¡Ey! Hacía tiempo que no cumplía retos y se siente bien hacerlo, más si es poliamor (¿

Este fic es un reto que acepté de mi querida Bau en su momento, allá por esos lares, en el proyecto 1-8.

Y rezaba así:

Pairing: Mimi x Yamato x Koushiro

Características: ¡¿Cómo carajos es que esto ocurrió? ¿En qué momento? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?! Es lo que Yamato y Kou se preguntan, pero parece ser que Mimi es la que lo toma con más normalidad y la que más lo disfruta.

Es de hace bastante y no sé si lo he cumplido del todo, pero acá esta :D


Advertencias: ooc, Lemon, poliamor, tiempo alternado.


Lo que ocurrió es para siempre


Yamato siempre era de fácil despertar, así que fue el primero en escucharle cuando se levantó de la cama pese al cuidado que puso en moverse. Seguramente, en busca de su ropa y con la cara tan roja como su propio cabello.

Se preguntó si realmente debería de dejar que escapara, porque él mismo estaba intentando procesar lo que había ocurrido, pues, esa mañana y lejos de lo normal, había tres cuerpos ocupando su cama —aunque uno estaba intentando marcharse—.

Se incorporó, apoyándose en los codos y miró hacia él. Koushiro se encogió para ponerse los calzoncillos. Era mucho más delgado y pequeño de lo que parecía, también suave. Mimi lo había recalcado muchas veces y por la cantidad de marcas rojas que tenía en su piel, a ella le había gustado mucho.

Si miraba a su lado, justo encogida contra sus costillas, Mimi parecía plenamente satisfecha en su sueño. Aunque dudaba que continuara durmiendo por mucho más. Debía de reconocer que, aunque a veces intentaba remolonear más entre las sábanas, si tenía cosas que hacer era la primera en despertarse —y despertar a todo el mundo—, incluso de preparar café.

La sábana caía sobre sus caderas, dejando a la visión la parte superior de su cuerpo, desnuda, con marcas semejantes a la de Koushiro en su piel. Algunas él mismo se entretuvo en hacérselas, mientras, incluso, observaba como jugaba con Izumi.

Porque, oh, dios, la había visto hacer muchas cosas con él. Cosas que él mismo le había enseñado y que volvieron loco al joven intelectual, más sorprendido por ser capaz de llegar a esos límites de los que se creía.

Empujó las sábanas de sus pies y se levantó. Koushiro dio un respingo, ahora más consciente de que había alguien más despierto. Cuando le miró se puso de diferentes colores. Pálido, rojo, más rojo…

Yamato sólo elevó una ceja y camino, desnudo, hasta la cómoda para sacar algo de ropa interior, una sudadera y un pantalón de chándal cómodo. Había cosas que le gustaría hacer, como darse una ducha, pero tras el ejercicio y una buena tanda de sueño, estaba seguro de que el hambre no tardaría en ser algo primordial.

Cuando se volvió, Shiro ya había terminado de vestirse y salía por la puerta. Lo siguió en silencio y cerró tras ellos. No había llegado a la cocina cuando él empezó a apretujarse las manos.

—Yamato —comenzó—, creo que debería de disculparme.

Él abrió la nevera y estudio el contenido. Podía hacer algo rápido para tres. Empezó a sacar ingredientes.

—¿Yamato?

—¿Tienes alergia a la leche o los huevos?

—No —negó confuso—. Espera. ¿Vas a hacerme el desayuno?

—Sí —respondió agachándose para sacar diversos utensilios que fue colocando sobre la encimera.

—Pero… ¿No deberías de echarme de la casa o pegarme —aunque reconozco que sería muy problemático, porque no soy Tai—, incluso desearme la muerte?

Se detuvo antes de cascar los huevos y le miró.

—¿Por qué?

—Bueno, porque… ayer… anoche…

Rompió finalmente los huevos y empezó a batir.

Sí. Anoche. Los tres. De alguna condenada forma que no lograba recordar, preguntándose cómo y por qué, Mimi, Koushiro y él, tuvieron una noche demasiado loca de sexo como para ignorarlo.

Se tocaron… Diablos, estaba seguro de que hasta Mimi les apremió para besarse. Y algo cosquillaba en él, apacible, lo suficiente significativo como para comprender que no fue nada malo y que había mucho más.

Apretó con fuerza el batidor y sacudió la cabeza.

—No voy a pegarte por eso —aclaró para calmar la situación—. Ni insultarte ni nada parecido, Koushiro. Estoy tan confuso como tú.

Izumi llevó sus manos hacia su cabeza, frotándose los pelirrojos cabellos con fuerza.

—Tengo la mente tan repleta que no consigo poner en orden nada. ¿Cómo empezó? ¿Quién empezó primero? ¿Por qué? —preguntó tan de sopetón que apenas pudo seguirle el ritmo. Aunque básicamente, eran las mismas preguntas que él estaba rumiando.

Abrió la boca para responder, algo, en claro, significativo. Mas no pudo articular nada, porque no podía esclarecer mucho. ¿Quizás tenía que ver que ambos acababan de despertarse?

—Voy a poner mis ideas en orden —anunció Koushiro.

Le dio la espalda para dirigirse a la mesa del comedor. Retiró una silla y se sentó, colocando los codos sobre la mesa y las manos bajo su barbilla.

Por un instante, un recuerdo pasó por su mente. Recordaba el olor de la comida, una sonrisa cómplice que indicaba una travesura. El sonido de bragueta descender y después… después no recordaba más.

Maldijo de nuevo por dentro y encendió el horno. Odiaba que su mente bloqueara esas cosas por cautela. Era algo suyo, algo que evolucionó tras su infancia. No podía remediarlo. Mimi le había reñido alguna que otra vez con eso, asegurando que censurándose así no iba a poder vivir la vida plenamente, pero hasta ahora había pensado que con sentir todo hacia ella era suficiente. Cuando algo cambiaba en su vida, era que su mente se activaba, protegiéndole.

Metió la masa que había preparado en un momento en el horno y se entretuvo en observar al otro hombre mientras pensaba qué fruta utilizar.

Koushiro, de perfil, le parecía más atractivo y, claramente, no era malvado. Confiaba en él —aunque nunca le dejaría una mascota a su cuidado o una planta, porque terminaría olvidándose de ella—, así que no comprendía por qué su cerebro decidiría censurar esas partes.

—No bebimos suficiente alcohol anoche.

—No. Sólo la tarta de Wiski era la que llevaba algo.

—No lo suficiente como para emborracharse.

—No —reconoció—. Aunque según recuerdo, tú tienes poca tolerancia.

—Pero un trozo de pastel lo aguanto —protestó avergonzado Izumi.

Yamato sintió cierto regocijo en bromear con él. Era muy interesante ver cómo sus mejillas enrojecían.

Yamato, ¿sabes que cuando te molestas por vergüenza tus mejillas tienen cierto rojito que me gusta? ¡Es muy divertido!

Él no consideraba que sucediera eso. Más bien le había parecido hasta vergonzoso, pero Mimi aseguraba que le gustaba. Ahora la comprendía. No es que no le gustase cuando Mimi se sonrojaba. Más bien, se percató, empezaba a pensar que le gustaban que ambos se sonrojaran de esa forma. Aunque era más difícil lograrlo en Mimi.

Esa mujer era una descarada capaz de hacer enrojecer hasta a un guardia inglés. Y esto lo afirmaba porque en su último viaje, lo logró.

Ladeó la cabeza y sirvió dos tazas de café una vez estuvo listo. Le llevó una taza a él y le dejó el azucarero a su lado. Koushiro lo ignoró y dio un sorbo, al igual que él.

—Yamato. ¿Qué no me duela el culo es una buena señal?

Escupió el café casi encima de él. Y si no fuera por las carcajadas de otra persona en la habitación, podría llegar a pensar que estaba imaginándoselo todo. Pero Mimi acababa de abrir la puerta y les miraba con los ojos brillantes de la risa.

—¡Madre mía, qué buenos días! —exclamó apretándose el estómago.

Yamato chasqueó la lengua y miró al pobre Koushiro, que parecía desear que la tierra le tragase. Estaba más rojo incluso que antes y con la cabeza gacha.

—Perdón, perdón —se disculpó Mimi acercándose a ellos. Le dio primero un beso a él y, después, abrazó a Koushiro por la espalda—. No era mi intención reírme de ti, Shiro —aseguró besándole el cuello—, es que imagínate que abro la puerta y te escucho decir eso. Pero tranquilo, la virginidad de tu trasero, por ahora, está a salvo.

Le miró de reojo y Yamato supo reconocer perfectamente esa mirada. Enderezó la espalda, elevó una ceja y dejó la taza de café sobre la mesa para cruzarse de brazos.

—Creo que tú sabes mucho más que nosotros de todo esto.

Mimi se separó con fingida inocencia.

—¿Por qué lo preguntas como si hubiéramos hecho algo malo? —cuestionó caminando hacia la cocina—. No lo hemos hecho.

—Y pareces encantada con lo que fuera —recalcó siguiéndola y bajando la voz—. Tú tienes las respuestas a todas nuestras preguntas. Koushiro parece estar cerca de tener un ataque de histeria a este paso. Nunca le había visto tener tanto miedo. Cree que ha hecho algo malo.

—¿Malo? —cuestionó ella mirando al chico, quien parpadeó, confuso, pues no había logrado captar lo que Yamato decía—. No has hecho nada malo —repitió—. Sólo hemos estado juntos los tres. Sexo, besos, romance.

Yamato llenó una taza de café para ella que casi le resbaló de las manos. Parecía tan tranquila y cómoda con el asunto, que daba miedo. Tomó la taza y tras descubrir que el azúcar estaba junto a Koushiro, regresó con él. Yamato ladeó la cabeza antes de agacharse para abrir el horno. Justo cuando lo hizo, un sonido familiar llamó su atención.

Cuando se levantó, Mimi estaba inclinada sobre Izumi y sus labios, pegados.

—¡Mimi-san! —exclamó Koushiro retrocediendo con tanto ímpetu que la silla se cayó hacia atrás. Mimi le miró perpleja, sin comprender—. ¡Yamato, de verdad…!

—¿Por qué te disculpas? —preguntó Mimi frunciendo el ceño—. Ayer no lo hacías. Y te aseguro que metiste tu lengua en muchas partes y dos bocas estaban entre ellas.

Dejó la taza de café sobre la mesa y llevó las manos hacia sus caderas.

Yamato desconectó por un momento. Los recuerdos eclipsando su mundo de nuevo.

Sí, era cierto. Yamato mismo había iniciado un beso. Mientras que Mimi levantaba la camiseta de Izumi, él se había colocado a sus espaldas y, para distraer su nerviosismo, ladeó su cabeza con cuidado hasta que pudieron besarse. Koushiro fue extraño de besar, inquieto, inseguro, pero aprendía rápido.

Descubrieron que disfrutaba de ser besado por ambos, intercaladamente, hasta que rogaba por aire.

Y sí, por supuesto que su lengua estuvo en otras partes de sus cuerpos.

Miró a la mujer que amaba concentrado. Tenía marcas sobresaliendo de su cuello, bajando por sus hombros y pecho. Estaba seguro que bajo la ropa tendría más. Y algunas de ellas, no se las había hecho solo él.

—Mimi. Tú te acuerdas de todo —dedujo—. ¿Por qué no nos lo cuentas?

Mimi levantó el mentón y por un momento, pensó que iba a tirarle la taza a la cabeza. Si no fuera porque Koushiro rogó en voz baja, estaba seguro de que así sería. Mimi odiaba que no recordaran las cosas importantes, especialmente, si era del sexo. La última vez que le pidió que hiciera eso que él hacía con la lengua, él estuvo horas intentado averiguar qué era. Cuando le preguntó, cansado, tuvo que dormir desnudo porque le metió pica pica en los calzoncillos.

Desde luego, con ella no tenía tiempo para aburrirse.

—Está bien —aceptó tirando de la silla para sentarse. Los miró a ambos alternadamente—, después no quieras censurarme, porque lo contaré todo.

Yamato tomó asiento también y apoyó el codo sobre la mesa, inclinándose hacia Koushiro.

—Adelante.


Koushiro estaba seguro de que los ojos de Mimi brillaron con cierta malicia. Por supuesto, ella conocía más el carácter de Yamato que él.

No quería decirlo en voz alta, pero sí que recordaba cómo llegó a todo eso. Al menos, él. Y podía decir que comenzó el día en que Mimi entró en su despacho para quejarse de Yamato. No es que él hubiera hecho algo malo, es que había trabajado muchas horas y Mimi odiaba que la dejaran sola.

Koushiro no era muy bueno tranquilizando a la gente, así que le sugirió que quizás pudiera buscarse otro Hobby. Mimi lo tomó al dedillo. El problema fue que su nueva distracción era visitarle a él, hablar sin cesar mientras él intentaba seguirle el ritmo. Le contaba intimidades que nunca pensó escuchar y que a ella no parecía ni sonrojarla. Se preguntó qué pensaría Yamato de todo eso, y cuando le llamó, su respuesta no fue muy esclarecedora.

—No sé qué estás haciendo, Koushiro, pero funciona. Hasta te besaría porque siguieras con ello.

No captó en ese entonces las segundas intenciones de todo eso. Al parecer, por muy inteligente que fueras para una cosa, los senderos que gobernaban las mujeres eran confusos para los hombres y, viendo ahora la forma en que Mimi sonreía, todo aquello fue orquestado por ella.

Porque de esas visitas, Mimi empezó a acercarse más a él. A tocarle los hombros, jugar con sus cabellos, sentarse en la mesa del escritorio y cruzarse de piernas —sabía que aposta para que le viera la ropa interior—, cambiar de perfume, llegar con ropa de Yamato, cambiarse tras una pobre maceta que no ocultaba del todo sus curvas y, por supuesto, sonreír cuando lograba que él, muy culpablemente, terminara con una erección.

Cuando empezaba a sentir que se le iba de las manos, Yamato le visitó. Le contó cuanto había mejorado la situación con Mimi, que eran mejores que antes, tanto en la convivencia como en el sexo, que hablaban más y que lograban llegar a una conexión incluso superior.

Y, aunque no le dio un beso, lo abrazó tan fuerte, pegándose contra él, que sintió que era duro y algo más fibrado de lo que parecía. Y más grande que él, por supuesto. Incluso sus palmas, en su espalda, le estremecieron de cierta forma.

¿Quizás tuvo que ver que Mimi hablara de él y conociera tantos detalles? ¿Por eso le veía con otros ojos? ¿Era más consciente de que era mucho más guapo de lo que pensaba por esa causa?

—Ojalá pudiera llevarte a casa.

Y quizás fue esa frase la que inició todo. Porque Mimi apareció poco después y, tras una charla irrelevante, Yamato y ella le invitaron a cenar. Y él, muy lejos de desear negarse, aceptó, porque quería ver ese pedacito de ellos, fingir que estaba con ellos, que formaba parte de ello.

¿Anhelo? Sí. Como nunca antes lo había sentido.

—¿Me estás escuchado, Shiro?

Parpadeó para volver al presente. La mano de Mimi estaba sobre la suya. Con una confianza que todavía le asustaba. Temía que Yamato se enfadara con él, que le gritase que ella era su mujer y que él no tenía derecho a tocarla. No obstante, Yamato no actuaba de esa forma y mantenía una calma que era aún más aterradora.

—Sí, perdón —se disculpó mirando hacia ella—. Me distraje un momento.

Mimi asintió y retomó la conversación.

—Como iba diciendo, ambos sabéis que esto comenzó cuando Yamato dijo aquellas mágicas palabras.

—Lo de traer a Koushiro a casa.

—Sí —confirmó Mimi sonriente—. Ambos somos conscientes que en un momento dado, Shiro pasó a formar parte de nuestra relación. Hablábamos mucho sobre él, nos divertíamos imaginando cosas con él. Hasta que un día, sobrepasó la imaginación.

Koushiro los miró alternadamente.

—¿Qué quieres decir con eso? —cuestionó.

—Tuvimos sexo mientras imaginábamos que tú estabas mirándonos, que te preparabas para entrar… Imaginamos muchas cosas, Shiro —explicó Mimi mientras Yamato asentía—. Y nos frustraba más que no fuera real.

—Pero juramos que no lo haríamos real si él no quería —recordó Yamato frunciendo el ceño—. ¿Le preguntaste?

Mimi parpadeó inocente. Ladeó cuidadosamente la cabeza y parte de su cabello, sedoso y de aroma afrutado, cayó sobre su hombro.

—¿No lo hice? —preguntó dulcemente.

Koushiro no recordaba del todo si le preguntó.

—Le dije que si prefería el otro postre. Él dijo que sí.

Ambos hombres la miraron estupefactos.

—¡Eso fue! —exclamaron a la par.

Se miraron, porque al instante, sus mentes parecieron conectar. Mientras que Mimi asentía y sonreía más abiertamente.

—Eso es —alentó—. Koushiro había comido ya parte de la tarta de wiski, educado como él solo, no se atrevía a decirte que no le gustaba el alcohol. Tú te diste cuenta y me hiciste un gesto significativo, Yamato —rememoró. Yamato se pasó una mano por el rostro mientras afirmaba—. Mientras que él retiraba la tarta y tú me afirmabas desear el otro postre, eché hacia atrás esta misma silla y me puse de rodillas, bajo la mesa.

Koushiro tragó. Porque su mente empezaba a estar llena de ese recuerdo, de las sensaciones. Incluso separó sus piernas como hiciera en aquel momento. Recordaba las manos de Mimi en sus rodillas, que él se encogió de sorpresa e intentó detenerla cuando subieron más arriba, hasta su bragueta.

Ni siquiera pudo echar la silla hacia atrás porque Yamato apareció a su espalda, posando sus manos sobre sus hombros y acariciando por encima de la camiseta.

Le había mirado interrogante, pero Yamato se inclinó para besarle y eso, terminó por desencadenar sus deseos. Además, Mimi ya había avanzado mucho más y cuando llegó a la meta, boqueó como un idiota, cerrando los ojos y dejándose hacer.

—Y eso fue mucho —enfatizó Mimi lamiéndose los labios—. ¿Cuánto llevabas sin sexo o sin tocarte?

—Mimi —aseveró Yamato elevando una ceja.

—¿Qué? A ti también te lo pregunté —protestó echándose el cabello hacia atrás—. Igualmente, Shiro —continuó—, no te desagradó nada. Lo que me enfadó fue que fuera Yamato quien besara tus labios mientras pasaba.

—¿Y cómo ibas a besarlo a la par? —picó Yamato elevando una rubia ceja.

Koushiro estaba muerto de la vergüenza. Era cierto que no fue capaz de controlarse, que Mimi salió de debajo de la mesa limpiándose y él ni siquiera podía controlar su aliento mientras Yamato se dedicaba a besarle y darle pequeños mordiscos.

Mimi levantó un dedo frente a su rostro.

—Luego, amablemente, pregunté si querías más. Y, obvio, respondiste que sí.

Cabeceó sintiendo las orejas arderle. Mimi cambio de postura en la silla y señaló el dormitorio.

—Yamato fue quien te guio al dormitorio y yo os seguí tras coger la caja de condones que guardamos en la cómoda —explicó.

Cierto alivio nació en él. Era un detalle estúpido para algunos preocuparse, por supuesto.

—Que, por cierto, os puse uno a ambos —canturreó—, creo que esa fue la mejor obra de esa noche por mi parte.

Ambos se miraron y luego a ella, quien parecía brillar felizmente orgullosa.

Koushiro intentó hacer memoria y Yamato parecía estar igual. Observó la puerta del dormitorio y sí, recordó. Entró tomado de la mano de Yamato, con Mimi siguiéndoles después. Yamato se había desecho de su camisa y empezaba con la suya, botón a botón. Cuando Mimi llegó, dejó la caja sobre la cama antes de tomar la cara del rubio y besarle, para después, hacerlo con él.

Acto seguido, sus manos se deslizaron por sus costados y bajaron hasta la cintura del pantalón. Se entretuvo un momento con Yamato, quien llevaba el cinturón. Cuando Koushiro bajó la mirada a él, se percató de que el pantalón estaba tirante, justo ahí, en sus ingles. Él no estaba mejor. Maldita fuera, había caminado hasta ese lugar con el sexo al aire y no le había importado menos.

Gracias a ello, Mimi sólo tuvo que tirar de su pantalón y ropa interior hasta caer al suelo, sobre sus pies, mezclándose con los oscuros de Yamato, quien también sacó sus pies y a la vez, le terminó de quitar la camisa por los brazos antes de tirarla a cualquier parte.

Yamato y Koushiro quedaron totalmente expuestos a ella.

Mimi retrocedió, maravillada, admirándoles. Se sintió algo acomplejado, hasta que notó que la forma de mirar con deseo a Yamato, era justo la misma que utilizaba con él.

Esa mujer maravillosa le deseaba con la misma intensidad que a Yamato Ishida.

Recordaba que se había acercado a ambos, que los acaricio por igual. Los miró maravillada, como si fueran algo especial. Sus dedos se movieron sobre su piel, subiendo y bajando. Su mirada descendió hasta sus caderas y tragó, lamiendo sus labios.

Y pensar que su boca había estado sobre él, volvió a ponerlo duro.

Ella sonrió satisfecha. Extendió la mano hacia la cama y tomó la caja de condones. Se puso de rodillas sin dejar de mirarlos. Lentamente, como si deseara torturarlos, sacó dos sobrecitos y tiró la caja de nuevo a un lado. Con cuidado, abrió uno de ellos y los miró alternadamente, para hacer lo mismo con el otro.

—Me acerqué a vosotros lentamente. Recuerdo cómo os lamí e hice magia.

La magia fue no sucumbir ahí mismo, con su mano acariciándolo a la par que dejaba besos en su vientre, hasta llegar a la base. Que hiciera lo mismo con Yamato, alternándolos, de cierta forma, le resultó más erótico inclusive.

—Sin embargo —recordó Mimi—. A una reina no se la monta sin que esté preparada.

Chasqueó la lengua a la par que movía su dedo de lado a lado y le miraba.

—¿Era la primera vez que probabas una mujer? —preguntó sin tapujos.

—Mimi —recordó Yamato.

—Sí —confesó—. Nunca había tenido a una mujer en mi cara —añadió.

Dios, eso sólo había pasado en sus sueños y generalmente, hasta el momento en que empezó a ser más consciente de Mimi, nunca tuvieron rostro.

Mimi sonrió aún más. Le parecía más diabla que nunca.


Era fascinante. Algo que le gustó desde que lo probó y que se prometió a sí misma no negárselo. Yamato estaba con ella con esas condiciones. Ella le daría el mismo placer que él le otorgara. Se prometió a sí misma nunca ser una mujer que da y da. Y menos, en el sexo. Si Yamato quería ser feliz, debía de hacerla feliz.

Y eso no iba a cambiar porque hubiera un tercero incluido. Porque Koushiro había llegado para quedarse. Y debía de aceptar ese trato por igual. Él lo tomó, por supuesto y ella lo disfrutó.

Fue tan adorable empujarlo sobre la cama, disfrutando de su sorpresa. Era maravilloso que Yamato se encargara, no sólo de acariciarlo y calmarlo, si no de guiarlo a la par que no perdía detalle de sus acciones. Era la primera vez que verle actuar con otro hombre llegaba a excitarle y, ambos sabían, que, si no era por Koushiro, no estaría funcionando.

Así pues, cuando ella se sentó sobre el pecho del joven pelirrojo, ambos sabían qué iba a suceder. Por supuesto, Yamato estaba completamente preparado para detenerla de negarse a continuar.

—Si quieres parar, dilo —avisó.

Pero Koushiro negó. Mantenía los ojos fijos en ella, en su posición. Cuando se incorporó un poco para levantarse la falda. Ahí, hubo dos verdades esclarecedoras. La primera: a Koushiro podía hacérsele la boca agua con sólo verla y por la forma en que respiró, estaba dispuesto a pasar por esa experiencia. La segunda: Mimi había planeado hasta el mínimo detalle para esa ocasión y la ausencia de ropa interior, era una prueba esclarecedora.

Se aferró al cabecero, donde muchas otras veces lo había hecho, con Yamato abajo o detrás de ella. Esa vez, al bajar la mirada, eran unos cabellos rojos los que sobresalían. El hombre que respiraba contra su entrepierna era otro y el que averiguó el sabor y la suavidad de su zona más íntima.

—Hiciste un gran trabajo para ser tu primera vez probando una mujer —halagó sin tapujos. Cuando alguien hacía algo bien, debía de decírselo, sin más.

Dios, de sólo recordarlo era capaz de calentarse y palpitar. Se mordió el labio inferior y cambió de postura una vez más antes de continuar.

—Después de eso, por supuesto, pasó la siguiente fase. Desprenderte de tu virginidad.

Se encogió de hombros cuando Yamato siseó entre dientes. Entendía que él quería ser más considerado con el tema, ella les dijo que iba a ser explícita y directa y lo aceptaron. Así que, por muy guapo que fuera, debía de aceptar que esa era la verdad.

—La virginidad, en realidad, es un invento creado por la sociedad —intervino Koushiro.

—Entonces. ¿Estuviste antes con una mujer y un hombre?

Notó cómo se le ponían las orejas coloradas.

—No —reconoció.

Miró de soslayo a Yamato, quien se había inclinado hacia delante y atrapado una mano de Koushiro para darle ánimos. De alguna forma, Mimi notó que, si antes ya estaba enamorada de ese hombre, ahora, mucho más. Yamato era capaz de sorprenderla cada día.

—El caso —continuó volviendo al tema—, es que finalmente, nos unimos como hombre y mujer.

Y debía de decir que fue un verdadero caso. Esperaba que Koushiro fuera más pequeño que Yamato y, sin embargo, no notó diferencia. Su interior se amoldó a él, lo recibió y que tocara puntos exactos mientras se deslizaba sobre él, fue pura gloria. Yamato los observó, besando a Koushiro, distrayéndolo, acariciándolo, hasta que el roce se convirtió en una tortura por parte de ambos, con ella danzando sobre él, en su unión, mientras Yamato se tragaba sus gemidos en besos.

Antes de que Koushiro llegase al clímax, Yamato se movió. Abrió uno de los cajones de la mesita de noche y, tras dedicarle una mirada inquisitiva y que ella afirmara, se colocó tras ella. Se detuvo, dejando pequeños besos sobre Izumi, quien les miraba sin comprender.

—Eso realmente te sorprendió —recordó acariciándole la mejilla—. No íbamos a dejar a Yamato ahí, simplemente mirando.

—Yo… lo siento. Sólo que no sabía qué pasaría —reconoció aturdido.

Mimi no pudo evitar levantarse y abrazarlo. Yamato apretaba más fuerte su mano, alentador.

Desde luego, Mimi lo disfrutó. No era la primera vez que Yamato y ella pasaban la barrera de lo moral durante el sexo y el tiempo de experiencia ayudaba. Pero debía de reconocer que nunca tuvo a dos hombres poseyéndola. Había leído en esas novelas rosas que le encantaban que era maravilloso hasta el éxtasis y pudo dar fe.

Fue tan fulminante que se sintió increíblemente satisfecha y agotada. Se acurrucó y no estaba segura de si fue Yamato o Koushiro quien la arropó.

—Lo que pasara después, entre vosotros, ya no lo sé —dijo acariciándoles a ambos los cabellos. Suspiró, como si estuviera satisfecha con la vida, consigo misma—. En fin, esto iba a pasar, porque estamos destinados y encajamos a la perfección. No le deis más vueltas. Nos hemos convertido en un grupo de tres.

Canturreando, llevó las tazas a la cocina y las metió en el friegaplatos. Cuando se incorporó, Koushiro se había levantado y estaba de pie frente a Yamato, quien se levantó a su vez, perplejo. Pese a que Ishida le superaba en tamaño, Izumi no se encorvó.

—No sé por qué ni cuanto durará. Ni si hacemos lo correcto o no. Pero, por favor, permíteme quedarme con vosotros.

Yamato se rascó la nuca, luego el mentón. Mimi ya conocía esos gestos y también sabía el resultado.

—Me temo, Shiro, que lo que ocurrió es para siempre. Llegaste para quedarte. Como ha dicho Mimi, esto nos hacía falta. Eras la pieza que necesitábamos para encajar. Y aunque tú y yo estemos todavía confusos y asimilándolo, ella es más feliz que unas pascuas.

La señaló y Mimi los saludó de vuelta cuando la miraron, sonriendo.

—¿Qué tal si tenemos nuestra primera cita, chicos? —cuestionó animada—. Podemos ir al cine, a comer…

Ambos asintieron casi a la par.

—Iré a casa a cambiarme —anunció Koushiro.

Mimi lo acompañó hasta la salida junto a Yamato, quien la aferró de la cadera.

—Shiro —dijo antes que se marchara—. Asegúrate de traer cepillo de dientes, ropa y algo de comida... Esta bien puede ser tu casa.

Koushiro enrojeció, pero asintió torpemente. Luego, regresó sobre sus pies para mirarles, dudoso. Fue Yamato el que se movió primero y atrapó su mentón para besarle, luego, lo giró hacia ella.

—Regreso pronto —tartamudeó.

Ellos lo despidieron con un gesto. Mimi suspiró, feliz, volviéndose hacia Yamato.

—Te gusta —le dijo—. Y mucho. Así que ya puedes ir dejando de ser tan desconfiando y de bloquear los recuerdos. Porque la próxima vez, puede que quieras más y más y no vas a querer olvidarlo o lo borrarlo de tu mente —le advirtió—. Porque te encanta Koushiro tanto como te encanto yo.

Luego, se quitó la camiseta por encima de la cabeza y caminó desnuda hacia el cuarto de baño. Yamato bajó la mirada hacia sus nalgas, sus largas piernas y maldijo entre dientes.

Mimi adoraba torturarlo.

Aunque, ahora, había otro más que era capaz de enloquecerlo y ella lo sabía. Porque a Mimi, iba a gustarle también volverlo loco y achucharlo.

Y pudiera ser que ellos estuvieran llenos de preguntas, pero ella… Oh, ella estaba encantada.

Fin

1 de marzo del 2022

¡Gracias por leer!