Maldición, es bueno ser yo.
NEJI HYŪGA, sobre ser Neji Hyūga
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Tuatha de Danaan: tua day dhanna
Una raza avanzadísima de seres inmortales que se establecieron en Irlanda miles de años antes del nacimiento de Cristo. Llamados por muchos nombres —hijos de la diosa Danu, la Verdadera Raza, los daoine sidhe—, habitualmente se los conoce como hadas o pueblo mágico. Aunque se los suele representar bajo la forma de pequeñas criaturas de cuyos cuerpos emana un suave resplandor mientras revolotean por el mundo exudando un efervescente buen humor y entreteniéndose con esas pequeñas e inofensivas travesuras que tanto les gusta hacer, los verdaderos Tuatha de Danaan no son tan delicados ni benevolentes.
De los Libros de las hadas de la familia HARUNO
Neji Hyūga:
Tuatha de Danaan, hasta los de su propia especie recelan de él y lo tienen por imprevisible. Su apariencia mágica favorita es la de un herrero de las Highlands intensamente sexual, de piel dorada, cuerpo musculoso, largos cabellos negros y fascinantes ojos plata. Sumamente inteligente, peligrosamente seductor. Se cree que ha estado a punto de romper El Pacto no en una, sino en dos ocasiones. Es, con mucho, el más peligroso e impredecible de su raza.
ADVERTENCIA: EXTREMAR LAS PRECAUCIONES EN CASO DE VERLO. EVITAR A TODA COSTA CUALQUIER CLASE DE CONTACTO CON ÉL.
De los Libros de las hadas de la familia HARUNO
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PRÓLOGO
Londres, Inglaterra
De pie en la cámara central de las catacumbas de piedra secretas del Edificio Belthew, Neji Hyūga observaba a Hotaru dar traspiés de un lado a otro mientras buscaba a Utakata Uchiha, su amado druida de las Highlands.
La joven lloraba como si le arrancaran el alma del cuerpo. Agudo e incesante, su llanto podía hacer que hasta a un Tuatha de Danaan le estallara la cabeza.
«Por no hablar de lo que le haría a un humano», pensó Neji Hyūga de manera sombría.
Empezaba a estar harto de los constantes gimoteos de la joven. Él tenía sus propios problemas, muy graves por cierto.
Mito, la reina de los Tuatha de Danaan, por fin había llevado a la práctica sus persistentes amenazas de castigar a Neji por sus repetidas interferencias en el mundo de los mortales. Y había escogido el castigo más cruel de todos.
Lo despojó de su inmortalidad y lo volvió humano.
Neji bajó la vista para echarse un rápido vistazo y lo alivió descubrir que, al menos, Mito le había permitido conservar su apariencia mágica favorita: la del musculoso herrero de oscuros cabellos e irresistible atractivo sexual, una combinación de celta continental y guerrero de las Highlands que abarcaba un milenio de la historia de ambas razas, ataviado con su tartán, sus brazales y el gran collar que llamaban torque. En ciertas ocasiones su reina lo había convertido en cosas que era mejor mantener alejadas de la luz del día.
Su alivio, sin embargo, había durado poco. ¿Qué importaba que aún tuviera su aspecto habitual? ¡Ahora era humano, por el amor de Dios! Limitado. Insignificante. Finito.
Neji maldijo con vehemencia y miró a la humana que no paraba de llorar. Aquel ruido infernal apenas lo dejaba pensar. Quizá si la informaba de que Utakata realmente no estaba muerto se callaría de una vez. Tenía que encontrar alguna forma de escapar de aquella intolerable situación, y pronto.
—Tu amado no ha muerto. Deja de llorar, mujer —dijo en un tono imperioso. Él sabía muy bien que Utakata aún vivía, porque Mito lo había obligado a renunciar a una parte de su esencia vital de criatura inmortal para salvarle la vida al highlander.
La orden de Neji no surtió el efecto deseado. Todo lo contrario, porque cuando ya estaba seguro de que el llanto no podía ser más ruidoso —y no lograba entender cómo una criatura tan diminuta era capaz de producir semejante estrépito—, los tímpanos que acababa de adquirir junto con la forma humana se vieron obsequiados con un gemido más estridente que el anterior.
—¡Basta, mujer! —rugió Neji, al tiempo que se llevaba las manos a los oídos—. Te he dicho que tu amado no ha muerto.
Pero ella no dejó de llorar. Ni siquiera lo miró, como si él no hubiera hablado. Furioso, Neji caminó entre los escombros que cubrían el suelo de la cámara —restos de la batalla que había tenido lugar allí hacía un cuarto de hora entre Utakata Uchiha y la secta druida de los draghar, batalla en la que Neji nunca habría debido intervenir— y se detuvo junto a la mujer. La agarró por la nuca para obligarla a mirarlo a los ojos y hacerla callar.
Pero la mano con que pretendía sujetarla atravesó la parte posterior del cráneo de la mujer y salió por su nariz. Ella ni siquiera parpadeó.
Neji permaneció inmóvil un instante y luego hizo un segundo intento, esta vez alargando el brazo hacia uno de los pechos de la mujer. La mano que había extendido le atravesó limpiamente el corazón y salió por su omóplato izquierdo.
«¡Por Danu, Mito nunca sería capaz de hacerme esto!», pensó Neji entornando los ojos.
¿O sí sería capaz?
Apretó la mandíbula y volvió a intentarlo. Su mano volvió a atravesar el cuerpo de Hotaru.
¡Dios, la muy perra se lo había hecho!
Neji sacudió la cabeza con incredulidad. El féth fiada era el encantamiento al que recurrían los Tuatha de Danaan cuando querían moverse entre los humanos sin ser detectados por éstos. Para ello les bastaba con invocar una de las facetas del potente hechizo tríplice, la que otorgaba la invisibilidad. Pero también podían hacer que los humanos fueran incapaces de oír o tocar al que había recurrido a ese hechizo. El féth fiada era una herramienta muy útil si uno deseaba entrometerse sin ser observado. Pero ¿y si habías sido maldecido permanentemente con él? ¿Si no podías escapar de los efectos de ese hechizo?
La idea era tan aborrecible que Neji se apresuró a borrarla de sus pensamientos. Cerró los ojos y se sumergió en su mente para regresar, en su viaje espaciotemporal, a la isla mágica de Morar. Le daba igual a quién pudiera acoger actualmente Mito en la corte, porque tendría que deshacer aquel hechizo de inmediato. No sucedió nada. Permanecía exactamente donde estaba. Volvió a intentarlo.
No hubo ninguna repentina sensación de ausencia de peso, ningún súbito torrente de esa embriagadora libertad acompañada de invencibilidad que experimentaba cuando atravesaba las dimensiones.
Abrió los ojos. Todavía estaba en la cámara de piedra.
Neji apretó los labios y soltó un gruñido feroz. ¿Humano, maldito y despojado de todos sus poderes? ¿Expulsado para siempre del reino de las criaturas mágicas? Echó la cabeza hacia atrás y se apartó de la cara los largos y negros cabellos.
—De acuerdo, Mito, me lo habéis dejado muy claro. Invertid el cambio.
No hubo respuesta. Nada salvo el ruido de los inacabables sollozos de la mujer y los ecos que resonaban huecos en la fría cámara de piedra.
—Mito, ¿me habéis oído? He dicho que lo he entendido. Ahora haced que vuelva a ser el de siempre.
Siguió sin haber respuesta. Neji sabía que su reina estaba escuchándolo, aposentada en una esquirla dimensional junto a los confines del reino humano. Lo observaba y paladeaba su incomodidad.
Y... esperaba una muestra de sumisión, tuvo que reconocer de manera sombría.
Un músculo se le estremeció en la mandíbula. La humildad no era, y nunca lo sería, su punto fuerte.
Con todo, si la elección se reducía a mostrar humildad o ser humano —y estar maldito y desprovisto de todos sus poderes, para colmo—, Neji comería el pastel de la humillación por mucho que se le atragantara.
—Reina mía, teníais razón; yo estaba equivocado. ¿Veis cómo soy capaz de reconocerlo? —dijo, aunque sintiese el repugnante sabor de la mentira en la boca—. Y juro que nunca más volveré a desobedeceros.
Al menos hasta estar seguro de que volvía a gozar del favor de Mito.
—Perdonadme, oh, vos que sois la más hermosa de las reinas —añadió. Por supuesto que lo perdonaría. Siempre lo hacía.
—Soy vuestro más humilde sirviente —continuó—, oh, gloriosa reina a la que tanto adoro.
El silencio se prolongó, y Neji se preguntó si no se le habría ido un poco la mano. Reparó en que había empezado a golpear suavemente el suelo con la puntera de una bota, en un gesto que no podía ser más humano. Hincó el pie en el suelo para que se estuviera quieto. Él no era humano. No se parecía en nada a los humanos.
— ¿Me habéis oído? Acabo de disculparme —dijo con aspereza.
Tras unos instantes sin recibir respuesta, Neji suspiró. Apretó los dientes y se arrodilló. Todos sabían que Neji Hyūga detestaba estar de rodillas, por la razón que fuera.
—Muy eminente líder de la Verdadera Raza —ronroneó en la antigua y rara vez usada lengua de su raza—, salvadora de los Danaan, ruego humildemente que se me conceda la gracia y la gloria de vuestro trono. —Las antiguas palabras rituales formaban parte de las maneras ceremoniosas usadas en la corte y significaban, como ninguna otra cosa podía hacerlo, la más completa y absoluta obediencia por parte de Neji. Y el ritual exigía que la reina respondiese.
La muy perra, siempre tan terca, no lo hizo.
Neji —que nunca había padecido el paso del tiempo— ahora lo sentía de forma aguda, a medida que éste se prolongaba demasiado.
Nada. El tiempo siguió su curso.
—Me lo da a catar —musitó para sí—. Mito sólo quiere hacerme probar esto, para darme una buena lección.
En cualquier momento se presentaría la reina. Ella le daría una severa reprimenda. Lo sometería a un hiriente relato de sus numerosas transgresiones. Él asentiría, le prometería que no volvería a hacerlo y todo quedaría arreglado. Como los otros miles de veces que había desobedecido o hecho enfadar a Mito.
Una hora después todo seguía igual de mal.
Dos horas más tarde Hotaru se había ido, dejándolo solo en el silencio de aquella tumba llena de polvo. Neji casi echó de menos sus gimoteos. Casi.
Treinta y seis horas después su cuerpo estaba hambriento, sediento y —una cosa casi incomprensible para él— cansado. Los Tuatha de Danaan no dormían. La mente de Neji, que habitualmente era tan afilada como una navaja y tan veloz como el rayo, empezaba a volverse lenta y torpe, como si hubiera decidido dejar de funcionar sin su consentimiento.
Eso era inaceptable. Neji no permitiría que ninguna parte de él hiciera nada sin su consentimiento. Ni su mente. Ni su cuerpo. Nunca lo habían hecho y nunca lo harían. Un Tuatha de Danaan siempre tenía el control. Siempre.
Lo último que pensó antes de perder el conocimiento fue que hubiese preferido estar en cualquier otro sitio antes que allí: aprisionado durante unos centenares de años en el interior de una montaña, confinado en su nuevo hogar de las profundidades del océano después de que la reina lo hubiera convertido en una repugnante criatura viscosa de tres cabezas, atrapado en la corte de Mito para volver a hacerle de bufón durante un par de siglos...
Cualquier cosa antes que ser tan... repugnante..., patética..., incontrolablemente...
Esta historia pertenece a Karen M. Moning. Los personajes utilizados en esta adaptación sin fines de lucro pertenecen a M. Kishimoto. Esta historia esta siendo adaptada por NC41 en equipo con ACT y EILEAN DONAN.
