¡Konichiwa a todos! Fansitos del inukag, después de muuucho tiempo, he decidido traer historias cortas de esta hermosa pareja. Espero puedan disfrutarlas tanto como yo escribiéndolo, y recuerden, ¡voten y comenten sin miedo! Aquí no aceptamos lectores fantasma ;)
Aclaración: Algunas historias podrán contener lemon o contenido explícito. Si eres una persona sensible, pondré una advertencia antes de comenzar el relato.
Si bien Moroha estará incluida, no formará parte del canon de Hanyo no Yashaime en algunas historias.
Acepto ideas para posibles O.S o drabbles
Sin más que decir, disfruten!!
—Rave uwu
Sucedió en una noche de luna llena, cuando la primavera empezó, y con ella trajo la época de apareamiento. Un suceso que a los hanyou les ocurría de vez en cuando, pues era el momento donde los instintos primitivos de las bestias necesitaban encontrar a una compañera.
Afortunadamente, esa parte del problema ya estaba resuelto para cierto híbrido.
Posado sobre las ramas de un árbol, observaba desde lejos a la miko del pueblo, quien estaba recogiendo hierbas medicinales en compañía de unos cuantos niños. La sonrisa de la chica era bastante atrayente, no era de extrañar que los niños quisieran pasar el tiempo con la sacerdotisa. Estaba seguro que iba a ser una madre excelente.
Cuando ese pensamiento apareció, frunció el ceño.
Kagome había sido su compañera desde hace muchas lunas atrás, cuando se entregó a él en su noche de bodas y pudieron consumar su unión después de esos largos tres años que fueron una tortura para ambos. La chica se había adaptado con rapidez a las costumbres de la época feudal, ocupando sus oficios como sacerdotisa con ayuda de la anciana Kaede. Cuando estuvo seguro de que Kagome estaba completamente cómoda con su compañía, le hizo esa esperada pregunta que había practicado por tanto tiempo, claro que con unos cuantos consejos del monje Miroku que no rechazó. Incluso construyó su propio hogar, donde pasarían el resto de sus vidas como marido y mujer, disfrutando de esta manera su matrimonio.
Ahora, el asunto de los hijos seguía siendo un tema al margen y poco discutido entre los dos. Pero no creía que eso fuera a durar mucho tiempo.
—Inuyasha.
Mirando hacia abajo, observo un par de ojos café sobre él.
—¿Podrías bajar y ayudarme por favor?
Soltando un suspiro, bajo de un salto sobre su rama hasta llegar al suelo. Parándose al lado de la miko, notó que traía sobre sus hombros unas cuantas frutas y vegetales.
—¿Otra vez los aldeanos te han regalado cosas? —cuestionó en seco.
La miko se limitó a sonreír.
—Sabes que no puedo rechazarlo. Además, me quieren mucho y me lo demuestran de esta manera.
—¡Khe! Soy capaz de traer la comida a la casa, Kagome —murmuró, cruzándose de brazos.
—No he dicho que desprecie tus habilidades para cuidarme. Pero algunas veces necesitamos ser generosos con los demás, Inuyasha. Por ejemplo, cuando tú y Miroku van a alguna aldea vecina para ayudarlos con algún yokai. Aunque el monje Miroku algunas veces se aprovecha de eso —mencionó lo último en broma. Agarró su canasta con las hierbas medicinales y la sostuvo entre sus manos—. La anciana Kaede nos invitó a comer con ella y los demás esta noche, podemos llevarles estos vegetales para ayudar con la comida.
Sin objetar su último comentario, siguió por detrás a la miko del futuro, su mente todavía estaba maquinando sobre el tema que lo estaba poniendo cada vez más ansioso. Sin que ella lo notará, la estudio de pies a cabeza, sin perderse ningún detalle. Kagome tenía esa habilidad de sonreír hasta en los peores momentos, verle siempre el lado positivo a las cosas y nunca rendirse. Desde que la conoció, supo que era una mujer valiente con un gran corazón, y ni siquiera era capaz de ocultar sus emociones cuando las vivía a flor de piel. Quizás eso le había atraído de ella en un principio. Además, ella lo conocía muy bien. No estaría sorprendido si ella notará lo distraído que estaba en ese momento, pero no preguntaría por ahora.
Después de la cena con Kaede, ambos decidieron caminar en los alrededores del pueblo, Kagome saludaba con una sonrisa cordial a los aldeanos que se cruzaban por el camino. Adentrándose entre la maleza del bosque, siguieron su camino en un cómodo silencio —de vez en cuando, con la miko apreciando las estrellas sobre el cielo nocturno y explicándole al hanyou las constelaciones que notaba—, hasta detenerse en un lugar bastante importante para los dos. El pozo devorador de huesos, donde ella había llegado a la época feudal y permitió que conociera a InuYasha. El lugar donde él la esperaba cada tres días en esos tres eternos años, con la esperanza de que ella volvería a él como el destino lo habría predicho. Se sentaron en el suelo, apoyándose sobre la madera dura del pozo, disfrutando el silencio que les otorgaba la noche; hasta que la sacerdotisa decidió romperlo y confrontarlo.
—Te he notado distraído hoy, ¿algo te está preocupando? —preguntó ella con suavidad.
Inuyasha se tenso por un momento, sin mirar a la miko todavía. Sus ojos dorados se desviaron a otro lugar, mostrando su natural ceño fruncido.
—No sé... de que estás hablando, Kagome.
La azabache entrecerró sus ojos mientras lo miraba, el hanyou supo que era incapaz de mentirle cuando ella se daba cuenta sola. Si no iba a decirle lo que ella estaba pensando, entonces tenía que ser la que empezará a tener esa conversación
—Si no mal recuerdo, hace poco empezó la primavera. Eso significa que llegó... esa época, ¿verdad? —dijo la miko, notando que el rostro del hanyou empezaba a sonrojarse. Eso hizo que mostrará una sonrisa y riera—. Con que era eso...
InuYasha se sorprendió de que no le estuviera reclamando nada.
—¿Acaso... no estás enfadada? —cuestionó dudoso.
—Para nada, solo me siento algo sorprendida. En general, la mayor parte del tiempo... me asaltas encima y ni siquiera me das tiempo para reaccionar, no es que eso me importe —respondió en un susurró relajado, el sonrojo en sus mejillas le dio a entender en que estaba pensando mientras hablaba—. Pero ahora, pareces estarte controlando de hacer algo conmigo. Como si... tuvieras miedo.
Como esperaba, Kagome le había quitado las palabras de la boca, ni siquiera pudo responderle de inmediato. Su nivel de observación era increíble, y lo había descubierto con éxito. Se sintió avergonzado de tener que ocultarselo, cuando se suponía que eran una pareja casada y debían contarse todo. Por eso, no le vio necesario que siguiera tratando de ocultarlo.
—Entonces, ¿qué sucede Inuyasha? —preguntó, sin querer presionarlo demasiado. Guardó silencio por un momento, antes de hablar.
—Hueles a celo, Kagome... Eres fértil.
Kagome tenía ese aire impredecible, que no le permitía distinguir si estaba enfadada o incómoda, pero sus sentimientos podía tenerlos inscritos en su rostro dada la naturaleza liberal de la muchacha. Escuchar su suspiro mientras le sonreía con calma, hacía que fuera imposible saber que había pasado por su cabeza en ese momento. No pareció ofendida en absoluto, en cambio, se limitó a mirar la belleza de la noche que la época feudal tenía como ventaja. Recordaba que en su época ni siquiera podía mirar tantas estrellas cómo las que observaba ahora.
—Oh, ya veo... Creo que ya es momento de hablar sobre esto —respondió ella suavemente, antes de mirarlo—. Ya se están por cumplir tres años desde que volví aquí, y decidimos casarnos. Inuyasha, estaba tan emocionada de pensar que iba a pasar el resto de mis días contigo, y nada podría arruinar eso. Tal vez nos estuvimos cuidando por un tiempo sobre el tema de los... bebés, porque necesitabamos disfrutar de nuestro matrimonio primero. Sin embargo, todavía cabe la posibilidad de que... podríamos intentarlo.
—¿Intentarlo? —repitió, esta vez mirando con atención a la miko por pensar que se trataba de un sueño. Ella asintió con una sonrisa.
—Así es, quizás está sea nuestra señal. Ya hemos disfrutado de nuestra compañía lo suficiente, ¿por qué no hacerlo ahora? Nadie nos detiene, y nos hemos vuelto más fuertes en este tiempo. Por eso, siempre me siento segura cuando estoy a tu lado, Inuyasha —confesó Kagome, el rubor estaba cubriendo sus mejillas de una manera que la hacía ver hermosa a sus ojos. En ningún momento había apartado su mirada de ella—. No puedo ver a otra persona que no seas tú para compartir ese momento. Sin embargo, no sé cuáles son tus preocupaciones con respecto a un bebé... o si no es algo que quieras hacer ahora.
El hanyou mostró una mueca disconforme al observar su mirada desanimada. No quería darle a entender que estaba rechazando esa propuesta cuando él también lo ansiaba.
Tomando la mano de su esposa, volvió a captar su atención por completo. El brillo de la luna sobre su piel suave y cálida, demostraba la belleza que la joven poseía y de la que estaba tan enloquecido.
—Kagome, eso no es verdad... Créeme que eso es algo que ansío contigo como no tienes idea. Pero... —disminuyó su voz por un momento, bajando su mirada ámbar hacia el suelo—, no conozco demasiado sobre lo que es tener una familia. He pasado la mayor parte de mi vida completamente solo, intentando sobrevivir como un híbrido cuando no era aceptado por cómo soy. Por eso, tengo temor de que lo mismo le pueda suceder a...
El hanyou cortó sus palabras repentinamente, sin necesidad de terminar lo que estaba a punto de decir.
La sacerdotisa guardó silencio, procesando sus palabras en su mente. Inuyasha todavía era capaz de sorprenderla, a pesar de llevar tres años de matrimonio, seguía aprendiendo cosas sobre él. Pero no le importaba, porque seguía haciéndola sentir feliz cuando se permitía abrirse por ella, y lo escuchaba atentamente. El ser vulnerable ante los demás no te hacía débil, al contrario, era una fortaleza para superar sus propios miedos y avanzar. Era algo que había aprendido con él cuando lo conoció, empezando a formar un lazo de unión y confianza que les permitió llegar hasta dónde se encontraban ahora. Se sintió tan emocionada por ello, que se permitió sonreír con dulzura como siempre lo hacía.
Llevando su mano libre hacia el rostro de su amado, acarició con ternura su mejilla. El hanyou la miró con atención, perdiéndose en sus ojos color miel que casi la hacían perder su concentración al hablar.
—Inuyasha, no sabes cuanta alegría me da que me hayas contando esto... —respondió, llevándose la mirada cuestionable del hanyou—. Tampoco tengo experiencia sobre el papel de una madre, aunque sepa como se comporta una familia. Pero estoy segura que eso se convertirá en algo natural, porque nosotros estaremos juntos y no lo haremos solos. Nos apoyamos mutuamente, como siempre lo hemos hecho en nuestras batallas. Sea cual fuere su rasgo demoníaco, voy a amarlo por lo que es... Nuestro hijo jamás estará solo, mucho menos cuando nos tiene a nosotros y a nuestros amigos. Sé que no vas a fallar en esto, porque nunca me has fallado a mi o a los demás. Vas a ser un gran padre Inuyasha, estoy segura de eso.
Entrelazando sus dedos entre sí, sintió un ligero apretón sobre su agarre. Sus ojos desprendían aquel amor escondido que sentía por ella, logrando que su corazón llegará a latir a una velocidad increíble. Sólo él tenía ese poder sobre ella, y lo sabía.
—Kagome... —suspiró su nombre, apartando la mano de su rostro lentamente. La intensidad de sus ojos hizo que se sintiera adormecida entre sus brazos—, me siento tan afortunado de tenerte.
Sin dejarla responder, atrajo su cuerpo hacia él de una forma inesperada. Aprovechando su sorpresa, le robó un ferviente beso que la dejó pasmada en su lugar.
Parecía que sus piernas se habían vuelto gelatina, su pequeño cuerpo estaba sostenido entre sus fuertes brazos, impidiendo su escape. Sintiéndose como si actuará en piloto automático, trato de corresponder su beso con la misma pasión que le estaba entregando. Quería demostrarle cuanto la amaba, cuanto la deseaba, cuanto la necesitaba. En un solo beso parecía querer plasmar todos esos sentimientos provocados por ella, y era bastante bueno intentándolo.
—Te amo cómo no tienes idea, Kagome —murmuró entre sus labios, el tono ronco de su voz solo hizo que el dolor en la zona de su vientre se incrementará.
Kagome interrumpió el beso de repente, dejando al hanyou confundido en su lugar. Sin embargo, cambió su expresión cuando la miko se acomodaba encima de él, posicionando sus piernas a los lados de su cadera para quedar a horcajadas sobre él. Levantó su mirada para encontrarse con aquellos ojos marrones que sólo podían mirarlo a él, su pecho subiendo y bajando de una forma agitada otorgaba una vista maravillosa a sus ojos. Estaba tan necesitado de ella, que en su mente sólo pensaba hacer trizas sus ropas para hacerla suya de una maldita vez, Kagome lo estaba volviendo loco y ella lo sabía.
Cubriendo sus mejillas con ambas manos, se acercó de tal manera que sus frentes se tocaron entre sí, con sus labios a unos cuantos centímetros de tocarse. Lo estaba retando, quería ver hasta cuan saciado podría quedar por ella, cuando caería a la tentación que sus labios le entregaban, y cuan dispuesto estaba a hacerla gritar su nombre. Él era el único a sus ojos, solo podía verlo a él. Si el destino decidía que podían ser padres, que así fuera. Y si no, aún así estaría contenta con tenerlo a su lado por siempre. Disfrutaba de su compañía, de su calidez, de su protección. ¿Qué más podría pedir?
Atrayendo su rostro, lo recibió con un beso gentil y lento, complaciendo y degustando el exquisito sabor de sus labios cada vez que se deslizaban entre sí. InuYasha reaccionó en piloto automático, sus manos se deslizaron a lo largo de su espalda mientras la abrazaban fuertemente contra él, la fricción de sus cuerpos solo empeoró la situación que crecía sobre su intimidad. Fue inevitable que una sonrisa pícara apareciera sobre sus labios, sintiendo un bulto creciente entre sus piernas que estaba ansiando tomarla y hacerla suya en ese mismo momento.
—Inu... yasha... —jadeo en busca de aire, poniendo sus manos alrededor de su cuello para profundizar el beso. El sonido húmedo de sus labios, la forma en que su lengua exploraba con entusiasmo hasta detenerse sobre su labio inferior y morderlo en medio del beso, aumentaba de sobremanera la temperatura de su cuerpo.
Ansiaba más, necesitaba cada vez más de él. No necesitaba decírselo con palabras, bastaba con ver la manera en que lo estaba complaciendo para saber cuánto lo necesitaba en su interior. El amor que le entregaban sus ojos marrones cada vez que lo miraba, aceleraron los latidos de su corazón de una manera que nunca creyó posible. A Kagome la amaba con cada fibra de su ser, de su alma corrupta; jamás pensó que podría llegar a merecer algo tan hermoso y puro como lo era ella. Por eso, estaba dispuesto a gritarle su amor en todas las oportunidades que pudiera, porque Kagome se lo merecía.
El calor del momento los envolvió sobre la noche tranquila que les entregaba el Sengoku, fue tanto la intensidad con la que se encontraron, que no habría duda sobre que despertarian bastante relajados al amanecer.
