(…) ¡Dos ramas en el tronco herido, y una
hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
lejos, la sombra del amor te aguarda.

Fragmento de Campo, Antonio Machado.

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Hades & Hypnos

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3. PROMESA

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Hades está sentado en su sitial de honor, una copa exquisitamente labrada de oro entre sus dedos, donde el líquido precioso del jugo de granadas del Inframundo parece recién macerado. Se concentra profundamente en el interior de la enjoyada copa que sostienen los dedos largos y blanquísimos, de una palidez que parece imposible de existir.

Al mover ligeramente la copa, se da cuenta de que el aderezo de algunas especias, e incluso el púrpura del vino, despiden destellos de colores variados que hechizan sus pupilas.

—Señor, ¿qué celebramos? —Preguntó el hombre postrado, con la rodilla apostada en el piso, en señal de respeto, aunque él mismo es también un dios: Hypnos.

Los labios finos del otro sonríen mientras sigue embebido en la copa.

—Celebramos la muerte, la vida, todo —pronuncia críptico.

—No entiendo mi Señor.

—Eso, Hypnos, celebramos la eternidad.

—Señor…

—Llegará el momento en el cuál el Juicio Final estará en mis manos, en las de todos nosotros, pero soy justo, Hypnos, siempre lo soy, así que prepararemos el momento —ahora clava sus peculiares ojos felinos en los del otro.

Son magnéticos, tanto, que es imposible abstraerse a su mirada.

—¿Y cómo puedo ayudarle yo? —Hypnos empieza a imaginar una serie de barbaridades.

—Fácil: mantendrás mi cuerpo en profundo sueño, en el Elysion, en el ataúd de piedra, yo volveré cada vez que sea necesario —pronuncia con la seguridad de quién se ha anticipado a cualquier destino—, ¿podrás hacer eso por mí?

—No quisiera Señor… —es la respuesta consternada del otro.

—¿Por qué no? —Ha preguntado con una naturalidad casi infantil.

—Porque muchos tendrán que morir antes de que usted despierte, y no quisiera.

—¿No quieres que mueran? Los humanos mueren todo el tiempo…

—Señor, sus guerreros también morirían y mucho me acongoja —responde con una sinceridad brutal.

Hades entonces ríe, ríe honesto, natural.

—Tú temes por tu hermano, ¿verdad?

—Señor…

—Te prometo que si me ayudas, nada le ocurrirá —acepta de buena gana mientras bebe de la copa que antes robó a Zeus.

—Usted ha prometido vida eterna a sus guerreros…

—Oh, una verdad a medias, ya que lo mencionas, digamos que el thymós, siempre será el mismo, la vasija no, entonces, los guerreros en esencia son los mismos siempre, ¿acaso no es así? —pronuncia orgulloso de su razonamiento—, son eternos.

—No es eso lo que ellos han entendido, ¿podría confiar yo en su promesa?

—Puedes Hypnos, si no fueses quién eres, ya te habría cercenado la cabeza, pero yo soy justo…

Hypnos tiene la clara impresión de que le está mintiendo, de que le ve la cara, pero ahora duda, porque ese día, mientras observaba los sueños de uno de los Jueces Sagrados, Minos… había descubierto pedazos de memorias ocultas, pedazos de otros tiempos en donde se había encontrado siempre con otro guerrero: Aiacos… y lo más perturbador, era que ese poder de encarnar siempre en sí mismo… no se lo dio Hades… se lo había dado Atenea… ¿Entonces quién mentía?

Dudó.