(…) Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido
Porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.
Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda
Porque alambres al rojo se clavan en mi sexo. (…)
Fragmento de Toisha V (I), Camilo José Cela.
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Violate & Suikyo
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7. REGALO
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Violate nunca había sido la clase de niña, ni de mujer, que se pudiese decir blanda, esas cosas no le pegaban, y nunca lo habían hecho. Es más, le asqueaban. No estaba en su naturaleza, así como en ella jamás estuvo el rendirse, muestra de ello era su amplia colección de cicatrices, de las cuáles se sentía profundamente orgullosa, todas y cada una de ellas representaban sus victorias.
Y las que no se veían también, las que llevaba por dentro…
Se volvió más y más fuerte, porque no se podía permitir menos que eso, y porque no iba a vivir relegada, como aquellas que habían fracasado en el intento, a los placeres y pareceres de los guerreros varones.
Ciertamente no ella.
Sin embargo, también había decidido, en esa carrera, donde ella había ascendido como la espuma, que quería algo… antes de que el lienzo de su colección estuviese completo.
Porque ella pretendía ganar todas las batallas.
Entonces, una noche, calculaba que tenía que ser el principio del invierno, porque hasta la noción del tiempo había perdido, fue al campamento donde el comandante, Suikyō, estaba.
A nadie le extrañó verla, mucho menos acercarse hasta donde él estaba. Al contrario, el terror que su sólo presencia inspiraba bastaba para abrirle paso allá a donde fuere.
Todavía iba cubierta de sangre seca y polvo, lleva de los cabellos una cabeza colgante, la de uno de esos mugrosos guerreros de Atenea, el epistrategos, Nicias se llamaba el pobre desdichado.
No se preocupó de presentarse, simplemente abrió la tienda y entró en ella, dejó la cabeza sobre la mesa cercana, como un pisapapeles.
—Un regalo —dijo ella cínicamente.
Suikyō levantó la vista, observó la cabeza y luego a Violate, regresó la vista hacia los papeles que tenía delante, hacia la carta de Pandora.
—Qué desagradable, Violate, ¿cómo se te ha ocurrido traer esa porquería y dejarla aquí? —dijo el otro, por toda respuesta.
Ella sonrió, y no conforme con la terrorífica escena, de la nada, comenzó a sacarse la armadura, dejando caer las piezas por aquí y por allá, a su paso, mientras se acercaba hasta él, a su lado, para cuando llegó, lo único que la cubría era su largo cabello purpúreo, de cuyas hebras abiertas emergían los pezones rosados, erguidos.
—Otro regalo… a menos que no sepas qué hacer con él —pronunció observándolo.
Deleitándose en los ojos de él que recorrían, con un atisbo de sorpresa, el cuerpo de piel blanca, donde apenas comenzaba su colección de cicatrices, el corazón se le desbocó, cuando las pupilas de él, se clavaron en la turgencia de sus senos, normalmente ocultos y apretados contra la surplice.
Por supuesto que iba a reaccionar, por muy guerrero que fuese, también era hombre… y ella por muy valiente que era, también temblaba ante la vista de él…
Con la frialdad de una transacción cualquiera ella quería ese regalo, el que estaba segura, Suikyō le daba sin miramientos a Hal… o Minos… como sea que se llamara…
