(…)... Y era el Amor, como una roja llama...
?Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro
que se trocaba en surtidor de estrellas.

... Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
?Tal cuando yo era niño la soñaba. (…)

Fragmento de Cante hondo, Antonio Machado.

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Aiacos & Minos

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5. FAMILIA

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No tenía memorias acerca de si hubo una familia, o tal vez las pocas que tenía habían quedado sepultadas y olvidadas, él, sólo recordaba que tenía una vida común, y que una vez que recibió el llamado por parte de otro de los espectros se encontró con los que serían sus cófrades.

Elid, porque ese era su nombre civil, se sintió particularmente ¿incómodo? Tal vez sería la palabra más precisa, para describir la extraña sensación que tuvo cuando el hombre de cabellos palidísimos le observó, atento, vigilante, con esos ojos ambarinos, gatunos.

Y si fuese honesto al respecto, no se sentía incómodo con ello, tenía la clara sensación de que… de alguna manera lo conocía, de tiempo atrás.

Pero él, era muy joven como para recordar algo semejante.

Brander, o Minos, ese era el hombre de cabellos platinados… algunas veces se descubría pronunciando ese nombre, y descubría que en sus labios no se escuchaba mal.

Y después estaba el otro hombre, el que tenía los ojos también felinos: Radamanthys, algo en él, no le acababa de gustar, quizás fuese su pedantería, esa autosuficiencia, su ego sobrepasado sólo por sus laxas acciones.

Y con todo eso, de cualquier manera había encontrado que en esos brazos, en los del líder del ejército oscuro, se estaba bien, en esos brazos egoístas que no sabían de otra cosa más que de lo que le venía bien y le hacía sentir complacido.

El placer de unos labios que le desgarraban la carne, le hacían olvidar eso que tanto le atormentaba, cuando en su cabeza, con agujeros de ensoñaciones que no alcanzaba a matizar, trataba de no pensar en Brander y su mirada intensa, en sus ojos que a veces parecían infinitos.

Un último gemido escapó de sus labios, después, el cuerpo distendido del feroés cayó sobre él, tratando de recuperar el aire que se le escapaba de los labios.

Al salir de esa ruinosa habitación a donde encontraron a bien meterse en el castillo Heinstein, lo primero que vio fueron los ojos iracundos, que también le dirigían una mirada de reproche.

—¿Y encontraste una buena manera de pasar el rato? —Fue la pregunta que pronunció sucinto Minos.

Arqueó una de sus morenas cejas y le sonrió con cinismo.

—Algo así… ¿por qué no dejas de vigilarme tan de cerca, eh, Brander? Voy a pensar que eres uno de esos que gustan de espiar para luego…

No pudo terminar su cruel perorata, porque los labios del otro le hicieron callar a punta de mordidas y de un beso invasivo que le erizó los poros de la piel.

Y por si fuera poco acabó ese beso con un sorpresivo golpe en la cara, que terminó enviando al piso, de bruces, al confundido Aiacos, quién había sentido con mucha claridad, dolorosa claridad, como se le reacomodó la mandíbula de un crujido.