(…) Grato es morir, horrible, vivir muerto.
¡Mas no! ¡mas no! La dicha es una prenda
De compasión de la fortuna al triste
Que no sabe domarla: a sus mejores
Hijos desgracias da Naturaleza:
Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!

Fragmento de Hierro, José Martí.

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Minos & Hypnos

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4. AMOR

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Él ya lo sabía, desde sus primeros años, que no era un niño normal. Brander Jørgensen, que había nacido en Trandal, en un fiordo apartado de todo, nunca fue del todo común. No solamente era su aspecto peculiar, con sus cabellos nevados, producto de la hipopigmentación, ni sus ojos ambarinos, él se sentía distinto.

Sus sueños le parecían inconexos, indescifrables, como pedazos de una larga historia que había olvidado, y que ahora sólo permanecía oculta en lo más cavernoso de su mente, revelándose cuando dormía.

—Mamá, he vuelto a soñar con el hombre raro… y me ha parecido verlo en mi habitación.

Dijo el niño, a lo cual, sus padres interpretaron que simplemente Brander tenía mucha imaginación, como casi todos los niños de su edad.

Pero Brander no mentía… cada noche veía más corpóreo al hombre raro, que estaba en sus sueños, Hypnos le dijo llamarse, o algo así. Al principio sentía miedo, con el tiempo, aceptó que eso era lo que le pasaba y punto.

Fue un invierno inclemente, ese en el cual empezó a ser consciente de otra persona en su narcosis, otro hombre… uno de cabellos negros, color azabache y ojos del color de esas piedras que le gustaban a su madre: amatistas, Aiacos le pareció entender que lo llamaba.

Una de esas noches febriles, tuvo la clara impresión de que se estaba separando de su cuerpo, que flotaba, incluso que podía observarse a sí mismo acostado en la cama, mientras él estaba suspendido, a penas atado a una finísima fibra plateada, tuvo curiosidad, alargó sus blanquísimos dedos para tocar el hilo.

—No, si lo tocas y lo rompes, podrías no regresar a tu cuerpo, ¿sabes? Esa clase de hilos tú los puedes hacer, porque el poder está en ti… sólo es cuestión de que lo intentes —pronunció el hombre raro.

—¿Yo? ¿Hilos? ¿Cómo?

—Me puedes ver, y casi ningún humano puede, yo también puedo ver en ti, y creo que sabes que este no es el único tiempo en el que has existido.

—Hay alguien más a quién también veo…

—Lo sé, ves a quién amaste… si vienes conmigo, lo encontrarás… Minos… pronto sabrás cuál es tu momento…

—¿Amor?

—Sí… la gran tragedia humana.

¿Por qué le había dicho Minos? ¿A dónde quería que fuese? Y sobre todo: ¿quién era el otro tipo a quién decía podía encontrar?

Muchas preguntas para un niño ¡Él sólo era un niño! ¿Por qué le pasaban esas cosas?

Lo cierto es que después de esa fantasmagoría nocturna, descubrió que de sus pequeños dedos a veces parecían salir a voluntad finísimos hilos de plata, como aquel que ataba su cuerpo físico a su cuerpo astral…