CAPÍTULO 1
Cincinnati, Ohio, unos meses después...
Aquel año, pensó Sakura Haruno con abatimiento, el verano —que siempre había sido su estación favorita— no podía ir peor.
Abrió la puerta de su coche, subió a él y se quitó las gafas de sol. Luego se libró con un rápido encogimiento de hombros de su chaqueta de ejecutiva, se descalzó y empezó a respirar lenta y profundamente. Cuando notó que estaba un poco más calmada, se quitó el pasador que usaba para sujetarse el pelo y se dio masaje en el cuero cabelludo.
Empezaba a sentir el inicio de lo que iba a ser un dolor de cabeza agudo. Y aún le temblaban las manos.
Había estado a punto de delatarse ante el pueblo mágico.
No podía creer que hubiese sido tan estúpida, pero, Dios, aquel verano simplemente había demasiadas de ellas. Llevaba años sin divisar a una sola criatura mágica en Cincinnati, pero ahora, por alguna extraña razón, parecía haberlas a carretadas.
Como si Cincinnati fuera el sitio ideal para ir a pasar las vacaciones, cuando Sakura dudaba de que existiese una ciudad más aburrida. Cualquiera que fuese la incomprensible razón que las había impulsado a elegir el Tri-Estado, las criaturas del pueblo mágico empezaron a aparecer en bandadas a principios de junio, y desde entonces no habían dejado de estropearle el verano.
Y fingir que no reparaba en ellas aún le resultaba tan difícil como aquel lejano día de su infancia en que las vio por primera vez. Con sus cuerpos perfectos, su delicada piel dorada y sus brillantes ojos de un azul iridiscente, costaba bastante pasarlas por alto. Seductores, de una apostura que te dejaba sin aliento y extraordinariamente viriles, los varones eran una tentación con piernas a la espera de que una chica...
Sakura sacudió la cabeza para librarse de aquel pensamiento traicionero. Había conseguido sobrevivir durante todo ese tiempo y ahora no cometería el error de dar un paso en falso y dejarse atrapar por una de aquellas criaturas tan erót..., exóticas, se corrigió impacientemente.
Sin embargo, a veces resultaba tan difícil no mirarlos... Y no reaccionar era el doble de difícil. Sobre todo cuando uno la pillaba con la guardia baja como había hecho el último.
Había ido a almorzar con Marian Temple, la socia mayoritaria del bufete de abogados Temple, Turley & Tucker, en un elegante restaurante del centro de la ciudad. Se trataba de un almuerzo realmente crucial, en el que se la había entrevistado con vistas a aceptarla como posgraduada.
Sakura no tardaría en iniciar el tercer curso de Derecho y a principios de verano había empezado a trabajar en prácticas para Little & Staller, un bufete de abogados local especializado en reclamaciones por lesiones. Tardó dos jornadas laborales enteras en comprender que no tenía madera para actuar como representante legal de unos demandantes que sólo pensaban en hinchar sus facturas médicas, con el firme convencimiento de que los daños sufridos por sus tejidos carnosos valían al menos un millón de dólares por vez.
En el extremo opuesto del espectro legal estaba Temple, Turley & Tucker. Considerado como el bufete de abogados más prestigioso de la ciudad, sólo atendía a los clientes más deseables y estaba especializado en planificación estatal y derecho mercantil. Los casos penales cuidadosamente seleccionados que optaban por representar siempre eran del tipo que alcanza renombre y sienta precedentes. Los que de verdad hacían cambiar las cosas en el mundo, porque protegían derechos fundamentales y abordaban injusticias intolerables. Y ésos eran los casos a los que Sakura ansiaba echar mano. Aunque tuviera que pasar años trabajando como una esclava, haciendo investigaciones y yendo a buscar cafés para poder llegar hasta ellos.
Se sentía tensa desde hacía una semana, pensando en la entrevista y consciente de que TT&T sólo contrataba a lo más selecto de la profesión. Sabiendo que tendría que competir con docenas de sus compañeros de clase, por no mencionar a docenas más procedentes de todas las facultades y escuelas de Derecho del país, en una despiadada contienda por hacerse con un solo puesto. Y sabiendo que Marian Temple siempre exigía un máximo de perfección y sofisticación profesionales.
Pero, gracias a muchas horas de agresivas entrevistas laborales y hablar del tema con su mejor amiga, Ayamé, Sakura se mantuvo tranquila, llena de compostura y en la mejor forma posible. Marian Temple se mostró impresionada por sus logros académicos, y Sakura enseguida tuvo muy claro que el bufete estaba predispuesto a contratar a una mujer (había que tener mucho cuidado con las estadísticas sobre igualdad de oportunidades), algo que la ponía por delante de la mayor parte de los competidores. El almuerzo había ido sobre ruedas, hasta que salieron del restaurante y pusieron los pies en la calle Cinco.
Y justo cuando la señora Temple le ofrecía aquella importantísima invitación para acudir al bufete de abogados y mantener una segunda entrevista con sus socios (una entrevista que Sakura nunca habría soñado obtener a menos que éstos hubieran empezado a considerar seriamente —oh, alegría de las alegrías— la posibilidad de ofrecerle un puesto), una mágica y musculosa criatura del sexo masculino pasó entre las dos con aquellos andares insufriblemente arrogantes, tan cerca de Sakura que su sedosa y dorada cabellera le rozó la mejilla en un breve contacto cargado de sensualidad.
La embriagadora fragancia a jazmín y sándalo de la mágica criatura la envolvió y el calor que irradiaba su musculoso cuerpo fue como la caricia de una tórrida brisa erótica. Sakura tuvo que recurrir a sus reservas de autodisciplina para no retroceder unos centímetros ante ella. O (y eso aún habría sido peor) para no ceder a la tentación que parecía estar siempre presente en su vida y tomar por mascota a la magnífica criatura dorada. ¿Cuántas veces habría soñado ella con hacer precisamente eso? Agenciarse una criatura del pueblo mágico y regalarse el pequeño placer prohibido de tocarla. Descubrir de una vez si toda esa piel dorada realmente era tan suave al tacto como el terciopelo.
«Nunca debes delatar que puedes verlos, Sakura», pensó.
Completamente fuera de sí por la proximidad de aquel ser, la mano enervada de Sakura soltó el café con hielo servido en un vaso para llevar que había sacado del restaurante. El vaso se estrelló contra la acera, la tapa salió disparada y el café empapó a la impecable señora Temple. En ese preciso instante, la criatura del pueblo mágico volvió la cabeza hacia ella y entornó aquellos irresistibles ojos iridiscentes.
Llena de pánico, Sakura centró toda su atención en la balbuceante señora Temple. Al borde de la histeria, se apresuró a sacar de su bolso unos cuantos pañuelos de papel y se puso a secar frenéticamente las manchas de café que empezaban a crecer sobre lo que hacía tan sólo unos instantes era un impoluto traje color marfil cuyo precio, presintió con horror, sería más de lo que ella podía ganar en un mes.
Sin dejar de parlotear disculpándose por su torpeza y echándole la culpa de todo a haber comido demasiado, su falta de costumbre a llevar zapatos de tacón y estar un poco nerviosa debido a la entrevista, Sakura consiguió hacer saltar por los aires en cuestión de segundos la imagen de tranquila confianza en sí misma que tanto le había costado proyectar a lo largo del almuerzo. Pero no tenía otra elección.
Para que la criatura del pueblo mágico creyera que no la había visto, que Sakura sólo era otro torpe ser humano y nada más que eso, tuvo que hacerse la idiota y correr el riesgo de sabotear su credibilidad ante su posible jefa. La saboteó, desde luego.
La señora Temple se quitó de encima las manos de Sakura, que aún hacía frenéticos esfuerzos por secar su traje, y echó a andar hacia su coche, con una breve pausa para espetarle ásperamente por encima del hombro:
—Como ya le he explicado antes, señorita Haruno, nuestro bufete sólo trabaja con los clientes más importantes. Esos clientes pueden llegar a mostrarse exigentes, excesivos y temperamentales. Y es muy comprensible que lo hagan. Cuando hay tantos millones de dólares en juego, un cliente tiene derecho a esperar lo mejor. En Temple, Turley & Tucker nos enorgullecemos de saber mantener la calma bajo el estrés. Nuestros clientes necesitan que defendamos sus intereses sin perder ni por un segundo la compostura. Francamente, señorita Haruno, a usted le cuesta tan poco ponerse nerviosa que nunca podrá llegar a triunfar en nuestro bufete. Estoy segura de que encontrará un puesto apropiado en algún otro sitio. Buenos días, señorita Haruno.
Sakura se sintió como si acabaran de patearle el vientre. Contempló, aturdida y en silencio, cómo la señora Temple aceptaba de manos del aparcacoches su impecable Mercedes, y un instante después la parte de su mente que aún podía funcionar la informó de que la criatura mágica, gracias a Dios, también seguía su camino. Mientras el Mercedes color perla, se unía al tráfico de la calle Cinco y desaparecía en él, con el empleo de sus sueños diciéndole adiós a Sakura desde su tubo de escape, un peso invisible le encorvó los hombros. Sakura exhaló un ruidoso suspiro, dio media vuelta y fue calle abajo hasta el aparcamiento de la esquina, donde cobraban tan poco que hasta una estudiante de Derecho condenada a fracasar en la profesión que había escogido porque enseguida se ponía nerviosa por nada podía permitirse dejar allí su coche.
—Conque soy demasiado nerviosa, ¿eh?—masculló al tiempo que apoyaba la cabeza en el volante—. No tienes ni idea de cómo es mi vida. Tú no puedes verlos.
La señora Temple sólo debía de haber sentido una leve brisa, un moderado incremento de la temperatura, quizá percibido el hálito de una excitante fragancia exótica. Y si, por casualidad, la criatura mágica la había rozado al pasar —aunque eran invisibles, las criaturas mágicas eran reales y realmente estaban allí—, entonces seguro que habría encontrado alguna manera de racionalizarlo. Quienes no podían ver al pueblo mágico siempre lo hacían.
Sakura había aprendido por las bravas que la gente no tenía la menor tolerancia ante lo inexplicable. Nunca dejaba de asombrarla la de excusas que podían llegar a inventarse para proteger su percepción de la realidad.
«Vaya, supongo que anoche no dormí suficiente.» O: «Caray, no debería haberme tomado esa segunda (o tercera o cuarta) cerveza con el almuerzo.» Si todo lo demás fallaba, se conformaban con decirse que lo habrían imaginado.
¡Cómo anhelaba ella semejante olvido!
Sacudió la cabeza e intentó consolarse con el pensamiento de que al menos la criatura mágica había quedado convencida y se había ido. Sakura estaba a salvo. Por el momento.
Sakura tenía muy claro que las criaturas mágicas eran responsables del noventa y nueve por ciento de los problemas a los que debía enfrentarse en su vida. Estaba dispuesta a asumir la responsabilidad del uno por ciento restante, pero ellas eran la razón de que este verano su vida hubiera quedado reducida a una crisis tras otra. Ellas eran la razón de que hubiera empezado a tener miedo de salir de casa, porque nunca sabía cuándo podían aparecer, o hasta qué punto podría sobresaltarla su presencia. O qué clase de disparates podría llegar a hacer en su intento por fingir que no las veía. Ellas eran la razón por la que su novio la dejó hacía quince días, tres horas y —miró su reloj con expresión abatida— cuarenta y dos minutos.
Sakura Haruno abrigaba un odio especial y muy personal hacia el pueblo mágico.
—No os veo. No os veo —musitó cuando dos bellísimas criaturas masculinas pasaron junto al capó de su coche. Sakura se apresuró a desviar la mirada, se dio cuenta de lo que acababa de hacer, y ladeó el espejo retrovisor para fingirse ocupada con su lápiz de labios.
«Nunca apartes la vista demasiado deprisa —la prevenía siempre su abuela, Koharu Haruno—. Tienes que ser natural. Debes aprender a dejar que tu mirada les pase por encima sin detenerse o apartarse demasiado bruscamente, o de lo contrario sabrán que sabes. Y te llevarán con ellas. Nunca debes delatar que puedes verlas. Prométemelo, Sakura. ¡No puedo perderte!»
La abuela también veía a aquellas criaturas que otras personas no podían ver. La mayoría de las mujeres de la familia de su madre las veían, aunque a veces el «don» saltaba caprichosamente unas cuantas generaciones. Como hizo con la madre de Sakura, que se había ido a vivir a Los Ángeles (como si los californianos fueran menos raros que las criaturas del pueblo mágico), dejando a su hijita de siete años con la abuela «hasta que se hubiera instalado». Mebuki Haruno nunca llegó a instalarse.
Sakura solía preguntarse por qué el don no había podido saltársela también a ella. Lo único que quería era una vida normal.
Y esa clase de vida estaba demostrando ser condenadamente difícil de conseguir, incluso en el aburrido Cincinnati. Sakura empezaba a pensar que vivir en el Tri-Estado —la convergencia geográfica de Indiana, Ohio y Kentucky— era un poco como vivir en la convergencia mística de la Boca del Infierno de Sunnydale.
Con la única diferencia de que en el Medio Oeste no había demonios y vampiros. Oh, no. Su especialidad era el pueblo mágico: criaturas arrogantes, inhumanas y peligrosamente seductoras que se la llevarían y le harían sólo Dios sabía qué si llegaban a darse cuenta de que ella podía verlas.
La historia de la familia de Sakura estaba llena de antepasados del sexo femenino que fueron capturados por los temibles cazadores del pueblo mágico y a los que nunca más se volvió a ver. Algunas de las historias que se contaban sobre aquellas mujeres aseguraban que los salvajes cazadores enseguida les habían dado muerte; otras, que pasaron a ser esclavas del pueblo mágico. Sakura no tenía ni idea de qué les ocurría a las que no sabían mantenerse lo bastante en guardia para que no se las llevaran, pero una cosa sí sabía con certeza: no tenía ninguna intención de llegar a descubrirlo.
Cuando pensara en ello más tarde, Sakura comprendería que la culpa de todo la tuvo el vaso de café. Todas las cosas horribles que le habían ocurrido a partir de aquel momento podían remontarse directamente a ese vaso de café con la asombrosa simplicidad de un irrebatible encadenamiento lógico. De no haber sido por A (dicho vaso de café), entonces no habría ocurrido B (echar a perder la entrevista laboral) y, por lo tanto, no existiría C (tener que ir a trabajar esa noche), y ciertamente tampoco hubiese habido D (esa cosa tan horrible que le había sucedido allí)..., y así hasta el infinito.
Realmente no era justo que una decisión tan trivial y aparentemente inofensiva como la de pedir un café con hielo para llevar pudiera cambiar la vida de una chica.
Tampoco era que Sakura considerase significativamente culpable a la criatura mágica, pero estudiar Derecho le había enseñado a aislar el catalizador crítico que permitiría presentar un alegato de culpabilidad, y la pura y simple verdad era que si ella no hubiera tenido el vaso de café en la mano, entonces no se le habría caído, y como el café no habría salpicado a la señora Temple, entonces Sakura no habría tenido que ponerse en ridículo de aquella manera y perder toda esperanza de conseguir el empleo soñado.
De no ser por el vaso de café, la criatura mágica no habría tenido ninguna razón para volverse a mirarla, y ella no habría tenido ninguna razón para dejarse llevar por el pánico. La vida habría seguido su curso apaciblemente. Y con la promesa de esa codiciada segunda entrevista en el horizonte, aquella noche ella habría salido a celebrarlo con sus amigas.
Pero debido a ese nefasto vaso de café, no salió a celebrarlo. Fue a casa, se dio un largo baño de burbujas y tuvo una llorera aún más larga, y luego, a última hora de la tarde, cuando estuvo segura de que ya no habría nadie en el trabajo y no tendría que hacer frente a preguntas humillantes por parte del resto del personal en prácticas, volvió a coger el coche y fue al centro para quitarse de encima los asuntos atrasados.
A causa de ese calamitoso vaso de café, Sakura estaba de muy mal humor y no prestó atención a lo que la rodeaba mientras aparcaba enfrente del edificio de oficinas, y no reparó en esa criatura mágica de aspecto tan oscuro y peligroso que emergió de las sombras en el callejón contiguo.
De no haber sido por ese estúpido vaso de café, Sakura ni siquiera habría estado allí. Y entonces fue cuando un giro diabólico hizo que las cosas se pusieran aún peor.
