Disclaimer: Los personajes que aparecen en está historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.
Colapso
Capítulo II
Arrepentimiento
—Mikasa, ¿qué soy para ti?— la voz de Eren se deslizó hasta ella, tan queda y disonante, temerosa; la ansiedad comenzó a surgir trabajosamente desde algún rincón de su mente.
A la aludida se le cortó la respiración como si el aire se le hubiese solidificado en los pulmones. Mientras boqueaba, el pánico enturbio sus procesos mentales, reduciendo su capacidad neuronal a niveles realmente mediocres.
¿Qué era Eren para ella?, el corazón le golpeó las costillas al cuestionárselo internamente. Había pensando en ello una infinidad de veces y la respuesta siempre era distinta: a los nueve años fue su salvador, a los trece un hermano, pero comenzó a verlo con otra luz a partir de los quince, cuando ambos se consolidaron como cadetes.
¿Qué era Eren para ella?, tanto el salvador y hermano habían quedado atrás, aquel sentimiento de admiración y cariño había transmutado en una más complejo.
Ella lo miró, escéptica; por mucho aterrada. Eren permaneció en silencio, aguardando por una respuesta. La afonía que recaía sobre ellos era tanto una tortura como una bendición. Ninguno de los dos era capaz de precisar cuanto tiempo llevaban sin hablar, pero necesitaban ese espacio para reflexionar lo que aquel cuestionamiento habría traído consigo.
Mikasa no sabía que podía estar sucediendo dentro de él en ese momento, y tampoco quería saberlo. Por un instante la serenidad en el rostro de Eren cambió a desconcierto; llevaba ya unos cuantos meses apreciando aquella mueca estoica, retraída, sin reflejar emoción alguna.
Una ráfaga de viento volvió a azotarles. El pecho de Mikasa se llenó con el aroma de su acompañante. El frío de la noche rozó la piel desnuda de sus mejillas, apartando los mechones de cabello que caían a los costados de su faz.
Ella le había dicho que lo amaba en una ocasión, no de manera explicita y tampoco en el mejor momento, sin embargo, Eren sabía lo que sentía por él ¿Por qué estaba pidiéndole una confirmación?
Sentía un calor bullendo dentro de ella. Como un fuego de desprecio. Cada fibra de su cuerpo centellaba con una infinidad de sensaciones incontrolables. En su interior fluían tantas emociones que no alcanzaba a detenerse en una sola. Su mente era una maraña de pensamientos que difícilmente podía encontrarle un hilo lógico o meramente racional. Lo único que habitaba en ella era el caos. Un caos que la dominaba y la cegaba, envolviéndola como la oscuridad de su mirada.
«Lo amas», dijo la vocecita persistente en la parte posterior de su cabeza.
¿Cómo expresarle lo que sentía? Ambos se encontraban inmiscuidos en una situación adversa, sería un milagro si consiguieran salir íntegros de ella.
¿Cómo hacerle entender que quería pasar el resto de sus días a su lado? Aun cuando la maldición de Ymir lo hubiese condenado a una muerte prematura.
—Eren…— masculló con voz trémula sin poder decir en palabras lo que se agitaba en su interior, como la cobarde que había sido y que aún era.
»»»»««««
La luz del sol impactó de lleno contra su rostro al mismo tiempo que el carro daba pequeñas sacudidas a medida que se desplazaban por la calle principal.
Parpadeó en dos ocasiones intentando identificar los alrededores. En definitiva, no estaba en su habitación y tampoco se encontraba en el campo. Rodeada por el embriagante olor de la colonia de Armin, tejidos recalentados por el sol, plástico y alquitrán, Mikasa se hundió en el asiento. Se sentía como si acabase de despertar de un largo sueño.
—Pronto llegaremos a Mitras— masculló el rubio con cierto entusiasmo, dedicándole una sonrisa reconfortante.
La pelinegra paseó la mirada por le interior del coche hasta recaer nuevamente en la ventana; por el cristal atisbó los pequeños pueblos, los bosques de arboles jóvenes, ciudades de mayor tamaño con grises suburbios de almacenes y fabricas, monótonos, sucios y productivos.
Las cosas habían cambiado drásticamente después del retumbar. Poco a poco, la sociedad de Paradis intentaba emular el estilo de vida tecnológico de Marley. Nada quedaba de las casas de piedra y la sencillez del atraso, la gente comenzaba a adaptarse a estas abruptas transformaciones sin rechistar.
Cansada, se removió en su asiento al mismo tiempo que restregaba una mano contra su rostro.
—¿Cuánto tiempo estuve dormida?— quiso saber. Tenía la sensación de que llevaba un día entero sumida en un sueño.
—Un par de horas— contestó Armin.
Mikasa asintió en silencio, lo mejor para ella en ese momento. Armin era un hombre observador, perceptivo, la conocía a la perfección, por lo tanto, no dudaría en preguntarle la razón del repentino cambio de animo.
Tan solo con evocar el sueño proyectado en su mente se le encogió el corazón de añoranza. Habría querido sostener a Eren, apretarlo contra su cuerpo, besarlo… lo deseaba tanto como no había deseado nada en su vida.
«Pero esta muerto— pensó—. Está muerto, está muerto. Yo lo maté. Murió hace mucho tiempo.»
La misma voz seguía advirtiéndole que había elegido mal en su vida personal, pero no podía imaginar que otra cosa podría haber hecho. A pesar de todo, Eren no era su enemigo; lejos de ser un hombre brutal o abusivo, era simplemente una victima de una trágica maldición. Su amor por ella fue puro o eso quería pensar.
Su voz permanecía claramente en sus oídos. Constantemente se encontraba deseando que los sueños fuesen una realidad y la realidad un sueño. Pero era imposible. Por eso, al despertarse, siempre notaba el rastro de las lagrimas en su mejillas. No porque estuviese triste. Sino que, cuando regresaba a la realidad desde un sueño feliz, se toaba con una fisura que le era imposible franquear sin romper en llanto.
El coche circuló por una larga avenida principal. Mucha gente disfrutaba de un paseo al atardecer.
A Mikasa le parecía una ciudad maldita. Todo estaba igual que tres años atrás. Durante aquellos tres años, una estación había sucedido a otra estación y, en Shinganshina, la primavera incipiente dio paso al pleno verano. Pero nada más. Sólo eso.
Alzó la cabeza y contempló las nubes aborregadas que cubrían el firmamento, pensó en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de su vida. Pensó en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que la habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.
Siguió pensando en aquel prado hasta que el coche se detuvo.
—Hemos llegado— anunció Armin.
En un gesto casi reflejo, Mikasa se removió en el asiento y clavó la mirada argenta en Armin, sin estar mirándolo realmente; sus ojos grises, perdidos en algún lugar del planeta, en cualquier fragmento del tiempo.
El rubio le extendió la mano para ayudarla a bajar del coche, no era como si ella no pudiese hacerlo por su cuenta, pero se trataba de un gesto de amabilidad.
Aun medio atrapada por la telaraña del recuerdo, Mikasa parpadeó, aturdida. Justo en frente de ella estaba su mejor amigo; su melena rubia resaltaba ordenada como un halo sobre el saco pardo.
—¿Mikasa?— volvió a llamarle en un susurro.
Ella lo miró y, esta vez, sus oscuros ojos parecieron advertirlo.
—Lo lamento— murmuro, desconcertada.
Sus largos y finos dedos se aferraron a la cálida mano frente a ella, ajustándose a la perfección.
Al apearse del automóvil, Mikasa estrió la cabeza para contemplar el edificio de veinte pisos frente a ella. Las calles lucían abarrotadas y el murmullo de las voces se perdía entre el ruido de los coches y la maquinaria a su alrededor. Sin lugar a dudas, la industrialización había consumido a Mitras más rápido de lo que imaginaba.
En el pasado habría encontrado aquel distrito hermoso. Todo cuanto veía le parecía diferente, exótico, fresco. Eren existía. Eren lo estaba viendo a través de sus ojos. Pero ahora, viera lo que viera, no sentía nada. ¿Qué diablos debía mirar allí?
Eso era porque Eren se había ido. Porque lo perdió. Ya no había nada que deseara contemplar. Ni en Mitras, Hizuru o Marley. En ese mundo, a cualquier lugar al que fuese, siempre le sucedería lo mismo. Por más maravillo que resultara el paisaje ante sus ojos, nunca se emocionaría; detestaría hasta la más hermosas de las vistas. La persona que le hacia desear ver, saber y sentir…, incluso vivir, había desaparecido. Él no volvería estar a su lado.
Solo tres años. Sucedió en el tiempo que una estación da paso a otra. Un chico que se fue sin mas de ese mundo. Un hecho insignificante, sin duda. Una sola muerte la había despojado de tosas sus emociones. Allí era donde estaba ella. Donde se encontraba sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada. Pero ¿estaba realmente allí? Y si no, ¿Dónde se encontraba, entonces?
Más pronto que tarde y, con las valijas en mano, Armin se presentó al portero de la entrada para residentes, que le sonrió del modo en que los sirvientes sonríen a los ricos y le dio un sobre con juego de llaves dentro.
—¿Qué es este lugar?— preguntó Mikasa en un susurro mientras subían uno a uno los lustrosos peldaños.
—Mi nuevo apartamento, en realidad no soy el propietario— le explicó encogiéndose de hombros.
Antes de que pudiese responder, dos niños pequeños bajaron corriendo las escaleras; tan rápido como sus oxidados reflejos se lo permitieron, tanto ella como su amigo abrieron paso a la tormenta de risas y gritos.
—Oh, dios mío, cuanto lo siento— dijo la madre visiblemente apenada—. ¿Se encuentran bien?
—No se preocupe, no sucedió nada— respondió Armin.
La dama volvió a disculparse, esta vez excusándose para dar alcance a sus hijos.
El joven de mirada cerúlea frunció el ceño.
—¿Dónde estaba?
—Hablabas acerca del apartamento— le recordó Mikasa.
—Ah, si— musitó él—. Historia consideró conveniente instalarme en Mitras dada mi nueva posición en su gabinete, es mejor mantenerme cerca.
—Fue muy generosa— dijo ella, bebiendo con la mirada la opulencia reinante en cada rincón del lugar.
—Lo se, un lugar discreto habría bastado, pero ella se rehusó. Su argumento fue que héroes de guerra como nosotros merecían lo mejor— suspiró con voz rígida.
Mikasa sabía que aquello era una mentira blanca que la Reina esparció entre sus súbditos para evitar que las cabezas de todos rodaran en un intento por ajustar cuentas. Tras la muerte de Eren, los Jaegeristas tomaron fuerza, en un abrir y cerrar de ojos, el radical grupo nacionalista se había hecho de puestos dentro del Consejo Real y, más pronto que tarde, comenzaron a deshacerse de aquellos a los que consideraban traidores y una amenaza potencial para sus ideales. Los sobrevivientes de la Tropa de Reclutas 104 no eran la excepción.
Absorta en sus pensamientos realizaron el resto del camino en silencio.
Al arribar al piso veinte, Armin encontró su numero, el 507. Colocó las maletas en el suelo y tanteó su pantalón y saco en busca del juego de llaves que el conserje le había entregado al ingresar. Cuando ubicó el objeto de metal, encajó la llave en la cerradura y abrió la pesada puerta.
Una ráfaga de aire limpio y fresco, con olor a muebles, alfombras nuevas y algo más, como a rosas y dulces, los saludó.
—Adelante— la invitó a pasar mientras sostenía la puerta.
Al interior sonaba una música suave: no podía recordar el nombre de la pieza, pero le gustaba mucho. La había escuchado por primera vez durante su temporada como infiltrada en Marley. Aquella noche la comandante Hanji arribó al apartamento con un viejo tocadiscos y algunos discos de acetato. Situó el pesado objeto sobre la mesa y preparó dos tragos de licor, uno para ella y otro para Mikasa. Eren acababa de marcharse y la búsqueda continuaba. Zoë decía que el licor la ayudaría a sobrellevar las penas, así que no rechisto cuando su superior la animó a beber de golpe el dedo de whisky barato.
Por el rabillo del ojo observó un ramo de varias docenas de rosas amarillas derramadas sobre un vaso de cristal en lo alto de una repisa baja situada en la entrada.
El sitio era luminoso y alegre, con elegantes detalles de madera blanca, bellamente amueblado con dos sofás y un sillón tapizado en ante.
—¿Y bien? ¿Qué te parece?— preguntó el rubio ladeando la cabeza.
—Es enorme y muy lindo— dijo Mikasa.
El privilegio de conseguir una propiedad así solo lo tenían los nacidos en cuna de oro. Nadie imaginaria que un chico proveniente de Shinganshina se haría de un opulento patrimonio con solo servir a su Nación.
—Armin ¿eres tú?— la voz femenina reverberó al otro extremo de la habitación por encima de la apacible melodía.
Mikasa contempló al aludido con las cejas enarcadas, un tanto escéptica. Sin embargo, ante s de que su amigo pudiese ahondar en explicaciones, los pasos por el pasillo se tornaron cercanos.
—Annie…— masculló Arlert ante la llegada de la rubia a la sala.
La antigua guerrera estaba de pie bajo el umbral de la puerta, con los brazos en jarra. Llevaba puesto un mono en color azul petróleo, ceñido firmemente con un grueso cinturón en la cintura. Debía estar arribando a casa y, por lo visto, acababa de enterarse de la llegada de Mikasa esa misma tarde, pues el rostro mortalmente serio que le devolvía la alertaba de ello.
—No pensé que regresarías tan pronto— le espetó.
Armin resopló derrotado. No había otra forma de escapar de esa situación más que contar la verdad para calmar a Annie y poner al tanto a una Mikasa hambrienta de curiosidad.
—Conseguí convencer a Mikasa para que me acompañara— espetó.
Ambas mujeres se contemplaron mutuamente a manera de reconocimiento. Lejos de sentirse amedrentada por la intimidante presencia de Annie, Mikasa sentía un enorme respeto por la antigua portadora del titán hembra. Pese a las diferencias y las discusiones del pasado, las dos parecían estar en buenos términos.
—Es bueno verte de nuevo, Mikasa— dibujó una sonrisa diminuta en sus labios.
Se obligó a mirar a Armin a los ojos, recibiendo una sonrisa por parte él.
—Lamento la intromisión— se disculpó encogiéndose de hombros.
—Nada por el estilo, tu presencia aquí no es ningún problema, todo lo contrario— la tranquilizó—. ¿Vas a salir?— preguntó, esta vez dirigiéndose a su compañera de piso.
—Si, iré a hacer las compras para la cena— asintió gustosa.
Mikasa estaba teniendo serios problemas al intentar comprender la dinámica entre los dos. No pecaba de ingenua, sabía al dedillo que su amigo albergaba sentimientos puros y sinceros por Annie; al inicio era interés, después admiración, luego se sintió traicionado y, cuando se convirtió en el portador del Titán Colosal, los recuerdos de Bertholdt lo orillaron a conocer la cara desconocida de aquella acérrima guerrera.
Necesitaba un poco de aire fresco para procesarlo todo con calma.
—¿Quieres un poco de té?— preguntó Armin al escuchar la puerta cerrarse detrás de ellos.
Mikasa giró lentamente para verle. Albergaba muchas dudas sobre la relación entre ellos dos, probablemente durante ese momento a solas, su mejor amigo se tomaría la molestia de explicar con lujo de detalles como había iniciado todo.
—Sí— asintió.
Lo siguió de cerca hasta la amplía cocina. Se sentó en la pequeña mesa de madera cubierta con un mantel blanco.
—¿Leche? ¿Azúcar?— preguntó Armin mientras ponía el té en el difusor.
—No, gracias, lo prefiero solo— le recordó. Se interrumpió y tragó saliva porque le sobrevino un deseo incontenible de exponer sus dudas a Armin.
—Cuando dos personas se aman, en ocasiones, deciden compartir sus vidas y, eventualmente formar una familia— dijo Carla con calma mientras colgaba las sábanas en blancas en el tendedero bajo el sol—.Algún día lo comprenderás, Mikasa.
En un principio la idea le resulto un tanto extraña, demasiada ajena a ella. Su madre le había dicho algo similar poco antes de morir, cuando trazó en la piel de su muñeca el símbolo representativo del Clan Azumabito.
—Así que tu y Annie…— señaló Mikasa intentando sonar indiferente. Las palabras quedaron suspendidas en el aire. No era necesario completar la frase, Armin era un hombre astuto.
El rubor ascendió trepidante por el cuello del muchacho.
—¿Desde hace cuanto?— cuestionó.
—Poco más de un año— el sonrojó alcanzó sus mejillas y logró atolondrar su lengua—. Lo mencioné en una de las tantas cartas que envié.
Mikasa suspiró.
—Lo hiciste, pero no fue nada explicito, tan sólo mencionaste que ambos se volvieron cercanos. No imagine que sería de manera romántica.
Los dos se vislumbraron de hito en hito durante un segundo o dos sin decir una palabra.
—¿Estás molesta?— indagó, tragando grueso como si así pudiera diluir la vergüenza.
La pelinegra sacudió la cabeza en un gesto de negación.
—Sorprendida sería la palabra apropiada.
El estrepitoso chillido de la tetera retumbó entre las paredes. Minuciosamente, el antiguo comandante apartó el objeto del fuego.
—¿Cuándo lo decidiste?— continuó ella.
—Poco después de regresar a Marley— respondió, vertiendo té caliente en dos tazas. Dejó la tetera sobre la encimera de la estufa y caminó los pasos que lo separaban de la mesa donde reposaba Mikasa—. Trabajamos en conjunto para encontrar posibles soluciones a las problemáticas políticas en el continente. Pasábamos días y noches enteras recluidos en una pequeña oficina, siempre los dos juntos, así llegué a conocerla realmente.
Armin dejó la taza sobre la mesa.
»Poco antes de regresar a Paradis nos sinceramos. Por un instante imagine que ella se quedaría allí, después de todo la guerra había terminado su trabajo estaba hecho, podría quedarse a lado de su padre. Sin embargo, decidió acompañarme.
Para sorpresa de Mikasa, Armin sonaba extrañamente calmado, como si hubiese esperado esa oportunidad durante tanto tiempo. No fue capaz de imaginarlo compartiendo su vida con otra mujer hasta que lo vio desenvolverse como un pez en el agua alrededor de Annie.
La pelinegra arqueó una ceja.
—¿La amas?— miró de reojo al rubio que tenía un gesto sereno en el rostro.
—Si— sonrió.
—¿Y ella te ama a ti?
—Si, eso creo— suspiró Armin—. Tengo la certeza de que es así.
Mikasa tensó los labios. No podía evitar sentirse un poco aprehensiva con todo ese asunto. Quería asegurarse que su mejor amigo y compañero de vida estuviese en buena compañía.
—Lamento no haberlo mencionado antes— se disculpó nuevamente—, debí contártelo durante el viaje, pero no quería abrumarte. Tenia miedo de que cambiaras de parecer si lo mencionaba.
Dándose por vencida con un suspiro, tomó la taza humeante para darle un sorbo.
La infusión de menta caliente fue una agradable sensación en su boca y, probablemente, también lo sería para sus nervios.
Armin tenía razón. De haber sabido que Annie se encontraba en Mitras, inmediatamente habría rechazado la invitación. Los dos comenzaban una vida en conjunto, ya no eran reclutas ni adolescentes, sino dos adultos completamente conscientes de sus acciones, sentimientos y emociones, dispuestos a formar una familia.
Mikasa sacudió la cabeza, como saliendo de la ensoñación.
—Probablemente me habría hospedado en una posada— agitó una mano para restale importancia.
—Por supuesto que no… no iba a permitirlo y tampoco Annie— argumentó Armin negando con vigor—. Ella sabe el lugar que tienes en mi vida, jamás cambiaria eso.
Mikasa vio que los ojos le brillaban al mismo tiempo que se sonreirían mutuamente.
Abrumada, la pelinegra aprovechó aquel inter de silencio para apartar la mirada. Tomó la taza de té y dio un sorbo.
Ahora estaba en presencia del gran amor y la gran belleza.
Todo era colorido a su alrededor: de un colorido rico y vibrante. Ella era lo único descolorido en toda la casa.
—Mikasa, ¿Qué soy para ti?
La voz de Eren volvió a resonar en los recovecos de su mente.
Para disipar aquel recuerdo de su mente, se cubrió la cara con las manos y permaneció inmóvil, concentrando su atención en el sonido y ritmo de su respiración acompasada.
Realizaba ese ejercicio al menos dos veces al día, cuando las remembranzas eran tan tormentosas que la sobrepasaban.
Pensó en aquel prado a la par que Armin se pasaba por la amplia sala en busca de algo. Olió la hierba, sintió el viento en la piel, escuchó el canto de los pájaros.
—¿Piensas casarte con ella?— preguntó en un hilo de voz, procurando sonar tan monótona como de costumbre.
—Aún no lo sé— contestó—. No hablamos al respecto, supongo que estamos yendo sobre la marcha, a nuestro propio tiempo.
Ella también habría deseado lo mismo.
La gente no paraba de decirle que aun era demasiado joven para resignarse a la soledad. Podría encontrar un buen hombre, pero eso no era o que quería. Dedicar toda su existencia a una persona no podía llamarse una relación humana. Algún día acabaría hartándose de ella. Ese pobre hombre se cuestionaría «¿Qué hice con mi vida? ¿Actuar de niñera de esta mujer?". En definitiva, no. Eso no resolvería sus problemas.
Una vez más, la voz en su cabeza le sugirió relajarse. Mikasa sabía que eso la haría sentir ligera, no hacia falta recordárselo. Pero si lo hacia ahora acabaría rompiéndose en pedazos. Desde hace tiempo había sido incapaz de vivir de otra manera, y todavía lo era. Si bajaba la guardia, aunque fuese una sola vez, sería imposible recomponerse a si misma. Se haría pedazos y éstos volarían con la brisa estival.
Estaba mucho más perdida de lo que cualquiera pudiese imaginar. Perdida entre tinieblas y hielo.
—Tu también deberías intentarlo— soltó Armin luego del mutismo.
Mikasa lo contempló, confundida.
—¿Qué?
—Ya sabes, iniciar una relación— Armin dio un trago largo de té.
La pelinegra se preparó para llevar el peso de la conversación, pero Armin le sonrió tranquilamente y se arrellanó en una de las sillas disponibles.
—No estoy muy segura de eso— llevó un mechón de cabello detrás de su oreja—. Desde que Eren murió, me he sentido asolada por el remordimiento. No fui sincera con él y ahora está muerto. Desapareció hacia ninguna parte. Me es imposible reparar el daño— Tomó la humeante taza y dio un sorbo, aunque ya no quedaba mucho.
»Ahora mi único propósito es vivir para mi. Hacer el menor daño posible y tentar tampoco que ver con otra gente como pueda.
Durante toda su vida, Mikasa llevaba sobre sus hombros la pesada carga del estigma. De pequeña los niños la evitaban a toda costa porque le temían, poseía una fuerza descomunal y los únicos que estuvieron ahí para aceptarla fueron Armin y Eren.
«Monstruo— recitó uno de los niños con desdén—. No te atrevas a venir aquí otra vez.»
«No tenemos porque jugar con ellos.» La defendió Eren.
Al convertirse en recluta, sus compañeros desarrollaron una mezcla de admiración y miedo hacia ella. Sus superiores estaban encantados con las habilidades que poseía y, más pronto que tarde se convirtió en un miembro valioso para la Legión de reconocimiento.
«Es una bestia.» Espetó Annie poco antes de enfrentarse a ella.
Monstruo.
Demonio.
—No estoy de acuerdo— negó Armin rotundamente—. Eso no debería ser suficiente— chilló.
—Admito que no puedo evadir el mundo entero. Me encargo de mi pequeña casa, ayudo a unos ancianos con el trabajo pesado de su granja, eso es suficiente para mi— la voz de Mikasa sonó muy seca.
—¿Alguna vez consideraste regresar al ejercito?— preguntó él en un susurro.
Armin acababa de pronunciar las palabras equivocadas.
Había asesinado a su amigo de la infancia. El mismo chico que mató por ella, le otorgó la oportunidad de iniciar desde cero, de tener una nueva vida. Ella saldó tal deuda cortándole la cabeza de un solo golpe, limpio, rápido.
La culpa de haber abandonado a sus amigos y camaradas con tal de vivir sola y expiar sus pecados la carcomía día a día. Armin le arrebató la carga, proclamándose como el asesino; el traidor. Fue egoísta al permitirle hacer eso, obligarlo a vivir como forajido durante tres largos años, mientras ella se recluía en el monte para llorar.
—¿Después del Retumbar? No, gracias— rebatió la Ackerman arrugando el entrecejo.
—Por favor, Mikasa, tienes mucho que dar— insistió el rubio.
—¿Y hacer infeliz a otro pobre hombre? — los ojos grises de la chica se oscurecieron aún más.
Derrotado, Armin soltó una enorme bocanada de aire. Quiso acoger a Mikasa en su regazo, abrazarla y mecerla como si fuese una niña pequeña.
—Es la primera vez que tenemos esta conversación y hablas como si tu vida hubiese terminado— relajó las facciones hasta tornarse en una expresión suave—. Eres una mujer joven, aun pueden ocurre un montón de cosas buenas. Después de todo lo que sucedió… debemos vivir, amar y creer que existe algo mas en nuestra existencia que sólo un trozo de tierra.
Mikasa esbozó una sonrisa triste. No era la primera vez que escuchaba a su amigo hablar de esa manera. Con tanta agresividad y fluidez. Normalmente era inseguro y se infravaloraba, más propenso a dejar que opinaran los demás.
«Si tan solo fuera así.» Dijo para sus adentros.
—Espero no interrumpir— la disculpa vino de los labios de Annie que comenzaba a materializarse en el interior de la habitación.
Colocó sobre la mesa la bolsa de papel. ¿Cuánto tiempo habían estado charlando ella y Armin?
—Por supuesto que no— recitó el rubio, sonriente. — Tan solo estábamos hablando y bebiendo un poco de té ¿quieres una taza?
Annie asintió.
Mikasa no se percató que en todo ese tiempo había contenido la respiración. Buscó aire entre jadeos y, con más furia de la que pretendía, levanto las murallas en su mente hasta abarcar todo cuanto a su pasado se refería.
Como una autómata, se levantó de su asiento.
—¿Dónde esta el baño?— preguntó con la voz un tanto entrecortada.
—Al final del pasillo— Armin percibió el desequilibrio en la mirada de su amiga con la precisó de un profesional—. ¿Te encuentras bien?
—Si— mintió—. Sólo necesito refrescarme un poco.
Los ojos de Annie se entrecerraron.
Caminó por el pasillo, consciente de cada errático latido bajo la piel de su cuello. Se escabulló al baño sin más dilaciones. Una vez dentro, colapsó sobre el retrete de cerámica. Desde allí escucho el sonido amortiguado de las voces. Al cabo de un instante, usó toda su fuerza de voluntad en ciernes para levantarse. Al frente de la jofaina, evitó captar su propia imagen en el espejo, abrió el grifo y escucho el agua correr por unos segundos para después sostenerse el largo cabello azabache y enjuagarse la cara; las ojeras alrededor de sus ojos y el matiz céreo sobre su piel se tornaron visibles.
«Si de verdad fuese así».
El agua consiguió sacarla del trance, y cuando lo hizo, su reflejo en el espejo había tomado una decisión.
Mientras tanto, al otro lado del aseo, un consternado Armin seguía con la mirada puesta en el pasillo que daba al baño.
—¿Cómo se encuentra?— preguntó Annie en voz baja.
—Es infeliz— por primera vez, la voz del antiguo comandante se quebró—. Pero no considero que no esté haciendo nada. Hace lo mejor que puede, pero es como si se hubiese quedado sin alma.
—Necesita tiempo para sanar— le recordó la de cabellera blonda—. Mikasa es una chica fuerte y lo sabes.
En ese instante, Armin no estaba muy seguro de ello.
—Si, lo es.
»»»»««««
Llevó la bolsa al dormitorio, la abrió sobre la cama, sacó sus faldas, blusas y un vestido para colgarlos en el armario.
Su guardarropa no era amplio, procuraba realizar diferentes combinaciones, lo cual le bastaba. Después de todo no debía impresionar a nadie.
Se sentó en el borde de la cama y dejó escapar un profundo y tembloroso suspiro. Se sentía fuera de lugar tanto social como profesionalmente. Se volvió para contemplar las ilustraciones situadas sobre el vestidor de madera, y el pergamino oriental, bellamente enmarcado en ébano con topes de bronce, que colgaba sobre la pared situada detrás de la cama, un bonito recuerdo de Hizuru, la Nación que aguardaba por ella con los brazos abiertos.
Incapaz de sosegar sus pensamientos, se levantó de un salto, fue hasta el salón. Procedente de la cocina, pudo oír el traqueteo de los cubiertos y la vajilla. Una orquesta trapaleando vigorosamente hacia la apoteosis.
Permaneció allí escuchando, hundiendo los pies en la brillante moqueta mientras intentaba decidir si estaba preparada para unirse a Armin una vez más.
Para su sorpresa, al llegar a la puerta vislumbró a Annie. Se había recogido la melena dorada como la mantequilla en una cola de caballo que oscilaba alegre, estaba apartando las sobras de los platos distraídamente, tarareando por encima de ella.
—¿Dónde está Armin?— preguntó extrañada al notar la ausencia de su mejor amigo.
Annie se apoyó contra la encimera de la cocina.
—En la oficina, está tomando una llamada importante.
Lejos de indagar, Mikasa se adentró en la cocina dispuesta a auxiliar a Annie. Aquello evocó el recuerdo de la antigua dinámica de limpieza realizada en las barracas en sus días como reclutas.
En silencio, ambas chicas siguieron paso a paso la vieja rutina: Mikasa tallaba y Annie secaba.
Mientras realizaba la tarea automáticamente, la pelinegra contempló el perfil anguloso de la rubia por el rabillo del ojo. Lo cierta era que no la conocía tanto como lo hacia Armin. En el pasado tuvieron ciertos roces, Annie hablaba de frente y sin contemplaciones y ella solía malinterpretar sus palabras, en más de una ocasión, el temperamento de cada una las orilló a discutir incrementando la tensión en su relación. No obstante, existía un respeto mutuo, inclusive admiración.
—Así que…— comenzó a decir mucho rato después—, tu y Armin.
Annie la miró de reojo.
—Uh-hm— confirmó—. Espero que eso no te moleste. Armin es un hombre adulto— agregó.
—Por supuesto que no me molesta, al contrario, me alegra que ambos estén juntos— dijo ella en un tono amistoso sin estar segura de sonreír o solo asentir con la cabeza.
Las dos enmudecieron y continuaron con la tarea en silencio.
Mikasa comprendió que debía darle vueltas a algo, así que, sin mediar palabra, prosiguió lavando los platos en silencio.
—Eres importante para Armin ¿lo sabías?
La pelinegra se detuvo y le observó de soslayo.
Claro que estaba al tanto de ello, después de todo habían crecido juntos. El lazo que compartían sobrepasaba las bases comunes de la amistad.
—Durante los últimos tres años, Armin buscó la forma de ponerse en contacto contigo, incluso pensó en abandonar el exilio para regresar a Paradis— dijo al cabo de un rato.
No sabía precisar si eso era un reclamo o un simple comentario. Como era de esperarse, Arlert no mencionó nada de eso, al igual que muchas otras cosas.
—Me alegra que no lo haya hecho— se encogió de repentinamente de hombros y bajó la voz unos decibeles más, contemplando a Annie con cierta complicidad.
El rostro de Leonhart se coloreo difusamente en un bonito tono rosado.
—A mi también— coincidió esbozando una sonrisa media.
No esperaba que su amigo lanzara su vida por la borda con tal de salvar la suya. Armin merecía ser feliz.
—No soy la más apropiada para hablar del tema y tal vez no quieras escuchar un consejo, sin embargo, no todo esta perdido ¿sabes?— espetó Annie.
Mikasa expulsó un largo y pausado suspiro.
—Armin te lo conto— sonó más como una afirmación que una pregunta.
—Él esta preocupado y sólo quiere lo mejor para ti.
La rubia colocó la vajilla de porcelana en la encimera. Por fin habían finalizado de lavar todos los trastes utilizados para preparar y degustar la cena.
—Tengo una noción de lo que fue Eren para ti, sin embargo, no puedes sacrificar tu vida de esa manera— pensó la de cabellera blonda en voz alta.
El color en el rostro de Mikasa se perdió de golpe, de la misma manera en que sucedía cada vez que alguien recitaba el nombre de Eren. Annie se quedo quieta mientras ella se volvía torpemente hacía la jofaina y forjó un intento de sonrisa que terminó por desfigurarle el rostro.
—No puedo hacerlo— confesó con pesar—. Cada vez que lo intento siento que lo estoy traicionado.
«Es lo que él habría querido.» Las palabras de Armin resonaron en su mente.
En su razonamiento, después de lo que le había hecho, llegó a la conclusión de que tenia que sufrir, encontrar formas de castigarse y sufrir sin hacer sufrir a nadie más. Tenia que hacer penitencia.
Si algo le proporcionaba placer, entonces renunciaba. Por eso había renunciado a bordar. Le encantaba, por tanto, debía dejarlo.
—Aún somos jóvenes— resopló Annie con los brazos cruzados a la altura del pecho—. Estuvimos inmersos en mucho dolor, tratando de librar nuestras propias batallas, peleando con nuestros demonios. Ya es hora de comenzar a vivir por nuestra cuenta ¿no lo crees?
Mikasa restregó las manos en la toalla, disipando cualquier rastro de humedad remanente en la piel.
—¿Por qué se siente tan incorrecto?
—Es la culpa hablando por ti— Annie expuso sin despegar los ojos azules del reflejo de los grises de Mikasa.
La pelinegra enarcó una ceja.
—¿Alguna vez lo experimentaste?
Una sonrisa triste se dibujó en los labios de la rubia.
—A diario, todos los días de mi vida.
—¿En serio?, nunca lo habría adivinado— dijo Mikasa.
—No quería parecer débil, así que intentaba no pensar demasiado en ello, si lo hacia, acabaría perdiéndome a mi misma— admitió—. Toda mi vida luche para convertirme una guerrera digna, para que mi padre se sintiera orgulloso de mi— una sonrisa amarga se asomó en sus labios—. Luego del Retumbar ya no había nada por lo cual pelear. Ahora podía descansar y fue cuando contemple a las personas que me rodeaban, en especial a Armin.
Para Mikasa no pasó desapercibido la manera en que la mirada de Annie se iluminaba al hablar de Arlert. Había contemplado eso años atrás, cuando Sasha y Nicolo estaban juntos o aquella ocasión en la que Eren solicitó una resolución de sus sentimientos.
—Es extraño como resultan las cosas a veces ¿no?— dijo al percatarse de lo que estaba hablando.
—Si, así es— concedió Mikasa.
Antes de que pudiera pronunciar palabra, Armin ingresó en la cocina.
—¿Terminaste?— preguntó cauteloso.
—Mikasa ayudó— resopló la de cabellera blonda—. La próxima vez tu te encargaras de lavar los platos— dejo en claro.
—Lo lamento.
La pelinegra interpretó el arribó de Armin como una señal para irse a dormir.
—Si me disculpan, iré a descansar— se excusó.
—Buenas noches, descansa, Mikasa— replicó el rubio con una sonrisa tierna.
Al regresar a su habitación. Se despojó de la ropa para ponerse el camisón. Una vez lista, se tendió en la cama individual, aplastada como una tostada.
Envuelta en la semipenumbra, fijó la vista en el ojo de yeso del cielo raso, que también la miraba. Por las ligeras cortinas se filtraba la pálida luz de la luna, anhelante. La noche en que murió su amado el cielo estaba cubierto de estrellas, pero de todos modos le parecía hermoso.
Moría por tener a Eren a su lado. Deseaba que alguien la abrazara y pronunciara su nombre. Quería ser valorada de un modo en que ahora nadie lo hacia, quería ser más que valiosa.
«Eren, si realmente quieres que sea feliz— murmuró en voz muy queda, a duras penas audible para ella—.Por favor, demuéstramelo».
Continuará
N/A: Antes de comenzar quisiera agradecerles por el apoyo, en verdad estaba nerviosa e insegura de escribir y publicar esta historia, pero solo necesitaba un pequeño empujón para hacerlo. Por ese motivo, infinitas gracias a todas las personas que se tomaron el tiempo de leer el primer capítulo, agregar a su lista de lectura o dejar un bonito comentario, en verdad, mil gracias a todas y cada una de ustedes, espero no defraudarlos.
En cuanto al capítulo, me reservé el derecho de desarrollar el baile hasta la tercera entrega, desde este momento les advierto que será bastante largo y con tintes dramáticos.
Respecto al capítulo dos, quería ahondar en los sentimientos y emociones de Mikasa. Casi toda la historia esta narrada desde su perspectiva, así que podrán notar cambios a medida que el fic avanza. Recordemos que se encuentra en un proceso de duelo y la culpa es un determinante en esto, por lo tanto, las menciones de Eren serán frecuentes, así como el análisis de su relación con Mikasa y todo lo que implica perdonarse a si misma y darse una segunda oportunidad.
Sin nada más que añadir, espero que la lectura haya sido agradable. Nos leemos pronto, ¡cuídense mucho! Les mando un fuerte abrazo.
¡Hasta la próxima! ¡Bye, bye!
