Tras el dolor, el cambio,
ese signo celeste de la gloria
traza el sendero más firme el más difícil.
la ruta de los astros para siempre,
camino de sangre y soledad.

Sólo la redención puede lavarnos
del veneno en el espejo
estéril soledad amortajada. (…)

Fragmento de Aliento de la luz, Raquel Huerta Nava.

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Bud

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9. CUERDA

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Alguien tuvo que escribir un libro acerca de las trampas de campo, de esas que se construyen para atrapar animales salvajes… alguien tuvo que hacerlo para que él no se encontrara en la precaria situación en la que estaba: suspendido de cabeza, con el tobillo atado por una cuerda, presa de una de las trampas de su padre.

Y ahí estaba Bud, meciéndose colgado de la rama del árbol, como un jamón.

Primero gritó, chilló como animal herido, luego lloró, después se enojó, y al final, horas después, cuando sentía que se iba a morir, empezó a idear la manera de zafarse sin ir a dar al suelo.

Aunque ahora que lo pensaba, él era un niño que no sabía leer, con trabajo podía contar, porque su padre, el viejo leñador, y cazador por necesidad, le había enseñando.

Durante ese rato en el cual, según él, la vida se le escapaba por entre los dedos, tuvo también el tiempo suficiente para imaginarse a sí mismo cómo El Ahorcado, el arcano doce, de esas extrañas cartas que alguna vez había visto a una mujer usar para leerle la fortuna a una mujer rica… y bueno, huelga decir que Bud esa tarde no regresó hasta entrada la noche, porque se entretuvo más de la cuenta con la mujer que leía la fortuna.

Ahora él estaba ahí suspendido como esa carta…

—¡Joder! —Gimió molesto revolviéndose y contemplando con miseria la daga que se le había caído y que felizmente podía ver desde su lugar en la rama.

La daga… esa que le había dado el otro mocoso, el otro engendro asqueroso… el otro que se parecía tanto a él, y que bastaban dos dedos de frente para saber que era su hermano… lo odió. Odió cada minuto, cada instante.

Y después, se obsesionó con él, quiso saber, quiso investigar, y más dolor y rencor descubrió en su joven corazón, porque él, pudo haber sido uno de ellos, pudo ser todo lo que siempre quiso, y no. Ahí estaba pasando un frío de los mil carajos, y una desesperación sin par.

¡Todo lo que él pudo ser!

Mientras se reconcomía en sus pensamientos amargos fue que ideó mecerse, columpiarse hasta lograr estrellarse con la rama o con el tronco, de forma que pudiera aferrarse y luego levantarse lo suficiente para desatar la cuerda.

Era buena idea, al menos era algo. Lo que pasó es que no calculó la fuerza que necesitaba, y al menos unas cinco veces acabó estrellándose de lleno, como un péndulo humano, algo así como si tratara de matar al árbol.

No cabía duda, a Bud todo le solía salir mal.

Había perdido la seriedad de ser El Ahorcado, para convertirse en el costal humano, algo sin dignidad, propio de él…