EL NIÑO DEL ARMARIO
Por Cris Snape
Disclaimer: Smoking es una serie de televisión japonesa dirigida por Hajime Gonno y Takashi Motoki y emitada por Netflix.
Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.
Tabla 3: Escénica. Prompt: Cambio de familia.
Tabla 7: Personajes. Prompt: Niño.
Tabla 8: Técnica. Prompt: Angst.
Un golpe.
Quédate quieto y en silencio.
Una patada.
Mamá le quiere muchísimo.
Los ojos del monstruo mirándole. Se tapa la boca. Las lágrimas arden en sus mejillas.
Risas. Golpes. Un cuchillo que se eleva en el aire.
Ya no hay súplicas, ni gritos.
Cuando es por la mañana y mamá está así de quieta, Hifumin corre. Da besos, hace cosquillas y, entonces, ella abre los ojos y ríen juntos.
No sabe cómo lo sabe, pero es distinto.
Mamá no abrirá los ojos. No se reirá. No le leerá cuentos por las noches ni le llevará al colegio. Se acabó.
No.
No.
No.
Trabajando para El Limpiador, el tío Sabe ha aprendido una lección de vital importancia: una persona puede ser castigada por los crímenes que otros han cometido.
La mujer yace muerta sobre las sábanas ensangrentadas. Kenuma no ha tenido piedad. No es sorprendente. Su nivel de locura y degradación moral se acrecienta con el tiempo. La observa con disgusto. Su esposo, el único responsable de traicionar a la organización, se ha esfumado en la nada. Los que mandan han exigido una cabeza de turco y ahí la tienen. Sólo falta saber dónde está el niño. Hifumin. Lleva el nombre de su abuelo. Sabe lo conoció una vez, hace mucho tiempo.
No se permite que los recuerdos le ablanden el corazón. Tiene una tarea encomendada. Es el mejor en lo suyo. Limpiar el desastre de Kenuma y ocultar la verdad al resto del mundo. Cierra los ojos de la mujer, busca algo con lo que cubrir el cadáver y, entonces, escucha el ruido procedente del armario.
No ha sido su imaginación. Otra de las cosas que su profesión le ha enseñado es a mantenerse alerta incluso cuando podría permitirse estar relajado. Con determinación, abre la puerta y lo ve.
Hifumin tiene los ojos abiertos como platos y la cara húmeda. Todo su cuerpo tiembla. Ha sido testigo de un horror más allá de todo entendimiento humano. Sabe es consciente de lo que debería hacer, solo que no quiere. Le incomodan las víctimas inocentes. No. Hace mucho que hacen más que incomodarle. No entiende por qué ha tenido que morir esa mujer. No sabe por qué debería delatar la presencia del niño y dejarlo en manos de Kenuma.
La razón le dice una cosa. El corazón le suplica que haga otra.
Extiende los brazos y coge a Hifumin. No se resiste, pero tampoco busca su consuelo. Lo sabe. No será fácil. Le da lo mismo.
Hifumin no habla, no come, no se mueve.
Sabe examina su cuerpo en busca de alguna lesión, pero ni siquiera su experiencia como médico puede curar al niño. Las heridas del alma sanan con mucha dificultad.
Lo lleva a su casa. En breve, tendrá que buscar otro sitio. Si deja El Limpiador, su vida será muy distinta. Si se queda con Hifumin, tal vez sea mejor posponerlo un poco. ¿Qué puede hacer con el niño? Mantenerlo a salvo, que no es poco.
Está dentro del armario. Su habitación no le gusta mucho. No ha tocado los juguetes que Sabe ha comprado para él. Por las noches, sus ojos se mantienen abiertos como los de un ave nocturna. Si no logra que reaccione, tarde o temprano terminará muerto. Nadie puede vivir sin comer, sin dormir. Sin respirar. Y ese niño se está ahogando en mitad de su dolor. El espanto lo consume segundo a segundo. Debe darse prisa.
Su experiencia tratando niños es limitada, aunque sabe algo: no pueden resistirse a un dulce. Por la mañana, va en busca del pastel de chocolate más grande y apetitoso que puede encontrar. Lo deja en el suelo del armario, frente a Hifumin. Por primera vez en varios días, el pequeño observa algo con curiosidad.
—¿Quieres un poco? Seguro que está riquísimo.
Por un instante cree que no funcionará. Sin embargo, Hifumin extiende una mano diminuta y mete el dedo en la tarta. Lo chupa con sumo interés y sus ojos hacen chiribitas. Bien. Es bueno ver algo así. No está todo perdido. Sabe sólo necesita ir un poco más allá, traerlo de regreso al mundo real.
—Podrás comértelo entero, pero tienes que salir del armario. Vamos.
Le arrebata la tarta. Hifumin parece a punto de echarse a llorar. Dos segundos más tarde, sus pies descalzos se posan sobre la tarima del dormitorio. Un rato después, no hay ni rastro del pastel.
Se han mudado a una casa más pequeña, en uno de los barrios más humildes de Tokio. Hifumin pasa horas y horas sentado en el suelo, jugando. No habla. Nunca. Ver morir a su madre ha sido demasiado para él. Lo hubiera sido para cualquiera. Tampoco va a la escuela. Hubiera sido demasiado complicado. Sabe le enseña personalmente. Es listo. Memoriza los kanjis más rápido que ningún niño de su edad. Es bueno con las matemáticas y le encanta el shōgi. No tiene amigos. Demasiados problemas de comunicación como para hacerse comprender por los demás.
A Sabe le preocupa. Hace lo que puede. Acude a sus viejos libros de medicina en busca de una respuesta que nunca llega. Procura acercarse a Hifumin, ganarse su confianza y, por qué no, su cariño. El niño es cauto. Se observan mutuamente, como estudiándose, sin sacar ninguna conclusión en claro.
Sucede una tarde de invierno. Hace frío y el cielo está encapotado, como si fuese a nevar. Sabe está ultimando los detalles del último caso que ha llevado. Un individuo que ha tenido la valentía de abusar sexualmente de la hija menor de un jefe de la mafia. Hace mucho que no disfruta tanto con un trabajo. Tampoco ha sentido remordimiento alguno. La niña tiene la misma edad que Hifumin. Le asusta dejar que salga solo, pero cree firmemente que debe darle cierta independencia. Sospecha que ya se siente lo suficientemente indefenso como para cortarle las alas. Necesita aprender a valerse por sí mismo.
Hifumin regresa antes de lo habitual. Sabe cubre el gran frasco de formol con una manta y le sonríe. El niño tiene un ojo morado y está pálido. No es la primera vez que sufre un encontronazo con los chicos del barrio, aunque lo más normal es que se sobreponga con firmeza a los sentimientos negativos. Porque Hifumin no sólo ha perdido el habla. Tampoco llora. Jamás. Posee motivos sobrados para hacerlo, pero en todo el tiempo que llevan juntos, nunca ha soltado ni una mísera lágrima.
Ese día es distinto. Sabe ve su labio inferior temblar, observa sus puños apretados y es consciente de lo que necesita. Sea como sea, no le presionará. Es Hifumin quien debe tomar la iniciativa porque es Hifumin quien está asustado. Así pues, extiende los brazos y le anima con un gesto. El niño no se hace de rogar. Solloza con un patetismo que parte el alma y se le agarra el cuello. Es pequeño, delgado y frágil. Sabe recuerda el rostro de su madre fallecida. Maldice a Kenuma. Abraza con todas sus fuerzas y procura ofrecer ese consuelo que tanto necesita.
Nunca averigua qué ha pasado. Tampoco importa. Lo único cierto es que esa tarde se establece entre ellos una nueva relación. Hifumin aprende a confiar. Sabe no se prohíbe a sí mismo querer. Puede que no compartan la misma sangre, pero son familia. Padre e hijo. Sabe se promete que siempre estará ahí para él. Hifumin sólo piensa en lo agradable que es estar allí, en lo seguro que se siente. Es la primera vez que le pasa desde que mamá se durmió.
Sabe es un misterio. El instinto le dice que no es de fiar. No es la primera vez que se enfrenta a un hombre que mantiene contactos con la mafia. Pero le ha salvado la vida y le ha ofrecido un futuro, así que se siente en deuda con él. Haccho dedica mucho tiempo a intentar descifrar el enigma que es. Le intriga sobre todo su relación con Hifumin.
No entiende qué hace un chico como él en ese parque miserable. Aunque no esté de humor, procura sonreírle cada vez que están cerca. Algo se despierta en su interior cuando Hifumin le devuelve la sonrisa. Algo que le recuerda a su propia hija y al bebé que no llegó a nacer.
Agita la cabeza. No es conveniente pensar demasiado en ellas. Es muy pronto aún. El dolor está a flor de piel. Y la ira. Sobre todo, la ira. Hifumin coloca el tablero de shōgi sobre la destartalada mesita y le pregunta con un gesto si quiere jugar. Haccho acepta el reto. El chico mueve las piezas con gran maestría.
—¿Quién te ha enseñado a jugar? ¿Sabe?
Hifumin asiente.
—¿Es tu padre?
Hifumin niega.
—¿Quién es?
Hifumin se encoge de hombros. De todas formas, ha sido un poco tonto plantear algo así. Lo máximo que puede hacer el chico es hablar con gestos y menear la cabeza.
Al cabo de un rato, se da por vencido.
—¡Ah! Me has vuelto a ganar. Se te da bien esto.
Cuando Hifumin sale al exterior, parece bastante pagado de sí mismo. Haccho no tarda en darse cuenta de que no se ha quedado a solas. Sabe ha aparecido para limpiar su juego de bisturís. Siempre está preparado para cualquier contingencia que surja.
—Hifumin, ¿de dónde ha salido?
No es un hombre que se ande por las ramas. Y en otro tiempo fue policía, así que necesita averiguar la verdad para saber qué hacer con ella. Sabe le mira por encima de sus gafas y ofrece su explicación.
—De un armario.
Pese a lo críptico de sus palabras, no está mintiendo. Sabe contempla el filo del instrumental médico. Está satisfecho.
—Me he dado cuenta de cómo lo miras.
Haccho no entiende. ¿Acaso está insinuando lo que está insinuando? Porque si es así, tendrá que pegarle.
—Me tranquiliza mucho. Sé que, si algún día me pasa algo, cuidarás de él.
Se revuelve, sorprendido y sin saber qué decir. Sabe le sonríe y habla como si pretendiera imitar a un anciano sabio.
—Un padre siempre es un padre, ¿no?
Quiere protestar. Se calla porque en el fondo tiene razón. Así que se trataba de ese sentimiento. Recuerda a sus hijas. Se siente miserable y, sí, se ocupará de que Hifumin esté bien. Maldita sea.
Goro está más que acostumbrado al ruido que hacen los huesos al romperse. Si quisiera, podría tumbar a Hifumin de un solo puñetazo. El crío es débil y baja continuamente la guardia. La cuestión es que no quiere. Y no es como si supiera lo que se siente al tener un hermano menor porque, de hecho, no tiene ninguno, pero está convencido de que es algo parecido a eso.
Hifumin estira el brazo. Goro detiene el golpe sin ninguna dificultad. Con un gesto veloz, le arrea entre las costillas. El chico se queja de vicio. Ambos saben que no le ha hecho daño. A esas alturas del entrenamiento, su cansancio es más que evidente. Agita las manos para indicar que quiere parar y se marcha a buen paso. Siempre es así. Hifumin no es el chico de las grandes explicaciones. En cambio, Haccho acostumbra a hablar demasiado.
—¡Qué buen combate! ¿Me darías un par de clases?
—Te daría una paliza.
Haccho se ríe. Es molesto, pero se siente cómodo viviendo con él. Y con Sabe. Y con Hifumin. No es algo que le haya pasado muy a menudo. Podría decirse que les aprecia. Por lo menos al chico. Tal vez, esa sea la razón de su preocupación.
—Está muy indefenso. Hifumin.
—Ya lo sé.
—Deberías enseñarle a usar las armas.
—Sabe se niega.
—¿Por qué?
—Porque podría tener un futuro lejos de toda esta mierda.
Bien. Es un buen razonamiento. Hifumin es muy joven aún. Y Goro siempre ha pensado que alguien como él no debería estar en Smoking. Es un chaval. Debería ir a la escuela, tener amigos, salir con chicas. Claro que todo es demasiado complicado. Para empezar, ni siquiera puede hablar. Hay poco que pueda hacer por él.
—Entonces, haré que pueda pelear.
Haccho le palmea la espalda.
—Más te vale.
El destino a veces se empeña en ligar a las personas más extrañas. Goro lo acepta y casi es feliz con ello.
Una vez, Hifumin tuvo una familia. Papá le enseñó a jugar al fútbol y mamá fue todo su mundo. Fueron tiempos de risas, de chillidos, de contar lo que había hecho con todo lujo de señales. Pero un día papá se fue y mamá fue asesinada por un sucio bastardo que, por fortuna, ahora está muerto.
Hifumin debió quedarse solo esa tarde, metido en aquel armario, con todo su ser aterido de miedo. Pero Sabe quiso llevarlo consigo y le ofreció la oportunidad de tener una nueva familia. Una muy rara y dedicada a actividades poco lícitas, pero que está unida por los irrompibles hilos del amor.
No puede negarlo. Hifumin quiere a Sabe. Con todas sus mentiras, siempre le ha cuidado y le ha ayudado a convertirse en lo que es. Le ofreció una educación y le dio cariño dentro de sus posibilidades. También quiere a Haccho que, curiosamente, tiene más de padre que el mismo Sabe. Y eso que es mucho más joven, pero hay algo en su mirada que te invita a aferrarte a él para no soltarte jamás. Y Goro, por supuesto. Con sus silencios y sus golpes, se hace querer. Más ahora que está tan solo.
Hifumin observa a su familia. Se han reunido para celebrar su cumpleaños. Después, tienen que ir a asesinar a un soplón de un clan mafioso de Osaka. Hifumin no participará en ese trabajo. Está fuera de Smoking. Todos quieren que haga algo con su vida, como estudiar o boxear. Sea lo que sea, que no implique empuñar un arma. Para ser honesto, lo encuentra absurdo. Lleva muchos años colaborando con Smoking. Eso de que tiene las manos limpias de sangre es muy dudoso. De todas formas, no piensa discutir delante de una tarta de chocolate.
Sopla las velas. Pide su deseo. No importa que sus vidas se separen en parte. Luchará porque su familia permanezca unida por siempre, frente a todas las adversidades. Se supone que es como debe ser.
FIN
