(…) Rivalizo conmigo y esta pugna
vagamente grosera me invalida
las mejores gestiones amatorias.
Y mi propio amor, mi boca para el beso
mi discutible condición angélica
se me van convirtiendo en impostura.
Fragmento de Tan solamente, Paz Molina.
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Gateguard & Avenir
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14. VINO
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Gateguard de Aries sostenía el vaso de cerámica negra, decorado con exquisitas figuras negras que contaban la historia de loa de un atleta, mientras giraba el mismo entre sus dedos blanquísimos pensaba, una y otra vez, le daba vueltas a lo mismo…
El vino escurrió por su boca y luego por la garganta, calentándola a su paso.
Trataba de encontrar el valor para tomar la decisión que tenía que tomar, él sabía que tenía dos opciones: ignorar lo que había visto en la puerta del tiempo, la noche que tuvo la revelación, seguir el camino leal… dejar a Itia vivo, y no ver a Sage tomar su lugar como Strategos del Santuario… lo cual devendría en un montón de cambios para siguiente guerra, misma que incluía la muerte de Atenea… porque Avenir de Aries, no podría intervenir tampoco… o bien, asesinar a Itia, y cambiar el curso de las cosas, para que la historia jugara a su favor, a favor de todo… aunque él fuese olvidado para siempre, expulsado de la Orden y borrado de los Anales, como un gran traidor…
Se rio.
Una carcajada grotesca inundó el templo de Aries, la clase risa que podía helarle la sangre a cualquiera.
¿Qué podía hacer él? Ni siquiera provenía de la raza lemuriana, como casi todos los Arcontes de Aries.
—¿Qué hacer? —Pronunció con su voz ronca, mientras agachaba la vista y sus cabellos rojos como la sangre, escurrían hacia abajo.
Sí el mataba a Itia, al Patriarca, tenían una pequeña posibilidad de que Sage tomara la regencia del Santuario más adelante, y que muchos guerreros perpetuaran justamente el legado de las casas de sus constelaciones…
—Tampoco es que me haga gracia hacerla de asqueroso traidor —farfulló para sí, entristecido, casi abatido.
Acabó por vaciar lo último del vaso, cerró los ojos y concentró su cosmoenergía, maximizando el poder, entrando a un nivel de conciencia que pocos, por no decir, nadie, podía alcanzar.
—Avenir… ¿me escuchas?
—Sí… —contestó la voz del anterior Santo de Aries, el sobreviviente del siglo dieciséis, sellado en el tiempo espacio.
—Si lo hago… si hago lo que tengo que hacer, ¿estarás con ellos? ¿Les ayudarás? ¿Ayudarás a Atenea?
—Sí, lo haré…
—¿Lo entenderán? —Inquirió preocupado.
—No, Gateguard, no lo entenderán… pero… los hilos del destino se moverán en favor de Atenea.
—Vaya…
—Serás borrado para siempre de la historia, pero lo que harás, jamás será olvidado, los dioses te darán su venia, aunque en el mundo terrenal sea incomprensible la traición…
—Bueno pues… que así sea —respondió suspirando—, cuida de los hermanos, Sage y Hakurei, me agradan, aunque parezca que no —comentó irónico, con una sonrisa en el rostro.
—Así será —dijo la voz de Avenir.
Gateguard emprendió el camino hacia el recinto patriarcal, en la mitad de su rostro ya había comenzado a aparecer la marca del Inframundo: la marca de las mariposas, la marca de la traición… iba camino a encontrar su destino… iba a tomar la vida del Strategos, Itia…
