Los personajes de VA pertenecen a R. Mead
I
Muchas cosas me fascinaban de Rose. Cosas que desde el comienzo habían sido una advertencia de su naturaleza única. Su vehemente lealtad, su apasionada personalidad y su salvaje comportamiento. No era perfecta. Ninguno de los dos estaba remotamente cerca de serlo. Pero era hermosa en su imperfección. Y la había amado, durante mucho tiempo.
Y a pesar de todo lo que había ocurrido y toda la distancia temporal que nos separaba de aquel primer día en Portland, todavía no había aprendido a ser inmune ante el desconcierto que ella me provocaba.
Aún no era diferente. Nada había cambiado, a pesar de que ya nada era igual.
Mientras la ayudaba a armar la cuna de su hija y la oía hablar de ella, me seguía fascinando, cautivando. Era su madre, y por supuesto que la conocía más que cualquier otra persona en el mundo, pero todavía me sorprendía el profundo entendimiento que tenia acerca de un ser que ni siquiera había existido hacía dos semanas.
Me recordaba a nosotros, a como ella siempre sabía lo que yo estaba pensando o cómo yo conocía sus mañas más extrañas: como su color favorito de labial, que odiaba el café y que amaba el chocolate caliente, que en el periodo entre la cabaña y nuestra despedida ella solía dormir con aquella vieja camiseta que le di la noche del encanto de lujuria, que le molestaba que la tratasen como a una niña, que amaba cuando los rayos de sol caían sobre su piel, que podría vivir de una dieta en la que las donas fueran su alimento básico si se lo permitieran.
Ese profundo entendimiento era un acto de amor.
Quería oírla hablar más y más, para comprender como era ella ahora que alguien más era parte de su vida, pero había algo que deseaba incluso más que eso.
— Sé que prometí no tomar ninguna decisión antes de ver a Anna, pero hay algo que tengo que hacer antes de que ella y su niñera regresen porque... bueno, porque sería inapropiado hacerlo delante de ella. — confesé. ― Y porque realmente no quiero esperar.
— ¿Y qué es eso?— preguntó nerviosa, mientras me acercaba. Pero ella sabía. Por supuesto que sabía. — ¿Crees que sea buena idea? Dijimos...
— Sé lo que dijimos— susurré. Estaba tan cerca de su rostro. Podía oír su respiración y los latidos de su corazón. La próxima vez que hablé lo hice rozando suavemente mis labios contra una de sus mejillas. — Y creo que es una gran idea. ¿No lo crees?
Ella asintió, de manera nerviosa. Me preguntaba en qué momento nuestros roles se habían intercambiado y ella había pasado a ser la cautelosa y yo el imprudente. Pero ella se acercó más, y eso fue todo lo que necesité. Y besarla fue como despertar. Era suave y cálido, como una gota de rocío en un día soleado, pero también era salvaje y primitivo. Era loco y abrumador, y tan entrañable como la alegría de volver a casa después de un largo viaje. Ese beso era más que una muestra física de nuestro amor; era, ante todo, un compromiso. Ambos sabíamos que no habría vuelta atrás después de eso.
Podía saborear sus lágrimas, pero también sentía la sonrisa que crecía en sus labios mientras bailaban salvajemente contra los míos.
II.
Mía Rinaldi llegó unos minutos más tarde, empujando un carro de bebé por delante, mientras Rose y yo terminábamos de colocar animales de felpa sobre una cuna recién armada. Inmediatamente el cuerpo de Rose se tensó, mirando nerviosamente hacia la entrada. Tomé su mano, dándole un apretón motivador.
Cuando la Moroi abandonó la casa prometiendo volver al día siguiente, Rose caminó hacia la fuente de sonido constante que era una mezcla entre gorgoteo y llanto.
―Oye― la escuché susurrar al tiempo que se arrodillaba frente a la carriola. ―Mira, estoy aquí. No pasa nada.
No vi a la niña, pero vi el rostro de Rose. Y supe entonces que todo estaría bien. Nada que la hiciera así de feliz podría ser malo para nosotros.
La vi recoger al bebé, envuelto en una manta rosada, y oí el balbuceo alegre y tranquilo. Y la vi caminar hacia la cuna, a solo unos pasos de mí. Y aunque todo mi mundo se tambaleaba por dentro, me negué a apartarme de allí. No podía hacerlo.
La apoyó con ternura sobre la cubierta de la cuna, dándome una mirada significativa mientras me acercaba cada vez más.
— Quiero que conozcas a alguien― le susurró a la niña, apartándose un poco para darme lugar a conocerla.
Quiero que funcione. Me había dicho antes. Pero ella es una parte de mí ahora. Y si ella no encaja en la ecuación, entonces no puedes contar conmigo para intentarlo.
Puedo amarla. Le había respondido. Si eso es todo lo que te preocupa, Roza, debes saber que puedo hacerlo.
Por supuesto que lo haría, pensé en el momento que puse mis ojos en ella por primera vez. Por supuesto que lo haría.
Primero fueron sus ojos. Tan marrones y tan curiosos, atentos a su entorno, como si el mundo minúsculo que rodeaba su periferia fuera emocionante. Noté el resto de su rostro más tarde, pero primero fueron sus ojos. Sus mejillas estaban sonrojadas, contrastando violentamente con su piel almendrada. Su cabello no era como el de Rose, era más claro... como el mío. No podía decir que ella era una réplica mía, porque los bebés no eran como nadie en absoluto hasta semanas después de su nacimiento, pero toda su apariencia era una advertencia constituida de pequeñas señales de nuestro parentesco.
Eran algunos rasgos, como la curva de su nariz, la forma en que fruncía el ceño ante los estímulos de sonidos externos, y sus labios... tan parecidos a los de mi hermana Viktoria. Yo estaba escrito en toda ella, en pequeños pero perceptibles lugares de su ser, de la misma forma en que Rose, su madre, se dibujaba sobre su piel y su sonrisa.
Miré a Rose, que estaba observando atentamente mi reacción, y miré a la niña una vez más, pensando que en sus ojos no sentiría las acusaciones que emanaban de los ojos de su madre. Peno fue así. Era absurdo, por su puesto: Rose no tenía más que una mirada nerviosa e intrigada, como si le asustase tanto como le intrigase averiguar lo que pasaba por mi mente.
No. En ella no había acusación ni resentimiento alguno. Era mi propia culpa la que no me permitía mirarla a ella, o a nuestra hija, a la cara.
Nuestra hija.
Con un suspiro tembloroso volví a mirarla. Ladeó la cabeza con curiosidad, esperando algún tipo de respuesta de mi parte. Abrí la boca, inseguro de lo que pretendía decir, y luego la cerré, más convencido que nunca de qué no existían aún las palabras que necesitaba.
De alguna forma se me ocurrió que probablemente era un error, porque aquello no tenía ningún tipo de explicación lógica. Pero con sólo una nueva mirada a aquella increíble criatura la verdad se volvió evidente. Era tan mía como lo era de Rose: el pequeño lunar en su mano derecha, sobre su menique; un rizo inoportuno detrás de su oreja; una alarmante mirada familiar.
Y entonces rompí a llorar, alejándome de ambas.
Lloraba de alivio y felicidad, porque a pesar de mi negación la idea de Rose siendo de alguien más, aunque fuera solo por un momento, era agonizante. Y lo que era aún más aterrador: pensar que Anna siempre le pertenecería más a un hombre que ni siquiera formaría parte de su vida era desolador. Y lloraba porque la culpa era abrumadora. Yo era ese hombre, aquel que se había apartado de sus responsabilidades, aquel que las había dejado a su suerte. Era yo quien la había empujado a ese pozo de depresión del que Alberta y Celeste me habían hablado. Era la razón por la que la habían alejado de su hogar para abandonarla en un entorno hostil rodeada de desconocidos en el momento de su vida en el que necesitaba más que nunca la familiaridad y el apoyo de sus seres queridos.
―Lo siento. ―Estaba de espaldas a ella mientras susurraba las palabras. Palabras que se sacudían al compás de los temblores de mi cuerpo. Se paró ante mí, y la vi a través de mis lágrimas antes de apartar la mirada. La vergüenza era tan grande, tan insistente y se hundía profundamente en sus entrañas. ― Dios, Roza, no sabes cuánto lo siento.
―Sí, lo sé― murmuró, sin malicia en su voz. Sentí su pequeña mano debajo de mi barbilla. Rozo sus yemas contra la rigurosidad de mi piel, y luego me empujó suavemente para que la mirara. ― Lo sé porque puedo verlo. No mentiré― murmuró. ― No diré que no estuve enojada. Que no me sentí herida, usada. Pero debes saber que nada de eso me hizo, ni siquiera por un momento, dejar de amarte. Y ahora que sé por qué... ahora puedo entenderlo. Lo entiendo. Y no quiero seguir con esto si no podemos dejar todo eso atrás. Así que te perdono. Y espero que tú puedas perdonarme también.
― Dios, Rose, no hay nada por lo que deba perdonarte. Nada. ― Tomé sus manos, porque no sabía qué más hacer. Tomé sus manos, porque se sentía bien hacerlo. ― Espero poder arreglarlo, Roza. Espero poder...
—Te hemos estado esperando y estas aquí― me interrumpió.
— Es mi bebé— susurré, y ella asintió, a pesar de que no era una pregunta. Secó mis lágrimas con sus dedos, y me ofreció una sonrisa alentadora. — ¿Cómo?
— No tengo idea, y realmente, no es importante para mí. Adrian y su novia, por otra parte, están muy interesados en todo el... fenómeno. Si quieres saber algo, tendrás que acudir a ellos.
― No. No es importante― estuve de acuerdo. ― No... no es... No sé que se supone que diga ahora― reconocí.
― ¿Qué te parece si ahora conoces a tu hija de forma correcta?
III.
La navidad llegó pronto, y con ella volvió un poco la normalidad que se había escapado. No se estableció una rutina, porque en cada día con Anna y Roza había algo nuevo, un descubrimiento, un entendimiento de que todo aquello era algo único, que era importante.
Había renunciado a mi cargo como Guardián de Tasha la misma noche que me reencontré con Rose. No fue agradable, pero como la mayoría de las cosas que no lo eran, fue necesario. Nuestra amistad ya había terminado, mucho antes que nuestra relación laboral esa noche.
Festejamos mi reasignación cinco días después, en noche buena. Un puesto en el Consejo de guardianes que ahora podía aceptar, sin temor a que abandonar el campo tan pronto en mi carrera se volviese tedioso o un arrepentimiento. Tenía prioridades distintas. Y estaba feliz con mis decisiones. Rose había logrado conseguir el puesto como instructora. Nunca dejaría de pensar que estaban desperdiciando su talento, pero ella parecía contenta. Nuestros horarios eran ahora mucho más flexibles. Podríamos ser los padres que Anna se merecía... O al menos lo intentaríamos.
Para celebrar salimos de la Corte, viajamos a la ciudad más cercana, y compramos un árbol navideño. Sería el primero para Anna, y el primero para Rose desde que había sido ingresada a la academia cuando era apenas una niña. Cociné para ella los platillos navideños rusos tradicionales que mi madre solía hacernos a mis hermanas y a mí. Y me senté en una manta en el piso de la sala, con Rose recostada a mi lado y nuestra hija arropada entre nosotros, mirando los fuegos artificiales a través de los ventanales de la casa, absolutamente convencido de que los milagros de navidad realmente existían después de todo.
