Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.

Colapso

Capítulo V

Resolución

Did I drive you away?

I know what you'll say

You say, "Oh, sing one you know"

But I promise you this

I'll always look out for you

Yeah, that's what I'll do

Liberio, 6 años atrás

Leyó la carta desde el principio una segunda vez. Luego se levantó de su asiento, paseó por la habitación y volvió a leerla. Después metió las dos hojas de papel en el sobre y lo dejó encima de la mesa. En el sobre color blanco estaban escritos el nombre de la señora Kiyomi y la dirección de su residencia con una letra picuda y demasiado pulcra, tratándose de Eren. Se sentó en la mesa, y contempló unos instantes el sobre.

Aquel era el primer contacto que Eren establecía con ellos luego de partir intempestivamente aquella tarde. Era una misiva impersonal, en ella anunciaba que estaba bien y había conseguido infiltrarse. Hasta el momento no contaba con más información e intentaría comunicarse tan pronto como le fuera posible.

Para Mikasa era muy duro estar esperando su respuesta. Conforme los días pasaban sentía como el hueco en su corazón se agrandaba un poco más.

Sólo Eren conocía los motivos que lo habían orillado a tomar una decisión tan azarosa. Ni siquiera Armin estaba al tanto de su huida.

Cuando Hanji y Levi lo supieron, se quedaron de brazos cruzados. Era arriesgado ir tras él, un movimiento en falso y acabarían descubriéndolos a todos, así que, por el bien de la misión y con el objetivo de salvaguardar la integridad de todos, mantener un perfil bajo era fundamental.

¿Por qué no se lo había contado a ella? ¿Por qué no se lo dijo a Armin? Intentaba no tomárselo personal, pero cuando se trataba de Eren era muy difícil ignorarlo. Tenía un mal presentimiento.

—¿Conseguiste descifrar algo?— la voz de Jean sonó a su espalda, tan modulada y formal como de costumbre.

Mikasa se prohibió a sí misma esconder la epístola. En términos técnicos no había claves ni códigos, las palabras eran claras y la intención de Eren también.

—Has leído esa carta durante todo el día— apuntó Jean con los brazos cruzados, mirando justamente el sobre sobre la mesa.

—Tan sólo intento comprender por qué lo hizo.

Jean dudó un momento e inclinó un poco la cabeza.

—Al igual que todos nosotros. Nunca imagine que Eren tendría motivos ocultos

Su mente estaba ideando alguna manera de soportar el interrogatorio inquisitivo que su compañero estaba por hacerle. Si bien, no eran los mejores amigos, se conocían lo suficiente para saber cuándo algo no andaba bien. Jean estaba al tanto del peso y el significado de Eren en la vida de Mikasa, sus ojos avellana lo delataban al igual que la voz seca delataba a la pelinegra. Era cuestión de tiempo para que las preguntas comenzaran.

«Mikasa ¿qué soy para ti?». Las palabras recitadas por Eren aquella noche resonaban en lo profundo de su mente una y otra vez, día tras día.

Quizás el código no estaba en la carta, sino en lo que le había preguntado esa noche con el firmamento atestado de estrellas como su único testigo.

Probablemente si le hubiese dicho lo que sentía él habría permanecido a su lado.

—Cualquier cosa, ahora debemos ser pacientes y esperar— espetó Jean dejando escapar un suspiro cansado.

—¿Confías en él?— quiso saber de repente.

El rostro del joven se endureció de repente, eliminando cualquier resquicio de tranquilidad cuando respondió:

—Para ser sincero ahora mismo no sé cómo sentirme, ¿qué hay de ti?

Mikasa arqueó una ceja.

—Sí.

—Eso es mentira— apuntó él.

La acusación de Jean la obligó a bajar la mirada.

—No lo haces y puedo asegurarte que no hay día en el que no te cuestiones porqué Eren no mencionó nada— insistió él.

Mikasa frunció el ceño.

—Quizás lo hizo para protegernos— protestó.

Por una leve fracción de segundo, Mikasa imaginó que Jean le devolvía una mirada lastimera. Como si lo que sentía por Eren se reflejara en su rostro. Pero sabía que él no se atrevería a contemplarla de esa manera. Jean no era ese tipo de persona. Esa mirada que le devolvía estaba cargada de una emoción y sentimiento más profundo, una mezcla de decepción y tristeza.

—Por supuesto— dijo él con sarcasmo.

Mikasa meneó la cabeza y volvió a centrar sus pensamientos en lo que estaba pasando.

—¿Por qué lo detestas? — le increpó.

La mandíbula de Jean vibró, sacudiendo su mirada con severidad.

—¿Por qué sientes tanta devoción hacia él?

Aquellas palabras consiguieron que se tensara. En un acto reflejo, llevó la mano hasta la bufanda enredada en el contorno de su cuello, el único recuerdo físico que constataba todo lo que la mantenía unida a él.

—¿Qué?— sus ojos estaban abiertos de hito en hito.

—Me escuchaste a la perfección— dijo Jean entre dientes—. ¿Por qué lo defiendes tanto?

—Porque es mi familia— insistió ella, sin saber en qué momento se había puesto de pie.

Jean sonrió amargamente.

—Familia— repitió él sin dar crédito a la sosa declaración de Mikasa—. ¿Eso es lo que te dices a ti misma antes de dormir?

El cuerpo de la pelinegra estaba rígido. Se mordió los labios. Lo mejor para ambos sería dar por concluida la conversación.

—No respondiste mi pregunta— le recordó.

—No vale la pena hacerlo— suspiró.

Dio el primer paso lejos de ella, de esa habitación. Contuvo el aliento y se impulsó para proseguir con su camino, pero en algún momento de indecisión detuvo sus pasos bajo el umbral de la puerta.

De la nada, caminó la distancia que los separaba como si de un huracán se tratara, acercándose tanto a ella que pudo oler el constante ahora a madera y jabón.

—Mikasa… yo te adoro. Se que no tengo ninguna oportunidad, pero es justo decírtelo ahora— las palabras sonaron demasiado tristes, más de lo que él hubiese permitido revelar.

Mikasa tragó grueso, sin apartar la mirada de él.

—Oh, vaya…

El dolor de su silencio eran como agujas que se clavaban debajo de las uñas. Jean quería escucharle decir algo, cualquier cosa. Necesitaba una respuesta. Debía saber si algo había cambiado en los últimos años.

Los sentimientos de su compañero no eran un secreto para ella. Desistió en sus avances poco después del primer secuestro de Eren. Imaginó que, tras esa situación, la perspectiva de Jean se transformaría por completo, en especial cuando expresó cierto despreció hacia la ciega lealtad que le profesaba a Jaeger.

Mikasa lo miraba con los ojos muy abiertos por la conmoción. Jean pareció darse cuenta de lo que había dicho; lo que eso implicaba y cayó en un silencio consternado. El tiempo se detuvo y cuando retomó la marcha lo hizo de forma tan vertiginosa que los oídos de la pelinegra comenzaron a zumbar. Ahogada, boqueó como queriendo absorber aire, pero sus pulmones no le respondieron. Lo que acababa de escuchar no podía ser más que una broma de mal gusto. Porque él, Jean Kirstein, no podía estarle diciendo a ella, en un momento como ese, que si la amaba después de todo.

Dándose cuenta de lo que acababa de causar y tal vez, en un intento desesperado por remediarlo, Jean abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir nada, la oyó diciendo en un hilo de voz:

—Desearía que nunca hubieras dicho eso— su corazón estaba desbocado.

Una mirada de dolorosa sorpresa cruzó el rostro de Jean.

—Lo lamento— se disculpó y retrocedió por instinto, buscando la forma de salir de ahí cuanto antes.

Lo siguiente que sintió fue la mano de Mikasa sosteniendo su codo.

—Jean, espera— sus ojos grises brillaron tras la nube que cubría sus pupilas—. Sabes que te tengo afecto… pero no puedo amarte de la forma en que lo deseas— una lagrima solitaria rodó por su mejilla.

Con delicadeza, el aludido se libró de su agarre.

—Por favor, olvidalo, Mikasa.

Ella se quedó de pie en medio de la habitación. Lo vio marcharse sin mostrar una tentativa de mirar atrás, tal cual cuando Eren e marcho esa tarde. Lo vio desaparecer en la espesura de la noche.

Solo cuando estuvo fuera del alcance de su vista, se permitió expulsar, en una sola expiración, todo el aire que había retenido.

Jean tenía razón. Era una cobarde.

»»»»««««

Recorría la calle en compañía de Annie. Giraron en la esquina hacia la calle principal, donde había más tránsito. Su destino era la oficina de correos.

—¿Estás segura que no quieres acompañarme?— preguntó Annie en voz baja.

—Esperare afuera— le aseguró Mikasa. Sería más cómodo para ella aguardar en el exterior.

La oficina de correos era una espléndida mansión situada en la primera avenida principal de Mitras, una de las calles más elegantes del distrito. Por un lado tenía vistas al frondoso jardín del pórtico con pilares. Sin embargo, en la parte posterior, los establos daban a la ancha avenida que conectaba al resto de la ciudad con el palacio.

Aunque ya no se encontraban en el recinto cerrado de lo que antes pertenecía a la Policía Militar, allí también había edificios enormes. Las calles estaban cuidadas, las fachadas eran bonitas y estaban bien conservadas; eran como esas ilustraciones hermosas que solían aparecer en las revistas de casas y jardines. Tenía la impresión de que era como un museo, como si formara parte de la maqueta de una ciudad, hecha para mostrar cómo vivía la gente.

Estaba en el centro de Mitras, donde la constante lucha contra los titanes y la guerra no llegaban, salvo a través de las historias.

Por la calle más elegante transitaba un sinfín de coches y bicicletas; las mujeres iban de compras ataviadas con vestidos y sombreros veraniegos; los hombres caminaban con paso enérgico portando trajes o elegantes uniformes. Resultaba difícil creer que aún hubiese un vestigio del pasado. ¿Cómo podía nadie oponerse a los Jaegeristas? Paradis estaba transformada. Historia había erradicado el desempleo, algo que ningún otro dirigente había conseguido hacer. La lucha contra los titanes no era sino un recuerdo lejano de los malos tiempos, ya pasados. La policía militar gozaba de eficaces competencias para sofocar la criminalidad. El país prosperaba; muchas familias disponían ya de una radio y pronto tendrían coches del pueblo con los que viajar por las nuevas carreteras.

Y eso no era todo. Paradis volvía a ser fuerte. El ejercito estaba bien armado y era poderoso. En los dos años anteriores, tanto Hizuru como el Medio Oriente habían sido anexados por la Gran Isla de Paradis, que ya era potencia dominante. De no haber sido por el retumbar, Marley no habría caído finalmente en manos de los Jaegeristas. ¿Cómo podían ningún Eldianos desear ser la reversión de todo eso y colocar el país bajo el puño de los traidores?

La tranquilidad imperaba en cada rincón, era como si todos hubiesen olvidado por completo la época en que los Titanes eran la mayor amenaza. Por supuesto, la clase más privilegiada jamás estuvo presente para contemplarlo, ninguno de ellos tuvo que sobrepasar los límites de la supervivencia con tal de permanecer otro día en la tierra. Por su parte, las imágenes acudían a su mente en forma de pesadillas, fragmentos de vivencia donde los gritos y el olor de la sangre disipaban el sueño.

Cerró los ojos con fuerza, recordando una fracción de dichas pesadillas, un pedazo que logró escapar de los confines de su mente.

Por un momento esperó escuchar el sonido de la hoja cortando el hueso y la carne; el grotesco olor de la sangre impregnado en sus fosas nasales…

—¿Es usted Mikasa Ackerman?— la pregunta vino de los labios de un soldado que comenzaba a materializarse con desdén frente a ella, descargando el aura de tensión contenido en cada músculo de su cuerpo.

La pelinegra no se percató que en todo ese tiempo había contenido la respiración. Buscó aire entre jadeos y, con más fuerza de la que pretendía, elevó las murallas en su mente hasta cubrir todo cuando a su pasado se refería.

—¿Quién lo pregunta?— indagó cautelosa.

El joven portaba una banda en el brazo derecho, similar a la que utilizaban los Eldianos en Marley, sin embargo, el significado era distinto; cualquier persona que llevase dicha insignia clasificaría como un soldado ejemplar, alguien a quien los niños debían admirar, el lugar que cualquier padre desearía que su primogénito alcanzara como un logro del cual era digno enorgullecerse.

Sin inmutarse por su presencia, el chico echó un vistazo a su acompañante, quien, con un sencillo movimiento de cabeza aprobó continuar con la interacción entre ellos dos.

—Por favor, suba al auto— no se lo estaba sugiriendo, mucho menos solicitando, aquello era una orden clara.

Por alguna razón, Mikasa sintió que su corazón latía al doble de su velocidad normal con solo imaginar lo que podría suceder si subía al coche.

—¿Hice algo malo?— quiso saber. La pregunta saltó a sus labios de manera espontánea.

—No haga preguntas. Por favor, acompáñeme— la tomó por el codo, obligándola a apresurar el paso.

Mientras se dirigía al coche, sintió un nuevo tipo de miedo.

Subió a la parte trasera del coche. Fue hasta entonces que se percató de la presencia de su acompañante. Era un hombre joven, ataviado con un traje de sarga azul . Pese a ir vestido de civil, el pelo cortado al rape y el brío de sus andares evocaban al ejército, y el modo en que la escrutó, con un gesto falsamente despreocupado pero minucioso, hacía pensar en los servicios secretos de los Jaegeristas.

A Mikasa se le aceleró el pulso.

—Mantenga la calma— dijo con voz grave.

El vehículo se puso en marcha. Para su suerte, el viaje fue corto. La sacaron de coche e ingresaron a un ostentoso restaurante. Estaba casi vacío, solo había unas cuantas personas disfrutando de un receso a media mañana.

Procuró no tropezar con sus propios pies al desplazarse por el pasillo pulcramente encerado. Ambos hombres la llevaron a un área recluida, lejos de las miradas y oídos curiosos de los demás comensales.

Uno de los meseros pareció reconocer al oficial y, con un gesto formal, lo dirigió hasta una mesa perfectamente preparada para recibir invitados.

Con poca delicadeza, dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre la silla acolchada que esperaba por ella.

—Aguarde un momento aquí— la mano del oficial llegó hasta su hombro tomándola desprevenida. Hizo un apretón más fuerte de lo que consideraría amistoso y obligó a Mikasa a mantenerse sentada.

Sin preguntar, el mesero comenzó a deambular a su alrededor colmándola de atenciones. Primero acercó la carta que enlistaba la lista de platillos disponibles en el establecimiento. Mikasa no tenía la menor idea que contenía cada uno de ellos y la forma en que se pronunciaban los nombres. Lo cierto era que no tenía apetito, y pensar en ello simplemente le revolvía el estómago. Inmediatamente desistió, pero el mozo no iba a darse por vencido fácilmente. Tan pronto como despegó la mirada del menú, el joven colocó frente a ella una copa de cristal que contenía vino espumoso, le aseguró que se trataba de una de las reservas más selectas de la casa y, con una afable sonrisa, la incitó a tomar un pequeño sorbo. Por mera cortesía, la pelinegra llevó la copa hasta sus labios y dio un trago, notando el dulzor del licor disolverse en sus papilas gustativas.

—¿Fuma?— preguntó el oficial a su izquierda al mismo tiempo que extraía una breva de la elegante cigarrera metálica.

Mikasa sacudió la cabeza.

—No— respondió a secas.

Lejos de insistir, el hombre admitió la derrota y resguardó la petaca en uno de los bolsillos de su abrigo.

Un vacío aplastante amenazó con hacer mella en la boca de su estómago. El olor del tabaco le provocó nauseas, sentía las entrañas revueltas.

No tuvo tiempo para pensar en su situación o crear un plan de escape pues su acompañante se puso de pie de manera automática y, con toda la formalidad posible, efectuó un saludo digno de los Jaegeristas.

—General Dreher— saludó.

Mikasa comenzó a hiperventilar, presa del pánico de encontrarse cerca de ese hombre una vez más.

El aludido se detuvo a lado de ella. En un acto de ensayada galantería tomó su mano y depositó un beso en el dorso. Todo en Mikasa se paralizó y cuando elevó la mirada hacía el General sintió nauseas al ver la sonrisa que le ofrecía.

—Señorita Ackerman, me alegra que se haya presentado. No sabía si aceptaría mi invitación— dijo mientras tomaba asiento en la silla frente a ella, extendiendo la servilleta de tela sobre su regazo.

Mikasa permaneció en silencio. En definitiva, lo que aquel soldado y su esbirro habían hecho minutos atrás era todo menos una invitación.

—Puede aguardar afuera, Capitán Roth— le ordenó Dreher a su acompañante, quien, sin más dilaciones, enfiló los pasos hacia la salida del restaurante dejándolos completamente solos.

Al percatarse de eso, un agujero se formó en la boca de su estómago.

—¿Quiere comer algo? Puedo ordenar un postre si usted lo desea. El pastel de chocolate es la especialidad de la casa— remarcó el General con una sonrisa.

Mikasa asintió en un gesto obediente que acarreaba mucho odio entre líneas. Odio y desprecio hacia el hombre que sonreía frente a ella.

El joven mesero se aproximó a ellos para tomar la orden.

—Dos rebanadas de pastel de chocolate— espetó—.Para beber… una taza de café negro y un vaso de leche caliente para la señorita— agregó.

Diligentemente, el joven garabateó el pedido en su talonario.

Cuando el joven estuvo fuera del oído, el General posó su absoluta e indivisible atención en ella.

—La noche del baile fue imposible continuar con nuestra conversación— comentó—. Supongo que se marchó temprano.

Mikasa tragó grueso. En realidad, lo último que esperaba era toparse con el General en esas circunstancias. En esta ocasión no tenía escapatoria. Aquel encuentro era premeditado, planeado. Probablemente estaba vigilándola.

Abrió la boca para emitir una respuesta, pero su intención se vio frustrada con el arribo del mesero; dispuso frente a ella el platillo ordenado por Dreher, algo similar a lo que había degustado en su salida con Jean, con la diferencia de que en esta ocasión, las náuseas se abrieron paso por su estómago.

Lo observó degustar un bocado con cierto deleite. Mikasa imitó la acción. De repente percibió la bilis subir por su garganta.

—Es exquisito ¿cierto?— preguntó aguardando por su aprobación.

Mikasa asintió en un acto reflejo. Estaba hecha un manojo de nervios.

—En momentos como este me pregunto qué tipo de mundo será el que le entreguemos a la próxima generación— Dreher se reclinó en su asiento con los brazos cruzados a nivel del pecho al mismo tiempo que continuaba perforándole con la mirada—.Por el bien del pueblo de Ymir, es mi deber localizar a quienes, entre nosotros, desean hacernos daño ¿entiende?

A la pelinegra se le aceleró el pulso.

Las amenazas no eran desconocidas para ella. Había navegado por ese mundo durante mucho tiempo para dejarse amedrentar por las palabras. Sin embargo, la Mikasa que no tenía miedo a nada tan solo era una sombra del pasado

Dreher tomó un sorbo de su café y miro hacia la calle a través de la ventana, fingiendo interés por la gente que deambulaba en el exterior.

—Sí— respondió ella—. Aunque me temo que no puedo serle de mucha ayuda, como se lo mencioné esa noche, mientras se llevaba a cabo el retumbar permanecí todo el tiempo en la Isla.

El General seguía sin dirigirle la mirada a Mikasa. Estaba extasiado con el panorama que enmarcaba el ventanal.

—Seguramente sabe quiénes formaron parte de la alianza ¿no? las personas que complotaron para asesinar a Eren— dijo Dreher apartando lentamente la mirada del cristal para posarla en Mikasa.

La oscuridad de aquel hombre agitó sus ojos cuando encontró los de la pelinegra.

—Lo lamento, General, pero no entiendo lo que está diciendo— argumentó rápidamente. Sonaba patética, pero no tenía más opciones, debía hacer hasta lo imposible por proteger a sus amigos.

—Cuando escaparon en el hidroavión de los Azumabito ¿Quiénes la acompañaron? — continuó sin alterar el nivel de su voz.

—No fue así— se apresuró a negar.

Para su sorpresa, el General colocó la mano sobre la suya. Un escalofrió acompañado de una sensación de asco sacudió su cuerpo.

—Puede confiar en mí, señorita Ackerman—una sonrisa curvó los labios del hombre—. ¿Quién la ayudó a asesinar a Eren? ¿Armin Arlert? ¿Levi Ackerman? …. O ¿Jean Kirstein?

El corazón de Mikasa se congeló, y la voz del General se esparció en cada rincón de la habitación como si fuese una nube de gas venenoso.

Contuvo la respiración. De sus labios no salió ni una sola palabra. Su rostro era de hielo, desprecio y confusión.

Dreher arqueó una ceja ante su silencio.

Recordaba a la perfección el debate suscitado entre sus compañeros cuando el momento de relatar los hechos llegó. Por alguna extraña razón, Armin optó por despojarla de toda responsabilidad en la muerte de Eren y, sin cuestionárselo, se plantó ante el tribunal proclamando ser el asesino de Jaeger.

En la lógica de su amigo no había forma de comprobar su participación en dicho suceso.

—Ya se lo dije, General, estuve en la Isla todo el tiempo— susurró Mikasa con voz nivelada.

Dreher elevó la quijada, disfrutando el momento en que Mikasa se derrumbaba ante sus ojos.

—Nuestra nación está en peligro, no podemos darnos el lujo de perder el tiempo con cuentos de hadas— la sonrisa petulante volvió a surcar sus labios.

Mikasa tragó grueso, con el corazón latiéndole de nuevo, desbocado.

—Señor, mi trabajo en todo momento fue ayudar a los afectados del Retumbar— respondió cautelosa.

En un parpadeo, el hombre se puso de pie. Caminó hacia ella con la misma seguridad que un depredador se aproxima a su presa, listo para atacar.

Sin pedirle permiso, la tomó de la barbilla delicadamente, obligándola a mantener la mirada fija sobre la suya.

—Mikasa— masculló con tranquilidad—. Necesito saber si estás conviviendo con terroristas— dijo en tono condescendiente.

Una mirada llena de odio fue lo único que fracturo la serenidad del General cuando continuó.

—Gracias por su tiempo, señorita Ackerman. Disfrute el postre.

Mikasa soltó el aire contenido en sus pulmones a la par que su corazón lanzaba latidos innecesarios.

El sonido de la detonación de un disparo de fusil rasgó el aire. Se oyeron gritos furiosos y chillidos de pavor entre la gente. Todo el mundo echó a correr como pudo para apartarse del camino de la desgracia.

Temerosa, se levantó de su asiento y caminó hasta la ventana. Esta vez, su corazón latió sin sangre en su interior, y los sonidos a su alrededor se esfumaron.

No había manera de que lo que estaba viendo fuese verdad.

En el asfalto yacía el cuerpo inerte del cadete que la había abordado en la calle. Se obligó a verlo de nuevo, presenciando como la vida se escapaba de su cuerpo en forma de sangre.

El General estaba comprometido con el objetivo de corromper y demoler lo que la mantenía unida a sus ideales. La desesperación y el desconsuelo comenzaron a cobrar otro sentido. Ambos se retorcían con movimientos escabrosos, turbios.

Su mente, poco a poco, fue sumiéndose en un manto de oscuridad. Fue entonces cuando se percató que estaba perdida. Nadie podía ayudarla, ni siquiera ella misma.

»»»»««««

—Debe ser una puta broma— bramó Jean tan pronto como cruzó las enormes puertas que conectaban la sala de reuniones privadas de la Reina con uno de los tantos pasillos del palacio.

Connie lo seguía de cerca, procurando emular las grandes zancadas de su mejor amigo.

—Pensé que esto era lo que querías— insistió Springer.

—Hace cinco años, no ahora— Jean resopló.

—No es tan malo— insistió el otro joven.

Muy en el fondo de su ser, Jean sabía que Connie tenía razón. Cualquier persona en su sano juicio aceptaría la propuesta de Historia sin rechistar. Después de todo, no era visto con buenos ojos en el ejército, los Jaegeristas lo detestaban y tampoco se inmutaban en exteriorizar la desconfianza desmedida que sentían.

—Lo dices porque no eres tú quien debe pasar los siguientes meses recluido en una base en medio de la nada— pasó los dedos por su cabello. El dolor de cabeza se asentó definitivamente sobre sus sienes.

—Si todo sale bien sólo será medio año, después de eso podrás regresar e instalarte en Mitras, tal como lo soñabas— dijo Connie con una sonrisa de tótem.

Jean imitó una sonrisa.

Caminó por los pasillos del palacio aparentando un semblante tranquilo mientras que en su interior la flama de la impotencia lo engullía hasta tensarle los músculos del cuello.

Tan pronto como abandonaron la ostentosa fortaleza, el recién nombrado Teniente rebuscó en su saco la cajetilla que cigarrillos que llevaba consigo a todos lados.

La humanidad empezaba a recobrar la normalidad, pensó Jean con cierta nostalgia. El sol lucía, los árboles tenían hojas y había hombres con claveles en el ojal que se sentaban a fumar un cigarro y a ver pasar a las mujeres mejor vestidas del mundo. A un lado del palacio, la avenida principal bullía con coches, camiones y carros tirados por caballos; al otro, las barcazas de carga navegaban por el rio. Tal vez el mundo se había recuperado, después de todo, su mundo.

—Eso es repugnante— Connie arrugó la nariz.

Jean aspiró agradecido el humo del cigarro.

—Me ayuda a relajarme, además me hace ver más atractivo— sonrió.

—En mi opinión luces como un completo idiota— espetó el joven.

El castaño dio otra calada y cerró los ojos, permitiéndose disfrutar la sensación del humo al pasar por su boca. Tan sólo necesitaba de un vaso de whisky para hacer de aquello el momento perfecto.

—Se que estas molesto, pero creo conocer la razón oculta detrás de eso— señaló Connie forzándolo a regresar la mirada.

Jean enarcó una ceja.

—¿Qué razón?— quiso saber.

Connie parpadeó, confundido.

—¿No es obvio? Historia lo está haciendo para protegernos. Lo mejor es ubicarnos en bases alejadas para despistar a los Jaegeristas, de esa forma no corremos peligro.

—El apartarnos solo nos hace más vulnerables— detuvo la mirada un momento entre las hojas de los árboles que danzaban al compás del viento.

Connie negó con la cabeza.

—Si los Jaegeristas están al mando de la formación militar, Historia perdería todo el control de las fuerzas armadas. Tal vez intenta no predicar la misma doctrina que sus aliados— se encogió repentinamente de hombros y bajó la voz a unos decibeles más hasta simular el zumbido de una mosca—. Además, las cosas se están poniendo feas en Mitras, lo más apropiado sería marcharnos antes de que comience la cacería de brujas.

Jean sintió un escalofrió.

—No lo había pensado— admitió.

—Pensé que ya lo habrías descifrado— suspiró Connie—.Esa cosa te está volviendo lento. Ya no eres tan brillante como antes— atacó.

—No hay nada de que lo debas enorgullecerte, tan solo fue un momento de lucidez de tu parte— ironizó Jean entre dientes.

—Sí, como sea— movió la mano para restarle importancia y cambiar el tema.

Dubitativo, el castaño lanzó la colilla al suelo; extinguió la tenue llamarada con la suela del zapato.

—¿Por qué yo?— quiso saber. Le había hecho la misma pregunta a Historia, no de forma tan explicita, pero sus palabras acarreaban el mensaje oculto a la perfección. La reina simplemente enarcó una ceja y, en respuesta, lo amedrentó por cuestionar sus órdenes, a lo que Jean permaneció en silencio el resto de la reunión.

—Eres el más apropiado para el puesto— soltó, viendo las nubes pasar sobre sus cabezas en un mar cerúleo—. Podrías comandar un ejército entero.

—Armin también.

—Sí, pero Historia lo necesita cerca— resguardó las manos en los bolsillos de su pantalón y lo miró sin aplomo—. Ella sabe que puedes cumplir esa misión sin problemas.

Jean apretó los dientes.

La falta de argumentos por parte de Historia y su repentina decisión no terminaban de convencerlo.

—¿A qué se debe ese cambio de parecer tan repentino?— la pregunta de Connie sonó bastante inocente, pero interpretó rápidamente a lo que quería llegar.

Jean parpadeó varias veces. No esperaba ese cuestionamiento, solo arrugó el entrecejo.

—Por nada en especial— profirió—. Solamente estoy cansado de continuar limpiando el desastre de Eren.

Escuchó como Connie soltaba una risa divertida.

—Supongo que no nos dejó del todo— sonrió de medio lado.

Jean imitó el gesto mientras la culpa le aplastaba el pecho. Le había mentido a su mejor amigo.

Continuaron los siguientes tres minutos hacia el cuartel en una afonía opacada por el ruido a su alrededor.

—¿Quieres ir a beber un rato? Todos se reunirán en el restaurante de Niccolo— comentó Connie al alcanzar la entrada principal.

La idea era tentadora. Ahora mismo, lo único que se le antojaba era beber hasta perder el conocimiento. No obstante, una pila de responsabilidades aguardaba por él la oficina.

—Gracias por la invitación, pero no puedo. Debo encargarme de ciertos asuntos antes de marcharme, estoy en fecha límite.

—¿Acaso nos estas cambiando por una ronda de papeleo innecesario?— preguntó Connie un tanto anonadado.

Jean sonrió de medio lado.

—Si de esa manera puedo evitar a Reiner, suena a un buen plan.

Connie sacudió la cabeza.

—Hablando en serio, ¿necesitas ayuda con eso?— se ofreció amablemente.

—No, tengo todo bajo control— dijo Jean restándole importancia.

—¿Estás seguro?

El castaño volteó los ojos.

—Lo estoy, Connie, en serio.

El aludido lo contempló con cierto escepticismo, pero dio por finalizado el interrogatorio. No tenía sentido acorralar a Jean.

—Pasare a dejarte la cena— dijo Connie.

—Gracias, te debo una.

Permaneció en la entrada hasta que lo vio perderse en el siguiente recodo al mismo tiempo que analizaba la situación en silencio.

Al ingresar al cuartel, caminó simulando la mayor tranquilidad que le era posible. Tuvo que realizar un esfuerzo sobrehumano para no salir corriendo de ese lugar. Si alguien lo llamo o dijo su nombre, el teniente se limitaba a asentir vagamente con la cabeza a la par que les devolvía una sonrisa falsa, procurando no generar ningún gesto o movimiento que levantase sospechas.

Mientras deslizaba la puerta de la oficina e ingresaba, se detuvo a un par de pasos del umbral al detectar la presencia de otra persona, instalada en su formidable escritorio de roble. La maraña de cabello oscuro, enmarcando las juveniles facciones de un delicado y agraciado rostro, delataron de inmediato la identidad de la intrusa.

—¿Qué haces aquí, Pieck?

Observó cauteloso, como ella se levantaba de la poltrona.

—Imagine que necesitarías ayuda— dijo ella esperando que se notara su inocencia y no sonase como una patética excusa.

—Ya hiciste suficiente, Pieck.

Bordeando la oficina, Jean se ubicó en el lugar donde antes había estado ella. Tomó asiento descuidadamente y repitió la pregunta mientras marcaba a la extensión de su asistente, que ahora que lo recordaba, no se ubicaba en su puesto de trabajo cuando él había hecho el camino hasta la oficina.

—¿No tienes trabajo por hacer?— miró a Pieck de soslayo.

La joven ondeó el cabello y sonrió encantadoramente.

—En realidad no— se encogió de hombros—. Tengo programada una reunión en la noche, pero no es nada de vida o muerte.

Un suspiró teatral se escapó de los labios de Jean cuando vislumbró la montaña de papeles frente a él.

—No luces contento con la noticia— inquirió Pieck.

El teniente se tensó, pero respondió con calma.

—No es lo que esperaba— admitió.

Pieck enarcó ambas cejas, sorprendida.

—¿Qué es lo que esperabas?

Dejó caer todo el peso de su cuerpo en el respaldar de la silla hasta inclinarse y mirar el techo de su oficina teñido de un color tan blanco que daba la impresión que emanase luz propia. Masajeó el puente de su nariz mientras cerraba los ojos cansados.

—Nada en particular— resopló.

—Todas las personas quieren algo— con la rusticidad que la caracterizaba, tomó asiento en la silla frente a él al mismo tiempo que lo escrutaba con curiosidad—.Es parte de ser humano.

Parpadeó perezosamente en dirección hacia la única ventana disponible en la habitación. El cristal solo enmarcaba un fragmento del distrito. El panorama era tan limitado que ni siquiera se asomaba vestigio alguno de la naturaleza.

—Jean Kirstein anhela una linda casa, con una linda esposa y lindos hijos por igual— apuntó divertida.

El cuerpo del Teniente bajó la guardia y disminuyo la tensión cuando relajó los músculos de sus hombros.

—Eso es trampa, lo sabes porque te lo conté en algún momento— sonrió de medio lado.

—Claro que no— dijo ella ladeando la cabeza—. Soy buena leyendo a la gente.

Jean arqueó una ceja.

—¿De verdad soy tan predecible?— preguntó en voz alta.

—Eres transparente— concordó ella cruzándose de brazos. Sus miradas se cruzaron en una fracción de segundo y, tan pronto como tuvo la atención del pelicastaño soltó la embestida final—: Supongo que esa esposa que proyectas es Mikasa Ackerman.

—Ya te lo dije, Pieck, Mikasa y yo nada más somos amigos— respondió y le regresó la mirada con los hombros elevados intentando que pequeño sonrojo no se notara en sus mejillas—. Además, está sola, es demasiado orgullosa para admitir que se siente de esa manera.

—¿Qué hay de su familia?— pregunto la pelinegra tan rápido que no le dio la oportunidad a Jean de procesar sus palabras.

—Sus padres murieron cuando era una niña. Los Jaeger la adoptaron poco después de eso— contestó. En realidad no conocía la historia completa, tan solo era un fragmento que Armin le había desvelado tiempo atrás, cuando eran reclutas.

Pieck chasqueó la lengua silenciosamente y frunció el ceño.

—Es una mierda.

—¿Qué?— pregunto Jean un tanto intricado.

—El hecho de que Grisha Jaeger hubiese hecho otra vida considerando la situación de Zeke.

—Él lo delató ¿no es así?

—¿Por qué crees que lo hizo?

Ambos se miraron de hito en hito.

Jean era incapaz de imaginar lo que había orillado al pequeño Zeke a desvelar los secretos de su padre. Sin embargo, aquella acción, —inocente en su momento—, generó un efecto domino que terminó inmiscuyendo a la humanidad en un cruento conflicto durante décadas.

Esa tarde, Kirstein no estaba de ánimos para rebatir con Pieck sobre la culpa e inocencia de un hombre que no conocía. Estaba distraído desde la mañana.

—Aun así, tu podrías cambiar la situación de Mikasa— insistió Pieck.

Dos paredes de ceja se arquearon detrás del escritorio, sin comprender exactamente lo que la joven quería decir.

—¿En qué forma?— intentó zanjarse a la defensiva.

—Confesándole lo que sientes por ella.

Jean soltó un suspiro tratando de calmar la opresión entre sus costillas con respiraciones profundas.

—Pieck— recitó su nombre de manera censuradora.

—Si, ya sé lo que vas a decir, Mikasa y tu simplemente son amigos— escupió sin mostrar atisbo de rendición inmediata—. Sigue repitiéndote eso porque ni tú mismo lo crees. Muy en el fondo nunca has dejado de sentir algo por ella. Solo eres demasiado cobarde para intentarlo de nuevo.

Las palabras de Pieck estaban colmadas de razón, pero no iba a admitirlo en voz alta.

Jean se había percatado de eso la tarde que estuvieron juntos y por esa razón, en un intento desesperado por enterrar los sentimientos que creía muertos, canceló la reunión que tenían programada para el sábado. Lo mejor para él era alejarse.

Jean tragó grueso.

—No podemos estar juntos, Pieck, no nos hacemos bien el uno al otro.

La pelinegra suspiró.

—Tonterías, pero, conociéndote, lo negaras y te llevaras esa idea a la tumba.

—Mikasa tiene el derecho de comenzar una nueva vida si lo desea— apuntó él por lo bajo—. Estoy seguro que lo único que nos mantiene unidos es el dolor de nuestros recuerdos.

Pieck observó a su amigo con detenimiento.

—Lo que sucede contigo, Kirstein, es que estás dando por hecho que ella no siente nada por ti, pero ¿se lo has preguntado?— una sonrisa triste se dibujó en el rostro de la chica, como si un viejo recuerdo llegara a su mente.

—No hay necesidad de preguntarlo, lo sé porque ella lo dijo en una ocasión— suspiró.

—Las personas cambian, Jean. Puede que algo se haya transformado entre ustedes durante los tres años que estuvieron apartados. Deberías darle una oportunidad.

»»»»««««

Arribaron al apartamento de Armin tan rápido como sus piernas se lo permitieron.

Annie no desveló muchos detalles en la llamada, se limitó a solicitar su presencia argumentando que se trataba de Mikasa. El pánico lo sacudió. Colgó el teléfono y, sin decir una palabra, enfiló los pasos hacia la puerta a la par que una confundida Pieck lo seguía de cerca, casi pisándole los talones.

La primera señal que previno a Jean de que algo no estaba bien fue justamente el tono de voz de Leonhart. En los años que tenían de conocerse, la rubia portaba una especie de coraza que no permitía traslucir emoción alguna. En ocasiones se preguntaba si lo que corría por sus venas era sangre, porque tenía la impresión que estaba hecha de hielo.

Notó una oleada de nauseas debidas al miedo, aunque no podía verbalizar el motivo, solo sabía que se dirigía al apartamento de Armin y que había sucedido algo, no sabía qué pero la cosa pintaba mal, se le estaba escapando algo crucial, que el calor húmedo de las últimas horas se había disipado y el mundo había recuperado la gélida severidad, la burda crueldad de la realidad.

En cuanto llegaron al pasillo, llamó a la puerta con dos firmes golpes. Escuchó el murmullo de las voces al interior acompañado de pasos apresurados. Lo primero que saltó a la vista fue el rostro de Annie; estaba pálida, sus labios estaban tan tensos que formaban una línea recta.

—Vinimos tan rápido como fue posible— dijo Pieck.

Aún medio atrapada en la bruma de la confusión, la rubia se hizo a un lado para permitirles ingresar al vestíbulo.

—¿Qué sucedió?— preguntó Jean.

Era la segunda ocasión que veía a la antigua titan cambiante tan alterada. Annie Leonhart podía ser muchas cosas: antipática, insensible y retraída pero jamás sería considerada una persona quebrantable. Jamás.

Abrió la boca para decir algo, pero sus palabras se vieron interrumpidas con la intempestiva aparición de Armin en la habitación.

—Gracias a Ymir estás aquí ¿Por qué tardaste tanto?— urgió el antiguo comandante.

El castaño arrugó el entrecejo.

—Estaba en la oficina— contestó—. ¿Qué sucede con Mikasa? ¿Está bien?— un nudo prieto le estrujo la garganta al realizar tales cuestionamientos.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire en un mutismo que se prolongó lo suficiente para considerarse incomodo. Jean aguardó paciente hasta que el joven frente a él intercaló la mirada cerúlea entre

—Mikasa está desaparecida— tartamudeó Armin buscando las palabras adecuadas para contestar.

—Espera ¿qué? ¿cómo sucedió?— el terror repto por su interior en forma de nauseas; sintió que el mundo se le caía encima; el piso desaparecer bajo sus pies.

«Oh, Dios», pensó. Sin embargo, era como si su mente fuera la pieza de una máquina torpemente atascada en un surco y no pudiera pensar más allá de esas dos palabras.

Annie tensó los hombros y le regresó una mirada fugaz a Armin.

—Salimos juntas por la mañana. Antes de regresar al apartamento hicimos una parada en la Oficina de correos. Insistí que me acompañara, pero ella se quedó afuera. Cuando salí ya no estaba— relató la rubia con lujo de detalle.

Jean la miraba con los ojos muy abiertos por la conmoción. Los oídos le empezaron a zumbar; el piso bajo sus pies a tambalearse.

—La perdí de vista, yo…— titubeo.

—Mikasa no es un objeto que simplemente hubiese desaparecido— siseó el teniente. Dio un paso al frente de manera amenazadora.

Inmediatamente, la pequeña figura de Pieck se interpuso entre los dos. No debía ser adivina para saber cómo reaccionaria Jean.

—Todos necesitamos calmarnos— espetó con aplomo. Dejó caer la mirada cansada sobre la rubia—. Annie, ¿notaste algo extraño en algún punto del trayecto?

La aludida sacudió la cabeza a manera de negación.

—El guardia de la entrada mencionó que la vio subir a un auto de la policía militar.

—¡Maldición!— bramó Jean entre dientes.

—Acudí al cuartel de la Policía Militar, pero nadie puede corroborar la noticia— por un momento Armin pareció agotado, y ambos guardaron silencio, uno frente al otro, sin mirarse—. Historia está haciendo todo lo posible para asegurarse que Mikasa no esté siendo interrogada por los Jaegeristas.

El corazón de Jean estaba desbocado; el pulso latiéndole frenético detrás de las orejas como quien tiene una pesadilla de la que no puede despertar.

—¿Han establecido un rango de búsqueda?— cuestionó Pieck a medida que caminaba hacia la sala. Armin y Annie habían montado un mapa del Distrito sobre la mesa de centro—. Probablemente decidió regresar a Shinganshina— conjeturó la pelinegra al cabo de unos segundos.

—No— se apresuró a responder Annie—. Sus cosas están en la habitación.

—Mikasa nunca se iría sin avisar— secundó Armin.

La tensión en el ambiente era palpable. Todos en la sala estaban alterados.

Jean dio un respingo asustado cuando escuchó el llamado a la puerta. Por un momento pensó que todo aquello había terminado. Mikasa ingresaría a la sala, les explicaría el motivo de su ausencia y se disculparía con ellos. Pero disipó la idea tan pronto como Connie y Jean aparecieron en su campo de visión, ambos cabizbajos.

—No tuvimos suerte, cubrimos ambos bloques, este. Oeste— resopló Connie.

—Intentaremos nuevamente— ordenó Annie. Se acercó al perchero para tomar su abrigo.

—Iré con ustedes— dijo Armin haciendo amagó por imitar las acciones de Leonhart.

—No. Tú debes quedarte aquí— lo detuvo Annie.

Armin se quedó de pie durante varios minutos. Lo que Annie quería decir era que alguien debía permanecer en el apartamento por si Mikasa regresaba.

—Muy bien— habló Pieck con tono autoritario—. Connie puede ir al sector Oeste— trazó una línea imaginaria con el dedo índice señalando las calles que cubriría durante la búsqueda—. Reiner se dirigirá al este, Annie y yo iremos al sur y Jean al norte ¿está claro?

Todos asintieron en silencio. Uno a uno, se dirigieron a la puerta.

Antes de dar un paso al frente, notó el firme agarre de Pieck sobre su brazo obligándolo a frenar en seco.

La contempló por encima del hombro, expectante.

—Tranquilo, Jean, la encontraremos, ella estará bien— intentó calmarlo—. Mikasa no es una damisela en apuros, claramente vi lo que hizo aquella vez en el puerto— la voz de Pieck cambio y adquirido un tono casi tierno.

Jean quería confiar en que aquello fuese cierto. Sin embargo, la extraña sensación que le oprimía el pecho le gritaba lo contrario.

—Esa Mikasa ya no existe— murmuró.

Sin más tiempo que perder, Jean emprendió la búsqueda.

Mientras recorría las calles heladas, se negó a rememorar ni un minuto más de lo necesario aquella sensación insoportable. Su corazón latía con fuerza, estaba al borde del colapso emocional, imaginando lo peor.

Si los Jaegeristas habían dado con ella, era una mala señal, muy, muy mala.

Inmediatamente algo hizo click en su cabeza. Haciendo caso a sus instintos, dio media vuelta y cambió el rumbo.

Recorrió las bulliciosas calles de Mitras rumbo al único sitio donde podría encontrar a Mikasa. Estaba nervioso y muy preocupado; siempre había temido aquel momento; hacía meses que la detención de la pelinegra era más que una posibilidad lejana a pesar de que se había ido librando de aquel zarpazo.

Se detuvo en seco, antes de ingresar a la plaza y, sin pensarlo demasiado, levantó la mirada a causa de la tensión que le torturaba el cuello, encontrándose con la figura de Mikasa frente a la estatua de Eren.

Estaba sola, con la espalda recta y la mirada fija en algún punto que no era capaz de descifrar. Su cabello negro brillaba tenuemente bajo la luz de las farolas mientras sus ojos se encontraban perdidos en la lejanía, ahí donde se lograba ver una recreación del aspecto físico de su amigo y que ahora se había convertido en una especie de santo para los fundamentalistas.

Su cuerpo no respondió cuando quiso seguir andando. Aunque hace unos minutos estaba dispuesto a envolverla en un abrazo en cuanto la viera, sus músculos estaban rígidos, incapaces de responder a las ordenes emitidas por su cerebro.

Los ojos avellana de Jean se dispusieron a beber cada centímetro de la silueta de la pelinegra, su cuerpo temblaba, y sus dedos se movían de vez en cuando mientras su atención estaba perdida en la efigie de su amado.

El corazón lanzaba latidos innecesarios y el aire le corrompía los pulmones.

Indeciso, dio un paso al frente. Tuvo que armarse de valor para llegar hasta ella. Estiró un brazo para tocarla, aunque finalmente lo hizo.

—Mikasa…— la llamó en un susurro apenas perceptible para él.

De pronto tomó conciencia de cada una de sus articulaciones, músculos y huesos, y eso hizo que se sintiera muy viejo.

Durante varios segundos se quedó allí de pie mirando.

—Mikasa— la llamó dos veces, la segunda con más insistencia.

Al igual que, por segunda ocasión, intentó tocarle el hombro, pero Mikasa le apartó la mano, consciente de su presencia.

Elevó el rostro con cuidado. Bajo la tenue luz amarillenta que emitían las farolas, vislumbró los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto. Inmediatamente las señales de alarma se encendieron en su interior.

—Hey, Mikasa ¿Qué sucedió?— preguntó Jean por fin.

—Nada…yo, lo siento— balbuceó; la voz entrecortada.

Hizo un ademan por marcharse de ahí. Sin embargo, gracias a sus finos reflejos, Jean consiguió detenerla tomándola del antebrazo.

—Le dispararon…— susurró la joven empañando sus profundos ojos grises—. El solo hacia su trabajo y le dispararon— descargó toda la pena en un sollozo—. Estaba desplomado en el suelo, desangrándose… nadie hizo nada. E-Eren no murió por eso… no lo sacrifiqué por esa razón.

Aunque estaba realizando un esfuerzo sobrehumano para conseguir entender de lo que Mikasa estaba hablando, Jean notó como su corazón se quebrantaba a medida que ella sollozaba con violencia.

En un acto reflejo, la tomó por los hombros a la par que la atraía hacia su cuerpo en un firme abrazo. Aguardó un segundo, dos, tres hasta que notó las manos de Mikasa en su espalda, aferrando los dedos a la tela de su abrigo.

—Está bien, Mikasa, todo acabó— murmuró sobre su coronilla. Intentó calmarle acariciando su espalda a la vez que el cuerpo de Mikasa titiritaba con la siguiente oleada de llanto.

La pelinegra se apartó mostrando sus pestañas empapadas y las bolsas enrojecidas alrededor de sus ojos. Hipaba sin la capacidad de controlar las lágrimas que seguían cayendo.

—Dre-Dreher quiere saber quiénes me ayudaron a matar a Eren— volvió a tartamudear Mikasa—. Cuando estuvimos en Marley… no va a rendirse. No va a rendirse.

—No. No lo hará— dijo Jean limpiando las mejillas sonrojadas de su antigua compañera—. No voy a dejar que algo malo te pase— se apartó y, sujetándola por los hombros, la miró. Vislumbró el intento que hacía por controlarse, observo cómo cerro la boca con firmeza, cómo tensaba los músculos de la mandíbula.

—¿Qué hay sobre ti?— cuestionó ella; la preocupación visible en cada rincón de su rostro.

—Estaré bien. No tienes nada de qué preocuparte— pasó una mano por el cabello revuelto de Mikasa formando una mueca de aflicción.

Aguardaron un par de minutos antes de sacar a flote la idea de volver al apartamento. Jean sabía de buena cuenta que lo único que podía hacer en esas situaciones era esperar, ser paciente.

—¿Quieres contarme que fue lo qué paso?— cuestionó con voz apagada.

Mikasa cerró con fuerza los párpados.

—Probablemente deberíamos volver ya— espetó—. Estoy segura que le di un susto de muerte a Armin— se encogió de hombros.

Jean sonrió.

—No solo a él, a todos en general— admitió.

—En verdad lo siento, Jean— dijo ella haciendo una mueca.

—No importa— insistió con suavidad—. Estoy agradecido de haberte encontrado bien…— se interrumpió a si mismo al darse cuenta que iba a decir «con vida», porque en su interior temía lo peor—.Volvamos a casa ¿sí?

Mikasa asintió.

««««»»»»

Postrado en el sillón de la sala, con una copa de vino intacta frente a él, escuchaba la acalorada discusión de Armin y Mikasa al otro lado del pasillo.

Los demás se habían marchado poco después de su arribo. Sin desvelar muchos detalles, Mikasa les contó lo sucedido: Dreher quería un culpable y estaba dispuesto a encontrarlo.

Por el rabillo del ojo observó a una ansiosa Annie; incapaz de mantenerse sentada, deambulaba por la habitación con los brazos cruzados a la altura del pecho, de vez en cuando detenía el andar cerca de la puerta y reanudaba el paso cuando las voces se alzaban.

—Será mejor que me vaya, puedo hablar con Armin mañana— susurró avergonzado. Suponía que, lo mejor en esos momentos era darles privacidad.

—No— se apresuró a responder Annie cuando notó que Jean se levantaba de su asiento—. Te necesito aquí por si debemos interferir.

Kirstein tensó los labios.

Sabía que no habría necesidad de obstruir físicamente. No obstante, a medida que los minutos pasaban, la voz de Mikasa se transformaba en furiosos alaridos atestados de reproches mientras Armin procuraba hacerla entrar en razón.

—El General lo sabe, sabe que tu no asesinaste a Eren. Me lo dijo la noche del baile— exclamó Mikasa.

—No hay forma de comprobarlo— rebatió Armin—. Además, soy yo quien decidió hacerse responsable de ello— le recordó, como si hubiese necesidad de traer a flote uno de los episodios más dolorosos en la vida de ambos.

—Nunca te lo pedí.

—Tú no, pero Eren sí.

Jean tragó grueso.

Se hizo un breve silencio antes de que algún ruido emergiera.

—Probablemente necesitaremos un trago más fuerte— sugirió Annie encogiéndose de hombros.

La observó caminar hasta la cocina. La tensión que se entretejía entre las paredes del pequeño apartamento era prácticamente tangible.

—Me iré esta noche— anunció Mikasa de repente.

—No, no lo harás— se negó el rubio—. Ahora mismo no puedes estar sola, los Jaegeristas te tienen en la mira.

—Puedo hacerme cargo de ellos, maté a una docena hace tres años, no hay mucha diferencia ¿o sí?

El aire se tornó más denso luego de que ella pronunciara aquellas palabras.

—¿Estás hablando en serio?— preguntó Armin en un hilo de voz—. Escucha lo que estás diciendo, suenas igual que Eren. Ambos impulsivos y testarudos.

—No renuncie a él para que sucediera esto— le espetó ella en un tono estridente, próximo al alarido—. Si acepté esa responsabilidad fue para salvar a la humanidad.

En ese momento Jean sintió la impetuosa urgencia de desaparecer. Quería esfumarse, acabar con ese creciente dolor de cabeza que embestía su nuca, levantarse y salir por la puerta de ese apartamento y maldecir de camino a su casa por todas las tonterías que había pensado esa noche, en todos esos sentimientos a flor de piel que poco a poco morían en cada respiración y en cada momento que el nombre de Eren brotaba de los labios de Mikasa.

Pero de nuevo, la voz de Annie lo hizo detener su huida cuando le extendió un vaso lleno de Whisky.

Sin meditarlo, bebió el licor de golpe. Cerró los ojos a medida que el escozor descendía por su garganta.

—¿Te importa?— cuestionó mientras tomaba la botella para servirse otro trago.

—Adelante— lo incitó ella con una pequeña sonrisa.

Engulló el whisky tan pronto escucho el llanto de Mikasa, arrastrándolo a las noches en vela que pasó a lado de ella, consolándola por la muerte de Eren.

Quería olvidar, necesitaba hacerlo, de otra forma no sería capaz de seguir adelante.

—Puede que aún no entiendas las acciones de Eren… pero puedo asegurarte que no murió en vano— dijo Armin. Sonaba más calmado. Los gritos habían cesado—. Él habría querido que tuvieras una vida feliz, que continuaras… que formaras una familia.

Un sollozo ahogado reverbero entre las paredes.

—No habría querido que enfrentaras a los Jaegeristas por tu cuenta ¿sabes lo que eso significa? Ninguno de ellos dudaría en condenarte a muerte.

Luego de un lapso de mutismo. Armin salió de la habitación mientras Mikasa yacía presa de un llanto incontenible, sollozando como si le arrancaran la piel a tiras, como si la desilusión con Armin hubiera abierto la compuerta de un sentimiento soterrado por una ingenua prudencia.

Jean miró al rubio y, durante unos instantes, ambos permanecieron fijos el uno el otro, escrutando los miedos del otro con el fin de analizar los suyos propios. Jean también tenía ganas de llorar, pero se aguantó, apretó los labios y consiguió tragar la amarga desazón que le punzaba el pecho.

—Hey…— lo recibió Annie con una sonrisa suave, contrariada—. ¿Quieres beber algo?— preguntó.

Armin cerró los ojos y sacudió la cabeza.

—¿Y bien?— quiso saber la rubia.

Por fin, el antiguo comandante se dejó caer en el sillón individual, derrotado por un repentino agotamiento, echó la cabeza hacia atrás y, por primera vez desde hacía muchas horas, cerró los ojos.

—Es peor de lo que imaginaba— concedió desastrado—. Dreher consiguió quebrarla— la rabia era palpable en sus palabras.

—¿Qué haremos al respecto?— se aventuró a cuestionar Leonhart, expectante.

—No podemos dejarla sola— habló con el corazón encogido.

—Pero tampoco podemos obligarla a quedarse— agregó Annie apesumbrada.

Armin se quedó pensativo.

—Lo sé— un suspiro cansino abandonó las profundidades de su pecho—. Intentaré comunicarme con el capitán Levi.

—No, es peligroso— lo rechazó Jean—. Si los Jaegeristas interceptan el mensaje, estaríamos desvelando la ubicación del capitán. Levi es el único remanente de la antigua cadena de mando de la Legión, buscaran su cabeza con tal de vengar la muerte de Zeke.

Jean estaba en lo correcto. Sus intentos por poner a salvo a Mikasa solo terminarían por lanzar a las fauces del lobo a otros inocentes.

—¿Y los Azumabito?— preguntó Annie.

—Eso sería peor aún— suspiró el joven de cabellera blonda.

—No veo como, es prácticamente parte de la realeza de Hizuru.

—Si, pero estaría enviándola a un lugar lejano con gente completamente desconocida— su voz sonó inexpresiva.

Lo que Armin realmente quería decir era: «No puedo hacerlo, yo soy su única familia».

Jean clavó la mirada en las palmas de sus manos; sopesando si debía o no hablar con ella.

—¿Puedo pasar?— inseguro, solicitó permiso para ingresar a la habitación de la pelinegra. Aquel gesto tomó por sorpresa a Armin.

—Por supuesto— accedió de inmediato.

Colocó el vaso vació sobre la mesa y se puso de pie enfilando el paso hacia la alcoba donde se encontraba Mikasa.

Llamó a la puerta dos veces y aguardó de pie en el pasillo. Escuchó el murmullo de las voces de Armin y Annie, mas no prestó atención a su conversación.

Giró el pomo con delicadeza y abrió la puerta de golpe. El dormitorio estaba silencioso y durante un rato se quedó de pie, mirando el contorno de Mikasa bajo la manta.

Su mirada avellana viajo por la geografía del cuarto; reparó en la maleta que yacía en el suelo con ropa en su interior.

—¿Piensas marcharte?— preguntó alarmado.

—Sería lo más apropiado— respondió ella sin mirarle.

Lejos de esperar una invitación, Jean cerró la puerta tras de sí y tomó asiento al borde de la cama.

—Lamento diferir, pero eso sería un grave error— él la miró de reojo. Su voz se ablandó.

Ella se sonrojó.

—¿Escuchaste todo?— indagó, apenada.

—Sí.

Ambos guardaron silencio.

—No estoy aquí para juzgarte— le anunció en un intento por tranquilizarla. Era mejor no crearle recelos—. Entiendo que tu primer instinto sea escapar, pero no creo que debas estar sola en este momento. Nosotros estamos aquí.

Mikasa tragó grueso.

Notó sus movimientos bajo la sabanas hasta que consiguió erguirse.

Sabía que no podía haber nada bueno detrás de su silencio, y quería y no quería oírlo al mismo tiempo.

—No hay un lugar lo suficientemente lejos para mi— Mikasa se encogió, ocultando su rostro entre los mechones de cabello azabache—.Mis manos están manchadas de sangre.

Tragó grueso, sus palabras transmitían el dolor que su cuerpo contenía.

—Las mías también lo están— susurró él buscando las palabras adecuadas al hablar—. No podemos cambiar nuestro pasado, pero si nuestro futuro.

Él no sabía que podía estar sucediendo dentro de ella en ese momento. Para ese instante, el silencio que se balanceaba sobre ellos era tanto una tortura como una bendición.

Antes de que pudieran responder, la puerta de la habitación se abrió desvelando la presencia de Armin.

Al igual que Mikasa lucia más calmado.

—Puedo solicitar un coche para ir de regreso a Shinganshina— anunció. Estaba cediendo a las intenciones de la pelinegra, lo cual terminó por inquietar a Jean.

La pelinegra desvió la mirada.

—¿Qué sucederá con la reunión?— le preguntó Jean como si le extrañase.

—Historia lo entenderá— insistió tajante.

Jean frunció el ceño.

—Yo la acompañare.

—No conseguirás llegar a la Región a tiempo— protestó el rubio.

Los ojos de Mikasa se abrieron ligeramente.

—¿Te marchas?— cuestionó ella luego de salir de su estado de estupor.

—Planeaba decírtelo, pero sucedió todo esto y no hubo oportunidad de hacerlo— su voz sonó quebrada, dolida y, por demás, culpable.

—¿Cuánto tiempo?

El corazón de Jean sangró en alguna parte, sintiéndose demasiado atormentado cuando la vio así.

—No lo sé, unos cuantos meses, probablemente sea un año— dijo por fin.

Lo único que se reflejaba en los ojos de Mikasa en ese instante era un sentimiento de decepción incalculable.

Jean inspiró profundamente con la intención de decir algo, pero sus labios se cerraron de golpe, formando una línea perfectamente sellada.

—No debes tomar una decisión ahora mismo, Mikasa— interrumpió Armin al percatarse de la incomodidad que los envolvía—. Todos necesitamos tranquilizarnos y descansar, formularemos un plan mañana, cuando tenga la cabeza fría— sugirió, y Mikasa se encogió de hombros.

—Jean— le llamó la voz de Mikasa, esta vez en un tono sereno.

El aludido alzó el rostro cuando la escucho y clavó la mirada avellana en la argenta de ella.

—¿Puedo ir contigo?— dijo ella, respirando profundo.

Jean se quedó tieso, analizando las circunstancias. Hasta hace tres años, Mikasa no quería saber nada de ellos. Hasta hace un par de días, le sugirió aumentar la frecuencia de sus salidas. Repitió la pregunta que ella había pronunciado; una propuesta que no dejaba de ensordecerle los tímpanos y estrujarle el corazón.

—¿Perdón?

Mikasa asintió al mismo tiempo que Armin atestiguaba la escena boquiabierto, igual o más impresionado que el propio Jean.

—¿Puedo acompañarte?— repitió la pregunta con la misma certeza sin mostrar un ínfimo atisbo de duda.

—¿Estás hablando en serio?— murmuró él, perplejo.

—Sí, muy en serio— Jean se estremeció; el alivio y el desasosiego luchando por tomar la batuta de la situación.

No tuvo tiempo suficiente para seguir torturándose con inquisiciones, pues sus sentidos parecieron salirse de su rumbo cuando, de forma intempestiva, Mikasa colocó una mano sobre la suya.

—Yo no tengo ningún inconveniente— espetó él en tono sosegado.

Armin, confuso, lo miro durante unos instantes.

—Puede ser una opción— empezó a decir—. Estando juntos, ambos podrían apoyarse el uno al otro.

Era una brillante idea. Aquello pondría a Mikasa fuera del radar de los Jaegeristas. Evidentemente, la cautela era la piedra angular de su encomienda. Fuera de lo que alguna vez estuvo bordeado por impetuosas murallas, nadie sabía nada de ellos. Era la oportunidad perfecta para comenzar desde cero.

—Está bien— accedió Jean sin darle más vueltas al asunto.

Mikasa tragó grueso.

—Descansa, hablaremos sobre el viaje en la mañana— murmuró con una sonrisa suave casi forzada, separándose de una renuente Mikasa.

Satisfecho con el nuevo plan, siguió a Armin hasta la puerta.

En un intento por llamar su atención, dejó caer una mano sobre su hombro, estrujándolo de forma amigable.

—Necesitamos hablar— dijo en un susurro.

El antiguo comandante se mostró de acuerdo.

Antes de que Jean abandonase la habitación, la voz de Mikasa lo obligó a detenerse de nuevo.

—Jean— volvió a llamarlo. Él la contempló, expectante—. Gracias—dijo la pelinegra, tomando una honda inhalación al tiempo que hacía desaparecer cualquier rastro de lágrimas de su cara.

El aludido volvió a sonreír con algo de congoja; Mikasa no entendió porque lo hacía, pero su estómago vibró en un concierto de mariposas cuando la aflicción desapareció, dejando en su lugar una expresión de sincera alegría.

Continuara


N/A: ¡Hola, hola! Espero se encuentren muy bien :D

Primero que nada: ¡gracias por sus comentarios! ¡son geniales! Los aprecio enormemente. Son los que me animan a seguir escribiendo y por esa sencilla razón, gracias infinitas 3

Este debe ser uno de los capítulos más extensos que he escrito hasta el momento y en un lapso muy corto, cuatro días en promedio.

La estrofa que aparece al inicio del capítulo pertenece a la canción Sparks de Coldplay. No sé, me evoca a este ship cada vez que la escucho y se ajustaba a la perfección a la situacion del capítulo.

Esta cargado de angst con la sencilla razón de poner en contraste el pasado de la relación entre Mikasa y Jean. De donde surgen las inseguridades por parte de ambos, ese miedo a establecer un lazo más íntimo por parte de Jean y como se desarrollará la interacción entre los dos.

Me tomé la libertad de agregar un recuerdo un tanto doloroso, pero es por el bien de la trama, más adelante tomará sentido.

Del mismo modo, también introduje esta cuestión de los Jaegeristas ya que, como se dio a entender al final del manga, las cosas no resultaron como la alianza esperaba. Al dejar a Mikasa fuera de todo este asunto supongo que es normal que surjan ciertos cuestionamientos entorno a la muerte de Eren.

Les prometo que la siguiente actualización contendrá una buena dosis de Jenkasa. No me gusta ir rápido, en especial con esta pareja. Vamos a paso lento, pero cada vez se pondrá más densa e interesante ;)

Gracias de nuevo por su apoyo constante. A la personita que me invocó la semana pasada, mil gracias 3 con justa razón sentía cierta necesidad por actualizar, no hay que cuestionar el alcance de la manifestación :D Mil gracias a los que le dan follow y agregan la historia a sus favoritos, si estuviese en mi poder les daría un enorme abrazo.

Sin nada más que agregar, nos leemos pronto. Cuídense mucho.

¡Hasta la próxima!