Holi,
Esta historia nació en abril de 2019 y es una promesa que tenía pendiente desde entonces. La idea original no es mía, sino de Poppy, quien me contó este concepto de one-shot en los inicios de nuestra amistad y el dibujo de portada es precisamente la ilustración que la inspira. Le prometí por entonces que escribiría una historia de "Sun and the Moon AU", en el que Astrid e Hipo encarnan las entidades del sol y de la luna y mantienen un amor imposible, ya que el día y la noche no pueden convivir en el mismo momento.
Este es un one-shot muy diferente al que estáis acostumbrades. El lenguaje y el tono es muy distinto al que utilizo habitualmente, pero me interesaba buscar una narración más melódica y metafórica. Sé que será poco popular, pero la verdad es que estoy bastante complacida con el resultado y estoy aliviada de haber cumplido por fin con mi promesa.
Tengo comisiones abiertas para quien le interese, aunque estoy abierta también a vuestras ideas y sugerencias.
Espero de corazón que la disfrutéis y sobre todo tú, Alex. Te quiero.
Xx.
Ella era el Sol.
Y él solo la Luna.
Sólo la veía en las festividades del Solsticio, las únicas fiestas a las que era invitado al Santuario de los Dioses. Hipo nunca había intercambiado una sola palabra con ella, pero tampoco había hecho un esfuerzo en acercarse. ¿Por qué debía hacerlo? Ella siempre estaba rodeada de gente, sonriente y hermosa, con su piel reluciente y su pelo dorado. ornamentado con flores, caía por su espalda como una cascada de oro. Él siempre se mantenía en las sombras, lejos de las miradas reprobatorias de Estoico, el Padre de todos los Dioses y sangre de su sangre, y de las otras divinidades que cuchicheaban mentiras a sus espaldas.
Él era la Luna: el Dios de la noche, de la desesperanza y de la tristeza. Hay quienes murmuraban que él representaba a la mismísima Muerte. Por tanto, no es que presumiera de ser popular entre los otros dioses, pero él nació así y nada podía hacer para cambiarlo. Vivía aislado, sin más conversación que la que mantenía con las estrellas y los dragones, sus más fieles amigos y compañeros.
Astrid era todo lo contrario. Ella era el Sol: la Diosa del día, de la prosperidad y de la alegría. Todos anhelaban su amistad; la deseaban y la amaban. Allá donde estuviera Astrid, allí la rodeaban sus seguidores, pululando a su alrededor como los planetas y los satélites acostumbraban a hacer. Era la favorita de Estoico, aunque no fuera hija de su propia sangre; y, sin lugar a dudas, era una de las diosas más poderosas del Santuario, pues ella representaba la vida y un nuevo amanecer.
Durante siglos, Hipo había vivido en la soledad de su Palacio de las Estrellas, en su reino eterno de oscuridad. Estudiaba el cielo y velaba por la seguridad de los dragones y las criaturas de la noche. Su vida era silenciosa y tranquila y había quienes la tacharían de aburrida, pero él se conformaba y apreciaba los beneficios de la soledad. Nunca había tenido la necesidad de relacionarse con nadie, sobre todo porque Hipo no presumía de ser el más extrovertido de las deidades. Prefería la compañía de las estrellas y de los dragones a la de los otros dioses. Su mejor amigo era un Furia Nocturna que se había quedado con él tras haberle salvado a consecuencia de un accidente. Los Furia Nocturna eran conocidos por portar malos augurios, pero Hipo se convenció de que no había nada peor que representar a la mismísima Muerte y se negó a matarlo cuando así se lo exigieron los otros dioses y especialmente su padre. Desde entonces, no le habían vuelto a dirigir la palabra y, durantes todas las festividades del Solsticio, Hipo se sentaba solo, con una copa de vino en mano, contando los segundos para regresar a su palacio. Durante esas horas eternas de fiesta, Hipo se resignaba a contemplar Astrid bailar, charlar y sonreír a los demás, preguntándose cómo se sentiría el ser el foco de atención del Sol.
Estaba seguro de que en la vida de Astrid no debía existir ningún tipo de preocupación.
Aunque no era cierto.
Astrid estaba cansada. Harta de ser siempre el centro de atención y venerada por cualquier cosa, incluso por estornudar. Amaba las fiestas del Solsticio, pero pasadas un par de horas no quería hacer otra cosa que desaparecer. Tener que fingir felicidad y alegría constantemente le estaba pasando factura y deseaba desaparecer del mapa para descansar, aunque sólo fuese por unas pocas horas.
Fue entonces cuando reparó en la Luna.
Cayó en cuenta que nunca se había parado a hablar con él, aunque sí que había oído toda clase de rumores sobre él. Había quienes decían que Hipo se dedicaba a seducir a pobres mortales para llevárselas a su palacio y desvirgarlas; otros contaban que domaba dragones para sembrar el caos y que era un ermitaño que se negaba a relacionarse con nadie porque se consideraba moralmente superior al resto de los dioses. A Astrid, sin embargo, le costaba creerse todos aquellas habladurías.
Alguien con un aire tan melancólico y solitario no podía contar con un carácter así.
Estuvieron años intercambiándose miradas en silencio, nunca dispuestos a dar el primer paso, hasta que un día Astrid se cansó de tanta tontería. Decidió desaparecer, aunque solo fuera por unas horas, del entorno festivo y el jolgorio en el que ella había vivido siempre en el Santuario de los Dioses. Fue al Reino de la Noche, convencida de que nadie la encontraría allí, y entró al Palacio de las Estrellas, insegura de si había tomado la decisión acertada.
Los dragones que habitaban en el castillo observaron con aire curioso y fascinado como aquella mujer de piel y cabello resplandecientes buscaba a su señor por las amplías y frías galerías de mármol blanco. Finalmente, tras darse cuenta de que la diosa se había perdido en los laberínticos pasillos del palacio, la guiaron hasta el observatorio. Allí la Luna se encontraba hablando con las estrellas.
Hipo casi se cegó al ver al Sol. Ella era mucho más reluciente que las lámparas que iluminaban las lúgubres salas de su morada; pero cuando sus ojos se acostumbraron, su corazón dio un vuelco al ver que ella le estaba sonriendo. Se presentó como Astrid, la Diosa del Sol, y se inclinó a modo de saludo. Él imitó su gesto con suma torpeza, preguntándose por qué ella estaba allí. Astrid, como si le hubiera leído la mente, respondió:
—Sólo quería esfumarme por un rato. Por esa razón, he decidido venir a conocer a la Luna, quién nunca se ha dignado a presentarse ante mí en las festividades del Solsticio.
—Lo mismo debería decir del Sol —replicó él, aunque pronto se dio cuenta que quizás estaba siendo un maleducado.
Esperó una reacción de desagrado, pero ella únicamente rió. Su risa era como el tintineo de unas campanillas movidas por el viento y el corazón de Hipo latió rápido contra su pecho. La invitó a cenar, convencido de que ella se negaría, pero ésta aceptó la invitación encantada. Al principio, la conversación fue vaga e incómoda, pero la diosa cayó rápidamente que Hipo no era de diálogos banales y superficiales, por lo que preguntó por los dragones que convivían con él, sobre todo del negro azabache que no les quitaba ojo desde su rincón en la sala. Sus ojos esmeraldas brillaron en ese instante y se animó tanto que Astrid podía jurar que su voz sonaba diferente. Más nasal, más simpática y mucho menos sombría.
El Sol se marchó poco después de cenar e Hipo se convenció de que no volvería a verla. Alguien de su importancia no perdía el tiempo con dioses menores como él.
Sin embargo, volvió al día siguiente.
Y al siguiente.
Y así sucesivamente durante muchas semanas.
Él no conseguía entender por qué Astrid regresaba siempre, pero decidió que lo mejor sería no cuestionar a su suerte. El Sol había demostrado ser todo lo contrario a lo que hubiera esperado. Hipo siempre había tenido un concepto de superficialidad y alegría en torno a ella, pero resultaba no ser así. Astrid estaba cansada de una existencia dedicada únicamente a resplandecer y a ser el centro de la galaxia, ella deseaba ser libre y rodearse de personas que la valoraran por ser quién era y no por lo que los demás pensaban que debía ser.
No pudo evitar enamorarse de ella.
No solo por su belleza y su calidez, Astrid era inteligente, sabia y fuerte de carácter. Mostraba un gran interés por los dragones y por las historias que Hipo contaba sobre cada una de las estrellas que había en el cielo. Aunque se esforzaba en mantener las distancias con ella, Astrid siempre se pegaba a él, abrazándolo por la espalda para sorprenderle o enganchándose a su brazo cada vez que paseaban por los jardínes de su palacio.
Entonces, una noche, meses después de iniciar sus encuentros, ella le besó.
Y él la correspondió.
Astrid, siempre más valiente, confesó su amor. Él, sin embargo, titubeó.
—Te odiarán.
—No me importa, solo quiero estar contigo —insistió ella con lágrimas en los ojos.
—Pero a mí sí me importa —dijo él con tristeza—. El Rey de la Noche no puede quedarse con el Sol, el mundo se sumiría en las tinieblas de ser así.
—No me importa —repitió ella con la voz rota.
Él volvió a besarla con las lágrimas cayendo por sus mejillas.
—No puedo dejar que te quedes, Astrid —replicó él soltando sus manos—. Todos te estarán buscando.
Y el Sol se marchó con el corazón roto e Hipo se quedó destrozado por el dolor de su ausencia.
Astrid no volvió la siguiente noche.
Ni a la siguiente.
Ni la que la siguió después.
Hipo creyó volverse loco. Su ausencia le había dejado un enorme vacío. Ahora siempre tenía frío y no soportaba estar sometido a la oscura soledad en la que había vivido siempre. Echaba de menos el resplandor de su cuerpo, sus enormes ojos azules, su inteligente conversación y su cálida sonrisa, capaz de revivir hasta el corazón más helado.
Ella no volvió.
Él tampoco fue a buscarla, aunque todos los días tuviera la tentación de volar hasta el Santuario de los Dioses y suplicarle que regresara a su lado.
Pero no lo hizo.
Ella estaba mucho mejor sin él.
Astrid era el Sol.
Hipo sólo era la Luna.
Volvieron a encontrarse en la fiesta del Solsticio y la Luna supo que algo no iba bien. Su apariencia, siempre radiante y perfecta, solo era una máscara que escondía la congoja del Sol. Escuchó los bisbiseos de las otras deidades en el que mencionaban que Astrid ya no era la misma. Se había vuelto descuidada y los mortales se lamentaban por las sequías que el Sol inconscientemente había generado. El Padre de todos los Dioses estaba preocupado por ella, pero no había forma de comprender de dónde venía el malestar de la diosa. Hipo, ajeno a toda esta situación debido a su aislamiento, hizo lo que nunca nadie, ni siquiera él mismo, hubiera jurado que haría: se acercó a la multitud que rodeaba al Sol y, con suma humildad, pidió un baile con ella.
Todos se rieron de él. ¿El Sol bailando con la Luna? ¿La Vida bailando con la Muerte? ¡Menuda estupidez! Hipo no tenía ninguna posibilidad con Astrid ni aunque se pasara la vida besando el suelo que pisaba. Sin embargo, el Sol aceptó su mano y bailó con él. Nunca dejó de sonreír, aunque Hipo apreció la humedad en sus hermosos ojos azules. Por lo general, Astrid bailaba decenas de bailes con muchas deidades, pero con él solo necesitó hacerlo una vez. No hubo besos, ni palabras de amor, sólo miradas tímidas y pequeñas sonrisas.
Se despidieron con una leve inclinación con la cabeza y cada uno volvió a su rol. Ella, a ser el centro del universo, y él a una vida en la oscuridad. Sin embargo, aquel baile fue la comidilla de los Dioses durante largo tiempo.
Astrid apareció a la noche siguiente y se abalanzó sobre sus brazos con lágrimas de felicidad en sus ojos. Hipo lloró aún más. Nunca, en toda su eterna vida, pensó que el Sol correspondería sus sentimientos de amor.
Mantuvieron su romance en secreto. Nadie debía saber que el Sol y la Luna eran amantes. Era un amor prohibido que el Padre de todos los Dioses no dudaría en destruir tan pronto supiera de su existencia. Para no levantar sospechas, ambos bajaban al mundo de los mortales y paseaban simulando ser simples humanos paseando por las bellas calles de Venecia o bailando en las maravillosas galerías de Milán. El tiempo no existía cuando estaban juntos y, a cada día que pasaba, más enamorados estaban.
Él la llamaba su estrella, pues Astrid era la más bella de todas ellas. Ella le regañaba azorada por semejante apodo, pero en el fondo adoraba que la llamara así. El Sol, a cambio, le hacía pequeñas trenzas en su cabello del color del bronce, cuyos reflejos ilustraban las estrellas del firmamento. Hipo adoraba besar su piel caliente y tersa, tan suave como el terciopelo. Amaba cogerla entre sus brazos y hacerla suspirar su nombre cada vez que la hacía suya.
—Te quiero tanto que a veces tengo miedo de lo que pueda pasarte si nos descubren —confesó él abatido.
—Ojalá te vieran como yo te veo —se lamentó Astrid—. Ojalá comprendieran que no existiría el día sin la noche.
Fue cuestión de tiempo hasta que les descubrieron.
Ambos habían descuidado sus tareas como dioses y el Padre de todos los Dioses, sangre de su sangre, había aparecido de imprevisto en su palacio, donde ambos se encontraban compartiendo el lecho. La ira de Estoico fue arrolladora. El Sol y la Luna eran ente antagónicos y no debían estar juntos, ya que supondría una violación a las normas establecidas por la Madre Naturaleza. Cierto era que no había día sin noche, pero ambas no debían converger como una sola.
Estoico prohibió que se vieran más.
Ambos lloraron desesperados mientras los centinelas de su padre arrancaban a Astrid de sus brazos. Ella pataleó, chilló e incluso llegó a quemar a más de un guardia por el calor abrasador que expulsaba de su cuerpo, mientras que Hipo intentó resistirse y soltarse de los fuertes brazos de los siervos de su padre para rescatar a su amada. Cuando se marcharon, Hipo rompió a llorar y las lágrimas cayeron por su rostro como si de estrellas fugaces se trataran. La ira del Sol era temible, pero nadie hubiera esperado que la ira de Luna pudiera causar tanto mal.
Hipo decidió que, sin el Sol, la Luna no brillaría.
Durante toda su existencia, Hipo había sido considerado como un dios menor y poco importante, pero cuando dejó de salir para custodiar las noches, el caos se cernió en el mundo de los mortales. Las estrellas, tan caprichosas como eran, solo respondían ante él y sus elogios, por lo que habían desaparecido del firmamento tan pronto se ausentó y las mareas solo obedecían la voluntad del Rey de la Noche, por encima incluso del Señor de los Mares. El mundo se volvió un lugar de tinieblas a la caída de la noche y Astrid no tardó en seguir su ejemplo y se negó a salir hasta que no le permitieran volver con él, causando que el día dejara de existir y se estableció una Noche Eterna para los dioses y los mortales. El Padre de todos los Dioses estaba furioso con ellos, pero ni siquiera él podía arrebatar sus poderes.
Astrid era el Sol.
Hipo era la Luna.
Nadie podría sustituirles, por mucho que lo intentaran.
Su padre terminó por visitarlo de nuevo. Por primera vez, Estoico no parecía tan inmenso, sobre todo porque era evidente que era Hipo y no su padre quien tenía la espada agarrada por el mango. Le suplicó que volviera, que sentía todos esos años de exilio en el Reino de la Noche y que, si regresaba, le honraría como uno de los dioses mayores de su Santuario. Hipo, sin embargo, solo tenía una condición para su retorno: o le permitía estar con Astrid o la Luna no regresaría.
Estoico no pudo ceder a su petición, no porque no quisiera, sino porque el Sol y la Luna no debían relacionarse. Así lo había dictaminado la Madre Naturaleza cuando creó el mundo.
Sin embargo, las leyes cambian y más cuando el Sol engendra un vástago de la Luna. Al Padre de todos los Dioses no le quedó otro remedio más que permitir que Hipo y Astrid pudieran reencontrarse para conocer a la pequeña criatura que el Sol había dado a luz. Era una niña hermosa, de bellos ojos azules como los de su madre, y de cabello bronce como el de su padre.
Zephyr se convertiría en la diosa de los vientos que soplaban desde el oeste. Una diosa menor, pero tan hermosa como su madre y que contaba con la bendición de poder viajar con libertad entre el mundo del día y el mundo de la noche.
A raíz del nacimiento de su hija, Estoico tuvo que dar su brazo a torcer y permitir que ambos amantes pudieran reunirse de nuevo, aunque solo podía ser cuando el día y la noche se encontraban. El tiempo era reducido, pero no cabía duda que, en el mundo de los mortales, los amaneceres y los atardeceres resultaban ser los instantes bellos, donde el día y la noche se encontraban al mismo tiempo y el Sol y la Luna brillaban sobre un mismo cielo. Ambos sentían que no era suficiente; pero ni siquiera ellos podían desobedecer la voluntad de la Madre Naturaleza.
A raíz de sus encuentros, tuvieron otro hijo, Nuffink, quien se convertiría en el dios de los sueños, por lo que tuvo que marcharse a vivir al palacio de su padre. Era un niño encantador, aunque reservado, y no le gustaba visitar el Santuario de los Dioses, por lo que su madre, en contra de la voluntad del Padre de todos los Dioses, visitaba el Palacio de las Estrellas para visitar a su hijo con demasiada frecuencia. En tales eventos, el Sol y la Luna volvían a encontrarse y el mundo de los mortales eran testigos de su unión por los eclipses que se formaban. Había quienes decían que estos encuentros eran un mal augurio, pero Hipo y Astrid habían decidido que poco les importaba lo que las demás dijeran.
Engendraron muchos más hijos. Dioses menores que viajaban con libertad entre el día y la noche y servían a sus progenitores con la mayor fidelidad y amor concebible. El Padre de todos los Dioses tuvo que hacer tripas corazón al amorío entre su hijo la Luna y su hija adoptiva el Sol. Además, no negaba que el hecho de contar con descendencia que fuera sangre de su sangre había sido una perspectiva que nunca hubiera imaginado ni en sus mejores sueños. La Madre Naturaleza no parecía tampoco poner objeciones siempre y cuando ambos mantuvieron sus roles y procuraran encontrarse en el tiempo establecido para ellos.
Hay quienes cuentan que, todavía a día de hoy, en las noches de luna nueva, el Sol y la Luna se encarnan en sus formas humanas para pasar desapercibidos entre los mortales. Dicen que es habitual verles bailar en las galerías de París o pasear agarrados de la mano las calles de Florencia, aunque muchos pasarían por alto que la joven muchacha de cabellos dorados y el introvertido joven cubierto de pecas pudieran tener relación con dioses de tiempos remotos.
Ella es el Sol.
Él es la Luna.
Y su amor durará hasta el final de los tiempos, cuando la luz del Sol se apague y la Luna dejé de brillar para siempre.
Xx.
