Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.
Amor eterno, Gustavo Adolfo Bécquer.
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Unity & Seraphine
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15. MOÑO
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Desde bebé, Seraphine Alkaev tuvo una salud precaria, decían que la noche previa, en una celebración, la madre se había angustiado tanto cuando una de las mujeres de la cocina, le dijo qué veía en el destino del bebé, que no viviría mucho.
—¿Qué se puede hacer? —Había preguntado ella, llevándose una mano al abultado vientre.
—Hay otro bebé, pero tampoco parece tener una vida larga… una vida por otra —le contestó la mujer—, el oráculo no miente, y sólo podrías salvar a uno, es una vida por otra.
—¿Por qué no a los dos?
—La primera, será una longeva gobernante, pero ella no podrá perpetuar la sucesión del reino de Bluegard, no está en su destino, no habrá hijos… —murmuró observando los huesos tallados, los cristales, las hojas, todo lo que tenía regado en la mesa de madera—, el segundo, el varón, tendrá poder, será un gran rey, pero antes de que eso pase, habrá muchas muertes a su alrededor, y habrá hijos, su primogénito servirá para pagar la deuda de sangre.
La joven mujer lloró, se abrazó a su barriga, donde el bebé en su interior pareció sentir la desesperación… y decidió nacer.
Seraphine trajo consigo mucha alegría a García y Nadenka, y huelga decir que también preocupación, el año de su nacimiento, el ganado empezó a morir inexplicablemente. Como fuese, tanto García como Nadenka, acostumbrados a librar las cruentas batallas del hielo casi perpetuo y de la devastadora desolación de su pueblo, afrontaban el abandono, el hambre y la tragedia de Bluegard.
Un año después llegó el segundo hijo… el oráculo había tenido razón… durante el parto, el bebé nunca se acomodó para ser alumbrado, lo cuál provocó horas de dolor, y al final, acabaron separando la carne de Nadenka para dejarlo salir. Se desangró horas después… ella había tomado su decisión.
El Sagrada Orden había enviado a uno de los embajadores griegos, porque sabían que las estrellas en Géminis estaban cambiando, y querían saber si aquel bebé, tendría el poder, pero nació dos días antes del ciclo más luminoso.
Uno de los Arcontes dorados lo cargó, lo observó, buscó marcas en el cuerpecillo sanguinolento, después subió a la torre de observación, estuvo horas ahí.
—Nació bajo la protección de la tercera estrella, no bajo Cástor ni Pólux, pero hay algo en él, algo que no entiendo —le sonrió a García—, quizás no sea nada.
Unity, también era el hijo amado de su padre, al igual que Seraphine, y entre ellos dos surgió de inmediato un vínculo, pasaban mucho tiempo juntos, tanto como era posible, y cuando ella no podía salir al frío inclemente a jugar, él se quedaba a cuidarla, a acompañarla, lo cuál le parecía una crueldad a ella, porque sabía que Unity amaba el exterior.
—Sal… ve afuera… no te quedes aquí —le susurró débilmente.
—No, aquí estoy bien.
—Mentiroso —dijo riendo en medio de un ataque convulso de tos, luego tomó su muñeca y le ató el lazo de seda de su cabello, con un moño—, ve, imagina que voy contigo, y realmente iré contigo…
Cuando los años pasaron, la tragedia y la muerte, Unity conservó ese lazo, como único recuerdo de la familia que tuvo y que él mismo mató… lo guardó entre las cosas que lo torturaron perpetuamente…
