(…) El fondo es sucio, lo que mira claro:
esta vida que flota vacilante
con aire de papel, blanco de luz,
nada recuerda ya de las palabras.

Fragmento de El fin de las etiquetas, Alberto Blanco.

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Sísifo & El Cid

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2. FRIO

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Sísifo Liberopoulos arrojó la última prenda a la hoguera, con miseria observó el crepitar del fuego consumiendo la camisola, se estremeció con el gélido viento nocturno en la campiña nevada de lo que imaginaban sería Pamporovo.

Había sido designado a una misión en Bulgaria, perteneciente al Imperio Otomano, Sage le había dicho que algo extraño estaba sucediendo en Plovdiv, y eso era una serie de quemas en la ciudad, sin razón aparente. Al Patriarca le preocupaba que alguna de esas perturbaciones a nivel mundial fuesen obra de los esbirros de Hades, y unas lo eran, otras no.

Era obligación del Santuario mantener la paz mundial, independientemente de lo que sucedía en el mundo, entre reinos, guerras y todo lo que se fuese sumando.

Ellos quedaban fuera de todo conflicto político o bélico, eran una especie de jueces y dadores de paz, aunque los demás no supiesen que mucho de lo que pasaba en el mundo, en realidad también tenía que ver directamente con ellos.

Así que allá fue a dar, pero no se fue solo, rara la vez Sage enviaba a sus guerreros en solitario, siempre iban dos. En primera por protocolo, en segunda, porque sus doce guerreros más poderosos, todo ellos, habían hecho un juramento, en pares, un rito inicial y secreto —a voces—, en el cual se convertía uno en parabatai del otro. Sísifo partió con El Cid… Rodrigo Villamayor y Modejar, nadie sabía que ese era su nombre, y Sísifo lo supo mucho tiempo después, por entonces para él, sólo era El Cid.

Al centauro, fiel guerrero, responsable, y juicioso, se le olvidaban estas características atribuidas a su persona cuando se trataba de El Cid… porque le gustaba más de lo que quería admitir, pero el otro… parecía no inmutarse, ni de eso ni de muchas otras cosas.

Habían descubierto que las quemas sucedieron por un problema entre cristianos ortodoxos y musulmanes, que encontraron a bien quemarse los unos a los otros, como si de una especie de pollos a la leña se tratase. Horas de gritos, horas de insultos, horas de bravatas y más horas de maldiciones fue lo que les tomó a los dos apaciguar a unos y otros.

—Creo que si tomamos el camino sureste bajaremos más rápido hacia Salónica… —dijo convencido de sus palabras.

—¿Crees o estás seguro? —Inquirió su huraño parabatai.

—Estoy seguro —contestó rápido, y la verdad no estaba seguro—, es pleno invierno, todos estarán esperando las fiestas, entonces si vamos por ese camino llegaremos más rápido.

—Me dan igual las fiestas.

Y allá fueron a dar, por el camino equivocado que les hizo dar una vuelta innecesaria, la noche los pescó en mitad de la nada, perseguidos por lobos, fauna local y nieve.

El Cid no dijo nada, ni un reproche, ni una mala cara, más allá de la que siempre tenía, así que montaron un miserable campamento en medio del camino, no podían seguir andando como gitanos extraviándose en medio del frío y la nieve.

Como autocastigo, por su soberbia y mal juicio, acabó quemando su ropa cuando los pocos leños se acabaron. Su tiritar de pronto se vio interrumpido cuando un abrigo caliente lo cobijó, su compañero se sentó a su lado mientras observaban consternados cómo desaparecía la camisola.

—Podrías abrazarme… digo, de esa manera nos calentaríamos los dos —susurró.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Guarda silencio.

—Gracias… —dijo con una sonrisa, apretujándose contra el otro.