Disclaimer: Los personajes que aparecen en está historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.

Colapso

Capítulo III

De reencuentros y perspectiva

Abrió los ojos por completo exactamente a las ocho de la mañana. No hubo aleteo aviar de las pestañas ni un suave parpadeo hacia la conciencia. Fue un despertar mecánico.

Se regodeo en la cama; el aliento matutino caldeó la almohada. Los rayos de un sol airado ingresaban por debajo de las cortinas. Un árbol seco hizo crujir sus ramas contra la ventana como si quisiese trepar al interior y meterse bajo las sabanas para darle consuelo. Aquel no era un día apropiado para lamentaciones y segundas opiniones, sino para actuar.

Procedente del otro extremo del apartamento, pudo oír el regreso de un sonido largamente ausente en su vida: cálidas voces y risas.

Mikasa se deslizó fuera del edredón y caminó descalza hasta el pasillo. Permaneció allí escuchando, hundiendo los pies en la fría madera, mientras intentaba decidir si estaba preparada para unirse a la pareja anfitriona.

Armin y Annie se encontraban en la cocina, ajenos a sus dudas. La antigua portadora del Titán Hembra se encontraba postrada cerca de la mesa, con una serie de papeles en mano y la mirada cerúlea clavada en las diminutas letras que conformaban una especie de reporte. A su lado, su mejor amigo depositaba una humeante taza de café fresco al mismo tiempo que echaba un vistazo a los documentos que analizaba Leonhart con esmero. Los dos se encontraban demasiado absortos en sus asuntos que ni siquiera se percataron de la presencia de la pelinegra.

Se quedó junto al umbral, observando la interacción. Intercambiaron algunas frases, algo relacionado con los papeles. Antes de apartarse, Armin besó la frente descubierta de Annie, quien trató en vano de ocultar una sonrisa ladeada.

¿Hacía cuanto tiempo había contemplado una escena similar? Los pocos recuerdos que le restaban de su infancia fluctuaban entre las figuras difusas de sus padres y la confusa convivencia entre los dos. Si la memoria no le fallaba, cuando su padre arribaba a casa después de un largo día de caza saludaba a su madre con un casto beso en los labios, ella sonreía y su rostro se iluminaba. Mikasa observaba de reojo, sonrojada, cuestionándose si en algún punto de su vida imitaría tales acciones con la persona adecuada. La misma fascinación se manifestaba cada vez que el doctor Jaeger y Carla se encontraban solos en la intimidad de su hogar; la madre de Eren masajeaba los hombros de Grisha tras regresar de su consultorio, besaba su mejilla y el hombre devolvía en gesto posando sus labios en el dorso de su mano, ambos intercambiaban sonrisas tímidas y regresaban a sus actividades como si nada hubiese pasado.

«Cuando llegue el momento, Mikasa, compartirás tu vida con una persona, ambos formaran una familia». Las palabras de su madre resonaron en las profundidades de su mente. Ahora mismo no estaba segura de ello. Constantemente se preguntaba si era mejor ser esclava de una felicidad engañosa, febril de éxtasis delusoria durante una hora y ahogada en remordimiento y vergüenza la siguiente, o ser una ermitaña, libre y honrada, en un rincón de las montañas del salubre corazón de Shinganshina.

De lo único que tenía certeza era la felicidad que le producía ver a Armin feliz, hasta cierto punto la hacia sentir nostálgica e, incluso, llegaba a anhelar lo mismo.

Cuando se percataron que estaba allí, acechando con su camisón de seda, Armin se apoyó en la encimera de la cocina y dijo:

—¿Dormiste bien?

—Sí, gracias— respondió, procurando ocultar el temblor en su voz.

—El desayuno estará pronto— anunció—. Tenemos un largo día por delante.

Mikasa enarcó ambas cejas.

—¿Hicieron planes?— preguntó, intercalando la mirada entre los dos jóvenes de cabellera blonda.

—Daremos un paseo por la ciudad— contestó, mirándola con cara vulpina.

—Se refiere a que ustedes dos tienen planes— se apresuró a aclarar Annie.

La pelinegra frunció el entrecejo, confundida.

—¿No vendrás con nosotros?— quiso saber.

—No, necesito resolver unos cuantos asuntos antes del baile— dio un cuidadoso sorbo a la taza—. Además, no estoy hecha para esa tortura.

—No es una tortura— protestó Armin—.Simplemente es una actividad normal, toda la gente lo hace.

Mikasa empezaba a sentirse inquieta. No sabía las razones exactas del secretismo entre los dos. La noche anterior, Armin había omitido por completo la charla de los planes.

—¿Adonde iremos?— insistió la Ackerman.

—Es una sorpresa— respondió el rubio. Frente a ella colocó un plato bien abastecido con salchichas, huevos, alubias y pudin negro.

Annie ocultó la sonrisa burlona detrás de la taza.

—Veremos de que esta hecha la soldado más fuerte del mundo— ironizó.

»»»»««««

Observó con detenimiento la fachada del lugar. No había nada de especial en ella, lucía igual que todos los edificios en Mitras, salvo que no se trataba de cualquier sitio.

Cuando Armin mencionó que se embarcarían en una aventura emocionante, jamás se atrevió a imaginar la posibilidad de referirse a eso.

—Llegamos— anunció el rubio alegremente.

Mikasa intercaló la mirada entre el letrero y el rostro sonriente de su amigo.

—Honestamente, esto era lo último que esperaba— confesó en un susurro.

—Si, bueno, ¿qué sería de la vida sin sorpresas?— concluyó antes de encaminarse hacia la entrada de la tienda.

La pelinegra ingresó al establecimiento con pasos renqueantes, casi como si no quisiera entrar al lugar. No quería. Estaba allí, podría decirse, en contra de su voluntad.

Al abrir la puerta de la boutique, resonó el tintineo de la campanilla que anunciaba el arribo de un nuevo cliente.

Mikasa no sabía mucho respecto a la moda, pero la selección de ropa y calzado que exponían las vitrinas constituía una excelente introducción al tema. Se demoró un rato frente a los maniquíes que portaban diferentes ajuares. Comparados con la ropa que las mujeres habían llevado antes de conocer la existencia de Marley, tan recta y sobria que, hacia pensar en uniformes, aunque no lo fueran, aquellos vestidos eran… Mikasa no encontraba las palabras para describir cómo la hacían sentir esos atavíos. No parecían muy llevables, sino más bien ridículos, y seguro que debían ser incomodísimos con esas faldas enormes y corpiños incorporados, pero eran innegablemente bonitos.

Una vez más, la antigua cadete se sintió fuera de lugar con su mejor traje de falda y chaqueta y su mejor blusa.

Estaba claro que su austero guardarropa no se ajustaba a los estrictos estándares impuestos por la ostentosa sociedad de Mitras. Había empacado las pocas prendas que poseía, evidentemente no estaba preparada para un baile de tal envergadura. Lo cierto era que no consideraba necesario resguardar un vestido en el fondo de su armario para utilizarlo en una ocasión especial.

Por fin se decidió a continuar, todavía un poco deslumbrada.

—¿Qué hacemos aquí?— preguntó ella, y sintió que un lazo de terror ceñía su corazón.

—Pensé que sería bueno elegir un lindo vestido para ti— respondió Armin ajeno a la expresión de consternación de Mikasa.

—Esto rebasa mi presupuesto— murmuró Mikasa. No contaba con el presupuesto suficiente para adquirir una prenda similar, dudaba que, en algún punto de su vida, pudiese costeárselo.

—Tranquila, será un regalo.

Ella sacudió la cabeza.

—No tienes que hacerlo— intentó razonar aún cuando la batalla estaba completamente perdida.

—No hay problema, en verdad quiero hacer esto.

Mikasa se había sentido muy rara al entrar por la puerta de la boutique, como si fuera una gran dama que visitaba el taller para que le tomaran las medidas de un vestido.

Así pues, a los dos los franquearon aquellas puertas y los acompañaron a una sala exquisitamente amueblada, les hicieron todo tipo de deferencias, les ofrecieron cualquier bebida que les apeteciera y, finalmente, tras manifestar que no necesitaban nada, los dejaron solos. Únicamente fue un instante, porque enseguida se abrió una puerta y la dependiente encargada entró como un vendaval.

—Bienvenidos a Monsieur Lefebvre. Soy la señorita Léone Dufort y estaré auxiliándolos— se presentó la mujer con una sonrisa vacilante—.¿Les apetece algo? ¿Un café? ¿Champagne?

—No, gracias, señorita Lefebvre— se apresuró a responder el rubio—. Mi nombre es Armin Arlert.

—Encantada de conocerlos, señor y señora Arlert.

—Oh no, no estamos casados— protestó Mikasa.

Por el rabillo del ojo pudo contemplar a su amigo realizar un esfuerzo sobrehumano para no estallar en una carcajada.

La vendedora les dedicó una mirada sugerente.

—Ya veo— se recuperó rápidamente—. La discreción es uno de los principios fundamentales de mi trabajo— bajó la voz, como si fuese algo malsonante.

—No, tampoco se trata de eso— dijo Mikasa, sintiéndose de pronto intimidada.

En un intento por tranquilizarla, Armin entrelazó su brazo con el de la Ackerman. Si continuaba así, su rostro acabaría por emular el color de los tomates.

—Mi no esposa y yo miraremos un poco si nos lo permite— le sonrió el joven a manera de disculpas.

Los dos comenzaron a caminar nuevamente por la tienda. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos de la dama, Mikasa se apresuró a mascullar:

—Esto es peor de lo que imaginaba— decretó. Ninguno de sus entrenamientos se comparaba en lo absoluto a la situación—. No puedo visualizar a Annie haciendo esto.

Armin dejó escapar un suspiro.

—No lo hemos hecho, primero me sometería antes de venir a un sitio como este.

La pelinegra paseó los ojos por la estancia. Todo estaba repleto de hermosas telas, encajes y ornamentas que superaban por mucho su sueldo como cadete.

El chico de cabellera blonda se alejó de ella para tomar una delicada pieza en color blanco con detalles de encaje.

—Nunca te he visto vestida de blanco— dijo Armin con entusiasmo, extendiendo la pieza para comprobar el contraste de la piel pálida de Mikasa con la tela.

—No es mi color— resopló. Todavía pensaba que Armin se estaba burlando de ella.

El rubio la miró con una sonrisa cómplice disfrutando de la reacción de ella.

Mikasa no podía evitar sentirse un poco culpable por la cantidad de dinero que estaba dispuesto a gastar su amigo con tal de hacerle un regalo.

Reanudaron su paseo por la tienda, en algún rincón debía haber un lindo vestido confeccionado especialmente para Mikasa, tan solo necesitaban buscar.

—Historia quiere verte— anunció con tono alegre.

Mikasa frunció el ceño con ahínco. No esperaba que la reina deseara reunirse con ella, no después de lo sucedido con Eren.

—¿Para qué?— cuestionó ella mientras mantenía un gesto de absoluta calma.

—No mencionó nada especifico— se encogió de hombros.

Mikasa se volvió lentamente y sonrió con tristeza.

—Supongo que no tengo otra opción ¿cierto?— una expresión de pura angustia cruzó por un momento su rostro tranquilo.

—Los chicos también están ansiosos de verte. Programamos una reunión después del baile— recitó Armin en voz baja.

—Eso sería encantador— decretó.

Armin se estaba empezando a preocupar. Su mejor amiga estaba muy rara ese día. Atribuyó su repentino cambio de humor al ambiente. Le gustaba su dulce naturalidad, sus modales impecables y, sobre todo, su absoluta falta de pretensión. Evidentemente la chica se sentiría extraña en un sitio donde imperaban señoras con egos que requerían caricias constantes.

—¿Qué opinas de este?— preguntó al mismo tiempo que alcanzaba una pieza de seda, demasiado atrevida para el gusto de la pelinegra.

Los ojos grises de la chica viajaron por toda la extensión del vestido, lo analizaba con ojo critico, aunque en realidad no tenía ni la más ínfima noción en moda.

—No estoy muy segura sobre…— se interrumpió y se quedó mirando el vestido. Abrió la boca y volvió a cerrarla unas cuántas veces más. Parecía no saber qué decir. Mikasa solía escoger las palabras con mucho cuidado.

—¿El escote?— cuestionó Armin, alzando una ceja. Ella asintió con ímpetu—. Bien, seguiremos buscando.

Los dos penetraron el ala oeste de la tienda. Las opciones de Mikasa se agotaban, más pronto que tarde se vería obligada a aceptar cualquier cosa que Armin eligiera para ella.

—Hay otra cosa que considerar— dijo Armin—. Una vez que hayamos comprado el vestido, necesitaras ropa interior apropiada.

Mikasa dio un respingo y elevó la cabeza tan rápido que, con un poco más de fuerza, estaría sufriendo las consecuencias del síndrome de latigazo cervical. Entornó la mirada hacia Armin, quien sostenía un conjunto de algún demasiado revelador.

—¿Qué has dicho?— preguntó Mikasa parpadeando desenfrenadamente. Echó un vistazo en todas las direcciones posibles, asegurándose que ningún cliente hubiese escuchado las palabras descaradas de su amigo.

—Que necesitas ropa interior apropiada— repitió él indiferente.

El rubor ascendió indetenible por su cuello.

Aquello era mil veces peor de lo que imaginaba.

»»»»««««

«Siempre te he odiado, Mikasa». El corazón le golpeó las costillas. Aún podía verlo frente a ella, con la mirada oscurecida y el rostro mortalmente serio. Cualquier rastro remanente de humanidad había desaparecido por completo.

El agua le escoció los ojos, cubrió su nariz u luego la envolvió por completo. Se imaginó a si misma desde arriba; piel nívea y rostro inmóvil titilando bajo una película de agua. Su cuerpo renegaba de la quietud.

La imagen que se proyectó en su mente fue la del hoja de su espada cortando la carne y hueso; el olor de la sangre, un aroma que no estaba solo en su nariz, sino que le impregnaba todo el cuerpo. El olor resonaba y se amplificaba en su interior como un sonido que pasara por un tubo. El arma se había alojado perfectamente en la nuca de Eren. Le pareció como si estuviera en una pesadilla. Su estómago y garganta sufrían espasmos desesperados por conseguir aire.

Al cabo de unos segundos, salió bruscamente a la superficie y aspiró una bocanada de aire. Entre jadeos, volvió la cabeza hacia el techo.

«Tranquila, tranquila— se dijo a si misma—. Tan solo fue un recuerdo, no va a pasar nada». Se acarició la mejilla, consiguiendo apaciguar su respiración.

El agua se había enfriado. Había perdido la noción del tiempo. Probablemente Armin y Annie ya estarían listo y sólo aguardaban por ella.

Afianzó sus manos al borde de la bañera y se puso de pie dejando que el agua resbalara por su cuerpo antes de cubrirlo con la toalla.

Al regresar a su habitación, tomó asiento frente al mueble que servía como escritorio pero que en realidad era un tocador. Evitó captar su propia imagen en el espejo; las marcas violáceas alrededor de sus ojos y el matiz céreo de su piel se volvieron visibles bajo la luz blanca.

Pese a las cicatrices visibles en su cuerpo, su cara aún era hermosa. No porque pudiese destacar alguno de sus rasgos como extraordinario, sino en el sentido de que todo en ella estaba en perfecto equilibrio. Todo en ello tenía sentido, de una forma asombrosa. Grandes ojos grises, pómulos bien marcados que flanqueaban el pequeño triangulo de la nariz. Unos labios carnosos que se torcían ligeramente hacia abajo en las comisuras. Si las cosas hubiesen sido distintas, podría haberse divertido de lo lindo con una legión de amantes a los que destrozar el corazón. Podría haber coqueteado con hombres brillantes. Podría haberse casado.

Sacudió la cabeza para desbancar aquellos pensamientos de su mente.

Sin más preámbulos, comenzó a vestirse. Quería sentirse relajada y, a la vez, reservada.

Tomó el vestido de fiesta, el verde sin espalda que Armin había elegido especialmente para ella. Mientras se lo ponía aprobó la caricia firme del corte al bies de la seda de la enagua, y se sintió grácilmente inexpugnable, escurridiza y segura; fue una sirena la que se alzó para recibirla en espejo. Acicaló su cabello en un sencillo moño y colocó un poco de maquillaje en su rostro.

Realmente no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba haciendo, pero estaba satisfecha con su aspecto.

Al salir de la habitación, silueteados a cierta distancia, vislumbró la cabeza y los hombros familiares de Armin y Annie.

—Me gusta tu vestido— comentó Annie con una ligera sonrisa curvando la comisura de sus labios.

Una expresión pletórica decoró el rostro de Arlert, después de todo él había elegido el atuendo de Mikasa, aún cuando ella se opuso rotundamente a la idea.

—¿Lo ves?— dijo entusiasmado—. Vuélvete. Precioso— espetó satisfecho.

Mikasa levantó la comisura de sus labios en algo cercano a una sonrisa mientras le dedicaba una recatada mirada de soslayo.

Más pronto que tarde, los tres abandonaron el apartamento para abordar el coche que aguardaba por ellos.

Ya era completamente de noche cuando se vieron rodeados de altas casas, de las luces de las tiendas y de las ventanas, de las casas y de los faroles, de hermosos coches que rechinaban por los puentes y de toda esa atmosfera de una gran ciudad llena de vida que resulta siempre tan seductora para cualquier individuo después de la vida de campaña.

El palacio era el atractivo de la ciudad y estaba construido en piedra cuando, por entonces, buena parte de los edificios de Mitras seguían siendo de madera.

Las festividades para conmemorar el aniversario de la Batalla del cielo y la tierra durarían una semana entera, acudirían huéspedes de todo el mundo; para cada día habría un plan de diversiones, las cacerías, el patinaje, etcétera, formarían parte, naturalmente, de las distracciones.

Sin lugar a dudas, Historia no escatimó esfuerzos para lograr que la atractiva celebración fuese digna de una distinguida reina.

Por lo que Armin había mencionado, todas las noches se celebraría un gran baile, y dado que se habría invitado a más de doscientas personas, no resultaría difícil imaginar la brillantez de la reunión, compuesta, por necesidad, por la élite de la muralla Sina.

No obstante, aquel baile era el más importante de todos, puesto que asistiría el cuerpo diplomático de las diferentes Naciones con las que Paradis pretendía establecer tratados comerciales.

Tal como lo esperaba, el palacio real resplandecía con sus innumerables luces. Junto a la entrada, iluminada y con una alfombra roja desplegada, formaba no solo la policía militar, sino el mismo comandante y decenas de oficiales. Los coches iban y venían con sus lacayos con plumas en los sombreros. De los coches salían hombres uniformados, con condecoraciones y bandas; las damas, de raso y armiño, se apeaban de los estribos. Por unos instantes, la muchedumbre pudo divisar sus graciosos contornos y ligeros movimientos.

Postrada en el asiento de cuero del automóvil, Mikasa se entretuvo observando por la ventana la llegada de los invitados: hombres con sombreros de copa y severo traje oscuro, mujeres con vestido de ensueño y peinados imposibles, coches lujosos aparcados en la entrada.

Estremeciéndose por el frío, Mikasa salió del coche. Sentía como si le hubiesen retorcido el estómago con un torno y se alisó, nerviosa, las arrugas del vestido.

Desde detrás de las ventanas se percibían los acordes de una magnífica gran orquesta, y a la vista de la masa, sombras de hombres y mujeres se movían tras las ventanas iluminadas. Los invitados ya llenaban las salas de baile. Allí estaban todos los cargos de la corte de Historia, el cuerpo diplomático, altos funcionarios llegados de Hizuru, oficiales desconocidos, bailarines…

No era la primera vez que Mikasa visitaba el palacio, pero si la primera ocasión a la que acudía a un gran baile. Tenía la impresión de que habían transcurrido siglos desde su ultima visita, como si fuese un acontecimiento de una vida pasada.

Solamente tuvo conciencia de todo lo que le esperaba, cuando tras pasar hacia el vestíbulo por la alfombra roja, subió por la escalera, iluminada y llena de flores, detrás de Armin y Annie. Justo en ese instante recordó cómo tenía que comportarse, y se esforzó por adoptar un aire estoico que le permitiera pasar desapercibida por el resto de la noche. Sintió que su corazón latía a cien pulsaciones por minuto.

Los invitados ingresaban con sus trajes de gala. En los espejos de las escaleras se reflejaban las damas, con sus elegantes vestidos, luciendo brillantes y perlas en sus brazos y cuellos desnudos.

Al entrar a la primera sala, el murmullo uniforme de las voces, pasos y trajes la ensordeció. La luz y el resplandor la cegaron más aún.

Mikasa oyó y sintió que algunos hablaban de ella y la miraban. En esos instantes, no veía ni comprendía nada, pero en su rostro no se percibía ni la más mínima turbación. Sin prisa y sin mostrar curiosidad, miró a su alrededor. Cerca de ella se alzaba un embajador, un anciano de abundantes cabellos plateados, que sostenía un puro, reía y hacia reír a las damas que lo rodeaban. Una dama de belleza singular, alta y rellena, hablaba con algunos hombres, sonriendo con tranquilidad. Por el rabillo del ojo admiró con entusiasmo su belleza y son tristeza pensó en su insignificancia en comparación con ella.

Había poco movimiento y poca conversación, mientras todos estaban a la espera de la aparición de la reina. La pelinegra tuvo tiempo de observar los peinados, los trajes y las relaciones de los invitados.

—¡Armin! ¡Mikasa!— la voz de Connie se elevó por mucho, por encima de las conversaciones apagadas.

Caminó entre los invitados, dejando caer los brazos perezosamente y con un aspecto como si estuviese andando por el mercado, estrechando manos a diestro y siniestro.

Cuando consiguió llegar hasta ellos, la tomó delicadamente del antebrazo y la atrajo hacia él para envolverla en un efusivo abrazo.

—Es bueno volver a verte— comentó al apartarse de ella.

Antes de que pudiera responder, Reiner se unió a ellos.

—Mikasa— masculló el rubio con voz adusta en reconocimiento de su presencia.

—Reiner— lo saludó de la misma manera.

—Esto realmente es increíble— comentó Connie aún sin asimilar el hecho de que, Mikasa Ackerman, su antigua compañera de batallas, se encontraba de pie frente a él.

Mikasa pudo forjar la primera sonrisa sincera en lo que iba del día.

—Bueno, que seria de la vida sin sorpresas— espetó, citando a la perfección la frase que había recitado Armin ese mañana.

—Jean estará emocionado, estoy segur que no tiene la remota idea de que estas aquí— agregó., soltando una sonrisa divertida.

—Por cierto ¿dónde se encuentra ahora mismo?— preguntó Armin una vez que llegó hasta dónde estaba ella.

—Lo vi hace un rato charlando con alguien— respondió Connie.

—Quizás con alguna de sus admiradoras— se aventuró a decir Annie.

—Los hombres en uniforme causan cierto revuelo— espetó Reiner.

La rubia arqueo una ceja, divertida.

—¿Lo dices por experiencia propia?— cuestionó en tono sarcástico.

Lejos de responder, el antiguo portador del Titán acorazado se aclaró la garganta y desvió la mirada.

La nostalgia impregnó el ambiente. Habían transcurrido tres largos años desde la ultima vez que todos se reunieron para celebrar. Fue poco después de la llegada a Marley, cuando los refugiados del Medio Oriente los invitaron cordialmente a sus tiendas con la intención de compartir una cena caliente y bebida. Las cosas se salieron de control y, cuando menos lo pensaron, todos habían bebido lo suficiente para despertar con una resaca de los mil demonios y una amonestación por parte de Hanji.

—¿Vino espumoso?— preguntó un mesero sacándola bruscamente de sus pensamientos. Mikasa elevó la quijada y parpadeó una única vez, recibiendo la mirada integra del hombre.

Con las manos temblorosas alcanzó una de las copas. Sus ojos se desviaron hacía el mundo exterior enmarcado por el ventanal, las voces apagadas a su alrededor se redujeron a tarareos. Afuera, las ramas de los árboles se movian a merced del viento. Ausente, bebió de golpe el licor, disfrutando la sensación de escozor recorrerle la garganta.

Dio un respingo asustado ante el simple roce de la mano de Armin contra su espalda desnuda.

—¿Ocurre algo malo?— preguntó el rubio con una sonrisa discreta en el rostro. Era como si sus expresiones faciales no coincidieran con las palabras que acababa de pronunciar—. ¿Estás bien?

—Sí— Mikasa consiguió sonreír.

Armin la miró de soslayo.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Armin, el embajador de Hizuru está aquí— interrumpió Annie en voz baja, tomándolo del brazo.

Su mejor amigo disfrutaba en ser parte activa de los procesos políticos y no un mero espectador.

Echó un vistazo a Mikasa; en su mirada cerúlea podía apreciarse la indecisión de marcharse.

—Estaré bien— le aseguró, formando una sonrisa floja.

En un parpadeo, los integrantes de la Tropa de Reclutas del Ciclo ciento cuatro se había dispersado por la sala, dejándola sola.

Mikasa permaneció oculta entre un pequeño grupo de personas. Estaba de pie, con sus delgados brazos caídos sosteniendo la copa vaciá, conteniendo la respiración y mirando al frente con sus asustados ojos grises, con expresión de estar esperando una gran alegría o un gran dolor, como un pajarito herido. Su pecho subía y bajaba rítmicamente.

Plagada de una sofocante necesidad de huir, Mikasa salió de la sala y se dirigió al tocador.

Localizó el sitio de su búsqueda al final del pasillo. Llevó su mano a la manecilla y se precipitó al interior, cerrando la puerta tras de sí.

Mantener la calma era difícil. Especialmente cuando tenía problemas para respirar.

Sus pulmones parecían no querer cooperar. De repente todo eso era demasiado para ella.

Apoyó la espalda contra la puerta al mismo tiempo que respiraba dificultosamente, sus rodillas temblaban con cada pequeño jadeo. Tenía la impresión de que las paredes comenzaban a contraerse tornando la habitación más apretada.

Su respiración era entrecortada; el corazón golpeaba brutalmente su pecho, podía escuchar el pulso en sus oídos.

Cerró los ojos con fuerza, tomando una prolongada y pausada bocanada de aire. Respirar. Eso es todo lo que debía hacer ahora mismo. Respirar.

De repente escuchó pasos al exterior.

—En definitiva, la niña es una bastarda.

—No estoy muy segura de eso, le encuentro parecido al esposo de la reina.

—Tonterías, los rumores dicen que el verdadero padre es nada más y nada menos que Eren Jaeger.

El aire comenzó a desvanecerse lentamente, descomponiéndose en miles de partículas que se evaporaron en la habitación junto al tenue eco de las voces de aquellas damas.

El mundo a su alrededor daba vueltas, siguiendo el ritmo inquietante de su corazón, dando vuelcos desesperados dentro de su pecho inmovilizado por el pánico. Quería recobrar el aliento, pero seguía paralizada. Los pulmones le dolían de contener el aire.

Aquel rumor alcanzó sus oídos poco después del nacimiento de la pequeña. El secretismo que la rodeaba fue aliciente suficiente para que las personas de la corte comenzaran a adivinar quien era el padre. Muchos de ellos negaban que aquel granjero con el que su compañera se había casado estuviese implicado en el proceso de la concepción. Los Jaegeristas clamaban que aquel era el más grande legado de Eren, aun cuando la niña era una copia de carbón exacta de Historia.

Mikasa procuraba no dar crédito a esas historias. No obstante, en su interior, sabía al dedillo que tanto Eren como la Reina compartían un pasado. No le sorprendería que después de todo lo acontecido con el Retumbar, uno de los tantos planes de su amado fuese tener un hijo.

Alterada, salió rápidamente del tocador y casi se tropezó con las damas.

Regresó al salón tratando de recomponerse.

Notaba su cuerpo caliente, como si estuviese envuelto en llamas. Estaba habituada a esos episodios, su sistema simplemente se asustaba. Su corazón comenzaba a latir como loco y los pulmones se encogían hasta convertirse en sacos vacíos, transformándola en un reciente convulso.

—Es una velada encantadora ¿no lo cree?

Mikasa no tenía voz para responder. Seguía alterada. Su respiración subía y bajaba. Un par de cuencas verdes como el follaje de verano le perforaron el rostro. No conseguía precisar porqué, pero lo cierto era que aquel hombre le causaba repelús.

—Disculpe el atrevimiento, pero su apariencia me parece única— insistió el caballero—.¿Forma parte de la delegación de Hizuru?

En un acto reflejo, Mikasa ocultó el antebrazo entre la tela del vestido sin que aquel hombre lo notara. Lo ultimo que deseaba era dar una explicación del porqué llevaba el emblema de los Azumabito tatuado en la piel.

—Mi madre era oriunda de Hizuru—respondió con simpleza.

—Ya veo— susurró el individuo.

Historia apareció en su campo de visión, hablaba con algunos hombres, sonriendo con tranquilidad.

—He escuchado mucho sobre usted. Historias increíbles de su época como miembro de la Legión de Reconocimiento— acotó él.

Las pupilas se le dilataron presas del pánico. Maldijo por dentro. En lo más profundo de su ser, lanzó una serie de retahílas en contra del desconocido. El hombre debió interpretar cierto cambio en su expresión, que, aunque sutil, era lo que esperaba. Sonrió entonces de medio lado y continuó:

—Es un honor conocerla, Mikasa Ackerman.

La aludida no dijo nada y dejó que aquel desconocido tomara deliberadamente su mano y depositara un húmedo beso en el dorso de ésta.

—¿También será condecorada esta noche? Después de todo peleó a lado de Eren Jaeger ¿no es así?— prosiguió él deleitándose en el silencio de Mikasa.

—Deserté de la Legión hace mucho tiempo, poco antes de la batalla— habló ella cortante.

—Ah, es una pena— resopló con fingida congoja—, en verdad era una soldado excepcional, todos los Ackerman lo son ¿cierto?

Aquello no le gustaba por donde iba.

—Aprovechando la ocasión ¿puedo hacerle una pregunta personal?

Mikasa tragó grueso. Las manos a ambos lados de su cuerpo temblaban. Debía controlarse, debía mantener la calma a toda costa.

—Tengo ciertas dudas respecto a los acontecimientos de la batalla.

—¿Qué clase de historias escuchó?— preguntó con calma.

—Tan solo rumores, demasiado turbios a mi parecer— se encogió de hombros—. Uno de ellos dice que el verdadero asesino de Eren es usted y no el comandante Arlert.

Los ojos de Mikasa se desorbitaron por un instante.

Tras el Retumbar, todos los miembros de la alianza fueron sometidos a un riguroso juicio privado. Los únicos que sabían la verdad eran aquellos que habían hecho hasta lo imposible para detener a Eren.

Armin fue el elegido para relatarle a Historia todo lo sucedido con lujo de detalle. Absorta en un debate, la reina les concedió el perdón con la única condición de enviarlos al exilio mientras la situación se estabilizaba en Paradis. En lo que respectaba a ella, la rubia sabía al dedillo que, si los Jaegeristas conocían la verdad, no dudarían en cobrar venganza. En su lugar, optó por borrarla de los registros de esa manera no habría rastro de Mikasa Ackerman.

—Después de todo tiene sentido. Al ser su hermana, Eren confiaba plenamente en usted. No sería de extrañarse que bajara la guardia. Un error garrafal.

—Yo…— balbuceó.

El hombre sonrió.

Hubo un segundo de silencio donde el ruido se hizo mas fuerte y el aire espeso cumplió su cometido de asfixiarla.

Mikasa comenzó a hiperventilar, presa del pánico al recordar aquel episodio en particular.

Él soltó una carcajada. Aquel sonido la obligó a regresar al presente.

—Mikasa.

La voz de Historia le caló hasta los huesos.

Su indeseado acompañante amplió la sonrisa.

—Veo que ya conociste al general Dreher— la oración vino de los labios de la reina que comenzaba a materializarse con desdén a lado de ella, descargando el aire de tensión creado entre los dos—. El general es líder de la facción Jaegerista y miembro de mi consejo.

—Realmente estaba ansioso de conocerla— dijo el hombre volviéndose hacia ella—. No hay necesidad de ser tan formales, su majestad, sabe que puede llamarme Severin.

Mikasa quiso abrir la boca para decir algo, pero ningún sonido se produjo. El respirar dolía, y aunque quisiera disminuir su frecuencia, no lograba hacerlo. El miedo dominaba su mente y cuerpo. El sonido de la risa de Dreher la hizo palidecer.

—¿Su majestad conoce a la señorita Ackerman?— se aventuró a preguntar, aun cuando ya sabía la respuesta a su cuestionamiento.

Historia contempló a la pelinegra por encima del hombro.

—Si, ambas compartimos historia.

—Eso es increíble— el general elevó la quijada, sonriendo de medio lado—. En ese caso las dejare solas, estoy seguro que ambas tienen mucho de que hablar y yo solo seré un estorbo— comentó con calma—. Su majestad, señorita Ackerman.

Sólo cuando el hombre se hubo alejado lo suficiente de ellas, Historia se apresuró a encarar a la pelinegra.

Mikasa no se percató que en todo ese tiempo había contenido la respiración. Buscó aire entre jadeos.

—Hey— Historia notó el desequilibrio en la mirada de la joven—. ¿Te encuentras bien?

—Sí— mintió.

Los ojos de la reina se entrecerraron.

—¿Estás segura? Luces algo pálida.

—Creo que es el ambiente, no estoy acostumbrada a esto— respondió a secas—. De hecho, si me disculpas, necesito aire fresco.

Antes de que Historia pudiera detenerla, Mikasa se abrió paso entre el mar de personas, buscando desesperadamente las puertas que daban a los jardines.

A partir de ese instante todo se torno en un manto de dolor. Era una sensación violenta, petrificante, real. Por un segundó creyó que estaba nuevamente frente a Eren. Aquel sufrimiento no era nada más mental, sentía la firmeza de sus manos al atravesar la piel, rompiendo la carne, llegando hasta el hueso.

Le faltaba aire, necesitaba respirar, pero su pecho no se expandía. Todo era suplicio, punzadas de la más horrible agonía. Quería desvanecerse, dejar de existir.

Con paso tambaleante, consiguió abandonar el atestado salón. El frío le caló hasta los huesos y la hizo castañear.

Caminó sin rumbo fijo durante un minuto o dos, tan rápido como sus piernas se lo permitían. Sin embargo, la sostenibilidad no duró demasiado. Cayó de rodillas en el suelo al mismo tiempo que respiraba entre grandes bocanadas, buscando desesperadamente el aire que le faltaba, era como si acabara de emerger de las profundidades de las turbulentas aguas del océano.

El ardor en su pecho no se disipó cuando cubrió sus labios con la mano derecha mientras que con la izquierda arrancaba el pasto, inclinándose sobre si misma hasta tratar de controlar las lagrimas que descendían por sus mejillas. Cerró los ojos con fuerza e hizo hasta lo imposible por no sollozar.

««««»»»»

Se obligó a respirar con normalidad. Buscó la manera de regular su pulso y estabilizar sus pensamientos. Sabía que le tomaría unos minutos hacerlo, pero llevaba tres años inmersa en ese tipo de episodios, tan sólo debía ajustarse a los estrictos pasos que seguía para tranquilizarse. Encontrar la calma, reconocer la realidad, ignorar sus pensamientos.

La música del interior sonaba lejana. La mayor parte de los invitados se encontraba en el abarrotado salón, disfrutando de las amenidades del baile. Probablemente era la única persona allí afuera, luciendo lo suficientemente lúgubre para ahuyentar a cualquiera.

No obstante, la soledad le asentaba como buena compañía. Quería estar lejos de la mirada inquisitiva de Historia, el rostro atestado de culpa de Armin y la posibilidad latente de encontrarse nuevamente con el General. No tenía las fuerzas de para hablar con alguien sobre lo que escuchó en el cuarto de baño o su conversación con Dreher.

—¿Mikasa?— dijo alguien a sus espaldas en un susurro asombrado.

La aludida giró sobre sus talones como una autómata que solo sigue órdenes impuestas, incapaz de deliberar si lo que hacia era correcto o incorrecto.

Miró al joven con ojos desorbitados. Un ligero temblor se abrió paso por sus labios cuando quiso decir algo a la par que su cabello, atado en un sencillo moño, era sacudido por una ligera corriente de aire que, como mensajero de mal presagio, le helo la sangre en las venas.

Lejos de aguardar por una respuesta, Jean la tomó de los hombros. Mikasa cerró los ojos para contener un escalofrió que el simple roce de las manos del chico contra su piel desnuda le causó.

—Oh por… Ymir— su voz era tensa, sonaba estrangulada por la emoción—. ¡Santa mierda!— volvió a maldecir.

Mikasa dejó escapar una pequeña risa. Un estupefacto Jean la contemplaba deslumbrado, aún riendo dejó escapar un suspiro desde las profundidades de su pecho al mismo tiempo que la atraía hacia su cuerpo, con cuidado. A pesar de su fisionomía, la antigua cadete se sentía pequeña en sus brazos, tan liviana, mucho más liviana de lo que alguna vez fue.

—Eres tu— dijo sin aliento, como si expresarlo la hiciera mucho más real—. ¡Eres tu!

Sus labios se separaron igual asombro. Jean se alejó de ella, jadeante, pasándose una mano por el cabello, sintiéndose extrañamente cohibido.

Lo observó bajo la tenue luz del exterior, como si se tratase de un ser irreal. Al igual que todos, Jean había cambiado; aun poseía la corpulencia de un guerrero, cubierto por una brillante y bronceada tez y una mata de cabellos dorados rozándole la nuca.

Con un ligero temblor de sus dedos entumecidos, estiró el brazo para tocarlo, aunque finalmente no lo hizo. Era como si estuvieran presos en una burbuja de tensión que los mantenía inmóviles; cohibidos de hacer cualquier movimiento.

—Jean…— susurraron sus labios temblorosos al viento.

—Siento que estoy en un sueño— rió—. Ha pasado tanto tiempo— tartamudeó una vez más, ampliando la felicidad que crecía en su rostro.

Tres años. Tres largos y solitarios años.

Nuevamente, los ojos se le llenaron de lágrimas. Incluso en el recuerdo, ese momento le parecerá siempre de una intensidad insoportable.

—Hey— masculló Jean, lucía genuinamente consternado—. ¿Te encuentras bien?

Mikasa se encogió, ocultando su rostro en los mechones de cabello azabache. Jean siempre le había dado la impresión de que tenia alguna forma de saberlo todo. Era un hombre inteligente, astuto. En diversas ocasiones se empeñó en mostrar tales cualidades al crear planes bajo presión.

—Sí— dijo a duras penas; un nudo prieto le estrujaba la garganta, inmovilizando sus cuerdas vocales.

Un silenció expectante los rodeó. Ninguno de los dos se atrevía a pronunciar palabra alguna.

—Nunca fuiste buena mintiendo— se encogió de hombros y trató de alegrar el ambiente con una risa divertida—. Estabas llorando— señaló.

Mikasa parpadeó lo que para él fue una ínfima y brillante eternidad.

—No había necesidad de señalar lo obvio— la voz se le quebró ligeramente, sin apartar la vista de Jean.

Kirstein rodó los ojos y le observó con aire juguetón.

—Espera que tú me lo dijeras— susurró él, colocando un mechón de cabello negro tras su oreja.

Aquella inocente acción consiguió turbarla por un segundo o más. Unas ganas infinitas de abrazar al muchacho frente a ella y romper en llanto, la embargaron. Sin embargo, no hizo tal cosa; en su lugar, se quedó de pie sosteniendo su mirada.

—No tenía idea que vendrías— comentó, resguardando ambas manos en los bolsillos de su pantalón.

Durante unos instantes pareció darle vueltas a algo. Acababa de percatarse del atuendo que llevaba Jean; esmoquin negro, perfectamente ajustado a su musculosa e imponente fisionomía, decorado con algunas medallas e insignias ganadas a lo largo de su carrera militar. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y en su barbilla una incipiente barba de tres días.

A simple vista, Jean no lucía tan diferente a los hombres que bebían y reían al interior del salón. Sin embargo, Mikasa sabía que estaba lejos de convertirse en uno de ellos y que, detrás de esa elegante fachada, se ocultaba el chico bromista e insufrible que le salvó la vida en más de una ocasión.

—Tan sólo estoy acompañando a Armin— suspiró.

Jean movió la cabeza, asintiendo sin decir nada.

—Es extraño volver… todo parece tan…— comenzó a decir buscando las palabras adecuadas al hablar.

—¿Surreal?— agregó ella. La voz de Mikasa se alzó de nuevo en la noche.

—Si, exactamente eso— dijo Jean.

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

—También tengo esa impresión— susurró.

Pudo ver como Jean asentía a medias, explorando un silencio amortiguado por el resoplido del viento. Después de lo que le pareció un doloroso minuto, ella respiró profundamente.

—¿Qué estabas haciendo aquí afuera?— preguntó el chico con genuina curiosidad.

—Necesitaba un poco de aire fresco, empezaba a sentirme abrumada— confesó. No había necesidad de ocultarle a Jean el motivo de su escape. Una verdad a medias bastaría para saciar su curiosidad.

—Sí, esto suele ser impresionante la primera vez— le animó con una sonrisa diminuta.

Un nuevo lapso de mutismo se interpuso entre ellos. Mikasa contempló la luna. Era más grande y brillante que antes.

—¡Jean!— lo llamó una voz femenina bajo el umbral de la puerta.

Mikasa dirigió la mirada al mismo sitio que Jean vislumbraba con insistencia. Las luces del salón, detrás de ella, le hacían daño en los ojos y le impedían captar su identidad exacta.

—No deberías hacerla esperar— sugirió con un hilo de voz.

Jean arrugo el entrecejo, confundido.

—¿No vendrás tu también?— quiso saber.

Mikasa soltó un suspiro cansado.

—No, en realidad estaba a punto de marcharme cuando llegaste— dijo ella con suavidad.

Por un segundo o dos, Jean guardó silencio, analizando las circunstancias.

—Aguarda un momento, iré contigo— dijo alzando la mano.

—No, Jean, no es necesario— murmuró ella, perpleja, al verlo caminar hacia el punto donde la chica aguardaba por él.

Aferró los dedos a sus propios brazos, estrechándose a si misma en un abrazo que intentaba mantenerla caliente y reconfortada.

Desde aquella distancia prudencial, observó a Jean intercambiar unas cuantas palabras con Pieck Finger. La pequeña chica la miraba de cuanto en cuanto por encima del hombro de Jean. Tenía la sensación de que estaban hablando sobre ella, lo que le causaba alarma.

Luego de un minuto o dos, Jean regresó, caminando la distancia que los separaba como si de un huracán se tratara, acercándose tanto a ella que pudo oler el constante aroma de la madera, licor y tabaco.

—Jean, en serio, no es necesario— intentó detenerlo—. El baile todavía no concluye, además, es un festejo en honor a ustedes.

El chico negó con la cabeza.

—No hay nada que celebrar— dijo con firmeza—. Ambos lo sabemos.

No tuvo tiempo suficiente para seguir martirizándose con inquisiciones de ese tipo, pues sus pensamientos parecieron salirse de rumbo cuando, la voz de Jean se alzó por encima del silencio.

—¿Nos vamos?— preguntó Jean enarcando una ceja.

»»»»««««

En cuanto salieron del palacio, jean empezó a andar resuelto sin mencionar siquiera adonde se dirigían. Mikasa no tuvo más remedio que seguirlo, siempre un metro detrás de él. De haber querido, hubiese podido reducir esa distancia, pero una repentina timidez se lo impidió. Andaba detrás de él con la vista clavada en su espalda. Ante sus ojos, Jean continuaba de cierta forma siendo el mismo, pero lo notaba cambiado. Al igual que ella, la guerra dejó estragos en su persona. Estaba más maduro, mas centrado. Hablaba con la misma elocuencia, pero con mayor facilidad. Jean nunca tuvo problemas a la hora de expresar su opinión, por esa razón tendría un puesto importante una vez que las negociaciones llegaran a su fin.

Nuevamente lo miró de reojo. Aquel hombre era conocido para ella, pero a la vez tan extraño que no sabía como sentirse al respecto.

A trechos lo alcanzaba, él se volvía y le decía algo. A veces era capaz de darle una respuesta adecuada; otras, no tenia ni idea de qué contestarle. Y otras, ni siquiera entendía lo que le estaba diciendo. Pero a él parecía tenerlo sin cuidado si la oía. Cuando acababa de expresar lo que pensaba, volvía la vista al frente y reprendía la marcha.

—Debo estarte aburriendo— comentó Jean al finalizar la última anécdota sobre esa reunión en particular con diligentes extranjeros—. No he parado de hablar desde que abandonamos el palacio.

Mikasa formo una sonrisa tranquilizadora que sus labios no podian abarcar completamente.

—Por supuesto que no, sabes que prefiero escuchar— dijo ella con toda la sinceridad que era posible transmitir en sus palabras. Realmente estaba disfrutando el momento.

Como había sucedido en diferentes lapsos del trayecto, reinó un profundo silencio; inmersos en aquella quietud y vagando por las desoladas calles del distrito, parecían dos náufragos perdidos en los confines del mundo.

—Con que Teniente General ¿no es así?— se atrevió a preguntar al cabo de un rato.

—Es una locura ¿cierto?— Jean se volvió a verla con las manos dentro del abrigo.

—No lo es, después de todo lo que hizo por el bien de la humanidad— dijo Mikasa.

Jean suspiró.

—Aún así no fue suficiente— decretó.

Mikasa arrugó el entrecejo. No era necesario ser un genio para leer entre líneas y descubrir el significado oculto en la deprimente declaración de Kirstein.

—Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos— espetó en un intento por brindarle consuelo. Eran las palabras que se recitaba a si misma cuando los fantasmas del pasado aparecían en sus sueños—.Lo mereces— concluyó.

—Lo merecemos— la corrigió Jean—. Tu también mereces ser feliz, Mikasa.

La pelinegra apartó la mirada lanzando un suspiro.

¿Realmente lo merecía? Había traicionado a Eren, sus manos estaban manchadas de sangre y tal hecho la atormentaría por el resto de sus días.

Lejos de permitir que ese pensamiento se instalara nuevamente en su mente, se obligó a devolverle la mirada a Jean, recibiendo una cálida sonrisa por parte de él.

—En ese caso ¿qué le depara el futuro al Teniente Kirstein?— inquirió.

Jean dejó escapar un largo suspiro.

—No lo sé, aún no lo tengo claro— se encogió de hombros—. Es algo curioso y deprimente en cierta forma.

—¿Qué?— preguntó enarcando una ceja.

—Cuando luchábamos contra los titanes, constantemente solía pensar en cómo sería mi futuro, aunque nadie pudiese asegurarme que viviría otro día— un brillo de determinación surcó su mirada—. Ahora que todo esta en calma no pienso demasiado en ello, intento enfocarme en el presente.

Mikasa asintió gustosa. Aún se sentía un poco angustiada por los acontecimientos del baile, incluso cuando Jean le había animado hace unos instantes. Fue por ese motivo que obligó a su mente a abordar un tema distinto en lugar de continuar en el vórtice del tormento.

Soplaba una suave brisa. Hacía demasiado fresco para una noche de mayo. En un intentó por brindarse calor, envolvió sus brazos para si misma. Tal acción no pasó desapercibida para Jean.

—¿Tienes frío?— preguntó.

—Debí olvidar mi saco en el palacio— murmuró

Antes que pudiera notarlo, el castaño colocó el saco sobre sus hombros; el aroma a madera, roble específicamente, también detectaba laurel y jazmín con unas tenues notas de tabaco.

—¿Mejor?— sonrió, su rostro estaba a unos cuantos centímetros del de ella.

Aturdida, Mikasa perdió el habla. Como si esperase una señal, Jean tiró delicadamente de la manga, incitándola a reanudar la marcha.

—Espera— clamó ella—. Espera. Jean. No puedo tomar tu saco. Hace frío aquí afuera. Pescaras un resfriado.

—Por favor, Mikasa— puso los ojos en blanco, pero ella no logra captar ese gesto—. Puedo soportar el frío un rato. Lo sabes.

Abrió la boca para objetar, pero ninguna palabra salió de sus labios. Jean echó un vistazo para mirarla por encima del hombro, capturando la imagen de una pobre pelinegra mordiéndose el labio inferior como si se estuviera absteniendo de decir algo.

—¿Qué harás ahora que la guerra ha finalizado?— preguntó él.

Aquel cuestionamiento rondaba por la mente de Mikasa con más frecuencia de lo que deseaba. Sabía que debía continuar, seguir adelante con su vida. Podría trasladarse nuevamente a Shinganshina y conseguir un trabajo, probablemente conocería a un hombre y acabaría convirtiéndose en la esposa y madre de alguien. Es lo que Eren habría querido, pero por alguna extraña razón, el simple hecho de pensar en ello le generaba culpa, era incorrecto.

Tenía que sufrir. Entonces fue cuando tuvo una idea. Debía encontrar nuevas formas de castigarse y sufrir sin hacer sufrir a nadie más. Tenía que hacer penitencia. Si algo le proporcionaba demasiado placer —placer que era únicamente para ella—, entonces renunciaba. Por eso había renunciado a bordar. Le encantaba, por tanto, debía dejarlo porque Eren no llegaría hacerlo.

—Imaginé que lo tendría claro, pero no lo se— se encogió de hombros—. ¿Eso está mal?

Él no respondió cuando elevó la mirada al cielo; resguardó las manos en los bolsillos del pantalón y al cabo de un momento dijo:

—No nada de malo en ello.

—Tengo la impresión de que no es así— respondió, mirándolo con suavidad—. Con Eren tenía un propósito, ahora que él no esta…— se interrumpió de inmediato—. Lo lamento.

—No tienes que disculparte. Entiendo por lo que estas pasando. Solía hablar constantemente de Marco luego de su muerte— las palabras sonaron demasiado tristes, más de lo que él se hubiese permitido revelar.

El dolor en su mutismo eran agujas que se clavaban en la piel de Mikasa. Quería escucharle decir algo, cualquier cosa. Armin era la única persona con la que podía hablar de sus sentimientos, respecto a Eren y lo mucho que le dolía su muerte.

No obstante, Jean no era Armin. La relación entre Kirstein y Eren se erguía sobre una rivalidad que los motivaba a ser mejores y superarse en sus acciones. Sin embargo, existía respeto mutuo, camaradería, amistad. Eren había establecido lazos con todos, especiales a su manera.

—Nunca noté que estabas sufriendo— se esforzó por sonar firme, aunque la garganta le ardiese por el nudo que se ajustaba en su interior—. Te guardaste la pena para ti mismo.

—No tuve mucho tiempo para hacerlo— respondió—. Incluso, después de la muerte de Sasha… todo sucedió tan rápido que no fui capaz de asimilarlo.

Justo ahora Mikasa simplemente quería ayudarlo, hacerle saber que no estaba solo en ese mundo, que podía contar con ella para lo que fuese necesario.

—¿Cómo lo conseguiste?— Mikasa sintió una punzada de culpa.

—¿Qué?— pregunto Jean con cierto desconcierto.

—Asimilarlo— dijo.

—No es un gran consejo, pero en estos casos solo tienes que seguir adelante. No lo pienses. Sólo continua— su voz sonó suave—. Luego, un día, te darás cuenta que has progresado drásticamente. Esa es la verdad. Algunas personas lo hacen sonar como si tuvieras que hacer algo especial. Pero no es cierto. Solo tienes que seguir.

Abrió los ojos para decir algo al respecto. Pero no pudo. No pudo hablar porque verlo frente a ella sólo la hizo cohibirse una vez más. Sus ojos color avellana le sonreían en un calor que la transportó a esa familiaridad olvidada.

Lo siguiente que sintió fue el peso de ambas manos sobre sus hombros. El tacto la hizo estremecerse, mas no tuvo tiempo de pensar en lo que sucedía porque, con la misma determinación que lo caracterizaba, se situó frente a ella, colisionando de nuevo con su mirada.

—Muchas personas dicen que es más oscuro justo antes del amanecer. Y también, las estrellas que más adoramos sólo brillan de noche— espetó.

Escucharlo hablar de esa manera era reconfortante, sonaba calmado, en paz, por fin había hecho las pases consigo mismo. Jean Kirstein se había perdonado por sus errores, ya no cargaba con ese culpa.

Jean volvió a sonreír, y el corazón de Mikasa latió tan rápido, como si fuese un caballo en plena carrera, galopando dentro de su pecho a un ritmo desenfrenado.

La calma se disipó al instante en que un coche pasó a toda velocidad a lado de ellos. En un parpadeó, Jean la sostuvo de los brazos y la atrajo hacia él. Sus miradas estaban ahí, fijas uno en el otro.

—La gente se ha vuelto descuidada— espetó visiblemente molesto.

Mikasa tragó grueso, sin apartar los ojos de él. Sus manos tocaron el pecho del muchacho, buscando algo en lo que aferrarse.

—Estábamos en medio del camino— respondió mientras sentía cómo golpeaba su corazón.

Jean la miró en silencio. Mikasa lo miró a su vez con concentrada atención y después de unos segundos, la soltó.

Como sucedía siempre en esas circunstancias, la pelinegra enrojeció aún más. Ocultó el rostro un instante y se metió un mechón de cabellos negros detrás de la oreja.

—Estoy completamente perdida— admitió. No sólo se refería a la ubicación desconocida del apartamento de Armin, sino también en la vida.

—El edificio está a un par de cuadras, a la vuelta de la esquina— respondió.

Más pronto que tarde, ambos reanudaron la marcha.

Los labios de Mikasa se estiraron en una sonrisa que persistió mientras caminaban. Jean hablaba con entusiasmo sobre una tienda que había visitado en un país lejano, un sitio que había sido abandonado y que todos juraban que el fantasma del dueño fallecido los perseguía.

No importaba lo que él dijera, incluso si ella no estuviese prestando mucha atención, no podía evitar sonreír. En su presencia. En su ser.

Fue hasta ese momento que se percató de la falta que le hizo ese espíritu ardiente y ferviente. El Jean que recordaba, el que conocía desde que eran adolescentes. Los ojos avellana, el frenesí, la tormenta. Repentina e inexplicablemente se sentía… ¿feliz?

Algo se estremeció dentro de ella, como si su alma comenzara a moverse, deseando romper las cadenas que la mantenían atada para bailar esa noche. Lanzó una pequeña risa, dándose cuenta que aquel sonido desconocido dejo de escucharse hace tiempo. Se sentía feliz. Se sentía viva. Se sentía segura.

—Estamos aquí— dijo Jean sonando algo derrotado.

Mikasa exhalo profundamente.

—¿Tan pronto?— cuestionó sin inmutarse en ocultar el deje de decepción decorando su voz.

—Si— sonrió débilmente, enterrando las manos dentro de los bolsillos y encogiéndose de hombros—. Me temo que así es.

Con más resignación que voluntad, se quitó el saco para extenderlo, ofreciéndoselo de vuelta.

—Gracias, Jean— dijo en voz baja—. Por el saco. Por acompañarme de regreso y por la charla.

Él rió, tomando la prenda de su mano.

—No hay problema. Hablaba en serio cuando te dije que era sorprendente verte de nuevo.

Esbozó una pequeña sonrisa.

—¿Volveremos a vernos?— preguntó, su corazón latía tan fuerte que no le sorprendería si salía disparado de su pecho.

Jean parpadeó.

Abrió la boca, sin saber qué decir, incapaz de precisar si la escucho bien.

—Ahora que estas de vuelta por supuesto que sí.

Reticente, asintió levemente. Dio media vuelta al mismo tiempo que rodeaba la perilla de la puerta.

—Adiós, Jean. Te veré pronto— se despidió, ingresando rápidamente al interior del edificio.

Continuara

N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Regrese tan rápido como me fue posible :D Espero que se encuentren muy bien.

Por mi parte solo puedo decir que ¡El ansiado baile llego y con el un bonito reencuentro! Quería dedicar gran parte del capítulo a la interacción entre Jean y Mikasa, pero también me tome la libertad de aligerar el ambiente dramático con un poco de comedia al inicio.

Este es el primer paso para el desarrollo de la relación entre los dos. El siguiente capítulo será desde la perspectiva de Jean y, conforme avance la historia, fluctuará entre los puntos de vista de ambos.

Así mismo, añadí un personaje que no tiene nada que ver con la trama, es de mi autoría, pero era necesario para la escena, me refiero al General Dreher.

Como lo mencioné al comienzo del fic, además del drama y romance, también se abordarán temas referentes a la salud mental, especialmente algunos trastornos como el de estrés postraumático, ansiedad, ataques de pánico entre otras cosas. Me parece fundamental para el desarrollo de los personajes, especialmente en Mikasa, así que, si en algún momento llego a abrumarles con las descripciones de dichas situaciones no duden en decírmelo.

Antes de marcharme, agradezco profundamente el apoyo que me brindan, en verdad, mil gracias por tomarse el tiempo de leer, añadir a sus favoritos o listas de lectura o darle follow, especialmente, gracias totales por sus bonitos reviews. Tengan en cuenta que estoy al pendiente de cualquier comentario, ya sea duda, critica constructiva, consejo o sugerencia. Estoy abierta a todas las opiniones ya que me ayudan a continuar.

Sin nada más que agregar. Espero que el capítulo haya sido de su agrado. Intentare regresar tan pronto tenga la nueva actualización.

¡Hasta pronto! ¡Cuídense mucho! Les mando un fuerte abrazo :3

Bye, bye.