No se quedó callado ante aquella grave acusación. Papyrus comenzó a quejarse de manera desenfrenada, con frases cortas e incompletas. Sus palabras salían a trompicones de sus labios, sin un principio, sin ningún final.

Chara se rio con diversión. Había perdido cualquier signo de superioridad mientras sostenía su estómago, revuelto solo de la forma que las carcajadas pueden. Estas cambiaron completamente su intensidad hasta no ser más que un enorme torbellino de mariposas, solo al ver como el tan inexpresivo comediante tenía una extraña mueca de confusión. Era pequeña. Si. Diminuta como los granos de arena. Pero su sonrisa se había caído milímetros y aunque poco notable para cualquier persona corriente, el trabajo de Chara se basaba en fijarse en cada mínimo detalle.
Podría ser un trabajo poco remunerado, poco llamativo al ojo pero con resultados atractivos, si se habían bien.

Y aunque ella no era mala en lo suyo. Chara, si, era mala en general.

Ella suspiro. Como siempre pasaba, siempre, siempre y siempre... Sus recuerdos eran capaces de parar todo lo que estuviera haciendo. Volver todo a cero, intercambiar de diversión a enojo.

Ya no había más pájaros revoloteando, ya no había más cielo azul brillando.

Ya solo quedaba, las lagrimas de las flores amarillas.

Echo un último vistazo a aquellos cuatro. Por mucho que Papyrus seguía gesticulando, movimientos exagerados que cubrían todo su rostro, Chara había dejado de escuchar. Si quería oír los mismos sonidos tantas veces, preferiría irse a los pies del océano. El romper de las olas era pues, más agradable que él y sus lamentos.

Sans vio como ella se quedaba paralizada, en calma. Sus sonrisa seguía allí, pero no había cambio en sus gestos. Sin dicha, sin diversión, sin disgusto... nada.
Ella estaba igual como se habían reencontrado esta mañana. Vacía.
Él no pudo evitar sentirse irritado. De todas las maneras desagradables que había podido observar a Chara, verla así, era insoportable.

Era tan insoportable, que, incluso cuando ella se dio media vuelta, cuando su rostro había desaparecido entre los cabellos castaños, seguía sintiéndose molesto.

Chara no se giró ninguna vez más. Cuando ya estaba a escasos metros de adentrarse en su terraza, respondió un simple y burlón ¡Aburridos!. Sin ningún movimiento exagerado, sin ningún desagradable comentario... solo entro en su casa, desapareciendo.

-Pero... ¡Pero Chara...! Ya te dijimos que... ¿Ah...? ¿Donde está?

Papyrus miró de un lado al otro del jardín de su vecina, sin verla por ningún sitio. Tan ensimismado estuvo él, centrado en su búsqueda de la frase perfecta para responderla, que no se dio cuenta que Chara se había marchado.

Undyne le palmeó la espalda a modo de aliviarle. Suaves toques, que quizás eran demasiado delicados, inconscientes, casi como si aquel consuelo también fuese para si misma. Ella, pues, también sentía la misma decepción de Papyrus; veía como sus palabras caían en el olvido, ignoradas.

-Pero... pero... ¡El Gran Papyrus no entiende nada! Voy a ir y... ¡Y...!

-Déjala. Lo más seguro que se esté burlando de nosotros, Paps. No te preocupes.

Sans apretó los dientes con fuerza. No le gustaba ver a su hermano de aquella manera, con el rostro impregnado de tristeza y rabia. Él sabía lo importante que era para Papyrus ser una buena persona, lo que incluía disculparse cuando se equivocaba y hacer todo lo posible para quien hubiera sufrido de su error lo perdonase. Sin embargo, allí estaba Chara, haciendo burla de todos sus perdón, rechazándolo como si se tratase de pez encallado en la arena, sin poder volver al mar.

Sans no sabía de lo que se trataba, que problema había surgido entre ella y los policías para hacerles creer que Chara podría ser una criminal, pero estaba seguro, de que ella estaba aprovechando todo aquel conflicto para dañar a Papyrus. Y eso no le gustaba para nada.

-¿No íbamos a por esos espaguetis Paps? ¿O te lo tomate-aras con calma?

Sonrió con suficiencia cuando vio que la mueca triste de Papyrus cambiaba rápidamente a una de enfado. Disfrutaba más ver aquellos anaranjados ojos de forma desorbitada a la llorosa; con la boca abierta preparada para gritar quejas antes que verla en una semiluna caída. A Papyrus nunca le había quedado bien la pena.

-¡Sans! ¡No digas esos chistes malos! ¡Y...! ¡Y menos delante de Alphys! ¡La asustaras!

Papyrus dio media vuelta para enfrentarse a Sans, pero, recordando que tenían una invitada, miró con seguridad a la pequeña chica que se escondía detrás de Undyne.

-¡Alphys! ¡No le hagas caso! ¡Él es así, no te asustes, pues, del hermano de El Gran Papyrus! ¡Es buena per...

-¡No mires tan fijamente a mi novia! ¡La aterrorizas!

-¡Que no! ¡Que el Gran...

Ambos guardias civiles comenzaron una nueva pelea. Era tan similar a la que tuvieron el día anterior en la estación, que Sans pensó que el día volvia a repetirse, como si fuese un Reset en un videojuego. Por lo que Sans no se molesto en echar más que un pequeño vistazo a la discusión.

Con paso perezosos, dificultosos, al igual que intentar correr en la orilla del mar, mientras que las olas intentaban hacer tropezar sus zancadas; se dirigió hacia dentro de la casa. No sabía el porqué de querer quedarse bajo el Sol, cerca de esas flores amarillas que tan poca seguridad le daba, mas, Sans esperó a volver a ver aparecer a aquella molesta chica, romper la fría expresión con la que terminó su conversación.

-¡Espéranos! ¡Hermano!

-¿¡Y para eso si te mueves rápido, Sans!? Te vas a enterar...

Papyrus empezó a correr hacia el hogar, con gritos lo suficientes altos para poder molestar a toda la calle. Los vecinos, Chara incluso, estaban acostumbrados a aquellos alaridos, que, fuese la hora de comer, las sienta o en menor medida por la noche, podían ser escuchados.
La mayoría lo ignoraban, la personalidad de Papyrus aunque bastante hiperactiva, era de una buena persona. De ahí que le daba algo de margen para que hiciese ruido, cuando el quisiera.

Undyne los siguió a escasos metros. Ella, mas responsable, no chillaba como loca, solo refunfuñaba por lo perezoso que algunas veces podía ser el mayor de lo albino, y que, en momentos menos esperados, tuviese más energía que cualquiera. Realmente era la caracterización del contraste en persona. Mas, no lo pensó demasiado, con firmeza agarró la mano de su novia con algunas suaves palabras de disculpa; entre discusión y discusión, no la había podido presentarla.

No tardaron demasiado en adentrarse en el salón. Junto a algunos saludos más apacibles, Alphys por fin fue introducida. La tarde estaba comenzando, los espaguetis de Papyrus, en la cazuela hervían con fuerza; Undyne, acurrucada junto a su novia, describía los nuevos entrenamientos que había preparado...; Sans, cansado por lo que iba a venir, se recostó en el cómodo sillón de Papyrus.

Chara, dentro de su propio hogar, no se había molestado en mirarlos, ni siquiera parecía que hubiera escuchado sus gritos. Quieta, también en un pequeño sillón, el cual, al contrario que el de sus vecinos, estaba cubierto por una sábana blanca; bebía té. La habitación estaba repleta del espeso aroma a té, casi tan denso que cualquier olor a mar se había opacado. Estaba enterrada en aquella esencia, que, casualmente, era de flores amarillas.

Oh.

Oh.

Pero si el té relucía en granate.