Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.
Colapso
Capítulo IV
El que se quedó
Ubicación desconocida, 15 días después del Retumbar.
Estremeciéndose por el frío, Jean ingresó con pasos renqueantes, arañando el entarimado de madera, casi como si no quisiera entrar al pasillo. No quería. Estaba allí, podría decirse, en contra de su voluntad, sin embargo, le había prometido a Armin que se encargaría de la situación. Las luces estaban apagadas, salvo por la única lampara, que en un rincón de la galería, brillaba como la luz titilante de una estrella en medio del lóbrego firmemente, remarcando el ambiente de desolación que los envolvía a todos en ese lugar. Cuando llegó a su destino permaneció durante un segundo o dos cerca de la puerta, sopesando si debería o no, proseguir con sus intenciones o simplemente dar media vuelta y marcharse.
Lo cierto era que nada se le antojaba menos que toparse con ella; con nadie en general. Habían transcurrido quince días desde el Retumbar, dos semanas en las que Mikasa se recluyó en esa habitación. El joven estaba nervioso cuando llegó. Había necesitado armarse de valor incluso para desplazarse hasta allí, sin saber si debería o no, adentrarse en los aposentos de su compañera, donde sabía, la encontraría.
Los únicos que podía aproximarse a ella eran Armin y, sorpresivamente, el capitán Levi.
Jean no había acudido a verla desde entonces, porque no tenía el valor para encararla ni tampoco tenía el denuedo de consolarla.
La culpa que recaía sobre sus hombros era pesada, insoportable. De cierta forma, todos los presentes en el barco la habían orillado a tomar una decisión drástica por el bien de la humanidad. Una decisión que sólo una mujer como Mikasa podía tomar.
Irresoluto, golpeó la superficie suavemente con los nudillos, llamando dos veces a la puerta sin recibir respuesta.
—Mikasa… soy yo, Jean— habló con toda la firmeza posible.
Una vez más, el silencio se prolongó en la estancia. Ahora que sus oídos se habían acostumbrado a la sinfonía del mar y el mutismo imperante en el interior del barco, percibió el acallado sonido de un sollozo ahogado.
Rodeó con una mano el picaporte, notando la gelidez del material bajo la palma. Lejos de detenerse a evaluar la situación, abrió la puerta lentamente, desvelando el interior de la habitación.
Sus ojos escanearon con rapidez la geografía del cuarto; lo primero que saltó a la vista fueron las paredes bancas, impersonales, la mesita de noche con un jarrón que soportaba en su interior con una flor negra que fue incapaz de identificar y un escritorio con un plato de comida intacta.
No pudo continuar concentrándose en el tumulto de pensamientos, pues el corazón comenzó a latirle de manera desenfrenada cuando escuchó otro sollozo.
En la penumbra, sus ojos enfocaron la figura blanca que yacía en el suelo; Mikasa tenía ambas rodillas clavadas en el piso y el cuerpo encorvado hacia el frente.
Una vez más, su corazón dio un vuelco tormentoso entre los confines de la caja torácica que lo mantenían aprisionado; sintió la garganta repentinamente seca y un dolor sordo que comenzaba en la base del cuello y se diseminaba hasta el último rincón de su cabeza.
De una forma casi inexplicable y física, Jean reconoció la manera en que el desconsuelo se apoderaba de ella, el peso de sus acciones brotaba grotescamente como la sangre en una herida abierta.
Incapaz de contemplar la escena durante más tiempo, Jean desvió la mirada, como el cobarde que había sido y que todavía era, sin poder vociferar lo que se agitaba en su interior.
A pesar de todo, caminó la distancia que los separaba como si de un huracán se tratara, acercándose tanto a ella que pudo oler el aroma a almizclado de su sudor. No supo cómo, pero se colocó de cuclillas frente a ella y situó ambas manos sobre sus brazos.
—Mikasa…— volvió a llamarla atrayendo su atención hasta él.
Las lágrimas descendían por sus mejillas como violentos torrentes de agua; tenia el rostro hinchado y enrojecido por el llanto, bajo sus ojos se apreciaban dos bolsas cerúleas que solo acusaban la falta de descanso. Jamás la había visto en ese estado. Derruida, completamente destrozada.
—Q-quiero v-ver-lo— sollozó ella.
De nueva cuenta, el corazón volvió a golpearle las costillas.
—Quiero verlo una última vez— repitió con firmeza.
—Mikasa— sus miradas estaban ahí, fijas una en el otro.
Jean no tenía corazón para decirle que eso sería imposible. Eren estaba muerto. Ellos permitieron que Mikasa cargara con esa encomienda sola, eran crueles, egoístas. Hasta ese momento se percató de la petición que realizaron todos en múltiples ocasiones: "Sacrifica al amor de tu vida con tal de proteger a la humanidad".
A su bíceps llegó la suave mano de la pelinegra, hundiendo sus dedos en la carne sin mucha fuerza tan sólo la necesaria para llamar su atención.
—Puedo marcharme si lo deseas— sugirió, probablemente llamaría al Capitán para que continuara con su cuidado.
—N-no… no quiero estar sola— dijo, pero antes de que él se hubiera dado cuenta, se detuvo. La ultima sílaba quedó suspendida en el aire, como desgajada.
Sus palabras se habían esfumado de repente. Intentó continuar, pero ya no quedaba nada. Algo de había perdido. Clavó su mirada perdida en él. Sus ojos estaban cubiertos por un velo opaco.
Una vez más, lloró encorvada hacia delante. Era la primera vez que Jean veía sollozar a alguien con tanta desesperación. Su cuerpo se agitaba sacudido por pequeñas convulsiones. En un gesto casi reflejo, la atrajo hacia él. Continúo llorando, temblando entre sus brazos. La camisa se le humedeció, quedó empapada de sus lágrimas y su aliento cálido. Los diez dedos de Mikasa recorrían su espalda como si buscaran algo. Mientras sostenía su cuerpo con la mano izquierda, le acariciaba el pelo liso y suave con la derecha. Se mantuvo en esa posición mucho rato esperando a que su llanto cesara. Pero ella no dejó de llorar.
Con las extremidades entumecidas, Jean optó por sentarse en el suelo; la espalda recargada contra la base de la cama a la par que Mikasa recostaba la mitad del cuerpo en su regazo. Instintivamente, Jean pasó un brazo por debajo de su axila y el otro rodeando su cintura, de esa manera podía sostenerla con firmeza, aun cuando ella se aferraba a la tela de su pantalón con toda la fuerza que le era posible, como si temiese que en algún punto de la noche él fuese a esfumarse.
Lo que perturbaba al formidable soldado no eran los gemidos o la falta de aire entre cada sollozos; era la exhalación pura, estertorosa, áspera, como de tos. Con voz desgarradora la pelinegra vociferaba una y otra vez «no», tratando de negar la cruel realidad a la que debía enfrentarse de ahora en adelante. Su propio cuerpo procuraba expulsar todo el aire de los pulmones. Era una agonía tan profunda que eventualmente viajaba por su sistema nervioso hasta instalarse en la parte más profunda de su cráneo.
Pronto, los sollozos se convirtieron en gritos. Tenía la certeza que llegado ese punto, todos los presentes en el barco eran testigos del suplicio que Mikasa albergaba.
Por primera vez en todos esos días, su compañera de batallas se había permitido experimentar el dolor. Pensó en recitarle palabras de aliento, pero aquello no serviría de nada, las oraciones atestadas de maquillada empatía no disiparían el desconsuelo. Fue así que optó por sostenerla, intentó calmarla rodeándolo con sus brazos, meciéndola delicadamente sin saber muy bien qué hacer.
Se permitió compartir la agonía, degustarla, materializarla y hacerla suya. Sin mover un solo músculo, la sostuvo hasta que sus ojos estuvieron hinchados y secos, hasta que su respiración entrecortada se moduló…hasta que ella encontró la calma y se quedó profundamente dormida.
»»»»««««
Jean recorría con paso rápido el largo pasillo, acompañado de una pelirroja que lo guiaba a través del laberinto de oficinas hasta el ascensor principal que los conduciría abajo.
—Tiene una reunión programada el día de mañana a primera hora con el Jefe de las fuerzas armadas— le anunció la joven sin apartar la vista de los papeles que cargaba con recelo desde hace más de treinta minutos.
Jean estaba exhausto. Durante la última semana lo habían tratado con el respeto y adoración amistosa con que los políticos saluda aquel a quien, después de ciertas adversidades, se le ha reconocido el haber sabido llegar más lejos. No había sufrido el tipo de críticas e injusticias que sus compañeros habían experimentado durante los últimos tres años, pero si tenía sus problemas.
Comentarios escépticos e irritados de los Jaegeristas más conservadores, convencidos de que debían someterlo a un juicio al conspirar en contra de Eren en la Batalla del Cielo y la Tierra.
A él no le importaba. Eso era la política, demasiado visceral e hipócrita. Pero entonces Historia decidió concederle un puesto entre los rangos más altos de su reformada fuerza militar, convirtiéndolo en Teniente del batallón de Stohess.
No obstante, desde que puso un pie en el cuartel, su nueva y diligente asistente lo había arrastrado a una sala de juntas con los demás Tenientes para discutir los pormenores de la delicada situación política en la que se encontraban. Al parecer, su trabajo como embajador estaba a punto de irse al demonio, en un parpadeó todo el esfuerzo de los últimos tres años no significaba nada ante la avaricia y la sed de poder de los nuevos diligentes, quienes tenían planeado dar marcha a un plan de expansión violento para someter a las demás naciones.
Era normal que la frustración y el enojo embriagaran cada nervio disponible en su cuerpo; la cabeza comenzó a latirle con insipiencia. No se había visto en el espejo, pero podía vislumbrar una imagen bastante clara de cómo lucía. Hombros caídos, cuello tenso, espalda recta.
Poco quedaba de la antigua estructura militar que dominó la Isla durante décadas, nombres como los de Darius Zackly, Nile Dok, Keith Shadis y Erwin Smith comenzaban a desvanecerse. No había cabida para los recuerdos en los nuevos tiempos. Los titanes ya no eran un problema. Paradis pronto se convertiría en un referente militar, repudiado por todos a su alrededor.
Lo que más le molestaba de toda esta coyuntura era la importancia de los Jaegeristas en las decisiones de Estado. Todo lo referente a las fuerzas armadas de la isla debía discutirse con el consejo conformado por los fanáticos nacionalistas que apoyaban los ideales de Eren. Jean los detestaba y con justa razón. Nínguno de ellos comprendía los motivos detrás del sacrificio de su antiguo compañero.
—Bien, ¿algo más?
—El lunes es su reunión con el General Dreher junto a la reina y el consejo de guerra.
Hizo un esfuerzo sobrehumano para no mostrarse mosqueado cuando la chica sacó a flote el pendiente.
Ni siquiera la incipiente guerra era distracción suficiente para obligar a su mente a pensar en otra cosa que no fuera Mikasa.
Los Jaegeristas estaban al tanto de su existencia y eso lo aterraba. Durante la reunión previa, el General Dreher remarcó una sería de puntos que no se ajustaban del todo con los testimonios de los demás. Historia prometió eliminar todo rastro de ella en los registros de la Legión. A pesar de ser una pieza clave y una formidable guerrera, Mikasa estaba dispuesta a pagar el precio del olvido con tal de vivir tranquila, era lo que merecía, sacrificó sus sentimientos con el objetivo de detener a Eren, aun cuando tuvo la oportunidad de seguirlo y darles la espalda.
—Necesitare toda la información posible sobre lo sucedido en la Batalla del Cielo y la Tierra— aportó el joven Teniente por lo bajo.
—Entendió— la chica hizo una notación innecesaria sobre su block de notas—. Lo tendrá listo para mañana a primera hora.
No iba a permitir que Dreher y los demás miembros del consejo de Guerra se atrevieran a hablar de los sucesos del Retumbar como si ellos los hubiesen atestiguado directamente. Su trabajo consistía en hacer coincidir la declaración de Mikasa con la de los demás. Los años de experiencia le dejaron en claro que los interrogatorios incluían métodos arcaicos como la tortura y, más pronto que tarde, el grupo fundamentalista acabaría desvelando el papel de la Ackerman en toda esa historia. Todos ellos eran los responsables de la muerte de Eren, pero las manos de Mikasa estaban manchadas de sangre.
Las puertas del ascensor se abrieron luego de una eternidad. Tan pronto como posó los pies nuevamente en el suelo de concreto, echó un vistazo a su asistente.
—¿Necesita algo más?— cuestionó la joven antes de retirarse a su escritorio.
—Si ya has terminado, puedes retirarte, yo me encargare de revisar estos papeles personalmente— se prohibió sonar tenso, no le daría el gusto a nadie de desvelar el lastre que era cargar con tal peso sobre sus hombros.
Antes de que la joven pudiese protestar, Jean tomó los papeles de sus brazos y la dejó sin mirar atrás.
Un grupo de soldados de bajo rango, seguramente reclutas sin distinción alguna más que el impetuoso deseo de servir a la grandiosa nación de Eldia, le saludaron con una mezcla de excesiva efusividad y respeto. Jean les devolvió el saludo con un gesto adusto de cabeza. Era bien sabido que la simple presencia de los altos manos de Paradis enfundaba miedo y admiración, puede que él careciera de dichas cualidades.
Antes de llegar a su oficina se topó con cinco capitanes. Justo cuando paso a lado del grupo, todos se tomaron la libertad de devolverle la mirada tensa que Jean supo interpretar sin la necesidad de mirarlos directamente a los ojos. El rumor de la presencia de Mikasa ya se había esparcido dentro del Cuartel.
El teniente Kirstein hizo una mueca. En ocasiones se imaginaba como un viejo tigres desdentado en un gobierno lleno de víboras. Estaba peligrosamente cerca de convertirse en una figura decorativa, o peor aún, un payaso suspendido sobre un depósito de agua. La única supervivencia que le quedaba era la apariencia pasiva de quedar superado por sus enemigos y los crueles Jaegeristas atraídos por el olor de la tiranía incipiente.
Aunque el suspiro que expulso al traspasar, por fin, la enorme puerta de madera de su oficina, fue de genuino alivio, Jean boqueó, estresado, cuando oteó la montaña de folders beige que decoraban su escritorio.
«Estúpida burocracia», refunfuñó para sus adentros; el entrecejo sutilmente arrugado.
—¿Largo día?— preguntó Pieck.
El castaño dio un respingo asustado y le lanzó, en un mero acto de instinto, una mirada atestada de frustración.
—No quiero sonar grosero, pero ¿qué haces aquí?— le preguntó en un tono de voz tan bajo como se lo permitía el ardiente furor que empezaba a inflamarse en su pecho, tratando de enfocarla al otro lado de la habitación.
La pelinegra se encogió de hombros a la par que dejaba escapar un suspiro.
—Tan sólo pasaba a saludar— replicó.
Sin más, el Teniente se desplazó hasta el otro lado de la habitación; antes de tomar asiento en la ostentosa silla de piel, se despojó del saco y desajustó la corbata de bolo enredada en su cuello.
—Por la expresión en tu rostro puedo deducir que la reunión no resultó como esperabas— la antigua titan cambiante usó un tono de voz normal, casi afectuoso. Jean elevó la cara, encontrándose con los ojos oscuros de Pieck fijos en los suyos.
—Es inútil— admitió—. Todo el trabajo que realizamos está a punto de irse al carajo, los Jaegeristas continúan firmes con su postura.
Pieck hizo una mueca, agitando el cabello azabache que le llegaba a media espalda.
—En ese caso debemos ser intransigentes.
Jean frunció el entrecejo con ahincó.
—Estamos en desventaja, ellos nos superan en poder militar— terció él, en su mente retrayendo los músculos de la espalda—. En cualquier momento pueden armar un golpe de Estado y derrocar a Historia si lo desean.
La joven no respondió de inmediato.
En su lugar caminó los pasos que la separaban de él y, con una desconfianza desmedida, tomó asiento en la superficie del escritorio, asegurándose de no desplomar la torre de folders.
—Hemos enfrentado cosas peores, no es posible que un grupo de fanáticos se atrevan a amedrentarnos— Pieck sonrió ampliamente.
Cansado, Jean se recargó contra el respaldo de la silla al mismo tiempo que expulsaba otro suspiro cansado. Tenía la certeza que al final de la tarde habría acabado con toda las reservas de aire remanentes en sus pulmones.
Fue un ingenuo al pensar que todo sería más sencillo tras la muerte de Eren. Tres años habían transcurrido y todavía continuaba limpiando el desastre.
Sin embargo, gran parte de su intranquilidad, aunque intentase negarlo, se debía a su reencuentro con Mikasa.
Todavía recordaba con exactitud el día de su despedida en el puerto. Mikasa, con una tristeza infinita, fijó en él una mirada llena de reproches. No hubo abrazos de por medio, tampoco palabras. El adiós fue silencioso, implícito y, tan pronto como subió a la borda, permitió que la agonía se materializara en su interior. Algo se hundió dentro de él y, sin nada que pudiera rellenar ese vació, quedó un gran hueco en su corazón.
Sabía de ella de vez en cuando gracias a las misivas que le enviaba a Armin, la mayoría de ellas eran cortas e impersonales.
Pensó en escribirle, incluso redactó una carta a mitad de la noche, bajo la luz titilante de una vela a medio consumir, no obstante, se detuvo de inmediato, aquel intento era inútil, estaba claro que las intenciones de Mikasa eran dejar todo en el pasado, olvidarse de su vida como cadete y continuar, aún si eso implicaba abandonarlos a ellos en el proceso. Dobló la hoja con cuidado y la resguardó en uno de los tantos libros que llevaba consigo para matar el tiempo.
Aquel estado de calma se demoró la noche anterior, cuando la vio desplazarse entre la multitud con la fuerza de un huracán; llevaba un hermoso vestido azul que parecía alabar cada curva de su cuerpo. A la distancia, su tez pálida se veía absurdamente suave; una invitación a tocarla. Atendiendo al único atisbo de juicio que logró imponerse a sus instintos, se obligó a despegar la mirada de ella y prestar atención a la charla formal que mantenía con dos damas de la alta sociedad.
Fue hasta que estuvo frente a ella que atisbó el dolor. Notó, debajo de las veladas pestañas, el brillo argénteo de su mirada cristalina a la par que su pecho se alzaba en un patético intento por calmar la respiración entrecortada por el llanto.
La había consolado en una ocasión, la cual fue suficiente para darse cuenta que sus sentimientos por Eren eran genuinos y que nunca podría amarlo de la misma manera.
Hizo las paces con esa idea. En el viaje, el trabajo lo mantenía ocupado y activo, olvidaba el vacío que sentía en su interior. Las noches que libraba, leía en su camarote y bebía whisky.
Meses después volvió a escribirle una larga carta a Mikasa. El contenido era similar al de la primera. Añadió que era muy duro estar esperando su respuesta que sólo quería saber si la había herido. Al finalizarla, sintió cómo el hueco que había en su corazón se agrandaba un poco más.
Cuando pisaron tierra por primera vez en cuatro meses, salió un par de veces con Reiner y Connie. Comenzó a acostarse con chicas. Fue muy sencillo en todas las ocasiones. Sin embargo, no se sentía bien con ello. «¿Qué demonios estás haciendo?», se dijo asqueado luego de analizar la situación. No tendría que actuar de ese modo. Así que se detuvo.
Transcurrido un año conoció a una hermosa joven e inició una relación con ella, podría decirse que iban en serio. Simone trabajaba como enfermera en los campos de Refugiados de Liberio. Era impertinente y no tenía miedo de enfrentarse a la autoridad. Provenía de la misma región que Onyankopon, por lo que ambos parecían llevarse bien.
Jean no sabía precisar cómo ni cuándo surgió el romance entre los dos, pero cuando se percató ambos vivían prácticamente juntos. Simone hablaba de matrimonio y de formar una familia. Al comienzo, Jean fue indulgente con tales pensamientos. Podría instalarse en Liberio, traería a su madre consigo y comenzaría una nueva vida.
No obstante, en su interior sabía que no la amaba tanto como ella lo amaba a él. Continuar con esa relación sería una crueldad, así que decidió romper. Había sido un completo idiota, por supuesto, pero, más pronto que tarde, Simone acabaría dándose cuenta que era mejor así.
A principios de su tercer año de travesía, Armin recibió una carta de Mikasa. Era una misiva breve.
«Perdona que haya demorado tanto tiempo en responderte. Intenta comprenderme. Me ha resultado muy difícil. He escrito y reescrito esta carta cientos de veces, pero me cuesta mucho. Por ahora abandoné Shinganshina. Quizá creas que ha sido una decisión precipitada, pero llevaba mucho tiempo pensando en hacerlo. Intenté hablarte varias veces de ello, pero me sentía incapaz de abordar el tema.
»No te preocupes por nada. Así han sido las cosas. No quiero hacerle daño a nadie. Lo único que pretendo decirte es que no soporto la idea de que, por culpa mía, todos ustedes se reprochen nada. Yo soy la única responsable. Durante todos estos años lo he ido posponiendo, y esto ha creado en ti y los demás muchas molestias. Tal vez hasta hoy.
«Abandoné mi cuarto en Shinganshina y conseguí una casa a las afueras del distrito. Ya te lo contaré con más detalle en otra ocasión. Todavía no puedo escribir bien. Ahora lo que necesito es paz y estoy segura que lo encontrare en un lugar tranquilo, alejado del mundo.
»A mi manera, les agradezco que hayan estado a mi lado durante los últimos años.
»Aún no estoy lista para verlos. No es que no quiera, es que no me veo con ánimos. Cuando lo esté, te escribiré enseguida.
«Adiós.»
Leyó la carta más de cien veces. Y siempre que lo hacía lo invadía una tristeza insondable. La misma que sentía cuando Mikasa lo miraba fijamente a los ojos. Era incapaz de soportar aquel desconsuelo, pero no podía encerrarlo en ninguna parte. No tenía contornos, ni peso, igual que un fuerte viento soplando a su alrededor. La escena discurría despacio ante sus ojos. Pero las palabras que se pronunciaban no llegaban a sus oídos.
A raíz de esto, las cosas se tornaron distintas entre él y Pieck.
Tenía la certeza que el cariño surgía de la convivencia y, tras pasar tanto tiempo juntos, trabajando codo a codo, los dos optaron por darle un giro de tuerca a las cosas y comenzaron una relación libre de ataduras. Había encontrado en ella cierto consuelo, era una buena amiga, increíble mujer, sumamente astuta y perspicaz, pero a pesar de todas esas cualidades tampoco podía amarla. Ella también se sentía de la misma manera. En alguna ocasión, Pieck le contó de su relación con Porco, expresó el arrepentimiento que la embargaba al no poder confesársele. En eso eran parecidos.
—Jean— Pieck percibió el desequilibrio en la mirada del aludido con la precisión de una profesional—. ¿Te encuentras bien?
—Sí— mintió.
Los ojos de la pelinegra se entrecerraron.
—¿Seguro? Luces cansado.
—Lo estoy— respondió a secas.
—En ese caso podemos revisar el resto de los papeles en mi apartamento, preparare la cena para ambos— sugirió.
—Tal vez otro día— respondió Jean mirándola directamente a los ojos.
Lejos de darse por vencida, la pequeña soldado comenzó a elevar la tela de su falda poco a poco, descubriendo la piel nívea de sus piernas hasta llegar a sus muslos.
Jean sabía lo que estaba haciendo, y no podía evitarse sentirse como un cretino.
—Lo siento, Pieck, hoy no— esbozó una sonrisa sincera para maquillar la dureza en sus palabras.
Sorprendida, la chica arqueó una ceja.
—Está bien, de acuerdo— dijo, reajustando disimuladamente su falda.
Su mente estaba ideando alguna manera de soportar las preguntas inquisidoras que Pieck estaba por hacerlo. Los dos eran amigos desde hace un par de años. Ella estaba al tanto de lo que pasaba con Mikasa, sus ojos oscuros y muy preocupados la delataban a igual que la voz adusta delataba a Jean. Tan solo era cuestión de tiempo para que el interrogatorio iniciara.
—No te encuentras así solo por el trabajo, también tiene que ver con Mikasa ¿no es así?
—Por supuesto que no— alegó Jean, esquivando la inquisidora mirada de Pieck Finger.
—Tu amabas a Mikasa y ella estaba enamorada de Eren ¿cierto?— explicó ella muy intrigada—. Pero… ¿Qué hay de Jaeger? Tengo la impresión de que el chico no quería a nadie.
El teniente suspiró, derrotado.
—No definiría como amor lo que sentía por Mikasa— confesó en un tono quedo, pero exento de contrición—. Y no, estás equivocada. Eren la amaba, sólo que fue un cobarde para decírselo.
Pieck esbozó una sonrisa ladeada.
—Pero, a pesar de todo, te gusta — insistió ella con ese falso tono de profeta del que hacía uso cuando quería convencer a Jean de algo determinante.
—Ya te lo dije, Pieck, mis sentimientos románticos por Mikasa están en el pasado— Jean resopló.
—Sigue diciéndote eso a ti mismo, Kirstein, pero tus ojos nunca mienten— dijo la pelinegra con una sonrisa de tótem que denotaba satisfacción—. Nunca dejaste de quererla.
Jean no iba a tocar ese tema. De todas las personas, Pieck sabía al dedillo la relevancia de Mikasa en su vida.
—Si ya terminaste, utiliza ese cerebro para ayudarme a resolver estos asuntos y no divagar en fantasías— espetó, procurando llevar la conversación a un punto seguro, lejos de Mikasa y todo lo que ella significaba.
»»»»««««
Estaba en deuda con Pieck. Sin lugar a duda, la astuta guerrera buscaría la manera de cobrarse el favor. De no haber sido por ella, la pila de papeles en su oficina seguirá aumentando.
A Jean no le gustaba eso, pero de una u otra forma se lo agradecía. Su cabeza estaba en otro sitio y, si continuaba así, terminaría cometiendo un error que podría causar alguna falla en el insufrible proceso burocrático.
Con las manos en los bolsillos, caminó por una avenida poco concurrida. Los comercios situados a ambos lados no parecían muy prósperos y los interiores se adivinaban oscuros. Los letreros estaban medio borrados. A juzgar por la antigüedad y el estilo de los edificios, aquella zona no fue afectada por los Titanes. Y la hilera de casas había quedado tal como estaba.
Se detuvo un instante en el monumento a los soldados caídos, aquella obra que Historia ordenó erguir en honor a sus antiguos compañeros de batalla.
Las placas negras decoraban la plaza; sobre éstas se vislumbraban letras doradas que componían el nombre de todos los cadetes que perecieron antes y durante el Retumbar. Le tomó tiempo ubicar el nombre de Sasha, pero ahí estaba, debajo del de Floch Foster y todos los camaradas que había asesinado el día que subieron al barco.
Aquellos recuerdos lo asustaban; y lo atormentaba esa necesidad de mantener su mente despierta, atenta, vigilante y enérgica. De pronto deseaba que lo encerraran en un manicomio para descansar, puesto que allí nadie tenía la obligación de mantener la realidad como se pretende que es.
Pero lo peor no sucedía a su alrededor sino en su interior, porque la imagen que tenía de sí mismo empezaba de pronto a deformarse, a estirarse, a metamorfosearse. Siempre admiró la capacidad que tenía al creer, tener ilusiones, sufrir desastres, ir a la guerra, deteriorarse espiritualmente, cambiar sus ideas, transformar sus sentimientos y sin embargo, seguir siendo el mismo: Jean Kirstein.
Desconocía lo que le pasaba a los otros. Sólo podía decir que en él esa identidad de pronto se perdía y esa deformación del yo de pronto alcanzaba proporciones inmensas. Pero mientras su voluntad respondiese todavía sentía cierta seguridad, porque sabía que gracias a ella podía salir del caos y reorganizar su mundo; su voluntad es poderosa, cuando funcionaba.
Necesitaba una perspectiva. Le estaba tomando más tiempo de lo esperado reajustarse, no obstante, debía hacerlo.
Su madre había sugerido que encontrara una linda chica con la cual pudiera casarse y formar una familia, después de todo, merecía ser feliz, pero esa perspectiva lucía tan lejana que dudaba profundamente en cumplirla algún día.
Reanudó el paso y permitió que la memoria muscular lo guiara por las tranquilas calles de Mitras hasta arribar al barrio donde se ubicaba el edificio de Armin.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera se percató de las miradas delatoras y las sonrisas tímidas que dos chicas le ofrecieron al pasar a su lado. En su lugar, se precipitó al interior de la fachada, cerrando la pesada puerta tras sí.
Mientras subía uno a uno los peldaños, las rumiaciones de Jean siempre terminaban en el mismo punto de partida: Mikasa. Aunque no hubiese pasado nada entre ellos, no habría podido olvidar su rostro en el resto de su vida.
Tuvo un instante de pánico y se preguntó qué demonios estaba haciendo. Lo último que necesitaba en medio de ese lío era una implicación emocional. En lo referente a las mujeres, sin embargo, lo manejaban amos secretos reticentes a divulgar tanto sus fines como sus planes inmediatos. Esos amos secretos ya le habían causado muchos problemas. Cerró los ojos, inspiró profundamente y se resignó a las próximas horas.
No tenía nada decidido, ni siquiera cuando llegó a la puerta principal, y se demoró varios minutos bajo la lámpara del pasillo y la única polilla fiel que la rondaba. Ciertamente, necesitaba hablar con Armin respecto al tema discutido en la reunión, no obstante, el saber que Mikasa estaría presente hacía que su corazón diese un doloroso vuelco en los confines de su caja torácica. Puso la mano encima del timbre. Persistía la tentación de huir. Antes de sopesar una vez más, se forzó a pulsar el timbre. Se retiró de la puerta como un hombre que acabase de tragar una píldora suicida: no había nada que hacer, salvo esperar. Oyó los pasos dentro del apartamento, el staccato de pasos femeninos cruzando el vestíbulo.
Cuando ella abrió la puerta, se miraron de hito en hito durante varios segundos, y ninguno dijo nada. Pese a todas sus vacilaciones, no había preparado nada que decir. Estaba actuando como un adolescente. Su único pensamiento fue que aquella melancolía le daba a su rostro una luz una expresión tan dulce que la había parecer más hermosa que nunca. La falda de seda y la blusa de algodón que llevaba parecía idolatrar cada curva y hondonada de su cuerpo ágil.
—Jean— recitó melodiosamente a manera de saludo.
Escucharla decir su nombre era como oír una hermosa sinfonía compuesta por el músico más diestro.
—Mikasa— murmuró sin saber muy bien que decir.
Ni siquiera el creciente martilleo de sus nervios le impidió a Jean admirarla. Su aspecto había cambiado mucho; aquella transformación parecía conferirle una belleza sobrenatural.
El fulgor de sus ojos había sido sustituido por una dulzura soñadora y melancólica. Además la palidez de su rostro, cuya expresión ojerosa se había desvanecido con la mejoría, y aquel aire peculiar inherente a su tristeza, aunque dejara traslucir su origen lamentable, hacia más intenso el interés que su persona despertaba.
Jean, atendiendo el único atisbo de raciocinio que logró imponerse a sus instintos, apuñó las mano como una forma de evitar que sus pensamientos divagaran.
—¿Está Armin en casa? — preguntó, queriendo abofetearse al instante siguiente que las palabras abandonaron su boca.
Un deje de decepción se trazó en el rostro imperturbable de Mikasa.
—No, envió un mensaje hace rato diciendo que regresaría tarde— explicó ella.
—¿Y Annie?— indagó, era bastante estúpido aventurarse a investigar el paradero de la rubia, no obstante, al menos de esa manera conseguiría mantener ocultas aquellas motivaciones siniestras que lo habían dirigido al apartamento de Arlert como si se tratase de un autómata.
—Se encuentra con él— agregó sin ánimos de añadir más detalles a su respuesta.
A través del pasillo le llegaban voces por los ecos provocados en las paredes de las escaleras. Pudo haber sido miedo a que les interrumpieran lo que a ella la impulsó a dar un paso atrás para abrirle la puerta. Conjeturó que al cabo de unos minutos estaría caminando por la avenida principal, de regreso hacia su apartamento.
«Pero, a pesar de todo, te gusta». Las palabras de Pieck resonaron en la profundidad de su cerebro.
Durante esos tres años se había obligado a si mismo a disipar las ilusiones de estar a su lado, era imposible continuar albergando sentimientos por Mikasa.
Muy a su pesar, la fuerza de voluntad de la que tanto se jactaba se veía doblegada al estar frente a ella. Lo supo en el instante en que Mikasa lo buscó esa fatídica tarde que dio inicio al Retumbar.
—Jean, ¿quieres…?
—¿Te gustaría salir a dar un paseo?— se apresuró a cuestionar.
—Por supuesto— repuso ella, aclarándose la garganta. La tenue luz del atardecer coloreaba su piel y él notó el calor subiéndole a las mejillas—. Tan sólo permíteme tomar mi abrigo y escribir una nota.
Jean asintió. Mientras aguardaba de pie en el pequeño vestíbulo la observó desenvolverse en la geografía del apartamento como un pez en el agua.
Cuando estuvo preparada, los dos se dispusieron a recorrer el camino a la salida en completo silencio.
Al salir, y sin saber muy bien que hacer tanto con su atención como con su mirada, el recién nombrado Teniente reposó los ojos en los trasuntes. Era extraño habituarse a la paz y tranquilidad que tanto habían anhelado. Si tan sólo supieran el sacrificio que todos realizaron para conseguirlo. La humanidad era libre, los Eldianos eran libres, pero ¿a que costo?
—¿En qué estás pensando?— quiso saber la hermosa chica que caminaba a su lado.
Jean parpadeó, perplejo, ¿cómo se había percatado?
—Frunces el entrecejo ligeramente y tensas los labios cada vez que piensas en algo— señaló, como si fuese capaz de leer sus pensamientos. Tal vez él era predecible.
Él tomó aire y lo soltó en un largo suspiro. Asintió antes de hablar.
—Al ver a todas estas personas no puedo evitar pensar en los sacrificios que hicimos para salvarlos, es como si estuviese viviendo dos vidas completamente distintas. Un pasado y un nuevo comienzo— movió la cabeza, como si le disgustase aquella situación.
—Creo que puedo entender a qué te refieres— convino en voz baja—. Supongo que ninguno de nosotros fue capaz de prever lo que sucedería después ¿no es así?
Jean estaba de acuerdo con ella.
En los tres días de lucha constante, Kirstein había hecho las paces con la idea de morir en combate, tarde o temprano llegaría su momento, quizás más pronto que tarde. Tuvo la certeza de ello cuando se aferró a Connie a la par que una nube de humo los rodeaba, despojándolo de toda conciencia y humanidad.
Sacudió ligeramente la cabeza para desbancar aquellos pensamientos de su mente. Aquella situación era lo único que lo unía a Mikasa. Lo que ahora conocía marcaba un antes y un después en su forma de ver las cosas, en la manera en que vislumbraba al mundo de ahora en adelante.
Estar a su lado le resultaba extraño. La observó por el rabillo del ojo con deslumbramiento: su cabello negro contra la piel mate y pálida, cuerpo alto y anguloso; había algo en ella que evocaba a las modelos que aparecían en las revistas, pero a la vez revelaba una aspereza y una profundidad que no se encuentran en ese clase de mujeres. Pocas veces, casi nunca, atisbaba rasgos de dulzura al igual que sus movimientos y carácter en general.
No obstante, a donde quiera que fuese Mikasa despertaba la atención de los hombres y también de las mujeres. Jean atribuía esa atención a aquella figura que llamaba exótica, pero que en realidad era una paradojal manera de ser, una mezcla de sentimientos y pasiones contradictorias, de ansiedad y fastidio, de violencia y de una suerte de distraimiento, de sensualidad y de una especie de aspo por algo muy general y profundo, todo confería a su expresión un carácter que no podía olvidad.
Si bien, la conocía desde que ambos tenían quince años, la primera imagen que se perfilaba en su memoria era la de ella yendo de un lado a otro en compañía de eren y Armin. Pasaban tiempo juntos, pero, en cuanto quedaban solos Mikasa y él, jamás lograban mantener una conversación fluida. No se les ocurría nada de qué hablar. En realidad, no tenían ningún tema de conversación en común. Y, ¡qué remedio!, se limitaban a desviar la mirada sin apenas dirigirse la palabra. Mikasa era poco habladora, así que siempre que se quedaba a solas con ella, se sentía incómodo. No era que no congeniaran, pero no tenían nada que decirse.
Mientras caminaban sin rumbo alguno por las concurridas calles del Distrito, a su mente arribo—como había sucedido en el trascurso del día— un recuerdo en particular.
Fue el día que Eren dio inicio al Retumbar. La encontró aguardando por él en la entrada del cuartel; porta una mueca mortalmente seria, el ceño ligeramente fruncido y sus carnosos labios tan tensos que formaban una perfecta línea recta. Estaba molesta.
«Detendré a Eren». Dijo con férrea determinación. No titubeo ni un instante y eso lo abrumó.
La Mikasa que caminaba a su lado a era una sombra del pasado.
—Llegamos— anunció al detenerse intempestivamente frente a una pequeña tienda.
Cuando la invitó a dar un paseo no contaba con un plan claro, improvisó sobre la marcha. Consideró apropiado llevarla a un café local al que acudían él y Connie con frecuencia, sería mejor que arrastrarla a una ruidosa taberna.
Se adelantó un par de pasos para abrir la puerta y, en con un gesto de galantería, la mantuvo abierta hasta que ella ingresó. Al pasar a su lado no pudo evitar captar su olor.
Su aroma era diferente. Era extraño, inhalar su presencia así, forzándolo a enfrentar el hecho de que Mikasa era diferente.
Caminaron hasta la fila que llevaba al mostrador delantero; sus ojos negros como el carbón miraban fijamente las opciones de comida y bebidas garabateadas en el menú colgante de la pared, tratando de deliberar que ordenar. Así era ella, inconsistente, desconectada del mundo. Al verla de pie en medio de la geografía del local sin adulterar su entorno, se le antojaba diferente, casi sagrada.
—¿Debo probar algo en particular?— preguntó.
—El Saint Honoré es delicioso— dijo él.
Mikasa lo miró, confundida. Tras leer su expresión, Jean la sacó de su duda:
—La base es una masa quebrada que se complementa con pasta choux y se rellena con crema pastelera sabor vainilla— se apresuró a explicar. Mikasa arrugó la nariz ligeramente.
—¿Qué es eso?— señaló con el dedo índice una rebanada de pastel de particular.
—Tarta de chocolate. Chocolate negro— comentó.
—Quiero probar un poco— medio sonrió. Estaba apenada.
—Bien, en ese caso yo haré el pedido, mientras puedes buscar un lugar para sentarnos— sugirió.
—Claro— asintió.
Jean sonrió para sus adentros. No tenía fuerzas para luchar contra el calor que goteaba en su interior.
Cuando recién finalizó la guerra, empezó una nueva vida con un único propósito: mantener la debida distancia con el mundo. Y decidió olvidar por completo la Isla, el Equipo de Maniobras Tridimensionales, las alas de la libertad en su espalda. Al principio, pensó que iba a lograrlo. Sin embargo, por más que intentase olvidarlo, en su interior permanecía una especia de masa de aire de contornos imprecisos.
Vivió sus veinte años sintiendo esa masa en su interior. Quedó atrapado en un círculo vicioso, una aterradora contradicción. Cuando miraba hacia atrás, pensaba que fueron unos días extraños. Todo en su vida giraba en torno a la muerte.
Disipó la bruma de pensamientos al llegar al mostrador. Realizó la orden y llevó la bandeja a la mesa que Mikasa había elegido, situada en un extremo de la tienda, alejados de todo y de todos.
La luz del atardecer que se filtraba sobre el ventanal acariciaba su piel pálida iluminando las zonas altas de su rostro. En el curso de tres años, Mikasa había adelgazado tanto que apenas la reconoció. La carne había desaparecido de sus mejillas, antes rellanas, y su nuca se había afinado. Sin embargo, no se le veía huesuda ni tenía un aire enfermizo. Su delgadez resultaba natural y serena. Estaba mucho más hermosa de lo que recordaba. Estuvo a punto de decírselo, pero no sabía cómo y al final permaneció en silencio.
Cualquier hombre sería un afortunado al estar con ella. Maldito fuese el bastardo que consiguiera enamorarla. Maldito fuese Eren. Aquel bastardo había sacrificado todo con tal de mantenerla a salvo.
Situó la bandeja frente a los dos, obligándola a despegar la mirada del ventanal.
—Eso se ve delicioso— señaló con una sonrisa tímida. Tan pronto como el plato estuvo frente a ella, tomó un pequeño pedazo con el tenedor, llevándolo hasta su boca para degustarlo.
—¿Sabe bien?— preguntó Jean.
—Hasta el momento había probado el chocolate en dos ocasiones, pero no esta forma— terció—. Recuerdo cuando el doctor Jaeger regresó a casa con una barra de chocolate para mí y Eren, era delicioso. Guardamos un poco para Armin. No era común encontrarlo en Shinganshina.
Era la primera vez que Mikasa desvelaba un vestigio de su pasado, un ínfimo fragmento de intimidad, tal vez por eso su corazón comenzó a latir desenfrenadamente.
—¿Mikasa?— llamó con voz queda. La aludida dio un respingo, sin esperar que el sonido de su voz interrumpiera el repentino silencio.
La observó encogerse de hombros ligeramente, los ojos clavados en la mesa y el rostro en blanco, desprovisto de toda emoción.
—Lo lamento— masculló.
—¿Por qué te disculpas?
—A veces habló de él sin pensarlo— dijo Mikasa—. Me pasa desde hace un tiempo.
Mikasa levantó la vista y lo miró a los ojos.
—No te detengas, continua, por favor— la alentó a proseguir, pero la magia del momento se había disipado.
Durante unos instantes pareció darle vueltas a algo. Le clavó los orbes grises con cara de estar observando un objeto extraño. Su mirada era tan profunda y cristalina que le dio un vuelco en corazón. No se había dado cuenta de que tuviera una mirada tan clara. Era la segunda vez que paseaban solas, y la segunda ocasión que hablaban tanto rato.
—¿Qué estás comiendo?— quiso saber.
La mirada del Teniente viajó del rostro de Mikasa hasta su plato para regresar nuevamente a su linda faz.
—Pastel con relleno de crema de mantequilla— espetó.
Ella lo miró con una sonrisa pintada en los labios.
Jean arqueó una ceja.
—¿Qué te causa tanta gracia?—
—Nunca imaginé que ese tipo de palabras saldrían de tu boca algún día.
Ahora fue su turno para sonreír. No sólo Mikasa había cambiado. A lo largo de los años él también sufrió una transformación en todos los sentidos. Probablemente también le resultaba extraño encontrarse una situación tan inverosímil como en la que estaban inmersos.
—¿Quieres probar un poco? — cuestionó.
Mikasa asintió con un ligero movimiento de cabeza.
Delicadamente, deslizó su plazo por la superficie hasta posicionarlo frente a ella. La pelinegra imitó la acción, incitándolo a degustar un poco de su propio postre.
—¿Sabes qué? Creo que no voy a devolverte esto. Tu postre sabe mucho mejor— dijo.
—Kirstein— lo llamó con firmeza, señalándolo de manera acusatoria con el tenedor—.Tomaste una decisión y debes aprender a vivir con ella.
Aquella actitud lo tomó por sorpresa, sin embargo, no iba a detenerse a analizarla, simplemente la disfrutaría.
Charlaron por unos minutos, que se fueron transformando en horas y para cuando quisieron darse cuenta, la noche había caído. En ese par de horas, Jean le contó algunas experiencias del viaje. Luego de un momento de risas, ambos se sumergieron en el silencio.
—¿Ocurre algo malo?— preguntó Mikasa con sus diáfanos ojos grises clavados en su rostro, expectante.
—No, nada— la observó, empedernidamente.
—Si no sucede nada ¿por qué me miras de esa forma? — se atrevió a cuestionar. Para ese punto de la velada probablemente estaba siendo más obvio de lo que imaginaba.
Abatido y dispuesto a asimilar la derrota, recargó la espalda contra el asiento; una sonrisa levantó la comisura de sus labios a la vez que pasaba una mano por su cabello.
—Es sólo que… has cambiado tanto, pero a la vez no— suspiró y cerró los ojos—. Estoy intentado comprenderte. Sin embargo, no puedo reconocerte y al mismo tiempo lo hago. Es increíble que estes aquí conmigo, eso es todo— concluyó. No tenía más remedio.
Mikasa cerró los ojos a manera de comprensión.
—Lo sé, ha pasado tanto tiempo— convino. Sin razón aparente, comenzó a jugar con los restos de comida en su plato.
—Armin me contó lo de tu encuentro con el líder de los Jaegeristas—suspiró.
—Por supuesto que lo hizo— susurró.
—Lo lamento ¿cómo te encuentras?
Ella se encogió de hombros, como había aprendido a encogerse de hombros ante cada situación inesperada que se le presentaba en la vida; Jean lo interpretó como una de sus tantas negativas
—No sé cómo sentirme al respecto. Al inicio experimente miedo, pero eventualmente me sometí a una especia de entumecimiento emocional— la voz de Mikasa sonó muy seca.
—¿Qué es lo que quieres hacer?— su voz sonó cautelosa.
Mikasa sacudió la cabeza, como saliendo de la ensoñación.
—¿Honestamente? Sólo quiero descansar. No me refiero al plano físico, sino también mental ¿sabes?— señaló su cabeza—. Quiero plantar un jardín y verlo crecer…— esbozó una sonrisa triste—. Debe sonar patético ¿no es así?
—No— se apresuró a negar a la par que posaba una mano sobre la de ella—. Por supuesto que no. Para ser sincero, a mí también me gustaría vivir en paz, formar una familia… ya sabes— ahora fue su turno para encogerse de hombros.
Ella enmudeció y se quedó mirándolo fijamente. en el fondo de sus pupilas, un líquido negrísimo y espeso dibujaba una extraña espiral. Las pupilas permanecieron largo tiempo clavadas en él.
Su conversación fue interrumpida por la chica del mostrador, anunciándoles amablemente que estaban a punto de cerrar.
Jean negó y agradeció con una galante sonrisa la atención recibida.
De regreso al apartamento mientras caminaban uno a lado del otro, Mikasa sacó la mano izquierda del bolsillo y agarró la suya, asiéndola con fuerza.
—Jean, espera— lo urgió, obligándolo a detenerse en medio de la acera—. Si quieres…, si no te parece mal…, si no fuese una molestia, podríamos vernos otra vez. Ya sé que no tengo ningún derecho a proponértelo, pero…
—¿Derecho?— se extrañó—, ¿qué quieres decir con eso?
Ella enrojeció. Tal vez su sorpresa había sido excesiva.
—No sé explicarlo— comentó en tono de disculpa—.No es derecho lo que quería decir. Era otra cosa muy distinta.
Jean comprendió de inmediato.
El corazón le dio un vuelco. El hecho de que Mikasa quisiera mantener el contacto era alentador. Desconocía cuanto tiempo permanecería en Mitras, en alguna parte de la conversación había expresado el deseo de regresar a Shinganshina, mas nunca mencionó el día que lo haría.
Esta era su oportunidad para recuperar el tiempo perdido.
El verla en ese estado había despertado en el cierta inquietud. Lo último que precisaba Mikasa en ese momento era estar sola.
—¿Puedo verte el sábado que viene?— indagó él. Era osado de su parte pedírselo, pero debía hacer un intento.
—Claro. Te estaré esperando.
Continuara
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Espero que se encuentren muy bien. Se que desaparecí por casi dos meses, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero durante abril y mayo estuve inmersa en mi cierre de semestre, hasta hace una semana pude librarme de eso, sin embargo, necesitaba un pequeño descanso antes de retomar la escritura. Además, tenía parte del capítulo escrito, pero lo perdí, así que inicié desde cero y este fue el resultado.
Haciendo a un lado las excusas y enfocándonos en el capítulo, me parecido fundamental mostrar una parte del pasado y el desarrollo de la relación entre Jean y Mikasa.
Mikasa no estaba enamorada de Jean, al menos no durante gran parte del desarrollo de la historia, siempre lo consideró un buen amigo y le tuvo cariño pero nada romántico. Sin embargo, ambos necesitan sanar y avanzar, ser libres.
Creo que enfatice mucho en los pensamientos y no en los diálogos, porque quería mostrar que existe algo de miedo por parte de Jean y de ahí nace esa indecisión de avanzar románticamente a pesar de tener sentimientos por ella.
Un pequeño spoiler, esta lucha será constante durante el desarrollo del fic, así que prepárense jeje.
Sin nada más que añadir, espero que el capítulo haya compensado el tiempo de espera. Por mi parte, intentare ser más responsable y escribir y publicar tantas actualizaciones como me sean posibles, como sabrán, perdí mi capacidad de escribir un capítulo en un solo día.
Les envió un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.
¡Cuídense mucho! ¡Nos leemos pronto! ¡Hasta la próxima!
