Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.
Colapso
Capítulo VI
Primavera tardía
Sabía que los sentimientos de Mikasa le correspondían a otro hombre. Siempre lo supo.
Jean no era el tipo de persona que se enfrascara en el pasado. No. Él era práctico. Desde hace un tiempo dejo de interesarle el porvenir; lo único que ocupaba su mente era el presente. El aquí y ahora. Salvo por esa mañana en la que se veía incapaz de alejar lo acaecido en las últimas semanas. Aun así las remembranzas lo arrastraron a unos cuantos años atrás. La noche previa a la desaparición de Eren en Marley; el día en que vio todo con claridad.
Esa última noche; la noche del comienzo del fin, vislumbró sus siluetas a lo lejos; había un cielo sin luna y el firmamento estaba cuajado de estrellas, pequeños puntos blancos titilaban en la oscuridad. Pero el espectáculo nocturno no fue lo que capturó su atención, si no las dos personas que yacían plantadas uno frente al otro, mirándose con una intensidad que nunca había atestiguado en su existencia.
El corazón le golpeó las costillas al reparar en el rostro sonrojado de Mikasa. Para ser una joven que se desempeñaba con seguridad en el campo de batalla y que portaba una máscara de estoicismo todo el tiempo, aquella chica se le antojo extraña, irreconocible. No era la joven con la que rara vez cruzaba palabra o aquella con la que luchaba codo a codo a la hora de masacrar titanes. No. Lo que sus ojos capturaban era la imagen de una mujer confundida, enamorada, demasiado insegura para admitir sus sentimientos. La vio abrir la boca una, dos, hasta una tercera ocasión en un desesperado intento por responder; Eren aguardaba pacientemente frente a ella, tenso; la intensa mirada clavado en el mar argénteo que componían aquellos hermosos orbes que llevaba por ojos. Pensó que en cualquier momento sellarían la promesa de amor con un beso y eso le removió las entrañas. Si sus esperanzas de declararle sus sentimientos habían sido bajas, aquella escena terminó por enterrarlas quince metros bajo tierra.
Los labios de Mikasa se movieron temblorosos al darle una respuesta. Una réplica que nunca llegó a sus oídos y que, por la expresión abatida de Eren, dedujo que no fue de su agrado.
Aun así pasó toda la noche realizándose una serie de cuestionamientos desesperados que resguardó recelosamente para sí mismo. ¿Eran pareja? ¿Se habían besado? ¿Por qué no escaparon de la tienda esa misma noche?
A Jean nunca le cruzó por la cabeza que unas horas después se iría… que la dejaría atrás, que dejaría a todos atrás.
—Es extraño— comentó Mikasa sin apartar la mirada del cristal, obligando a Jean a salir de sus pensamientos.
—¿Qué?— cuestionó él sin apartar la mirada del camino.
—Todavía me resulta increíble vislumbrar el mundo fuera de las murallas…— masculló—. Probablemente suene como una verdadera provinciana, tomando en cuenta que tú viajaste por todo el mundo— terminó por decir en voz baja.
—Por supuesto que no. Después de pasar tanto tiempo tras las murallas es una reacción normal— respondió Jean. Le sonrió y volvió a centrarse en la carretera.
Los neumáticos del automóvil producían un zumbido regular sobre el camino, avanzado y serpenteando entre cortes de piedra caliza y bajas colinas verdes.
Marchaban en aquel brillante día de abril, zumbando por la autopista, bordeando pueblos, tomando con cuidado las curvas sin disminuir la velocidad, recorriendo largas cuestas y declives junto a los campos cultivados mientras el sol arrancaba destellos a las ventanas de las casas a los pastos crecidos y extensos. Mikasa lucia demasiado extasiada con la novedad, admirando la belleza de la campiña, de los prados amarillos y los verdes montes y las casas que el brillo del sol transfiguraba.
—Jean— volvió a llamarlo ella con voz suave.
El aludido se jactaba de que había madurado considerablemente. Ya no era el mismo chico arrogante e insufrible de quince años. Claro, algunos rasgos estaban ahí, pero procuraba actuar como un adulto responsable en la medida de lo posible — al menos alguien debía serlo, considerando que Connie era su mejor amigo—. Una de las cosas de las que más se enorgullecía era la silenciosa resignación de no ser correspondido por Mikasa.
Luego de la revelación de Reiner y Berthold, había decidido que no sería uno de esos hombres patéticos que trataban de manipular a las chicas que les gustaban con sus sentimientos, no iba a pretender ser una buena persona, porque estaba lejos de ser una. Ella estaba enamorada de Eren, y Jean lo aceptó. Tan solo estaba siendo amable con ella, comportándose como un amigo, porque su preocupación era genuina.
Eso no podía ser malo, al menos no el mundo de mierda en el que vivían. Se le permitía preocuparse por la chica de la que alguna vez estuvo enamorado ¿cierto? ¿Le estaba permitido mantener su mente tranquila cada vez que ella pronunciaba su nombre?
«Eres patético, Jean», se reprimió a sí mismo.
—¿Sí?— la miró por el rabillo del ojo.
—¿De qué hablaron tu y Armin esta mañana?— quiso saber.
—Nada importante— dijo él, sacudiendo la cabeza. Estrujó las manos alrededor del volante con la intención de concentrar la tensión en otro punto que no fuese su cuello.
Mikasa frunció el entrecejo.
—Estuvieron recluidos en su estudio cerca de dos horas— remarcó. Estaba claro que no iba a darse por vencida.
Por supuesto que ambos hombres habían charlado largo y tendido respecto a Mikasa. Armin tenía algunas preocupaciones al igual que él. La noticia de su partida fue repentina, no obstante, más impactante resultó el deseo de la pelinegra por unirse a su encomienda.
Jean no pecaba de ignorante, la petición estaba infundada por el miedo de que el General Dreher averiguara la verdad de los acontecimientos del Retumbar. Desde el baile hasta el día de su momentánea de desaparición, el líder de los Jaegeristas se había encargado de acorralarla y bajarle la moral, convirtiéndola en una sombra de lo que alguna vez fue una temida y respetada guerrera dentro de la Legión de Reconocimiento.
—Armin… él solo está preocupado— suspiró—. No estaba de acuerdo con todo esto— admitió.
Mikasa se removió en su asiento, inquieta.
—No quería causarle más problemas. Si permanecía un día más en Mitras probablemente el General…— las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Jean comprendió que había tocado un punto sensible y se disculpó.
—Lo siento.
—No tienes nada de qué preocuparte, está bien— dijo Mikasa.
Jean sabía que ese plan amenazaba con destruir la represa en la que había encerrado sus sentimientos; no había pasado un día entero a sola con ella en meses, y ahora… se mordió el interior de la mejilla. Tan solo pretenderían ser colegas. Él pasaría la mayor parte del tiempo en el cuartel y Mikasa podría dedicar el día a buscar la tranquilidad que tanto anhelaba.
Al cabo de unos minutos, Jean conducía solo; ya no se oía la voz de Mikasa, solamente el rumor del viento tapando el del motor y los neumáticos. Su acompañante viajaba en afonía en el asiento contiguo.
En una larga subida, el coche efecto un extraño ruido. Intentó ignorarlo. Desde el punto donde se encontraba era imposible determinar lo qué estaba sucediendo.
—Tenemos problemas— dijo él.
—¿Qué sucede?
—Al parecer es uno de los neumáticos— replicó. Aferró las manos al volante. Pensó un momento y respiró hondo—. Sujetate— dijo, pisó el acelerador y dio un volantazo a la izquierda.
Se oyó un fuerte estampido y el coche se sacudió.
—¡Mierda!— exclamó—. ¿Te encuentras bien?— preguntó de inmediato, dirigiendo la mirada preocupada a Mikasa.
—Si, lo estoy— le aseguró—. ¿Qué demonios fue eso?
Jean vaciló. De pronto comprendió cual había sido la causa de la vibración y la sacudida del volante cuando se vio obligado a detenerse.
—Uno de los neumáticos se deshincho— le anunció.
Descendió del coche a regañadientes. Era increíble que sucediera eso cuando se había asegurado que todo estuviese bajo control.
El joven salió del coche, abrió el maletero y empezó a sacar maletas y cajas hasta que accedió a la rueda de recambio.
Mikasa se apeó del auto pocos minutos después, permaneciendo junto a Jean sin apartarse de la portezuela.
El teniente se remangó las mangas de la camisa hasta los codos. Colocó el gato junto a la rueda delantera y levanto el coche para aflojar las tuercas de la rueda pinchada.
—¿Necesitas ayuda?— preguntó ella con cautela, reclinándose un poco hacia el frente para observar con detenimiento los movimientos de Jean.
—Gracias por el ofrecimiento, pero no es necesario— le dedicó otra sonrisa afable. Las gotas de sudor le aperlaban la frente y sus manos, antes impecables, estaban manchadas de hollín. — Esta casi listo.
Ahora fue el turno de Mikasa para dejar escapar un suspiro.
—Preferiría realizar el viaje a caballo— comentó Jean en un intento por disipar la incomodidad entre los dos. Mikasa estaba tensa, podía notarlo en su espalda recta y la manera que hundía los dedos en la piel de su antebrazo.
—Nos habría tomado dos días llegar— respondió la chica.
—No importa, con tal de evitar esta molestia— gruñó—. ¡Lo conseguí!— exclamó victorioso luego de asegurarse que los birlos estuviesen lo suficientemente apretados para no zafarse el resto del camino.
Jean se puso de pie. Llevó la rueda pinchada hasta el maletero del coche y la guardó junto con el gato.
Se limpió el sudor de la frente con un pañuelo y, eventualmente, prosiguió con sus manos.
—Creo que merezco una recompensa— dijo con una expresión pletórica decorándole el rostro.
Mikasa sonrió, divertida.
—¿Cómo qué?
—Una botella de excelente licor— encendió el último cigarrillo que le quedaba y aspiró con intensidad.
Extrajo el mapa del interior del auto y lo desplegó en la superficie del capó para echar un vistazo.
—Si tomamos este camino conseguiremos llegar a la granja a primera hora de la mañana— trazó una línea con el dedo índice—. En lugar de buscar una posada viajaríamos toda la noche— sugirió.
—¿Lo dices en serio?— preguntó Mikasa alarmada.
—Claro que sí. ¿Por qué no?
—¿No estarás muy cansado por la mañana?
Él sabía que a aquella noche inusual le seguiría un día horroroso y que por la tarde se sentiría fatal intentando no quedarse dormido y tratando de ajustarse al horario normal, pero necesitaba arribar antes del lunes, y esa era una buena excusa para actuar irresponsablemente.
—De acuerdo— dijo Mikasa—. Adelante.
Jean asintió, complacido.
—Bien, solo debemos seguir por la carretera hasta llegar a la desviación— comentó ausente.
—¿Te refieres a la desviación que pasamos hace cinco kilómetros?— indagó ella.
—¿Acaso estás sugiriendo que estamos perdidos, Ackerman?— enarcó una ceja.
—Estoy señalando una posibilidad.
—Eso es imposible— negó en ese tono categórico que solamente utilizaba cuando tenía certeza absoluta de lo que estaba hablando—.Estudie el mapa toda la noche, la desviación debe estar a un kilómetro.
—Podemos intentar preguntándole a alguien— sugirió Mikasa encogiéndose de hombros.
—No es necesario. Tengo un excelente sentido de la orientación— se jactó.
—¿Te refieres al mismo sentido que nos llevó directamente a un barranco?
—Ese barranco apareció de repente, no aparecía en el mapa— ambos sabían que estaba mintiendo—. Gracias a ese incidente comenzaron a añadirlo en los siguientes mapas.
Mikasa enarcó una ceja y le miró por el rabillo del ojo.
—¿O recuerdas esa ocasión en la que no podíamos localizar la mansión de los Azumabito en Marley?
Las mejillas se le sonrojaron de golpe.
—Entiendo, tuve unos cuantos errores, pero eso no quiere decir que ahora mismo estemos perdidos— se apresuró a excusarse.
Nuevamente dobló el mapa y lo resguardó en el bolsillo de la camisa. Dio una última calada a su cigarrillo e ingresó al interior del coche, colocando ambas manos sobre el volante.
Mientras viajaban, no vieron apenas nada fuera de lo corriente, fuera de lugar. Se dirigieron hacia el noroeste por la carretera de doble carril, pasando por pequeños pueblos, pueblos mineros, pueblos viejos, cansados, repintados y reparados, remendados, con viejas casonas de antiguos vecindarios ricos transformadas en estancias de verano para familias acomodadas del distrito Mitras.
—¿Alguien sabe que llevaras compañía?— preguntó Mikasa. Tenía una mirada ansiosa y seria.
—Sí, lo mencioné en el último telegrama que envié— le aseguró.
Ella pareció satisfecha con su respuesta. Después de todo era lo que necesitaba saber.
—¿Por qué accediste a llevarla contigo, Jean?— le preguntó Armin taladrándole el rostro con la mirada—. Comienzo a pensar que tienes otro tipo de intenciones.
Jean se sintió ofendido por dicha acusación. No lo estaba haciendo para sacar ventaja de la situación. Desde hace años Mikasa se había encargado de dejarle en claro el lugar que tenía en su vida, y él, como el caballero que era, aceptó su decisión y aprendió a coexistir con la idea que nunca se involucraría con ella de forma romántica ni sentimental.
—¿Qué clase de hombre crees que soy, Arlert?
—Uno muy honorable— resopló el rubio—. Por ese motivo quiero asegurarme que Mikasa este a salvo.
Jean resopló por dentro. Quería creer que así era, de verdad quería hacerlo. Toda la mañana, había reflexionado sobre cuánto le afectaría estar a su lado… pero no había pensado en lo fatal que se sentiría una vez que todo llegara a su fin.
«Esto no va a terminar bien», susurró Jean para sus adentros.
Ahora mismo no podía permitirse pensar en un futuro lejano, el sinuoso camino frente a él demandaba una enorme concentración, no podía darse el lujo de merodear por sus fantasías mientras conducía.
Ya tendría tiempo para preocuparse después.
A medida que el sol comenzaba a alzarse por el este, los campos abiertos poco a poco quedaron cubiertos por la espesura del bosque a sus espaldas.
Cruzaron el puente que señalaba la entrada al pintoresco condado de Limsis.
Se trataba de un pueblo grande y moderno; contaba con luz eléctrica, calles pavimentadas y algunos vehículos circulando por los alrededores. No era diferente al distrito Trost hace un par de años, cuando las innovaciones y la tecnología de los Marleyanos pisó la Isla.
Continuaron desplazándose hasta dejar atrás la pequeña ciudad. El cuartel se ubicaba a las afueras del pueblo. Los altos mandos del ejército vivían a los alrededores del lugar en amplias granjas, evitándoles la molestia de recorrer el camino dos veces al día para desplazarse al sitio de trabajo.
Al llegar a Sirtus las nubes quedaron amontonadas detrás de ellos, dejando un cielo azul y delante la blanca carretera.
Mikasa agradeció por dentro escapar de la tormenta. Le parecía que la lluvia era un mal augurio, y el cielo plomizo de Limsis la había entristecido.
—¿Te encuentras bien?— preguntó Jean a su lado.
Se las arregló para sonreír, pensando lo fácil que resultaba todo para él, mudarse a un nuevo hogar, conducir un coche durante horas con breves descansos, comandar una fracción del ejercito; pero se preguntaba si se daba cuenta de lo nerviosa que estaba ella y si su cuestionamiento indicaba que lo comprendía.
—Tranquila— dijo—; pronto llegaremos. Estarás deseando descansar.
Apartó la mirada un momento porque venía una curva y tenía que frenar.
Mikasa comprendió que Jean creía que si ella callaba era por cansancio, y no se le había ocurrido pensar que tuviera miedo llegar a la granja, a pesar de haberlo deseado tanto. Ahora, cuando había llegado el momento, hubiera querido retrasarlo.
—Solo faltan tres kilómetros— dijo Jean—. ¿Ves aquella mancha de árboles sobre la curva del cerro el mar al fondo? Ahí se ubica el cuartel. Y allí está el bosque.
Trató de sonreír y no le contestó, sintiéndose aterrada, con un malestar imposible de dominar. Se sentía como un cadete en camino a su primera misión. El dominio que había adquirido sobre si misma los últimos tres años era un guiñapo ondulando al viento.
Ahora que lo pensaba con detenimiento, Mikasa se percató que no podía recordar una sola ocasión — antes del Retumbar—, donde ella y Jean hubiesen pasado tanto tiempo uno al lado del otro. Y esa reflexión la hizo sentir repentinamente cohibida. Eran amigos, tenían queridos amigos en común, habían luchado juntos, compartieron la misma necesidad de detener a Eren… pero Jean había estado lejos durante los últimos años, era distinto al Jean que recordaba.
Tal vez le resultaba incómodo pasar tiempo con ella, algo por lo que no podía culparlo. Siempre fue una chica callada, demasiado reservada sostener interacciones cómodas con otras personas.
En cambio, Jean era totalmente opuesto a ella. La gente seguía a Kirstein, ya fuese a la batalla o juegos estúpidos, siempre tenía a un grupo de personas dispuestas a escuchar sus ideas, a conversar con él sobre política y el futuro de la isla.
—Oye, ¿qué pasa?— Jean preguntó suavemente—. ¿Estás bien?
—Siento haberte arrastrado a esta situación— dijo Mikasa, mirándolo de soslayo.
—No hay nada que lamentar— dijo Jean. Movió el cuello de un lado a otro, como para deshacerse de cualquier tensión acumulada en sus músculos agarrotados.
Mikasa abrió la boca para decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta, ahí donde un nudo prieto se estrujaba cada vez que reparaba en sus cavilaciones.
Todo lo que había procurado olvidad se removía de nuevo, y aquella sensación de miedo, de inquietud furtiva, que había llegado a convertirse en pánico ciego e insensato, podría, por cualquier circunstancia ignorada, volver a la vida para perseguirla como antes.
Agradeció a cualquier ente por la paciencia admirable de Jean. Nunca se quejaba; ni siquiera cuando recordaba aquellos fatídicos hechos que habían transformado sus vidas por completo. Sin embargo, era capaz de percibirlo con más claridad de lo que él quisiera darle a entender.
Lo notaba, porque algunas veces se quedaba de repente como perdido y ensimismado; se borraba la expresión encantadora de su cara, como si una mano invisible se la hubiera robado, y en su lugar aparecía una máscara, esculpida, rígida, helada, siempre bella, pero sin vida. Comenzaba a hablar deprisa y con pasión acerca de cualquier cosa sin importancia, aferrándose al tema, como si fuera remedio seguro contra todo dolor.
Mikasa tenía la creencia que existía un momento en la vida de todos en la cual el dolor purificaba y fortalecía a los hombres y mujeres, y que, para perfeccionarse, tanto en este mundo como en otro, era necesario pasar por la prueba de fuego. Algo que, irónicamente, ambos habían hecho plenamente. Los dos conocían el terror, la soledad y la angustia más intensa.
No estaba pensando con claridad cuando le propuso acompañarlo en esta nueva aventura.
Había salido vencedora de todo el embrollo al que Eren los había arrastrado, aunque no escapó ilesa. Por muy extraño que sonase, siempre presintió la vecinidad del desastre, y con justa razón. Durante toda su vida estuvo inmersa en situaciones melodramáticas, y día con gusto sus cinco sentidos para asegurar un ápice de paz y tranquilidad. La felicidad no era un bien que pudiese atesorarse; era una manera de pensar, un estado de ánimo. Era capaz de reconocer que estaba deprimida, había momentos que escapaban al reloj y le parecían eternos; como aquella indeseada reunión con el General Dreher. Pero todo cambiaba cuando observaba la amable sonrisa de Jean…
—Ya llegamos— dijo, con voz animada. Mikasa se aferró con fuerza al asiento de cuero del coche.
El camino hacía una curva. Delante de ellos, a la derecha, se elevaba una valla que daba acceso al camino particular de la finca. Cuando pasaron vio varias caras que miraban curiosas desde el campo, y un niño salió corriendo detrás y se quedó mirándola. Mikasa se encogió contra el respaldo del asiento, con el corazón latiéndole violentamente, sabiendo por qué las personas detuvieron un instante sus actividades y por qué el niño se había quedado mirándola tan fijamente.
—Se que no es de tu agrado, pero no prestes atención si notas algo de curiosidad. Todos querrán saber cómo somos. Solo actúa con naturalidad— le explicó Jean con tranquilidad—: Tampoco tienes que preocuparte por la casa. Historia mencionó que la encargada de la granja se ocupa de todo.
Mikasa se limitó a asentir, ¿qué más podría hacer en esa situación?
Cuando cruzaron la verja, las puertas se cerraron con estrépito tras ellos. Quedó atrás la polvorienta carretera publica, y se dio cuenta de que el camino a la casa no era como lo había imaginado. Por alguna extraña razón, su mente se encargó de proyectar una avenida amplia y espaciosa, alisada a diario con el rastrillo y barrida de hojas, bordeada de césped bien cuidado.
Pero aquel camino se retorcía y revolvía como una serpiente, y en algunos sitios apenas si era más ancho que un sendero. Sobre sus cabezas las ramas de numerosos arboles se entrelazaban, formando una bóveda como la de una iglesia. Ni siquiera el sol del medio día podría penetrar el verde entretejido de aquellas hojas. Brotaban entrelazadas, demasiado espesas, las unas junto a las otras, y solo algunos rayos temblorosos de la cálida luz llegaban en olas intermitentes a salpicar de oro el camino. Reinaba un gran silencio, una gran paz.
Un alegre viento soplaba desde el poniente, azotándole la cara y haciendo danzar en armonía la hierba de la cuneta; pero no hacía viento. Hasta el motor del coche estaba más callado. A medida que bajaba el camino hacia el valle los árboles crecían más cerca de ellos: hayas copudas, de troncos blancos, suaves y encantadores, elevaban sus mil ramas a la vez, y otros árboles, cuyos nombres no sabría decir, se acercaban tanto que podía tocarlos con la mano. Siguieron por el camino, cruzaron un puentecillo que salvaba un arroyuelo, y aquel sendero, que apenas lo era, continuó retorciéndose y revolviéndose como una serpentina encantada, penetrando cada vez más hondo en el corazón de la espesura, sin que por alguna se viera un claro donde pudiera alzarse una casa.
La longitud del camino comenzó a ponerla nerviosa. ¿Estaría allí, al dar la vuelta? ¿o pasada la siguiente curva? No había ni casa, ni campo, ni anchos jardines, sino el hondo silencio del bosque. La verja de entrada no era más que un recuerdo, y la carretera pertenecía al pasado, a un mundo distinto.
Surgió de repente un claro en el sombrío camino, un trozo de cielo, y en un instante se esparcieron los árboles, desaparecieron las matas sin nombre y el camino apareció bordeado de un muro blanco que se elevaba por encima de sus cabezas. Estaban entre los rododendros. Su súbita aparición fue increíble y hasta sobrecogedora. Le sorprendieron con sus corolas rojas, amontonadas las unas sobre las otras, en profusión increíble, sin mostrar ni una hoja, ni una rama, nada, sino la orgia sangrienta de aquel rojo tremendo, zumoso, fantástico, distinto de todos los dodendros que hasta entonces viera. Miró a Jean. Estaba sonriendo.
—¿Te gusta?
Mikasa dijo que sí, todavía sorprendida, sin saber si decía la verdad, pues aquellas plantas le parecían caseras, domésticas y convencionales. Pero aquellos monstruos que elevaba la cabeza hacia el cielo, apretados como los soldados de un batallón, demasiado bellos, demasiado poderosos, no parecían flores.
Ya estaban cerca de la casa. Vio cómo se ensanchaba el camino hasta convertirse en la amplia avenida que ella esperaba. Doblaron el ultimo recodo y apareció la casa. Allí estaba; graciosa, bella, exquisita, edificada sobre una hondonada, rodeada de suaves praderas y bancales de césped.
Al llegar a la escalinata de la entrada vislumbró a dos personas: un hombre y una mujer, aguardando pacientemente para darle la bienvenida.
—Mierda— maldijo Jean en voz baja—. Pensé que vendrían más tarde. Espero que no te importe, tú no tienes que hacer nada. Yo me las arreglaré.
Mikasa lucía como si quisiera contradecirlo, pero el tono de Jean era definitivo, utilizaba esa voz cada vez que daba órdenes a los soldados bajo su mando, la voz que utilizaba para mandar a Connie Sasha en el pasado. Se trataba de una extraña mezcla de autoridad y empatía, la cual resultaba imposible cuestionar.
Cuando él descendió del auto, trató en vano de dar con la manecilla de la portezuela. Sintió un ligero mareo, y notó que se había enfriado durante el largo viaje. Jean se aproximó a ella y alargó una mano para ayudarla a apearse del coche. Sin hesitar, rodeó la circunferencia de su muñeca notando la piel endurecida de la palma de su mano bajo la propia extensión de la suya. Un escalofrió recorrió su espina dorsal. Era como si un latigazo de electricidad recorriera su sistema nervioso a una velocidad aterradora, algo que no había experimentado en mucho, mucho tiempo.
—Bienvenido, teniente Kirstein. Es un honor tenerlo con nosotros— se apresuró a decir la mujer tan rápido como ambos se giraron para vislumbrar a la dama y su acompañante.
—Gracias. No esperaba este recibimiento— confesó con una sonrisa trémula, aun así se las apañó para lucir encantador.
—Cuando llamó ayer por la noche supuse que arribaría temprano por la mañana. Mi esposo y yo decidimos echar un último vistazo antes de que llegara— le explicó; la sonrisa nunca abandonó sus labios. El hombre a su lado carraspeó un poco, incómodo—. ¿Pero dónde están mis modales? Permítame presentarme, soy la señora Ottilia Rosenbald y él es mi esposo Zacharias, Zacharias Rosenbald. Ambos trabajamos en la granja, probablemente consiguió vislumbrarla antes de arribar aquí.
Jean estrechó la mano con ambos en un saludo formal.
Aun así, Mikasa se dio cuenta que su compañero jamás la liberó del agarre, era la primera vez que ambos estaban en contacto directo entre sí. Aparte de chocar de vez en cuando en batalla, rozarse mientras interactuaban, no había sentido la piel de Jean ni una sola vez contra la suya.
Era cálida, notó, y sorprendentemente suave para un soldado.
—Es un placer— espetó Jean aún sin percatarse del debate mental que sostenía su acompañante—; por supuesto, conseguimos apreciar una extensión de la granja mientras conducía hasta acá— concedió. Era imposible no percatarse de la presencia de la finca, en especial cuando todos prestaron particular atención a la hermosa pelinegra postrada en el asiento del copiloto.
—Oh— exclamó la señora Rosenbald al reparar en Mikasa—. Supongo que usted debe ser la señora Kirstein— dijo una vez que la mujer le tomó la mano—. Es una linda joven, teniente. Ahora comprendo la urgencia de venir a recluirse en las montañas.
La sangre fluyó desde el cuello del aludido hasta sus mejillas, encendiéndolas en un violento sonrojo. Por un momento, Jean se quedó sin palabras. Abrió la boca para decir algo, pero se interrumpió y se quedó mirando el rostro de la mujer. Parecía no saber qué decir. Jean no solía escoger las palabras con mucho cuidado. Siempre sabía que decir antes incluso de abrir la boca. Mikasa estaba cada vez más frustrada. ¿Por qué no respondía? Solo tenía que dar una respuesta.
—Mikasa— dijo ella a manera de presentación. «Mikasa Kirstein, no Ackerman», pensó con cierta tranquilidad—; es un placer conocerlos a ambos.
—Lucen tan jóvenes— agregó la mujer sin pescar la incomodidad que se cernía sobre ambos—. Supongo que son recién casados. Cuando mencionó que traería compañía jamás imaginé que se refería a su esposa.
Jean se quedó de pie, parpadeando desenfrenadamente, mientras que, Mikasa procuraba ocultar el sonrojo en sus mejillas.
—Mi traslado fue una noticia de último minuto, por esa razón no lo notifiqué— respondió Jean al cabo de un segundo o dos, asumiendo el papel sin perder el ritmo.
No tenía sentido aclarar la situación entre los dos, aun cuando la presunción de la señora Rosenbald era arriesgada y lejana a la realidad. Pero Mikasa no lo había negado y Jean tampoco iba a hacerlo, al menos no en ese momento.
Él le lanzó una mirada para averiguar si le parecía bien la respuesta. Mikasa asintió con la cabeza.
Subieron juntos la escalinata, seguidos de la afable Ottilia y su esposo. Mikasa notaba que algo le apretaba la garganta y una extraña angustia en la boca del estómago.
—Vinieron al lugar adecuado. El campo es tranquilo, perfecto para formar una familia— agregó ella indiferente.
Mikasa cerró los ojos para contener un escalofrío que el simple roce de la mano de Jean contra su antebrazo descubierto le causo. Sin embargo, al sentir una ola de calor subir hasta su rostro, fue consciente de que otra vez estaba ruborizada. Había pasado los últimos diez minutos entre ataques de espasmos y rubores ridículos cada ve vez que la mujer hacía un comentario sobre su relación, algo que sus desgastados nervios no podían sortear.
—Cariño, trae el equipaje de los señores y llevalos a la recamara principal— le ordenó. El hombre asintió.
Jean la liberó de su agarre para rebuscar las llaves del coche en los bolsillos de su pantalón. Se disculpó con una sonrisa y las entregó.
—Uno de los neumáticos se desinfló— le comunicó Jean al hombre—; tuve que cambiarla, pero no estoy seguro de haberlo hecho apropiadamente.
—¿Le molestaría si echó un vistazo?— cuestionó el señor Rosenbald con cautela, como pidiéndole permiso.
—Sí— asintió Jean—. ¿Te importaría continuar sin mí?— se acercó a preguntarle a Mikasa.
—Adelante, estaré bien— susurró ella.
—En ese caso iniciaremos el recorrido sin el teniente— anunció la mujer reanudando la marcha por el pasillo hasta dirigirla a una elegante sala de estar—. Es la mejor casa disponible, además de la residencia del General, por supuesto.
Aquel era un cuarto sosegado, cómodo, con paredes de color beige y dos enormes sillones ceca de la chimenea. Los anchos ventanales daban sobre las extensiones del césped, y más allá se veía el reflejo distante del mar.
Se respiraba allí un perfume añejo y tranquilo, como si se ventilara rara vez, a pesar de la fragancia de primavera que daban las lilas y las rosas durante el principio del verano.
—¿La residencia del General?— secundó Mikasa un minuto después.
—Se ubica a tres kilómetros de distancia— dijo la mujer a la par que la transportaba a otra de las habitaciones de la casa—. Esta es la cocina. Prepare estofado para la comida, espero que sea de su agrado.
Mikasa asintió.
Ella hubiese preferido esperar y ver las habitaciones en compañía de Jean. No le gustaba ir sola. Sus pisadas resonaban sobre las losas, despertando el eco del techo.
—Es enorme— dijo ella con demasiada animosidad, forzadamente, como si fuese una jovencita sorprendida por la opulencia.
La señora Rosenbald asintió con solemnidad.
—Si, señora, Kirstein. No es tan grande como otras casas, pero cuenta con el espacio suficiente— subieron uno a uno los peldaños hasta alcanzar la planta alta—.Esta parte de la casa es mucho más alegre. Poco antes de la llegada del teniente se ordenó decorar de nuevo y pintar las habitaciones, los señores estarán muy cómodos allí.
—Es… hermoso— dijo, dándose cuenta de sus ruidosos pasos según le seguía, y notando que ella le hablaba como probablemente lo hubiera hecho con un visitante extraño, y que ella, por su parte, se conducía como tal, mirando a uno y otro lado, observando los cuadros de las paredes, tocando la balaustrada tallada de la escalera.
Echaron a andar por el corredor que salía de allí. Fueron por el pasillo alfombrado, torcieron a la izquierda y abrió una puerta de roble, haciéndose a un lado para dejarla pasar.
La alcoba principal contaba con amplios ventanales, una amplia cama doble y en el fondo se veía un cuarto de baño. Mikasa fue directamente a la ventana y miró hacía fuera. Se veía abajo la rosaleda. Más allá de ésta se extendía una pradera de suave césped hacia el bosque vecino.
—Desde aquí no se ve el mar— dijo, volviéndose a hacia la señora Rosenbald.
—No, desde esta parte de la casa ni siquiera se le oye— dijo con suavidad—. Aunque, si usted lo desea, podemos convertir la habitación de invitados en la principal.
—No, no es necesario— negó Mikasa con una trémula sonrisa.
«En realidad, detesto el mar», dijo para sus adentros.
Antes de que la señora pudiese añadir algo más, su esposo apareció con dos maletas en cada mano, seguido de cerca por Jean.
El castaño se aproximó a ella con cautela, tal como solía hacerlo con sus enemigos en el campo de batalla, un gesto que no pasó desapercibido ante su aguda mirada.
Mantuvo una distancia relativamente prudencial, y aunque ella apreciara sus esfuerzos por no hacerla sentir incómoda en esta situación, había una inquietud instalada en su pecho que no desaparecía.
Su plan se había transformado en ellos fingiendo ser una pareja, una pareja de recién casados que buscaba iniciar su vida lejos de los viejos distritos para echar raíces en las montañas. Sin embargo, Jean no lucía convencido con la idea, incluso se rehusaba a tocarla o estar demasiado cerca de ella.
¿Cómo iban a fingir ser una pareja si él la encontraba tan… repulsiva?
—¿Y bien? ¿Qué te parece?— quiso saber, refiriéndose a la casa.
—Es linda… enorme— describió con cierta dificultad.
Jean asintió con la cabeza.
—Iré a la cocina a calentar el estofado. Ambos necesitan comer algo— anunció la señora Rosenbald con tono alegre, suponiendo que la pareja precisaría de un poco de privacidad.
El joven teniente dejó escapar un suspiro de genuino alivio al escuchar la puerta cerrarse a sus espaldas. Cerró los ojos un instante y rascó su mejilla, como si estuviese sopesando algo en el interior de su mente.
—Eso fue incomodo— dijo aclarándose la garganta—. ¿Por qué pensaría que somos una pareja?
Mikasa tragó grueso, agradecía que había desviado la mirada a tiempo para no permitirle vislumbrar los atisbos del orgullo herido en su rostro.
No respondió de inmediato. Miró de reojo a Jean que tenía el entrecejo levemente fruncido.
—¿Estás molesto?— quiso saber Mikasa con ansias de cambiar la conversación. La torpeza no se conformaría solo con su lengua, sino que invadiría cada parte de su cuerpo. Detestaba esa reacción, era desconocida e inusual.
La picardía de Jean disminuyó lentamente, perdiendo cualquier tono animado o divertido cuando volvió a hablar.
—¿Por qué habría de estarlo?
Mikasa se encogió de hombros.
—Bueno… cuando la señora Rosenbald asumió que tú y yo somos…— señaló a ambos para aclarar el punto—; no lo negué— suspiró, derrotada.
—Tampoco lo hice yo— respondió inmediatamente.
Sabía lo que estaba haciendo. Jean no iba a permitir que la culpa recayera en una sola persona, era demasiado noble para admitir que había cometido un error.
—¿Preferirías qué pensara que yo soy tu amante?— le contestó su lengua sin pedirle permiso.
El corazón le golpeó las costillas al darse cuenta de lo que acababa de decir.
—¿Qué estás diciendo? Por supuesto que no, ¿cómo puedes siquiera decir…?— la irritación se filtró en su tono de voz ante la sencilla sugerencia de Mikasa.
A decir verdad, lo que la llevó a admitir la conjetura de la mujer fueron los nervios. Sabía lo que las personas solían pensar cuando un hombre y una mujer vivían solos. Tomando en cuenta la nueva posición de Jean, sería extraño que llevase consigo a una amiga, a quien, sin lugar a dudas, la catalogarían como su amante. El solo hecho de pensarlo le removió las entrañas y, aunque las interacciones entre los dos a lo largo de su vida habían sido limitadas, Mikasa jamás imaginó que el plan llegaría a perturbarlo de esa manera.
—¿Qué otra opción teníamos?— preguntó—.Inmediatamente se darían cuenta que había algo raro entre nosotros. Ellos no dudarían en suponer que soy tu amante.
—Mikasa, basta— suspiró Jean. Su voz era terminante—. Nunca dije que estaba molesto, simplemente me tomó por sorpresa— admitió luciendo más calmado—. Durante todo el camino estuve pensando en ello. Tenía la certeza de que la gente preguntaría, pero también mantenía una leve esperanza que no lo hicieran.
El pecho de la pelinegra efectuó un raro movimiento de apnea.
—Además, no quería arrastrarte a esta situación— Jean se giró para mirarla y ella hizo lo mismos. Cuando sus miradas se encontraron, algo en su estómago se hinchó con anticipación desesperada—. Lo último que pretendo es hacerte sentir incómoda.
—Eso nunca sucedería— respondió ella como si no fuese la gran cosa.
—¿Cómo puedes estar tan segura?— la increpó.
—Porque confió en ti, Jean— sentenció Mikasa de manera rotunda.
El aludido cerró los ojos al mismo tiempo que dejaba escapar un largo y pausado suspiro.
—Está bien—concedió al final.
La tensión abandonó los músculos de Mikasa inmediatamente.
—Gracias…— masculló.
—No complicaremos las cosas— determinó Jean después de un instante de introspección—. Solo tenemos que actuar como una pareja frente a los demás.
Ella se mostró de acuerdo. Al menos uno de los dos sabía lo que estaba haciendo.
—Bien— espetó ella.
—Bien— la secundó Kirstein.
Los dos recayeron nuevamente en un silencio accidentado. Mikasa estrujó los puños al costado de su cuerpo, implorando que las cosas entre los dos fluyeran sin problemas.
—Me instalaré en uno de los cuartos de invitados— anunció Jean de repente.
Mikasa parpadeó, aturdida.
—Llevare mi maleta tan pronto como los señores Rosenbald se hayan marchado— volvió a asegurarle.
—No— negó ella con la cabeza—. Puedes quedarte en la habitación principal. Yo llevare mis cosas a uno de los cuartos para huéspedes. No necesito tanto espacio.
—Vamos, Ackerman, no seas testaruda— respondió sin vacilar—. ¿Qué clase de persona sería si lo permito?
—No quiero aprovecharme de tu generosidad. Ya hiciste demasiado con acceder a traerme— insistió.
Jean dejo escapar otro suspiro. La observó con una ligera sugerencia de que se estaba esforzando por ser agradable a pesar de las circunstancias.
—No hay ningún inconveniente, Mikasa. Estoy seguro que estarás mejor en esta habitación.
Cualquier cosa que Mikasa se hubiera planteado decir se vio interrumpida con un llamado a la puerta.
—El estofado está listo— les notificó la señora Rosenbald desde el otro lado del pasillo.
—Esa es nuestra señal para poner un punto final a la discusión— decretó Jean.
Jean contempló con detalle la imagen que le devolvía el espejo.
El hombre frente a sus ojos iba engalanado con un uniforme de teniente del ejército. Las medallas decoraban la parte izquierda de su pecho y en el brazo derecho portaba una banda con estrellas que indicaban su posición en el escalafón militar.
Cuando se embarcó en su regreso a Paradis, luego de tres largos años de deambular por el mundo, no pudo evitar cuestionarse qué haría con su vida. Había descartado por completo la opción de unirse nuevamente a la milicia. Sus días como soldado estaban acabados. Los Jaegeristas tomaron el poder tras la muerte de Eren. Buscaban venganza, naturalmente. No le sorprendería si en un giro de eventos desafortunados Historia optara condenarlos a muerte por la traición cometida.
Intentó mostrarse optimista con los demás, incluso procuro convencerse a sí mismo que todo saldría bien. Tan pronto como pisara tierra firme acudiría a buscar a su madre, dormiría noches y días completos, tomaría unas vacaciones y tal vez se dedicaría al arte, después de todo tenía talento, había mejorado sus habilidades y una corazonada le decía a gritos que era el camino indicado.
El perdón significaba comenzar de nuevo, iniciar una nueva vida desde cero.
No obstante, la vida le tenía reservadas otras sorpresas, y vaya que estaba impresionado. Su existencia dio un giro de ciento ochenta grados cuando Historia no solo le otorgó el perdón, sino que también lo nombró teniente de uno de los batallones más importantes de la isla. En un principio atribuyó esto a una forma de hacer las paces, enmendar los errores del pasado y establecer una tregua. Sin embargo, no le tomó mucho tiempo deducir que era una táctica desesperada de la reina para recuperar la confianza del ejército.
La milicia estaba controlada en su totalidad por los Jaegeristas. Las nuevas generaciones de soldados se formaban con base a los ideales fundamentalistas propugnados por el grupo respecto a la superioridad de los Eldianos. Les inyectaban el germen de la venganza al relatar con lujo de detalle la serie de sufrimientos que los habían orillado a erguir murallas y recluirse del mundo. Dicha doctrina imperaba en las escuelas, en las calles, en la vida común. Por ese motivo Historia lo lanzó a las fauces del lobo. Porque necesitaba asegurarse que conocería cualquier tentativa de revuelta tan pronto como llegara a oídos de Jean.
Cualquier persona que lo vislumbrara en la calle lo calificaría como un soldado ejemplar, alguien a quien los pequeños debían admirar, tal como él solía hacerlo con los miembros de la policía militar; el camino que cualquier padre desearía que su hijo se trazara como meta de la cual era digno enorgullecerse. Convertirse en un soldado que no dudara en mostrar su honor en el campo de batalla. Acabar con las vidas de sus enemigos para purificar a su pueblo suponía mayor horna que salvar vidas. Y él, nuevamente, se encontraba inmerso en esa desalmada encrucijada sin sentido. Un hombre que mostraba ser leal a la causa que le había arrebatado a más de un amigo. Es por eso que, ahí, frente a él, su silueta oscura le recordaba que cumplía una función como portavoz de las ideas radicales de los Jaegeristas y no como la solución que persiguió en los últimos años.
Despegó la mirada de su reflejo con irritación al evocar algunos pasajes del Retumbar enterrados en las profundidades de su memoria. Aquella sensación comenzaba a manifestarse en forma de ardor en su cabeza.
Tomó la cajetilla de cigarros que descansaba perfectamente sobre la superficie de la mesita de noche y salió de la habitación sin hacer ruido, desplazándose por el pasillo hasta alcanzar la puerta de la alcoba de Mikasa.
Se detuvo un momento, reculando si debería o no, interrumpir el descanso de su compañera.
Por la afonía que imperaba en la casa dedujo que ella seguía dormida. Al cabo de unos segundos de vacilación optó por alejarse de la puerta y descender los peldaños con cuidado para no perturbarla. Se encargaría de escribir una nota anunciándole su partida y eventual retorno antes de la cena.
Respiró hondamente, llenando sus pulmones hasta sentir que no había más espacio vacío entre sus costillas, e hizo su camino hasta el exterior de la casa.
Rebuscó en su abrigo el primer cigarrillo del día. En verdad era un hábito asqueroso, pero no podía evitarlo. La nicotina lo ayudaba a disipar la ansiedad y el estrés, ahora mismo sentía la inmensa necesidad de fumar una cajetilla entera si quería librar el día.
Poco antes de las siete de la mañana atravesó el bosque en el vehículo persona que la reina le había conferido para su misión. A medida que el automóvil dejaba atrás la silueta de la casa y se aproximaba al cuarto, Jean no pudo menos de sentir cierta impresión.
Llegado el coche a la entrada del cuartel, los guardias le indicaron con gesto que tenía vía libre. A continuación, se detuvo ante el edificio. Una dupla de jóvenes lo escoltó a lo largo de un corredor que desembocaba en una antecámara de aspecto abandonado situado ante un despacho. Tras unos minutos de espera, lo hicieron entrar a una sala rectangular dotada de una mesa de reuniones, dispuesta a lo largo de uno de los muros, y un escritorio, al fondo.
De pie, aguardando a saludarlo, se hallaba un soldado raso, y a su lado, alguien a quien Jean esperaba ver: un hombre de mediana edad, cabello canoso cuidadosamente peinado hacia atrás para revelar un rostro lleno y amigable. Lo escrutó delicadamente con unos ojos que daban la impresión de estar teñidos con el mismo color del cielo. No era otro que el dirigente de la unidad militar: Ulrik Hegstad.
—Teniente Kirstein, a la orden, General— saludó Jean con formalidad.
Una sonrisa estiró los delgados labios del hombre en cuestión de oreja a oreja.
—Puede descansar, Teniente Kirstein. Soy el General Ulrik Hegstad— se presentó.
Las formalidades salían sobrando en esa conversación, pero eran parte del protocolo.
Jean conocía al dedillo la historia militar del General Hegstad. Formó parte de la policía militar antes del Retumbar. Sus estadísticas como cadete eran deprimentes, pero su relación con otros Generales era tan sólida que le valió un alto mando dentro de la reformada fuerza militar de Paradis.
—Es un honor conocerlo, General Hegstad— terció Jean al mismo tiempo que retraía los músculos en un acto reflejo.
—El honor es todo mío, muchacho— sin la necesidad de sonreír, una extraña sensación de diversión se filtró en sus ojos—. No imagine que el nuevo teniente sería tan joven— rió.
El castaño carraspeó un poco para aclararse la garganta.
Había escuchado esa línea más de cien veces. Las personas solían subestimarlo al vislumbrar como un soldado de su clase fuese tan versado en temas políticos y bélicos. Debía agradecer a los comandantes Erwin Smith y Hanji Zoe por el riguroso entrenamiento, al igual que a Levi Ackerman.
—Que no lo engañe mi aspecto, General. Puede que sea joven, pero le aseguro que se desempeñar mi trabajo a la perfección— explicó Jean sin querer sonar como un cretino.
—De eso no tengo duda. Su majestad se encargó de plasmar todos y cada uno de sus logros militares en una extensa carta que resguardo con recelo en mi oficina. En verdad estoy impresionado.
Jean aguardó un instante antes de responder.
—Se lo agradezco, señor— masculló.
—No hay necesidad de fingir modestia— Hegstad se volvió a verle, mostrando solo una parte de su perfil bañado por la luz matutina que se filtraba por las ventanas de la habitación—. Has servido muy bien a la Isla desde antes de todas las reformas.
—Me halaga, General— dijo Jean cauto. Pero considero que está sobreestimando mis capacidades.
El hombre movió una mano para restarle importancia a su comentario.
—Tonterías. He leído minuciosamente tu historial. Nunca he visto estadísticas tan impresionantes como las tuyas— aclamó—. Debo darle las gracias a los Comandantes de la Legión por forjar a un soldado digno de portar nuestro emblema.
En esta ocasión no pudo contener el impulso de fruncir el ceño. Si bien estaba consciente que en el pasado había sido uno de los miembros más importantes de la Legión, aquellas alabanzas le pertenecían a nada más y nada menos que Mikasa Ackerman, la misma chica que habitaba con él, aquella a la que habían borrado de los registros de la Legión con el fin de protegerla de los Jaegeristas, porque ese fue el deseo final de Eren y Armin tenía que cumplirlo.
—Te mostré las instalaciones, tengo la impresión que estarás complacido con lo que hemos construido en esta parte de la Isla— prosiguió el hombre, ajeno a lo que sucedía en la mente del teniente—. Como sabrás, la base es nueva. Se inauguró el año pasado con el fin de albergar la mayor cantidad de soldados posibles. Estos chicos se formaran bajo los ideales de nuestro líder, Eren Jaeger y lucharan para preservar la dignidad y vengar al pueblo de Eldia.
Jean tragó grueso. Las manos a ambos lados de su cuerpo temblaban. Debía controlarse, debía mantener la calma a toda costa.
—Los chicos necesitan una figura de autoridad a la cual admirar y tú, muchacho, eres perfecto para el puesto— lo miró el General de soslayo—. Probablemente tengas en mente dedicarte a la política después.
Por supuesto que no.
—Probablemente— una sonrisa mínima se dibujó en la comisura de su labio.
Cuarenta minutos después, el General la condujo por un largo pasillo hasta otra habitación.
—Haga el favor de sentarse, Teniente— dijo Hegstad, realizando lo mismo pero al otro lado del amplio escritorio. Presionó una tecla en el intercomunicador para solicitarle a su asistente dos tazas de café para continuar con la charla.
Pocos minutos después ingresó una chica con una bandeja con cafetera y tazas. La dispuso sobre el escritorio y se retiró, ofreciéndole una tímida sonrisa antes de marcharse.
—Como verá no es un trabajo complicado—empezó—.La base apenas comienza. Usted será como una brisa de aire fresco para los cadetes.— Se sirvió una taza para él, añadió crema y tomó un sorbo.
Jean se aseguró de no inmutarse. Era una habilidad. El General paseó la mirada por su rostro impasible.
—¿Crema?— preguntó.
—No, lo prefiero solo— dijo.
Acto seguido, ambos levantaron las tazas, como en una ceremonia de celebración.
Hegstad continuo hablando.
—Dejemos el tema del trabajo a un lado— suspiró—.Debo admitir que me tomo por sorpresa la noticia que vendría acompañado.
El joven Teniente se tensó como la cuerda de un arco al escuchar las palabras del General.
—¿Viene con su esposa?— quiso saber. No porque estuviese sometiéndolo a un interrogatorio, sino porque estaba genuinamente interesado en la vida personal de su nuevo subordinado.
—Así es— manifestó sin titubeos.
—¡Ah! ¡La dicha matrimonial!— soltó una pequeña carcajada—. ¿Desde hace cuánto están casados?
—Solo un par de meses— mintió. No era la primera vez que lo hacía para una misión. Durante su estadía en Marley había perfeccionado sus habilidades como espía. Tenía la certeza que, si jugaba sus cartas apropiadamente, nadie detectaría la farsa—. Nos conocimos cuando éramos unos adolescentes— eso era cierto. Dotaría su historia con algunos atisbos de verdad para hacerla más convincente.
—¿También fue miembro de la Legión?— hizo una pausa para darle otro sorbo a la taza humeante.
—No, ella es una civil— carraspeó un poco para aclararse la garganta—. Le prometí que, tan pronto como finalizara la guerra regresaría para casarme con ella.
El General sonrió nuevamente.
—Eres un hombre de palabra, Kirstein— lo apremió.
Esa parte tampoco era del todo falsa. Aun cuando sabía que, dicho anhelo era imposible de realizarse. Sus sentimientos no eran correspondidos y tampoco esperaba que lo fueran. Había abandonado ese deseo hace mucho tiempo.
—No podía fallarle a nuestra promesa— sonrió.
El General vertió más café en ambas tazas. Estaba claro que no iba a permitirle irse pronto.
—Mi esposa estará contenta de tener compañía— dijo con tono afable—. Si no es molestia para usted, Teniente, ¿qué le parece si concretamos una reunión para cenar?
Jean maldijo internamente. Sabía que Mikasa detestaba ese tipo de reuniones. Aunque no lo expresara con palabras, su incomodidad era visible a kilómetros de distancia. Comprometerla a asistir a una cena con el General y su esposa probablemente no era buena idea, pero no era como si tuviese otra opción.
—Eso sería encantador— accedió Jean. Los músculos de la cara empezaban a dolerle. En determinadas circunstancias, sonreír suponía un esfuerzo supremo.
—¡Fantástico! ¿Le parece bien el viernes a las siete?
—Ahí estaremos— contestó.
—Jean sería un buen hombre para ti ¿sabes?
Mikasa contempló a Eren sin entender muy bien qué estaba diciendo.
—¿A qué te refieres?— preguntó, siguiendo sus pasos hacia el interior de la habitación.
Sin contemplarla, dejo caer su cuerpo al borde de la cama. Ella permaneció de pie bajo el umbral, con los brazos cruzados a la altura del pecho, expectante.
—¿Recuerdas cuando mi madre te hablaba sobre la importancia de encontrar una persona adecuada para formar una familia?— comenzó a desanudarse las agujetas de los zapatos.
Mikasa frunció el entrecejo.
—Claro que lo recuerdo, pero ¿Qué tiene que ver eso Jean?— espetó irritada.
—Todo— respondió Eren con un suspiro cansado—Él es un buen hombre.
Mikasa parpadeó un puñado de veces.
—¿Estás sugiriendo que me case con él?— quiso saber.
—Podrías hacerlo.
La pelinegra empezaba a sospechar que la forma de hablar de Eren se debía al ser testigo de su corta interacción con el sujeto de su atención.
—¿Por qué de repente suenas tan insistente? ¿Acaso te has preguntado si es lo que yo quiero?— se apresuró a tomar asiento a su lado.
—Debes ser feliz, Mikasa. Estoy seguro que Jean puede darte todo lo que anhelas— un atisbo de dolor se proyectó en su rostro al mismo tiempo que recitaba las palabras con voz adusta, casi indiferente—. ¿No era tu sueño formar una familia?
Mikasa cerró los ojos con fuerza. El deseo de abrazarlo crecía estrepitosamente en cada partícula de su ser.
—Eren ¿sucede algo malo? — susurró ella, terminando por enmarañar aún más sus pensamientos—. ¿Por qué hablas de esa forma?
—¿De qué forma?
—Como si te estuvieras despidiendo.
Eren lucía cansado.
Había notado un cambio en él desde su último encuentro con Reiner. La mirada que antes adoraba contemplar no era más que dos fosas vacías, sin vida, al igual que todo su rostro e incluso su tono de voz. Eren estaba muerto en vida.
Al no poder envolver sus brazos alrededor de él, se limitó a colocar las manos sobre su regazo, manteniendo en su lugar los latidos punzantes de su corazón.
—Eren— volvió a llamarlo con suavidad.
—Deberías considerarlo, Mikasa— dibujó una sonrisa diminuta en sus labios—. Solo quiero que seas feliz— desvió su atención una milésima de segundo y la tristeza alcanzó el fondo de su regia mirada cuando exponía la sinceridad de sus pensamientos en cada sílaba.
….
«Es el amor, más que cualquier otro sentimiento», leía ella, comprendiendo de pronto el sentido de las palabras, presa del asombro, «lo que nos lleva a buscar esos tiempos mejores… Y cuando ese momento llegue… acudirá a ella como algo delicado, extraño y repentino; no será buscado, sino encontrado».
Había pasado las últimas horas inmersa en un estado de turbación y conjeturas con el pequeño tomo entre las manos.
Se reincorporó en el sillón y echó un vistazo por la ventana. Era como si los pájaros, las flores y la luz del sol la llamaran, tornando imposible concentrarse en lo que estaba haciendo.
Resignada, se puso de pie y caminó en dirección al cristal; ahí donde la vidriera enmarcaba el hermoso paisaje montañoso que bordeaba la casa. Un suspiro traicionero escapó de las profundidades de su pecho al darse cuenta que anhelaba a alguien… alguien de confianza que la comprendiera, para dejar de sentirse tan sola. Lo deseaba con todas sus fuerzas, aunque tenía muy presente que las almas fuertes conservan y aumentan mejor su fuerza con la soledad. Pero estaba convencida de que lo más necesario era la alternancia de periodos de soledad y compañía.
«Jean es un buen hombre», murmuró Eren con una voz tan tenue como el viento.
Sin duda alguna lo era, mejor de lo que ella merecía.
Había destrozado sus ilusiones tiempo atrás. Él sabía lo qué sentía por Eren y, aun así, estuvo dispuesto a perdonarla.
Fue cruel y desconsiderada. Demasiado egoísta para percatarse del daño que le infringía. Solo ahora podía ver con claridad esa tiranía.
Una vez más expulsó todo el aire contenido en sus pulmones, secundado por una ola de cupa que sacudió todo su cuerpo.
Echó un vistazo al reloj en la pared y frunció el entrecejo. El tiempo parecía transcurrir muy lento.
Se apartó de la ventana al escuchar el ruido del motor al exterior. Inmediatamente, buscó una actividad en la cual entretenerse para no dar la impresión de que llevaba más de veinte minutos esperándolo.
Tomó asiento en el sillón y regresó la mirada a las páginas amarillentas y desgastadas del libro.
Jean ingresó en la habitación. A Mikasa el pulso le latía a toda velocidad y le temblaban las manos; por suerte, estaba sentada en el sofá, con el libro entre las manos como si hubiera estado leyendo. Él permaneció un momento en el umbral, y sus miradas se encontraron. A ella le dio un vuelco el corazón, un escalofrió le recorrió las extremidades y se le estremeció el cuerpo.
—Regresaste temprano— apuntó ella. Le temblaban tanto los labios que apenas consiguió articular palabras. Desconocía la causa de su nerviosismo, pero estaba segura que tenía que ver completamente con Jean.
—No había mucho por hacer— dijo él a su manera risueña—. ¿Cómo estuvo tu día?— quiso saber.
—Terriblemente aburrido— confesó.
Jean le sonrió. Su semblante grave y un tanto severo contrastaba con la ternura de su sonrisa. El comentario le hizo cierta gracia.
—Supongo que no hay mucho por hacer, pero estoy seguro que podemos encontrar la manera de pasar el tiempo— dijo diplomáticamente.
Jean sostuvo su mirada por lo que pareció una eternidad, y Mikasa se encontró conteniendo la respiración, esperando escuchar lo que tenía que decir.
—¿Cómo estuvo tu primer día de trabajo?— cuestionó.
El castaño tensó los labios en lo que parecía ser una mueca de hastío. Eso la alarmó.
—No es como lo esperaba— se encogió de hombros.
—¿De verdad es tan malo? — lo miro enseguida y advirtió que en sus ojos rebosaban una ansiedad dolorosa.
—Los Jaegeristas tienen el control de todo. Si continuamos así, acabaremos convirtiéndonos en lo que era Marley antes del Retumbar— su voz sonó tensa, grave y firme.
Aquello no la sorprendió. Con el paso de los años, se hizo evidente que el liderazgo le sentaba a la perfección. No era como si Jean lo hubiese pedido; se había visto obligado a convertirse en eso.
—Estoy molesto— continuó—, ninguno de ellos sabe lo que tuvimos que atravesar para salvar a la humanidad.
Mikasa asintió en silencio.
Con el paso de los años había comprendido que las personas preferían vivir en la ignorancia. Incluso ella lo deseaba.
—Quizás es mejor mantenerlo en secreto— dijo Mikasa en voz baja.
Jean hizo una mueca y comprendió que había tocado un punto sensible.
Lejos de continuar con esa conversación, el castaño caminó hasta el centro de la sala, dejando caer su cuerpo en uno de los sillones individuales.
—Mikasa, hay algo que quiero decirte— espetó Jean en un susurro. Antes de que ella tuviera oportunidad de preguntarse a qué venía semejante turbación, él añadió—: no me siento cómodo fingiendo que estamos casados.
—Oh—murmuró ella, sorprendida, con la vista fija en él, sin acabar de comprender.
Era evidente que no le gustaba, pero por alguna extraña razón, aquella realización era demasiado para su corazón.
—¿P-puedo saber por qué?— nerviosa, desvió la mirada hacia el suelo al mismo tiempo que estrujaba la tela de su falda con ambas manos—. ¿Acaso es por qué yo…?
—¿Qué? No, no era mi intención decirlo de esa manera— dijo Jean, queriendo abofetearse al instante siguiente que las palabras abandonaron su boca.
—¿Tiene algo que ver conmigo?— repuso ella, aclarándose la garganta en lo que parecía ser una pregunta capciosa.
Kirstein no respondió; básicamente porque no fue capaz de formular una réplica coherente que no supusiera un insulto.
—Por supuesto que tiene que ver contigo— se apresuró él—, no de la manera en que lo imaginas— concluyó.
—Entonces ¿qué es?— replicó, incapaz de contenerse. Los ojos le escocían en una presciencia del llanto.
—Eres mi amiga, Mikasa, y no quiero hacerte sentir incómoda— explicó, observándola empedernidamente—. No puedo ponerte en esta posición.
—¡Ah, ya!— ella pareció comprenderlo; un destello de inhibición rutilando en sus ojos.
—Tu mejor que nadie sabe lo que significa fingir— Jean alzó la mirada hacia ella, y sus ojos atrajeron los de Mikasa—. Pretender que somos un matrimonio requiere más que situarnos uno al lado del otro frente a los demás.
—Eso funciono con los señores Rosenbald— dijo con voz trémula.
—Porque ninguno prestó atención. La señora Ottilia simplemente lo dedujo— replicó Jean—. ¿De vedad estas dispuesta a pretender que estamos juntos frente a los demás?
Los ojos de Jean rezumaban una ternura de la que ella nunca se había percatado, pero también había algo suplicante en ellos, como en los de un perro apaleado, que le provocaba cierta exasperación.
—Si eso asegura que los dos estaremos a salvo, no me importaría hacerlo— alegó Mikasa en un susurro.
—Maldición, Ackerman— restregó una mano contra su rostro, exasperado—. ¿Cuándo dejaras de ser tan impulsiva? Dispuesta a arriesgar tu vida con tal de salvar a los demás— gruñó.
Él no agregó una palara más, y se limitó a contemplar la alfombra con hosquedad. En cuanto a ella, estaba un poco asustada, pero también alborazada. La impasibilidad de Jean la impresionaba de cierta manera.
—Los viejos hábitos tardan en morir— dijo a manera de excusa, lo cual era cierto. Nunca había temido a nada. Mikasa era la personificación de la valentía.
El joven permaneció callado, muy quieto. ¿Acaso pretendía retenerla allí hasta que tomara una decisión? Habría debido levantarse en ese momento, pero se quedó sentada, aguardando una respuesta, y ahora, sin saber por qué, le resultaba difícil moverse. Aunque no lo miró, era consciente del aspecto de Jean. Al sentarse cerca de él se apreciaba el atractivo de sus facciones y la madurez en su rostro.
—El General nos invitó a cenar en su casa el próximo viernes— comenzó a decir aún sin vislumbrarla—. Mencionó que su esposa estaría ansiosa por conocerte.
Mikasa abrió los ojos a causa de la impresión.
Había algo innegable, en cualquier caso, y era que Mikasa no poseía el menor encanto. Por eso no gozaba precisamente de una gran popularidad.
En el paso, las personas que la rodeaban la admiraban por sus habilidades en el campo de batalla, incluso le temían. Después de todo, estaba a la par del renombrado Levi Ackerman. No obstante, era muy reservada. La hastiaba hablar de sí misma, la cohibía e incomodaba. No sabía abrirse a los demás.
—Entonces, ¿eso significa que aceptas?— lo interrumpió ella.
La luz natural coloreaba su piel y Mikasa notó el calo subiéndole a las mejillas en un gesto delator.
—Supongo que sí— resopló.
Su corazón estallaba de gozo, pero se hizo el propósito de mostrarse escéptica.
—En ese caso…— titubeo un instante, ajena a lo que podía estar sucediendo dentro de Jean en ese momento— el viernes será— accedió.
Continuará
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Espero se encuentren de maravilla.
Lo prometido es deuda y aquí tienen la continuación de esta caótica historia :D
Este capítulo fue sencillo de escribir y cuando menos lo pensé, ya había superado las 10,000 palabras. En verdad disfruto escribir el desarrollo de esta pareja, sé que va un poco lento, pero les prometo que vale la pena 3
Ahora mismo ambos se encuentran en este punto donde las inseguridades salen a hablar por ellos. Por un lado, Jean no quiere traicionar la confianza de Mikasa y, evidentemente, quiere hacerse creer que no siente nada por ella. En cuanto a nuestra querida protagonista, bueno, el haber rechazado a Jean en el pasado le genera cierta culpa y no cree merecer otra oportunidad.
Por esa razón añadí ciertos fragmentos de conversaciones y recuerdos, el más importante de ellos es aquel protagonizado por Eren y Mikasa, donde mencionan a Jean.
Ahora sí, deteniendo esta verborrea, agradezco profundamente todo el apoyo que me brindan. Como siempre, mil gracias por sus comentarios, follows, favorites y demás 3 puede sonar un tanto cliché, pero ustedes me ayudan a continuar. Por lo mismo, espero que el fic les guste tanto como a mí me gusta escribirlo.
Sin nada más que añadir, les envió un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren 3 ¡Cuídense mucho! ¡Nos leemos pronto! ¡Bye, bye!
