Capítulo 2

Encuentro


Más allá de la Tercera Guerra Shinobi, Minato había tomado nota que Konohagakure tuvo una buena cuota de tragedias en los últimos años. Tragedias inmediatas, consecutivas. Pequeñas heridas tras una guerra que había significado muerte y destrucción. En su tiempo —su pasado ahora— aún no había habido llegado el apogeo de la guerra, aún estaban en relativa paz con los demás países. Sí, recordaba, pequeños conflictos que habían escalado. No sabía exactamente cuándo se desataría lo peor, pero una parte de él hubiese querido advertirle a Kushina, a Shikaku, a Jiraiya-sensei, a Mikoto, a todos sus amigos de la aldea. No haría ningún cambio, no a gran escala, pero todos estarían preparados. Mejor preparados. Minato no sabía cómo sentirse al respecto. Él no iba a vivir la Tercera Guerra Ninja. No iba a vivirla, pero estaba en un mundo que ya la había vivido.

No tenía sentido ahondar esa línea de pensamiento.

Había otras cosas que habían capturado su atención.

El ataque misterioso del 10 de octubre que habían estado conmemorando en el festival de la Luna, por ejemplo. Sandaime lo había mencionado solo en el día del Festival pero no le había dado ningún informe al respecto. La muerte de su Yondaime Hokage —Minato siempre tendría que pensar en ese hombre como el Yondaime Hokage, no había otra opción, no había otra posibilidad— era algo que generaba sentimientos encontrados. Igual que el destino de Kushina. El destino de Kushina, del que debía saber más. Del que necesitaba saber más. Porque la muerte de Kushina implicaba la muerte del Zorro de las Nueve Colas, lo que dejaba a Konoha fuera de balance. Pero Sandaime no solo había omitido darle más detalles sobre eso, también les había dejado hilos de noticias que eran más que interesantes. La deserción de Orochimaru. La Masacre de los Uchiha.

La Masacre de los Uchiha.

Después de lo del jinchūriki del Kyūbi, lo de Kushina y Kakashi, la noticia de la muerte de casi todos los del clan Uchiha había sido lo que más se había quedado con él. Porque los informes apuntaban a una conclusión que Minato no estaba muy seguro de contemplar. Solamente había un sobreviviente. Dos. Un niño, el menor del clan. Y un traidor.

Minato cerró los ojos por un momento, pensando en Kaho. Uchiha Kaho había sido su compañera de equipo en el grupo de Jiraiya y había muerto muy joven, mucho antes que Minato desarrollase sus jutsus de tiempo-espacio, mucho antes de que Minato pudiese ayudar. Él no había tenido la misma relación con los Uchiha después de su muerte. Sabía que ellos veían en su persona la pérdida de una de los suyos. No lo culpaban, desde luego, porque no eran crueles. Pero el dolor era el dolor y Minato fue un sobreviviente. Kaho apenas había tenido trece años.

Uchiha Mikoto fue el siguiente nombre en llegar a su mente. Ella había sido la mejor amiga de Kushina, la más cercana a ellos de todos los Uchiha después de lo ocurrido con Kaho, y Minato la recordaba de carácter afable pero firme —la clase de carácter que conjugaba bien con la ferocidad de Kushina— y lo mucho que Mikoto la había ayudado a su novia para superar los exámenes chūnin. Mikoto había tenido un niño, según recordaba. Itachi había sido un bebé apenas nacido en su época pero Minato lamentaba profundamente la idea de su pérdida. La de ese bebé y la de Mikoto. Había otro nombre, uno que Kakashi había mencionado. Obito. Y un puñado de otros rostros aparecieron, enredados, acoplados, indistintos. Había muchos Uchihas en Konohagakure y su ausencia era tan sentida como su presencia.

Kakashi levantó la mirada repentinamente, en cuanto lo vio cruzar el umbral de la puerta.

—¿Hora de irnos, Sensei?

—Sí —replicó. No quería quedarse un minuto más en ese lugar, ahogándose en agua estancada. Al menos, si hablaba con el Tercer Hokage, algunos de los fantasmas dejarían de acosarlo. Los más apremiantes.

Estiró la mano para tocar el hombro de Kakashi y ambos se movieron por el espacio.

—Minato, Kakashi —dijo Sandaime, a modo de saludo, una vez que se materializaron delante de sus ojos—. Llegan más temprano de lo que esperaba

Minato hizo una reverencia sin perder el ritmo y vio que Kakashi hacía un gesto similar, menos formal. Más austero.

—Buenas tardes, Sandaime —dijo Minato. Aún no era muy tarde, pero el sol ya estaba tocando el horizonte. Se enderezó lentamente y tocó la máscara que cubría su rostro. La última vez que había visto al anciano habían acordado que para sus visitas siempre estaría usando la máscara triangular que había traído consigo. Especialmente si no estaban solos—. Espero, no muy temprano.

—Sabía que vendrían pronto —insistió el anciano, apacible. La bola de cristal que estaba delante de él, en medio del escritorio, emitió un destello—. Pero esperaba que no fueran los únicos que pudieran acudir a esta reunión. Estoy esperando a uno más… No importa. Pueden quitarse las máscaras.

Minato no se movió de inmediato. Sus instintos no lo demandaban.

Lo que era… inusual.

—¿Espera a Jiraiya-sensei?

Ver a Jiraiya-sensei sería un alivio. Honestamente. Más que eso. Minato siempre había sentido mucho afecto por su maestro. Más que admiración. La última vez que lo había visto, la última interacción que habían tenido, fue justo antes de la misión. Su maestro había ido a buscarlo para confirmarle que había dominado el Rasengan. No sería el mismo hombre, no, pero sería alguien en quien Minato creía que podía confiar.

No estaba, realmente, tan seguro sobre si quería ver a este Jiraiya. Quizá debería recordarse no llamarlo Jiraiya-sensei, en su cara. Él tampoco era el alumno que había tenido.

Se preguntó, no por primera vez, si estaría siendo igual de frío con todo el asunto si tuviera que convivir a diario con las reminiscencias de la gente que perdió.

Minato estudió la cara del anciano jefe de la Aldea por un momento. Había una rigidez extraña en su postura, casi como si estuviera armándose mentalmente para una discusión. O como si estuviese bajando las armas después de haber tenido una.

Se quitó la máscara triangular. No le sorprendió que Kakashi siguiera su ejemplo.

Las caretas con dibujos eran una de las pocas piezas que conservaban de su tiempo. Tenían la ropa que habían traído, el pergamino en el que habían escrito la misión y los pocos efectos personales que podían llevar cuando salían de la misión.

Se sentía un poco protector de sus máscaras.

—He comentado su presencia en este tiempo con algunas personas de confianza —replicó Sarutobi, sin negar ni confirmar. Las arrugas alrededor de sus ojos hablaban de cansancio, pero no era un cansancio reciente. Minato odiaba la idea de sumar más peso a los hombros del Hokage pero, honestamente, no tenían otra persona a la que acudir. Si no estaban en Konohagakure, Kakashi y él estarían aún más perdidos de los que ya estaban. De todos los lazos que tenían, de todas sus posesiones —. Hay opiniones divididas entre mis consejeros. Hay varias decisiones que tomar. Cosas importantes que resolver.

—¿Qué cosas? —preguntó Kakashi, en un repentino gesto de desconcierto. No le sorprendía a Minato percibir recelo y curiosidad enredados entre sí en la pregunta. Aún cuando apuntaba a la apatía, a mantener la ecuanimidad en cada aspecto, su pupilo muchas veces parecía que no terminaba de encontrar el punto exacto y decantaba por ir a los grises. Perderse en medio del gris. Podía admirar a alguien y desconfiar simultáneamente, no dejando oportunidades abiertas para que esa persona lo desilusionase. Podía querer acercarse y negar siempre la oportunidad, para evitar que su corazón saliera herido—. Somos leales a Konohagakure, Sandaime-sama. No-

Que estuvieran en Konoha no quería decir que las cosas fueran exactamente igual a lo que ellos conocían. Habían hablado de ello, con Kakashi. En vaga sensación y pensamiento. Estar en Konoha era un bálsamo para su herida, un alivio temporal. No quería decir que tuvieran que confiar ciegamente en las personas que llevaban los mismos rostros. No significaba que las cosas serían fáciles.

Significaba, por contraste, que ellos no eran confiables tampoco. A los ojos de los habitantes de Konohagakure.

Ninja es alguien que soporta.

—Sé que ustedes quieren quedarse en la aldea y contribuir, que no piensan quedarse al margen. Es lo único que sé con certeza —Sarutobi Hiruzen concluyó, no sin amabilidad—. Esto es más difícil para ustedes de lo que es para mí, esta espera. Y sé que les ofrecí espacio para poder hacerlo. Pero el lugar es… La Aldea no puede darse el lujo de perder más ninjas. Mucho menos podemos darnos el lujo de tenerlos aquí y que ustedes no sean parte de la Aldea. Necesitamos ninjas como ustedes.

Kakashi se enderezó.

Sandaime le dio una mirada serena al niño, siguiendo el movimiento con interés. Los ojos de Hiruzen no eran más cálidos ni más amables, la férrea determinación que Minato había visto en esa mirada toda su vida todavía se erguía detrás de sus pupilas, pero había igualmente algo más suave en su expresión. No era arrepentimiento pero había algo semejante, un deje de culpa. Quizá melancolía.

Sarutobi lo había mirado así, a Minato.

Excepto que había algo más oscuro también.

Una cuestión era sospechar que no confiaría en el Sarutobi Hiruzen que estaba frente a él y otra distinta era saberlo con certeza. No ciegamente, al menos. No del mismo modo en el que había confiado en la palabra de su Hokage.

Tal vez era porque Minato lo estaba viendo con los ojos de un extraño. Quizá era porque el Tercero los estaba mirando a ellos a través de la lente de la desconfianza.

No importaba. No le importaba.

«No harán lo que quieran con Kakashi». Pensó Minato, sorprendiéndose a sí mismo con la intensidad del sentimiento subyacente. Kakashi era, más que otra cosa, pura promesa. Pero el niño había perdido demasiadas cosas ya y Minato le había prometido a Kushina que sería la mejor versión que pudiera ser para su alumno. No podría protegerlo del todo, seguramente Kakashi no querría, pero eso no significaba que no lo haría. Que no lo intentaría. «Ni conmigo».

Se obligó a exhalar. No estaba acostumbrado a la idea de desafiar todo lo que sabía sobre sí mismo.

—Entiendo.

—Sabes, Minato, que no puedo dejarlos salir de Konoha, por el momento. Imagino que ya lo has pensado. Tienes… un sello muy distintivo. Pero hay cosas que deben saber sobre el funcionamiento interno de la Aldea ahora. Tendrás que tomar decisiones que no te gustaran… —El hilo de su voz quedó prendido en el aire, se perdió lentamente en el silencio. Minato podía llenar algunos espacios en blanco pero había otros que quedaban perfectamente vacíos—. Y tendrás que pensar en lo que quieres hacer aquí en la Aldea. Te aseguro que todo tendrá sentido una vez que puedas pensar en ello.

—¿Algo de esto tiene que ver con Kushina, Sandaime? —dudó Minato, notando que Kakashi giraba el rostro hacia él con intriga antes de forzarse a volver a la misma posición y mirar hacia el escritorio del Hokage—. ¿Con su tarea como miembro del clan Uzumaki?

Sarutobi Hiruzen sopesó su respuesta por un minuto. —En parte, sí. Es parte también de tu legado aquí. En parte es esta situación particular.

Minato se quedó en silencio, ensimismado.

Era una respuesta… mesurada. Cenicienta. Más tibia de lo que le gustaba.

—Con Kakashi, me temo, debo ser un poco más restrictivo —prosiguió Hiruzen. Minato arrugó el ceño y notó que Kakashi le lanzaba otra furtiva mirada antes de volver a centrarse en el Tercer Hokage—. No puedo enviarlo a ningún otro lugar que a la Academia Ninja, si es que de verdad su deseo es ser un shinobi aquí. Lo siento.

Ah.

—¿Qué?

—Por las nuevas ordenanzas —dedujo Minato.

Kakashi se volteó a mirarlo en otro arrebato tan impropio, tan puramente espontáneo, que Minato tuvo que reprimir el impulso de apoyar una mano en su hombro y pedirle que se calmara. Eran esos momentos en los que notaba que todavía estaba Kakashi debajo de su fachada, todavía no se había cerrado del todo. Cuando una sincera emoción lo traicionaba, siempre emergía tan violentamente a la superficie que rompía su acto por completo.

—Pero, Sandaime-sama...

—Si ustedes van a ser parte de esta Aldea, ahora, tienen que estar bajo las leyes que están vigentes ahora —insistió el anciano, con aplomo—. Ustedes tienen que acoplarse a varias normas. Tienen que-

—¿Tenemos que…?

Minato no escuchó lo que seguía. Sintió un cambio repentino en el ambiente. Algo que no era diferente a la tensión de Kakashi. Algo que no era la serenidad practicada con la que Hiruzen se sentaba en medio de la habitación. Algo más intangible, familiar y foráneo al mismo tiempo. Un eco de pálido-

—¿Sensei?

Pestañeó. —Sí... Lo siento, me perdí por un momento.

Minato se enfocó en su alumno, obligándose a ignorar la perturbación. La sensación de reconocimiento no se desvaneció, pero la presencia de Kakashi se impuso, blanca, sólida, en mente.

—Es lo que estuvimos hablando, Kakashi —dijo, en voz baja. Los pergaminos que Sandaime les había dejado tomaban otro cariz con la conversación. No sabía si el hombre se los había dado con la esperanza de tener que explicar menos o para prepararlos. Prepararlo a él, especialmente, para lidiar con la obvia negativa. Preparar a Kakashi con la evidente realidad. No sabía qué hacer con la idea de que ambos habían preferido ignorar esas implicaciones—. Las edades de graduación cambiaron. Deberías tener dos años más para ir al campo en este tiempo. Un año más, al menos.

—Sensei —insistió. La frustración era palpable en toda su figura. En sus ojos—. Sensei, me gradué.

Minato presionó los labios. Porque era cierto.

Kakashi era, siempre había sido, pura promesa. Y su padre había estado muy orgulloso por eso. Todos habían estado absortos, asombrados. Minato había sentido el peso de la responsabilidad cuando lo nombraron su instructor.

Pero las circunstancias eran diferentes, también. Las circunstancias eran completamente diferentes. Kakashi había nacido en la estela de la Segunda Guerra Shinobi. Había nacido en el momento en el que Konohagakure necesitaba más ninjas. Su talento innegable había sido, por supuesto, lo que le permitió graduarse mucho antes que todos en su generación. El mérito había sido acompañado también por la necesidad.

—No lo hiciste, técnicamente. Hatake Kakashi se graduó y su graduación fue antes de los cambios en las disposiciones. Eso es válido. Pero no puedes ser tú porque no tienes esos registros. No tienes registros aquí. No en mi Aldea. Eres demasiado joven para ser quien deberías ser. Los otros ninjas empezarían a preguntar por ti, por Minato. No podemos permitirnos eso. Vas a tener que empezar de cero, volver a la Academia...

A pesar que Hiruzen había hablado, la mirada de Kakashi estaba fija en la de Minato. No estaba implorando. No estaba suplicando. Pero sus ojos estaban muy abiertos y pedían que hablase en su favor.

Minato estaba tentado a hacerlo.

—Pero no necesito volver a la Academia. Y en ese caso, ¿no debería volver también Minato-sensei?

—El caso es diferente.

—¿Por qué?

—Por su rango, para empezar. Su experiencia. Su edad. Hay gente que lo reconocería. Todas esas.

Su pupilo se preparó para discutir —él ya había aprendido a reconocer las señales en su actitud, el momento en el que se erguía en toda su altura y alzaba la barbilla—, pero se detuvo cuando Minato apoyó una mano sobre su hombro.

Kakashi tenía todas las condiciones para ser un ninja excelente, condiciones y aptitudes. Pero necesitaba convivir con sus pares, aprender a ceder en su inquebrantable certeza, salir un poco de su caparazón. Era una de las razones por las que Sandaime —su Hokage, el Sandaime en su tiempo, pensaba asignar a Minato algunos alumnos más al regresar de la misión de Rōran. No había mucho que Minato pudiese enseñarle a Kakashi, estrictamente hablando. Las cosas que le hacían falta eran cosas que se experimentaban.

—Espera, Kakashi —Le pidió. El pequeño le dedicó una mirada agria a Minato, Triste, más bien—. Escucha. Sandaime dijo que no puede enviarte a otro lugar que no sea la Academia, eso dice que no fue su primera opción. Sabíamos que tendríamos que ceder en algunas cosas.

La expresión de Kakashi, aunque parcialmente oculta, aullaba su agitación. —Sensei.

Le apretó su hombro con suavidad. —Y las cosas de Konoha que no sabemos las tendremos que aprender. Será más fácil desde la Academia. Tienes mucha ventaja sobre tus compañeros en habilidades, pero puedes aprender más cosas también. Que te servirán aquí. ¿No crees que es la mejor solución a largo plazo?

Era la mejor solución a largo plazo.

La resignación levantó un muro detrás de los ojos oscuros y Minato sabía que había ganado una batalla. Posiblemente. Pero tendría que hablar con su alumno en profundidad, también.

Kakashi se giró hacia el Tercero. —¿Voy a tener que ir a la academia por más tiempo?

Hiruzen, que había estado contemplando el intercambio en silencio, tenía un aire complacido en su semblante. No sonreía, pero parecía estar a punto de hacerlo. —Me temo que eso no es negociable. Son las reglas de la Academia. No hay graduación antes de los doce años.

Kakashi suspiró profundamente. Luego ladeó la cabeza, pensando en algo.

—Podríamos decir que tengo diez años. Me faltaba un mes antes de cumplirlos... Es casi el mismo tiempo que llevo aquí.

—Es cierto —concordó Minato. Kakashi se relajó un poco bajo el toque de su mano.

Sandaime ladeó la cabeza un poco, pensativo. Como si no hubiese contemplado la posibilidad.

—Tendríamos que evaluarte primero, y ver en qué condiciones estás. No solo la edad de graduación se aplazó… También hay otras exigencias. Tengo al evaluador perfecto para ti.

Era una concesión tan buena como cualquier otra. También era una muy cuidadosa forma de exponer su idea.

—Ahora, con eso resuelto, aún hay algunas cosas que debemos hablar Minato y yo. Sobre su futuro aquí. Y...

—Cuestiones personales, sí. —Kakashi sonaba igual de entusiasmado que la primera vez que Minato había mencionado el tema pero el aire de alivio que había aflorado en la discusión previa había dejado su estampa—. Esperaré afuera.

—Puedes ir a la habitación de al lado. Tu examinador ha llegado para tu evaluación.

—¿Mi...? ¿Ahora?

—¿Por qué no?

Para ser francos, no era como si tuvieran otra cosa que hacer.

Minato estaba contento de pasar tiempo fuera de las mismas cuatro paredes. Estaba contento de pasar tiempo fuera de su cabeza.

Alguien más, hablando por primera vez, declaró. —Sí, bueno, solo tengo que advertirles a ambos que nunca he aprobado a nadie antes.

La postura de su Kakashi se endureció por completo. El suave deje de triunfo, que lo había envuelto como una manta, se desvaneció sin dejar rastro alguno.

Minato giró la cabeza.

No dejó caer su mano ni se alejó de Kakashi.

La otra versión de su alumno, el eco blanco que había sentido deslizarse por las sombras en medio de la discusión, un eco blanco como el que una vez había distinguido a Hatake Sakumo, se había plantado en uno de los rincones de la habitación.

El cabello plateado, igual de rebelde, más largo que el que llevaba a los diez años era inconfundible.

Apoyado en una de las paredes más alejadas al escritorio, el recién llegado Kakashi parecía completamente a gusto en el espacio. Ligero en su postura donde su Kakashi estaba preparado para la acción en forma constante. Con los hombros sueltos y las manos en los bolsillos...

Su cara permanecía cubierta también, un detalle que Minato encontraría reconfortante en su familiaridad, si no fuese por el hecho que solo uno de sus ojos estaba al descubierto.

Solo uno de sus ojos.

Las preguntas y los misterios seguían acumulándose.

Muy bien, entonces.

—Parece que llegué un poco tarde para la reunión. Tuve que hacer una parada porque había dos niños a mitad del camino —dijo Kakashi, con una exhalación—. Debería disculparme.

Si Minato no conociera a Kakashi, diría que había una sonrisa oculta debajo de su tono

No conocía a este Kakashi.

La noción, aunque no era novedosa, se sintió como un golpe en su pecho. Lo dejó sin aliento por un instante.

—¿Él? —El pequeño Kakashi se recuperó rápidamente de la impresión, aparentemente. Minato aún estaba absorbiendo la imagen de su alumno, de un adulto Hatake Kakashi, cuando sintió el movimiento a su lado y su mano cayó al vacío. El niño encaró al mayor con algo indefinible en su voz, algo que Minato no reconoció—. ¿Tú vas a examinarme? ¿?

El otro Kakashi apartó su mirada de Minato y la centró en su versión más joven.

Los dos se miraron fijamente por una eternidad.

Era una de las cosas más absurdas que Minato había presenciado jamás. Y había presenciado muchas cosas absurdas.

—¿Quién mejor que yo? —preguntó el mayor, finalmente. Flemático, parsimonioso—. No, hablo en serio. ¿Se te ocurre alguien? Conozco tus fortalezas y debilidades mejor que nadie. Mejor que tú mismo, incluso. Deberías aprovechar el ejemplo, no todos los días tienes la oportunidad de darte a ti mismo consejos útiles.

El más joven hizo un sonido incrédulo. Sus manos se cerraron en puños a ambos lados de su cuerpo.

Minato decidió intervenir.

—Kakashi.

Kakashi lo miró.

Los dos Kakashi lo miraron.

El niño tenía una mirada herida debajo de la ira que encendía sus pupilas y el adulto parecía aburrido, envuelto en un manto de deferente curiosidad.

La postura del más pequeño se cayó un poco bajo el peso de la mirada de Minato. Notó que la discusión y la resolución de la pelea que se había encendido en el menor se marchitaba con rapidez.

Resignado, un poco irritado, un poco altivo, Kakashi encaró a su versión adulta. —¿A qué habitación tengo que ir?

—Espérame fuera de la puerta. —replicó Anbu Kakashi; esa era una buena opción para distinguirlo, mejor de lo que era «adulto Kakashi» y menos reiterativa, quizá. Usaba el mismo tono inexpresivo que su Kakashi solía tomar cuando quería distanciarse. Pero. Era menos distante de lo que Minato había esperado, menos forzado. Lo que era un agradable cambio—. En un momento estaré contigo. Y no quieras escuchar lo que hablamos, no hablaremos de ti.

Su Kakashi vaciló por un momento. Le lanzó a Minato una mirada, una mezcla de indecisión y frustración, irritación y perplejidad, pero accedió a salir de la habitación cuando le hizo un gesto de aliento.

Kakashi todavía tenía su kunai. Sabía qué hacer.

Minato volvió a centrar su atención en el otro Kakashi. No estaba seguro cómo referirse a él. —Hatake-san...

Había pensado pedirle a Sandaime una reunión con él, le había preguntado a Kakashi si quería verlo, pero no había esperado ese encuentro y las razones por querer verlo estaban todas basadas en su interés personal. No se había preparado para una conversación. Incluso así, lo que quería preguntarle ahora tenía menos que ver con saciar su intriga sobre su historia y más con lo que esperaba a su alumno en lo que sea que estuviese planeando. El pequeño Kakashi seguía siendo su responsabilidad.

La mirada en el único ojo visible del Kakashi adulto se suavizó. Había algo en su actitud que le recordaba a Sakumo de una forma increíblemente desconcertante. —Eso es raro, Minato-sensei.

Minato concedió el punto con un asentimiento. Excepto. —No imagino una forma en la que esto no sea raro.

—Supongo que no la hay —acordó Anbu Kakashi, todavía en deferente cordialidad. Un muro invisible los separaba—. Pero tenemos la misma edad, sensei. Posiblemente. No es necesaria tanta formalidad.

Minato levantó una ceja. —¿«Sensei»?

Kakashi se encogió de hombros. —Menos raro que «Minato-san» y «Hatake-san». Tendré que practicar en eso.

—Supongo que también te opondrías a Hatake-kun.

Minato no estaba seguro si estaba leyéndolo del todo correctamente, no podía estar seguro, pero podía jurar que Kakashi tomó un aire contemplativo. —Eso tendrás que dejárselo a mi pequeño clon. No puedo dejar que se llame como yo, por razones obvias, pero no puedo desconocer a mi hijo. Solo Hatake está bien para mí.

—¿Qué?

Hubo otro cambio en la expresión de Kakashi. Le dio a Minato la impresión de que estaba, de nuevo, sonriendo.

—Supongo que es algo que discutiremos la próxima vez que nos veamos. —Sin esperar un momento, el joven Anbu se alejó de la pared en la que había permanecido durante todo el encuentro e hizo un leve gesto a modo de despedida—. Sandaime, Minato-sensei, no tardaremos mucho.

—Espera. —El cerebro de Minato recordó que había algo pendiente, algo que aún no había dicho. Para su sorpresa, la versión desconocida de Kakashi se detuvo. Se volvió para mirar a Minato, quizá intrigado—. Serás justo con Kakashi, ¿verdad?

Con las manos en los bolsillos y un cariz indolente, Kakashi movió la cabeza. No había tensión en su cuerpo, en apariencia, pero Minato había aprendido a leer las nimiedades con él. No era indiferente a lo que estaba ocurriendo pero, ¿cuándo Kakashi era completamente indiferente a algo? Había mucho más.

Kakashi se dedicó a estudiar a Minato con atención. —¿Crees que alguien puede juzgarlo mejor que yo? Estoy mejor calificado que todos. Incluido usted, sensei.

Eso… era lo que le preocupaba. Minato sabía cuán duro juzgaba Kakashi.

Recordó lo que le había prometido a su alumno.

—Sé justo con él.

Kakashi se enderezó de inmediato. Fue un acto que le recordó tan violentamente al niño que había sido, al niño que había estado en esa misma habitación con ellos apenas unos minutos atrás, que Minato se sintió fuera de profundidad. Más aún.

—Hai.

Estará bien, Minato dijo Sandaime, una vez que quedaron solos en la oficina. Minato se forzó a darse la vuelta, a mirar a Sarutobi Hiruzen de nuevo—. Él es uno de nuestros mejores ninjas.

Tal vez. Y era Hatake Kakashi, en algún nivel. En lo profundo. Pero no era un Kakashi en el que Minato confiaría ciegamente.

Con amargura notó que, posiblemente, eso le ocurriría hasta con el Jiraiya que vivía en ese tiempo. No tenían efectivamente conexión a nadie en Konohagakure.

«En este mundo somos nadie».

Usted quería hablarme de Kushina y el Kyūbi.

El Hokage asintió, lento, pausado. Su rostro se endureció. También tengo que hablarte de Uzumaki Naruto.

«Aún».