Capítulo 1
Nombres
Kushina,
No estoy seguro de por qué estoy escribiéndote. Quiero decir... sé por qué lo hago pero no tiene realmente sentido que lo haga. No puedo enviarte esta carta porque no tengo medios para saber que llegaría a tus manos y el tratar de enviar una carta al pasado es aún menos atractivo de lo que parece a simple vista, de lo que realmente es. La información podría caer en manos equivocadas. Podría, desde luego, no llegarte nunca a ti y dejarme a mí con la incertidumbre que eso significa. Tampoco estoy seguro si sería suficiente para ti, si serviría de consuelo. Si verdaderamente podría confortarte. Quizá ayudaría a calmar tu ansiedad, el saber sobre los que pasó, pero no estoy seguro dadas las circunstancias en las que me encuentro. Puede que lo sientas como una excusa; siempre me has dicho que yo podía hacer lo que quisiera. Que por eso era tu favorito. Cuando estabas a mi lado, sin duda me creía capaz de cualquier cosa. A veces, si pienso en ti, todavía siento que puedo hacerlo.
Imagino que te enfurecería la idea que esté considerando quedarme aquí sin hacer otra cosa que aceptar la palabra "imposible". Creo que te decepcionaría que todos mis intentos hayan sido infructuosos y todas las ideas me hayan llevado a callejones sin salida. Siento que ahora, lo que estoy pensando ahora, haría que odiaras toda la fe que tienes en mí.
No puedo culparte por ello.
Tal vez si estuvieras conmigo en este lugar sería diferente. Tal vez estas últimas tres semanas no se hubiesen sentido eternas. Tal vez nada de esto hubiese sucedido. Nunca lo sabremos.
No estás aquí. No importa cuánto lo desee. Estoy aquí y tú no.
Y no estoy seguro si está bien desear que estuvieses aquí. Si es justo. Estaríamos juntos, sí. Pero habrías perdido todo lo demás. Y ya perdiste todo, una vez. Y no... No podría aceptar eso.
No quisiera ser tan egoísta. Sé que lo soy.
Es suficientemente duro que Kakashi, que también sabe lo que significa la pérdida, esté aquí. Y por mi causa. Por mis sellos. Porque no pude protegerlo. Porque no cumplí el rol que tengo para con él.
¿Cómo podría ser Hokage de mi Aldea si no dejo de poner en riesgo a mi único estudiante, a alguien que confía en mí tan ciegamente y con tanta convicción? La respuesta es que no podría. No sería uno bueno. No sería lo que la Aldea necesita.
Kakashi necesita lo mejor de mí y te prometo, Kushina, que no le daré otra cosa. Por ti, lo prometo. Por nuestra historia.
Quizá esta sea una prueba de humildad.
Jiraiya-sensei solía decirme que la vida está llena de pruebas así. Que él creía que yo podía con todas. Él... él siempre vio mucho más en mí. Más de lo que soy. Me gustaría, aunque ahora sea imposible, mostrar que mi maestro no estaba equivocado. Debo, al menos, mostrármelo a mí mismo.
Tengo que dejar a Namikaze Minato atrás.
Es una de las razones por las que me decidí a escribir esto. No puedo vivir con la cabeza en el pasado.
¿Sabes? Nunca creí que nuestra historia quedaría... truncada. Incluso cuando era niño y apenas tenía la esperanza que fuésemos amigos, imaginaba que serías parte de mi vida. Nunca dudé. Siempre te he admirado, estoy seguro que lo sabes. Desde lejos, la mayoría del tiempo. Aún no estoy seguro si las cosas hubiesen cambiado de no ser por tu confesión. Supongo que es mi forma de darte la razón. Tengo mis puntos ciegos. Tú siempre me ayudaste a ver más allá de ellos. Quiero creer que te ayudé al menos un tercio de lo que me ayudaste tú a mí.
Kushina, más que otra cosa, quiero decirte que te quiero. Estoy muy agradecido contigo. Quisiera poder... quisiera que, al menos, pudieras saber eso. Mucho de lo que soy ahora te lo debo. Siempre, siempre recordaré eso. Espero que también lo hagas.
No puedo decirte adiós en persona, no tengo siquiera la posibilidad de una conversación con la Kushina que vivió en este tiempo, tan falsa como podría ser, pero la última vez que nos vimos fue irónicamente una despedida. Fue cuando fuiste a despedirme antes de mi misión a Roran. Supongo que ese será el último recuerdo que tendremos el uno del otro.
Debería estar agradecido, es muchísimo más de lo que muchos tienen. Pero se siente demasiado poco. Me preocupa que corras la misma suerte que la Kushina que vivió aquí, siendo completamente honesto, pero no quiero sellarte ese destino.
Kushina, estarás bien.
Debo creer en ello.
Siempre has sido mucho más fuerte que yo y creo en ti. Estoy seguro que vivirás plenamente y que lograrás todo lo que te propongas. Vive la vida que mereces. Disfruta todo lo que hagas.
Aún no sé qué haremos en este tiempo, pero ten por seguro que sobreviviremos. Lucharé cualquier obstáculo que se atraviese en mi camino, si es necesario. Porque eso significa ser un shinobi. No voy a caer fácilmente. Y no dejaré que Kakashi lo haga, tampoco. Espero que sepas eso, que eso sí sea un consuelo. Y haremos lo mejor que podamos con esto que la vida nos dio.
Te lo juro.
Te imaginaré siempre como la chica pelirroja que llegó a un salón de clases lleno de desconocidos y gritó un desafío. La joven de hermoso cabello rojo que me guió una noche de luna. La mujer de mi vida.
Por siempre tuyo,
Minato.
Minato, aunque quisiera, no podría ser «Namikaze Minato».
Porque esa persona, en ese tiempo, ya no existía. Y aunque pudiese reclamar el título, el nombre, Minato no sería la persona que todos esperaban que fuera. No era el Yondaime Hokage, no podía serlo. No se atrevería a serlo. Él aún sentía que le faltaba mucho para llegar al puesto de Sandaime, para alcanzar el sitio en lo más alto de la torre. Aún tenía que probar que era un maestro digno. Aún tenía que probarse que no había destruido irreparablemente el futuro de Kakashi. Aún tenía que probarse que podía sobrevivir a Kushina, a la ausencia de su fortaleza y compañía. Y aún tenía que demostrarle al mundo que era capaz de hacer más de lo que una vez había hecho. Porque un Namikaze Minato había luchado una guerra, había sido un héroe en ella y había sido nombrado el responsable de la Aldea. Él no era ninguna de esas cosas. Aunque pudiera ser Namikaze Minato, él no podría ser el hombre que Konohagakure habría querido que fuera. El que desearía que fuera...
Estaba, más que nunca, a la deriva. En medio de un mar de incertidumbre.
—¿Sensei? —La voz de Kakashi, inusual en la timidez que emitía, alejó a Minato de sus pensamientos. Su joven alumno estaba inmóvil debajo de la puerta de su habitación con una expresión incierta.
Si bien no habían discutido todas las posibilidades que estaban frente a ellos, Sandaime les había pedido que se mantuviesen alejados del pueblo durante el resto del mes. Octubre era, al aparecer, un mes bastante ocupado para aparecerse en la Nueva Konoha —Minato aún no estaba seguro cómo referirse a la Aldea de la Hoja en la que estaban, honestamente— y ellos también necesitaban el tiempo y el espacio para hacer el duelo. De algún modo, se trataba de un duelo. No podían llorar por las pérdidas de la gente porque ellos, sus amigos y conocidos, la gente que era parte de sus vidas aún estaban... vivos. En su tiempo. En otra historia. Las muertes que habían descubierto, con un par de claras excepciones, eran otras personas con los mismos nombres.
Era... extraño.
Era algo a lo que acostumbrarse.
El primer día Minato lo pasó creyendo que se despertaría de un sueño pero cada día que pasaba toda la información se asentaba con firmeza sobre sus hombros, sobre sus huesos y dejaba a la vista lo que era su nueva realidad.
Minato esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—Buenos días, Kakashi —saludó—. No te quedes allí. Puedes pasar.
Kakashi lo estudió fijamente con una mirada que traicionaba sus años. Parecía curiosamente inquieto. Adulto.
Se preguntaba, vagamente, cómo reaccionaría Kakashi si Minato le ordenara relajarse un poco.
—No quiero molestar —vaciló—. Parecías... ocupado.
Minato parpadeó hacia la carta que había escrito. Los garabatos parecían fulminarlo desde el papel, palabras oscuras contra un fondo claro. No tenía sentido conservar una misiva sin destinatario ni palabras que no llegarían a ningún lugar.
El fuego borraría pronto su existencia.
—Estaba despidiéndome —admitió, un poco avergonzado ante la idea—. No es nada. No me molestas.
Kakashi hizo una pausa, pero atravesó el umbral sin más dilatación.
Minato quería preguntarle si estaba bien durmiendo en la casa, si sentía cómodo. Ese pequeño lugar era diferente de la casa en la que solía vivir, después de todo. Era pequeña, carente de lujos y con una pobre ubicación. Si bien Kakashi no era pertenecía a uno de los grandes clanes de Konohagakure, era parte de una familia antigua de la aldea y el único heredero en su línea de sangre. Minato era el hijo de una artesana y un comerciante, jamás había tenido que preocuparse por la idea de un clan ni las ocupaciones que arrastraba ese título.
Sandaime les había concedido el velado permiso de quedarse en Konoha —la nueva Konoha— y les había dado parte de las ganancias de las misiones en las que habían trabajado, no ellos pero el otro Minato y el otro Kakashi, para cubrir sus necesidades básicas...
Pero no duraría para siempre. No era suyo, para conservar.
Minato necesitaba trabajar, ocuparse de cosas para no anclarse en ideas, y Kakashi tenía toda la vida libre.
Podría ser cualquier cosa. Cualquier persona.
Ambos. Los dos podrían.
Minato necesitaba pensar en ello con la mente fría.
Kakashi permaneció mirando el papel con una solemnidad que dolía ver. No dudaba que él sabía exactamente lo que le pasaba por la cabeza. Minato nunca supo si Sakumo dejó una carta final, una despedida, pero no se atrevía a preguntar.
No aún, de todos modos.
Kakashi no estaba preparado para hablar de su padre todavía. No estaba seguro, siquiera, si le había hablado a alguien más que a él al respecto. Incluso entonces, cuando se sinceró sobre aquellas memorias crudas, las palabras de Kakashi habían sonado huecas y sus ojos, distantes. Minato no podía estar seguro si lo recordaba todo.
Esperaba que no.
—La extrañaré —confesó Kakashi, su voz un hilo fino contra el silencio.
Minato tragó saliva. —Quizá no debamos hablar de ellos como si...
« ... como si estuviesen muertos » .
Excepto que, para todos los fines y propósitos, era como si lo estuviesen.
Jamás volverían a ver a la gente que había quedado atrás. Tuvo que hacer la paz con ese pensamiento. Tenía que. Lo haría todas las veces que fuese necesario.
Ellos no estaban muertos, tampoco.
—¿Qué sucede? —preguntó Minato. No tenía sentido ahondar en ese tema.
—Sandaime-sama no dijo específicamente cuándo podíamos volver a verlo, ¿verdad?
Alzó los hombros. Dejó que sus ojos vagasen por la sala, nadando en lejanía. —Es el Hokage. Tiene muchas cosas que hacer. Prometió que noviembre sería más sereno. Iremos a verlo apenas comience el mes.
Serían par de días más de espera.
La mirada de Kakashi estaba llena de frustración. —Quiero hacer algo más que entrenar aquí, Sensei.
Minato había tomado los días con calma, contemplando las posibilidades abiertas y las ideas cerradas. Despidiéndose de la vida que conocía. A cuentagotas. Kakashi, en cambio, no se había permitido detenerse más que unos pocos momentos. Como si las cosas no hubiesen dado un giro repentino y avasallante. Si no estaba practicando el Rasengan, estaba leyendo algunos pergaminos o entrenando en el exterior. A veces Minato lo convencía para jugar shogi y otras trataba de distraerlo hablándole de algunos jutsus que tenía en mente. Más veces de las que no, Kakashi sumergía la cabeza en el libro de Jiraiya que Minato había llevado —lo llevaba consigo desde que su maestro le había regalado el ejemplar— y se quedaba hundido entre las páginas. No tenía duda que ya lo había leído completo.
—Después de unos días se vuelve tedioso, ¿verdad? —Minato sonrió por un momento, antes de ponerse serio. Algo le dijo que su estudiante no apreciaría la ligereza en su tono—. ¿Tienes algo en mente?
Kakashi vaciló por un momento.
Tenía algo en mente.
Eran raras las ocasiones en las que no aparecía completamente seguro de sí mismo y, en general, era porque quería discutir sobre algo que le resultaba incómodo. Minato trataba de convencerse que eso era mejor que la rotunda negativa a hablar que Kakashi solía tener en el pasado. De cualquier forma, lo entristecía un poco. Su madre, Maaya, terca como era, siempre había hecho un punto en escucharlo y su padre había sido también había sido un respetuoso oyente. Minato se sentía cómodo, en general. Seguro en su propia piel. A él no le sabia extraño que la gente lo escuchara.
Su sonrisa se suavizó.
—Si hay algo que quieres hablar con Sandaime, puedo ir ahora a-
Kakashi suspiró. —¿No podemos pedirle que nos asigne una misión?
Minato levantó una ceja. No era exactamente lo que esperaba, pero no se molestó en la cuestión abrupta; Kakashi rara vez actuaba como él esperaba.
—No creo que podamos hacer misiones para Konoha. Somos-
Eran rostros conocidos.
Más que eso.
El rostro de Minato estaba tallado en piedra y Kakashi, el Kakashi del presente, era un ninja de élite activo. Las posibilidades de que encontraran a gente que los descubrieran eran bastante grandes y, la verdad, Minato no sabía nada de esta nueva Konoha. Era su aldea, en esencia. Posiblemente. Probablemente. Sin embargo, todas las personas que vivían allí eran desconocidos. Incluso Sarutobi Hiruzen lo era. Su maestro, si era que Jiraiya había dejado atrás sus días de trotamundos, era un otro alterno.
¿Podía confiar en ellos solo porque eran reflejos de personas que conoció?
—Podríamos usar las máscaras —dijo Kakashi. Su voz subió unos decibeles, pero sus hombros estaban rígidos, tensos—. Podríamos... ser... otras personas.
Minato arrugó las cejas. Había pensado en ello, vagamente, pero no se le ocurrió pensar que Kakashi también lo haría.
No le sorprendía estar equivocado. Con Kakashi era ocurrencia común.
—Nosotros somos leales a Konoha y el deber de un ninja es siempre priorizad su Aldea, ¿cierto? Si no podemos servir con estos nombres que tenemos ahora tal vez deberíamos usar otros. No podemos seguir aquí... Esperando. Sensei... Me gustaría-
—Lo sé —concedió. Kakashi tenía más dificultades para lidiar con la inactividad que Kushina a veces. La necesidad constante de sentirse útil lo empujaba a los límites—. Es un cambio de ritmo... Estábamos haciendo misiones muy seguidas en casa.
Kakashi se relajó ligeramente. Le gustaba saberse escuchado, entendido. Minato había aprendido eso a la fuerza, testeando las aguas.
Kakashi, aunque se cubría la boca, siempre quería tener voz.
—Sí.
Quizá podían hablar de algunas cosas de las que le incomodaba a su alumno. Ayudaría, además. A pasar el tiempo. A llenar sus cabezas.
—Actuar como ninjas bajo nuevas identidades, es tu sugerencia.
Kakashi inclinó la cabeza un poco.
—Hai.
—Bueno... No es mala idea —dijo. A Minato siempre le había atraído el poder ejercido por los nombres. Quizá, era debido a su historia. «Namikaze», el nombre familiar, era un apellido de poca monta en la Aldea de la Hoja, una nota diminuta entre los Uchiha y los Hyūga. Y, a pesar de ello, era el apellido que esbozaba con orgullo, el que había hinchado su pecho cuando lo llamaban para resaltarlo entre los grandes. No tenía idea si podría dejarlo del todo—. ¿En qué nombres pensaste?
—No he pensado muchos —se atajó Kakashi, un poco avergonzado.
Era una mentira, posiblemente, porque Kakashi siempre había tenido una mente afilada e imaginaba que sería un excelso estratega con el tiempo.
Minato ladeó la cabeza. —¿Hay alguno en particular que quieras compartir?
—... Tal vez.
Decidió que actuaría como si la respuesta hubiese sido afirmativa. Imaginaba que había más de una opción pensada. —¿Cuál?
Kakashi se arrodilló frente a él con aire ceremonioso y le tendió un pergamino. Había varios nombres en la lista pero la mayoría parecía que habían sido descartados —Minato sintió una punzada de pena al reconocer el esbozo del nombre de Sakumo tachado con una vehemencia que los demás trazos carecían— y solamente un par de ellos habían logrado escapar del implacable juez. Reconoció un par de palabras en la escritura, significantes desenlazados. El más repetido era «protección» y había sido tachado en su primer bosquejo pero no había desaparecido del todo.
—¿Cuál sería para mí? —preguntó, curioso. Y un tanto desconcertado.
—Son para que usted elija —contestó Kakashi, de inmediato. Alejó la cabeza, esquivando los ojos de Minato. Eso, más que cualquier otro gesto, era indicativo que algo importante se escondía detrás de las acciones de su alumno. La máscara, la que no podía ver, había regresado a su sitio. Hatake Kakashi se esforzaba en parecer un enigma—. Son posibilidades. Hay… infinitas, supongo. Puede agregar más.
Minato pestañeó, sorprendido. «Ah». Una sonrisa tiró de la esquina de su boca pero se obligó a mantener la expresión mientras escaneaba el pergamino de nuevo. Protección. Seguridad. Alguien que vela por ti. Paternal. Kakashi lo asociaba con eso. A pesar de todo. Había vestigios de otras características, menos positivas, pero se perdían en el fondo.
Para Kakashi, Minato no era un total fracaso todavía.
—¿Infinitas, eh?
Kakashi se encogió de hombros. —En este mundo somos nadie. Aún.
Aún.
La diferencia entre la posibilidad de dejar su identidad abandonada y la realidad de tener que dejar a Namikaze Minato atrás se le apareció como una bofetada. La renuncia era un poco más difícil de conciliar de lo que había anticipado.
Minato se había jactado, más de una vez, de su habilidad para ir más allá de los límites cuando se trataba de proteger su Aldea, de luchar por lo que era mejor para Konohagakure. Había sido su sueño, a final de cuentas, ser un Hokage, el Hokage, de la Aldea de la Hoja y no se le escapaban a las implicaciones que poseía ese puesto. Bueno y malo, él ya se había propuesto aceptarlo todo. La gloria, los sacrificios, la sangre, el sudor y las lágrimas. Minato habría hecho lo que fuese por su Aldea. Y se había prometido que siempre lo haría. Lo había hecho, en más de una ocasión. En más de una forma. Pero, evidentemente, su dedicación tenía límites que antes no había tenido que contemplar. Límites que no había tenido que testear. Su dedicación tenía límites que le habrían resultado invisibles dos semanas atrás.
Si dejaba a Namikaze Minato atrás, él sería nadie. Nadie, justo como Kakashi había dicho. No sería el hijo de una artesana y un comerciante. No sería el alumno de Jiraiya, el único de sus alumnos sobrevivientes de su promoción. No sería el líder de un equipo. No sería el maestro de Kakashi. No sería el novio de Kushina. El amigo de sus amigos, el rival de sus rivales. Todas esas cosas estaban enlazadas irrevocablemente a su nombre, a su identidad, a su ser.
Renunciar a su nombre implicaba renunciar a ellas, en algún punto. Renunciar era más que un rechazo formal, era la negación absoluta de lo que era. De la persona que era. Si lo aceptaba, además, era un acto voluntario. Si lo aceptaba...
La voz de Kakashi había quedado prendada en sus pensamientos. Suave y serena. Apática y ansiosa. «Somos nadie». No era absurdo pensar que Kakashi estaba deseando hundir sus raíces en ese mundo esperanzador y alejarse del apellido Hatake. Había luchado duro —seguía luchando duro— para borrar todo parecido con su padre, para deshacerse de la imagen destruida y del altar que había roto la fe en su familia, en su sangre. Minato no podía culparlo, tampoco. Era una pena, desde luego, pero entendía muy bien el sentimiento que corría bajo la superficie de esa tempestuosa noción. Kakashi no veía su apellido como algo de lo que debía estar orgulloso. Para él, arrastrar el apellido de su clan —la historia de su clan— era una carga, una carga inmensa que se había apilado en su espalda cuando era aún joven, cuando aún tenía promesa.
Minato no tenía ese problema.
Namikaze era un apellido vacío de historia. Era el apellido de una familia de artesanos. Era el apellido de un niño que no pertenecía a las grandes familias de Konohagakure, uno más entre los aldeanos. Era el apellido que Minato portaba con orgullo porque le pertenecía enteramente.
Completamente. Cuando usaban el apellido Namikaze hablaban de él.
No había otro.
Ya no podría ser ese único Namikaze sobresaliente.
Su alumno había dado con un nervio que Minato no sabía que estaba tan expuesto.
Sacudió la cabeza. Tenía que enfocarse.
—¿Hay algún nombre que prefieras?
Kakashi pestañeó. —¿Qué?
—Me gusta el nombre Mamoru, creo que podría usarlo —dijo Minato, devolviéndole el pergamino a su alumno. Mamoru, Minato. No era exactamente el mismo sentimiento pero había algo allí, una conexión velada, una fibra de enlace. Podría acostumbrarse a usarlo. Si debía —. Pero, ¿pensaste también en un nombre para ti?
Kakashi sostuvo su mirada por un segundo. Sacudió la cabeza. —No.
A pesar de todo, a pesar de lo dispuesto que Kakashi parecía estar al inevitable cambio que los acechaba, era un alivio. Kakashi también estaba enfrentándose al dilema que sacudía a Minato, no lo estaba evadiendo. Quizá quería dejar atrás su pasado, pero él se había aferrado a esa historia con todas sus fuerzas y sería difícil renunciar a ella del todo. Al tener a tu padre como la imagen de lo que no quieres ser lo haces estar tan presente como cuando era la figura que idolatrabas, cuando fue el modelo que quisiste emular. Su imagen sigue sirviendo como un modelo.
Minato se alegró, un poco egoístamente, de no estar solo.
—¿Te gustaría que lo eligiéramos juntos? —dudó, tanteando las aguas. Kakashi solía cerrarse por completo si Minato presionaba demasiado. No era rápido para salir de su coraza, además. Necesitaba siempre estímulos—. Después de hablar con Sandaime, podremos enfocarnos en eso. Es viable.
Kakashi asintió. Se inclinó un poco hacia adelante, curioso. —¿Le hablará de los nuevos nombres entonces? ¿Le pedirá alguna misión?
—Sí, le hablaré de los nombres... Hay, me gustaría tener más alternativas. Aún no le pediré ninguna misión, de verdad no creo que debamos hacerlas —respondió.
Necesitaban más información.
Tenía dudas pendientes, cosas que saber. Kushina y el destino del Kyūbi, para empezar. El nuevo jinchūriki. Kushina no era la única con sangre Uzumaki en la Aldea pero sí era la única de todos los retoños de Uzushiogakure haber podido albergar el poder del Zorro de las Nueve Colas. Los demás descendientes de la primera jinchūriki no habrían tenido la fortaleza para contener su chackra. Y si Minato no hubiese estado tan desorientado, él podría haber intuido que la presencia que había sentido en la Aldea durante el Tsukimi de octubre, no era la de su novia. Era la de alguien que tenía un poder similar al de ella. Y la única opción disponible era el siguiente jinchūriki. El heredero de la carga y el poder.
Tal vez no eran nadie en ese mundo y Minato no era un Uzumaki pero conocía sobre los sellos y senjutsu del clan Uzumaki más que la mayoría. Kushina le había enseñado mucho sobre ello. Y tal vez no eran nadie en ese mundo pero Kakashi era un Hatake y no era el único Hatake que vivía y respiraba en la aldea. Minato tenía que hablar con su alumno, con la versión adulta de su alumno. Saber que quería hacer y que estaba dispuesto a hacer Sandaime con ellos.
—Estuviste leyendo los pergaminos que traje, ¿no es así?
Necesitaba desesperadamente no pensar en todos los cuestionamientos sueltos que se apilaban en el fondo de su cabeza. Necesitaba la cabeza despejada para hablar con el Hokage.
Kakashi asintió lentamente.
Los pergaminos que Sandaime le había dado eran de la biblioteca y si bien no eran muchos, habían ayudado a que se distrajese al principio. No eran diarios, no eran crónicas, pero eran algunos informes sobre los acontecimientos históricos de Konoha de la última década.
—No eran buena lectura, Sensei. Muchas estadísticas. Algunos cambios de leyes en la escuela de ninjas... La graduación se aplazó.
Minato sintió que sus labios se curvaban al notar el tono indignado de Kakashi. Si su alumno estuviese en la escuela de ninjas en ese tiempo, si hubiese nacido en esos años, todavía estaría en la escuela. Para un prodigio como era Kakashi, para alguien que se había deslizado a través de los grados con la desenvoltura con la que lo había hecho, eso podría parecer atroz.
—Creo que Sandaime quiere que vayamos descubriendo la historia de a poco. Creo que nos está preparando... Si vamos a estar en este lugar, tenemos que conocerlo.
—Sensei.
—¿Sí?
—¿Puedo ir contigo a ver a Sandaime la próxima vez?
Minato no podía negarle ese derecho. Pero había algo que...
—Hay algunas cosas que debo hablar con Sandaime. Cosas personales. Y no puedo tenerte allí para eso —dijo, con sinceridad. Kakashi asintió, aunque pareció un poco desalentado ante la perspectiva. Minato se apuró a continuar—. Pero puedes venir, desde luego. Puedes hablar con él por tu cuenta, si lo deseas. Quiero pedirle a Sandaime hablar con el otro Kakashi, también, con el Kakashi de este tiempo. ¿Estarás bien con eso? ¿Quieres verlo?
Era algo que Minato no había tenido que hacer.
Él ya estaba muerto, en ese tiempo. Kushina, también. Sus amigos más cercanos tenían una década encima de sus hombros, experiencias de las que él carecía. Jiraiya-sensei no estaba en Konohagakure y hasta que no volviese, Minato no sabría dónde buscar. Ver a Sandaime había sido más una necesidad que una elección y en Sarutobi había encontrado alivio. Porque era el Hokage que Minato había dejado en su tiempo, porque era estabilidad en un cambio drástico, porque Sandaime todavía era un ancla. Pero Minato no había tenido que contactar con su versión del futuro directamente, no había tenido que enfrentarlos a sus amigos, a su maestro, y a sus experiencias. Él estaba relativamente libre de hacerlo.
Enfrentar a Kakashi, al Kakashi adulto, era algo que Minato quería hacer. Tenía curiosidad por ello.
Su alumno podría no sentir lo mismo.
Sus alumnos.
¿Seguía considerándose Kakashi su alumno? Minato seguía pensando en Jiraiya-sensei como su maestro pero no sabía si Kakashi tenía la misma consideración por él que la que había desarrollado Minato por Jiraiya.
Kakashi hizo una pausa. —No lo sé.
Minato exhaló.
—Tendré que conocerlo, eventualmente —dijo Kakashi, al cabo de un momento. Había curiosidad en su tono, recelo e incertidumbre también. No sabía qué predominaba, realmente—. Si vamos a quedarnos aquí, si vamos a vivir aquí..., eventualmente tendremos que encontrarnos. No podría evitarlo para siempre.
—Sí, si quieres.
Minato no tenía idea de cómo lo evitaría. Podrían hacer misiones alternadas, si al final podían retomar sus labores como ninjas de la Hoja. Podían buscar que los mantuvieran lejos de la aldea en misiones consecutivas. Su Kakashi podría vivir con él fuera del pueblo mientras que el otro Kakashi se quedaría en la casa Hatake —o donde sea que estuviera viviendo. Minato podría ponerse delante de ellos. Había muchas opciones y quizá no todas eran factibles —especialmente sí el otro Kakashi si quería encontrarse con su versión infantil— pero Minato lo resolvería.
Kakashi lo miró por otro prolongado intervalo de tiempo.
Era difícil tomar nota de sus expresiones con la mitad de su rostro cubierto pero Minato había aprendido a tomar en consideración las minucias en su lenguaje corporal. La línea de sus hombros, las arrugas en su frente, la forma en la que colocaba sus brazos. Kakashi no era el más expresivo de los niños, pero había mucho de su actitud que evocaba gritos silenciosos.
—Hablo en serio —dijo Minato porque Kakashi estaba claramente dudando de su honestidad—. Hay formas de evitar encontrarse con personas. Si tengo que tatuarte con uno de mis jutsus y sacarte de la presencia del otro Kakashi cada vez que él viene a buscarte, lo haré.
Kakashi soltó un bufido. Pero la tensión fue desvaneciéndose de su postura espigada. —Esa no parece la decisión de un shinobi, Sensei.
—No hay nada en el manual sobre cómo actuar en estas situaciones —rebatió de buen humor.
Kakashi se tomó un tiempo para elegir una respuesta.
—Me gustaría ir contigo a hablar con Sandaime. Después que hables con él sobre lo de Kushina. O antes. No tengo que hablar con él a solas. Solo... quiero algo que hacer, Sensei. Algo más que leer.
—Te gusta la lectura.
—No quiero seguir leyendo —argumentó Kakashi.
—Muy bien, entonces. —Minato sonrió—. Entonces, ¿qué me dices de practicar con el jutsu del que te hablé ayer?
