Fiction

Historias de Albert y Candy

Highlander Obscuro

Por Mayra Exitosa


El rubio estaba fascinado con su mujer, la miraba a la luz de las velas y deseaba verla en el día así, plenamente desnuda, lo estaba enloqueciendo y con ello más endurecido se ponía, nunca se imaginó que apenas la había visto lo había atrapado y ahora siendo suya, no dejaría que nadie le hiciera daño, si se consumaba su matrimonio antes de llegar a Escocia, ella confiaría en él y todo lo que allá decían no le afectaría a su mujer, no dejaría que nada ni nadie le hiciera ningún mal, porque al final ella lo aceptaba sin temor alguno.

- No se avergüence de verme, todos los hombres somos iguales, más el suyo soy yo, espero sea al único que vera plenamente, pues en mis aposentos me gustaría yacer desnudo junto a mi mujer. Ella se quedaba sin aliento de pronto, mientras él le brindaba confianza para que se diera cuenta que se hallaban casados, a solas en su habitación y aunque no había apagado las lámparas, los dos continuaban conversando por lo que no daba oportunidad de que mencionara que apagase las velas y él deseaba seguir viéndola todo el tiempo, - como usted desee mi Lord. - En Escocia me llaman Laird, no Lord, más usted puede llamarme William o Albert como más le agrade, porque deseo ser no solo su esposo, sino su amante y su mejor amigo. - ¿todo eso? ¿se puede? - Si usted lo quiere, eso seré porque solo nos tendremos uno al otro y no quiero que ninguna mujer este junto a mí, teniéndola conmigo - ¡Oh! nada me agradaría más que ganarme su corazón, como usted se encuentra en el mío. - ¿lo estoy? - desde que lo vi entrar por mi puerta, al saber que me haya elegido adecuada para ser su esposa, que no haya puesto ningún impedimento sobre mi persona aun estando en duda mi reputación y que me tenga tal confianza para declárame que seré la única que le dé hijos, es lo más hermoso que puedo desear, en mi vida también será usted será el único. - ¿me lo jura? - ¡Se lo juro!

El volvió a tomar su boca, sus manos tomaron todo lo que pudieron de ella al iniciar con su trasero y uno de sus senos, para luego alzarle una pierna encima de la suya e introducir una de sus manos a entre sus piernas y jugar sus dedos por los rizos ensortijados que ahí yacían. Continuaba tomándola sentado, sin soltarle su boca, sintiendo los gemidos y leves movimientos de sorpresa, por cada acto que iba prodigándole, hasta tenerla ampliamente acomodada sentada de frente, ella aferrada a sus hombros y él soltando su boca para probar lo que podía de su cuerpo. - Es usted preciosa y solo mía. - ¡ah! ¡oh! - ¿Le gustan mis atenciones, mi Lady? - ¡Oh si! ¡Si!

La recostó en su lecho para comenzar a volverla loca de felicidad, hacía cosas que ella no imaginaba y desconocía en su totalidad, más él se hallaba muy ansioso, pero se contenía al saberla primeriza en sus actividades maritales, su cuerpo lo estaba enloqueciendo, por lo que cuidaba de ella amoldándola antes de iniciarla en lo que sabía que iba a lastimarla, deseaba que no sufriera, estaba agonizando por darse espacio suficiente para poder poseerla. Ella no dejaba de jadear anhelante ante cada nueva intervención que la sorprendía hasta el momento de formas agradables. - Mi Lady, sabe que puede que le lastime un poco, le prometo que no será mi intención que usted lo pase mal. - Si, ¿desea que muerda un pañuelo? – No, mis besos le tranquilizaran. Su boca jugaba con sus pechos de nuevo y ella se enardecía moviéndose instintivamente sin darse cuenta, sus manos jugaba en su interior y ella no podía dejar de sentirse involuntariamente ansiosa, su boca parecía querer probar su piel por todas partes, incluso entre sus piernas y ella estaba más que eufórica por los resultados de esos afectos había realizado en ella, no podía creer que su marido la tratara con tanto esmero, había escuchado algunas doncellas que la primera vez siempre era muy desagradable, más aun no sabía que de todo lo que su marido hacía era desagradable, hasta que le advirtió que la lastimaría un poco.

Al abrir sus piernas sintió por fin parte de su cuerpo se acomodaba, en un empeño, él tomaba su boca y el ardor momentáneo parecía partirla, para después tomar aire y dejar que siguiera besando su rostro y acariciando sus hombros. No pudo evitar sentir una molestia y sus lágrimas se desprendieron inesperadamente, más yacía insertado dentro de su ser, mientras el dolor leve pasaba, - ¿Se encuentra bien, mi lady? me moveré y no quiero que se asuste. - Es... es... estoy bien.

Lo que continuo fue algo muy placentero, incluso se lo confirmó la locura que con sus dedos había realizado al comienzo, ahora se superaba con el movimiento y el peso de su cuerpo, pues hacía lo que su boca también lo había prodigado con antelación, más eso era diferente, podría decirse que era más grato sentir su rostro besándola constantemente, su enorme espalda la escondía de la luz de las velas que… todavía continuaban encendidas dentro de las linternas de cristal, sus piernas largas se rosaban con sus piernas entrelazadas, todo en él le parecía atractivo, no podía creer que ese hombre desnudo y con los músculos firmes la protegía de su propio peso, notaba que uno de sus brazos se apoyaba en la cama y se veía que el continuaba en ese vaivén que la iba colmando internamente, buscando que ella se sintiera amada, no solo con sus actos sino con sus hermosas palabras y los detalles que le iba regalando colmándola de atenciones. - Tranquila mi dulce amor, yo… ya… estoy - ¡Oh! ¡yo! ¡ah! Los dos culminaban en su primer encuentro agotados y abrazados jadeantes de lo que ambos se habían dado.

En Londres luego de días, llegaba preocupado el Duque de Fife, su esposa yacía dentro de su habitación junto a sus doncellas con el sanador encerradas bajo llave pues se daba cuenta al mover la manija de la puerta, por lo que con antelación al ser su esposa tan intensa, contaba con una llave encima del marco de la puerta e ingresaba para ver lo más espantoso que había visto en toda su vida, el sanador tenía atada y abusaba de su mujer, la tenía con el trasero expuesto y su miembro en el acto entre las piernas abiertas y con un atado en su boca, fue tal la furia que no lo dejo terminar sin antes romperle en pescuezo a esa bestia. El shock lo tenía mudo y verlo caído en el suelo le daba un jadeo involuntario. De pronto una furia y un deseo de gritar más su cuerpo no reaccionaba solo estaba su mujer con sus piernas expuestas y giraba viendo de un lado a otro sin hallarse nadie de espectador.

Continuara...


Continuando con este capítulo, deseando sea de su agrado, agradeciendo sus comentarios,

Gracias también por el respeto al leer no tome ni adapte mis escritos, ni las historias que son de mi autoría.

Un abrazo a la distancia

Mayra Exitosa