(…) Y del cielo a la tierra,
de aquella estrella en alto al dulce ruido de tu pecho,
bajan con inefable rapidez
y como espuma roja
apresurados besos,
recios besos,
crueles besos de hielo en mi memoria. (…)

Fragmento de Estrella en alto, Efraín Huerta.

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Unity

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16. MENTIRA

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Vivir con una mentira, no sólo es un hecho doloroso para aquel al que se le ha dicho la mentira, no, normalmente la peor parte siempre es para el que la dice, para el que la hace creer. Porque esa persona sabe, porque pase lo que pase, por más que se esfuerce en creer, sabe que la mentira está ahí, y que esta seguirá latente, como una enfermedad que carcome por dentro, que todo lo va pudriendo desde el interior, y al final, lo que queda es un cascarón, que también es una mentira.

Así para él, para Unity, las muchas mentiras se fueron acumulando y se volvieron una carga pesada de llevar, imposible de esconder, pero estaba dispuesto a llegar hasta el final, hasta donde fuese necesario.

A él le habían mentido.

Todo el tiempo, toda la vida.

Que no había asesinado a su madre, pero sí lo hizo.

Dègel le prometió no olvidarlos, le prometió ser fuerte… y mintió, porque se volvió débil entre los hijos del sol, y también los olvidó.

Le prometieron el poder de cambiar el curso del destino de Bluegard, sacrificó a su padre, dejó morir a Seraphine, y no sucedió.

Y la penitencia de todos sus pecados estaba ahí: cada mañana cuando abría los ojos y se sabía vivo, cuando observaba su reflejo en el espejo… en la cicatriz que surcaba la mitad de la frente y bajaba por la nariz hasta la mejilla, a travesando uno de los rostros más hermosos que existieron en Bluegard, y que ahora parecía una bonita pieza de arte rota y mal pegada.

Por eso, cuando encontró a la mujer, otra hija del sol ¡Tenía que ser una burla!, a Stesha, lo dudó, lo pensó muchos días y noches, y se preguntó si se trataba de una mentira más en su vida.

—He hecho cosas terribles, mis manos están tintas en sangre —le dijo lacónico a ella.

—No me importa… tu pasado no me importa… si tu quieres dejar todo eso atrás y seguir, seguir conmigo, yo estaré ahí —ella, por toda respuesta, tocó la cicatriz de su rostro, con sus delgados dedos bronceados.

Algo dentro de él, le decía que no, que él no podía tener nada ni a nadie, que no merecía más que el oprobio. Una pequeña parte, le decía que era momento de soltar, de seguir, de esta vez redimir las cosas.

Shion, el nuevo Strategos, le había dado dos opciones, en su momento ninguna era lo suficientemente buena, o eso pensaba él: quedarse en el Refugio, entrenar, poner al servicio de la orden su poder, aunque fuese el de un guerrero de Poseidón. Y la otra, convertirse en el regente de Bluegard, tomar una reina y dedicar su vida, así como a las generaciones que le siguieran, a cuidar los tesoros prohibidos e invaluables del Santuario… y obviamente la puerta del Templo Marino.

Se decantó por la segunda.

Las manitas del niño se pescaron de su pierna, para evitar caer como un fardo directo al piso, Unity salió de su concentración cuando el niño que apenas caminaba le obligó a salir, lo cargó en vilo, el pequeño le observó detenidamente y le sonrió… el futuro Arconte de Acuario estaba en sus brazos…