¡Konichiwa mis linduras! Nuevamente aquí les traigo actualización, al final dejaré mis respectivos comentarios sobre el capítulo. ¡Disfruten!
Los personajes no me pertenecen, agradezcan a Rumiko sensei ;)
En una noche fría y silenciosa, el viento que provenía desde el sur estaba llegando a la aldea con una fuerte ventisca. Dado las épocas de otoño, era de esperarse que las temperaturas se volvieran más bajas en el día, y sobretodo en las noches. Como lo estaba siendo una de ellas, la miko se levantó de su futon al sentir los escalofríos causados por el frío. Incluso en esos momentos estaba ansiando tener alguna estufa a su lado.
Se percató que el fuego de la hoguera había cesado, suponiendo por esa razón que el frío del exterior había entrado a la cabaña con facilidad. Sentándose sobre el futon, cubrió su cuerpo con la única manta que poseía. Entonces, observó frente a ella cierto hanyou que miraba con atención la tormenta de afuera.
Estaba en su pose india habitual, sujetando a Colmillo de Acero entre sus brazos. Su mirada ámbar analizaba con atención el panorama del exterior, antes de dirigirla sobre ella al darse cuenta que despertó.
—Inuyasha...
—¿Sucede algo, Kagome? —cuestionó primero, siempre velando por su seguridad.
Ella frotó su mano contra sus ojos, todavía seguía estando cansada, aún cuando no se había esforzado mucho ese día.
—Sólo... tenía un poco de frío. Creo que todavía me siento algo mareada.
El hanyou se levantó de su lugar para acercarse a ella, sentándose en frente suyo mientras dejaba su espada a un lado. Sus ojos de color miel se posaron sobre ella, logrando que una sensación cálida se instalará en su estómago, y eso no podía confundirlo con un mareo. Inuyasha tenía el poder para hacerla sentir así con una sola mirada, y eso no eran todos los detalles.
Dejó que sus manos tocarán su rostro y frente, la calidez que le transmitían consiguió que se relajará un poco y se estremeció.
—Ay, pequeña tonta, te dije que no debías salir por los alrededores de la aldea —se quejó él, pues no le gustaba demasiado que no le hiciera caso cuando trataba de cuidar su salud—. Fue bastante afortunado que te haya encontrado antes de que esa estampida de monstruos te hiciera algo. Eres muy terca, Kagome.
Aunque tenía bastantes ganas de gritarle algún "Abajo" por sus reprimendas, sabía que no debía culpar su preocupación por ella. Ella había decidió salir de la aldea para inspeccionar los alrededores, pues escuchó por los aldeanos que varios monstruos estaban molestando en la zona. No deseaba pedirle ayuda a los demás en esos casos, pues era perfectamente capaz de exterminar a unos monstruos molestos con sus flechas sagradas. Sin embargo, esa noche los monstruos quisieron jugar con ella y cansarla para devorar a 'la sacerdotisa que destruyó la Perla de Shikon'. Su reputación había alcanzado a los oídos de varios monstruos, ocasionando que muchos la enfrentarán solo para demostrar lo poderosos que eran.
Excepto que, no contaban con la compañía de cierto hanyou poderoso que la protegía, pues era su compañera por derecho. Por eso, Inuyasha había intervenido en la pelea y derrotó a los monstruos con el Viento Cortante. Su camino a casa siguió con sus regaños y unos cuantos abajos de ella, terminando con una pequeña disputa que siguió hasta ahora.
—Inuyasha, puedo defenderme. Me estuve entrenando por mucho tiempo para explotar todo mi potencial y llegar a un nivel más avanzado, como Kikyo... —murmuró ella, escuchando un gruñido proveniente del hanyo. No le agradaba que se llegará a comparar con Kikyo cuando sentía que era un fracaso en su labor como sacerdotisa—. Entiende, no soy una mujer de porcelana. Soy completamente capaz de cuidarme...
—Pero no quiero que te esfuerces —la interrumpió duramente—. Mucho menos cuando estás embarazada de nuestro hijo.
Por instinto, llevó su mano hasta su vientre plano, todavía no se notaba la pequeña vida que residía allí. Ella desvío su mirada al suelo, un poco herida de que no la estuviera considerando lo suficientemente, al menos eso creía.
Inuyasha acarició sus mejillas entre sí, apartando los mechones de pelo rebeldes sobre su frente.
—No estoy diciendo que no confío en tus habilidades espirituales, me has demostrado muchas veces que eres más fuerte de lo que pareces. Sólo te ruego que lo hagas a menos que sea necesario, sabiendo que sus vidas corren peligro —confesó, su voz más suave frente al arrullo del frío en el exterior—. Me preocupó mucho por ustedes, todos los días. Si algo les llegará a suceder... no podría vivir con eso.
El tono sombrío de su voz le dio a entender lo que pasó por su cabeza. Comprendió porque tenía ese afán de cuidarla, velar por ella todas las noches y protegerla de cualquier insignificante monstruo. La Era Sengoku podía ser peligrosa, porque los monstruos siempre estarían al acecho. Recordaba que, Inuyasha vivió un largo tiempo completamente solo, aún siendo un niño pequeño que no tenía la culpa de ser como era. Luchaba para sobrevivir, desconfiaba de las personas para protegerse. Claro, hasta que la conoció a ella. Aprendió a confiar y a proteger a las personas que quería, a su familia y amigos. Tiempo atrás, Inuyasha había confesado que su deber era protegerla, y no estaba dispuesto a fallarle.
Agregando a eso, que estaba por tener a su futuro primogénito, eso le daba más motivos para protegerla. Inuyasha resultó ser un tipo bastante sobreprotector, pero no podía culparlo y tampoco le sorprendía. Ella había decidió estar junto a él, abandonando el lugar donde nació para hacerlo posible. Jamás se arrepentiría de haber tomado esa decisión. Inuyasha la amaba incondicionalmente, y su amor había traspasado las mismas barreras del tiempo para estar a su lado porque era su destino. Siguió el camino que su corazón le indicaba, y estaba feliz de haberlo hecho.
Tomando sus manos entre sí, fue reconfortante sentir la cercanía del uno con el otro. La azabache sonrió con ternura, mirándolo.
—Está bien, voy a darle un tiempo a mis oficios de sacerdotisa. Ahora, solo quiero concentrarme en ti y en nuestra familia —murmuró en un tono suave, juntando sus frentes entre sí—. Estaremos bien, mientras estemos juntos. Sabes que ya no estás solo en esto.
Inuyasha correspondió en su pequeño afecto, y una media sonrisa se formo al escucharla.
—Lo sé bastante bien —respondió él, apretando sus manos entre sí. Sin embargo, al notar el frío que todavía cubría sus manos, se separó—. Están frías aún.
Acto siguiente, Kagome lo observaba quitarse su haori, envolviendola con la tela fina y cálida sobre ella como muchas veces la había protegido.
—Iré a buscar más leña para el fuego.
La verdad, se había sentido más preocupada de pensar en que iría con esa tormenta sin su abrigo que el mismo viento infernal. Por esto, antes de que le diera la oportunidad de irse, tomó su mano para impedirlo. Inuyasha la observó confundido.
—De hecho, podríamos... usar el método tradicional —sugirió ella en respuesta.
El híbrido no comprendió por un instante sus palabras, hasta que Kagome señaló el futon a su lado y algo hizo clic en su mente.
Apartando su vista de ella, habló en un tono avergonzado. Tampoco podía ocultar el sonrojo de sus mejillas ante la miko, sacando a relucir ese lado vergonzoso de él que le generaba ternura.
—Sabes que tengo que cuidarlos...
—Inuyasha, puedes oler a monstruos a distancia. Creo que estaremos bien —intervino Kagome con ironía, cubriendo su estómago con su mano—. Además, no tengo muchos mareos cuando estás cerca. Parece que el bebé se encuentra tranquilo cuando te escucha.
Esa afirmación pareció animarlo a seguirla, cualquier cosa relacionado con su futuro hijo le daba bastante alegría aunque no quisiera demostrarlo mucho. Ese lado paternal de él empezaba a demostrarse más seguido, era un lado desconocido de él que le demostraba su personalidad más humana y vulnerable. Era uno de los aspectos positivos que poseía por ser un hanyu, guardando su corazón humano hasta que lo demostraba en el momento indicado. No había duda que iba a ser el mejor padre para su futuro hijo o hija, y nadie podría reemplazarlo.
Escuchó un suspiro resignado de su parte, antes de responderle en un murmullo bajo mientras su sonrojo aumentaba.
—Sólo hazme lugar.
Kagome contuvo una pequeña carcajada por su triunfo de hacerlo ceder. Como le había indicado, le dejo un espacio a su lado para que ambos se recostaran sobre el futon. Inuyasha se recostó en su lado, cubriendo sus cuerpos con la manta, que afortunadamente era lo bastante grande para que ambos lo compartieran.
Acercándose más al hanyou, Kagome se recostó sobre su pecho, acurrucadose entre sus grandes brazos que la abrazaron contra él. Inuyasha acariciaba su cabello entre sus dedos, sintiendo que su calidez era reconfortante y lograba deshacer los escalofríos de su cuerpo.
—No tienes remedio, Kagome —se quejó el hanyou, escuchando una risa de parte de la miko debajo suyo.
—Me lo merezco, y no veo que hayas rechazado mi propuesta —respondió en un tono sugerente, levantando su cabeza para mirarlo con una sonrisa torcida—. Los aldeanos ya te han robado mucho estos días, quiero ser un poco egoísta y disfrutar este momento contigo. Después de todo... en unos meses ya no seremos solo nosotros dos. ¿Podrás aguantarme hasta entonces?
Esa perspectiva lo aterraba, pero también lo emocionaba al mismo tiempo. Dentro de unos meses, sus vidas iban a girar un rumbo completamente nuevo para ambos. Sin embargo, no se sentía inseguro de haber tomado la decisión incorrecta. Porque la única persona con la que había aceptado formar una familia, estaba protegida entre sus brazos sin ninguna perturbación en su rostro.
Kagome era su hogar, aquel lugar donde podía sentirse seguro y le permitía abrir su corazón frente a las situaciones más inesperadas. Se sentía afortunado, de haberla encontrado y de disfrutar este momento importante en su vida solo con ella. Y estaba decidió a demostrarlo, para que se sintiera orgullosa de él y se sintiera completamente segura en esa Era desconocida para ella.
Una nueva era estaba por venir sobre su camino, pero se sentía feliz, de que no iba a transitar ese camino solitario de nuevo.
Acurrucandose sobre el futon, aspiró el aroma a jazmines que transmitía su cabello natural cuando chocaba directamente contra su nariz. Acariciando lentamente el dorso de su mano contra su espalda baja, pronunció sus siguiente palabras con un cariño inusual de él que la conmovió.
—Preferiría pasar el resto de mi vida contigo, ni siquiera 100 años serían suficientes para deshacer lo que siento por ti Kagome.
Creo que he tomado mi dosis de azúcar extremo, aunque no siento que lo trabajé como en verdad quisiera, llegué al lugar donde quería llegar y con eso me siento satisfecha. Curiosamente, las canciones de adele me ayudaron en el proceso mientras sonaban en mi playlist.
En fin, espero les haya gustado este O.S soft, esperen el próximo escrito con ansias. Les daré una pequeña pista sobre de qué se tratará porque soy compasiva ;), ¿ustedes ya pensaron como fueron las reacciones del Inukag frente a la pequeña Moroha?
Nos vemos en la próxima actualización, byee!!
