Se trata de mi cuerpo al que bendigo,
contra el que lucho,
el que ha de darme todo
en un silencio robusto
y el que se muere y mata a menudo.

Fragmento de Después de todo, Jaime Sabines.

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Minos

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6. DESENFRENO

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Uno no podía decir que mataba accidentalmente, no, siempre se mataba con toda la alevosía de la que los seres humanos eran capaces, así que… los accidentes que incluían muertos, esos no existían. Cada muerte era parte de un plan siniestro que tenía lugar en el destino de cada uno.

Bien lo sabía él.

Lo que pasa es que tampoco se va por la vida dejando muertos detrás de sí, como si de pétalos de margaritas se tratase. O tal vez sí… ¿quién podía decir lo contrario?

El cuerpo inerte del extraño yacía en la cama, con el rictus de dolor, de sorpresa, de no saber qué le había pasado o porqué había muerto en esa habitación anónima de hotel.

Minos desenredó los hilos del cuello roto de aquel sujeto. Contempló su obra: el pobre había muerto en medio del orgasmo. Se encogió de hombros, no tenía nada personal contra él, simplemente se le había atravesado en el camino, él estaba muy cabreado por… bueno por las estupideces de Aiacos y su… ¿cómo llamarlo? ¿Amigo, amante? En fin, Radamanthys…

Mientras encendía un cigarrillo y se vestía, recordó que ya antes le había pasado eso, eso de ir matando por ahí…

Brander, con los días, había ido recordando pedazos de sus vidas pasados, de otros tiempos en donde él siempre era él, es decir, era la misma persona, viviendo cosas diferentes, pero siempre se trataba de su misma esencia, para aumentar aún más la rareza de su persona en Trandal, eso y los extraños hilos que parecían surgir a veces de sus dedos.

El día en el que todo cambió para él, cuando abandonó para siempre su vida civil, era como cualquier otro día, precedido por la noche anterior en la que había estado hablando con el hombre raro, que le preguntaba cosas que podía responder.

Caminó durante un buen rato, llevando a rastras la mochila, cabe destacar que la llevaba agarrada con los hilos que desprendían sus dedos, y de los cuáles hasta entonces, no tenía conocimiento de realmente cómo funcionaban o si de todo se trataba de un delirio.

Al final acabó cerca de una de las cascadas, y de no ser porque en sí el sonido del agua cayendo era relajante, se habría quedado ahí por horas… pero algo le sacó de esa concentración, alguien, mejor dicho.

—¿Quién eres?

Pero el extraño no contestó. Ni siquiera estaba tan seguro de su aspecto, es decir, podía verlo ahí, caminando hacia la orilla del lago, pero tenía la clara impresión de que se veía nebuloso.

El extraño simplemente se lanzó hacia el agua, así, sin más.

El niño se acercó hacia la orilla, pero no le vio salir, no emergió… se puso de rodillas y apoyó las manos en la orilla, para echar un vistazo pero no vio nada, estaba por levantarse, cuando unos ojos brillantes le contemplaron, a medias, en el agua… no tuvo tiempo de enderezarse, porque la criatura fue más rápida.

Lo siguiente fue que se estaba ahogando, su garganta parecía querer absorber toda el agua de golpe para inundar sus pulmones, quién sabe cómo, atrapó a la extraña criatura arrugada y verdosa con los hilos que salieron disparados de sus dedos… lo atrapó por el cuello, apretó, tiró, hizo acopio de toda la fuerza que pudo, tensó más… hasta que algo crujió… supuso que el cuello del nokken, salió a la superficie, jaló tanto aire como le fue posible y nadó hacia la orilla.

Mientras se arrastró por el pasto y se quedó tendido boca abajo, supo que no había vuelta atrás, él era lo que el hombre le había dicho: un espectro, un guerrero oscuro, cuya arma yacía en las puntas de sus dedos.

—Hijo de puta —farfulló volviéndose hacia el lago, esperaba ver flotado al nokken, pero no le vio.

El nokken le dio la respuesta que había estado buscando todos esos días…

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N. de la A.

Los nokken pertenecen a la mitología escandinava, se trata de criaturas que viven en los mantos acuíferos dulces, la forma de los mismos es variable, pueden presentarse como corceles blancos, como hombres hermosos, o bien, como criaturas que emergen del agua, y sólo se pueden ver sus ojos malévolos. Sus intenciones son hacer caer al agua a los incautos para ahogarlos.