(…) Me empujaron
los sueños
en Septiembre
y de golpe,
con urgencia,
conocí al hombre. (…)
Fragmento de Yo tengo, Elsa Wiezell.
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Écarlate
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17. DICIEMBRE
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Écarlate lo supo desde el primer instante: lo sintió, tan claro como la fuerza de sus dedos al tocar cada objeto, sí, para él era un hecho factico que Odysseus había vuelto.
¿Y por qué lo tenía tan claro?
Porque su sangre, la de Écarlate, en parte seguía siendo la del otro… le debía la vida, la sangre, las moléculas, se podía decir que le pertenecía, en vida o en muerte, le pertenecía a ese guerrero que lo había salvado de la extinción.
La serpiente incolora, blanquísima se lo dijo mientras reptaba cadenciosamente hasta sus pies, él estaba escondido, oculto, como a veces hacía cuando no deseaba ser visto, y dada su rara condición, la invisibilidad era su don, pero aquella criatura no podía ser engañada.
El Arconte de Escorpión se acuclilló y ordenó a sus tejidos aparecer terrenalmente, tocó la piel fría de la criatura, era como si tocara agua.
Sus ojos verdes, tan destellantes, brillaron, en sus labios se dibujó una sonrisa perversa.
—Volvió, ¿eh? —susurró, como si entendiera ese lenguaje sin palabras— ¿En dónde está y porqué tarda tanto?
Por supuesto no tuvo respuesta, pero sabía el significado de aquel mensaje: "Estoy aquí, he vuelto, y me perteneces". Y el pelirrojo por supuesto que estaba más que complacido de su resurrección, y aún más de pertenecer, y si era a ese hombre… ¡Por supuesto que quería pertenecer!
Era noviembre, ¿o ya estaban en diciembre? A veces los detalles se le olvidaban, quizás lo era, hacía mucho frío, y lo que podía recordar con claridad, es que había tropezado, por casualidad, había ido a dar un nido de escorpiones, lo que sucedió después, fue todo una serie de sucesos extraordinarios.
Su cuerpo empezó a volverse translúcido y lo único que iba quedando a la vista, eran los vasos sanguíneos, todo por el piquete de una variedad rara de escorpión, uno consagrado y del cual, por accidente, había recibido el picotazo, el raro veneno del animal consumiría su vida, hasta que de él no quedara nada.
Sólo era un niño.
Todos se rindieron, aunque nadie realmente hizo algo por él, puesto que todos lo consideraban maldito, todos menos uno, Odysseus, quien con su sangre divina fue el que le salvó, con la fuerza de ese elixir tan raro; pronto el veneno acabó metabolizándose, se detuvo su extinción, aunque quedaron los resabios de aquello en los vasos visibles, como trazas finas, en sus ojos, y en algunas otras partes del cuerpo.
Desde entonces Écarlate sintió particular devoción por ese hombre, y aunque en sus palabras infantiles no podría decirlo de otra forma: lo amó.
Cuando las serpientes llegaron tan lejos como Mystoria, al tholos de Acuario, supo con certeza que ese hombre, el hombre con la extraña imprecación de la sangre divina, había vuelto… y temió… temió porque también sabía que Écarlate era capaz de cualquier cosa si se trataba de Ofiuco…
Se sobrecogió porque el pelirrojo, haría cualquier cosa por aquel guerrero, el dueño de su vida, como muchas veces lo llamó, hasta cortar la cabeza de Atenea, según sus propias palabras…
