(…) ¿qué memorias, qué rocas, yelos, islas,
informe confusión de aguas y nada,
qué mares, encendidos prisioneros,
dentro de ti, bajo tu pecho, cantan?

¿Qué violencias recónditas, qué labios,
conmueven a tu piel de verdes llamas?,
¿qué desoladas aguas, costas solas,
qué mares invisibles, mar, alías? (…)

Fragmento de Mar por la tarde, Octavio Paz.

.

.

.

Milo & Camus

.

.

.

10. LLUVIA

.

.

.

Milo ya se había dado cuenta de que los que estuvieron muertos, se habían levantado, él lo sabía. Porque sus sentidos eran muy agudos, y jamás podría pasar por alto el sentir con claridad a quién se amó. Incluso sus sentidos que eran agudos, ni siquiera se acercaban a los de los anteriores Arcontes de Escorpio, lo cuál significaba que, aunque a él nada se le escapaba… era probable que a los otros, ni un escarabajo se les podía pasar sin que lo supieran.

Milo lo había detectado con claridad, a él, a Camus, y el corazón se le había detenido, es más, el mundo había dejado de girar.

Su eje, su centro, la salida del sol, de las estrellas, todo obedecía a él, al marsellés, a Camus Etienne Valois, su propia vida.

Pero las cosas dieron un vuelco inesperado.

Ahí ante la lluvia de pétalos, de esos que había dejado escapar Shaka, estaba él, de rodillas, incontenible, inconmensurable, abrazado a las rodillas de Camus, llorando, porque en su cabeza, en su comprensión, eso no era posible, no había explicación, era inaudito.

Un tiempo, cuando se habían llevado a cabo las exequias por los caídos, en el antiguo rito funerario, él había imaginado tantas veces que Camus volvía, que regresaba, que vencía a la muerte, que triunfaba porque era demasiado hermoso, demasiado fuerte para perder esa batalla.

Lo había soñado en sus febriles noches, lo había alucinado abrazado a la piedra fría.

Y eso… no se parecía en nada a lo que él había pedido, rogado a todos los dioses.

Él, furioso, arrebatado por la ira, le había llevado, él mismo, lo había tomado por el cuello, apretándolo, exigiéndole respuestas, ¿Cómo así?

—¿Por qué nos traicionaste… amigo? —Había inquirido, tratando de arrebatar algo de verdad, algo de consuelo en su desolada alma, mientras sus ojos estaban ciegos por las lágrimas, y sus dedos apretaban con fuerza su cuello.

Era capaz de matarlo, con sus propias manos…

Y ahora, estaban ahí, habían presenciado lo inenarrable: ella se había suicidado, ella misma se arrancó la vida con la mano de Saga… y ahí, estaban ellos, como unos inútiles testigos del hecho irreversible.

Abrazado a sus piernas, sintió su mano gélida sobre su cabeza, como si con ello buscara responder sus preguntas, todas esas que tenía atravesadas en el pecho.

—¿Por qué…?

—No había otra manera…

—¿Cómo?

—Lo entenderás, antes del final… amigo

—No entiendo…

—Nunca dejé de ser yo —respondió lacónico el marsellés.

Con lo cual Milo se aferró a la idea de que algo más había culto en el murmullo de su compañero, se aferró como una tabla salvadora, se aferró en creer, porque eso era lo único que le quedaba, en medio de la lluvia de pétalos, de lágrimas y de sangre…