte Real propiamente dicha, sino una de las residencias independientes de la zona lindera. La Corte era una especie de enorme ciudadela, llena de vida, con un edificio central que era lo que llamábamos Corte Real, rodeado de los edificios de guardia, los complejos de habitaciones y las residencias independientes en la periferia donde nosotras estábamos. Al estar alejado del ajetreo del centro nuestro espacio era silencioso y pacifico, y a excepción de algunas casitas comparables a la nuestra estábamos prácticamente aisladas.
Teníamos un lugar hermoso donde vivir, pero todavía no se sentía un hogar en sí mismo, porque todo el tiempo, a veces más inestablemente que en otras ocasiones, yo había estado creando otro concepto de hogar, donde no sólo éramos nosotras dos. No obstante, había comenzado a resignarme a la idea de que quizás nunca lo volvería a ver. Se lo había dicho aquel día mientras nos despedíamos: muchas cosas podían cambiar en un par de meses. Yo había cambiado, ¿por qué aferrarse a la esperanza de que él no lo hubiese hecho?
Así que cuando volvió estaba sorprendida. Y una terrible pero real verdad me golpeó de repente: en todos esos meses yo nunca había intentado contactarlo para hablarle sobre nuestra hija. En el fondo estaba esperando que regresara por su cuenta, porque si volvía solo por la bebé sabía que nunca podría volver a ser lo mismo entre nosotros. Me arrastraría eternamente en la duda: ¿me amaba realmente o simplemente estaba acorralándose a sí mismo en una vida que no deseaba porque creía tener alguna responsabilidad conmigo y Anna? Por eso estaba feliz cuando él dijo que estaría a mi lado, aún cuando no había tenido tiempo de decirle que esa bebé era su bebé. Pero no pude manifestar esa felicidad, porque el miedo había comenzado a resurgir de sus cenizas y más y más incógnitas a llenar aquella lista de dudas que no había parado de crecer desde el momento en que lo había dejado ir: El podía amarme aún cuando pensaba que había tenido al hijo de alguien más, pero ¿Me seguiría amando cuando supiera que le había estado ocultando la existencia de su hija por tanto tiempo?
II.
- Así que... ¿cómo te ha ido?- preguntó Alberta a Rose, una vez que ella salió de la oficina de Croft. Ni Celeste ni ella se habían marchado, y tampoco yo luego de hablar con el jefe de los guardianes.
Ella se encogió de hombros mientras se acercaba. - Dijo que aún tendría que ser discutido por el Consejo y que probablemente la reina querría tener alguna opinión al respecto, pero que están necesitando más instructores para este proyecto y que no muchos guardianes están dispuestos a aceptar. Así que hay que esperar- susurró. En sus ojos no había ninguna seguridad, y me pregunté en qué momento fue que se había acostumbrado a perder.
- Bueno, serían idiotas si no te eligieran- La tranquilizó Celeste. - Y si son así de idiotas, lo lamento por ellos, pero esta no es nuestra última opción.
- De hecho lo es, al menos aquí en la Corte- respondió con tranquilidad. Ese era otro cambio. Otro gran cambio. La Rose que dejé en St. Vladimir habría hecho, como mínimo, un gran escándalo ante la situación. Pero aquí estaba, aceptando su propia condición con gran resignación. Como si se hubiera estado preparando para verse apartada de la sociedad en la que creció por mucho tiempo.
- Podemos hablar con alguien en el Consejo también. El único cabo suelto es la reina, pero no deberías preocuparte mucho por eso. Ella no suele involucrarse en estas cuestiones. - dije, mirándola a los ojos. Quería que viera que nunca la dejaría caer. Nunca.
- El guardián Belikov tiene razón, Rose. Nosotros no nos hemos rendido. Tú tampoco puedes hacerlo. Si no es por ti, entonces por ella.― Rose asintió. Alberta se acercó, presionando sus manos en las de ella. -Vamos a seguir peleando por esto. ¿De acuerdo? No eres la primera dhampir que ha sido madre y aún así vuelve a ser guardiana.
Pero es la primera que pretende ser guardiana sin renunciar a su papel de madre. Eso es lo que todos sabemos y nadie dice. Ella no quiere tener que elegir entre su deber con los Moroi y su amor de madre. Y no debería. Porque su hija también es parte de su deber.
―Celeste y yo tenemos algunos asuntos que resolver aquí en la Corte antes de que nuestro vuelo despegue, pero iremos a conocer a Anna más tarde, ¿de acuerdo?
―De acuerdo―sonrió, dando un asentimiento sutil.
Después de que Alberta y Celeste se fueron, por un momento ninguno de los dos dijo nada.
- ¿A qué le temes, Roza?- pregunté cuando el silencio se hizo insoportable. Y una posible respuesta llegó a mí. - ¿Acaso...? ¿Es posible que tú ya no me quieras, Roza? En ningún momento, ni siquiera cuando me dijeron que fuiste madre, me albergó el miedo de que ya no me amaras. Pero ahora, me pregunto... no lo pensé, ¿pero acaso debo olvidarme de lo nuestro? Yo no insistiré, lo juro. Yo te dejé, pese a que creí hacerlo por los motivos correctos. Si en este tiempo tus sentimientos han cambiado y has aprendido a querer a alguien más, solo dímelo, y me haré a un lado. Tenías todo el derecho a... empezar de nuevo y mereces ser feliz. Quiero que seas feliz. Pero Alberta ha dicho que el padre no está cerca, así que me permití seguir esperanzado a que tú aún... aún me ames.
- Yo nunca dejé de amarte- Su respuesta era tibia, suave, sincera.
- Y yo te amo. La pregunta es si el amor es suficiente para que podamos empezar de nuevo y olvidar los últimos meses. Estoy dispuesto a intentarlo si tu también lo haces- ella asintió, pero en sus ojos había algo más. ¿Otro secreto?- Dime.
―Anna. No voy a hacerla a un lado.
―Por supuesto que no. Te quiero. Y ella es una parte de ti. Entiendo eso.
- Primero tienes que conocer a Anna. No tomes ninguna decisión hasta entonces. Puede que ahora quieras intentarlo, pero cambies de opinión al verla. Y quiero que cualquiera sea tu decisión la hagas por ti, nada más- Asentí, comprendiendo.
- De acuerdo. Hagámoslo, entonces- sugerí.
La caminata fue lenta y placentera. Era más fácil sobrellevar el silencio cuando entendía el motivo de su presencia.
Ella no vivía en las residencias de los guardianes, y eso tenía sentido, ya que no estaba ejerciendo como una. Rose se había graduado, pero no le habían permitido tener su marca de promesa, así que de forma estricta no era considerada una guardiana.
Nos llevó a las residencias exteriores, en la periferia de la Corte. Estaba lo suficientemente alejada del centro como para dejar atrás el bullicio del palacio y las residencias principales. Su lugar era una pequeña casa de rocas, cristal y madera, con una apariencia moderna y relajante. A su alrededor había un pequeño jardín de flores rojas que trepaban por la construcción.
- Fue un regalo de mi padre- me explicó cuando llegamos allí. Parecía ir soltándose cada vez más, ir recordando cómo solían ser las pláticas entre nosotros dos.
- Alberta lo mencionó. ¿Cómo fue eso?
- Ah, es... Bueno él es... Abe es...- parecía luchar por encontrar las palabras para describir al padre que había conocido a sus dieciocho años. -Es la persona más extraña que he conocido. Es ridículamente extravagante, infantil y estoy muy convencida de que es una especie de mafioso o algo así, aunque nadie me lo ha confirmado- sonrió, encogiéndose de hombros. - También es irritante, arrogante y sarcástico. Mamá dice que me parezco a él en eso-puso los ojos en blanco, como si la comparación fuera absurda. -Pero es una buena persona.
Llegamos finalmente a la casa. No era ni demasiado grande ni demasiado pequeña. En el interior todo era silencio y armonía, excepto por la sala, donde había cajas a medio desempacar, objetos sueltos, y un mueble de madera semiarmado, que después de unos momentos reconocí como una cuna.
―Siento el desorden. Solo nos movimos aquí ayer por la tarde y aún no... En fin, ¿quieres algo de beber? ¿Tomar asiento? Mía probablemente tarde un rato más en traer a Anna― Asentí, principalmente porque no estaba seguro de qué más hacer. Rose se alejó mientras tomé asiento en el sofá, pensando en todo lo que teníamos por hablar.
―Puedes decirme cualquier cosa, ¿sabes?― le dije, una vez que ella volvió con nuestras bebidas, y se sentó en el extremo opuesto del sillón. Se veía inquieta, incómoda. Y aunque era una Rose muy diferente a la que dejé en St. Vladimir, también era la misma Rose que yo conocía. ― ¿Hay algo que quieras preguntarme?
―Hay algo que no entiendo―admitió, después de un minuto de vacilación.
― ¿Por qué me fui?―adiviné. ― ¿Por qué me fui? ¿Qué cambió entre la noche en la cabaña y ese momento? ¿Y que cambió entre ese momento y ahora? Quieres saber por qué me fui y por qué estoy aquí ahora.
―Bueno, sí. Eso...eso lo resume un poco―dijo, encogiéndose de hombros. ―Yo no entiendo. Te fuiste, con Tasha... y aún así estás aquí. Te fuiste cuando estábamos bien y vuelves ahora que...ahora que todo es más complicado, como si nada hubiera cambiado. Lo siento, pero no tiene ningún sentido para mí.
―Dijiste que aún me amabas.
―Sé lo que dije. Y lo que dije es cierto. Pero mi amor no le da sentido a la situación, no hace que todo sea menos... confuso―murmuró, jugando distraídamente con sus manos. ―Cuando te fuiste tus explicaciones fueron, en el mejor de los casos, vagas. Me dijiste que te ibas y que nos volveríamos a ver. Pero no me dijiste por cuánto tiempo. No me dijiste por qué. No me dijiste a dónde. Todo lo que sabía era que te ibas junto con una mujer que había mostrado evidente interés por ti. Una mujer con la que podías formar una familia y a la que podías amar sin todas las problemáticas que yo...
Negué, interrumpiéndola inmediatamente. ―No. No, Roza. Esa no fue la razón por la que me marché. Te dije. Te dije que nunca amaría a Tasha.
―Sí, lo hiciste―asintió con solemnidad. ―Lo hiciste. Y luego te fuiste. Y no miraste atrás, en ningún momento. No supe nada de ti. Pasaron los días y seguía sin saber nada de ti. Pasaron las semanas y nada. Y ahora han pasado casi diez meses desde que te has ido, y esta es la primera vez que sé algo certero de ti. Entonces sí...estoy confundida.
―Entiendo. Lo entiendo―Era doloroso ver todo desde su perspectiva. Ciertamente yo había sufrido su ausencia, pero siempre había tenido esperanza. Sabía que la amaba. Y nunca dudé de su amor, porque nunca me dio ninguna razón para hacerlo. Ella tenía todas las razones para creer que solo la había usado. ―Comprendo por qué puedes pensar de esa manera. Yo nunca pensé que te iba a lastimar tanto, Roza. Pensé que si me ausentaba un tiempo, todo sería más fácil, y que eventualmente nos volveríamos a ver y... Fue iluso de mi parte creer que nada cambiaría. Y lo siento. Siento haberte dejado, siento haberlo hecho de la manera en que lo hice, y siento haberte herido. Pero si me lo permites, me gustaría explicarte. Hay una razón por la que me fui, y no tiene nada que ver con no amarte o con amar a alguien más.
Hace meses había decidido ocultarle la verdad, pensando que de esa forma la protegería. Me había marchado, creyendo que mi ausencia la beneficiaría. Y ninguna de mis acciones había hecho otra cosa que, de alguna manera, lastimarla.
― Tasha descubrió lo nuestro, en St. Vladimir―le dije. Ella levantó la cabeza inmediatamente, sorprendida por esa admisión. ―Lo descubrió, y me increpó, la noche antes de que te dijera que me iba. Amenazó con contarlo, denunciarlo. Pensé... bueno, en todo lo que podía pensar era en que iba a arruinar tu futuro, y que sería mi culpa. Y entonces ella me ofreció acompañarla a Chicago como su guardián, por un tiempo, seguramente con la esperanza de que eventualmente mis sentimientos hacia ella cambiarían. Si hacía eso, entonces ella no reportaría lo nuestro a las autoridades de la academia. Se suponía que sería un tiempo, Roza. Solo hasta poco después de tu graduación. Si me quedaba no habría ninguna oportunidad para nosotros, ni juntos ni separados. Pero si me marchaba al menos podríamos intentarlo. Creí que estaba haciendo lo correcto.
― ¿Por qué...? ¿Por qué no me lo dijiste?― susurró, con lágrimas acumuladas en sus ojos. Negó con la cabeza, con frustración, antes de dejar caer su rostro entre sus manos. Me acerqué a ella, tratando de apoyar mis manos en sus brazos, pero se apartó, poniéndose de pie. ― ¿Por qué no me lo dijiste?―dijo otra vez, esta vez con la voz más firme, más exigente.
― Pensé que si no lo sabías, sería más fácil para ambos. Quería que pudieras concentrarte en tus estudios, en tus pruebas. No quería sumarte estos problemas...
―No tenías derecho a decidir eso por mí―susurró furiosamente. ―Se supone que confiabas en mí. Se supone que debías confiar en que era lo suficientemente fuerte para poder lidiar con la verdad y lo suficientemente sensata para entender tus decisiones. ¿Crees que no habría comprendido? ¿Realmente crees que fue mejor dejarme creer que nunca me habías querido, que solo había sido un juego para ti? No eres mi dueño, Dimitri, no puedes tomar esas decisiones por mí. No puedes pensar que soy lo suficientemente adulta para dormir contigo y no para entender e involucrarme en cuestiones que me afectan directamente.
―Tienes razón―concedí.
― ¿Tú crees?―preguntó sarcásticamente, de forma mordaz. A pesar de la situación, sonreí, porque esa era la Rose que conocía. Feroz, como una especie de gato salvaje, lista para atacar en cualquier momento. Observé con tranquilidad cómo la furia iba filtrándose, poco a poco, y esparciéndose por sus bonitos rasgos. ―Eres un idiota, Dimitri―declaró finalmente. ―Y ciertamente no tienes idea de cómo se siente ver a la persona que quieres alejarse. No sabes cómo es preguntarse cada día, cada segundo, si algo de lo que habíamos vivido juntos era real. Si su amor era real. Si era tan fácil de dejar atrás.
― ¿No lo hago?―Pregunté antes de poder contenerme. Fueron las palabras equivocadas, me di cuenta, cuando su mirada se posó sobre mí, fría, brutal y sin ningún tipo de misericordia.
―Quieres saber sobre el padre de Anna―afirmó. No pude evitar el tirón en mi pecho cuando ella lo mencionó. ― Quieres saber quién es. Quieres sabes cómo pasó. Quieres saber cuánto tiempo pasó desde que te fuiste.
―¿Lo amaste?― susurré, con la voz temblorosa. ¿Aún lo haces?, pregunté en mi propia mente. Sus ojos me devolvieron la mirada, totalmente impávida. ― Pero no tengo derecho a preguntar―adiviné.
―Estoy de acuerdo. No tienes derecho―respondió bruscamente. ―Porque te fuiste. Te fuiste y no te debía ningún tipo de lealtad. No te engañé. No te traicioné de ninguna manera. No te debía nada...
―Lo sé
―Y no tienes derecho a tener esto en mi contra―continuó, como si no me hubiese escuchado.
―Lo sé.
―Y no puedes esperar que me sienta culpable por algo de esto...
―Roza, lo sé―repetí, con más fuerza.
No dijo nada más, por un largo tiempo. Suspirando pesadamente se sentó en el sofá.
―Eres el único hombre que he amado, si eso te sirve de algo―susurró más dócilmente, después de un silencio largo. Asentí, tratando de ocultar el alivió que se había filtrado a través de mí. ―Lo siento...
―Como has dicho, no tienes que pedir disculpas por...
―No. No―murmuró con impaciencia. Parecía cansada. ―No por eso. Cuando la veas... cuando la veas quizás entiendas.
―No comprendo.
―Cuando la veas―repitió. ―Y espero que recuerdes esta conversación entonces―dijo crípticamente.
Asentí, tratando de darle sentido a sus palabras. - Puedo ayudar con eso- ofrecí, señalando el mobiliario a medio armar al otro lado de la sala, en un intento de sembrar paz entre nosotros. - Ayudé a mi hermana a armar la cuna de su primer hijo hace unos años. Sé cómo hacerlo.
Ella sonrió un poco después de eso, antes de asentir. Suspiré aliviado sabiendo que por el momento estábamos bien. Aún quedaban muchas cosas por decir, pero sabía que la amaba, y sabía que ella me amaba. Y si eso era o no suficiente para volver a intentarlo era algo que tendríamos que descubrir juntos.
