Si para refrenar este deseo
loco, imposible, vano, temeroso,
y guarecer de un mal tan peligroso,
que es darme a entender yo lo que no creo.

No me aprovecha verme cual me veo,
o muy aventurado o muy medroso,
en tanta confusión que nunca oso
fiar el mal de mí que lo poseo (…)

Fragmento de Soneto XII, Garcilaso de la Vega.

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Kardia & Dègel

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13. CAMPANA

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Las campanas siempre anunciaban en Rodorio que la vida volvía cada mañana, porque parecía que en el repicar de las mismas, estaba la clara señal de que todos tenían que ponerse en pie y vivir. Eso le gustaba pensar a Dègel Aesgir de Ketill, al Arconte de Acuario. Las campanas tenían una peculiaridad: eran el sinónimo de la vida y el de la muerte también.

Eran los campanazos los que anunciaban el nuevo día, y también eran los que hablaban de los muertos.

Campanas eran las que anunciaban las festividades del dios cristiano, también eran las que celebraban bodas, fueron campanas las que se escucharon en Bluegard el día que García murió, y que la regente Seraphine tuvo que tomar el cargo… campanas cuando ella, por salud, tuvo que abdicar en su hermano: Unity. Campanas las que sellaron sus destinos el día que Albafica tuvo que sellar el avance de los espectros…

Siempre campanas.

Pero entre tantas cosas, también eran las campanas las que él y Kardia habían escuchado cuando era cerca de la hora nona, y que les había tomado toda la noche y buena parte de la mañana, embriagarse en las tabernas… y así echar por la borda años de juramentos, de canéforas, decía Kardia, cuando él mismo mancilló su honor en brazos de… bueno, en camas en las que no debió estar.

¿Cuántas veces el mismo Kardia lo había llevado remolcando, como costal de papas, cuesta arriba, para dejarlo descansar la resaca? Ya había perdido la cuenta…

Kardia, su Kardia.

—Un día no te bastarán sólo besos… —le había dicho borracho.

—¿Quién dice que no? —Contestó más pronto de lo prudente aquel griego de belleza arrebatadora, mientras sus labios estaban sobre los suyos.

—Lo sé… no te bastarán…

—¡Bah!

—Un día no lo harán… —había asegurado mientras el sopor del cansancio y del vino sin aguar le nublaban la vista.

Al despertar se encontraba la hermosa visión del cuerpo apolíneo del griego, y esa invasión de calor que parecía emanaba desde su centro y que avasallaba todo, incluido a él.

Al menos comprobaba que no había pasado nada más que unos, no muy castos besos, y eso era todo… el problema es que ya no estaba seguro de si los besos no le bastarían a Kardia… o más bien era que a él mismo no le bastaban.

Cada día, mientras ellos dos crecían juntos, perdió de vista el momento exacto en el que Kardia dejó de ser el flacucho y desgarbado adolescente, más bajito que él, y que todo mundo dudaría siquiera de darle una armadura de soldado raso… en algún punto se convirtió en esa escultura griega, perfecta, morena, llena de músculos tensos, perfectos… lo perdió de vista.

O tal vez es que estaba demasiado preocupado en dejarlo pasar, porque sabía que ellos dos… eran la generación de la sangre… y no valía la pena dejarse llevar por sentimientos fútiles como esos…

Porque un día, las campanas iban a repiquetear en su honor…