La tarde se va
de la mano del sol.
La noche es un largo silencio negro.
La luna es el alma de la noche.
¡Si yo fuese tan sólo tu corazón por dentro!
La tarde se va, Norah Lange.
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Tokisada
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18. FOGATA
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Sobrevive.
Sobrevive.
Sobrevive.
Esa era la palabra que se repetía como un mantra salvador. La muerte simbólica del jovencito, un adolescente, tumbado en el futón con las piernas abiertas, la yukata separada y el obi deshecho, la escena del crimen pasional y de la destrucción de la vida conocida de cualquier niño de su edad.
Delante de él, el hombre gordo, evidentemente mucho mayor que él, le hacía innumerables cosas, desconocidas para él hasta entonces, y que probablemente le molestarían mucho más de lo que deberían, si no hubiese fumado opio antes.
Él era una moneda de cambio y nada más. Un artífice bonito para cerrar negocios importantes, y eso era todo.
Pero él, sabía perfectamente que en su destino aquello no era más que la punta del iceberg, lo tenía muy claro, tan claro como que podía ver en el tiempo, y conocía con anticipación muchas cosas que estaban por suceder. Dentro de él, un poder a penas reconocible estaba creciendo, lo misma que su capacidad para saber…
Sí, Tokisada tenía otros planes, ya los había visto como un atisbo de realidad pasada por un filtro. Sólo tenía que esperar el momento adecuado, el tiempo necesario.
El tiempo.
El tiempo era relativo.
El tiempo sólo era una medida terrenal.
Antes de que Camus, el último de los Valois, y el último guerrero de hielo que pudo dominar tanto el hielo como el agua, le propinara la arrastrada de su vida, ya se había dado cuenta con mucha claridad de dos cosas: la primera de ellas que la armadura del Arconte de Acuario jamás sería suya, no mientras ese hombre la resguardara como un dragón sobre el oro; y la segunda, en sus atisbos en el tiempo que no había llegado, vio a un hombre con el cabello de fuego, como una fogata viva… un hombre pecoso de ojos azules perpetuamente melancólicos como pozos de vida arrebatada.
No sabía su nombre y apenas si había visto un poco más sus rasgos. Pero nada más.
Sin embargo, Tokisada sabía que se trataba de alguien que jugaría un papel importante en su vida. Estaba seguro.
Y entonces sucedió.
En Palestra, después de haber sido rechazado, más mezquino y más pecaminoso de lo que ya era, y después de yacer en los brazos de ese amante que se había buscado: Yoshitomi, lo vio… lo vio a lo lejos, ese cabello, esa fogata, ya la había visto antes… esos ojos melancólicos y esas bonitas pecas en su rostro imperturbable.
Genbu se llamaba…
