CAPÍTULO 2
Neji Hyūga se pasó la mano por la larga y negra cabellera y frunció el entrecejo mientras iba por el callejón.
Llevaba tres meses siendo humano, y se le estaban haciendo eternos. Noventa y siete horripilantes días, para ser exactos. Dos mil trescientas veintiocho interminables horas. Ciento treinta y nueve mil seiscientos ochenta profundamente ofensivos minutos.
Había llegado a obsesionarse con los incrementos del tiempo. Sabía que eso era un achaque muy propio de los mortales, y se avergonzaba de padecerlo porque temía que el próximo paso fuese llevar un reloj.
No, eso jamás.
Al principio había estado seguro de que Mito vendría a buscarlo. Neji hubiese apostado su misma esencia a que así sería, sin importarle que no le quedara gran cosa que apostar.
Pero Mito no lo hizo, y él ya estaba harto de esperar a que llegara. Los humanos no sólo disponían de una porción de tiempo ridículamente pequeña para existir, sino que además sus cuerpos tenían ciertas necesidades que consumían una gran cantidad de ese tiempo. El sueño, por sí solo, ya consumía una cuarta parte. En los últimos meses, Neji había aprendido a satisfacer esas necesidades, pero detestaba ser tan esclavo de su forma física. ¡Tener que comer, lavarse, vestirse, dormir, orinar, afeitarse, peinarse y cepillarse los dientes, por el amor de Dios! Quería volver a ser él mismo. No cuando a su maldita reina le viniese en gana, sino de inmediato.
Por eso dejó Londres y fue a Cincinnati (por la ruta infernalmente larga, en avión) en busca del hijo mitad criatura mágica que engendró hacía más de un milenio, Madara Brodie, que se había casado con una mortal del siglo XXI y habitualmente residía allí con ella.
Habitualmente.
En cuanto llegó a Cincinnati, Neji encontró la residencia de Madara vacía, y no tenía ni idea de adonde podía ir a buscarlo. Se quedó a vivir allí, y desde entonces se había dedicado a matar el tiempo —decidido a pasar por alto el hecho de que, por primera vez en su existencia intemporal, ahora el tiempo le devolvía el favor— a la espera de que volviese Madara. Al ser en parte miembro de la Verdadera Raza, Madara podía recurrir a una magia que Neji ya no poseía.
La expresión de su rostro se hizo aún más sombría. El mísero residuo de poder que le había dejado la reina apenas servía de nada. Neji no tardó en descubrir que Mito había dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre su castigo. El hechizo alterador de la percepción del féth fiada era uno de los más poderosos que poseían los Tuatha de Danaan, porque les permitía disponer de una completa interacción con el reino humano, y al mismo tiempo evitaba que su presencia fuese detectada por los hombres. Aquel hechizo envolvía a su portador en una ilusión que afectaba la memoria a corto plazo y generaba confusión en la mente de quienes se encontraran muy cerca de él.
Si Neji volcaba un puesto de periódicos, el vendedor culpaba inocentemente a un viento invisible. Si cogía comida del plato de alguien en un restaurante, esa persona meramente decidía que había terminado de comer. Si se procuraba ropa nueva en alguna tienda, el propietario achacaría la disminución de existencias a un error de inventario. Si le quitaba la bolsa de la compra a un transeúnte y la arrojaba al suelo después de haberla vaciado, su infortunada víctima se encararía con el humano más próximo y lo increparía (Neji lo había hecho unas cuantas veces para divertirse). Si descolgaba el bolso del brazo de una mujer y se lo balanceaba ante la cara, la mujer se limitaría a pasar a través de él y del bolso (en cuanto Neji tocaba una cosa, ésta también quedaba absorbida dentro de la ilusión proyectada por el féth fiada y permanecía así hasta que él dejaba de tocarla), para luego alejarse en dirección opuesta mientras murmuraba que se había olvidado el bolso en casa.
No había nada que él pudiera hacer para llamar la atención. Y eso que lo había intentado todo. A efectos prácticos, Neji Hyūga no existía. Ni siquiera tenía derecho a poseer su mísera porción de espacio humano.
Sabía por qué su reina había escogido aquel castigo en particular: como él se había puesto de parte de los humanos cuando tuvieron su pequeño desacuerdo, ahora Mito lo obligaba a saborear de la peor manera posible lo que suponía ser hombre. Solo y desprovisto de sus poderes, sin una distracción con la que pasar el tiempo y mantenerse entretenido.
Ahora Neji ya sabía lo que se sentía al ser humano, y no lo olvidaría jamás.
Si antes era un ser todopoderoso capaz de recorrer a su antojo el tiempo y el espacio, de ir a cualquier lugar y cualquier momento en un abrir y cerrar de ojos, ahora se veía limitado a un solo poder útil: podía saltar de un lugar a otro, pero sólo si recorría distancias cortas que no excedieran de unos cuantos kilómetros. Al principio lo sorprendió que la reina le hubiera dejado aunque sólo fuese ese pequeño poder, hasta la primera vez que un autobús estuvo a punto de atropellarlo en el corazón de Londres.
Mito le había dejado justo la cantidad de magia suficiente para que Neji siguiese con vida. Lo que le sugería dos cosas: una, que su reina planeaba perdonarlo pasado un tiempo; y dos, que ese tiempo probablemente fuese muy largo. Por ejemplo, el perdón no llegaría hasta que su forma mortal estuviese a punto de expirar. Después de cincuenta años, Neji se hallaría completamente fuera de sus cabales.
El problema era que, incluso cuando Madara regresara, aún no se le había ocurrido ninguna forma de poder comunicarse con él.
A causa de su mitad mortal, Madara tampoco podría ver más allá del féth fiada.
Lo único que necesitaba, pensó Neji por milésima vez, era una persona. Sólo una persona que pudiera verlo. Una sola persona que pudiera ayudarlo. Tampoco era que se hubiese quedado enteramente desprovisto de opciones, pero no podía poner en práctica ni una sola sin alguien que lo ayudara.
Y eso tampoco le hacía ninguna gracia. El todopoderoso Neji Hyūga necesitaba ayuda. Casi podía oír el suave tintineo de campanillas de plata de una delicada risa traída por la brisa nocturna, llegada misteriosamente a través de los reinos para burlarse de él desde las relucientes arenas de sílice de la isla de Morar. Neji salió del callejón gruñendo como una bestia enjaulada.
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Sakura se permitió un afectado suspiro de autocompasión mientras bajaba del coche. Normalmente en noches como aquélla, cuando el centelleo de las estrellas y la guadaña plateada de la luna iluminaban la negrura aterciopelada del cielo, con el aire cálido y húmedo impregnado por los magníficos olores y sonidos del verano, nada habría conseguido deprimirla.
Pero esta noche era muy distinto. Todo el mundo había salido a disfrutar de la vida en algún lugar, mientras ella tenía que armarse de valor para limpiar el estropicio después del último desastre provocado por las criaturas mágicas. Otra vez.
Parecía que ya no hiciera otra cosa.
Por un fugaz instante, antes de que consiguiera alejar de sí aquel pensamiento tan deprimente, Sakura se preguntó qué estaría haciendo su ex aquella noche. ¿Habría salido a recorrer los bares? ¿Tendría ya alguna nueva conocida? ¿Alguien que no fuese virgen a los veinticuatro años?
Y de eso también tenían la culpa las criaturas mágicas.
Sakura cerró la puerta del coche más fuerte de lo debido, y un trocito de cromado se desprendió del adorno y cayó al pavimento. Era el tercer fragmento que su cada vez más viejo Corolla soltaba en lo que iba de semana, aunque Sakura estaba bastante segura de que en el caso de la antena fue ayudado por algunos chicos del barrio que se aburrían. Con un bufido de exasperación, echó llave a la puerta, mandó el trocito de cromo debajo del coche de una patada —no quería recoger ni una sola cosa más— y se volvió hacia el edificio.
Y se quedó helada.
Una criatura mágica del sexo masculino acababa de salir del callejón y se había detenido junto al banco en el pequeño oasis de patio, cerca de la entrada del edificio de oficinas donde trabajaba Sakura. Luego la vio tumbarse en el banco, cruzar los brazos detrás de la cabeza y alzar la mirada hacia el cielo nocturno, para ponerse a contemplarlo como si no tuviera intención de moverse de allí durante mucho, mucho tiempo.
¡Maldición, maldición y recontramaldición!
Los acontecimientos del día la habían puesto tan furiosa que no estaba segura de si sería capaz de pasar junto al banco sin ceder al abrumador impulso de darle una buena patada a aquello.
Aquello.
Porque una criatura mágica nunca era «él» o «ella», sino «aquello». Su abuela le había enseñado a una edad muy temprana que no debía personificarlas. Las criaturas mágicas no eran humanas. Y era muy peligroso pensar en ellas, incluso en la intimidad de su mente, como si lo fueran.
Pero cielos, pensó Sakura mientras miraba, él..., no, aquello... era ciertamente masculino.
Tan alta que el banco no era lo bastante largo para que estirase el cuerpo, la criatura había apoyado una pierna en el respaldo del banco y doblado la otra a la altura de la rodilla, con lo que sus piernas quedaban separadas en una posición groseramente masculina. Llevaba unos tejanos muy ceñidos descoloridos por el uso, una camiseta negra y botas de cuero negro. Su larga cabellera, oscura y tan suave como la seda, se esparcía sobre sus brazos cruzados y caía del banco para rozar la acera. A diferencia de las criaturas doradas y de aspecto angelical que Sakura había visto unas horas antes, ésta era oscura y tenía un aspecto absolutamente diabólico.
Bandas doradas adornaban sus musculosos brazos, realzando sus potentes bíceps duros como la roca, y el torque dorado que circundaba su cuello destellaba bajo la claridad ambarina de las luces de gas que iluminaban el oasis del patio.
Realeza, comprendió Sakura, con una sombra de muda fascinación. Sólo quienes pertenecían a una casa real tenían derecho a llevar torques de oro. Ella nunca había visto a un miembro de las Casas Gobernantes antes.
Y «real» ciertamente era una palabra muy apropiada para él..., ejem, para aquello. Su perfil era pura majestad. Facciones talladas a cincel, pómulos marcados, mandíbula firme, nariz aquilina, todo cubierto por el magnífico terciopelo de aquella piel dorada. Sakura entornó los ojos y absorbió los detalles. Mandíbula sin afeitar esculpida por el inicio de una sombra de barba. Boca enormemente sensual. Labio inferior decadentemente carnoso. Pecaminosamente, de hecho. «¡Sakura, haz el favor de dejar de pensar esas cosas!», se dijo.
Inhaló lentamente, exhaló muy despacio y se mantuvo absolutamente inmóvil con una mano sobre el techo de su coche y las llaves apretadas en la otra.
La criatura exudaba una inmensa sexualidad: tosca, brutal, abrasadora. Desde aquella distancia Sakura no hubiese debido sentir el calor que emanaba de su cuerpo, pero podía sentirlo. Tampoco habría debido sentirse un poco mareada a causa de su exótico aroma, pero así era como se sentía. Era como si el ocupante del banco fuese veinte veces más poderoso que ninguno de los otros seres del pueblo mágico con los que se había encontrado hasta entonces; una auténtica central de energía en forma de criatura mágica.
Nunca podría pasar junto a ella. Aquello simplemente no podía estar sucediendo. Hoy no. Había un punto más allá del cual ya no podía asimilar más cosas en un solo día, y Sakura Haruno había rebasado ese límite.
Con todo..., la criatura no se había movido. De hecho, parecía no ser consciente de lo que la rodeaba. No podía haber nada de malo en mirar un ratito más...
Además, se recordó Sakura, tenía el deber de observar subrepticiamente cuanto pudiera acerca de cualquier espécimen mágico desconocido. Aprender todo lo posible sobre su enemigo era la forma en que las mujeres de la familia Haruno se protegían a sí mismas y protegían el futuro de sus hijos. Transmitían historias. Añadían nueva información, con dibujos cuando era posible, a los muchos volúmenes que constituían los Libros de las hadas, con lo que proporcionaban a las generaciones futuras mayor probabilidad de no ser detectadas.
Sakura enseguida vio que aquel ejemplar no tenía el cuerpo esbeltamente musculado de la mayoría de las criaturas mágicas del sexo masculino, sino el de un guerrero. Hombros demasiado anchos para que pudieran caber en el banco. Brazos llenos de músculos, gruesos antebrazos, muñecas fuertes. Un abdomen cortado a pico que ondulaba bajo la tela de su camiseta cada vez que cambiaba de posición. Robustos muslos acariciados por la suave tela descolorida de los tejanos.
No, un guerrero no, reflexionó, no se trataba exactamente de eso. Una imagen borrosa había empezado a danzar en las oscuras profundidades de su mente, y Sakura luchó por enfocarla...
Más bien un... ¡ah, ya lo tenía! Sí, parecía uno de esos herreros de la Antigüedad que se pasaban los días batiendo el hierro en una forja abrasadora, entre chispas que volaban por los aires y un continuo estruendo metálico. Poseedores de una inmensa corpulencia, y sin embargo también capaces de la delicadeza necesaria para crear una espada cuya hoja luego embellecerían con intrincados adornos, en una larga labor que combinaba el más puro poder físico con un exquisito control.
No había ni un solo gramo de carne sobrante, sólo puro cuerpo masculino duro como la roca. La criatura poseía una tremenda fortaleza, brutal y al mismo tiempo delicadamente perfilada por el trabajo físico, que, combinada con su estatura y la anchura de su cuerpo, podrían hacer que una mujer se sintiera completamente abrumada por su presencia. Sobre todo si tenía encima toda aquella masa de músculos ondulantes...
«¡Deja de pensar en eso, Haruno!» Sakura se pasó el dorso de la mano por la frente para secarse las diminutas gotas de sudor que la cubrían y tragó aire con una temblorosa inspiración, en un desesperado esfuerzo por ser objetiva. Sintió que todo su cuerpo ardía como la fragua sobre la que podía imaginárselo inclinado, su cuerpo duro como la roca reluciendo de sudor mientras golpeaba..., golpeaba...
«Vamos, Sakura —le advirtió una tenue vocecita interior—. Márchate de aquí ahora mismo. Deprisa.»
Pero su alarma interior había sonado demasiado tarde. Porque en ese preciso instante la criatura giró la cabeza y miró en su dirección.
Sakura hubiese debido desviar la mirada. Intentó hacerlo. No pudo.
El rostro de la criatura, ahora vuelto directamente hacia ella, era un dechado de imposible belleza masculina —simetría exquisita oscurecida por una tenue sombra de salvajismo—, pero fueron los ojos los que realmente hicieron estragos en Sakura. Eran unos ojos muy antiguos, ojos inmortales que habían visto más de lo que ella nunca podría soñar en un millar de existencias. Estaban llenos de inteligencia, burla, malicia, y — Sakura sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando la criatura bajó la mirada por su cuerpo, para luego volver a subirla lentamente— de una sexualidad para la que no existía freno alguno. Platas en la medianoche bajo las finas cejas, los ojos de la criatura relucían con suaves destellos plateados.
Sakura se quedó boquiabierta y dejó escapar un jadeo ahogado.
«¡Pero, pero, pero —protestó confusamente una parte de ella—, esa cosa no tiene los ojos de una criatura del pueblo mágico! ¡No puede ser una de ellas! Las criaturas mágicas tienen los ojos iridiscentes. Siempre. Y si no es una criatura mágica, ¿qué es?»
Los ojos del ser volvieron a descender por el cuerpo de Sakura, esta vez más despacio que antes, y se detuvieron unos instantes en sus pechos para luego clavarse descaradamente en la unión de sus muslos. Sin mostrar la menor señal de vergüenza, el ser movió las caderas como si se sintiera estorbado por los tejanos, extendió la mano hacia abajo y se acomodó dentro de ellos.
Hechizada, la mirada de Sakura siguió el movimiento de los dedos del ser y pareció quedar atrapada en aquella gran mano oscura que tiraba de los tejanos descoloridos. En la protuberancia enorme e hinchada, envuelta por aquella tela que el uso había desgastado poco a poco hasta volverla muy suave. Por un instante el ser cerró la mano sobre sí mismo y acarició el grueso promontorio que había en su ingle, y Sakura se horrorizó al sentir que su mano respondía al gesto tensándose a su vez. Enrojeció, la boca seca y las mejillas súbitamente inflamadas.
De pronto el ser se quedó inmóvil, entornó aquellos ojos ultraterrenos y buscó la mirada de Sakura con la suya.
—Dios —siseó, al tiempo que se levantaba del banco en una grácil ondulación llena de fuerza animal—, me ves. ¡Me estás viendo!
—No te estoy viendo —replicó Sakura inmediatamente, a la defensiva. Estúpidamente. «¡Oh —chilló su vocecita interior—, eso ha estado muy bien, Haruno, boba!»
Sakura cerró la boca tan fuerte que le castañetearon los dientes, abrió la puerta del coche y se metió en él más deprisa de lo que nunca hubiera creído posible.
Giró la llave en el contacto y puso la marcha atrás. Y entonces hizo otra cosa estúpida: volvió a mirar a aquel ser. No pudo evitarlo.
Su presencia simplemente exigía que se le prestara atención. Lo vio venir hacia ella con una expresión del más puro asombro en el rostro.
Por un breve instante, Sakura le devolvió la mirada sin saber muy bien qué cara poner. ¿Era capaz de asombrarse una criatura del pueblo mágico? Según las fuentes de la familia Haruno, las hadas no experimentaban ninguna emoción. ¿Y cómo habrían podido hacerlo? No tenían corazón, no tenían alma. Había que ser muy imbécil para pensar que tras aquellos ojos acechaba alguna clase de conciencia superior, y Sakura no tenía un pelo de tonta.
El ser ya casi había llegado al bordillo. Venía directamente hacia ella. Con un gemido de sorpresa, Sakura puso la primera y hundió el pie en el acelerador.
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Darroc, miembro del Gran Consejo de los Tuatha de Danaan, estaba de pie en lo alto de la colina de Tara sobre la llanura de Meath. Una fría brisa nocturna enredaba sus largos cabellos rojizos salpicados de oro alrededor de un rostro que era exóticamente hermoso salvo por la cicatriz que deslucía su perfección. Darroc podría ocultarla fácilmente mediante una ilusión mágica, pero optaba por no hacerlo. Lucía la cicatriz para recordar, para que otros no olvidaran.
«Irlanda, que antaño fue nuestra», pensó con amargura mientras contemplaba el verdor del paisaje. Y Tara —conocida en tiempos lejanos con el nombre de Teamir y, antes de eso, llamada Cathair Crofhind por los mismos Tuatha de Danaan—, que había dado testimonio de la gloria y el poderío de su raza, ahora era una parada turística más repleta de humanos acompañados por guías que contaban historias abyectamente risibles sobre las gentes de Darroc.
Los Tuatha de Danaan habían llegado a aquel mundo mucho antes de lo que afirmaban los mitos humanos. Pero ¿qué se podía esperar de unas criaturitas insignificantes cuyas vidas empezaban y se extinguían con un chisporroteo en lo que para un Tuatha de Danaan apenas llegaba a ser un abrir y cerrar de ojos?
«Cuando encontramos este mundo, teníamos tantas esperanzas...» Ciertamente, el nombre que habían decidido ponerle a Tara —Cathair Crofhind— significaba «se ha hecho bien», porque eso fue lo que pensaron todos los Tuatha de Danaan cuando escogieron aquel mundo para que fuese su nuevo hogar.
Pero en realidad fue un error, un tremendo error. La humanidad y los Tuatha de Danaan resultaron ser incompatibles, porque eran incapaces de compartir aquel mundo tan fértil lleno de similitudes con aquel del que provenían los Tuatha de Danaan, y la raza de Darroc, antaño majestuosa y llena de orgullo, ahora se escondía en lugares que los humanos aún no habían sido capaces de descubrir. Como no hacía mucho que habían aprendido a controlar el poder del átomo, los humanos aún tardarían bastante en representar una seria amenaza para los Tuatha de Danaan.
Pero el tiempo transcurría muy deprisa para el pueblo de Darroc, y no podía evitar preguntarse si se verían obligados a huir de nuevo en cuanto llegara ese momento. Darroc no quería vivir para ver ese día.
Desterrados. Los nobles Tuatha de Danaan habían sido relegados a los lugares sobrantes, igual que se vieron expulsados una vez anteriormente, hacía un eón. Exiliados entonces, y exiliados ahora. La única diferencia era que los humanos todavía no habían llegado a ser lo bastante poderosos para expulsarlos de aquel mundo del mismo modo en que se vieron expulsados de su amado hogar.
Todavía.
Los Tuatha de Danaan no pudieron conquistar Danu —las otras razas habían sido demasiado poderosas—, pero podían conquistar este mundo y hacerse dueños de él. Ahora. Antes de que el Hombre progresara un paso más.
—Darroc... —Una voz interrumpió el curso de sus amargas reflexiones. Mael, el consorte de la reina, acababa de aparecer a su lado—. Intenté dejar la corte antes, pero...
—Sé con cuánta atención te observa ella, y ya me esperaba que tardarías algún tiempo en llegar —lo interrumpió Darroc, que estaba impaciente por tener noticias. Unos cuantos días en el reino del pueblo mágico equivalían a meses en el reino humano, donde Darroc había ido a esperar al punto de reunión acordado previamente—. Cuéntame. ¿Lo ha hecho?
Alto, robusto, de piel morena y reluciente melena broncínea, el último en la larga cadena de favoritos de la reina asintió con un destello en sus ojos iridiscentes.
—Sí, lo ha hecho. Neji es humano. Y, Darroc, la reina lo ha despojado de sus poderes. Ya ni siquiera puede vernos.
Darroc sonrió. Perfecto. No hubiese podido pedir más. Su némesis, esa eterna espina clavada en su costado, el más persistente abogado de la humanidad, había sido desterrado del reino mágico, y sin su presencia en la corte, el equilibrio de poder por fin se había visto alterado en favor de Darroc. Y ahora Neji era impotente, un blanco ambulante. Mortal.
—¿Sabes dónde está ahora? —preguntó Darroc.
Mael negó con la cabeza.
—Lo único que sé es que recorre el reino humano. ¿Quieres que me encargue de cazarlo por ti?
—No. Ya has hecho suficiente, Mael —le dijo Darroc. Ya había pensado en otros cazadores con los que seguir el rastro de su presa, unos que no eran tan leales a la reina como a ella le gustaba creer—. Ahora tienes que regresar antes de que Mito descubra que te has ido. Ella no debe sospechar nada.
El consorte de la reina desapareció y Darroc también saltó a través del tiempo y el espacio, pero en su caso para ir a un reino completamente distinto.
Rió mientras iba hacia allí, sabedor de que aunque Neji siempre actuaba como campeón de los mortales, el príncipe de la casa real de los d'jai era tan dado a la jactancia que tenía que resultarle odioso encontrarse atrapado en el cuerpo de una de aquellas criaturas diminutas, frágiles y limitadas cuyas vidas eran horripilantemente breves. Y Neji pronto sabría que, en su caso, esa vida iba a ser mucho más breve de lo habitual.
