Disclaimer: Los personajes que aparecen en esta historia, así como el universo donde se desarrolla la trama no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Hajime Isayama.
Colapso
Capítulo 7
Tacto
Tres años atrás
Floch dio una orden con la mano a los cuatro soldados de la Legión de Reconocimiento que estaban junto a él.
Se movieron como un grupo coral. Los hombres con el uniforme de maniobras, levantaron la mano derecha con una pose espectacular y dramática. Pero sus manos sostenía rifles.
Jean vio los ojos saltones de uno de los condenados más abiertos que nunca.
Las tres armas dispararon a la vez.
El ruido de los disparos aún vibraban en el aire cuando uno de los denominados "traidores" dio unos pasos tambaleantes hacia la derecha y se derrumbó en el suelo, a los pies de Jean.
Los tres cadetes se mantuvieron con los brazos extendidos. Una leve humareda salía de los cañones, que simultáneamente levantaron hacia el cielo. Jean vio entonces la cara familiar de su antiguo compañero vuelto hacía él. Sus ojos saltones seguían abiertos, clavados en un lugar indefinido del concreto. Un brillante charco de sangre comenzó a formarse. El brazo derecho del muchacho comenzó a contraerse, desde el hombro a los dedos.
Por el rabillo del ojo observó como los Jaegeristas tiraban los cadáveres a la parte trasera de una carreta de carga. Cuando quedaba cargada la primera, llegaba otra, y el juego se repetía una y otra vez de la misma manera: un torrente de sangre corría por el callejón.
Otro soldado, al que Jean reconoció como uno de los nuevos reclutas, se presentó ante Forster; llevó un puño hasta su pecho y el otro detrás de la espalda, tal como solían hacerlo ellos cuando su antiguo comandante, Erwin Smith, coreaba con orgullo "Entreguen sus corazones" con el objetivo de infundirles valor.
Las entrañas se le removieron al vislumbrar la forma en que aquella tanda de idiotas había transformado un gesto significativo en algo pérfido y banal.
—¿Son todos?— preguntó Floch en tono tranquilo.
—Sí, esta era la última tanda— constató el muchacho en un tono militar, amaestrado.
El brazo del joven herido continuaba contrayéndose. Pero cuando todos lo observaban, la contracción se detuvo. Su herida sería fatal a menos que recibiera atención médica de inmediata.
Floch suspiró profundamente y luego se dirigió al nuevo recluta:
—Bueno, ¿querrás ocuparte de esto, por favor?
Antes de que Jean pudiera imaginarse a qué se refería, el chico apuntó con su arma hacia abajo y apretó el gatillo. «¡Bang!», la cabeza del joven rebotó contra el suelo, y luego algo procedente del interior de su cabeza salpicó la cara del castaño.
Mudo de asombro, Jean permanecía boquiabierto. Su rostro estaba cubierto con una sustancia rojiza y oscura.
—Vayamos al cuartel— ordenó Floch, mirando por el rabillo del ojo la expresión de Jean.
Estaba aturdido. Sus ojos seguían clavados en el rostro de aquel hombre al que no conocía lo suficiente, apoyado en el suelo. Su mente estaba completamente paralizada, como si sus propios sesos hubieran volado en pedazos.
El grotesco espectáculo de aquellos cuerpos le producía sentimientos encontrados. Sentía lástima, porque aquellas muertas eran verdaderamente horribles; pero, por otra parte, no dejaba de envidiarlos. Habían tenido el valor suficiente para plantarse en contra de los absurdos ideales propugnados por aquel grupo de fundamentalistas.
Sin inmutarse ante la mirada de sus compañeros, Jean emprendió camino rumbo al cuartel , procurando armarse de una resistente coraza que lo resguardaría de las horribles sorpresas que podría encontrarse a continuación, aunque dudaba que, después del fusilamiento, algo más consiguiera afectarlo de tal forma.
—¿Hay noticias de Armin?— quiso saber el pelirrojo que encabezaba la pequeña caravana.
—Ninguna hasta el momento, señor— dijo el joven recluta, apenado—.También desconocemos el paradero de Connie Springer y no hay rastro de los niños Marleyanos.
—Redoblen los esfuerzos de búsqueda— ordenó Floch tratando de emular el tono autoritario de sus superiores; Jean deliberó que lucía como un verdadero idiota—. No podemos darnos por vencidos— concluyó.
De todas las personas posibles y disponibles en la Isla en las que Eren podía confiar, jamás imaginó que un imbécil como Floch sería el primero en la lista.
Sin darle tiempo para que Jean continuara con su proceso de rumiación, Forster abrió la pesada puerta de madera que daba a las oficinas del cuartel. Floch flaqueó una sonrisa sospechosa en sus labios e instó a Jean a que pasase. Él no se inmuto cuando dio paso al frente, pero un extraño presentimiento de que algo malo iba a pasar le latía en las sienes con deliberada insistencia.
La gelidez de la habitación lo cobijó tan pronto como cruzó el umbral de la puerta. Por instinto, examinó el lugar, receloso. Sus ojos dorados se toparon con un par de cadetes que no movieron su cabeza cuando arribó, pero sus miradas rodaron para examinarle de pies a cabeza.
—Espero que puedas hablar con los demás y hacerlos entrar en razón, Jean— siseó Floch alargando más la comisura de su labio antes de situarse en medio de la geografía del cuarto—. Estamos cerca de cumplir con el objetivo de Eren, todos obtendremos un beneficio.
Aquellas palabras tensaron los músculos de Jean. Procuró mantener la compostura, dando a entender que estaba de acuerdo con todo eso.
—Lo sé— dijo al mismo tiempo que dejó escapar un suspiro cansino.
Floch levantó las cejas ligeramente.
—¿De verdad lo sabes?— indagó, divertido.
Jean lo miró directamente a los ojos y, con todo el aplomó que le era posible recolectar en esos momentos, respondió:
—Sí.
—Tan pronto como acabemos con nuestros enemigos recibirás tu recompensa— cloqueó el joven—. Demostraste ser leal a la causa.
Jean giró parsimoniosamente hacia donde se había dirigido Floch, quedándose rezagado unos pasos más atrás mientras su compañero tomaba una botella de vino de la mesa.
Con una mirada criptica, Floch lo estudió en un silencio que se prolongó cinco segundos. Cinco, angustiosos e infinitos segundos.
—Supongo que hemos terminado por hoy ¿cierto?— preguntó Jean, cauteloso.
—Por primera vez supones mal, Kirstein—lo contradijo de inmediato—. Te llame para pedirte un favor.
Floch continuo perforándole con la mirada, tal vez estaba buscando la manera de extender esa agónica conversación.
—¿De qué se trata?
—Es sobre Mikasa.
Jean tragó grueso.
—¿Qué hay con ella?
El pelirrojo inclinó la cabeza un poco, lo suficiente para mostrarse intrigado.
—Dice que no está interesada en unirse a nosotros— dijo con cierta decepción—, no es como si tuviera otra opción ¿verdad?
—¿Me estás pidiendo que intente convencerla?— cuestionó, confundido.
Dudaba que pudiese persuadirla a cambiar de opinión.
—Es la soldado más fuerte que conozco, sería una afición perfecta a la causa— sonó extrañamente divertido cuando mencionó aquello—.Pensé que, al tratarse de Eren, aceptaría de inmediato— le mostró una enorme sonrisa.
Jean pareció conmocionado, pero enseguida su rostro volvió a mostrarse endurecido. Sus gélidos ojos brillaron.
—Escucha, Floch— murmuró en voz baja, dejo escapar un suspiro y agregó—: No deberíamos inmiscuirla en esta situación.
—Eso nos da motivos suficientes para acusarla de traición.
Sintió la boca repentinamente seca.
—El hecho de que no desee hacerlo no quiere decir que sea una traidora— rebatió—. Además, creo que no es lo que él querría para ella.
El rostro de Forster se retorció en una carcajada.
—Después de todo, la puta de Eren Jaeger tiene dignidad— dijo el pelirrojo tranquilamente.
Jean se puso rojo de ira. Su rostro había cambiado, en su expresión había algo que solo reservaba para las rarísimas ocasiones en las que estaba verdaderamente molesto.
Reaccionó de la peor manera: frenético y furioso, acortó la distancia que los separaba con dos largas zancadas y con alevosía, lanzó un puñetazo que Floch no pudo esquivar, rompiéndole la nariz.
Antes de que el cobarde pudiese ponerse de pie, lo tomó por la solapa de la camisa, asegurándose de ejercer la presión suficiente en su garganta para cortar el suministro de aire.
La furia de Jean se había vuelto más aguda y nítida, como un pulso palpitante. La rabia recorría su cuerpo entero con tanta fuerza y poder que estaba casi a punto de temblar. Sus sentimientos, que habían enmudecido por la conmoción inicial, comenzaban a aflorar.
—No vuelvas a llamarla así— lo amonestó al mismo tiempo que le enseñaba los dientes.
Justo a lado de Floch, los dos cadetes apuntaban a Jean.
—¿O q-qué?— lo retó; la voz sonaba entrecortada.
Floch parecía divertirse con Jean. Nunca le perdonaría lo que había hecho: iba a matar a ese cabrón.
Había estado a punto de estallar igual que los reclutas fusilados, pero entonces… una voz en su cabeza intervino en el momento crucial, diciéndole que se tranquilizara.
Desde luego, si se rebelaba ahora, acabaría igual que los "traidores". Y además había otra cosa: la chica a la que adoraba Eren estaba en peligro. Si lo mataban ahora, ¿qué sería de Mikasa Ackerman?
Y lo liberó: el cuerpo de Floch impactó en el suelo con un ruido sordo, como si se tratase de un costal de papas.
Haciendo caso omiso a las amenazas de los guardias, pasó de largo, dispuesto a largarse de ahí en cuanto antes.
En ese instante se sentía muy desgraciado, como si su corazón estuviera siendo aplastado por una furia y una tristeza que no podía liberar. Apretó los puños con todas sus fuerzas para tranquilizarse y conseguir calmar su cuerpo, que aún temblaba. Los apretó cada vez más y más fuerte.
—No respondiste mi pregunta, Kirstein— lo retó Floch luego de un segundo o dos, cuando consiguió recuperar el dominio de su cuerpo.
Jean hizo rechinar sus dientes. Se dijo que tenía que ser paciente y se lo repitió una y otra vez.
—No quieres averiguarlo, Forster.
Una voz tranquila —y, de hecho, casi desenfadada— lo devolvió al presente. Contempló aturdido a la persona que le hablaba.
—¿Es todo, caballero?
Aun medio atrapado en la telaraña del recuerdo, Jean parpadeó, aturdido.
—Si— murmuró, desconcertado.
Entre confundida y hastiada, la joven tomo una bocanada de aire y, evitando prolongar más la interacción, solicitó el monto a pagar.
—Su pedido estará listo dentro de una semana— anunció con un tono de voz monótono, casi maquinal—. ¿Dónde desea que realicemos la entrega?
Jean la miró y, esta vez, sus ojos claros parecieron advertirla.
Alcanzó un bolígrafo y un trozo de papel que yacía en la superficie del mostrador y, sin más preámbulos, plasmó la dirección de su nueva casa, el hogar que compartía con Mikasa.
La joven alzó ambas cejas, impresionada.
—¿Cerca de la base militar?— cuestionó.
—Así es— corroboró el castaño.
La chica incorporó el papel junto a la nota de la venta. Tal como llevaba haciéndolo desde hace algunos minutos, agradeció a Jean por su compra y le deseó un buen día.
Mientras caminaba en dirección a la puerta, se dio cuenta que su cabeza era una vorágine de recuerdos, unos más turbulentos que otros.
Solo cuando salió de la tienda se permitió expulsar, en una sola expiración, todo el aire que había retenido durante el corto trayecto.
Echó un vistazo a sus alrededores con el objetivo de localizar a Mikasa, quien, renuentemente, expresó su deseo de aguardar por él afuera. Lejos de insistir, Jean asintió, prometiendo retornar en cuestión de minutos. No obstante, sus planes de realizar una visita rápida se vieron destruidos cuando descubrió que la famosa sastra era una mujer que rondaba los noventa años. Por lo que, la visita de quince minutos se tornó en una reunión de casi una hora.
Tras un rápido escrutinio, vislumbró al objetivo de su búsqueda postrada bajo la sombra de un árbol. Vestía una blusa vaporosa y una falda que llegaba hasta sus pantorrillas. Su cabello largo y espeso, lo llevaba peinado sencillamente en una coleta alta. Su aspecto había cambiado mucho. Ahora que la serenidad reinaba en ella, aquel cambio parecía conferirle una belleza sobrenatural.
Mikasa siempre tenía tal aire de quietud, un porte tan delicado que impedía que cayera en apasionamientos y emociones vehementes, y hacían que el placer de los que la miraban y escuchaban se tiñera de un sentimiento predominante de respeto. O al menos así se sentía Jean en esa ocasión.
El paseo reconfortante, el clima cálido, la presencia y la amabilidad de su compañera, o algo más, algo de su propia mente única, habían despertado una fuerza dentro de él. Esa fuerza brillaba en sus ardientes mejillas, que antes siempre había visto pálidas y exangües. También brillaba en la luz de sus ojos líquidos, que habían adquirido una belleza aún más llamativa que los de ninguna otra mujer, una belleza causada no por su color ni las largas pestañas, ni las cejas bien dibujadas, sino por su sentimiento, su profundidad y su esplendor.
A medida que descubría más detalles en la escena, reparó con asombro en la pequeña que yacía frente a ella. Ambas parecían estar enfrascadas en una conversación; la pequeña movía los labios con rapidez mientras Mikasa pasaba los largos y finos dedos por su cabello, tal como solía hacerlo con Sasha.
Si bien, la escena despertó cierta nostalgia al transportarlo a los recuerdos de su amiga fallecida, también avivó un deje de sorpresa al avistar a la temible Mikasa Ackerman en esa faceta.
En su defensa, durante gran parte de su vida fue testigo de la traza de soldado de su compañera, el arma letal. La actitud cálida y cariñosa estaba reservada para Armin y Eren, Historia en algunas ocasiones y Sasha cuando se encontraban a solas.
Sin ánimos de interrumpir, se aproximó a ella cautelosamente, asegurándose de mantener una distancia prudencial.
—Termine— anunció Mikasa con una sonrisa una vez que finalizó de atar las puntas del largo cabello con un listón—. Ahora nos vemos casi iguales.
La niña se separó de ella mostrando un rostro de felicidad.
—No ocultes tu rostro ¿sí?— acarició el cabello de la pequeña antes de colocar la mano sobre su hombro—. Ya sabes qué hacer cuando esos bravucones vuelvan a molestarte.
—Sí, gracias, señorita…— la niña se interrumpió al darse cuenta que no sabía el nombre de su salvadora.
—Mikasa— dijo la pelinegra.
—Gracias, señorita Mikasa— reiteró la infanta con un bonito sonrojo encendiéndole las mejillas.
—¡Ambrosine!— clamó una mujer al otro extremo de la calle.
—Debo irme— anunció la niña un tanto reacia a marcharse—. Hasta pronto, señorita Mikasa.
—Hasta pronto. Fue un gusto conocerte, Ambrosine.
Mikasa no sonreía a menudo, pero cuando lo hacía era de esa manera tan radiante. Había visto esa expresión pocas veces, era una alegría que guardaba solo para momentos especiales, como ese día.
Una vez la niña estuvo fuera de su vista, reparó en Jean.
—¿Conseguiste todo lo que necesitabas?— preguntó con genuina curiosidad.
—Sí— contestó.
Mikasa asintió, satisfecha, al mismo tiempo que se sacudía con la mano unas brizas de hierba de la falda.
Avanzaron por la calle, despacio, sin mantener lo que se puede llamar una conversación propiamente dicha.
La luz del verano se filtraba a través de las copas de los árboles y danzaba sobre sus hombros.
—Así que…— dijo rascándose la nuca—, hiciste una nueva amiga.
Mikasa sacudió la cabeza sonriendo.
—Supongo que sí.
Aunque su sonrisa duró un instante, hacía mucho tiempo que no la veía sonreír. Mikasa y él se habían apeado en el pueblo e iban andando por las estrechas calles adoquinadas. Era la tarde de un domingo a mediados del verano. Esa mañana había lloviznado a ratos; al medio día la lluvia había cesado y el viento del sur barría los oscuros nubarrones que cubrían el cielo. Las hojas de los avellanos, de un fresco color verde, se mecían al viento y reflejaban los destellos de los rayos del sol. Las personas con quienes se cruzaban se habían despojado de las chaquetas y lo chales, que llevaban sobre los hombros o colgados del brazo. Todo el mundo parecía feliz bajo los cálidos rayos del sol.
—Nunca pensé que te llevarías también con los niños— dijo Jean, que andaba a su lado.
—Son fáciles de tratar— respondió ella, dirigiéndole una mirada rápida.
—Eso es cierto— coincidió Jean.
—Un grupo de niños la estaban molestando— empezó a relatar—, se veía tan asustada, lloraba y temblaba. No podía quedarme de brazos cruzados, así que intercedí.
Jean se quedó reflexionando unos instantes.
—No los golpee— se apresuró a aclarar, apenada.
—¡Oh, no, no!— respondió Jean—. Jamás pensé que lo harías. Es solo que…— buscó las palabras apropiadas mordiéndose los labios, pero al parecer no logro encontrarlas. Apartó la mirada lanzando un suspiro.
—Estoy habituada a ese tipo de situaciones. No pude evitar ver a Armin en ella— frunció el entrecejo—, incluso pude verme reflejada por un instante en su rostro hinchado y enrojecido por el llanto.
Mikasa no era una mujer que se enfrascara en el pasado. No. Ella era práctica. Pocas veces desvelaba episodios de su vida en su voz alta. Cuando le apetecía, hablaban de su existencia, pero siempre de una manera fragmentaria, sin hilvanarlo con nada. No mencionaban el pasado.
Por esa razón, tal momento de exuberancia lo tomó por desprevenido.
—Mikasa, yo lo lamento, lo había… Lo había olvidado.
—No lo habías olvidado; es que no lo sabías.
Jean se miró las manos y no dijo nada.
La pelinegra interpretó aquel silenció como un permiso para continuar con su relato.
—No tenía amigos cuando era niña. Los niños me temían, decían que era monstruo.— Apretó los labios—. Además creían que era la culpable de la muerte de mis padres, así que tenían miedo.
Ambos permanecieron unos instantes contemplando el sendero frente a ellos.
—Lo que aquellos niños decían a mis espaldas dejó de importarme tan pronto como comenzaron a molestar a Armin.— Mikasa ladeo la cabeza—. Eren era problemático por naturaleza, en cambio, Armin… Bueno, ya sabes cómo es él. Constantemente me veía inmiscuida en peleas para rescatarlos.
—No hiciste nada malo, Mikasa, simplemente querías protegerlos— estaba admirado—. Me habría gustado tener a alguien como tú a mi lado.
La pelinegra se concentró en las hojas de los árboles que caían, para que Jean no viera que se había puesto roja.
—Vaya— farfulló.
—¿Qué?
—Por un instante imaginé que eras un bravucón, ya sabes, cuando éramos cadetes tu…— Mikasa levantó la vista y lo miró a los ojos.
Jean comprendió de inmediato a lo que ella se refería.
—Oh— murmuró—. Lamento decepcionarte, pero era patético ¿sabes? Los demás chicos se burlaban de mí. Era un niño obeso y lloraba por todo. No fue la mejor época de mi vida— suspiró.
—Los niños pueden ser crueles ¿no es así?
—En ocasiones— concordó.
Al andar mantenían entre ambos una discreta distancia. Con todo, Jean podía percibir el olor ligeramente dulzón que desprendía el cabello de Mikasa, un olor que tanto podía ser del jabón u otro producto desconocido. Posiblemente, a alguien que viviera, año tras año, envuelto en el aroma que desprendía Mikasa dejaría de pensar que había algo honoroso en declarar guerras.
—Se que no lo dije en su momento, Jean, pero estoy agradecida contigo— dijo ella de repente. Le clavó los ojos con cara de estar observando un objeto extraño. Su mirada era tan profunda y cristalina que el corazón del aludido dio un vuelco.
—¿Por qué?— cuestionó él, aclarándose la garganta. La luz de los rayos del sol coloreaba su piel y él notó el calor subiéndole a las mejillas.
—Es fácil hablar de las vivencias del pasado contigo, en especial aquellas que incluyen a Eren— se apresuró ella—.Cuando quiero hacerlo, la mayoría de las personas lo lamentan y evitan tocar el tema. Pero tu no. Tu escuchas y entiendes y, por eso quiero agradecerte.
No podía decirse que la relación entre él y Mikasa no progresara. Poco a poco, ella iba acostumbrándose a su presencia, y él a ella. Luego de la primera semana viviendo bajo el mismo techo, Mikasa se desenvolvía alrededor de él como si fuera lo más natural del mundo. Jean lo interpretó como la señal de que lo aceptaba como amigo.
Aun así, seguían sin mencionar el pasado. El nombre de Eren apenas salía en sus conversaciones,
—No hay nada que agradecer, Mikasa— asintió con sentimientos encontrados.
Prosiguieron caminando sin rumbo fijo.
Mientras dejaban atrás el bullicio del pueblo, Mikasa, con los ojos clavados al frente, parecía reflexionar sobre lo que acababan de hablar. Un mechón de cabello que había escapado de los confines de su coleta, le caía hacia delante cubriéndole el bonito puente de la nariz. Miró la oreja que se le asomaba entre el cabello. Miró los labios ligeramente fruncidos. Todas y cada una de esas partes estaban dibujadas con unas líneas tan delicadas que jamás hubiesen podido ser trazadas por la mano del hombre y, contemplándola, se maravilló de cómo todas ellas habían confluido en aquella mujer llamada Mikasa.
De pronto, tuvo una horrible certeza. Por más tiempo que viviera, jamás podría experimentar una felicidad mayor que la que sentía en aquel momento. Lo único que podía hacer era intentar conservar ese recuerdo para siempre. Lo horrorizó la felicidad que sentía. Si la porción de dicha que correspondía a cada persona estaba fijada de antemano, en aquellos instantes quizá estuviera agotando la parte que le correspondía para su vida entera.
Se percató de que Mikasa lo estaba mirando. ¿Tan seria era su expresión? Porque la sonrisa que ella esbozaba se borró súbitamente de su rostro.
—Jean, ¿qué te pasa?
Negó con un forzado movimiento de cabeza.
—Nada.
Mikasa detuvo el paso y, al mismo tiempo, lo tomó del brazo.
Los ojos de su compañera parecían ir ganando en transparencia. Una transparencia ausente. Pronto, sin razón aparente, clavaba sus ojos en los suyos como si buscara algo, y, cada vez que ese ocurría, lo embargaba una extra e insoportable sensación de soledad.
—Jean— lo llamó con firmeza—. Sabes que puedes confiar en mi ¿cierto?
El joven asintió.
—Entonces ¿qué sucede?
Jean pareció darle vueltas al asunto durante un segundo o dos, sopesando si debería, o no, sincerarse con ella en ese preciso momento.
En los tres años que estuvo lejos de ella, había descubierto que lo que siempre temió no fue romper el corazón de Mikasa, lo que intentaba evitar a toda costa era que ella rompiera el suyo.
—No es nada ¿sí?— Jean tragó saliva, nervioso.
Mikasa abrió los labios para rebatir, sin embargo, decidió no hacerlo.
Jean se preguntó si trataba de decirle algo. Quizás era incapaz de expresarlo con palabras. Antes de traducirlo al lenguaje hablado, tendría que haberlo comprendido ella misma. Por eso no hallaba las palabras. En esas ocasiones, Mikasa se limitaba a fruncir el ceño, se mordía un carrillo y clavaba la mirada ausente al frente. De haber podido, Jean hubiese deseado abrazarla, pero siempre se quedaba con la duda y desistía. Tal como esa ocasión.
La vida en el campo era tranquila, demasiado apacible para su propio gusto.
La ubicación de la casa era buena. Tras ella, y a no mucha distancia a ambos lados, se levantaban altas colinas, algunas de las cuales eran lomas abiertas, las otras cultivadas y boscosas. La aldea estaba situada casi en su totalidad en una de esas colinas, y ofrecía una agradable vista desde las ventanas de la casa. La perspectiva por el frente era más amplia; se dominaba todo el valle, e incluso los campos en que éste desembocaba. Las colinas que rodeaban la residencia cerraban el valle en esa dirección.
Sin embargo, como Jean salía temprano por la mañana, regresaba para almorzar durante una pausa de media hora y luego no volvía hasta que la cena estaba casi lista, Mikasa se sentía muy sola. Pasaba los días encerrada en casa. Dedicaba la mayor parte del tiempo a intentar leer, postrada junto a la ventana abierta.
Por un instante contempló la opción de acompañarlo al cuartel. Si bien, los asuntos diplomáticos no eran su fuerte, probablemente sus bastos conocimientos en el campo de batalla servirían de algo. No obstante, desechó la idea tan pronto como recordó a quienes estaba ayudando.
De ese modo fueron pasando los días y la calma volvía poco a poco a su alma.
El exceso de dolor como el exceso de alegría era algo violento que duraba poco. El corazón humano no podía permanecer demasiado tiempo en ninguno de esos extremos. Mikasa había sufrido tanto que ya no le quedaba más que el asombro.
Con la seguridad le había vuelto también la esperanza. Ahora estaba fuera de la sociedad, fuera de la vida, pero presentía vagamente que quizás no iba a ser imposible volver a engranarse en ella. De momento era como una muerta que tuviera en reserva una llave de su tumba.
Sentía alejarse de ella poco a poco las terribles imágenes que durante tiempo la habían obsesionado. Todos aquellos sucesos y fantasmas, el Retumbar, Floch, sus antiguo compañeros de batalla, se iban borrando en su espíritu; todos, incluso Eren.
Además, Jean estaba con ella. Después de todas aquellas sacudidas fatales que habían hecho que todo se derrumbara en ella, sólo una cosa había quedado en pie en su alma: el sentimiento de cariño por el teniente. Y es que su madre solía decirle que ese sentimiento era como un árbol, un árbol que crece por sí mismo, que echa profundamente sus raíces por todo su ser y con frecuencia sigue reverdeciendo incluso en un corazón destrozado.
Por todo esto cada amanecer se encontraba más tranquila, menos pálida y con una respiración más acompasada. A medida que su llagas internas se iban cerrando, su gracia y su belleza florecían en su rostro, pero más recogidas y serenas.
Con ese pensamiento en mente, colocó el libro sobre su regazo y cerró los ojos.
La calma duró un instante y se disipó con un insistente llamado a la puerta.
Mikasa frunció el entrecejo. Probablemente se trataba del cartero. Después de todo, esperaba correspondencia.
Se levantó de su asiento, atravesó la sala de estar con paso lento y cruzó el pasillo que conectaba el vestíbulo con el resto de las habitaciones de la planta baja.
Para su sorpresa, al abrir la puerta se encontró con dos figuras femeninas aguardando pacientemente en el porche.
—Gracias a Ymir— suspiró la más joven de ellas—. Espero no llegar en mal momento, usted debe ser la señora Kirstein.
Mikasa se sonrojó y luego palideció. Estaba tensa y se puso nerviosa al encontrarse con dos desconocidas.
—Sí, lo soy— contestó sin entender muy bien lo que estaba pasando.
Entusiasmada, la joven se abalanzó hacia ella.
—No sabe cuánto me alegra que este aquí— dijo la chica mientras le estrujaba con un fuerte abrazo.
Más tensa que la cuerda de un arco, Mikasa dirigió la mirada hacia la otra mujer quien, apenada, se limitó a encogerse de hombros a manera de disculpa.
—Por favor, pasen— masculló.
Sin necesidad de decirlo dos veces, la chica ingresó a la casa con entera confianza, como si ambas fuesen viejas amigas que se hubiesen reencontrado luego de muchos años.
—¿Dónde está la cocina?— preguntó a la par que se despojaba del sombrero y el chal.
—Por el pasillo a la derecha— indicó la pelinegra; demasiado pasmada para rechistar.
Vislumbró a la mujer precipitarse en la dirección indicada con una enorme canasta en las manos.
—Intente esperar un poco más, pero no pude resistirme. En cuanto mi esposo me contó que había arribado el nuevo teniente con su esposa me dije a mi misma que debía realizar una visita.
La voz de la chica le recordó el arrullo de las palomas. Tenía unos ojos que incitaban a cualquiera a contemplar. Todo su rostro parecía lleno de encanto.
—Traje una canasta de bienvenida— anunció—, contiene pan recién horneado, vino, queso y otras delicadezas que seguro le encantara degustar en compañía de su esposo— canturreó.
—Gracias— consiguió decir Mikasa en voz alta—. Jean lo disfrutara.
La joven asintió complacida.
—¡Uy! ¿Pero dónde quedaron mis modales?— dijo para sí misma—. Mi nombre es Sif, soy esposa del General Hegstad— le tendió la mano.
—Encantada de conocerla, soy Mikasa Ack- Kirstein— consiguió corregirse de inmediato, estrechándole la mano con fuerza.
No estaba preparada para ese comité de bienvenida, no podía imaginarse cuál sería su aspecto. Estudió un momento a la alegre Sif: tenía una cara preciosa. Llevaba el cabello largo y castaño atado en un intricado peinado que solo había vislumbrado en las damas de la alta sociedad en Mitras. Parecía demasiado delgada para su altura. Llevaba una falda oscura de cuadros y una blusa rosa con encaje en el pecho y las mangas. Probablemente había alcanzado la veintena, parecía más una niña que una mujer que estaba casada con un General.
—Que nombre tan extraño, supongo que no es de Paradis— dijo Sif, con una sonrisa.
—Así es— mintió—. Vengo de Hizuru— aquello tenía una parte de verdad y mentira por igual, dependiendo del punto que se apreciara.
—¡Oh, ya veo! ¡Eso es increíble! — contestó la joven con entusiasmo—. Espero que ambas podamos ser buenas amigas.
Mikasa asintió.
Aquello iba a suponer un verdadero reto. Su círculo de amigos era limitado, por no decir austero. Las únicas personas con las que había llegado a entablar una relación estrecha, más allá de Eren y Armin, eran Sasha e Historia, la primera por encima de la segunda.
—¿Puedo ofrecerles algo de beber?— ofreció con amabilidad.
—Un té me vendría bien— concedió Sif—. ¿Y a ti Clara?— preguntó, esta vez dirigiendo toda la atención a su acompañante.
—Lo mismo que elija la señora— secundó.
Caminó los pasos que separaban la cocina del umbral de la puerta. Con las manos temblorosas, rebuscó la tetera que había utilizado esa mañana.
—Y bien ¿Cuál es su impresión de este lugar?— inquirió Sif—. Supongo que debe parecerle bastante austero en contraste con Mitras.
—Me parece bastante tranquilo— repuso.
—Extraño tanto el bullicio de la ciudad— se dirigió a Mikasa con el rostro fruncido en un gesto jovial.
—¿Vivía ahí?— quiso saber, aunque en realidad intentaba mostrarse cordial.
—Nací y crecí en el distrito. Me mude aquí tan pronto como me casé con el General— comentó Sif—. Me habría gustado disfrutar más de la temporada de bailes y las fiestas— se lamentó—. ¿Qué hay de usted?
Mikasa tragó grueso.
Ahora comprendía lo intrincado que sería para ambos hilvanar una historia convincente respecto a su relación y reciente matrimonio.
—Jean y yo nos casamos poco antes de que volviera a Paradis— respondió, vertiendo té caliente en tres tazas. Dejó la tetera sobre la encimera de la estufa.
—¡Ah, la dicha matrimonial!— suspiró—. El periodo de la luna de miel es el mejor.
Sif hablaba en tono despreocupado, y en su voz se percibía una suerte de hilaridad espectral que arrancaba una sonrisa a todo el que la escuchaba.
—Supongo que lo es— dijo—, nunca había estado casada.
La joven dejó escapar una discreta carcajada.
—¿Piensan tener hijos?— inquirió al cabo de un segundo o dos.
Sintió que un rubor le invadía la cara, porque la alusión a formar una familia le trajo a la mente una serie de imágenes difíciles de explicar.
—Aún no hemos abordado el tema— espetó—. ¿Y usted?
—Ulrik y yo tenemos un hijo— admitió Sif—. Es un encanto. Lo conocerá el día de la cena.
—Espero hacerlo.
—Su esposo lo menciono ¿cierto?
—Lo hizo la tarde anterior— murmuró Mikasa con voz queda—. ¿Con que acompañan el té?
—Crema y azúcar— se apresuró a responder Claire con un gesto que evocaba un deje infantil.
—Miel, por favor— contestó su acompañante al otro extremo de la cocina.
Mikasa se dispuso a rebuscar los productos en algún lugar de la cocina. Mientras lo hacía, no podía evitar evocar a Sasha en aquella chica que acababa de conocer.
—¿Pero que tonterías dices? Por supuesto que no te odia— comentó la castaña en voz alta, soltando una carcajada—. Es sólo que le gustas tanto que no sabe cómo tratar contigo. Dale tiempo.
Sasha le había dicho eso luego de que Jean estuviese evitándola a toda costa por tres semanas enteras. En un principio, Mikasa atribuyó la indiferencia de Kirstein al hecho de que había herido su ego tras vencerlo en un combate. Sin embargo, la alegre cadete no tuvo problemas en desvelar el verdadero motivo de su incuria.
Cuando se giró a encarar a su invitada, vislumbro el rostro sonriente de Sasha de frente a ella.
—Ves, te lo dije— espetó—. Jean nunca podría odiarte.
El corazón le dio un doloroso vuelco y golpeó sus costillas.
—¿Mikasa?— la llamó Sif al notar su turbación y agitación, tomándola de la mano—. ¿Se encuentra bien?
Poco a poco, la realidad fue adensándose dentro de aquellas cuatro paredes, obligándole a recordar que Sasha no estaba ahí.
—Sí, lo estoy— requirió cierto esfuerzo disimular lo afectada que estaba. Sif sonrió amablemente.
Esa tarde Jean regresó a casa un poco más temprano que de costumbre. Tan pronto como el joven cruzó el umbral de la puerta y anunció su llegada, los dos iniciaron la monótona danza que venían realizando desde hace una semana.
—Y bien, ¿cómo estuvo tu tarde?— preguntó él.
Mikasa reparó en su aspecto por primera vez ese día; a pesar de que aun portaba parte de su uniforme, llevaba los primeros botones de la camisa abiertos, permitiéndole entrever una fracción de piel de su cuello y una ínfima parte de su pecho. Inconscientemente, sus ojos descendieron hasta los antebrazos descubiertos, reparando en la protuberancia de las venas y la manera en que resaltaban cada vez que realizaba un movimiento.
Sabía muy bien que Jean era un joven atractivo. Tenía un rostro anguloso, la nariz recta y unos labios carnosos y bien delimitados. Mikasa se había fijado en todos aquellos detalles desde la primera vez que lo había visto. Pero en los últimos días se estaba fijando en otras cosas. Cuando Jean sonreía, lo hacía de una forma que evocaba la calidez de la primavera. Sus ojos eran de un color dorado, y los más vivaces que había visto nunca. A veces hablaba con una voz grave, ronca, que la hacía estremecer. Y a veces, cuando se sentaban junto a la chimenea, y las llamas despertaban destellos en su rostro, y la miraba, y le sonreía… En fin, también la hacía estremecer.
—Extraña— concluyó una vez que se obligó a interrumpir el insistente escrutinio y pensar en su reunión con Sif—. La esposa del General pasó a saludar.
Ante la mención de su superior, notó la ondulación de sus músculos bajo la fina tela de la camisa, como un gato arqueando el lomo.
—¿Cómo estuvo?— quiso saber.
Aquella era otra cosa que la había cautivado, el constante interés que Jean mostraba cada vez que ella hablaba de alguna trivialidad inocua.
—Fue…agradable— Mikasa se detuvo mientras intentaba buscar las palabras correctas—. No dejaba de mencionar lo emocionada que estaba al tenerme aquí y la idea de convertirnos en amigas.
—Bueno, puedes intentarlo— medio sonrió él.
—Luce muy joven para ser una mujer casada— prosiguió hablando mientras despojaba los últimos platos de algunos restos de comida.
—¿En serio? Hegstad nunca lo mencionó.
—Lo es— dijo ella con tono alegre—. Me atrevo a decir que es un par de años más joven que yo.
Jean continuo lavando los platos. Aquel era un ritual que realizaban a diario; primero la cena, después los deberes. En ocasiones invertían los papeles, Mikasa talla y enjugaba y Jean secaba. La pelinegra se regodeaba en la tranquilidad que esta rutina generaba en ella, disfrutaba de la compañía de Kirstein, se contaban cosas que jamás le habían siquiera mencionado a alguien y se guardaban para sí mismos las que les hubiese gustado que nunca llegaran a saberse.
—Hegstad es un hombre que ronda los cuarenta— dijo Jean.
Ella arrugó la nariz ligeramente.
—Eso es retorcido— masculló.
—Si— coincidió él—, pero también es más común de lo que imaginas.
Mikasa soltó un suspiro a manera de derrota. Sin lugar a dudas, jamás terminaría por entender la manera en que funcionaba el mundo.
—Estaba pensando…— comenzó a decir de forma ausente. Evitó toparse con la mirada inquisitiva de Jean.
—¿Si?— el apuesto joven enarcó una ceja, curioso.
Esa era otra cosa que la había fascinado. Durante años, Mikasa había visto el mundo a través de la oscura y distante mirada de Eren, pero hoy se hallaba cautivada por el fulgor de esos enigmáticos ojos dorados que la observaban como si ella fuera la única mujer que existiera en el mundo.
Ella carraspeó para deshacerse de la piquiña de incomodidad atascada en su garganta y se abanicó un poco con la mano para disipar el calor.
—Estaba pensando en conseguir un empleo en el pueblo— consiguió decir en un solo intento.
Jean frunció el entrecejo.
—¿No te gusta este lugar?— quiso saber.
Mikasa sacudió la cabeza.
—Al contrario, me encanta— respondió mientras mantenía un gesto de absoluta calma—. Sin embargo, comienzo a aburrirme. Contigo fuera la mayor parte del día, mis actividades se reducen a leer y pasea por la casa como un alma en pena— continuó—. Le pregunte a la señora Rosenbald si podía realizar unas cuantas tareas en la granja, pero se negó, dijo que no quería obligar a la esposa del teniente a ensuciarse las manos.
Jean se rio y negó con la cabeza.
—Estoy seguro que podemos buscar un pasatiempo— terció él—. Tal vez podríamos hacer algo juntos— sugirió un tanto apenado—. Intentaré regresar antes a casa.
Mikasa no supo precisar qué cambio sufrió su cuerpo, pero cuando esos profundos ojos ambarinos la divisaron con un profundo e incomprensible interés, sus mejillas empezaron a arder, y su corazón se aceleró.
—N-no es necesario— le contestó su lengua sin pedirle permiso.
Jean la miró de hito en hito, y poco a poco, esa impresión se transformó en una mueca de decepción, tal como había sucedido con Eren aquella noche en que le cuestionó que significaba para ella.
—Lo siento, no era mi intención hacerlo sonar de esa forma— quiso aclarar cuando notó la picardía diluírsele—. Si no que, no quiero interferir con tu trabajo. Ya hiciste suficiente con aceptar que viniera contigo.
Jean asintió a manera de respuesta y secó sus manos con una toalla que había dejado cerca.
—No es ningún problema— le aseguró—. Mencionaste que querías plantar un jardín ¿cierto?
Un extraño corrientazo la recorrió de pies a cabeza, si no hubiese estado recargada contra el mueble de la cocina, seguramente, habría registrado la debilidad en sus piernas al ver como sus aristocráticas facciones se relajaban con el indicio de una sonrisa afectada; la comisura de sus labios a medio levantar.
—Sí— moduló, sintiéndose torpe mientras se aclaraba la garganta.
—Podemos hacerlo el fin de semana— sugirió Jean, ajeno a lo que estaba sucediendo con Mikasa.
—Eso sería encantador.
Tan pronto como sus piernas temblorosas se lo permitieron, Mikasa optó por enfocar su atención en otra cosa que no fuese Jean.
De la estufa tomó la tetera y vertió café en dos tazas, una para ella y otra para su acompañante.
—Aun así, me gustaría hacer otra visita al pueblo— musitó ella, extendiéndole la taza humeante—. Necesito hilos y material para bordar.
Jean alzó ambas cejas a causa de la impresión.
—No sabía que te gustaba hacer eso.
Ella retiró la mano antes de llegar a tocarlo.
—Mi madre me enseño cuando era pequeña. No soy una experta, pero conozco lo básico.
—En ese caso le diré a la encargada que te asigne un caballo. Esta gente es tan cuadrada— resopló.
Mikasa no lo perdió de vista y volvió a ruborizarse.
—Gracias, Jean.
Los dos recayeron en un nuevo silencio mientras degustaban una taza de café caliente. No se trataba de una afonía incómoda como las primeras veces que ambos se quedaban solos en una habitación. Mikasa encontraba reconfortantes esos lapsos en los que podía callarse unos cuantos minutos y disfrutar de la compañía de Jean en absoluto mutismo, sin necesidad de llenar el espacio con charlas triviales o comentarios sin sentido.
—Mikasa, ¿sucede algo malo?– preguntó Jean, obligándola a salir de sus pensamientos.
La aludida parpadeó para romper el inusitado, pero penetrante contacto visual y volvió el rostro para ocultar su bochorno. No tenía la menor idea de qué era lo que le pasaba. Ella no era la clase de chica que anduviera por la vida ruborizándose por cualquier interacción con alguien del sexo puesto, en especial con un amigo, pero por alguna extraña razón desde que Jean dejó caer el demoledor poder de sus ojos miel sobre ella ese día, no podía evitar hacerlo.
—¿Qué?— cuestionó—. No, estoy bien— le aseguró.
—Buen intento, pero no voy a caer en la trampa— dijo bebiendo de su taza—. Te conozco desde hace tiempo, Ackerman, por ese motivo sé que cuando algo te molesta sueles clavar la mirada en un punto fijo y fruncir el entrecejo. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?
Mikasa no sabía si debía sentirse halagada o preocupada al ser tan transparente con sus emociones. Hasta el momento, Armin era el único que sabía interpretarla a la perfección, como si se tratase de un libro abierto que sabía de memoria de inicio a fin. En cuanto a Jean, tan solo le había tomado un par de años descifrar sus gestos.
Lejos de atormentarse, decidió que era apropiado contarle sobre el pequeño accidente que había sufrido esa tarde mientras convivía con la esposa del General.
—Esta tarde mientras charlaba con Sif, tuve la impresión de ver a Sasha— susurró—. La vislumbre con tanta nitidez…
Inmediatamente la expresión calmada de Jean se diluyó hasta transformarse en un gesto serio, tenso.
En sus conversaciones habituales, seguían sin mencionar a sus amigos caídos en batalla: Sasha, Marco, Eren. Sus nombres apenas salían a relucir.
Expresado en palabras, sonaba a tópico, pero años atrás Mikasa lo sentía como una masa de aire en su interior. La muerte estaba presente en el desayuno, en los equipos de maniobras tridimensionales que llevaban consigo y en las relucientes hojas de sus pesadas. Y ellos vivían respirándola, permitiéndole adentrarse en sus pulmones como un polvo fino.
—Cuando ella murió tu… nunca hablaste con nadie de ello— puntualizó Mikasa.
Luego del funeral, todos se habían sentado en silencio en la sala, con la mirada fija en un punto indefinido, tratando de asimilar la ausencia de Sasha.
Una sonrisa infeliz ladeo los labios de Jean cuando se decidió a hablar.
—No tuve tiempo de hacerlo. Después de eso todo ocurrió tan deprisa— hizo una pausa en donde Mikasa solo pudo admirar como los hombros de Jean subían y bajaban en respiraciones profundas—. Eren siguió con sus planes y lo demás es historia. Me percaté de su ausencia tan pronto como abordé aquel barco en el puerto de Paradis. Pasé una semana entera recluido en mi camarote. Cuando lloraba me di cuenta que no lo hacía solamente por Sasha, sino también por Marco y Eren.
Mikasa desvió la mirada, como la cobarde que había sido y que aún era, sin poder decir en palabras lo que se agitaba en su interior.
—Jean, yo, lo siento— vociferó, exponiendo la sinceridad de sus sentimientos en cada silaba pronunciada. Desvió su atención una milésima de segundo y la tristeza alcanzó el fondo de su regia mirada cuando continuó susurrando—, lo siento mucho. Desearía poder cambiarlo, desearía…
«Haberme percatado de ello— dijo la voz en su interior». Durante tanto tiempo estuvo tan inmersa en su dolor que fue incapaz de vislumbrar el sufrimiento de las personas que la rodeaban.
Los parpados de Jean se cerraron en comprensión. Sus pestañas se batieron ligeramente cuando aquel par de orbes ámbar se dirigieron una vez más hacia su rostro.
—Tan solo pretendía ser fuerte, sabía que no podía derrumbarme en un momento tan delicado. Ustedes me necesitaban.
Mikasa cerró los ojos con fuerza. El deseo de abrazarlo crecía estrepitosamente en cada partícula de su ser. El tenerlo cerca y sentir sus brazos protectores acariciando su espalda como aquellas noches en que le brindó consuelo se había convertido en una necesidad. Estuvo a punto de hacerlo, pero contuvo el impulso cuando Jean dejó escapar un suspiro de abatimiento.
En su lugar, colocó la taza de café en la superficie e hizo lo mismo con la de Jean.
Bajo la mirada expectante de su compañero, Mikasa tomó su mano, tímidamente, como si no estuviese completamente segura de hacerlo.
Notó la dureza de la palma bajo la punta de sus dedos, años de entrenamiento militar grabados en cada rincón de su cuerpo.
—No tienes que cargar con ese peso tu solo, estoy aquí para ayudarte— sus miradas estaban ahí, fijas uno en el otro.
Antes de que ella pudiese alejarse, Jean estrujó su mano delicadamente.
Una tímida sonrisa danzó en los labios de la pelinegra.
—Me lleva tiempo evocar su rostro— la bruma que cubría la mirada de Jean se esparció como una enfermedad por su rostro—. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. Desde entonces no dejo de retratarla, intento aferrarme a la imagen que tengo de ella para no olvidarla. No quiero que desaparezca al igual que el rostro de Marco.
De una forma inexplicable y casi física, Mikasa reconoció la manera en que el desconsuelo se apoderaba de él.
Realmente podía entenderlo a la perfección, porque lo mismo había sucedido con el recuerdo de sus padres, Carla, Grisha, incluso al muchacho al que amó alguna vez. Su memoria se estaba distanciando del lugar donde se hallaba Eren.
Pronto, Jean, apartó su mano. El hechizo había llegado a su fin.
—Tal vez deberíamos ir a dormir— sugirió—. Ha sido un largo día para los dos.
Haciendo un amago por retirarse, Jean pasó a su lado. En un acto reflejo, Mikasa lo tomó de la mano y tiró de él hasta obligarlo a detener el paso.
Sabía que Jean no iba a encararla, así que, ignorando el violento martilleo de su corazón, rodeó su cintura con ambos brazos y recostó la cabeza sobre la extensión de su espalda.
Notó la forma en que los músculos de Jean se tensaban bajo la palma de sus manos al mismo tiempo que el corazón le dejaba de latir en su pecho.
—Gracias por compartir esto conmigo— comenzó a decir en un murmullo a duras penas audible, por encima de la sonata nocturna—. Se lo que se siente perder de alguien y lo entiendo, realmente lo entiendo, Jean. Has pasado por tanto.
Sin apartarse, notó el pesó de la mano del joven reposar sobre las suyas tímidamente.
—Somos demasiado jóvenes para tanto dolor ¿cierto?— su voz sonó gutural, forzada.
La cercanía le hacía querer permanecer así por siempre.
—Sí, lo somos— coincidió.
Abrazada a Jean, sentía cómo se le caldeaba el corazón.
Aun así, lo último que deseaba era hacerlo sentir incómodo. Poco a poco, aflojó el agarre alrededor de su cintura y levanto el rostro de su espalda. Sin embargo, él la detuvo al presentir su tentativa de alejarse.
—Mikasa, espera— dijo él; la voz ronca, suplicante—. ¿Podemos permanecer un rato más así?
Desde la posición en la que se encontraban, la aludida era incapaz de apreciar la expresión en el rostro de Jean, pero, por sus orejas enrojecidas podía apostar que sus mejillas emulaban el color de un tomate.
—Por supuesto— accedió sonriente.
Arropada por la presencia de Jean, Mikasa sintió una tranquilidad mucho más profunda de la que había experimentado en años.
Continuara
N/A: ¡Hola, hola, gente bonita! Espero se encuentren de maravilla :D
A un mes de la última actualización, estoy de regreso con un nuevo capítulo. Es algo corto en contraste con el anterior, pero significativo. En verdad disfruto escribir estas escenas angst entre nuestros protagonistas porque creo que es el punto de partida de su relación.
Como lo habrán apreciado, Mikasa comienza a ver a Jean bajo otra luz, y, en caso de nuestra contra parte masculina, Jean tiene miedo de hacer otra especie de acercamiento.
Olvide por completo que la cena no ocurría en este capítulo, si no hasta el siguiente jeje pero es por un buen motivo.
Como siempre, muchísimas gracias por tomar parte de su valioso tiempo para leer este fic lleno de drama y romance. Del mismo modo, mil gracias por su paciencia y por mostrarme su apoyo con un favorite, follow o un bonito review.
Espero que hayan disfrutado el capítulo tanto como yo 3
Sin nada más que agregar, cuídense mucho. Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.
¡Nos leemos pronto! ¡Bye, bye!
